miércoles, 27 de mayo de 2026

CARTA A MARIANA, CON CUENTOS

Querida Mariana: había una vez. En la escuela escuchábamos la frase. Desde nuestro pupitre nos alegrábamos, poníamos atención. El maestro leería un cuento. A todo mundo le encantaban los cuentos. En lugar de resolver fastidiosos problemas matemáticos o aprenderse de memoria los nombres de las capitales del mundo (estábamos seguros que de nada nos serviría), disfrutábamos los cuentos que nos leía el maestro, porque eso incentivaba la imaginación y vos sabés, querida mía, que la imaginación es la que ha movido el mundo desde su origen. ¿Qué otra cosa, sino la imaginación, fue la que creó la historia del origen del universo? ¿Qué otra cosa, sino la imaginación, fue la que creó a los primeros habitantes de la Tierra: Adán y Eva? La imaginación permite cultivar la inteligencia, así, los creadores del mito usaron nombres cortos, fáciles de aprender. Imaginá que los imaginativos creadores hubieran llamado Godofredo al primer hombre y Gumersinda a la primera mujer. Ellos supieron que todo mundo, al final, habría dicho Godo y Gumer. Por eso, eligieron nombres cortos: Adán y Eva, ya sería un exceso decir que los primeros habitantes fueron A y E. Había una vez, decía el maestro y nosotros, sentados en los viejos pupitres de madera, pintados de verde, poníamos atención, si alguien (nunca falta) hablaba, todos los demás decíamos ¡Sht!, exigiéndole respeto. No faltaba el que decía: ¡que salga! Cuando el orden volvía, el maestro regresaba a la narración. Ah, qué momento tan sublime. Hubo niños y niñas que tuvieron el privilegio de que ese instante se prolongara, porque las mamás o los papás les contaban cuentos a la hora de dormir. ¿A poco no es hermoso pensar en un tiempo donde en la escuela se escuchaba la frase: había una vez; y luego en la noche se repetía? Era como un mantra de vida, como una oración sublime. Había una vez quería decir que hubo un tiempo donde sucedía tal cosa, y tal cosa podía ser desde el gatito extraviado que al final encontró el camino a casa, hasta el monstruo que se aparecía en la casa del tío hasta que un elefante noble lo despanzurraba con sólo bajar su pie. El había una vez se escuchaba en muchos lugares, ¿qué tanto se escucha ahora? ¿Qué tanto la niñez de estos tiempos del siglo XXI sigue escuchando cuentos? ¿Los papás y mamás siguen abonando a la imaginación o dejan todo al cultivo de las pantallas? Acá estoy con la pequeña Nat. Le di la foto original a la IA y me regaló esta imagen ¡maravillosa! Digo maravillosa, porque la IA es generosa, al viejito ya casi pelón le puso una blonda cabellera, de viejito agradable. Nat es una niña de un año cuatro meses de edad, es hijita de mis amigos Iván y Cielito. Es una niña adorable, ha crecido en medio de libros, nada de pantallas. Me pongo de pie, como decía el gran cronista deportivo Ángel Fernández. Me pongo de pie, porque sus papás, en estos tiempos donde la pantalla impera, donde los papás les dan celulares a sus hijos para que se entretengan con esos chunches tecnológicos, han hecho que su criatura crezca en medio de un bosque de libros, le compran muchos. Nat sabe que sus amigos son los libros, ya tiene un espacio en el librero de su tía y ahí los acomoda y hace el tiradero para ver las imágenes, para disfrutar esos maravillosos objetos culturales. Su papá y su mamá leen las historias en voz alta, historias mínimas, adecuadas para su edad. Cuando su papá llega del trabajo lee y la pequeña Nat sigue las imágenes. Ahí ella escucha: “Había una vez”. La frase que conmovió la mente de los niños de antaño sigue vigente, sigue alimentando la imaginación, poniendo estrellas en los cielos infantiles. Vos me contaste que, también, de niña, tus papás te leían y vos te fuiste aficionando a la lectura. Somos amigos porque vos y yo hemos sido lectores. Recuerdo que así nos conocimos, me viste con un libro en el parque, vos te sentaste en la banca de enfrente y sacaste un libro de tu mochila. Como no queriendo levanté tantito la vista para descubrir qué leías. ¿Qué leías? El mismo libro que yo tenía en las manos. Vos, como no queriendo, también husmeaste el título y cuando viste que leíamos lo mismo, levantaste tu ejemplar, como si fuera una bandera y ahí nos reconocimos integrantes de una misma cofradía y ahora doy gracias a Dios que tu juventud te dio la libertad de acercarte a mí y decirme: Soy Mariana, tú ¿cómo te llamas? ¿Cuántos años de eso? No lo sé, todavía tenía cabello, casi casi como estoy en la imagen bendita donde estoy al lado de la maravillosa Nat. Y ya luego platicaste que tus papás, igual que los papás de Nat, todas las noches, antes de dormir, te leían libros de cuentos. Había una vez, una vez infinita. Posdata: la vez que me senté al lado de Nat y ella me mostró su libro me sentí feliz, el niño más feliz del mundo. ¡Tzatz Comitán!