viernes, 10 de marzo de 2017

DEFINICIÓN DE MONO




Las feministas no pueden quejarse. Aquello de que “El hombre desciende del mono” no les corresponde. Porque si así fuera escribirían: “El hombre y la mujer descienden del mono y de la mona”. Por el contrario, las mujeres que no insisten en esa absurda costumbre heredada por uno de los presidentes de la república más ignorantes (el de chiquillos y chiquillas, bolitas y bolitos), aceptan (sin aceptarlo) dicha teoría explicada en “El origen de las especies”, porque no se molestan cuando un muchacho bonito les dice que son muy monas.
La palabra mono, cuando menos en nuestro país, se aplica como un sinónimo cursi de simpático. La muchacha (también cursi) dice: “Fulano de tal es bien mono”, y como el fulano de tal es un muchacho de uno ochenta de altura, brazos, torso, muslos y piernas llenos de músculos, y posee una sonrisa encantadora, se entiende que está a mil años luz de esos primates que, en los zoológicos, andan de rama en rama y tienen mirada como de suegra trastornada.
Joaquín, siempre, en la escuela secundaria, decía que la pregunta era: “El mono, ¿de quién desciende?”. Alicia, la que tenía el labio leporino (shelito, decimos en Comitán), decía, matándose de la risa: “De la palmera, el mono desciende de la palmera”.
Rodrigo dice que las feministas sí tienen motivos para enojarse, pues (¡como siempre!) el lenguaje las discrimina de fea manera, pues el dicho “La mona, aunque se vista de seda, mona se queda.”, las agrede directamente, porque el buen Rodri dice que este dicho se aplica a feministas y no feministas, y acá, el término se emplea de manera despectiva, como sinónimo de fea, corriente, lejos, muy lejos, de ser una Scarlett Johansson o una Sofía Loren. Pero Rodrigo insiste que este uso peyorativo puede atenuarse si las feministas no fueran tan radicales y permitieran que la palabra mona no tuviera la carga rotunda de fea sino de simpática.
Alicia, quien ha viajado a muchos países y domina tres idiomas, me dice que existe una prenda de vestir que se llama mono. Dice que es una prenda de una sola pieza (como si el pantalón estuviera integrado a la blusa). Jorge, por su parte, quien no ha salido del taller mecánico donde entró a trabajar desde los ocho años de edad y que, con trabajo, domina el idioma español, dice que su abuelo le enseñó a decirle mono a su ropa de trabajo, que, de igual manera, es de una sola pieza y que se diferencia del traje que Alicia menciona en que tiene las mangas largas y que viste a cuerpos distantes mil años luz en su forma. Se puede jugar con el lenguaje diciendo: “Cuando Jorge y Alicia visten monos, él se ve bien mono y ella se ve bien mona”; es decir, Jorge parece un primate peludo y grosero, mientras Alicia se ve como la muñeca más simpática del mundo.
Pero la aplicación del término va más allá, porque el mismo Jorge explica que, en nuestro país (¿dónde más?), la palabra mono también se aplica al monte de venus. Una vez me contó que, en el cuarto de un motel, lleno de manchas en las paredes y en la alfombra deshilachada, se asombró cuando la prostituta se bajó la pantaleta y puso a su vista su monte de venus (en ese tiempo no existía la costumbre de rasurarse el pubis): “Ah, mi Alex, tenía un mono precioso, peludo, peludo, como chango del África. Era muy monito, monito.” (Esta palabra de monito, Jorge también la empleaba en doble sentido: como diminutivo de mono y como una derivación de bonito.)

jueves, 9 de marzo de 2017

RADIO (2)




Una mañana, como siempre, sonó el despertador marcando las cuatro de la madrugada. Tentaleé el buró hasta hallar el reloj para apagarlo. Prendí la lámpara de mano y puse el despertador para las cuatro y media; luego tomé el radio y lo prendí. Siempre estaba sintonizado Radio Nederland, en la banda de onda corta. Apagué la luz y volví a acomodarme en la cama para escuchar tranquilamente la emisión, pero de improviso escuché los cascos de un caballo que galopaba por la calle. ¿Un caballo? ¿A las cuatro de la madrugada? Era el Comitán de los años setenta. Los caballos ya no se usaban como antaño. Por la historia sabía que el doctor Belisario Domínguez usaba un caballo para ir a visitar a sus enfermos, pero, en la época que escuchaba Radio Nederland, los médicos subían a sus autos y manejaban a ochenta kilómetros por hora.
El caballo no iba a galope. El paso cadencioso del caballo marcaba cada paso de manera puntual, se escuchaba el sonido de los cascos como si el caballo marchara, como si fuese uno de alta escuela. Pero luego pensé que no era un caballo de alta escuela, sino que era un caballo inmortal: el caballo de El Sombrerón. En el pueblo, a cada rato, los abuelos se sentaban en un piedrón debajo del árbol de jocote para contar historias de aparecidos y de fantasmas. Una de las historias más socorridas y que a los niños divertía y asustaba más era la del Sombrerón, el ranchero con sombrero de ala ancha que tenía un caballo negro, pura sangre, que era el animal más hermoso del universo. Los abuelos contaban que el sombrerón robaba muchachas y mataba del susto a los que andaban por la calle en la madrugada. Las abuelas, para obligar a los niños a dormir, les decían que si no se acostaban se les iba a aparecer el sombrerón. Los niños saltaban de un brinco a la cama, se persignaban y se cubrían la cara con las chamarras, para no oír, para no ver.
Apagué el radio y traté de moderar mi respiración y, si era posible, el golpeteo de la sangre en mi corazón, pero mi corazón, contrario a mi deseo, intensificó su bombeo y yo sentía que el sonido era como el de un tambor. No me moví. Me quedé escuchando cómo los pasos del caballo se hacían más fuertes a medida que se acercaban. Si hubiese estado en un bosque me habría escondido detrás de un árbol y habría cerrado los ojos, para no ver al maligno personaje, porque mi abuela Esperanza me había dicho que cuando uno se topaba con una visión sobrenatural debía cerrar los ojos y no abrirlos hasta estar seguro que la furia diabólica hubiese pasado, de lo contrario, el demonio se apoderaba del espíritu del mortal y éste se iba consumiendo poco a poco. La carne del cuerpo perdía su consistencia y se iba arrequintando en los huesos y cuando ya estaba bien estirada se iba deshilachando como si estuviera hecha de hilo podrido. Pensé que a mí me protegía la pared de por medio, pero sudé como nunca cuando escuché que el caballo detenía sus pasos justo frente a la puerta de mi cuarto, como si olisqueara algún mortal temeroso, como si tuviera visión de rayos equis y supiera que yo estaba ahí. Mi corazón ya retumbaba. Quería poner mis manos contra mi pecho, en intento de acallar los latidos desmesurados, pero no lo hice porque si movía mis manos, el caballo podía escuchar el movimiento de ellas deslizándose por debajo de las sábanas y sabría que yo estaba ahí agazapado, como un pájaro detrás de un matorral, asustado, ante la visión de un gato con las uñas de fuera.
El radio se prendía con pinchar un botón. ¿Me creerían que el radio se prendió en el instante en que sentí que el caballo se detenía frente a la puerta de mi cuarto? Yo nada hice, porque estaba tieso, mis músculos estaban como muertos. El radio se prendió en otra banda, porque, en lugar de Radio Nederland comenzó a emitir ruidos de estática, como si las ondas fueran cables y se cruzaran y se golpearan y cada vez que hacían contacto soltaban chispas, cientos de chispazos que sonaban a aguijonazos sobre una placa metálica. No pude más. Tomé valor y saqué las manos de debajo de las chamarras, apagué el radio y lo llevé hacia mi pecho, como si fuera un gatito temeroso y quisiera protegerlo, como si fuera un ratón maldito y quisiera ahogarlo.
Oí que el caballo bufó. Sentí cómo de sus belfos salían vahos calientes y espumosos. Yo no podía más, estaba a punto de tirar las colchas y salir corriendo hacia el cuarto de mis papás, pero sentía mis piernas sin fuerza.
En medio del pánico, una luz apareció en mi mente. ¿El Sombrerón? El Sombrerón no existía, era una alucinación. ¿Entonces por qué, a las cuatro y media de la madrugada, un caballo estaba frente a la puerta de mi cuarto? Y digo que eran las cuatro y media porque justo en ese momento el reloj comenzó a sonar de nuevo. En lugar de apagar el despertador dejé que sonara sin descanso, tal vez con el deseo de que mis papás escucharan el timbre y entraran a mi cuarto a ver qué ocurría.
Cuando la cuerda del reloj se agotó, prendí la radio en la estación de Holanda, subí el volumen. Mi mamá entró al cuarto, prendió la luz y me pidió que apagara la radio, que no los dejaba dormir. Yo, todo sudado, le pregunté si el sombrerón existía de verdad. Mi mamá, sin duda, advirtió el temor en mi voz, voz de hilo de agua, porque apagó la luz, se acercó y prendió la lámpara del buró. Yo me abracé a ella. Ya no oí qué me dijo. Yo hubiese querido que, a mis dieciséis años, me asegurara que el sombrerón no existía, que era puro cuento.
Ahora que tengo ya casi sesenta años, cuando despierto a las cuatro de la madrugada para escribir y pongo agua a calentar, aguzo el oído y trato de escuchar algún sonido extraño. Ahora sólo se escuchan algunos perros; un gallo que siempre está despistado y que, en lugar de cantar a las seis, canta a las cuatro; el sonido de una ambulancia lejana; o las toses de algún viejo en una casa vecina. ¡No hay caballos!, me digo. ¡El sombrerón no existe!, me digo.

