miércoles, 28 de enero de 2026

CARTA A MARIANA, CON NOTICIAS SUBLIMES

Querida Mariana: me encanta darte buenas noticias, ser como un mensajero de buenas nuevas para nuestra sociedad. El sábado estaba en la oficina y recibí una invitación que envió el químico Enrique Solís Cancino. Una invitación bien cuca, con excelente presentación. La abrí y hallé el motivo: “Jornada Académica Medicina de Laboratorio QFB Enrique Solís Cancino”. Genial. No tengo la certeza, pero debo decir que a mí me parece que es la primera vez que un laboratorio de análisis clínicos realiza una jornada académica en este pueblo, una jornada de alto relieve, digno de cualquier lugar del mundo. Te platiqué que celebré el regreso del químico Solís Cancino a su tierra. Estuvo lejos varios años. Un buen día del año pasado lo saludé y me dio la grata noticia de su regreso al pueblo. Ahora, su experiencia profesional vuelve a estar al servicio de Comitán y de la región. Su laboratorio, ya lo dije en una carta anterior, está a media cuadra de la oficina de ARENILLA, casi enfrente del hotel “Corazón del Café”. Celebré su regreso y acá queda de manifiesto lo importante de su presencia. Ahora invita a asistir a una jornada académica que organiza. ¿Mirás la trascendencia del acto? El químico Solís llegó, vio y compartió, porque sabe que compartir es vencer, vencer la desidia. Con esta iniciativa, generosa, activa a nuestra sociedad. Hay personas que iluminan la burbuja colectiva donde vivimos, el químico Solís es una de esas personas, él no sólo brinda sus servicios profesionales, abre un abanico donde el conocimiento llegue a más gente. La jornada académica consistirá en dos ponencias, la primera se titula: “El laboratorio clínico. De La Artesanía a La Inteligencia Artificial”, que impartirá el Doctor Eduardo Aguirre Langle; la segunda ponencia la impartirá la Doctora Karla Santana Torres, con el tema: “La Biología Molecular en el Despegue del Diagnóstico Clínico”. Suena interesantísimo, sobre todo para los profesionales y estudiosos, pero el público en general puede acercarse a estos temas, expuestos por expertos. Las dos ponencias suenan sugestivas. Pregunté con los organizadores y me dijeron que está abierto a todo el público interesado. La jornada académica se efectuará el sábado 7 de febrero 2026, en el Teatro de la Ciudad, a partir de las diez de la mañana. El acto está coordinado por la QFB Flor Tavernier Albores. Puedo estar equivocado, pero digo que por primera vez un laboratorio de análisis clínico organiza una jornada académica en Comitán. Esto es como un matraz lleno de energía positiva. Posdata: en cuanto recibí la invitación entré al Internet y busqué. Eduardo Aguirre Langle es Doctor en Microbiología y presidente de Asesores Especializados en Laboratorios; Karla Santana Torres tiene un Doctorado en Ciencias Biomédicas, especializada en Biología Molecular. ¿Mirás? Dos ponentes de lujo, en Comitán, gracias al empuje social del Laboratorio de Análisis Clínicos, del QFB Enrique Solís Cancino, comiteco por los cuatro costados. ¡Tzatz Comitán!

martes, 27 de enero de 2026

CARTA A MARIANA, CON DESAYUNITOS

Querida Mariana: la imagen es recurrente, la encuentro en varias partes de la ciudad, en varios momentos. ¿Ya viste con atención? Es una calle comiteca, es temprano, es un sábado, el movimiento es escaso. Acá se ve a una persona que cruza la calle y luego un grupo de personas sentadas ante la góndola de una camioneta, con la tapa abierta. La tapa sirve como mesa. Ellos desayunan, tal vez unos tamales o un pollito con tortillas calientes. Sin duda que los propietarios de la camioneta no son del pueblo, o llegaron para una diligencia personal o van de paso. Tal vez lo que desayunan es un itacate preparado en casa, llegó la hora del desayuno, se estacionaron y dispusieron la mesa. Tal vez, digo, pasaron a comprar unos tamales o un pollo rostizado y unas tortillas. La imagen es recurrente. La veo con frecuencia. Hay mucha gente en tránsito en todos los pueblos. No siempre hay paga para entrar a desayunar a una fonda o a un restaurante. No siempre hay tiempo. Acá se da el prodigio de la vida práctica. Sacar el itacate, bajar la tapa de la góndola, colocar una silla y un tambo boca abajo y prepararse a desayunar, en medio de la plática, de la convivencia. El otro día me tocó ver frente a la casa, donde hay una terminal de combis que van y vienen de San Cristóbal, a otro grupo de amigos o de familiares desayunar sobre la banqueta (desayuno banquetero). Se sentaron en el borde de la banqueta o se recargaron en la pared y comieron. Desde lejos los vi con platos y vasos desechables, con dos refrescos Jumbo y unos tamales. Sin duda que vos también has desayunado así. Uno busca una torta, un jugo y va al parque, se sienta en una banca y desayuna. He visto muchas películas y leído historias en libros donde se repite la escena, no importa que estés en París, Nueva York, la CDMX, Comitán o Tuxtla. A veces voy al mercado Primero de mayo, compro unos chinculguajes y un vaso de atol de granillo y me siento en una banca del parque, ahí desayuno. Nadie dice algo. No falta algún peatón que me ve, pero es algo natural. Sólo hay una mirada de costumbre, no de asombro, porque todo mundo ha hecho este ritual callejero, nómada. Me dio gusto ver la escena que te comparto. Pensé que todo iba bien, porque en muchas ocasiones veo la misma escena cerca de hospitales, estos grupos de personas también desayunan en la calle, porque adentro, en algún cuarto, tienen a un enfermo, están pendientes de su familiar y no les queda más que desayunar en la calle, los veo reír, platicar, mientras se preparan un taco con carnitas y salsa verde, pero algo en su corazón está apachurrado. Hace tiempo que no voy a la montaña donde, cumplido el recorrido, el grupo de amigos se sienta en piedras y saca el itacate con paquitos de frijol o de chorizo con huevo (o la gallina paseada). Con Fito íbamos de vez en vez a Tenam, hace años y en la cima él sacaba un pomo de cristal con huevos duros bañados en salsa verde, un prodigio gastronómico de Comitán. Eso fue hace años, cuando mis hijos estaban pequeños. Hoy la vida ya marcó otros senderos. Ahora, en ocasiones, desayuno en el parque central, en el parque de La Pila o en el parque de San Sebastián. Hay un aire misterioso y bonancible en este ritual. Siempre he dicho que no me gustan los espacios cerrados, por eso no me gusta ir a ese famoso restaurante donde preparan una riquísima lengua en pebre, porque me siento como en una celda; me encanta, al contrario, ir a restaurantes donde el aire y la mirada corren libres como papalotes, como el Mahi Mahi, como en el patio de Tío Javi, como en el 1813, como en el restaurante Bonampak. Sí, la riqueza de la gastronomía comiteca debe disfrutarse en un espacio al aire libre (claro, siempre y cuando no haga mucho viento o llueva). Posdata: mucha gente come a media calle, como esta familia. A veces, la vida exige adecuar espacios cuya vocación es otra. No siempre puede uno comer en casa (siempre lo prefiero) o en una fonda o restaurante. A veces es necesario sentarse en la banqueta para comer alguna torta. ¡Tzatz Comitán!

