lunes, 12 de enero de 2026

CARTA A MARIANA, CON UNA FOTOGRAFÍA DE MI AMADO GUTMITA

Querida Mariana: Abraham Gutman Vicente tiene 8.8 años de edad, es un pichito. Ayer me envió esta foto que se tomó. Quién diría que este cabroncito andaría en estos tiempos tomándose selfis. Ahora se toma selfis, tal vez porque está acostumbrado a tomar la vida. Abraham me cuenta que tiene un libro que ha leído muchas veces, donde se narra la vida de María Goretti. Él es adorador de esta mártir italiana, quien, según los biógrafos, está considerada como un símbolo de devoción religiosa. Mi amado Gutmita estudió en el Seminario de San Cristóbal de Las Casas, estuvo ahí varios años, pero a punto de convertirse en sacerdote ¡reculó! Cuando alguien le pregunta por qué no siguió la carrera sacerdotal (siendo tan religioso como es), con una sonrisa de monito, mostrando los dientes y toda la encía, dice que le ganó más la vocación por las mujeres. No es gratuito el apodo que muchos de sus conocidos le endilgaron: “El mil amores”, y según las estadísticas parece que la cantidad se queda corta, porque tuvo mujeres a pasto. Él posee un encanto que, sin duda, las chicas apreciaron, siempre fue muy detallista y su memoria prodigiosa ha hecho que no olvide a ninguna de ellas. Tuvo sus oficiales, digamos, pero también sus voladitos. Le digo que él es un hombre internacional, porque anduvo con chicas de México y de Guatemala y, tal vez, alguna colada de otro país, porque, como dice el clásico chiste, él, en materia amorosa, fue “pie plano”. Ayer me mandó un mensaje e incluyó esta foto recentísima, donde se ve bien bonito. Recibí la foto y el siguiente texto: “Con una chaparrita de Guatemala, porque hace un poco de frío”, luego se dio cuenta que, o tuvo error de dedo o el corrector del celular hizo la trampa, y corrigió: “chamarrita”. Su mensaje cerró con lo siguiente: “ya quisiera ahora una chaparrita de Guatemala”. Este mensaje da idea de la personalidad de mi amado Gutmita, pichito de 8.8. Ama a Comitán. Llegó a este pueblo cuando tenía pocos años de edad. Vino con su familia porque los médicos recomendaban que el niño Abraham necesitaba un clima como el de nuestro pueblo, acá vivió, recuerda que él es integrante de los primeros estudiantes del Colegio Mariano N. Ruiz. Ahora, lo que es la vida, el clima de Comitán le molesta, no soporta el aire helado que por acá corre. Ahora necesita un clima que vaya acorde a su temperamento (algo más caliente), por eso ahora vive en San Ramón, municipio de Chiapa de Corzo, donde vive a gusto, solo, en compañía de Dios. Es un hombre sabio, posee una amplia cultura, que adoba con su conocimiento de latín y de griego, materias ambas que impartió en colegios. Y digo que es un hombre sabio porque posee un maravilloso sentido del humor, tiene un libro “Los cuentos que cuenta Gutman”, que en sentido estricto no son cuentos sino chistes. Así como le dicen “El mil amores” se le puede decir “El mil chistes” (nombre de una revista que fue famosa en los años 90 y que presentaba unas chicas voluptuosas, “encaramables”, diría el Elías, quien es talachero y tiene tapizadas las paredes de su taller con calendarios que muestran chicas desnudas). Gutmita posee una risa contagiosa, cuenta un chiste y cuando está a punto de acabar suelta la carcajada, basta eso para que los oyentes también se boten de la risa. Él, sabio, reconoce que la risa es agradable a los ojos de Dios, tal como lo decía el papa Francisco, el argentino que no fue tan solemne, como otros papas. Gutmita dijo que se puso la chamarra chapina, porque hacía frío, allá en su San Ramón. Pucha, los clásicos dirían: “Si en la ribera de Chiapa de Corzo hace frío ¡cómo estará en San Cristóbal”, bueno, el otro día vi un video en redes sociales donde un llanito estaba con escarcha, había caído una gran helada en la tierra donde nació mi papá. El clima frío es para mi amado Gutmita como la kriptonita para Supermán. Posdata: Gutmita me envía mensajes de voz casi todos los días, él le llama “manchadas”, a veces sus manchadas tardan más de doce minutos. Esto lo agradezco, porque siempre es muy afectuoso. ¿Por qué ama a María Goretti? Es su amor espiritual. Goretti nació en 1890, en Italia, y murió en 1902. ¿Ya viste? Vivió doce años, era una pichita cuando un acosador le dio de puñaladas. El tipo quiso violarla, ella se resistió. Antes de morir, ella perdonó a su agresor. Era una pichita. Nunca he leído la vida de María Goretti. Mi pichito amado la menciona. Asimismo, mi amado Gutmita, constantemente, me cuenta que un día estaba bañándose la mamá de Pepito y éste entró, la señora se tapó y el hijo preguntó: “¿qué es eso que te estás tapando? La mamá no halló más que decirle: “Ah, es cualquier cosa”. Días después fueron a un restaurante con la familia, el mesero anotó las órdenes y cuando llegó con Pepito, la mamá dijo: “A él tráigale cualquier cosa”. “Sí -dijo Pepito- pero sin pelos”. ¡Tzatz Comitán!