martes, 7 de marzo de 2017

HACIA ADENTRO





¿Qué miran los que miran a través de una ventana? En principio podemos decir algo muy obvio: ven hacia afuera o hacia adentro. Ven hacia afuera quienes están en un cuarto, en un almacén, en un baño. Ven hacia adentro los que están en la calle y husmean algún interior, que puede ser un cuarto, un almacén, un baño.
¿Qué mira el que mira hacia afuera? Ve la prisa que corre afuera, porque, por lo regular, quien está adentro está como en una cápsula donde el tiempo se modifica, donde el reloj no tiene la prisa del que está afuera. Basta preguntarle a un oficinista, a una mujer que atiende detrás de un mostrador, a un mesero, para comprobar que adentro, el tiempo tiene cara de tortuga. Son pocas las excepciones, digamos que, tal vez, una prostituta tiene prisa en que el viejo, con cara de cerdo, llegue al clímax, porque pesa mucho, porque apesta a ron, porque tiene un olor a rata muerta.
¿Qué mira el que mira hacia adentro? Si mira un aparador lo hace con total libertad, si husmea en un interior íntimo debe hacerlo como si fuese un delincuente, porque ¡lo es! Quien escudriña en interiores roba imágenes que, en término estricto, le estaría vedado. He visto mirones que, en los jardines, hacen como que ven pájaros y, en realidad, miran hacia las ventanas de los edificios más altos, ven el departamento donde una muchacha hace ejercicio, mientras mira la televisión.
Porque quien mira a través de una ventana no hace más que proclamar la vocación voyerista del hombre. De todos los sentidos del hombre, el sentido de la vista es el más apremiante, el más metidito, por su posibilidad de vuelo. Hay sentidos que requieren la cercanía: el tacto, el gusto; el olfato y el oído son como piedras lanzadas al agua que, en círculos concéntricos, extienden su posibilidad, pero de manera limitada. La vista, en cambio, va más allá, va hasta donde el ojo de águila o de ratón lo permite. Sólo hay una ocasión en la que el sonido aventaja a la vista: cuando el escucha está en la cima de un cerro. El que está en lo alto de un cerro puede escuchar, ¡prodigio del sonido!, los gritos de los niños y el ladrar de los perros que están en una ranchería abajo. Pero, de ahí en fuera, la vista siempre aventaja a los demás sentidos.
El que mira hacia afuera ve la calle, la mujer que cruza con rumbo al mercado, la estudiante que hace la parada a un taxi, el perro que levanta la pata, el tendero que abre la cortina de su negocio, la mujer que se persigna cuando pasa frente al templo, el hombre que prende un cigarro, el que se detiene ante un estanquillo y solicita una revista, el niño que compra un helado, la niña que lleva un globo azul.
El que mira hacia adentro ve el cuarto donde un hombre acomoda libros, la mujer que limpia la mesa, el viejo que dormita en una mecedora, el niño que juega un tren en el piso de la sala, el hombre que sale del baño y mueve las manos al aire en intento de secar sus manos, la niña que abre el refrigerador y saca una gelatina, el gato que sube a una cómoda y se recuesta, el hombre que acaricia las nalgas de la sirvienta cuando ésta sube a una escalera para bajar un sombrero.
¿Qué miran los que miran a través de una ventana? Ven las nubes, el cielo, las lámparas; ven cómo los árboles se quedan sin hojas, sin ramas, mientras el viento de un huracán los mueve de un lado para otro.
El cristal de una ventana es una pequeña frontera, casi inadvertida. Quien traspone la puerta para, por ejemplo en un almacén, dejar de mirar a través de la ventana y tocar el libro que observaba, deja su condición de extranjero y pierde su capacidad de asombro a distancia.
Hay hombres que son felices viendo a las mujeres a distancia, viéndolas a través de una ventana. No desean conversar, acercarse a ellas, acariciarlas, poseerlas físicamente. ¡No! No les interesa la cercanía. Se excitan sabiendo que las poseen con la mirada. A través del cristal las vuelven suyas. Si están vestidas, poco a poco, con la simple mirada, las despojan de sus prendas y las huelen y las lamen, sin importar que estén en un departamento de un quinto piso y ellos estén viéndolas desde una banca en el parque, donde unos niños juegan en la arena a construir castillos.

lunes, 6 de marzo de 2017

PORQUE NO TODOS SUBEN




Admiro a los que llegan a la esquina. Hay algunos que se detienen a media calle a ver los aparadores donde enseñan zapatos Domit. Hay otros que se detienen en los zaguanes y van detrás de algún gato que se esconde en un basurero, porque confunden al gato con una gata de esas que venden su cuerpo por algunas monedas.
Admiro a los que entran al cine. Hay algunos que prefieren la televisión que permite hacer pausa con el control remoto. El cine exige acostumbrarse a no hacer pausas y si éstas se hacen, porque el cuerpo demanda ir al sanitario, la continuidad de la historia se pierde, y no es bueno que la vida tenga vacíos difíciles de llenar con otra argamasa.
Me caen bien los que prefieren la sima y desechan la cima. Porque ahora, en estos tiempos de competencia, todo mundo desea alcanzar la cúspide, sin saber que lo que cabe en la mano no está en la grandeza sino en el infinito gránulo de tierra.
Si me dan a elegir, elijo a los que suben al escenario, aunque el papel que deban interpretar sea el mozo que limpia la escalera. Crecí entre amigos que soñaban con ser el mejor futbolista de la historia, la actriz más renombrada del mundo, el campeón del automovilismo, el más exitoso inversionista; es decir, crecí entre sueños con olor a smog, porque ahora vuelvo la mirada y miro a esos amigos envueltos en una sábana que perdió la pureza de sus deseos. Por eso, porque la vida no es el oropel que alguien proclamó, si me dan a elegir elijo al actor que sólo dice una línea del parlamento. Lo prefiero ante el actor que engola la voz, porque le tocó representar a Hamlet, a sabiendas que nunca logrará ser un príncipe.
Admiro a los que salen de su casa y regresan dos minutos después. A los que abandonan la carrera de lo importante y optan por la cosa sencilla.
Admiro a las mujeres que son honestas y dicen ¡no!, pero se muerden el labio inferior; es decir, me gustan las mujeres que poseen códigos no verbales y que con un simple gesto dicen ¡sí! a cualquier sugerencia de vida.
Me caen bien las mujeres que desafían las leyes naturales y que, al menor pretexto, se prenden las alas del deseo e invitan a sus parejas a volar por encima de los edificios y de los árboles. Me caen bien las que sacan las sillas en la puerta de calle y no temen que algún patán las confunda con ser putas. Me subliman las mujeres que se manifiestan en las calles y sacan la bandera y tocan tambores y levantan los brazos y regalan besos a los hombres que, con lentes, escuchan a Kiss en sus audífonos.
Me gustan los niños que se manchan las caras al comer chocolate; los niños que juegan videojuegos y que dicen ¡fuck! cada vez que fallan; los que dicen ¡oh, my god!, pero no saben, en realidad, qué dicen, porque para ellos god es una mera expresión del color de fuck.
Admiro a las que, ya borrachas, se creen María Carey y se paran a mitad del escenario en el karaoke; me encantan las mujeres que, después de tomar tres cervezas, se suben a la mesa, tiran las zapatillas y bailan como si estuviesen en una playa de Acapulco.
Admiro a los que se creen lámparas y dan sermones luminosos en cualquier situación; admiro a los que se piensan músicos percusionistas y andan toque y toque las nalgas de las mujeres que se encuentran en las calles.
Me gustan las mujeres que sin ser ciegas leen braille en los cuerpos de sus amados; me gustan las mujeres que se creen nubes y cuando van en la carretera exigen una parada, porque deben llover de tan llena que llevan la vejiga. Ah, es tan bello verlas bajarse los pantalones y las bragas, acuclillarse y escuchar el chorro que moja la tierra.
Me gustan los árboles que son toboganes para gatos traviesos. Me gustan las mujeres que hablan como si fueran trompetas y besan como si fueran hojas secas de árbol en otoño.
Me gustan las mujeres que, a mitad del patio, abren los brazos como si tendieran una sábana sobre el cordel del tendedero.
Me gustan los perros que maúllan y los gatos que ladran.
Adoro ver a los hombres que hablan solos a la hora que caminan por el parque. Me seduce la imagen de la mujer que, en el mercado, le dice güerito al renegrido que camina frente a su puesto y, sin doble sentido, le pregunta qué va a querer.
Admiro a los hombres que son del Sur y no sueñan con llegar al Norte. Admiro a los hombres que caminan como pumas sabiendo que apenas alcanzan a ser patos.
Admiro a los hombres que destraban los nudos, a los que deshacen muros, a los que bailan en los velorios, a los que sueñan fuera del sueño, a los que vuelan sin alas, a los que se orinan en las puertas del Congreso.
Admiro a los que bajan con más dignidad con la que otros suben.
Admiro a la a y a la z, porque una es el principio y la otra… sí, que sirvan la otra.