lunes, 26 de enero de 2026

CARTA A MARIANA, CON FESTEJO

Querida Mariana: el gran fotógrafo Carlos Gordillo celebró el sexto aniversario de su Estudio. Vos y yo hemos platicado la sensación que nos genera ver el inicio de un emprendimiento empresarial, grande o pequeño. Nos da mucho gusto cuando algo comienza a crecer, tal como fueron los deseos de sus dueños. La pequeña tortería que prepara tortas exquisitas y que su clientela se vuelve asidua y cada vez crece más. Lo mismo sucedió con el sueño de Carlos, quien posee muchos dones artísticos, uno de los cuales es la fotografía. Carlos comenzó en forma pequeña, como casi todos, mas un día puso un ladrillito para construir el deseo de un estudio profesional, un espacio donde la gente llegara a tomar sesiones de fotografías con el aval de la calidad y de la mirada artística de Carlos. Su sueño comenzó a tomar forma y hace seis años inauguró el local. Por fortuna su sueño se ha consolidado, ahora mucha gente llega a su Estudio para la toma de fotografías profesionales. Su empresa ya no tiene regreso, sólo ascenso se advierte. Esto lo celebran todos sus amigos y sus familiares. Por supuesto que quien más lo celebra es él. Emprendió un camino que no es sencillo, todas las manifestaciones artísticas se topan con el muro de la incomprensión, pero ahora ya hay mucha gente que aquilata su talento y no dudan en acercarse a él para solicitar una sesión de fotografías. En nuestro pueblo hay muchos y muy buenos fotógrafos y fotógrafas, cada vez hay más artistas de la lente que ofrecen sus trabajos. Hay para elegir. Esto es bueno. No todos los fotógrafos invierten en sus sueños, porque construir un estudio implica una inversión económica. A veces he estado en el estudio de Carlos y he visto el equipo que posee, todo para que el resultado sea óptimo. Su sueño ya es un papalote que vuela alto, tan alto como su talento. Ya no tiene vuelta para atrás. Por eso celebramos su dedicación y constancia. Digo que a veces vos y yo vemos el entusiasmo que empuja a algunos para abrir un nuevo negocio. Vos y yo hemos visto a parejas que pintan los interiores, que agarran el martillo o el destornillador y fijan los canceles donde exhibirán productos para venta; hemos visto cómo abren pequeños negocios que, a la vuelta de algunos meses, se desmoronan. El entusiasmo inicial se desinfla. Eso nos da mucha pena, porque vimos la alegría con que emprendieron su sueño. ¿Qué sucedió? Algo faltó. El emprendimiento tiene muchas sendas, algunas de las cuales son inextricables. En el caso de Carlos todo funcionó tal como lo soñó. Estoy seguro que hubo un momento de duda, de incertidumbre, porque el emprendimiento es como un volado, no se tiene la certeza de que funcionará al ciento por ciento; pero Carlos puso por encima su pasión y la convicción de su talento y la siembra ya ha dado frutos saludables. Su Estudio cumplió seis años. Ya es un pichito que camina solo, que corre, que trepa a los árboles, que juega con las nubes. Ya es un papalote que vuela alto. Esto es para celebrarlo, porque es una empresa comiteca, iniciada por un comiteco de excelencia. Es uno más de los emprendimientos que enraizó, que pegó, que ya da frutos. Posdata: es muy triste presenciar los derrumbes de sueños; por el contrario, da mucho gusto ver los proyectos que avanzan, que dan prestigio al pueblo. El Estudio de Carlos Gordillo Alfonzo ya genera muchas imágenes que dan gusto y alegría a la sociedad. Carlos viene de la tradición familiar y de la tradición histórica del pueblo, que ha tenido muchísimos grandes fotógrafos. Carlos es uno más. Felicidades. Que haya muchas más empresas que cumplan años, muchos años. ¡Tzatz Comitán!

