miércoles, 22 de julio de 2026
CARTA A MARIANA, CON UNA ENTRADA O SALIDA
Querida Mariana: esta fue la entrada de casa. Si ponés atención verás un entablado enfrente. Entiendo que esos terrenos eran de la familia Pedrero, luego cambiaron de dueño, se volvieron de la familia Bermúdez. Bueno, también mi casa pasó a ser parte de la familia Bermúdez (casi casi dueños de media ciudad Peluche).
La puerta del portón está semiabierta, se ve el vochito que fue de mi papá. También se ve un niño tratando de darle a la piñata, con forma de cabeza de conejo. Hoy, las piñatas son diferentes, ya no usan ollas de barro (dijeron que al quebrarse volaban los tepalcates y más de un niño sufrió una rajadura de cabeza), hoy las piñatas son de cartón, todas bofas, ya no se escucha el sonido del palo pegando contra la olla de barro, hoy el sonido es opaco, blando, como de pie metiéndose a un agua pantanosa.
La imagen de esta fotografía corresponde a un cumpleaños de uno de mis dos hijos. Mi Paty invitó a las amigas y los amigos que tenían criaturitas y éstas llegaron al festejo. Yo siempre agradecí mucho la convocatoria, me causaba pánico que nadie llegara. Cuando la fiesta iniciaba yo entraba en un estado de conmoción, como hasta la fecha, pensando en qué forma se divertirían los invitados, me ponía un corsé de fierro pensando que yo era el anfitrión (nunca se me ocurrió hacer lo que ahora hacen los papás que rentan un salón con cancha de fútbol, donde los niños se divierten al máximo y cuesta hacerlos llegar para la quebrada de la piñata y luego que se sienten ante la mesa donde está el riguroso pastel con velitas). Cuando termino un libro, lo envío a la editorial y llegan ejemplares a la casa puedo hacer una presentación virtual o una preventa también virtual. ¿Una presentación presencial? ¡Ya no! Padezco el síndrome de la quinceañera despreciada, la que baila el vals sólo con sus chambelanes. ¡No! Viva la paz, machete estate en tu vaina. Nada de presentaciones donde la gente difícilmente acude. ¿Amigos? Ah, pues, querida niña, los amigos están siempre dispuestos a llegar al festejo donde hay trago para celebrar. ¿Libros?
Alguien de casa hacía favor de colgar la cuerda para la piñata; asimismo, alguien sostenía la cuerda para hacer bambolear la piñata y que a la hora que el niño soltaba el batazo la piñata se elevara. Tal vez yo tomé la fotografía, era mi manera de estar presente sin tener mayor responsabilidad. Los fotógrafos siempre tienen la responsabilidad hermosa de estar en todos lados sin hacer más que oprimir el botón disparador.
Algún amigo mayor sostuvo la cuerda e hizo favor de que el conejo brincara hacia arriba y hacia abajo; algún amigo, también, comenzó a cantar: ¡dale, dale, dale, no pierdas el tino!, y alguien más lo siguió y palmeó mientras el chico con el palo de escoba, pintado de naranja, hacía intentos por darle en la nariz del conejo.
Siempre pensé por qué las formas de esos tiempos eran cabezas de animales. Los animalistas de ahora hubiesen protestado. Las formas tradicionales eran estrellas de varios picos. Bueno, tampoco era una buena lección. ¿A qué mortal se le ocurría golpear estrellas, despanzurrar estrellas?
El portón de la casa era grande, alto. Cuando mi papá mandó a construir la casa era distribuidor de la Coca Cola, por ese portón pasaban los dos camiones repartidores. Al fondo estaba la bodega, generosa, amplia; y más al fondo el llamado sitio con muchos árboles frutales. Mi papá, siempre cuidadoso mandó a pavimentar el traspatio y le dejó arriates para las plantas y para los árboles (recuerdo árboles de durazno, de aguacates, de guayabas, de limas y de naranja agria, más una mata que daba uvas verdes, riquísimas). Una de las flores consentidas de mi papá era el clavel, sembró claveles y mandó a hacer con un herrero unas pequeñas circunferencias metálicas que evitaban que las plantas se fueran hasta el suelo con el peso de las florecitas. A veces, cuando voy a su tumba procuro comprar un ramito de claveles para colocar en los maceteros que están al aire libre.
Donde se ve un niño sentado iniciaba uno de los tres corredores que circundaban el patio lleno de luz, de sol, también con arriates bien diseñados y flores. En dos de los corredores, donde había ventanales mi papá también mandó a construir unas jardineras que siempre tenían flores hermosas.
Posdata: el pastel del cumpleañero lo hacía mi mamacita, era la tradición, lo hizo conmigo cuando fui niño y luego lo hizo con sus nietos. Cuando a mí me ofrecían un pedazo de pastel en casa ajena lo recibía, pero sólo lo jugueteaba, porque a mí me gustaba el que hacía mi mamá. Llegó el tiempo que dejé de comer pastel, mi mamá también dejó de hacerlo. Sólo hacía roscas que llevaba al Café Gloria, donde lo vendían por pedazos. De ahí sacaba algo de paguita mi mamá.
¡Tzatz Comitán!