sábado, 4 de marzo de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO LA MEMORIA ES UN CORDEL QUE SE MOJA




Querida Mariana: Mi mamá dice que nunca tuvimos un perro negro en la casa de infancia. Yo sostengo que jugaba con el perro y que, a veces, me trepaba sobre él como si fuera un caballo. Yo digo que, con los pies en el suelo, pero con las nalgas sobre ese cuerpo peludo, imaginaba que era el Llanero Solitario. El perro debió ser entonces cruza de un gran danés con komondor, porque tenía un abrigo impresionante, como si fuera chamula y vistiera esos vestidos peludos, peludos. ¡No!, asegura mi mamá, nunca tuvimos un perro en casa y menos un perro así de esas características. ¿Entonces, con quién jugaba? ¿Por qué el recuerdo lo tengo bien aprehendido?
De igual manera, recuerdo que en la escuela primaria Fray Matías de Córdova, en el viejo edificio, ese que estaba por el templo de Jesusito, que nos recibía con un zaguán siempre húmedo y en penumbra, pero que tenía un patio trasero iluminadísimo, había un salón que daba a la calle y que tenía algo como un mezzanine, con piso de madera que funcionaba como otro salón. El recuerdo que tengo es que las alumnas entraban por la puerta de calle, tanto las que estudiaban en la planta baja como las que estudiaban en la planta de arriba. Para que la gente de afuera no interrumpiera la clase y husmeara, la maestra colocaba un biombo con tela floreada. Pero lo que las maestras no podían interrumpir eran los ruidos de afuera, los claxonazos, los pasos apresurados de las mamás que iban al mercado, los bocinazos de los bicicleteros, los gritos de las canasteras anunciando la venta de manía o de chayotío, el silbato del afilador. ¿Cómo podés creer?, me dijo Fernando el otro día y me aseguró que ese salón es producto de mi imaginación y comenzó a describir en qué salones habíamos estudiado nosotros: el primer y segundo grados (que los estudiamos con el mismo maestro Óscar) estaba en uno de los corredores del patio principal; el tercer grado, que lo estudiamos con el maestro Beto, tenía dos puertas, la principal daba al patio delantero y la otra puerta daba al patio trasero, donde estaba la cancha y los sanitarios; y el cuarto grado, que impartía el maestro Javier, igual que el tercero tenía puertas que daban hacia los dos patios, pero estaba en el extremo opuesto del salón de tercero. En ese edificio, Fer y yo estudiamos hasta el cuarto, porque luego nos pasamos al edificio nuevo que está por El Turulete. No había salón que diera a la calle y ¡menos que tuviera dos pisos!, me aseguró Fernando. ¿Por qué entonces tengo el recuerdo que una vez entré a esos salones, sólo para argüendear, porque esos salones eran salones para niñas? Recuerdo que fue una sensación indefinible, porque en el salón de abajo se escuchaban los pasos de la maestra que caminaba por el entrepiso de madera, se escuchaban los movimientos leves de los pupitres y de las hojas que eran arrancadas de los cuadernos, se escuchaban las explicaciones de geografía de la maestra, mismas que se mezclaban con la clase de historia que daba la maestra de abajo, lo que provocaba una mezcolanza maravillosa e inédita: “En México hay clima tropical, clima seco, clima… Benito Juárez… se localiza en el hemisferio norte… huérfano desde muy pequeño… cruzado por la Sierra Madre… nacionalizó los bienes… de la latitud y de la longitud…”.
¿Y el gallo que se me trepaba al hombro e insistía en picarme la oreja, cada vez que entraba al sitio de la casa? ¿Existió? Sí, ese sí existió, dice mi mamá, y yo respiro satisfecho, como si esa afirmación confirmara que no soy un fantasma y que he vivido. No sé por qué ese gallo giro, con cresta rojísima, me atacaba, digo, y mi mamá ríe y dice: “¿Giro? No, hijo, ese gallo era un gallo blanco que tenía el pico un poco achatado, porque, además de perseguirte, su misión parecía ser picotear el tubo de cobre al lado del lavadero”. ¿Blanco? No, no, el gallo que me perseguía y me hacía correr era un gallo giro, casi casi de gallo de pelea, como esos gallos que Luis Aguilar echaba a pelear en los palenques de las películas mexicanas.
A veces, como si fuera López Obrador, digo que todo es un complot. Porque ¿qué garantiza que mi mamá o Fernando tengan la verdad verdadera en sus manos? La memoria es endeble y si mi memoria salta por bardas muy altas, lo mismo sucede con las memorias de los demás mortales. Fernando me dijo el otro día que recordaba con emoción el momento en que yo dije el mensaje de bienvenida al presidente de la república, Gustavo Díaz Ordaz, cuando llegó a la Fray Matías de Córdova a inaugurar el nuevo edificio. ¡No! ¡No! Yo no fui comisionado para dar el discurso. Ese día, el maestro Víctor Manuel Aranda, nuestro director, me dio una encomienda diferente, que ya te he contado en otra carta. Me tocó apostarme en el hotel Los Lagos y correr cuando la comitiva apareciera en la carretera internacional para avisarle al maestro que el presidente estaba a punto de llegar. Así lo hice. Ya te conté cómo cuando corría por la que hoy es la tercera norte poniente y, feliz, emocionado, gritaba que ya venía la comitiva del presidente, los alumnos de la prepa y de la secundaria que hacían valla y comían paletas heladas, me mentaban la madre a chiflidos y me gritaban ¡cuch!, porque yo era un niño rollizo. Yo recuerdo que quien le entregó un ramo de rosas, en nombre de nuestra comunidad estudiantil, fue Gabriela Bonifaz Trujillo y esto lo vi desde el barandal de la planta alta, donde fui a pararme, acezando, sudado, después de cumplir con la misión más importante que jamás había tenido. Si ahora un director de escuela me diera a elegir entre dar el mensaje de bienvenida o avisar el avance de la comitiva elegiría la segunda misión y, como en aquella ocasión, ¡no fallaría!, porque la patria también se construye con las misiones más modestas.
Recuerdo con fidelidad olfativa un bulto de chile de Simojovel que había en una de las bodegas de la casa. Yo abría las puertas de ese cuarto, que permanecía cerrado durante días y días, y recibía la bofetada, agradable y tenue, del aroma de ese chile seco. Era un costal lleno de chiles. Imagino que algún amigo de mi papá se lo había regalado y mi papá había ordenado que lo metieran en esa bodega. Cuando Sara necesitaba chilitos para ponerle a los frijoles refritos o a los tamales de bola, abría la bodega, metía la mano en el costal y sacaba un puño de esos chiles.
¡Mentira! Mi mamá dice que ese costal no existió, que todo lo imagino. Es una pena que mi papá ya esté muerto, porque él daría fe que sí existió ese costal de chiles de Simojovel. Ahora que escribo esta carta, niña bonita, siento el aroma inundar todo mi cuerpo y mi mente. El aroma de ese chile no tiene comparación en el mundo.
Pero no sólo mi mamá y Fernando tienen versiones diferentes de mi vida, Juan dice que fue mi compañero de escuela y yo ¡no lo recuerdo! Cuando me topo con él en el parque o en los corredores de la casa de la cultura, él me abraza con mucho entusiasmo y me cuenta aventuras que se supone pasamos juntos. “¿Te acordás cuando subimos al cerro de La Ametralladora y me caí en un agujero y vos tuviste que ayudarme a bajar?”. Yo, al principio, negaba los hechos, pero luego me di cuenta que era preferible seguirle la corriente, porque ante cada negativa él insistía y aportaba más datos que oscurecían mi mente. Ahora le sigo la corriente, pero, además, trato de hurgar en cada palabra cómo es que él sí me tiene en sus recuerdos de una manera tan vívida que, un día, creí que, en efecto, soy un fantasma que imagina vivir una vida diferente a la que vive. ¿Por qué Juan me asegura que, además de su compañero en toda la primaria, fui uno de sus mejores amigos? “No, dice mi mamá, no recuerdo a tus amiguitos de la primaria, siempre traías a muchos a la casa, a la hora de la comida.” Sin embargo, yo recuerdo que jamás llevé amiguitos a la casa. No me gustaba llevar a nadie a la casa. Hasta la fecha hago lo mismo. A veces oigo que tocan la puerta de calle. Cuando esto sucede, le subo el volumen al radio, así los toques de fuera se diluyen.
Tal vez por esto, cuando me reúno con amigos de infancia casi no hablo. Dejo que ellos cuenten anécdotas, donde medio mundo ríe por las travesuras realizadas en común. Escucho esas historias como si leyera un libro que jamás he leído.
La fotografía que te anexo la tomé hace cuatro o cinco días. Bajaba con rumbo a la Pila cuando vi al hombre sentado en una mesa de puesto callejero, esperaba que le sirvieran la orden de tacos que había pedido. ¿Sabés quién es este hombre? No sé su nombre, sólo sé que en los años setenta, más o menos, era vendedor de paletas. Yo lo veía por las calles del pueblo empujando el carrito, gritando: “¡Paletas, paletas! ¡Paletas de fresa, de vainilla, de chocolate, de rábano!”. ¿De rábano? Sí, así lo gritaba. Por supuesto que no faltaban las personas que se acercaban, curiosas, y pedían una paleta de rábano, y él, con una sonrisa, repetía: “Paletas de fresa, de vainilla, de chocolate, de raba ¡no!”.

