martes, 29 de septiembre de 2026
LA REINA HUIXTLECA DE COMITÁN (parte 5)
Mi mamá acostumbraba usar zapatillas, siempre buscaba el tacón más alto, era una princesa en pasarela. Con la sobrina llegó ante la escalinata del Cerro de San Cristóbal, alzó la vista y vio que eran muchos escalones. Pensó que sería muy difícil subir así. Cuando me lo contó en el Platicatorio esperaba que dijera: me las quité para subir. ¡Ay, padre! Como dijeran las argentinas: “antes muerta que sencilla”. Soportó estoicamente la subida. “Subí poco a poco, a ratos caminaba y a ratos me sentaba”. Poco a poco fue venciendo la subida, subía un rato y descansaba dos. Pero mi mamá lo logró. Muchos años después, en el año 1971 me inscribí en la preparatoria de San Cristóbal, en la nocturna, así que subía al cerro para estudiar allá. Pienso que la satisfacción de estar en lo más alto y ver la panorámica de la colonial ciudad no tiene comparación. Los viajeros expertos dicen que no importa el lugar de llegada sino el trayecto. Pienso que mi mamá no disfrutó tanto el ascenso. No sé si al estar en la cima disfrutó la panorámica o dio gracias a Dios por el término del sufrimiento y pensó cómo sería el descenso. Cuando yo subía en 1971 no me costaba trabajo alguno, estaba joven, jovencísimo, así que trepaba sin mayor problema y estudiaba una o dos horas en lo más alto. Me encantaba esa rutina que, en su momento, dio buenos dividendos, porque mis calificaciones olvidaron la casilla del seis y la casilla del siete donde estuvieron en toda la secundaria y treparon a una gloriosa casilla del nueve.
Mi mamá no contó cómo fue el descenso. Tengo una fotografía donde mi mamá, muchos años puesués, está al lado de Doña Lucely, esposa de Don Gonzalo Muñoz, primer gerente de la sucursal del Banco Nacional de México, en Comitán. Ellas están en lo más alto del cerro de San Cristóbal, muy guapas, porque luego irán a un guateque. Por supuesto que Doña Lucely y mi mamá subieron en carro al lado de sus respectivos esposos. Y hablando de esposos, mi mamá me contó que al día siguiente de la trepada al cerro llegó su esposo, proveniente de Comitán y de inmediato le dijo que mi abuelita paterna, mi abuela María Bermúdez, ya quería conocer a su nuera. Mi abuela María vivía en ese momento en la casa de Comitán. De acá deduzco que, por alguna extraña razón (no quiero pensar de más), mi abuela María no asistió a la boda de su hijo con mi mamá, en la Ciudad de México. Ella, así lo intuyo, se quedó en Comitán atendiendo la casa.
Al otro día, mi mamá y mi papá treparon a un auto y se dirigieron a Comitán, ciudad que se andaba haciendo del rogar, porque mi mamá aún no llegaba, la reina huixtleca aún no era de Comitán.
“Salimos tarde de San Cristóbal, pero al llegar a la carretera, eran puros baches y baches. Le pregunté a tu papá: ¿por qué vamos así?”. ¿Baches? Bueno, en ese tiempo (1955) aún no habían terminado la carretera internacional, mi mamá dijo que venían trabajando desde la frontera, pero al final llegaron a Comitán, el pueblo donde mi mamá viviría más de sesenta años y fortalecería la sociedad con acciones discretas, pero llenas de pasión.
Bajaron del auto, ya casi en la noche. ¿Cuál fue la reacción de mi mamá?
