viernes, 22 de mayo de 2026
CARTA A MARIANA, CON UN MUNDO IDEAL
Querida Mariana: Juventino es simpático. El otro día lo saludé en el parque, mi parque, el central de Comitán. Ah, galana su vida, estaba sentado en una banca, con las piernas hacia adelante, un zapato sobre el otro, tomando una nieve, de esas sabrosas, de las que vende el nevero (nievero) que se pone debajo de un árbol, frente a La Esquina de Belisario. “¿Y qué pue, vos, Alejandro? No te dejás ver”. ¿Qué decir ante eso? “Salí a asolearme, así me dejo ver”. “¿Querés una tu nieve?”, preguntó. “Va”, le dije. Con emoción se paró y dijo: “Pero vos la pagás y si querés me invitás otra, porque a esta ya le di su extremaunción”. Llegamos con el nevero y mientras nos servía (combinado, de mango y de nuez), vimos un taxista que se paró para bajar pasaje. El nevero está al lado de la calle que va hacia el Teatro de la Ciudad.
Vimos al taxista y Juventino dijo: “el mundo ideal será sin taxis ni taxistas. Mirá la cara de ese”. Le vi la cara al taxista, como la de cualquier ser humano, dos ojos (saltones como de sapo constipado), dos cejas (como tzucumos en una pradera oscura, porque el taxista tenía la piel un tantito quemada, del color del tronco del árbol de La Noche Triste) y una barba descuidada, que era como un bosque talado, con puro tronquito irregular.
Recibimos los helados, Juventino esperó que sacara un billete de la bolsa, pagué y volvimos a la banca. De inmediato, Juventino volvió con el tema y dijo lo siguiente (no son sus palabras al ciento por ciento, es lo que pepené de su discurso):
No hay peor cosa que vayás en tu carro y te toque atrás un taxista, parate tantito en una esquina y verás cómo el taxista toca el claxon y acelera, con esto te da a entender que lleva prisa, que no está de paseo como vos, como dicen los taxistas, ellos están tras la chuleta. Pero eso no es lo peor, lo peor, lo peor, es que toque ir detrás de un taxista, porque debés ir bien pilas, ya que él, por sus huevos lisos, se para en donde alguien lo llama, baja de su unidad, te ve y con su mano muestra los dedos gordo e índice y te hace la seña de que sólo un ratito, abre la cajuela y sube las maletas de su pasajero, vos no debés decir nada, porque ante la mínima muestra de fastidio, el taxista cambia su cara de ángel salvador con la de demonio de las siete cuerdas y puede hasta llegar donde estás, encararte y aventar todo el repertorio de majaderías.
Pero me quedo corto, Juventino dijo que eso no es lo peor, lo peor de lo peor, es que toque un taxista adelante y un taxista atrás (aclaró que era sin albur, que era la posición de los autos). Si el primer taxista se detiene el de atrás se deshace en claxonazos, lo que te deja en una posición peligrosa porque el de adelante piensa que vos sos el que está somatando la bocina y puede acercarse a vos, como un troglodita, con una llave de cruz en la mano, dispuesto a majar la carrocería o, en caso extremo, quebrar el cristal, porque vos, pacifista de siempre, subiste el vidrio de la ventana; y lo mismo sucede cuando el taxista de atrás se desespera en su búsqueda de la chuleta. No se te vaya ocurrir detenerte tantito para dar paso a una señora que camina apoyándose en una andadera, porque el taxista de atrás lleva prisa, no está para brindar atenciones a los peatones.
En este momento, Juventino detuvo su ametralladora verbal y disfrutó la nieve, que, la verdad, estaba riquísima. Me vio y dijo que en el mundo ideal no habrá taxis ni taxistas y agregó: ¡ni motocicletas ni motociclistas! Estos son una lacra para la sociedad. En el mundo ideal todas las calles serán peatonales, con cintas especiales para que transiten los ciclistas civilizados.
Posdata: lo que Juventino dice es una utopía. El mundo es como es y nuestro mundo cercano es caótico. Los taxis y taxistas son necesarios en esta ciudad que crece día a día (además, hay excepciones, todavía quedan algunos empáticos). Ahora que te escribo (lo hago en la oficina) pasan carretadas de taxis por la calle, con pasajeros que necesitan llegar a algún lado.
¡Tzatz Comitán!