Posdata: Decime que me creés, decime que esta historia no la estoy inventando. Ahora lamento no haberme acercado a este hombre y haberle preguntado si era cierto que ofrecía paletas de rábano.

viernes, 3 de marzo de 2017

DEFINICIÓN DE INFERIOR





Hay palabras que deberían encerrarse en jaulas; es decir, que no tuvieran capacidad de volar por todos los cielos, que no fueran capaces de aplicarse en cualquier contexto. Inferior es una palabra que debería ser limitada en su aplicación.
A mí me encanta la palabra inferior, cuando se aplica a contextos físicos, por ejemplo. Es fascinante aplicar el término inferior cuando un objeto está por debajo de otro, que existe en un plano inferior. El maestro Beto, en aquel salón casi en penumbras, que sólo tenía la luz de la puerta que siempre permanecía abierta, nos decía que el infierno estaba “en el plano inferior” y, con la regla de un metro, somataba el piso de madera. Nosotros, niños inocentes, temblábamos y mirábamos hacia abajo, hacia donde la regla del maestro señalaba. Imaginábamos que debajo de ese planchón de madera había túneles que conducían, irremediablemente, a los territorios donde los demonios, con tridentes gigantescos, azuzaban a los pecadores y los empujaban para que cayeran en lagunas de agua hirviente. Nosotros, por fortuna, permanecíamos en un plano superior.
Cuando fui al panteón por primera vez, al entierro del tío Eustoquio, quien murió (así lo dijo su hermano Ernesto) de tanto tomar trago, me hice hacia atrás, hasta chocar con un árbol, cuando vi que habían abierto un agujero para meter el cajón donde estaba el cuerpo del tío difunto. Entendí la cara de cabra que había puesto el tío Ernesto al decir que su hermano había muerto por tanto tomar trago; entendí que los bebedores consuetudinarios eran pecadores; entendí que al tío Eustoquio lo habían condenado a permanecer en el infierno, por eso lo habían metido en ese hueco, que luego habían cubierto de tierra, para que no tuviera posibilidad de escapar.
El cielo, por supuesto, estaba en un plano superior.
Cuando iba de día de campo con mis papás o con el tío Gilberto y mis primos, me encantaba mirar hacia arriba, hacia donde estaba el cielo, hacia el lugar a donde iban los muertos que en vida se habían portado bien.
Cuando la tía Hermila me contó que a todos los muertos los enterraban se me hizo injusto el tratamiento. Los mal portados sí debían ser enviados al plano inferior, pero ¿por qué a los bien portados les aplicaban el mismo trato?
Alfonso me dijo que su abuelo, un viejo que había participado en la revolución mexicana, siempre criticó esa práctica que, como decía Sabines, es “una costumbre salvaje”. Por eso, el abuelo exigió como última voluntad que lo incineraran, que lo llevaran a la orilla del río Grijalva, que levantaran un túmulo con maderos y que, a la usanza de los hindúes, envolvieran su cuerpo en una sábana y lo quemaran. Que los desechos de su cuerpo fueran llevados, en un costal, a la cima del Tacaná y los esparcieran en los arremetidos de las cuevas para que los consumieran los zopilotes y los animales de rapiña.
La palabra inferior sólo debería aplicarse para los planos físicos, jamás para comparar capacidades humanas. Debería proscribirse su uso para designar planos intelectuales. El racismo tiene un elemento de justificación en el uso indiscriminado de tal vocablo. ¿Quién puede asegurar que existen razas humanas superiores y razas humanas inferiores? ¿Qué maestro, y con qué autoridad moral, puede determinar que un alumno es inferior al otro en capacidad de raciocinio o en inteligencia? El término inferior debería estar limitado sólo en su aplicación a objetos, debería meterse en una jaula y, como loro casero, cortarle las alas para que no volara en cielos que, se supone, debería ser sólo territorio de espíritus superiores.

jueves, 2 de marzo de 2017

CASTIGOS (4)