domingo, 11 de enero de 2026

CARTA A MARIANA, CON HALLAZGOS

Querida Mariana: a veces me siento como Sherlock Holmes; a veces me siento como el que descubrió la tumba del Rey Pakal. A veces voy al Archivo Histórico de Comitán y busco entre papeles. Me pongo un cubreboca, un par de guantes desechables (de esos blancos) y comienzo a hurgar en archivos viejos. El otro día hallé una carpeta que incluye dos temas, en apariencia dispares, pero algo hizo que la directora del archivo en ese momento los colocara unidos. Un documento habla acerca de la sucesión testamentaria de la señora María del Carmen Abarca viuda de Figueroa, y el otro documento habla de la solicitud de una escritura que hace el ingeniero César Castellanos. Ahí está el lazo de unión: la señora María del Carmen fue la abuela de Rosario Castellanos y el ingeniero César fue su papá; es decir, acá está unida la suegra con el yerno. ¿Por qué? Ah, digo que los archivos entrañan misterios que, en este caso, no tienen mayor importancia, porque son dos documentos distintos que están en una misma carpeta. Me siento un descubridor, pero como no soy experto sólo me asombro ante lo hallado y dejo que los historiadores interpreten los enigmas. A ver, te paso copia de lo que encontré. En el primer documento se cuenta que en 1935 Jesús Figueroa Abarca (hijo de la difunta abuela de Rosario) fue nombrado albacea de la sucesión testamentaria. Don Jesús (quien luego vivió en el Distrito Federal), en 1935 tenía 29 años, era agricultor, soltero, con habitación en la casa número 19 de la sexta calle. Lo simpático del caso es que en 1938 seguía sin resolverse la sucesión y, como don Jesús se iría de Comitán, nombró a don Clemente Arizmendi para que se hiciera cargo de los trámites. Consigno, cuando menos, los datos del caso porque puede ser de interés para los estudiosos del árbol genealógico de Rosario Castellanos. La difunta fue hija del señor Cándido Abarca y de la señora Manuela Argüello (que resultan ser los bisabuelos maternos de Rosario). Cuando la señora María del Carmen falleció, el 7 de octubre de 1934 (de gastroenteritis) tenía 62 años, era viuda, de oficios domésticos, originaria y vecina de esta ciudad. Pero, el documento más inquietante es el relacionado con el ingeniero César. Sucede que él solicita el testimonio de la escritura número 15, de fecha 19 de mayo de 1916, donde quedó asentado que el señor Isidoro Castellanos (con autorización de su esposa la señora Carlota Grajales de Castellanos) vendió al ingeniero César una parte de su rancho “Santa Rita”, del distrito de Álvaro Obregón, municipio de Ocosingo. La fracción en cuestión tenía las siguientes medidas: 213 hectáreas, 42 áreas y 60 centiáreas (pucha, mirá: doscientas trece manzanas). La historia registra que el ingeniero César tenía dos haciendas: El Rosario, en Ocosingo; y Chapatengo, en La Concordia. ¿Y Santa Rita? Acá será importante que los investigadores hagan su chamba, que vean en algún mapa de Chiapas de la época, si en la zona de Ocosingo hay dos haciendas: El Rosario y Santa Rita, porque en caso de comprobar dicha existencia significaría que el ingeniero César, papá de Rosario, tuvo dos propiedades en aquel municipio. ¿Fue así? No lo sé. Por eso digo, ya descubrí el archivo con esta información, ahora es tarea de expertos dilucidar el misterio. Para el 22 de abril de 1935, el documento dice que el ingeniero César Castellanos era mayor de edad, casado, con habitación en la casa número 19 de la sexta calle de Comitán (el mismo domicilio de Don Jesús, su tío político). Posdata: te paso copia del hallazgo, porque sé que a alguien puede interesarle. Estoy seguro que vos no tenías este dato: el ingeniero César fue propietario de una fracción de la hacienda “Santa Rita”, del municipio de Ocosingo. Este es el dato preciso. ¿Qué pasó con esta fracción? Eso ya es motivo de estudio. Queda abierta la puerta para los investigadores, son ellos quienes marcarán la ruta. En un mapa de Chiapas, realizado en 1856 (tiempos de Ángel Albino Corzo) aparecen las dos posesiones del ingeniero César: en el Departamento de Chilón, El Rosario; en el Departamento de Comitán, Chapatengo. Pero, pegadito a El Rosario ¡se encuentra Santa Rita! Aparecen como colindancias. ¿Por eso adquirió el ingeniero la fracción de Santa Rita? Insisto, ahí queda la tarea para expertos. Yo hasta acá llegué. ¡Tzatz Comitán!