sábado, 24 de enero de 2026

CARTA A MARIANA, LOS TIEMPOS CRUZADOS

Querida Mariana: terminé de leer “El loco de Dios en el fin del mundo”, del escritor español Javier Cercas. Pensé que es una novela sensacional. Un ateo irredento platica un rato con el papa Francisco y le pregunta dos cosas que quiere contarle a su mamá: ¿hay vida eterna? ¿Vendrá la resurrección de los muertos? Estas preguntas se las hace al papa el gran ateo, porque su mamá es católica y tiene la certeza de que cuando muera se encontrará con su difunto esposo. Hace dos días me enteré que Javier Cercas obtuvo el premio al Libro Europeo con esta novela, lo que confirma la calidad de su narrativa. En cuanto lo dejé me decidí, entre la pila de libros pendientes, por la última novela de Mario Vargas Llosa: “Le dedico mi silencio”. Por ahí, dicen los estudiosos de la obra del Premio Nobel quedó pendiente un ensayo que escribiría acerca de Jean Paul Sartre, el filósofo que tanto influyó en sus primeros trabajos, a tal grado que los amigos molestosos le decían de apodo “El Sartrecillo Valiente”. Pero, la muerte le puso el pie, Mario (como lo hará todo mundo) tropezó y hasta ahí se acabó su genio creativo. ¿De qué trata la novela que ahora leo? Es un tema apasionante: de la música criolla del Perú, de los valses peruanos. El tema de Mario me llevó a pensar que en Comitán no tenemos música criolla, nos han hecho falta los estudios de la música tojolabal. Ahora que se acerca la Entrada de Flores, en honor a San Caralampio, recordamos la música que acompaña a la procesión, que está sostenida en dos instrumentos: el tambor y el pito (flauta de carrizo). Entiendo que quien toca el pito, como si fuera el director de orquesta, marca el ritmo, es el pitero quien ordena el sonido de los tamboreros. Parecería muy difícil describir este sonido, por eso digo que hace falta el estudio más a profundidad de los expertos. Los comitecos, quienes son muy pícaros y hábiles para las relaciones sociales, trasladaron el sonido que hacen los tambores en la procesión con una letra muy sicalíptica, pero que sí deja ver una idea cercana al sonido que se da en las entradas de velas y de flores: “Te lo tenté, te lo tenté, tenía pelitos y me espanté”, quitando la simpática alusión sexual, el ritmo queda impreso en ese juego de palabras: “Te lo tenté, te lo tenté”, así suenan los tambores. El ritmo de los pitos es más variado, pero sigue una línea melódica que no es muy cambiante. Diríamos que la música no tiene grandes variantes. Los oídos de los comitecos siempre han escuchado este ritmo, un ritmo que es como el pan compuesto, que es un antojo muy sencillo pero rico; lo mismo sucede con la música que acompaña las procesiones, porque, de igual manera, se produce con sólo dos instrumentos muy sencillos. Por fortuna, la flauta de carrizo sigue siendo la misma desde tiempos inmemoriales, no sucede lo mismo con el tambor, porque ahora la carcaza de madera ha sido sustituida con cilindros de pvc, lo que, sin duda, hace que el sonido cambie. Se entiende que hay una gran distancia entre el sonido producido por el tronco de un árbol natural al sonido que produce un cilindro de plástico. Pero la tradición continúa. Algunos jóvenes acompañan a sus papás y reciben el legado, asimismo ahora se ve la participación de mujeres, cuando años antes esto era imposible, porque la responsabilidad recaía en varones, recordemos que nuestra sociedad ha sido tradicionalmente machista y, sin duda, que la música también refiere dicha estructura social. Mario Vargas Llosa habla de los instrumentos utilizados en el Perú y nos dice cómo el origen del vals peruano se instaló en los famosos “callejones” de Lima, que eran vecindades donde existía un gran hacinamiento de personas en medio de ejércitos de ratas. En estos callejones nació la música criolla, grandes artistas de la guitarra y del cajón peruano salieron de ahí, a la par de grandes compositores. En Comitán, digo, no tenemos algo así. La historia nos indica, eso sí, que nuestro pueblo tiene una tradición musical de años. En las casas de antes de la mitad del siglo XX había muchos pianos y era cotidiano caminar por las banquetas y escuchar que adentro, en las salas, algún artista ejecutaba canciones de música culta; asimismo, hay registros escritos y fotográficos de la existencia de orquestas donde, bajo la conducción de un director, varios ejecutantes de violines, violas, pianos, chelos y otros instrumentos de cuerda, de viento y de percusión alegraban las tertulias que se daba en este pueblo. Como era difícil la comunicación con el centro del país, la proximidad era con el país de Guatemala, con quien, desde siempre, hemos tenido un contacto mucho más cercano. Nuestra historia musical indica la existencia de grandes compositores y de grandes intérpretes. En el libro de oro aparecen los nombres de Fernando Soria y de su hija Isabel Soria. Dos personajes relevantes de la música en Comitán. Se cuenta que Isabel, gran cantante soprano, tuvo participaciones en grandes salas de concierto del mundo. Por esto, el arquitecto Gustavo Trujillo, en paz descanse, y el escritor e investigador Doctor Omar Ruiz, han insistido en que un recinto especial en el pueblo lleve el nombre de esta gran cantante. Cuando menos al maestro Esteban Alfonzo, director de grupos musicales, ejecutante y compositor, la historia local le hizo un mínimo reconocimiento, porque en el jardín central del Museo Arqueológico y de la Biblioteca Pública Regional existe un busto en su honor. Mario encontró un elemento social aglutinador en el vals peruano. Todo mundo sabe que la música es un lenguaje universal. He visto en algunas reuniones donde hay una marimba cómo las patías de los presentes empiezan a moverse siguiendo el ritmo. La música es un detonante inmediato de la alegría, es un cartucho lleno de vida. Yo, lo sabés, no he sido muy aficionado a la música, no como amigos que tengo, que son fanáticos, que en los años setenta tenían cientos de discos y adquirían aparatos de reproducción, de alta fidelidad. No, he escuchado lo que me ponen enfrente, en fiestas o en actos especiales, como el que se dio el pasado 22 de enero 2026, en Mi pueblito San Caralampio, donde el gobernador del estado de Chiapas fue testigo de honor en la entrega de Placa Conmemorativa de Indicación Geográfica Protegida del Comiteco de Comitán. Ahí, la marimba orquesta municipal amenizó el acto y toda la gente tenía pintada en su rostro una sonrisa de colibrí, porque la música estaba muy sabrosa. Digo que no he sido gran aficionado a la música, pero llevo en mi espíritu el ritmo del tambor y del pito. Con eso crecí. Mis papás, niños lindos, me llevaban al festejo de San Caralampio y ahí escuché ese mítico sonido que, insisto, nace de la conjunción de dos simples instrumentos vernáculos: una flauta de carrizo y un tambor con cilindro de madera y baqueta de cuero. Posdata: las serenatas que mis amigos daban a sus novias eran con marimba; los bailes de mi juventud eran con marimba, con marimba bailé, con marimba platiqué, con marimba me emborraché. El sonido de la marimba también es un bordado sublime en mi coraza, en mi corazón. Por ahora seguiré leyendo el último libro de Mario. Lo escribió y nos dedicó su silencio, un silencio lleno de valses peruanos. ¡Tzatz Comitán!

viernes, 23 de enero de 2026

CARTA A MARIANA, CON EL INSTITUTO CHIAPANECO DE CULTURA

Querida Mariana: esta foto la robé de la UNICACH. Es la efeméride de la creación del Instituto Chiapaneco de Cultura. Vi la foto y un caudal de imágenes me refrescó la memoria. Ahí conocí a muchas personas que admiro y quiero. La primera imagen, por supuesto, fue la del Doctor Andrés Fábregas Puig, director del ICHC. Ah, cuántos nombres, cuántas historias: Socorro Trejo, Marissa, José Luis Ruiz Abreu, Uberto Santos, Mario Nandayapa, Óscar Palacios, Gustavo Ruiz Pascacio, Yolanda Gómez Fuentes, Rubén de Leo, Carlos Gutiérrez, Jesús Morales Bermúdez, Gabriel Hernández, el maestro Muciño, así como Heberto Morales Constantino, Miguel Ángel Godínez. Supe del Instituto Chiapaneco de Cultura en el pueblo. En ese tiempo (te he contado) muchas actividades culturales se realizaban en el pueblo, por mediación de esa institución, que tanto bien le hizo al estado de Chiapas. Sus directivos fueron gente comprometida que tenían un plan perfectamente diseñado para llevar cultura a todos lados. Acá conocí a Héctor Cortés Mandujano, a Pepe Falconi, a Dolores Castro, al gran Quincho Vázquez, a Eraclio Zepeda, a Blanca Margarita, a Elva Macías y a muchos más. Venían, compartían su obra y nosotros la disfrutábamos y aprendíamos. Un día me enteré que harían una selección para becarios del Centro Chiapaneco de Escritores, sometí mi obra a concurso. No gané, pero en compensación Jesús Morales Bermúdez me dijo que me invitaba a integrarme al taller de cuento que, cada mes, impartía el famoso Rayo Macoy, Rafael Ramírez Heredia. El último viernes de mes viajaba, con mi Paty y mis hijos, a Tuxtla para asistir al taller. Nos hospedábamos en el Hotel Bonampak (donde también se hospedaba el Rayo) y el sábado, muy temprano, pasaba a dejar a los hijos y a mi Paty con la familia y yo iba directamente al Teatro de la Ciudad, donde eran las sesiones y donde Don Carlitos Trejo, director del teatro, nos recibía. No recuerdo cuánto tiempo duró estas idas y venidas, pero fueron muchas. Llevaba mi grabadora reportera y cuando leía mi texto grababa los comentarios del maestro. Al regresar al pueblo reproducía la grabación y estudiaba las recomendaciones del Rayo. Fue un ejercicio formidable, a tal grado que logré transcribir un decálogo del escritor de cuento, formulado por el maestro. Por desgracia, en medio de tanto desplazamiento perdí ese decálogo que ni el Rayo tenía. Una vez invité a varios integrantes del Centro Chiapaneco de Escritores. En el auditorio de la UDS impartieron una cátedra acerca de la obra de Rosario Castellanos. Recuerdo que Mario Nandayapa dijo que hasta ese momento se dio cuenta de la trascendencia del Centro Chiapaneco de Escritores, muy serio dijo que deberíamos escribir los testimonios de cada uno, para completar una historia en el ámbito creativo de Chiapas. Hasta la fecha nadie ha hecho tal recuento. Hace falta. Todo está por hacerse. El 21 de enero de 1987 se fundó el Instituto Chiapaneco de Cultura. Este edificio lo visité muchas veces, ahí platiqué con quienes luego se volvieron mis amigos de vida. Tuve la oportunidad de presentar en la galería (que estaba en la primera planta) una exposición de collages (que antes estuvo expuesta en los corredores de la Biblioteca Rosario Castellanos, de acá). El amigo poeta Armando Ramírez, del taller de Óscar Oliva, me dijo que su hermano había asistido a la exposición y que él era muy estricto en su juicio crítico y que, por primera vez, le había gustado un trabajo creativo. Me sentí bien. Fue un buen abrazo. Hablo de los años noventa del siglo XX. Nunca participé en alguna lectura en el auditorio, pequeño, que tenía el Instituto Chiapaneco de Cultura, pero sí recuerdo haber asistido a varios recitales, uno de ellos el impartido por Alí Chumacero, una noche que se le pasaron las copas y llegó a leer un poco con la lengua de trapo. Después del tiempo del Ateneo en Chiapas, el gran movimiento Cultural se dio bajo la dirección del Doctor Andrés Fábregas Puig y el equipo de colaboradores. Mucho está por escribirse. Es necesario contar con el testimonio de quienes fueron actores en ese periodo histórico. Posdata: el edificio tenía líneas simétricas, recuerdo las escaleras que llevaban a las plantas superiores, en un cubículo estaba la oficina de Socorrito Trejo, con frecuencia pasaba a saludarla. Ella siempre ha sido muy generosa conmigo. Cuando organizaba los Encuentros Literarios Femeninos (mirá) ella me invitaba a moderar alguna mesa. Yo le decía que era un encuentro de mujeres. ¿Horma de qué me miraba? ¿Me hablaba al tanteo? ¡Tzatz Comitán!