¿Nada le hizo falta a Dios a la hora de hacer la relación de sus mandamientos? Nos conminó a no robar, a no matar, a no mentir, pero nada dijo del castigo. La tía Eugenia decía que toda calamidad era un castigo divino y éste era merecido por nuestros actos indignos. La tarde que el techo de la bodega se vino hacia abajo por el aguacero intenso que se desgajó sobre Comitán y Arminda gritó que Dios era injusto y se llevó las manos al rostro para apagar su llanto, la tía le dio un manotazo y le dijo que Dios era justo y que ese suceso era menor a lo que Dios había mandado cuando ocurrió el Diluvio Universal. ¿No veía que Dios, en su infinita piedad, había dado a Noé la oportunidad de construir una barca para salvar a la humanidad?, y volvió a darle otro cachetadón. Arminda después, ya en la cocina, tomando un té de tila, se quejó de lo injusta que era la tía Eugenia y dijo que le había aplicado un castigo indebido.
Arminda tenía razón, en la vida, siempre hay castigos que son gratuitos. Los poderosos se equivocan en sus métodos sancionadores. Franz Kafka, en su cuento “El buitre”, retrata a la perfección al poderoso que abusa de su estatus. En el cuento de Kafka un buitre picotea los pies de un hombre que resiste con absurda pasividad el castigo inclemente. La situación es tan inadmisible que otro personaje le recrimina por qué no hace algo para evitar ese sufrimiento. El hombre que es sujeto del tormento dice que pensó en retorcerle el pescuezo, pero el buitre es un animal muy fuerte. El otro tipo dice que bastaría un balazo para acabar con la bestia. ¿Por qué el buitre castiga de forma tan inhumana al hombre? Porque el buitre no tiene rasgos humanos. El castigo, parece, siempre es una forma que está en los terrenos de lo bestial, con una diferencia, no ataca como defensa de territorio invadido, ataca por instinto irracional, porque castigar al indefenso le provoca un placer insano. ¿Puede castigar el indefenso? ¿Puede el desvalido castigar al poderoso? Dicen que eso sólo es posible cuando los olvidados se unen y arman revoluciones. La historia consigna que en la revolución francesa los hombres inventaron la guillotina, un método infalible para decapitar. Los revolucionarios fabricaron una máquina certera. Cuando la revolución triunfa, los anteriores poderosos son pasados a la guillotina, son castigados.
La Edad Media tuvo castigos inclementes: ahorcaba, mutilaba, desmembraba, ¡quemaba! ¿Hay alguna prueba de un castigo más injusto que la crucifixión de Jesús? A mí me gustaba acompañar a mis papás al templo de Santo Domingo, que era el templo más cercano a la casa. Bastaba caminar media cuadra y cruzar el parque para entrar a la gran nave del templo. Me gustaba ir, porque podía admirar los cuadros que colgaban en las paredes. Esos cuadros (lo supe después) fueron pintados por un gran artista comiteco: Javier Mandujano Solórzano, el maestro güero, íntimo amigo de Rosario Castellanos. Tuve el privilegio de recibir sus clases de dibujo, modelado y física, en la secundaria del Colegio Mariano N. Ruiz; muchos años después fui compañero de trabajo en la misma secundaria, cuando el padre Carlos me dio la oportunidad de impartir cátedra. A pesar del calorón que había en el interior del templo, porque en ese tiempo la iglesia se llenaba con tanto fiel que acudía a misa, a mí me gustaban los rituales que ahí se escenificaban. Me encantaba ver cómo la mayoría estaba atenta a lo que el sacerdote decía. Los cuadros del maestro güero tenían, por supuesto, motivos religiosos, pero ninguno de ellos era violento. Ninguno de los santos ahí representados sufría algún castigo. Todos los cuadros mostraban a los santos en situaciones casi agradables. Los cielos eran espléndidos, llenos de aire; las escenas estaban iluminadas por una luz que el pintor había obtenido de algún punto lumínico, no advertido en el cuadro. Era como si la luz divina tocara ese ambiente. Recuerdo un cuadro en particular donde el santo estaba acompañado por un perro, un perro bien alimentado, que miraba con admiración al santo. En el piso estaba un pedazo de pan que, sin duda, el santo le había dado al perro y éste había mordido, porque el pan estaba roído.
Lo que odiaba era la Semana Santa. Sin embargo era obligado a ir. Mis papás no lo sabían, pero eso era uno de los peores castigos que me ocasionaban. En Semana Santa siempre era mencionado el instante de la crucifixión de Cristo. Pienso que desde entonces tuve la capacidad de imaginar la escena real, no la que presenta la imagen del cristo crucificado que hallamos en cualquier templo u oratorio, donde hay una cierta apacibilidad. ¡No! A mí se me representaba casi con la misma crueldad y verismo con que Mel Gibson lo presentó en su película “La pasión de Cristo”. Es tal la brutalidad con que Mel presenta las escenas del castigo que sufrió Cristo que muchísimas personas abandonaban las salas cinematográficas. La película fue muy criticada, pero Mel justificó las imágenes crueles diciendo que el castigo fue humano y no divino. La crueldad del castigo humano está mostrado en toda su crudeza. El doctor Guillén decía, de manera coloquial, que la cabeza es muy escandalosa: fragua las ideas más alocadas y cuando se hiere sangra como si la vida se fuera por ahí, y esto es porque la cara y el cuero cabelludo tienen muchos vasos sanguíneos muy cerca de la superficie. Basta mirar las sienes de alguien para detectar las venas saltonas. Cuando los soldados romanos (¿fue así?) ensartaron la corona de espinas al Rey de los Judíos, la sangre debió manar de la forma en que Mel lo presentó en la pantalla. Pues las mismas imágenes que Mel imaginó y plasmó en su película, muchos años antes yo las tenía en mi cabeza escandalosa. No me gustaba ir al templo en Semana Santa. En esos días, la rutina casi simpática del ritual se modificaba y perdía su rostro de pintura del maestro güero y adoptaba la de una película de Mel. Lo insoportable era el sufrimiento de la madre de Jesús. La pobre virgen María (siempre vestida de negro, siempre con el rostro sufriente) representaba el dolor de todas las madres que pierden a sus hijos. No era simpático ir. Ni siquiera me gustaba presenciar la escena en la que doce compas comitecos (siempre hombres), bien sentaditos, con mantas de colores en los hombros, extendían un pie para que fuera lavado por el sacerdote. Yo sabía que la escena era falsa, no tenía la verosimilitud para reconocer en él un acto de humildad. ¡No! Todo era una mala representación. Sabía que el sacerdote hacía esta representación con cierta mueca de asco.

miércoles, 1 de marzo de 2017

CASTIGOS (3)





En casa los castigos escasearon. Mis papás amaban tanto a su hijo único que, sin duda, ellos recibían lo peor del castigo cuando me castigaban. Yo sabía que en casas de compañeros de escuela los castigos sí eran terribles. En casa de Juan, por ejemplo, en un clavo de la entrada colgaba un fuete, de esos que se usan para azuzar a los caballos o burros. El papá de Juan usaba ese fuete para castigar a sus hijos. Si el papá de Juan lo cachaba cometiendo alguna falta, iba por el fuete y gritaba: “¡Juan, Juan, vení para acá!”. Juan corría a su cuarto, se metía una camiseta debajo del pantalón, encima de las nalgas y, con la cabeza gacha, caminaba hacia donde el papá, convertido en un energúmeno, lo esperaba con el fuete. El papá, con el fuete en la mano derecha, daba pequeños golpes sobre su palma izquierda. A veces Juan llegaba rengueando a la escuela, me decía que su papá le había dado una “cueriza”; en realidad era una “fuetiza”. Cuando descubrió que su hijo se ponía una camiseta para evitar el golpe directo, comenzó a pegarle en la espalda. A veces, Juan se levanta la camisa y me enseñaba los verdugones. Romeo dijo que, una vez, su papá le metió una zurra con los pantalones abajo, porque algo le había hecho a su hermanita, y luego que ya había terminado el castigo le untó sal en las heridas. “¡Es un mierda!”, dijo Romeo, impulsado sólo por el recuerdo, porque de ese castigo ya hacía mucho tiempo. Juan y yo preguntamos qué falta había cometido aquella ocasión, pero Romeo ignoró la pregunta, sacó un montón de canicas de su bolsa y dijo que jugáramos. Dos minutos después, en una esquina del patio trasero de la escuela jugábamos timbirimba. A veces me llega el recuerdo y pienso qué le habrá hecho Romeo a su hermanita para que el papá se enojara al grado de untar sal a las heridas. Juan decía que la casa de Romeo era como una jaula enorme, porque en un solo cuarto dormían todos, ¡todos!, los papás y los seis hermanos, tres hombres y tres mujeres.
En casa nunca hubo un fuete. A veces mi papá sacaba el cinturón, pero nunca lo usó. Mi compadre Pepe (que siempre fue testigo del gran amor que me tuvo mi papá) decía que si luego hice tanta travesura fue porque mi papá nunca me castigó con severidad, riéndose, Pepe decía: “Cuando tu papá te pegó lo hizo con una media”.
Los castigos más inclementes sucedían en la escuela, de mano de los maestros. En los años sesenta, algunos papás, al inscribir a sus hijos, recomendaban a los maestros que si era necesario dar de cintarazos al hijo que no se detuviera. Si la letra con sangre entraba, con sangre también entraba el buen comportamiento. El escritor inglés Roald Dahl cuenta que estudió en una escuela donde el director era un sacerdote que, muchos años después se convertiría en el arzobispo de Canterbury y fue quien coronó a la reina Isabel II, quien todavía anda paseándose por el castillo de Windsor. Pues el tal padrecito era perverso, porque le encantaba pegar con palmetas a los estudiantes. Lo peor de esa escuela es que los alumnos de grados superiores estaban autorizados a golpear a los de grados inferiores si los cachaban cometiendo una falta; es decir, las autoridades educativas otorgaban poder a los alumnos más grandes, un poder que, la lógica dicta, era alcanzado por los menores cuando crecían y que, sin duda, usaban como herramienta de venganza. “Si a mí me golpearon de niño ahora yo me desquitaré con los menores.” Dahl cuenta que en una ocasión, el castigo infligido fue tan severo, que el futuro arzobispo de Canterbury pidió una vasija llena de agua y una esponja para que el muchacho lavara sus heridas sangrantes. ¿Qué tan intensa eran las faltas para que este tipo aplicara esos castigos brutales? La historia de la humanidad está llena de castigos injustos. Tal vez los campos de concentración y los castigos de la Santa Inquisición se incubaron en esos castigos incipientes de niñez y adolescencia.
Por eso amaba mi casa, porque era el espacio donde los castigos brutales no tenían cabida. Los castigos crecían como zarza en los salones y en los patios de la escuela. Me contaban que en una escuela, a los alumnos mal portados los hincaban sobre tablas llenas de corcholatas donde sobresalían las partes interiores que tenían la parte dentada, lo que ocasionaba severas heridas en las rodillas de los niños. Me contaban que en otra escuela, el maestro tenía una vara de membrillo y obligaba a los niños a ajustarse el pantalón al muslo para que el golpe llegara rotundo a la piel. En mi escuela, el maestro Luis nos retiraba del salón y nos exigía que aprendiéramos todas las capitales de los países del mundo. Después de cierto tiempo nos llamaba de uno por uno y si alguien (a mí me tocó dos veces) se equivocaba en el nombre de una capital o no lo recordaba, el maestro tomaba una regla de madera y ordenaba que pusiéramos las manos al frente con las palmas hacia abajo y nos sorrajaba un reglazo. Yo, que desde entonces cuidaba mucho mis manos, porque esas manos me servían para hacer mis dibujos, pensaba que era una injusticia el castigo casi gratuito. ¿Creía el maestro que esos golpes nos ayudaban a memorizar los nombres de las capitales del mundo? Ahora que sé que muchas de esas ciudades ya cambiaron nombre, cuando me entero que los países que integraban la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas ya se desintegraron, vuelvo a preguntarme cuál era el objetivo del maestro para obligarnos a memorizar esos nombres y, sobre todo, qué perseguía al golpear las manos de aquellos niños que estaban bajo su cuidado.