sábado, 10 de enero de 2026

CARTA A MARIANA, DONDE SE DICE QUE LA VIDA ES JUEGO O, MÁS BIEN, QUE EL JUEGO ES VIDA

Querida Mariana: vos y yo somos juguetones. No podríamos ser amigos si no fuera así. Yo, lo sabés, contabilizo mi edad con decimales, digo que tengo 6.8 años de edad, aunque los adultos, los otros, insisten en decir que me hago tacuatz, que algún temor poseo al no decir mi edad precisa: sesenta y ocho años de edad. Si no fuera un ser de 6.8 no haría lo que hago, sería solemne (como muchos de mi generación), no sería juguetón, no encontraría motivo de juego en todo lo que me presenta la vida. No soy irresponsable, ni “dejado”, ¡no!, tomo la vida en serio, con la seriedad que un niño toma el instante en que juega. ¿Has visto con qué seriedad adopta un niño cualquier juego? A veces veo a una niña, sentada en el suelo, frente a una silla de madera, donde está una muñeca y algunos trapos; veo que la niña juega a darle de comer a la muñeca. Esa niña reprende a la pichita, le abre la boca y le dice que debe comer, que esa manzana está muy rica, “con esto crecerás muy fuerte”. Para cualquier espectador esto no es más que un juego, pero no sólo un juego, es toda una experiencia de vida, todo un mundo, donde la niña le otorga vida a la muñeca, porque la muñeca le responde. En el juego, la niña pregunta cosas y la muñeca le contesta, le responde con una voz semejante a la de la niña, como si ésta fuera una ventrílocua. ¡No! Mucho más. Sabemos que el ventrílocuo imita la voz de un muñeco, le da la voz, mientras la otra la hace hablar; acá, la niña no imita nada, hace que la pichita hable, que acepte lo que la niña dice o que haga berrinches, porque ya no quiere comer más verdura, ya llegó la hora del postre y quiere un dulce. Igual que la niña con su muñeca, mi vida es un juego permanente. Pienso que los sociólogos que han estudiado el fenómeno del juego han determinado que los niños son felices precisamente porque eliminan la cara de tedio y de fastidio que tiene la vida con su máscara de todos los días. Conforme los seres humanos crecen comienzan a dejar de lado el juego. Un momento importante y trágico es cuando los papás deciden que el hijo debe ir a la escuela (debe prepararse para la vida). El niño deja de ser un jugador de tiempo completo; es decir, deja de vivir para entrar a un embudo escabroso, porque, aseguran los papás, la vida no es un juego. ¡Qué estúpida idea! Boba, pero la realidad no es un juego. ¿Entonces qué es? ¿Es que acaso hay algo más importante que el juego? El juego debería ser en esencia la médula vital, porque el juego aporta muchos elementos que dan energía y la energía, todo mundo lo sabe, es la madre de todas las batallas de la vida. Yo agradezco ser una persona de 6.8 (bueno, en realidad ya estoy andando en 6.9). Todo en la vida llama mi atención, soy curioso, todo me divierte, jamás me aburro. Uno de mis secretos (que descubrí en el andar) es la lectura. Ahora, ¡ah, qué bendición!, no sólo leo libros impresos, también leo libros digitales. Hubo un tiempo que no salía de casa sin libro, todo mundo me vio cargando un libro debajo del sobaco o (Dios mío) trabado en el cinturón en la espalda. En ese tiempo estuvo de moda el anuncio de una tarjeta de crédito que decía: “No salga sin ella”. Bueno, yo no