jueves, 22 de enero de 2026

CARTA A MARIANA, CON EL AGUIJÓN DEL TIEMPO

Querida Mariana: “reloj, detén tu camino…” Así lo pidió Roberto Cantoral en su famosa canción. ¡Petición imposible! Bueno, el reloj del palacio municipal en Comitán sí le ha hecho caso al compositor en varias ocasiones. A veces, los peatones pasan, alzan la vista, ven el reloj que permanece parado. El reloj del edificio del ayuntamiento comiteco ya tiene sus buenos años y ahí sigue marcando el tiempo, en ocasiones arrastrando las patas y el minutero. En los años sesenta, antes de los tiempos de celulares donde todo mundo sabe qué hora es, el pueblo comiteco medía su tiempo con el reloj del palacio. “¿Qué horas son?”, preguntaba el muchachito y otro decía: “Las horas de tu calzón”. Siempre pensé que era un juego bobo, que sólo apelaba a la rima fácil. El calzón nunca tuvo hora. Salvo el comiteco que, de apodo, le decían “Tono Calzón”. Salvo este calzón, ninguno otro dio la hora. Y antes del reloj del palacio municipal, ¿cómo medía la hora el pueblo comiteco? Por ahí circula en el Facebook una fotografía donde se ve que en el lugar de los chorros de La Pila hubo un reloj de sol. ¿Mirás lo que acabo de escribir? Justo en el centro de la pared de los chorros había un círculo, coronado con un motivo artístico, que era un reloj. Los burreros que llegaban a cargar los barriles de agua para vender en el centro, sin duda que tuvieron la destreza de descifrar la hora en ese chunche arcaico, genial. Iba a escribir reloj solar, pero podía confundirse con la tecnología actual. Ahora existen lámparas solares, que guardan energía y se activan cuando llega la tarde. Son chunches geniales. El reloj de La Pila era un sencillo instrumento que daba la hora a través de la sombra que proyectaban los rayos solares. Si era un día nublado, el relojito no funcionaba, no daba la hora. En los años cuarenta, pienso, pocas personas tenían relojes de pulso. Sólo los hacendados tenían relojes de leontina. De ahí, sin duda, quedó la costumbre (que a mí todavía me tocó) de pedir la hora a alguien que se miraba con posibilidades económicas. “¿Qué hora tiene usted?”, preguntaba alguien y la otra persona se subía la manga de la camisa y checaba la hora en su reloj de muñeca, también llamado reloj pulsera. Cuando tuve en mis manos un celular moderno, pensé que nadie más iba a necesitar llevar reloj en la muñeca. ¿Quién se sometería a tal tormento? Me equivoqué. Ahora todo mundo tiene celular donde basta ver la pantalla para saber la hora, pero existen millones de personas que usan el reloj pulsera, porque éste, aparte del símbolo de caché que significa, posee una serie de funciones que lo hacen muy atractivo. Ahora, se llaman relojes inteligentes y, además de dar la hora, monitorean la salud. Romeo dice que él checa cuántos pasos da al día, es un podómetro, instrumento que antes sólo utilizaban los deportistas especializados. Como todo en la vida, los relojes también se volvieron símbolo de estatus. El reloj, en sentido estricto, marcaba el tiempo. Pronto alguien tuvo un cronómetro, ah, era más fifí. En los años setenta, te he platicado, hubo una estación radiofónica que era muy escuchada, porque daba la hora cada minuto y uno de sus anunciantes favoritos era Haste, porque Haste, una marca de relojes, era “la hora de México”, así decía su promocional. Medio mundo tuvo un Haste (hasta yo). “Sabia virtud de conocer el tiempo”, así dice el primer verso de un poema de Renato Leduc, que se popularizó gracias a que la convirtieron en canción. Este poema fue producto de una apuesta. Alguien le dijo que era imposible rimar la palabra tiempo, Don Renato no se quebró la cabeza, rimó la palabra tiempo con la palabra tiempo y se sacó la espina. Acá en Comitán, el poeta anónimo también no se quebró la choya, rimó “son” con “calzón” y popularizó un dicho. Posdata: la gente dice que “el tiempo vuela”, que el tiempo se escurre como agua por entre los dedos. Algo de misterioso tiene el tiempo, porque sí se puede asegurar, que como lo enseñó Einstein, el tiempo es relativo. Conforme la vejez se acumula, el tiempo se hace más breve. Es icónico el ejemplo que dice que cuando niños se hacía eterna la llegada de la navidad, para recibir los regalos; en cambio, cuando alguien tiene más de sesenta años (que es mi caso) cuando venís a ver ya llegó la siguiente navidad y así cada vez más veloz, como si el tiempo, en lugar de viajar en el Tren Maya lo hiciera en el Tren Bala. ¡Tzatz Comitán!

