lunes, 25 de mayo de 2026

CARTA A MARIANA, CON LIBRERÍAS

Querida Mariana: vos y yo amamos las librerías y las bibliotecas. La semana pasada cerró la librería Porrúa, en Tuxtla. En redes sociales hubo voces tuxtlecas que lamentaron el cierre. ¡Cómo no! A la hora que cerraba Porrúa, de Tuxtla, en Comitán abrían una librería, frente al parque de San Sebastián. Una librería pequeña, pero que habla bien de este pueblo. ¿Recordás que en el libro “Rosario Castellanos. Nací de mi sueño. Iconografía”, edición del Gobierno del estado de Chiapas, a través de Coneculta, aparece una carta donde Rosario le dice a Efrén Hernández que le escribe desde “Comitán de Domínguez, Comitán de Las Flores, Comitán de los pianos”? Esto confirma que en el Comitán de los años cuarenta había pianos en muchas casas del pueblo; esto reafirma la vocación cultural de esta tierra, tierra santa, como le llama Gabriel Guerra Castellanos, hijo de Rosario. Igual que Rosario crecí entre bibliotecas y librerías. En los años sesenta iba cada semana a la Proveedora Cultural, de Don Rami Ruiz, a comprar el ejemplar correspondiente de la Biblioteca Básica Salvat, una serie que creó Dámaso Alonso y que fue una de las grandes iniciativas para fomento de la lectura en todo México, porque eran ediciones a precios muy accesibles (al final las hojas se desprendían, porque eran libros modestos, pero cumplían con su misión cultural). En esos años sólo había una biblioteca popular pochoroca en los corredores del palacio municipal; pero, ¡ah, qué desquite!, en los años setenta disfruté a diario el enorme acervo de la gran Biblioteca Central Universitaria de la UNAM, que en ese tiempo era de estantería cerrada. Ya no me tocó la nueva biblioteca, de estantería abierta, la que construyeron durante el periodo presidencial de Vicente Fox, la Biblioteca Vasconcelos, que es un prodigio arquitectónico y resguarda miles y miles de libros. Ah, la hubiera disfrutado, como sé que la disfrutan cientos y cientos de lectores. Sigo creciendo entre bibliotecas y librerías. Sé que ambos espacios dan vida a la gente, tal vez más que cualquier otro espacio. En las bibliotecas y librerías siempre está su majestad ¡el libro! Cerraron la Librería Porrúa en Tuxtla. Acá en Comitán tenemos una Porrúa. Hubo un tiempo que corrió el rumor de que la cerrarían, por fortuna no sucedió así. Claro, si la gente no se acerca a comprar libros corre el riesgo de que también cierren y entonces, como los tuxtlecos, lamentaremos la ausencia. He crecido entre librerías y bibliotecas. Reconozco los dones de ambos espacios. En Comitán contamos con la Biblioteca Pública Rosario Castellanos, que está a media cuadra del parque central, un espacio que, por desgracia, siempre que llego lo encuentro casi ausente de lectores. No reconocemos la virtud de contar con ese espacio prodigioso. Cuando viví en Puebla iba frecuentemente a librería de allá, que las hay muy buenas, o si no me daba un brinquito a la Ciudad de México y ahí mi espíritu se fortalecía. He crecido entre librerías y bibliotecas. Cuando volví a Comitán, después de mi estancia de cinco años en México, tuve incluso el privilegio de ser el primer director de la Biblioteca Pública Rosario Castellanos. Ahora, Comitán cuenta con cinco librerías, la tradicional Proveedora Cultural; Porrúa, que está en el Centro Cultural Rosario Castellanos (a veces me da la impresión que ha bajado en su oferta, llego a solicitar un libro y no lo tienen a la venta, por esto, a veces, los lectores acudimos a Amazon que nunca falla); la librería La rueda del hambriento, a una cuadra del parque de San Sebastián; la librería Diodati, que abrió sus puertas en los primeros días de mayo de 2026 y está a cuadra y media del edificio donde está la Biblioteca Rosario Castellanos, bajando con rumbo a la Pilita Seca, y que es un sueño de tu tocaya, catedrática del Cobach 10; y ahora el nuevo espacio que está frente al parque de San Sebastián, al lado de la chocolatería de Juan Cancino. Posdata: en tiempos difíciles, por una economía bamboleante y por el número decreciente de lectores de libros impresos en todo el mundo, Comitán levanta orgulloso su espíritu y cuenta con una oferta decente de venta del objeto cultural más relevante: el libro. Siempre recuerdo lo que contó mi amigo Héctor Cortés Mandujano, gran escritor: cuando llega a un pueblo busca una librería y adquiere uno o dos ejemplares, como un acto de solidaridad, para decirle al librero que no renuncie; que siga sembrando hatos de luz, porque el mundo tiene esperanza de ser mejor; porque hay gente que sigue disfrutando la sensación de tener un libro impreso en las manos. Es bueno que en la tierra de Rosario Castellanos, nuestra pichita amada, haya librerías, espacios donde los lectores se reúnen, manosean libros, los adquieren y hablan de literatura. ¡Tzatz Comitán!