tenía tarjeta de crédito, pero no salía sin ella (ella, era la lectura). Ahora, no siempre llevo un libro impreso en las manos, pero sí llevo el celular en la bolsa, como todo el mundo. En mi celular bajé la aplicación del Kindle (lector de libros digitales), así que en cualquier lugar donde debo hacer fila o esperar por alguna razón, prendo el celular, abro el Kindle y leo. Ah, qué tiempos tan maravillosos son estos tiempos. Algunos amigos me dicen que el celular también integra juegos, como juego de cartas o de enigmas. Sí, digo, nunca he necesitado de esos juegos, porque uno de mis juegos favoritos, desde hace más de sesenta años, ha sido la lectura, no la cambio por nada. Me gusta la cara de juego que presenta la vida, se trata de encontrarle el lado donde no está la cara de tragedia, la de la seriedad solemne, la que impone el trabajo aburrido, el agotador, el demandante, el que cambia la tranquilidad por el vértigo. Soy juguetón, pero digo que soy un niño responsable, sé el juego que debo jugar en la vida, me gusta hacerlo, despierto todos los días a las cuatro de la madrugada y empiezo el juego del día, que suspendo a las siete y media de la noche, hora en que, como Topo Gigio, me voy a la camita (bueno, salvo excepciones como la noche donde Dora Patricia Espinosa y yo fuimos al Palacio de Bellas Artes, en la CDMX, para presenciar ópera). Me gusta la vida que llevo, alejada de las grandes mesas, de los grandes escenarios, de los potentes reflectores. Me encanta andar por la orilla, sin el peligro de que caiga al vacío. Ando por la orilla, pero con los pies bien plantados en el suelo, jamás camino por rutas donde hay piedras, donde hay alambradas. Me gusta jugar en los llanitos, donde no hay lagunas. Cuando estoy en un espacio donde hay lagunas, ríos o mares, los veo a distancia. Sé (a pesar de que tengo 6.8) cuál es lo que una escritora argentina llamó “Distancia de rescate”. Esta distancia es la que permite a los papás proteger a sus críos ante una eventualidad. Los papás siempre deben estar atentos de que sus criaturas están en esa distancia, que es algo como la distancia donde la mano puede coger al niño antes que suceda una desgracia. Así mido mi distancia, no sólo ante un lugar con agua, donde puedo ahogarme, sino en general en todo ambiente, por eso no voy a lugares muy concurridos, no me gustan las manifestaciones. ¿Feria de San Sebastián en Chiapa de Corzo? Dios no lo permita. ¿Entrada de flores de San Caralampio? De lejitos, de lejitos, sólo para registrar el acto y ¡media vuelta! Los niños (insisto) deben tener presente la “Distancia de rescate”. Posdata: los niños son traviesos, pero sus travesuras no le tuercen el brazo al mundo. Me encanta saber que tengo amigos que son como yo, Marco Antonio Besares e Israel Gómez también contabilizan sus edades colocando el punto en medio. Este punto es como la línea (qué juego geométrico tan de Harvard) que hace la gran diferencia entre una apestada vida en frac o una deliciosa vida en mangas de camisa, tal como lo hacía mi amado padre. Yo no tengo sesenta y ocho años de edad, como insisten muchas personas en etiquetarme, yo tengo seis punto ocho. Suena más bonito, más de árbol de jocote, más de reja de papel de china, más de papalote, más de burbuja de aire. ¡Tzatz Comitán!