martes, 28 de febrero de 2017

CASTIGOS (2)




Luego advertí que el castigo tenía una extensión: No sólo era mi conciencia que, como capataz, me laceraba con un látigo que tenía puntas de plomo, sino que era imposible que yo justificara el cohete. ¿Qué diría cuando mi mamá preguntara el origen del juguete? Al día siguiente entré a la oficina de mi papá, lo abracé y le pedí dinero para comprar el juguete. Mi papá abrió la gaveta superior del lado derecho del escritorio, sacó la libreta donde apuntaba las cantidades de dinero que me entregaba y leyó: “Domingo 12. Un peso para cuaderno de dibujo”, cerró la libreta y dijo: “Apenas el domingo pasado te di un peso”. Era viernes. Yo lo abracé más fuerte y le dije que me había portado bien. Le pregunté si quería ver los dibujos que había hecho. Dijo que sí. Salí corriendo de su oficina y fui a mi cuarto, donde abrí la gaveta de mi buró. Saqué el estuche de plumines y el cuaderno, abrí éste en la primera página, donde estaba un cordero que había dibujado en medio de un caserío, tal vez como recuerdo de algún viaje a Amatenango del Valle, comunidad a la que viajábamos con cierta frecuencia para ir a saludar al padre Juan, que era mi tío y encargado del templo. Iba a correr a la oficina de mi papá cuando lo vi a él en la puerta de mi cuarto. “A ver, a ver -dijo- ¿en dónde están los dibujos que venderemos al museo de arte moderno?”. Y le enseñé el dibujo del cordero en el valle. Mi papá tomó el cuaderno con ambas manos. Vi que su rostro se iluminó, como si el sol de mi dibujo fuera un foco que lo alumbrara. “Sí -dijo- no está mal. Es un dibujo muy bien hecho”. Ese fue el primer dibujo que vendí. Mi papá me pagó ¡un peso! Dinero suficiente para comprar el cohete. Salí de la casa, caminé por la banqueta de laja y llegué a la tienda de doña Angelita, quien, detrás del mostrador, me saludó, preguntó por mi mamá y, cuando yo le dije que estaba bien, investigó qué era lo que deseaba. “Tres tiras de fulminantes”, dije.
De esta manera mostré con toda libertad el cohete y jugué con él por todo el corredor. Colocaba un fulminante en la punta y lo aventaba lejos, alto, muy alto, muy lejos. Corría detrás de él y miraba cómo caía. Pienso ahora que la punta del cohete tenía un pedazo de metal pesado, porque el cohete siempre chocaba con el piso.
Fui corriendo hasta la cocina donde estaba mi mamá. La olla de chocolate estaba en el fogón y ya comenzaba a hervir. El maestro Beto nos había enseñado en clase que el cacao había sido un obsequio de México al mundo. Los conquistadores españoles lo habían llevado a Europa. En casa llegaba una señora a moler el cacao, ella ponía un brasero debajo del metate, para que el cacao se ablandara y le resultara más fácil el trabajo de molienda. Estas dos imágenes me han acompañado siempre: la olla borbotando y la mujer, hincada, dale y dale con ambos brazos sobre el metate. A mi mamá le enseñé el cohete. Mi mamá dijo que estaba bonito, pero, en plan de broma, puso carita de tiuca triste, me preguntó por qué yo no le vendía uno de mis dibujos, ¿acaso su dinero no valía? Sí, dije que sí y corrí a mi cuarto y corté la otra hoja donde estaba un caballo pintado en color verde. Luego, muchos años después sabría que Franz Marc había pintado un caballo azul. Regresé a la cocina y se lo entregué a mi mamá, ella se limpió las manos con el mandil, tomó la hoja, vio el dibujo y me dijo: “Eres un gran artista, hijo.”, dejó el dibujo sobre la mesa de madera y me abrazó. Yo me apreté a su cuerpo calentito y, cuando me soltó, extendí la mano con la palma hacia arriba y moví los dedos en signo de pedir la paga. Mi mamá sonrió y dijo que ya lo había pagado. “Tu papá te lo pagó en un peso y yo pagué un peso con cuarenta por esta obra”. Supe que ella había sabido que su hijo había tomado el “cambio” de la mesa. Me puse colorado y el agua apareció en mis ojos. Mi mamá volvió a abrazarme y yo solté el llanto contenido.

lunes, 27 de febrero de 2017

CASTIGOS (1)




El castigo presupone una falta. ¿Quién es el que impone el castigo? ¡El que detenta el poder! En mi infancia, mis papás y los maestros fueron los encargados de imponerme castigos. Yo, hasta la fecha, pienso que mis faltas no merecían castigos. Pero, parece que la vida se encarga de dar lecciones de manera injusta, porque (aseguran los sabios) la vida no es justa. Romeo, quien era hijo de un modesto albañil, siempre se quejó por haber nacido en un hogar humilde, siempre pateaba piedras con sus pies desnudos, cuando se quejaba de no tener dinero para comprar un par de zapatos. ¿Quién impuso ese castigo injusto a Romeo? Él quería ser como los demás niños de clase. ¿Por qué él debía andar con los pies descalzos?
¿Cuál es el castigo más distante que recuerdo y por qué me lo “gané”? No sé, pero imagino que, como cualquier niño, algún día debí tirarme al piso, patalear, llorar y hacer berrinche, porque quería algo, porque la vida me ponía frente a algún objeto de deseo; pero el primer castigo que recuerdo fue cuando tomé un “cambio” que hallé en la mesa del comedor. El comedor tenía una mesa para cuatro personas y una vitrina, con dos batientes con cristales, donde se conservaba la vajilla japonesa, comprada en la frontera con Guatemala. El cuarto no era grande. A mí me gustaba entrar y pararme bajo el dintel. En la izquierda estaba un hueco que daba a uno de los corredores. Desde donde yo me paraba miraba parte del patio central, que tenía arriates con flores y un tubo donde conectaban la manguera para regar los claveles. Ese tubo sobresalía por encima de las plantas, era como ese animal que llaman güet, como un periscopio de submarino, como el cuello de una jirafa en la sabana africana. Me encantaba mirar ese tubo, imaginaba muchas historias, de guerra, en las que un ejército de hormigas usaba ese periscopio para ubicar a los enemigos, que siempre era un ejército de cochinillas. Aquella tarde entré al comedor, como siempre me paré debajo del dintel y miré el patio y vi el tubo periscopio, pero luego mi mirada se dirigió hacia la superficie de la mesa (no me pregunten por qué designios del destino ocurrió así) y miré ese cambio. Eran varias monedas de veinte centavos. ¿Diez, doce? Formaban una torre al lado de un florero con flores blancas. Al lado de la torre de monedas había una alfombra mínima de pétalos que habían caído. Si yo hubiese albergado algún sentimiento de culpa no habría caminado con la tranquilidad que lo hice, no habría extendido mi brazo con la naturalidad con que lo hice, ni habría guardado las monedas con la certeza de que todo lo que había en la casa era mío. Porque yo era hijo único y si hallaba galletas sobre la mesa las tomaba y las comía y si encontraba un disco en la consola, prendía ésta y colocaba el disco y lo escuchaba y movía los pies con total libertad. Estaba en mi casa y entraba a los cuartos y hurgaba en las cajas que había en la bodega y sacaba las fotos y nadie decía algo que fuera contra ese impulso natural. Así que esa tarde (lo juro) tomé esas monedas sabiendo que, como estaban en casa, eran mías. Yo deseaba comprar un cohete al que se colocaba un fulminante en la punta, con lo que, al caer, accionaba el fulminante, que provocaba un sonido. Si yo le hubiese dicho a mi mamá que quería ese juguete estoy seguro que ella hubiese abierto su monedero y me habría dado el peso que costaba. Lo que tomé de la mesa me permitió comprar el cohete y como diez tiras de fulminante. Lo compré en la tienda de doña Angelita, local que siempre me fascinó por la cantidad de juguetes que tenía colgados de los estantes de madera. La tienda estaba contra esquina del templo del Calvario.
Cuando regresé a la casa encontré a mi mamá y a Sara, la sirvienta, en el comedor. Ella juraba que no había tomado las monedas. Yo, en acto reflejo, escondí debajo de mi suéter el cohete y las tiras de fulminantes. En ese instante (ahora lo sé) reconocí que algo había hecho mal. Mi mamá le dijo a Sara que saliera y luego me vio con una mirada que no era la misma que me lanzaba todos los días cuando me daba el beso de las buenas noches. La vi inmensa, casi casi como si fuese Goodzila, ese monstruo maravilloso que crearon los japoneses y que había visto en el cine. Me preguntó en un tono que era acusador: “¿Tomaste el dinero que dejé acá?”. ¿Qué decir? Hubiese sido muy sencillo decir que sí. Estoy seguro que mi mamá habría preguntado para qué y yo habría sacado el cohete que guardaba y ella me hubiese reprendido, pero, luego, botaría su mueca de cardo y sembraría su mirada luminosa de canario que usaba cuando me servía un pedazo del pastel que hacía, pero yo no saqué el cohete, al contrario, dije que no había visto las monedas. Mi mamá me creyó, pero yo sentí una opresión en mi pecho, como si una brasa me creciera y quemara. Pienso que ese fue el primer castigo que recibí. Un castigo tonto que no había llegado del exterior, sino de algo que brotaba en mi espíritu y que me hacía sentir mal, muy mal.

