jueves, 26 de marzo de 2026
CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA QUE ESTUDIÉ EL QUINTO GRADO DE PRIMARIA EN LA MATÍAS DE CÓRDOVA
Querida Mariana: ahora comparto la foto del quinto grado. Ayer compartí la foto del tercero de primaria. Según Cristóbal Albores, esta fotografía corresponde al año 1967. Cristóbal ya tenía trece años de edad, yo tenía diez años. He contado que en ese tiempo era costumbre que algunos chicos entraran mayores. Yo estaba en la edad correcta, había entrado a estudiar la primaria a la edad de seis años. Muchos tenían mi edad, pero había algunos viejazos, la edad los hacía tener mañas que nosotros no poseíamos, pero que luego aprendíamos. Bien decía la tía Arminda: las cosas buenas no las aprenden, pero las malas parece que las mamaran.
Esta fotografía nos la tomaron ya en el patio del edificio de la “nueva” escuela, donde actualmente está la Escuela Primaria Fray Matías de Córdova, la que, en el año 1968 llegó a inaugurar Gustavo Díaz Ordaz, el presidente de la república.
Cristóbal conserva las dos fotos. Están viejas, me dijo, luego reímos, también nosotros ya estamos viejos. Echale pluma, querida mía, esta foto nos la tomaron hace cincuenta y ocho años. ¡Ja, bestia! Dos o tres de los compas que acá están ya no viven, la mayoría (gracias a Dios) ahí la llevamos y, por fortuna bien, con algunos dolores por acá y otros por allá, pero acá seguimos.
El maestro es Juanito Pérez, a quien queríamos mucho. El maestro Juanito es el papá de la poeta Mirtha Luz Pérez Robledo, entiendo que llegaron a Comitán provenientes de Comalapa.
Le pregunté a Cristóbal en dónde vivía y me dijo que vivía a la vuelta de la escuela, de la casa que estaba en Jesusito, así que cuando estrenamos edificio tuvo que caminar más cuadras. A mí me sucedió lo contrario, porque el nuevo edificio estaba a cuadra y media de mi casa.
El papá de Cristóbal era dueño del rancho “Solferín”, me contó que se encargaba de criar muletos que vendía en la zona de Tzimol. El rancho lo vendió a Don Arnulfo Cordero Mora. Cristóbal fue hijo único de mamá, tuvo otros hermanos, pero éstos tuvieron otras mamás.
¿Y en dónde estás en las fotos?, le pregunté. Se puso los lentes, señaló al racimo de la derecha y dijo que por ahí. No se identificó bien. Dora Patricia y yo confirmamos que sí, que tenía horma del chico que está en la última fila, el tercero de derecha a izquierda. En esta fotografía los chicos de las dos últimas filas treparon sobre algunas bancas. Los chicos de las tres últimas filas estamos de pie, los de la segunda fila, hincados, y los de la primera fila sentados.
Digo que he hecho un ejercicio de identificación. Labor imposible. Mi memoria no identifica a todos, ni a la mitad, ni un mínimo porcentaje. Claro, hay algunos que sí identifico, aunque sea de cara, aunque ya no de nombre.
Me impuse la tarea de identificar, cuando menos, a uno de cada fila, parece que lo logré. En la primera fila, antes del compa que sostiene el letrero del grupo está Beto Becerril. Siguiendo la fila está en penúltimo lugar Jorge Domínguez (“el casquitos”) y en último lugar Amín Guillén Flores.
En la segunda fila, el chico sonriente que tiene suéter es Víctor Domínguez, nada menos que hijo de Belisario Domínguez, no el héroe sino alguien a quien le decían “Güito”; tres lugares después está Lalo Flores (que le decíamos Lalo “el hermoso”, porque era bonitío), y al final está el fallecido Marco Antonio Constantino Kanter (hermano del Quirino, quien fue presidente municipal de Comitán y ahora tiene un puesto relevante en gobierno del estado).
En la tercera fila detecté, en el tercer lugar, de izquierda a derecha, a Fernando Avendaño y más adelante estoy yo. ¿Sí me identificás?
En la cuarta fila, en primer lugar está Pepe Poo Ramírez y en tercer lugar un compañero que tenía un gran lunar que le circundaba todo el ojo izquierdo, de apellido Villegas. ¿Quién más? En sexto lugar mi primo Gil González Córdova.
¿Quién en la última fila? Dios mío, me cuesta mucho identificar a alguien. Cristóbal me salvó, porque parece que es el octavo chico.
Posdata: este recuerdo me hizo caer en un pecado que me consume, porque no soy dado a decir apodos, pero que confirma algo que le sucede a medio mundo cuando ve una foto de generación. Es difícil recordar las caras y luego los nombres, pero, de pronto, un destello aparece: el apodo. ¿Qué querés? Vivimos en Comitán, pueblo donde los apodos sí hacen honor al nombre, porque son sobrenombres; es decir, están por encima del nombre.
¡Tzatz Comitán!