viernes, 9 de enero de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN RECUERDO DEL VEINTE VEINTIDÓS

Querida Mariana: ya estamos en el 2026. Un día de marzo de 2020 hubo un receso en todos los colegios y escuelas de México. Las autoridades sanitarias dijeron que había una emergencia por un virus llamado COVID. El receso se prolongó a tal grado que el retorno a clases fue virtual y, posteriormente, híbrido: presencial y virtual. Durante el tiempo de pandemia los patios escolares enmudecieron, las escuelas perdieron su vocación de vida. La medida del cierre fue necesaria para evitar el contagio, dijeron los encargados de la salud en el país. Los catedráticos del colegio Mariano N. Ruiz, igual que los demás colegios del mundo, impartieron clases a través del zoom. La fotografía que te comparto es de noviembre 2022. La tomé en el escenario del corredor cultural del plantel Los Sabinos. Son estudiantes de bachillerato, participan en una actividad donde el conocimiento se adquiere a través de dinámicas prácticas, que es la mejor forma de aprendizaje. Por ahí Jorge Luis Borges, el gran poeta y narrador argentino, dijo (en otras palabras, claro) que olvidó todo aquello que estudió para pasar un examen; en cambio, aquello que leyó por gusto lo llevó en su mente (y en su espíritu) por siempre. Acá, los chicos y chicas, en lugar de aprender de memoria un conocimiento (en apariencia algo que tiene que ver con la mitología griega) hicieron una representación de divinidades y, ¡seguro!, dicho conocimiento lo recordarán toda su vida. ¡Cómo no! Cómo olvidar la mañana que la chica fue Hera, ¡pucha!, nada menos que esposa de Zeus, el mero tatón del Olimpo. Cómo olvidar la mañana que el chico fue Hefesto, el dios del fuego. Además, para representar este papel se necesita un valor especial, porque el tal dios del fuego (dicen los libros) no era muy atractivo y cojeaba. Cualquier compañero, con dotes de Polo Polo, pudo aprovechar el chiste que cuenta que un cojo se atrevió a piropear a una chica fifí y ésta se volvió y dijo: “Estúpido, ¡cojo feo!” y la respuesta a la agresión fue: “No te preocupés, yo te enseño”. Lo que quiero decir es que el grupo define a la escuela. Los príncipes tuvieron educación personalizada, los tutores llegaban a palacio y atendían a los soberanos en forma exclusiva. ¿Todo perfecto? Ni tanto, a los de sangre azul siempre les faltó el baño de pueblo, la convivencia con otros chicos de su edad. En esta fotografía se ve esa cualidad: la actividad en grupo, que enriquece el aprendizaje, la convivencia. Los que saben han dicho que el ser humano es social por naturaleza, está en el ADN. Es cierto, todo aquello que se comparte en grupo es más satisfactorio, transmite energía. Claro, toda actividad debe ser orientada, es la labor que debe propiciar la escuela, porque, de lo contrario, todo entra en el terreno de la anarquía. En el Colegio Mariano N. Ruiz, como en muchos colegios en el mundo, se da énfasis a las actividades grupales que encauzan el espíritu. El colegio ha sido mi casa, ahí estudié mi secundaria, luego entré a dar clases y llegué a ser directivo. ¿Mirás? Viví la maravillosa experiencia desde tres balcones diferentes, cada puesto exigió responsabilidades diferentes. En las tres posiciones viví lo que digo: el acompañamiento grupal, así entendí que es más complejo avanzar en forma solitaria. Esta fotografía es sensacional porque sintetiza lo dicho. En esta imagen está plasmada la riqueza de grupo. Acá está representado el Olimpo, que fue el territorio de dioses y diosas. Posdata: por fortuna, la pandemia cesó. Un día glorioso regresamos a las escuelas, los patios volvieron a llenarse de vida, los chicos y chicas corrieron, platicaron, jugaron; con su presencia avalaron la bendición de los colegios. Hoy, estos estudiantes ya no están en el Colegio Mariano N. Ruiz, la mayoría estudia la profesional, en diversas instituciones del país, forman parte de otro grupo, pero jamás olvidarán el grupo del que formaron parte, un itacate de anécdotas llevan en su alma, para siempre, por siempre. ¡Tzatz Comitán!