sábado, 25 de febrero de 2017

CARTA A MARIANA, CON AROMA DE PETATE




Querida Mariana: Mi sobrina Pau me preguntó qué significaba la palabra estera. La encontró en un cuento que leía. Le dije que no sabía, pero que investigaríamos, entramos a la biblioteca del tío Armando, sacamos un diccionario del estante y hallamos que lo que en España nombran como estera, en esta región del mundo la conocemos como petate. Pau sonrió. Yo hice lo mismo. Siempre sonrío cuando algo me pone frente al prodigio del lenguaje.
Rosario me contó que en Burger Bistro, un local que vende hamburguesas, ofrece los días lunes la fabulosa hamburguesa pichita. Burger Bistro es un restaurante que forma parte de esa tendencia actual de presentar espacios con gran dignidad, porque tiene un área especial para que los niños jueguen. Ya no se trata de poner cuatro mesas con cuatro sillas cada una, sino de pensar en la comodidad y en el placer de los comensales. Me gusta la idea de bautizar a una hamburguesa con un nombre comiteco, porque ello pone de relieve la importancia del lenguaje propio. Es cierto, lo que ofrece el restaurante es una hamburguesa, alimento que, culturalmente, proviene de los Estados Unidos y que puede hallarse casi en cualquier parte del mundo, pero, y este pero es el rasgo distintivo, en ninguna otra parte del mundo puede un cliente pedir una hamburguesa pichita. ¡Ah, qué maravilla! Esta hamburguesa pichita, quiero pensar, es lo que en otras partes llamarían mini hamburguesa.
El otro día caminé por el portal del andador de San José, que está frente al parque central, y hallé, al lado de The Italian Coffee, un local que se llama “La esquina de Belisario”, que, insisto, va en esa maravillosa tendencia de presentar espacios íntimos con gran dignidad. El nombre llamó mi atención, porque en el logotipo aparece la silueta de Belisario Domínguez. ¿Qué es “La esquina de Belisario”? La razón social indica que es un Café – Resto – Bar. Dos cosas llaman mi atención: La inclusión del nombre del héroe comiteco y la palabra Resto. Los dos elementos son partes de un juego simpático. Sé que no faltará alguien que se moleste y diga que la figura de Belisario Domínguez no debería incluirse en el nombre de un bar; de igual manera, creo que no faltará el purista del lenguaje que se moleste con la palabra Resto que es como un apócope de la palabra Restorán, que es la forma coloquial con que designamos a un restaurante. A mí me gustó ese juego de palabras, porque esa triada emplea cinco, cuatro y tres palabras y todo mundo entiende a la perfección qué servicios ofrecen.
Conozco un restaurante que se llama Emiliano Zapata, que ofrece, como era de esperarse, platillos como el Burrito Emiliano Zapata. Nadie, que yo sepa, se molestó por el uso del nombre del luchador revolucionario, ni por la imagen de Zapata en el logotipo de la empresa. Y nadie lo hizo, porque en estos tiempos de globalización se antoja como algo importante el uso de los distintivos nacionales que refuerzan las identidades y contribuyen a que lo propio no se diluya en el olvido.
A mí (no sé a vos) me gusta que en Comitán se ofrezcan hamburguesas pichitas y que las parejas puedan tomar un café o una cerveza en un lugar que se llama “La esquina de Belisario” y que alude, no a cualquier Belisario, sino a nuestro Belisario.
Por el barrio de Nicalococ (¡Ah, qué palabra más bella!) hay un local que se llama “Pichitos”. Entiendo que tal empresa vende productos especiales para bebés, por lo que el nombre es un acierto. Hace diez años, algún experto en mercadotecnia hubiese sugerido el nombre en inglés, para darle caché, pero ahora, de igual manera que la tendencia es presentar espacios con gran dignidad también se mira hacia lo propio, hacia lo auténtico. En cualquier parte del mundo puede uno hallar negocios que ofrecen ropa para bebés que se llaman Baby, pero, sólo en Chiapas puede hallarse locales que llevan el nombre simpático, gracioso, de Pichitos. Y es que así como en Guatemala llaman patojitos a los niños acá les decimos pichitos, que viene de pich.
Nuestra riqueza dialectal hace más variada la cultura. Cada vez que usamos un modismo, como chento, tilibrís, chiquitío, alzado y totoreco o apulismado, hacemos que el universo rescate su sonrisa de niño lleno de vida.
Y hablo de los espacios dignos, porque la tía Elena cuenta que antes era costumbre, cuando una pareja se casaba, abrir una puerta de la casa hacia la calle y poner una tienda de ropa o de sombreros o de abarrotes. No había mayor cuidado en la presentación. Bastaba colocar un mostrador de madera y una serie de estantes para que todo quedara listo. Ahora ya no basta eso. Ahora, los tiempos modernos exigen que los comerciantes o prestadores de servicios piensen en la comodidad de los comensales. Esta tendencia actual tampoco tiene que ir en contra de los rasgos de identidad.
Vos sabés que mi casa de infancia estuvo a media cuadra del parque, en la misma calle donde ahora está “La esquina de Belisario”. Cuando fui niño gocé mirar la calle a través de los barrotes del balcón. En las tardes, abría las puertas del balcón y me sentaba en el piso de madera y colocaba mis manos en los barrotes del barandal. Pegaba mi cara y miraba todo lo que sucedía en la calle, lo miraba desde una altura de dos metros, más o menos. Miraba a las mujeres que cargaban sus canastos, cuando pasaban frente a mí yo alcanzaba a ver lo que llenaba sus canastos: manías, pepita molida, chayotes, duraznos, chiles siete caldos, maíz de guineo, melcochas y mil delicias más; veía a los burreros que, en burritos, llevaban los barriles llenos de agua; a los empleados de la fábrica de don Jorge Soto, que, también en burritos, llevaban las gaseositas. ¡Ah, era muy bonito! Como Rosario Castellanos dice en “Balún Canán”, era maravilloso escuchar “el trotecillo diligente de los burros que acarrean el agua en barriles de madera”. Creo que por este gusto me acostumbré a ver todas las cosas desde lejos, desde una cierta lejanía, con una suficiente perspectiva. A veces camino por la vida como si todo lo viera desde un balcón. Digo esto porque pasé por “La esquina de Belisario” y no me acerqué ni, mucho menos, entré. Lo vi desde la banqueta opuesta, pero logré ver un ambiente muy íntimo, muy cálido, muy comiteco. No sé cómo está el servicio, pero aspiro a creer que será un servicio eficiente y atento. Nuestra ciudad requiere ya espacios que sean agradables a la vista y al paladar y que la atención sea cordial.
Hubo un tiempo en que existió una tienda de abarrotes que la picardía comiteca nombró como “La necesidad”, porque los compradores sólo entraban a ella en caso de una extrema necesidad, porque los precios eran muy caros y la señora que atendía era, como decimos en Comitán, ¡muy brava! Los tiempos exigen un cambio de actitud. Y los comitecos no tenemos que batallar mucho con ello, porque si de algo podemos presumir es de la bonhomía de nuestro carácter.
Por el rumbo de Yalchivol acaban de abrir un local que se llama “Que-sos vos”. ¡Ah, qué belleza de nombre! Un anuncio avisa que ahí venden quesos. No había necesidad de hacerlo, todo mundo podría intuir que ahí hay una quesería. En Comitán se cuenta un chiste relacionado con la palabra quesos y con la aplicación que se da en el caso de este lugar que vende productos lácteos. Cuentan que en una ocasión un niño iba en la calle, con una morraleta, gritando: “¡Quesos, quesos, quesos…!”, y un compa que trabajaba en correos se paró y le dijo: “¡Qué sos! ¿Qué no mirás mi uniforme? Soy cartero, totoreco.” El niño explicó: “El totoreco sosté usté, yo vendo ¡quesos, quesos, quesos…!”
Hay una tienda que se llama “Abarrotes El Cotzito”. Nada que ver con un Oxxo o con esas tiendas de conveniencia que se llaman Súper 24. En todo el mundo hay Coca Cola, pero sólo en este pueblo prodigioso hubo en alguna ocasión un refresco que le llamamos Gaseosita Verde, de don Jorge Soto. Es una pena que se haya extinguido. Los compas de San Cristóbal han logrado preservar la Cervecita Dulce.
Es genial que en este pueblo exista un restaurante, de gran calidad, que se llama “’Ta bonitío”. Este restaurante no existe en ninguna otra parte del mundo. En París está el Maxim’s, pero en Comitán no nos quedamos atrás, acá tenemos el “’Ta Bonitío”; en París tienen el restaurante Julio Verne, acá tenemos “El rincón de Belisario”.