miércoles, 21 de enero de 2026

CARTA A MARIANA, CON ESPACIOS DIGNOS

Querida Mariana: fui al Asilo de La Trinitaria. ¡No, no! ¡Ni vayás a comenzar a decir que fui a apartar mi lugar! ¡No! Soy un pichito de 6.8 que es feliz en su casita. Fui porque el otro día (lo recordarás) te conté de “El Janush”, un personaje inolvidable del pueblo. Mi mamá, mi niña linda, iba de vez en vez al Asilo de La Trinitaria a dejar despensas, en compañía de sus compañeras de la Cruz Roja, de Comitán. Una vez me contó que había visto, como huésped, al Janush. En la carta te dije que no sabía cuándo había muerto El Janush, pero un compa me dijo: no, el Janush sigue vivo, está en el Asilo de La Trinitaria. ¿De verdad? No puede ser. No lo creí, pero para comprobar el dicho del compa o para desmentirlo, Dora Patricia Espinosa y yo fuimos al asilo. Tenía añísimos de no ir, añísimos. Tantos que dudé al llegar. Pero recordaba el arco de entrada. Al entrar me encantó pensar que la institución que cuida a personas de la tercera edad estaba rejuvenecida. En efecto, la directora del asilo, la licenciada Érika González Fermán, me dijo que todo se está renovando, con una emoción desbordada contó que la esposa del gobernador y el gobernador Eduardo escucharon la solicitud de años y ahora se dignifica el espacio donde atienden a cuarenta y nueve personas de la tercera edad. Hasta apenas hace una semana eran cincuenta, pero una viejecita se agravó y dejó el espacio vacante. La directora nos llevó a conocer la capilla donde hay una imagen de la Santísima Trinidad, la representación divina que era la consentida de mi mamá, mi niña linda. Al lado de la capilla arreglan lo que será un jardín botánico. Ah, qué bonito. La licenciada Érika nos dijo que los huéspedes llegarán para estar en contacto con la naturaleza. Camino a la capilla pasamos al lado de una fuentecita. ¡Es nueva!, dijo la directora, quien lleva varios años trabajando ahí. Le dije que, sin duda, ha acumulado muchas historias, muchos testimonios de vida, de esa gente que encuentra el sucedáneo de un hogar en esa institución, casa donde terminan sus días, su vida. Algunas personas son visitadas por familiares, pero otras llegaron ahí porque ya no tenían a alguien para que los cuidara, para que los abrazara. Los empleados se convierten en sus aliados. La persona mayor tiene noventa y tantos años de edad. Ah, cuánta vida acumulada. ¿Sabés cuántos años tiene la persona más joven? Cuarenta y tantos años. ¡No debería estar ahí! Pero es un chico que tiene SD (síndrome de Down). Es un pichito inteligente. Ahí vive. Lo que digo, querida mía, ahí está un resumen de la vida. En cada testimonio hay un cachito de una historia mayor, la historia de la grandeza y de la miseria de la humanidad. Por fortuna, así lo vi, en este lugar de la prodigiosa Trinitaria, la gente encuentra un gajo de paz, de tranquilidad. El letrero que está pintado en la pared de un edificio no es gratuito, acá hay ¡humanismo! Los empleados cuidan y protegen a los viejitos y a las viejitas. Se acaba de ir una, pero quedan cuarenta y nueve personas más que requieren atención y cuidado. Quienes transitan con rumbo a los Lagos de Montebello y pasan frente al asilo no saben las historias que ahí se están tejiendo, con hilos que deben desenredarse. Mi mamá, niña linda, que falleció apenas a finales de 2025, iba a dejar despensas al asilo. Ella vio ahí al Janush. Ahora puedo asegurar que El Janush ya no vive ahí. La licenciada Érika me dijo que ella ya no lo conoció. ¿En dónde estará enterrado El Janush? ¿Lo enterrarían en el panteón de La Trinitaria?, panteón que, cuentan, tenía un letrero que decía: “Acá se entierran los muertos que viven en La Trinitaria”. Letrero genial. Cuando la directora del asilo me habló del Jardín Botánico, en automático pensé en un poemita de Benedetti, que no es gran poeta, pero tiene textos simpáticos, como el que se llama “A la izquierda del roble”: “No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes / pero el Jardín Botánico es un parque dormido / en el que uno puede sentirse árbol o prójimo / siempre y cuando se cumpla un requisito previo / que la ciudad exista tranquilamente lejos…” El asilo de La Trinitaria existe tranquilamente lejos, cerca de la carretera hacia Los Lagos, pero esto no interfiere en su armonía, ahora construyen la barda perimetral, que funcionará como contención para el ruido. El Jardín Botánico será un remanso de paz y los viejecitos y viejecitas vivirán con sosiego sus últimos años, sus últimos recuerdos. Posdata: no fui a apartar lugar. Cuando viejo y abatido tomaré una mochila y, apoyándome en un bordón, caminaré hacia la montaña, hacia el lugar donde viven los lobos y me quedaré a vivir con ellos, si me aceptan, si no me destrozan con sus bocas asquerosas de ovejas camufladas. Caminaré por en medio de árboles, de bosques, de jardines botánicos llenos de árboles de pichichej o de matasanos. Entregaré las cuentas y, al modo del poeta, diré: “vida, nada me debes, porque nunca te presté algo”. ¡Tzatz Comitán!

martes, 20 de enero de 2026

CARTA A MARIANA, CON JOYAS

Querida Mariana: ¿on toy? Sí, en Guadalajara, en el vestíbulo abierto del edificio que se llama Distrito Joyero, al lado de una gran avenida, la Mariano Otero, que es la avenida donde está la Expo Guadalajara. Conocí la Expo Guadalajara porque ahí se realiza la gran Feria Internacional del Libro. Vos sabés que el equipo de Arenilla fue a la FIL a presentar la revista en el 2025. Experiencia sensacional. En el 2025, los asistentes casi casi le pegaron al millón. ¿Mirás? Ah, qué festejo tan bello, todo motivado por el libro, maravilloso objeto cultural. Pero, me contaron, durante todo el año hay diversos eventos en la Expo Guadalajara: congresos médicos, de modas, exposiciones ganaderas, uf, de todo. Y cada persona acude de acuerdo a sus intereses. En los últimos días de noviembre y primeros de diciembre, casi un millón de personas nos acercamos para vivir la gran experiencia de andar entre libros, lectores, autores, editores y demás hierbas adobadas con la palabra escrita y oral. Hay gente que le encanta ver vacas, otras son felices viendo vestidos. Nosotros somos felices viendo, palpando, decodificando, oliendo libros. Cada uno elige el camino de su gajo de felicidad. Ya te conté que con Dora Patricia Espinosa casi no salimos del recinto porque nos la pasamos bomba y deseábamos aprovechar al máximo la experiencia de estar en medio de millones de libros. Salíamos sólo para ir a comer. El día de esta fotografía, en lugar de ir al departamento (que nos quedaba a una cuadra) le dije a Dora Patricia que fuéramos a buscar una pizzería, para comer una vegetariana, sin queso. Caminamos entonces por esta gran avenida, la Mariano Otero. Por acá debe haber una placita, dijimos. Caminamos, caminamos, pasamos por un Oxxo, por un Starbucks, por una agencia de Mexicana (cerrada), por tianguis de autos, por agencias. De pronto mi mirada fue jalada como con imán y vi, antes que el edificio posterior, la escultura en bronce que acá mirás. Fue prodigioso, porque en medio de ruido de autos, camiones, caminantes apresurados, la banqueta se abrió a un espacio de sosiego. Tomame una foto, le pedí a Dora Patricia. Luis Aguilar tiene razón, el arte en la calle hace la gran diferencia; el maestro Mancilla dice lo mismo con respecto al libro, cuando alguien se topa con muchos libros puede hallar uno que sea el que lo convierta en un gran lector. ¿Cuántos peatones han hecho lo mismo que yo al caminar frente a esta escultura? Sé que mucha gente lleva prisa, pero a veces hay gente que puede hacerse una pausa y esta obra permitió que nuestro apresurado caminar en busca de comida física botaneara tantito el alimento espiritual, tan necesario para el alma. El edificio posterior, ya lo dije, es el Distrito Joyero (en Guadalajara vi, desde el Uber, varios centros joyeros, me pregunté si Jalisco es productor de joyas, no lo sé, pero lo que sí advertí es que ahí se mueve mucha paga). Dora Patricia me tomó la foto, disfrutamos la obra cierto tiempo y luego seguimos buscando una pizzería artesanal. Caminamos varios kilómetros. No entramos al Distrito Joyero, según nosotros ya habíamos estado frente a la joya mayor. No me regañés. No recuerdo el nombre del autor. En mi cabeza aparece el nombre de Soriano, pero al regresar a Comitán busqué en el Internet y nada hallé, ¡nada!, lo mismo que en mi cabeza. ¡Uf! En la base de la escultura está una placa con el nombre del autor, yo digo que vi: Soriano, pero acá en la fotografía no se alcanza a ver. Tal vez un día, mi amigo Luis Molina o mi amiga Eva Morante, que viven en Guadalajara, pasen por ahí y me digan qué dice la placa (el otro día entré a Google maps y repetí el recorrido que hicimos con Dora Patricia y ¡cabal! encontré este vestíbulo, pero -lo mismo- de lejos no se alcanza a ver qué dice la placa). En fin, por el momento nos quedemos con Soriano. La obra es bella. A mí me proporcionó ese hilo de luz tan necesario, el hilo donde se cuelgan las lámparas que alumbran el camino. No entramos al edificio con varios niveles. En la azotea hay un restaurante y una estructura de cristal que permite el paso de luz al interior, donde hay más de sesenta locales especializados en venta de joyería. ¡Pucha! ¡Genial! Todo está tan bien organizado que hay una oficina de mensajería, para que quien compra esas bellezas que gustan tanto a tantos se haga el envío con toda comodidad, sin salir al exterior (recordé que, en un tiempo, en Comitán, al lado de una tienda de abarrotes muy exitosa abrieron una sucursal bancaria, casi casi como para que por una ventanita depositaran la paga). Posdata: Luis tiene razón, en cada placita, en cada recoveco debe asomar el arte escultórico para que el tránsito desbocado del día encuentre un sosiego, una manera de justificar la vida. A mí me dio mucho gusto hallar este remanso en medio del trasiego impetuoso de esa avenida en Guadalajara. Fue como una mano que nos detuvo, que nos dijo que todo estaba bien, que el río de autos que pasaba a nuestro lado estaba en la otra orilla. Antes de enviarte la carta le mando un mensaje a Dora Patricia. Su memoria privilegiada me avienta un salvavidas a mitad del mar: ¡sí, es una obra de Juan Soriano! Bendigo a los socios de ese espacio que no sólo pensaron en ágatas, rubíes, diamantes y oro, también pensaron en el bronce que se convierte en materia de sueño cultural. ¡Bien! ¡Tzatz Comitán!