jueves, 8 de enero de 2026

CARTA A MARIANA, CON BEBÉS

Querida Mariana: Lucas escuchaba a The Babys en los años setenta; Jorge Luis escuchaba a Los Babys, en los mismos años setenta. Lucas me contaba que su banda favorita había nacido en Inglaterra, escuchaba todas las canciones, pero su favorita era: “Every time I think of you”, que en mi inglés pochoroco traducía como: cada vez que pienso en ti. Jorge Luis escuchaba al grupo mexicano que nació en los años cincuenta o sesenta, entiendo que era un grupo yucateco y, si no estoy mal, todavía siguen en activo, ya viejos. Yo escuché a ambos grupos, grupos que tenían kilómetros de diferencia, tanto por el lugar donde nacieron como por el género musical que interpretaban. En Comitán medio mundo escuchaba a Los Babys (con su éxito “¿Por qué?”), en cambio a The Babys sólo lo escuchaban los aficionados al rock, que, la mera verdad, eran muy pocos en el pueblo. ¿Por qué escuchaba Por qué? ¿Me gustaba? No, a veces me sentaba en una banca del parque, frente al local de Jorge Domínguez, “La casa del ciclista”, ponían la canción y ahí la teníamos que escuchar a fuerza, además, en la XEUI, la primera estación radiofónica de Comitán, trasmitían a cada rato la canción. ¿Por qué? Ah, pues, para que sacáramos el billete y compráramos el disco. Fue una canción que escucharon algunas chicas comitecas a la hora de la serenata. Llegaba a la casa de Lucas y desde afuera escuchaba la música de The Babys. La gran diferencia. No sólo en el ritmo musical sino en la letra. No, no me tomés el pelo, no digo que un grupo cantaba en inglés y otro en español, me refiero al concepto. Digo que había kilómetros de diferencia. A pesar de que yo no sabía inglés, el buen Lucas (con el cabello larguísimo, que se cuidaba con un shampoo especial, pantalones acampanados y zapatos de plataforma, siempre brillantes) me traducía lo que escuchábamos. La canción de Los Babys comenzaba (comienza) con la siguiente oración: “¿por qué me haces tanto sufrir?” Uf, el lamento de siempre, el motivo plañidero de siempre. Se cantaba así, con ese tono de pérdida. ¿Querés saber cómo seguía la canción? Líneas después decía (dice): “Con el alma hecha pedazo, poco a poco voy muriendo”. Digo que esto escuchábamos, así fue nuestro aprendizaje sentimental. ¡Dios mío! Lucas me llevaba a su recámara, donde sonaba a todo volumen las canciones de la banda británica, él se recostaba en la cama, a mí me ofrecía un sillón bien pachoncito, sacaba los Marlboro y fumábamos. Digo que su canción favorita era: “Every time I think of you”, que, como mirás, también tiene al amor como tema sustancial. Dije que también, como si la canción de Los Babys fuera un tema de amor y no una plegaria boba, un lamento, y no Borincano. El tema de Los Babys sigue la ruta que nos trazó el cine mexicano, diría la Castellanos: en la frustración en lugar de la plenitud. Así crecimos en Comitán, escuchando los lamentos de Los Babys y no el rock inglés, el que estaba cerca de Los Beatles. The Babys tocaban rock, Los Babys baladas. Crecimos al arrullo de la balada y no con los batacazos del rock. Por eso somos como somos. La canción de The Babys decía (dice): “siempre que pienso en ti siempre sale bien”. Hay diferencia, ¿verdad? Acá está la plenitud. En otra línea dice: “la gente dice que un amor como el nuestro pasará, pero sé que un amor como el nuestro durará, durará”. Esto es lo que escuchaba cuando iba a la casa de Lucas, con un ritmo musical diferente, no tan soso como la baladita de Los Babys, que escuchábamos en el Comitán de los años setenta. Así crecimos, con eso nos alimentamos. Por eso somos como somos. La idea del amor es algo penoso, que debe terminar, así como decía la gente del amor cantado por The Babys. Me encantaba escuchar que ese amor duraría. “¿Por qué me haces tanto sufrir?” Uf. Lo escuchamos tanto que nos lo creímos. Cantábamos las canciones de Los Babys y así íbamos con nuestros amores. Yo cantaba “¿Por qué?”, y lo hacía como si me cortara las venas, porque, en efecto, había una niña bonita que me ignoraba y yo sufría. Mudo. Bobo. No entendí que la clase de vida estaba en la recámara de Lucas, en los discos de rock inglés, en las rolas de The Babys y no en las de Los Babys. Había kilómetros de distancia entre The y Los. ¡Tzatz Comitán!