Posdata: Hay una tendencia positiva de presentar locales limpios, luminosos, con diseños atractivos. Es bueno, también, que los nombres de dichos locales retomen elementos de nuestra rica cultura comiteca. Que si en la tierra del pan compuesto y del chinculguaj tenemos que consumir hamburguesas, que estas hamburguesas sean hamburguesas pichitas.
Bien por esos empresarios comitecos que le apuestan a la región y que se sienten orgullosos de sus rasgos hereditarios de identidad, que, en lugar de acostarse en una estera, se acuestan en un petate cuando van de día de campo. ¡Que viva el cotz, lindo y jacarandoso!

viernes, 24 de febrero de 2017

DEFINICIÓN DE INESPERADO




¿Cuál es lo más recurrente en la vida: lo esperado o lo inesperado? ¡Claro! La estadística la gana la segunda palabra. Lo esperado se da en ocasiones contadas; en cambio, lo inesperado es cosa de todos los días. Es simpático pensar que el prefijo in hace que todo se modifique, es algo in-grato.
En un cuento de Esther Arriaga aparece un personaje que, cuando se presenta el conocidísimo genio, él no pide el clásico tesoro o la deseada vida eterna, sino el poder de cambiar lo inesperado a esperado; es decir, que dos minutos antes (siempre dos minutos antes) de que lo inesperado aparezca pierda su capacidad y se convierta en algo esperado; es decir, que lo oculto se revele. El propio genio se sorprende ante la petición de Yuzco (que así se llama el personaje) y dice que eso que él solicita es algo “inesperado”, nunca lo hubiera imaginado.
Lo que sí no resulta inesperado es la definición de tal palabra, pues cualquier diccionario explica que lo inesperado es “algo que ocurre de manera imprevista”. Casi todo en la vida es inesperado. Muchas personas dicen que lo interesante de la vida es precisamente eso: Si todo mundo supiera lo que va a suceder muchas cosas no sucederían; esto que parece una perogrullada explica por qué el futuro es inesperado y, esto lo sabe medio mundo, los seres humanos, más que vivir el presente, siempre están con un pie en esa grieta que llamamos porvenir. Por esto hay muchos que sienten temor ante lo que sucederá, porque el futuro es impredecible, en la mayoría de casos se cubre el rostro con la máscara de lo inesperado.
En el cuento de Esther, el genio concede a Yuzco el poder de volver esperado lo inesperado. Dos minutos antes de que el hecho inesperado ocurra se materializa en la mente de Yuzco. El genio explica que Yuzco tendrá el don de que lo inesperado pierda esa condición de impredecible; pero no podrá modificar el futuro. Le pone un ejemplo: Si él caminara por una cuadra podría saber que, dos minutos después, un ladrón aparecerá en un remetido. Yuzco no puede evitar que el ladrón aparezca, lo más que puede hacer es desviar su ruta. Al final, el genio le preguntó a Yuzco si había comprendido el alcance de su deseo y si insistía en poseerlo. Yuzco dijo que sí.
Pero, parece que tal don no es tan “genial”. ¿De qué sirve que lo inesperado se convierta en algo esperado?; es decir, ¿de qué sirve que lo no conocido se convierta en algo conocido?
En la tarde que el genio le concedió su deseo, Yuzco guardaba los documentos pendientes de la oficina en la gaveta superior de su escritorio cuando vio que Elena, la chica que desde siempre había rechazado sus insinuaciones afectivas, hacía lo mismo, pero lo hacía viéndolo fijamente. ¡Ella lo veía! Yuzco supo que dos minutos después ella aceptaría su invitación para ir a tomar café. Con una gran seguridad se acercó al escritorio de ella, hizo una ligera inclinación y le ofreció una rosa, ella sonrió, aceptó la rosa y dijo que sí, que estaría encantada de aceptar tomar café con él.
La velada fue transcurriendo de acuerdo a lo predecible. Yuzco veía todo con anticipación, con lo cual se cumplía su deseo de convertir lo inesperado en algo esperado.
Cuando terminaron el café, Elena se paró y se despidió, dijo que debía pasar por su hijo a la escuela de música, pero (por su poder) Yuzco supo que si insistía tantito, Elena aceptaría que lo acompañara a la escuela. El hijo resbaló en la escalera de la institución, Yuzco supo que Elena dejaría que él detuviera un taxi y los llevara al hospital. Yuzco supo que, como el departamento de ellos estaba a dos cuadras de la clínica, Elena aceptaría que los acompañara. Una vez que Elena acostó a su hijo, ella le ofreció a Yuzco un espagueti y una copa de vino. Yuzco supo que Elena dejaría que él la sacara a bailar, porque el ritmo de la canción de Kevin Johansen era muy estimulante. Yuzco supo que ella dejaría que él la besara en el cuello, que con la mano derecha le retirara la cinta del sujetador y le besara el hombro; y supo que ella cerraría los ojos, excitada, y dejaría que él, con el dedo mojado, le acariciara el medio del pecho, ese camino que divide y, a la vez, une las tetas; y, cada dos minutos, fue reconociendo que la velada tendría una maravillosa secuencia, donde las prendas de ambos fueron quedando tiradas en el pasillo de la sala al cuarto de ella, pero (¡maldito don!), a la hora que ella, ya dispuesta a recibirlo, le pidió un condón él supo que no llevaba. Elena se cubrió el cuerpo con una sábana y dijo la frase clásica: “Sin globito no hay fiesta”.
En ese instante, dos minutos antes, de que el hecho sucediera, Yuzco lamentó su don. Lo lamentó porque el desasosiego se apoderó de su mente y (todo mundo lo sabe) cuando la mente tiene una preocupación mayor, el pene no recibe la orden de ponerse erecto.
Elena no reconoció que Yuzco padecía por lo que iba a pasar dos minutos después. ¿Cómo iba a saberlo? Ella era una chica que recibía la vida con su carga inesperada.
La noche fue ¡un fracaso! Al día siguiente Rosa, en la oficina, se llevaba la mano a la boca y luego le preguntaba a Elena: “Entonces, Yuzco, ¿nada de nada?”.