lunes, 19 de enero de 2026

POR LA TARDE DE LA MEMORIA

Mamá tiene Alzheimer. Vinieron mis hermanos y eso dijeron. No supe qué decir. En cuanto se fueron quise salir de casa, pero antes investigué en el celular. “Alzheimer: enfermedad neurodegenerativa progresiva, la forma más común de demencia, que destruye lentamente la memoria y las habilidades de pensamiento, afectando la capacidad de realizar tareas diarias”. Salí. En el parque, Armando me explicó: “tu mamá irá perdiendo la memoria, no se acordará de nada”, luego agregó: “pero si vos no tenés hermanos”. Estúpido, sólo faltaba que dijera que no tengo mamá. Lo dejé. Seguí en el parque, pero me senté en el otro extremo, donde él no me viera. Pensé: “se olvidará de todo. Ojalá se olvidara de esta enfermedad”. Si el Alzheimer es una enfermedad que provoca el olvido, ¿no es posible -sólo como milagro- que se olvidara que tiene esa enfermedad y todo volviera a la normalidad? Parece que no. Ayer, antes de visitar a mamá, Rosa, mi hermana, salió apurada, me hizo a un lado en la escalera y dijo: “no olvidés que tiene Alzheimer”. La vi correr para alcanzar el autobús, la vi con el bolso al hombro yendo de un lado a otro. Pensé que era una imagen dramática de lo que sucedía en la cabecita de mamá. El orden mental desaparecía poco a poco. Entré a la casa, hallé a mi mamá en la sala, hincada frente al sofá, como buscando algo. Me sentí mal al pensar: “está buscando su memoria”. Me acerqué, me hinqué también, le di un beso en la frente, ella me vio y dijo: “Hola, hijo, ¿qué tal?”. Bien, dije, todo bien, vos ¿qué tal? Bien, dijo, todo bien. Como todo estaba bien me atreví a preguntarle qué hacía en el piso. “Estoy buscando mi arete, por acá debe estar”, y mostró el lóbulo de su oreja al que le faltaba la argolla que sí tenía en la otra oreja. Entonces, como si fuéramos niños, o más bien dicho, como si yo fuera un niño y ella me acompañara nos pusimos a buscar el arete perdido. “Arete, aretito, ¿en dónde estás?”, preguntaba yo en voz alta y ella, sonriente, maravillada, preguntaba: ¿En dónde? Así estuvimos varios minutos, metiendo las manos debajo del sofá, empujándolo tantito, hasta que mi mamá sacó la mano y dijo: “¡Acá está!”, y mostró la argolla. No quisimos pararnos, así nos quedamos, ella recargada contra el sofá y yo con las piernas entrecruzadas, como si fuera un lama. Ella contó que esas argollas son de oro, que se las regaló su madrina de bautizo, la tía Ernestina, “la que vino una vez y te trajo un carrito de cuerda, ¿recuerdas?, que vivía en Tonalá, allá tenía una casa de huéspedes. Te sorprendiste una vez que fuimos a verla, porque dijiste que esa casa era como la jaula de pájaros que tenía Doña Emerenciana, en el barrio de La Pila, acá en Comitán. Ah, qué fiesta de murmullos, de gritos, de carcajadas, de carreras, de regaños y de caricias. Sí, su casa era como un árbol lleno de pájaros”. Así nos encontró Rosa, quien regresó porque había olvidado no sé qué, ella había olvidado, así lo dijo. Corrió hacia la escalera, pero se regresó del primer escalón, nos vio y preguntó: ¿qué hacen? Nos reímos, ella también. “Locos”, dijo y subió corriendo, escuchamos que abría la puerta de su recámara y, debió marcar en su celular, porque le avisó a alguien: “Sí, acá está. Ya voy”. Bajó en tropel y antes de abrir la puerta nos dijo adiós con la mano. Mamá dijo: “Cuidate, no hagás burradas” y rio, todos reímos. No supe en qué momento de la enfermedad estaba, pero yo la vi bien toda la mañana que estuve con ella. Entramos a la cocina y le ayudé a preparar su comida: caldo de pollo con mollejitas, una ensalada de betabel con pedacitos de nuez y un arroz con leche, con harta canela, como postre. A las cinco me despedí, nos abrazamos, ella me pidió que le pusiera el arete, le dije que se veía muy guapa, ella cerró tantito los ojos y dijo que yo era un adorable mentiroso. Había olvidado que así me decía cuando yo era niño, a todo mundo me presentaba como su adorable mentiroso. Salí de su casa, fui al parque. Ahí estaba Armando, leyendo. Me senté en el otro extremo de la banca. Él siguió con su libro, metiendo la mano en una bolsa de papel, aventando granos a las palomas que lo circundaban. ¿Cómo sigue tu mamá?, preguntó. Acabo de verla, está bien, como si nada tuviera. Debe ser, dijo, tal vez nada tiene, tal vez tus hermanos se equivocaron y nada tiene. Lo quedé viendo. ¿Mis hermanos? Armando siempre es bromista, él sabe que yo no tengo hermanos.

