domingo, 28 de junio de 2026
CARTA A MARIANA, CON CAMINOS POR IZTAPALAPA
Querida Mariana: Juan Villoro estudió en la UAM, yo también. Villoro nació en 1956 y yo en 1957. Él nació en la Ciudad de México, yo, en Comitán. ¿Ya miraste que juego?
Juan Villoro entró a la UAM en 1976; es decir, cuando tenía veinte años. Yo entré a la UAM en 1974; es decir, cuando tenía 17 años. Recuerdo que un compañero me dijo: ¿De verdad tienes diecisiete años? Hacíamos fila para recibir la credencial. Estábamos en el edificio de rectoría de la unidad Iztapalapa. Este compañero no creía que yo tenía esa edad, era muy joven. No existe registro de ello, pero pienso que fui uno de los alumnos fundadores más jóvenes. ¿Por qué Villoro entró a estudiar Sociología a la edad de veinte años? Recordá que Villoro estudió primaria y secundaria en el Colegio Alemán y la preparatoria en el Colegio Madrid. ¿Yo? Ya lo sabés, primaria en la Matías de Córdova, secundaria en el Colegio Mariano N. Ruiz y el bachillerato (tres años) en la Preparatoria del Estado.
Villoro tuvo un periodo de vacaciones forzadas, porque el ciclo del Alemán era diferente al del Madrid, así que tuvo que esperar varios meses para inicio de curso. Su biografía dice que este periodo fue esencial para su vocación de escritor, porque en ese periodo de descanso leyó la novela “De perfil”, de José Agustín, libro que detonó su deseo de ser escritor. ¡Bendito cambio de escuela!
¿Ves que juego? Juego porque el recuerdo de Villoro detona el mío. Él recuerda que la unidad Iztapalapa de la UAM estaba en un erial de la Ciudad de México cercano al Cerro de la Estrella; dice que cerca había un convento de monjas vicentinas, una cárcel de mujeres y un tiradero de basura. ¡Dios mío! Sí, recuerdo que debía tomar dos camiones para llegar. Vivía en la colonia Roma, llegaba hasta la Calzada Ermita Iztapalapa y ahí tomaba el segundo camión. No recuerdo a qué hora salía de casa, pero debió ser antes de las seis para llegar al campus antes de las siete; lo que sí recuerdo es lo que Villoro define como erial. El primer día comencé a temblar, el camión avanzaba, pero no se veían casas, la civilización había quedado atrás. Vi los pocos pasajeros que seguían arriba del camión y vi que todos eran jóvenes, llevaban libretas igual que yo, así que me atreví (yo, que siempre he sido muy tímido) a sentarme al lado de uno de ellos y preguntar adónde iba. Su respuesta me confortó: a la Universidad Autónoma Metropolitana. Uf. Bendito Dios. Sé que ahora hay una estación del Metro que está muy cerca de la unidad Iztapalapa. Yo tenía que tomar dos camiones. Villoro vivió en la colonia Del Valle. Su colonia con la mía (es un decir) son vecinas, así que Villoro viajaba casi la misma distancia. ¿Él tenía carro? No lo sé, no creo. Tal vez hacía lo mismo que yo, viajaba en autobús y leía en el trayecto (siempre y cuando hubiera disponible un asiento). Recuerdo que el primer día que fui a la universidad llevé una libreta (donde la cantante María Medina me dio su autógrafo, porque ese día ella cantó el himno de la universidad) y un libro para leer, lo que no recuerdo es qué libro llevé. En mi maleta comiteca llevé un libro: “Sólo para comitecos”, de Armando Alfonzo Alfonzo. Pienso ahora que lo llevé para remojar la nostalgia.
Juan se desplazaba con eficiencia en su ciudad, yo lo hacía en forma titubeante, subía al camión, entraba al salón, bajaba del Metro, caminaba por la Alameda, todo con pasos titubeantes. No tenía mucha conciencia de estar en la ¡gran ciudad!; sin embargo, algo me hacía extrañar mi pueblito.
¿Ves que juego? Juego con algunos recuerdos de Villoro. Uno los míos con los de él, porque, aunque nunca coincidimos en el campus, él estudió ahí. El único detalle que nunca superó fue que yo fui de la primera generación, de la generación que inauguró el campus. Claro, Juan se tituló de sociólogo. ¿Yo? Sólo estuve un cuatrimestre, porque me inscribí en Ingeniería y reprobé todas las materias, ¡todas! Lo único que me da orgullo decir es que estuve en clase con el doctor Carlos Graef Fernández, uno de los grandes científicos de este país; es decir, un sabio me reprobó.
Posdata: de cuatro ¡dos! Cuatro de la palomilla nos inscribimos en la UAM. A mí me tocó Iztapalapa, Miguel estudió en Xochimilco y a Quique y Jorge les tocó en Azcapotzalco. Quique y Miguel se titularon, Quique como abogado y Miguel como ingeniero agrícola. Jorge y yo nos quedamos en la orilla, sólo metimos los pies en el agua de la Metropolitana, nos secamos las patas y nos fuimos a otras universidades: Jorge a La Salle y yo a la UNAM. Tampoco en estas universidades logramos el sueño de nuestros padres, tal vez porque nosotros, ilusos, soñábamos otros sueños. Jugueteamos la vida universitaria. Por eso ahora, juego, ¿ves que juego?
¿Qué más queda?
¡Tzatz Comitán!
