viernes, 20 de febrero de 2026

CARTA A MARIANA, CON HUMANOS

Querida Mariana: ¡ah, la mágica San Cristóbal de Las Casas! El equipo de Arenilla (Robertito, Dora Patricia y yo) estuvimos el 19 de febrero 2026 en la prodigiosa ciudad. Esa mañana estuvo también el escritor Juan Villoro para presentar su libro “No soy un robot”. Pero no estuvo sólo él. En el hotel “Sombra del agua”, encontramos al rector de la Benemérita UNACH, Doctor Oswaldo Chacón Rojas (quien invitó a Villoro para estar en Chiapas); la Maestra Ana Elisa García Aguilera, coordinadora de comunicación de la Benemérita UNACH; Marissa Trejo, poeta, coordinadora de encuentros internacionales de escritores; José Luis Ruiz Abreu (el gran Oso, dijo el rector), quien es director de la librería José Emilio Pacheco, que está en terrenos de la universidad, en Tuxtla Gutiérrez; el Doctor Carlos Coello Coello, ingeniero egresado de la UNACH, experto en computación, único mexicano que es uno de los cuarenta integrantes del Panel Científico Internacional Independiente sobre Inteligencia Artificial de la Organización de las Naciones Unidas. ¡Nadita! Orgullo chiapaneco, nacido en la tierra de Óscar Wong: Tonalá; asimismo, saludamos a Juan José Cruz Solís, director de la Facultad de Ingeniería de la Benemérita UNACH y a Pablo Salazar López, uno de los grandes escritores de cuento de nuestro estado. Villoro estuvo en San Cristóbal de Las Casas. Se presentó en el auditorio de la Facultad de Derecho, estuvo acompañado por el Doctor Coello Coello. Ambos hablaron acerca de la sociedad digital que hoy impera en el mundo. Por esto el título “No soy un robot”, que alude a esa casilla de seguridad que hallamos en varios instantes de nuestra vida actual en los sistemas inteligentes, donde los aparatos nos someten a la prueba para que identifiquemos las imágenes donde hay objetos con ruedas y otros sin ellas, al identificar esas imágenes cada persona demuestra que “no es un robot”, que es un ser humano. ¡Dios digital, hasta dónde hemos llegado! Bueno, pues de esto y de mucho más, Juan Villoro y Carlos Coello Coello hablaron ante una audiencia de más de doscientas personas, que abarrotó el auditorio. Con decir que hubo gente parada en los pasillos. A la hora de las intervenciones de Juan y de Carlos hubo casi un silencio absoluto, una concentración total, donde no pensés que sólo adultos hubo, ¡no!, muchos niños tenían entre sus manitas libros infantiles de Villoro, esperando el final del acto para hacer cola y presentarse ante Villoro para la firma. Cosa que, con gran amabilidad, hizo el escritor, quien, a pesar de su fama, de su lúcida inteligencia, de su admirable conocimiento, es una persona accesible, agradable, ¡enorme!, como es su talla física (mide, tranquilamente, más de uno noventa, más, más. ¿Se acerca a los dos metros? No lo sé. Gran estatura física y gran estatura intelectual). San Cristóbal recibió a los invitados de honor con una mañana soleada, armoniosa, alegre, con batucadas en el parque. Villoro, contó, quiere a Chiapas (su papá, el gran filósofo Luis Villoro está enterrado en Oventic). El rector Oswaldo lo invitó a estar presente en la Feria Internacional del Libro 2025 de la UNACH, pero Villoro declinó la invitación porque en esa época estaba en Suiza, pero dijo que en cualquier rato podría hacerse un huequito en su apretada agenda, y esa ocasión sucedió en estos días, 19 y 20 de febrero 2026. Estuvo en San Cristóbal el 19 y estará en Tuxtla hoy donde hablará de fútbol, al lado de Andrés Fábregas Puig, ex director del Instituto Chiapaneco de Cultura; Pablo Salazar López, escritor que obtuvo el premio nacional de cuento Juan José Arreola; y Roger Mandujano, secretario de educación de Chiapas; ellos, en la cancha del Centro de Convenciones Dr. Manuel Velasco Suárez, harán dribles con la palabra para meter goles prodigiosos en la portería del equipo contrario: los seleccionados del aburrimiento y de la solemnidad. ¡Será un encuentro sensacional, histórico! Posdata: al final del acto, se rompió la taza y cada uno a sus deberes. El rector platicó que regresarían a Tuxtla, irían al Congreso del Estado; nosotros nos dirigimos al restaurante El Punto para comer unas pizzas (Dora Patricia y yo, veganas, sin queso; Robertito una “normal”). Abandonamos el hotel “Sombra del agua”, que nos recibió con un patio generoso, lleno de luz, y que en el vestíbulo tiene escrito un poema de Jaime Sabines. En el centenario del nacimiento del gran poeta tuve el atrevimiento de leer el poema en voz alta y ahí entendí el nombre del hotel. Te comparto un cachito para que, de igual manera, lo leás en voz alta: Es la sombra del agua y el eco de un suspiro, rastro de una mirada, memoria de una ausencia, desnudo de mujer detrás de un vidrio. Está encerrada, muerta -dedo del corazón, ella es tu anillo-, distante del misterio, fácil como un niño. Gotas de luz llenaron ojos vacíos, y un cuerpo de hojas y alas se fue al rocío. Villoro estuvo en San Cristóbal, en un acto de gran altura. Todo este deleite espiritual lo propicia mi universidad, gracias a la iniciativa de Oswaldo Chacón, quien físicamente no es tan alto como Villoro, pero posee altísimas miras intelectuales. “Por la conciencia de la necesidad de servir”. Olvidaba decir que en el andador frente a la Facultad de Derecho tuvimos la suerte de toparnos con el poeta Carlos Gutiérrez y saludarlo; así como en el interior del auditorio saludamos al secretario académico, Florentino Pérez, quien en días próximos recibirá la medalla Ángel Albino Corzo; también saludamos a la siempre admirada y querida Marvin Arriaga; y a Quique Robles, quien recordó que en los años setenta estuvimos en ese mismo auditorio como asistentes a un Congreso de Derecho. ¿Qué estaba yo haciendo en un congreso de Derecho? Un día te contaré, porque, como dijo Nana Goya, es otra historia. En la foto: Villoro y Robertito. ¡Tzatz Comitán!