domingo, 18 de enero de 2026

CARTA A MARIANA, CON UNA IRREVERENCIA

Querida Mariana: ¿una irreverencia? ¿Una más? ¿Y por qué no? Bueno, en realidad no es tanto. Quiero decir que no acostumbro hacerlo, es más ¡nunca lo había hecho! ¿Cómo escribir acerca de un libro que no he leído? Entre paréntesis, ahora leo un librincillo que Dora Patricia Espinosa y yo compramos en la Porrúa, en Comitán: “El loco de Dios en el fin del mundo”, de Javier Cercas, que es un librazo. Sugiero que no dejés que se vaya más allá el año 2026 para que le entrés. Es maravilloso ver cómo un ateo se acerca al papa Francisco y le pregunta dos temas escabrosos: qué onda con la vida eterna y qué con la resurrección de la carne. Digo pues que como ya avancé en la lectura del libro de Cercas puedo hablar un poquito acerca de la obra, pero qué decir de un libro que no sé ni de qué se trata. Bueno, mentira, hablaré acerca del título y a partir de ahí, como si fuera Marco Polo, iré recorriendo una ruta imaginaria, que no otra cosa es el camino de la literatura. A ver, primero digo que mirés con atención la foto que te anexo y que robé de la página de la Benemérita UNACH. Conozco a todos los que ahí están, de lejitos, pero los conozco, bueno a unos los conozco más que a otros. Ahí está Verónica Ordaz, amiga de hace dos o tres hectáreas; luego está el autor del libro: Florentino Pérez; en medio el rector de mi universidad, el Doctor Oswaldo Chacón Rojas; luego aparece Sarelly Martínez; y al final el querido y admirado Carlos Román, quien viene de vez en vez a Comitán y lo disfruta. Puro conocido, pura crema y nata de la intelectualidad, puro chipocludo. Bueno, ya es un atrevimiento de mi parte, pero debo decir que conozco a las dos personas que están en primera fila: al amigo del solideo natural, Juan Carlos Gómez Aranda y a la persona de la cabellera generosa, Doctora Mary Carmen Vázquez Velasco. Vos sabés que he dicho que soy el Woody Allen de la literatura comiteca, pues tengo el propósito de publicar un libro cada año, así como Woody presenta una cinta cada año, Carlos Román me dijo que Florentino Pérez me gana, pues publica libro y medio cada año, libro y medio. Qué simpático. Conozco a Florentino, más allá de sus jugadas administrativas, por esa disciplina creativa. Ahora, hace días (acá está el testimonio gráfico), presentó su libro más reciente. ¿El que corresponde a 2026? ¿Ya no habrá más durante el año? Espero que se cumpla la sentencia de Carlos y que pasando los meses Florentino presente el otro medio. Digo pues que hablaré de un libro que no he leído. Pero me atreveré a hablar acerca del título. ¿Ya viste cómo se llama su libro más reciente? “Andar por la vida, ciudades y paisajes”. A mí no me cuesta imaginar por dónde caminó Florentino. Todo está dicho. Estoy viendo al libro, desde acá, desde mi ventana, con viñetas, pasajes de paisajes y de ciudades. El libro, no puede ser otra cosa, es un gran viaje, el mundo visto a través de una mirada acuciosa, nerviosa, inquisitiva, curiosa. ¿Voy bien o me regreso? Mi maestro de cuento, el famoso Rayo Macoy, decía que el título debería sintetizar el contenido, decir en pocas palabras todo el universo aprehendido. Pienso que Florentino logró dar en el clavo: a través de su título ya me dio una buena descripción de lo presentado. “Andar por la vida”, qué bonito. Hay, vos lo sabés, muchos compas que no andan en la vida, compas a los que la vida les anda, bien por arriba o por debajo. ¿Qué hace Florentino? Ponernos al frente la necesidad de caminar por la vida, caminarla, con desparpajo, con sentido de placidez, reconociendo que no hay de otra sopa: o vivís la vida o ésta te pasa encima como tren, como jauría desbocada. Y en este caminar de Florentino, que comparte con sus lectores, se ha topado (no hay de otra) con ciudades y paisajes, que parecería un pleonasmo, porque lo segundo contiene siempre a lo primero. Me encantó saber que un compañero arquitecto de la UVM, en la Ciudad de México, se especializó en Arquitectura del Paisaje. ¿Mirás? Tal vez, digo sólo que tal vez, Florentino pertenece a una serie de escritores que puede llamarse del paisaje, del pasaje, del que no sólo deja que la vida pase encima de él, sino del que pasa a través de la vida, como la sangre pasa por la aorta para inflamar el corazón. Posdata: así que, por primera vez, me atreví a hacer un comentario acerca de un libro que no he leído. Ya estuvo, ya pasó. Recorrí sólo el título, no siempre un título es tan decidor. ¿Por qué se llama “El loco de Dios en el fin del mundo” la novela de Cercas? Porque Francisco, el papa, loco de Dios, viajó a Mongolia, esto lo narra un loco sin Dios, el tal Javier Cercas. No dejés de leer a Cercas, no dejemos de leer a Florentino. ¡Tzatz Comitán!

