jueves, 25 de junio de 2026
CARTA A MARIANA, DONDE SE DICE: NO ME LO ESPERABA
Querida Mariana: cuando se dice “No me lo esperaba”, se abre una ventana donde lo incierto aparece. Hay cosas inesperadas que producen dolor, en cambio, hay otras que sólo disfrute proveen.
Hay momentos de la vida en que suceden cosas inesperadas y son amables, como en este caso, afectuosas al ciento por ciento. Digo como en este caso, porque ayer encontré esta fotografía en un cuaderno viejo. No esperaba encontrar la foto que es testimonio de un instante sublime para mí, donde tampoco esperaba pararme frente a la mesa de honor.
Estoy en un escenario donde se efectuó una ceremonia de fin de cursos. No sé qué año sea el de la fotografía, tal vez Paty Cancino, quien está en primer plano, pueda decirme qué año fue porque acá espera criaturita, aunque puedo arriesgarme a decir que fue ya en los años noventa, porque el padre Carlos, quien siempre presidía las ceremonias del Colegio Mariano N. Ruiz, está ausente, en su lugar de honor está el padre Raúl Mandujano García, quien me da la mano y con la otra sostiene un reconocimiento que recibí, reconocimiento que llenó mi espíritu, porque cuando estudié la secundaria en el colegio no obtuve ninguna medalla de aprovechamiento que sí obtuvieron algunos de mis compañeros y compañeras, los más aplicados, los más inteligentes, los más dedicados, los más responsables y respetuosos. ¿Yo? Ah, pues, estamos chupando tranquilos, ni fui aplicado ni inteligente ni dedicado ni responsable y sí fui un poco irrespetuoso. Así que este reconocimiento que me dieron, sin yo esperarlo, significó un momento de satisfacción. Miro que todos sonríen, en sus caritas muestran afecto por el reconocimiento que recibí. Todos sonríen: Vicky, el maestro Jorge Gordillo, la maestra Durán Flores, mi compadre Luis Campos, Doña Lili Pulido, la madrecita Sara y Paty. No me lo esperaba. Si te das cuenta tengo colgada una cámara de video, mi chamba en esa ocasión fue grabar los actos más relevantes de la clausura. Estaba sobre el escenario porque grababa con la cámara frente al ojo. Este fue el momento de entrega de reconocimientos para los alumnos más aplicados y al final escuché que el maestro de ceremonias hizo un silencio prolongado y dijo: “hay un reconocimiento especial para…” y escuché mi nombre. Con la clásica actitud del que nada espera, mi rostro se puso colorado al oír mi nombre, la gente que estaba en el teatro aplaudió y a mí no me quedó más que adelantar mis pasos, seguirlos, como si fuera una sombra, una sola sombra larga, larga y me paré frente al padre Raúl, quien me vio detrás de sus lentes, extendió la mano, algo dijo y yo nada dije, porque no sabía qué decir y recibí el reconocimiento. ¿Qué hacer? ¿Lo mismo que habían hecho los alumnos, quienes dieron la mano a cada uno de los personajes de la mesa de honor? No lo hice, mi espasmo lo impidió, no hice más que volver la vista al frente y agradecer la ovación. Para ese momento la chiveada ya había cedido, había dado paso a una emoción que era el aura del cariño recibido. ¿Por qué me dieron ese reconocimiento? Andá a saber. Me lo dieron y punto, lo recibí turulato de gozo, porque no me lo esperaba. Autoridades de mi colegio, donde estudié mi educación secundaria, me daban un diploma, nada por ser chipocludo en las materias, nada por ser el más disciplinado, no, por nada de eso, tal vez era como ese canto que dice: por ser un buen compañero, por ser un buen compañero. Pero, como no lo esperaba, lo disfruté mucho, cuando volví a mi lugar, en un extremo del escenario y quise recuperar mi tranquilidad de minutos antes no lo logré. Subí la cámara frente a mi ojo y mi mano temblaba, como si el aparato de video tuviera un efecto especial de sensurround.
Posdata: cuando llegué a casa lo primero que hice fue mostrar el diploma. Mi mamá preguntó: por qué te lo dieron. No sé, dije. Mi mamá rio y dijo: son los mejores diplomas. Sí, las cosas inesperadas son lo mejor, siempre y cuando sean como en esta ocasión, una cubetada de nubes con confeti.
¡Tzatz Comitán!
