sábado, 8 de agosto de 2026

CARTA A MARIANA, CON LO MEJOR DE JULIO DE 2026

Querida Mariana: hay instantes que son como una epifanía. Los seres humanos debemos estar pendientes de esos mínimos actos que son grandiosos. Hay muchas personas que tienen la capacidad para hallar el misterio de iniciación en cada acto de la vida; hay personas a quienes les cuesta más recibir la bendición del día a día, del instante. En julio de 2026 estuve en la mesa de honor de la ceremonia de fin de cursos del Colegio Mariano N. Ruiz. Estuve muy agradecido con la vida, porque es estimulante ver los rostros de niños y de muchachos que concluyen un periodo escolar. Los familiares y amigos celebran esos logros y nosotros, los maestros, pedimos a la naturaleza que su talento, capacidad y entusiasmo los lleve a cumplir los deseos, los sueños. Siempre tengo mi cara de piedra, pero en este tipo de actos mi rostro se abre como flor y sonríe, satisfecho por la oportunidad de felicitar a los graduandos, el acto es dar el documento y desear felicidades. Los chicos y chicas se retiran con sus padrinos y es como cuando el aire sigue su senda infinita. Todos deseamos a los chicos y chicas que vuelen como papalotes, que su vuelo sea altísimo, que logren conquistar las cimas. En este año tuve la alegría de escuchar el nombre de una de mis nietecitas y la vi pasar a la mesa de honor, dar la mano a todos los integrantes, recibir su documento de término del ciclo de primaria (ya de primaria, Dios mío, ¡cómo ha crecido, en tamaño físico, en su intelecto y en gracia divina!). Yo estaba sentado al lado de su tío Mario, así que cuando nos saludó, su papá (quien estaba en una esquina del escenario) hizo favor de tomar esta foto que te comparto, que comparto sólo con vos, porque es momento muy íntimo (dejamos el protocolo de un lado, abandonamos la mesa de honor y aprovechamos estar cerca de ella en un momento tan emotivo). Mi Ale es una de mis nietecitas consentidas, es la flor más hermosa del jardín de mis afectos, ella siempre es muy generosa en su cariño hacia mí, lo es al grado que siempre me dice “abuelito chingón”. ¿Mirás? Ella es muy mexicana, sabe que el término es sinónimo de grandeza, por eso siempre procuro estar a la altura de su corazón. Siempre que me dice ¡abuelito chingón! trepo a las nubes y sé que ella es un ser angelical. El día de su graduación estaba especialmente bella, su carita tenía la claridad de la hoja más solar del bosque. En el momento de estar a su lado, pensé que en los seis años de su educación primaria ella logró descifrar el alfabeto, hizo rodar cada letra para hallar la compañía ideal. El destino hizo que la conociera y que entre nosotros exista ahora un alfabeto especial, uno que sólo contiene palabras de cristal irrompible, con coreografías de pájaros, de hogar contemplativo. Mi tradicional señal con el dedo pulgar hacia arriba, más que nunca, simboliza éxito, presagia aleteos de fábula. Hoy alumbro el instante, prendo la lámpara del ángel y pido a la divinidad que siempre ilumine la senda que recorrerá. ¿Mirás que tiene una medalla colgada al pecho? Esa presea es el símbolo del promedio que obtuvo durante su educación, mi nietecita es ¡niña de diez!, es mano que bendice el agua que toca, es la manta que da cobijo, es la montaña que acuna los amaneceres. Es mi privilegio, ¡cómo no! La respiración del mundo me permite tener nietecitas que diluyen el invierno de mi edad. Mi nietecita consentida es el eco de los labios de la naturaleza más pródiga, la que no tiene puertas, la que deja que el viento sea un grillo afectuoso. Posdata: ¿qué le deseo a mi nietecita amada? Que su vida sólo contenga letras afables, que los fragmentos siempre sean un Todo, y que el Todo sea el río de aguas limpias y tranquilas. Deseo que el pan nuestro de cada día sea la posibilidad del encuentro y de la generosidad, que las islas del mundo se conviertan en continentes y que los mares sean la eterna sonrisa de delfines brincando la cuerda del agua. ¡Felicidades por siempre! ¡Tzatz Comitán!