martes, 24 de marzo de 2026
CARTA A MARIANA, CON FESTEJO
Querida Mariana: mi mamá, la princesa huixtleca de Comitán, nació el 24 de marzo de 1930, en Huixtla, Chiapas. Hoy cumple noventa y seis años. Ya no los cumplió con vida, falleció en noviembre de 2025, en su pueblo adoptado y que la adoptó: Comitán. La gente dice que el mundo sigue igual cuando alguien muere, tal vez sólo los familiares recuerdan a una persona fallecida, pero eso sucede cuando el suceso está reciente, conforme pasen los siglos ya nadie recordará a esa persona, ya ni los familiares, porque éstos también habrán muerto, ya te dije, a mis sesenta y ocho años de edad supe lo que todo mundo sabe: todos moriremos. Los que saben dicen que es ley de vida, uf, ¡la vida!
¿Te cuento algo que me resultó como un bálsamo? El domingo pasado (el 22 de marzo de 2026) fui a la oficina. No soy tan obsesivo; es decir, los domingos no voy a la oficina, los domingos me quedo en casa, leyendo, pintando, dibujando, lavando ropa, pero el domingo 22 me comprometí a ir a la oficina para saludar a mi amigo licenciado Walter Aguilar para que le entregara ejemplares de la revista impresa Arenilla, donde, en portada y páginas interiores, aparece su hijo, el chef con el mismo nombre del padre. A las nueve y media sonó un recordatorio en el celular y caminé hacia la oficina. A las diez en punto llegó el licenciado Walter, pasó a la oficina un rato, platicamos y luego le ayudé a subir ejemplares de la revista a su automóvil. Nos despedimos. Cuando se retiró en su auto, tomé un morral, lo llené con revistas y decidí repartir algunos ejemplares por el centro. Pasé por el Italian Coffee, que está donde estuvo el Hotel Robert’s, dejé algunas revistas en un revistero generoso que ahí existe; luego dejé un ejemplar en la peluquería que está contra esquina de Elektra y me dirigí, por la calle del Teatro de la Ciudad, al Hotel Delina. Apenas llegué al hotel, decidí no entrar por la recepción (donde debía abrir la puerta con cristal) sino que entré por la puerta donde salen y entran los automovilistas. Ahora trato de explicar mi razonamiento, pero en realidad, sé que esto no fue tan simple, hubo en este acto algo misterioso, algo que el destino me tenía reservado, como un abrazo de luz. Entré y al llegar al pasillo, vi el jardín hermoso del hotel y cuando di tantito la vuelta hallé algo que me deslumbró, que fue un impacto (te envío fotografía como testimonio). En una mesa estaban sentadas las amigas de mi mamá, las mujeres que, cada quince días, desayunaban a su lado, en diversos restaurantes. Siempre llevaba a mi mamá al restaurante donde se habían citado, a las nueve en punto y al dejarla en la mesa de las amigas le preguntaba a qué hora debía pasar por ella: a las doce, decía. A las doce en punto iba por ella. Cuando teníamos el ejemplar más reciente de Arenilla, yo le daba a mi mamá unas diez revistas para que las repartiera entre sus amigas. Dos días antes de su cumpleaños noventa y seis encontré a sus amigas en el desayuno. Pude pensar, si mi mamá viviera estaría con ellas, pero no lo pensé, lo que hice fue dar gracias a Dios por esa coincidencia (jamás había decidido entrar al hotel como lo hice el domingo 22). Digo que si hubiese entrado por la recepción no habría visto esta mesa del corredor, no habría saludado a sus amigas, no hubiese dado una revista a cada una de ellas, no habría recibido las frases donde ellas dijeron que la recuerdan con cariño.
Mi mamá ya no está presente en este plano físico, pero vi en rostros de sus amigas y en sus palabras que la siguen recordando. El recuerdo se diluye con el tiempo y llega el momento en que ya es una veladora apagada, pero mientras tanto, mientras el cariño sigue siendo un camino la presencia sigue presente. Mi mamá ya es pasado, ahora pienso en ella como la mujer que estuvo a mi lado y ya no está, pero cuando su nombre aparece, como aparece el sol o una nube, el cielo vuelve a iluminarse, como si el universo recordara que un día fue, que por el momento sigue siendo.
Posdata: salí por la recepción, abrí la puerta y salí a la banqueta. Dejé a las amigas de mi mamá en la mesa donde desayunaban, caminé hacia la Casa Museo Dr. Belisario Domínguez y luego al Hotel Internacional, donde saludé a la querida Laurita Villatoro, quien mandó a construir una veranda al lado del restaurante, hizo un espacio generoso para disfrute de los comensales. Lo que fue entrada hoy es un espacio cerrado donde está una mesa. Tal vez el domingo 22 fue eso: una mesa del Hotel Delina se convirtió en una veranda con la presencia de las amigas de mi mamá.
¡Tzatz Comitán!
