martes, 23 de junio de 2026
CARTA A MARIANA, CON EL QUE TRAE LA MÚSICA POR DENTRO
Querida Mariana: en los años sesenta bailábamos. Bailábamos en los fines de curso. Niños y niñas eran elegidos para bailables, en el patio central de la escuela o en el escenario del Cine Comitán, lugar prodigioso.
Nunca conocí a alguien que tuviera pasión por el baile, como Isaac Hernández, mexicano que es un gran bailarín en Inglaterra. Bailábamos en los bailables de fin de cursos y nos olvidábamos. Las niñas ¡no! Las niñas, en las recámaras de alguna de ellas, practicaban el baile, alguien (mayor) les enseñaba (en esos años no había academias de baile). Así, las niñas aprendían a bailar, disfrutaban el movimiento armónico del cuerpo. Los niños, por el contrario, parecían haber nacido con los dos pies izquierdos. Tal vez algunos niños bailaban con las hermanas o con las amigas de las hermanas, así aprendían. Yo, lo sabés, fui hijo único en casa. No tuve alguien que me enseñara a bailar, así que mejor me puse a jugar carritos o muñequitos en el sitio.
Pero llegaron los años setenta y las fiestas comenzaron. Yo iba a casa de los Poo y veía a Maluye Poo bailando en su recámara, con música de Los Beatles. Ah, qué imagen tan bella, tan motivadora. Los Poo ya sabían bailar. ¿Yo? Sólo bailaba los ojos. Una noche, alguien de los amigos dijo: ¡hay fiesta!, y fuimos, yo de chalequero. Me puse un poco del perfume “Brut”, ¡ah, bruto!, una chamarra bien planchada y me reuní en el parque con la palomilla. Llegamos a la fiesta, había muchos chicos y muchas, muchas, chicas. ¿Y? Las chicas estaban sentadas por grupos y los chicos por otro lado; ahora veo, bendito Dios, que los grupos se integran más, que son incluyentes, las palomillas están formadas por personas de ambos sexos, o algunas otras preferencias, y nadie se queja, todos lo disfrutan. En aquellos tiempos todo era como la letra de canción de Chico Che: los nenes con los nenes y las nenas con las nenas. Pero en la fiesta se trataba de que un nene se acercara a la nena, que esperaba muy modosita, sentada en una silla plegable, y dijera: “¿bailamos?”, con la mano extendida, como si pidiera un poco de limosna, una limosnita, por amor de Dios. Y podía ocurrir dos cosas: que la chica se parara, dejara el suéter en el asiento y, en la mitad del patio, esperara el abrazo del chico; o que, torciendo la boca (de sapo) dijera: ¡no, no bailo!, aunque segundos después se parara ante la invitación del chico estrella de la selección de básquetbol y bailara soñada.
En esa primera ocasión comencé a estudiar la situación, con una atención que nunca había puesto en la materia de Historia de México. Así que se trataba de eso, mover los pies en forma rítmica, siguiendo los acordes de la música de don Ricardo que, con sus hijos, le metían con todo a la marimba.
¿Vas a bailar?, me preguntó Javier. No, dije de inmediato, con el temor del que le preguntan si se aventará al precipicio sin paracaídas. ¿Bailar? ¿Y con qué se come eso? ¡No se come! Claro, algunos expertos amantes, son tan seductores, que después del baile comen las boquitas de las chicas que caen prendadas, pero el baile, parecía, no era más que pasársela bien, moviendo el cuerpecito zandunguero de la pareja, porque eso sí, el hombre es el que “lleva” a la mujer, ella sigue los pasos de él. Dios mío. Pensé lo clásico: si yo mismo no me sé conducir, qué de menos conducir a la pareja. Yo había escuchado en una ocasión que una muchacha se quejaba de que el fulanito la había pisado. ¡Bestia!
En mi palomilla no había buenos bailadores, pero, ¡eso sí!, todos eran lo que se dice “aventados” y en la primera de cambio se aventaban al ruedo y ahí los veía moviendo brazos y demás partes del cuerpo sin problema alguno. Yo, desde mi silla, palmeaba, porque ni sabía bailar ni, mucho menos, era aventado. Pensaba que el desenlace era inobjetable, la chica me diría que no, y sólo de pensarlo me causaba desasosiego, ah, ya me veía regresando a mi silla como chucho con la cola entre las piernas.
Posdata: digo que esa noche estudié bien las acciones que se daban en el centro del patio que estaba cubierto con un manteado: vi que Martha, chica simpática, chaparrita, pero potable, se movía con cierta rigidez a pesar de que su culito se movía sensualmente de un lado para otro. “Es la tranca”, me dijo Javier y explicó que las mamás enseñaban a sus hijas que pusieran tranca con un brazo, para que la pareja no se pegara tanto, para que el tipo no hiciera formal presentación de sus atributos. Uf. ¿Tranca? La única que había conocido era la que había en el rancho del papá de Jorge, la ponían para evitar que los animales pasaran. ¿Mirás lo que digo? ¡Para que el animal no pasara! Pucha. En el primer baile que fui ¡no bailé!, me la pasé bebiendo un poco de Coca Cola y estudiando lo que sucedía en el patio. Cuando llegué a casa tenía una cierta aprehensión, mi conciencia decía que yo era un cobarde. Juré que para la otra. Y en la otra pasó lo mismo y así por bastante tiempo, hasta que (uf, hora trágica) una tarde, en lugar de sólo Coca Cola tomé un poco de brandy “Delfín” y, ¡milagro!, sentí que era un hombre atrevido y me aventé al ruedo. ¿Ya había aprendido a bailar? ¿Quién pensaba en eso? Lo importante era ir a media plaza con paso de torero y demostrar que, a pesar de las trancas, yo no era un animal.
¡Tzatz Comitán!