sábado, 17 de enero de 2026

CARTA A MARIANA, CON PAPELES

Querida Mariana: antes se decía que el mínimo papel superaba a la más excelsa memoria. Entiendo que el mensaje era: “anotalo en un papelito, así no lo perderás”. Ahora, el avance de los chunches tecnológicos ha suplido con mucho a los papelitos, porque todo se anota en dispositivos electrónicos. Hay agendas electrónicas que tienen el agregado de imágenes y de voz, así, como si fuera Alexa, desde temprano te avisa qué compromisos tenés y te recuerda los cumpleaños del día, para que de inmediato mandés un mensajito o si tenés mucha confianza le echés una llamada. Fijate que ayer (en 2026) encontré un papelito de marzo de 1992. ¿Mirás? Un papelito que ha sobrevivido al alud del tiempo. ¿Cuántos años tiene? A ver, en marzo de este año cumplirá 34 años. Pucha, casi tu edad. Cuando vos no eras proyecto de vida, todavía, yo andaba trepado en el escenario de la Sala de Conferencias de la Casa Museo Dr. Belisario Domínguez, porque el papelito que encontré habla precisamente de una noche en que se presentó un libro de poemas del gran poeta chiapaneco Joaquín Vázquez Aguilar, el hijo predilecto de Cabeza de Toro. Quincho falleció en enero de 1994, dos años después que anduvo en Comitán. Ahora, cuando llega el aniversario de su fallecimiento muchas instituciones le dedican recitales y conversatorios. Todo mundo reconoce que Quincho es uno de los grandes poetas de Chiapas, de México. Es una pena que haya muerto joven. Lo encontraron en un departamento, en Tuxtla, días después de su muerte. ¡Qué pena! Solo, como una gaviota extraviada, como si añorara su mar en medio de tanta plancha de cemento. El otro día, mi amigo Baltasar Ramos compartió recuerdos de Quincho en San Cristóbal de Las Casas. Ya te conté que Baltasar se inscribió en literatura, en la UNACH, y viajaba todas las tardes desde San Cristóbal hacia Tuxtla, hasta que un día se fastidió y abandonó el estudio, pero como para ser escritor no se necesitan títulos, él ha insistido en su gusto por la creación y ya tiene varios libros, de poesía y de narrativa. Algo le pepenó a Quincho, porque Quincho, además de ser un gran poeta fue un gran promotor de la creación. A mí me tocó conocerlo en el Centro Chiapaneco de Escritores, donde era coordinador. En 1992 estuvo en Comitán, en la noche, a las siete, fue la presentación de uno de sus libros. De inmediato todo mundo se dio cuenta que estaba alicaído, cómo no, tenía una gran colitis. Elva le recetó medicina y le dijo: “¿Cómo es posible que un bolo con tanta experiencia no sepa cómo curársela?” A lo que Pepe Falconi dijo: “es que es un bolo lírico”. No obstante, Quincho cumplió con su compromiso. En la mesa de honor estuvo Quincho, Elva Macías (quien quiso mucho a Quincho) y José Falconi, quien ahora es candidato para obtener el Premio Chiapas. Pepe Falconi radica actualmente en la CDMX. En el papelito que encontré hay dos o tres notas que quiero compartir con vos, esa noche (14 de marzo) celebramos, además de la presentación de Quincho, que estaba casi ponchado, el cumpleaños de Pepe Falconi, quien nació el 14 de marzo de 1953. Además de los mencionados también estuvieron Jesús Morales Bermúdez, Mario Nandayapa, Blanca Margarita López Alegría y Paco Flores (quien era el director de la Casa Museo Dr. Belisario Domínguez). La cena fue en el restaurante del Hotel Real Balún Canán, edificio que ahora es del grupo de Manuel Albores Alcázar. Quincho debió cuidarse, los demás le entramos con fe a la cena. Alguien comentó que José Falconi era alguien a quien le encantaba comer dulce y era muy sensible, “¿sensible? -dijo Elva- es dramático”. Elva, como siempre, tuvo para todos. Posdata: hallé este papelito, un pedazo de papel que conservó trozos de aquel día, de aquella noche. Dos años antes que Quincho muriera en forma trágica. Fue un bolo con experiencia, pero no tuvo la sapiencia para eludir a la muerte. Se cumplió lo que dijo Falconi: “fue un bolo lírico”. Dora Patricia Espinosa siempre repite que el mejor homenaje a un escritor, a un poeta, es releer su obra. ¿Cómo ves si copio un fragmento de “Magresal” y lo leemos? “A la orilla del estero de Cabeza de Toro, cerca del embarcadero, hay un magresal. Es el árbol más viejo de todos. Es tan viejo que se le han caído todas las hojas, como a mi padre se le ha caído el cabello. Tal parece que ha estado allí desde siempre, desde la raíz de los siglos. Todavía sigue de pie a pesar de que por él han pasado todas las calamidades, chubascos, inundaciones, temblores, quemazones, comejenes. Además de ser el más viejo es también el más corpulento. De él podrían salir montones y montones de leña para abastecer por días y días los fogones de las casas de la ranchería. Al amanecer, cuando se viene de pescar y el estero se abre al día con el verdor fresco del manglar y la alegría blanca de las garzas, el magresal se alza con su grotesca figura esquelética y ceniza…” ¡Tzatz Comitán!

viernes, 16 de enero de 2026

CARTA A MARIANA, CON TIEMPOS REMOJADOS

Querida Mariana: Comitán, dicen, era una comunidad apartada. En los años cuarenta era muy difícil la comunicación. La amada Lolita Albores cuenta que fue hasta 1950 que Comitán dejó su aislamiento ancestral, con la construcción de la carretera panamericana. Nací en 1957; es decir, cuando Comitán ya no estaba sumido en la burbuja. Crecí con las ventajas que permite la comunicación. Mi vicio de la lectura era satisfecho con las revistas y libros que Don Rami Ruiz vendía en su mítica Proveedora Cultural. El periódico, es cierto, seguía llegando con un día de retraso, pero llegaban las noticias, si bien no calientitas cuando menos no como bolillos fríos. En los años setenta, amigos míos conseguían discos de rock, que pedían a las grandes compañías del Distrito Federal; por mi parte, yo recibía un catálogo de libros de una empresa que se encargaba de vender ejemplares a toda la república. Pedía libros, mediante una carta y me llegaba el paquete a la oficina de correos. Esos tiempos no eran tan inmediatos como ahora, pero ya gozábamos con la comunicación establecida con la capital del país, que seguía estando muy lejos, pero cuya cultura se acercaba a través de los servicios de transporte. Ayer te platiqué que a mi mamá le gustaba ver la televisión (nunca vio telenovelas, eso sí no). La primera televisión que tuvimos en casa la compró mi mamá, con oposición de mi papá, que consideraba un gasto innecesario. Lo que es la vida, mi papá también se convirtió en un fiel disfrutador de la televisión, él sí (¡qué cosas!) veía telenovelas y disfrutaba los partidos de béisbol. La televisión llegó a Comitán hasta los años setenta, veinte años después que en la Ciudad de México. Este medio de comunicación significó acercarnos más al centro del país. Los comerciales que aparecían en los programas modificaron nuestros hábitos. ¿Quién iba a comprar el jabón de bola que hacían los cushes si ya estaban los hermosos jabones Palmolive, con aromas exquisitos? ¿Quién se iba a lavar los dientes con ceniza si ya estaba disponible la crema dentífrica Colgate? Y ahora que mencioné esta marca comercial digo que al establecerse la vía de comunicación también nos apropiamos de nuevas palabras y formas de expresión. Si dejamos el jabón de bola también dejamos nuestros modismos. Lo que ahora vivimos es parte de ese proceso de transformación, los jóvenes no hablan de vos, ya lo hacen de tú, porque es la forma prestigiosa de la Ciudad de México. Ya no decimos colgate, decimos ¡cuélgate! Bueno, decimos Colgate cuando nos referimos a la marca, pero cuando mandamos a colgarse a alguien porque nos cae mal, ya no decimos ¡colgate!, decimos ¡cuélgate! En los años setenta todo se volvió chido, porque algún estudiante de la UNAM lo trajo en vacaciones. Nosotros decíamos que lo bonito era lek, mero lek, pero un día, un chavo setentero, con zapatos de plataforma (comprados en el Taconazo Popis), camisa sicodélica y pantalón acampanado, dijo que todo estaba ¡chido!, y la palabreja se nos hizo mero lek y la adoptamos, así que todo fue chido a partir de ese instante. Ahora luchamos en mantener nuestra identidad. ¿Nos sigue apantallando todo lo de afuera? Hay personas que defienden los valores propios. Uno de estos valores es el lenguaje, el maravilloso dialecto comiteco, lleno de picardía y de sonidos maravillosos. Sí, quienes todavía hablan de vos hablan como millones de argentinos, pero con el singular cantadito comiteco. Los que saben dicen que la palabra chido se inventó a principios de siglo en Tepito, pero fue en los años setenta que se popularizó. A nosotros nos llegó directito del Distrito Federal. Igual que muchos compas la adopté de inmediato y me sentía muy bien cuando la decía: el mundo era chido, ya no era mero lek. Uf. Ahora comprendemos que la palabra chido la emplean en muchos lugares, por el contrario, el mero lek (mero bueno) sólo lo empleamos nosotros, es una voz que nos distingue, que nos hace diferentes, la diferencia es lo que hace rico al mundo cultural. Posdata: primero llegó la radio, luego la televisión; luego las videocaseteras, donde veíamos películas, poco a poco el mundo se fue haciendo más cercano. Ahora todo está al alcance de la mano, a través de un “simple” chunche, llamado teléfono celular. Estos tiempos son mero lek. ¡Tzatz Comitán!