miércoles, 7 de enero de 2026

CARTA A MARIANA, CON UNA IMAGEN DE ZAPALUTA

Querida Mariana: no sé si ya te compartí esta fotografía. La hallé recientemente. En el anverso tiene la siguiente nota: “Recuerdo del parque de Zapaluta” (la zeta está encaramada sobre una ese. No sabía bien a bien cómo se escribía, porque la letra es mía, manuscrita, clara. Tiene la fecha: 1965). Yo tomé la fotografía, casi puedo ver el momento en que mi papá llegó a la terminal donde estaba con mi mamá. Esperábamos la salida del autobús para la ahora llamada Trinitaria. Llegó mi papá, con su chaleco, subidas las mangas de camisa, me dio una caja donde venía una cámara Kodak, de esas sencillas de los años sesenta, con un rollo de doce exposiciones, en blanco y negro. Fue un regalo, un regalo inesperado, un bellísimo regalo. Mi papá siempre me sorprendía con detalles hermosos. Ese fue un buen momento. Nos despedimos, mi mamá y yo subimos al camión. Mi papá se quedó en el pueblo (tomamos el autobús en lo que hoy es el Centro Cultural Rosario Castellanos, no sé si ahí era su terminal. En los años sesenta, los autobuses se estacionaban en las calles. La Cristóbal Colón se estacionaba frente al Hotel Delfín, porque Doña Chelo Delfín era la encargada de esa línea en Comitán; en San Cristóbal de Las Casas, mi tía Lolita Molinari Ruiz, sobrina de Mariano N. Ruiz, era la encargada). Mi mamá, te he contado, siempre fue adoradora de la Santísima Trinidad, así que tenía la costumbre de ir a Zapaluta (hoy, el pueblo ya no se llama así. Extravió el nombre original, el auténtico). Pero, dejá que te cuente que en el Comitán de 2025, de vez en vez me topaba con un autobús que lleva el letrero “Zapaluta”. Siempre pensé que era un letrero antiguo que había quedado en el tiempo. Algo así como recuperar el pasado. ¡No! El otro día saludé a Guillermo Pérez Pinto, quien me explicó que por El Sabinalito existe todavía una comunidad que sigue llevando el nombre de Zapaluta, es una comunidad pequeña, el autobús hace el recorrido una vez al día, de Comitán a Zapaluta. Me dio mucho gusto saber que hay un lugar que conserva el nombre original de la cabecera municipal. Un día investigaré dónde está la terminal de este único autobús y te diré. La mañana de 1965 llegamos a la antigua Zapaluta y, de inmediato, mi mamá me llevó al templo. En el trayecto abrí la caja, saqué la camarita, y le coloqué el rollo (era una labor muy sencilla, bastaba abrir el compartimento y ensamblar el rollo), le di vueltas a la perilla que corría la película y cuando el contabilizador señaló el número 1 supe que estaba lista para la primera toma que fue, precisamente, ésta. Mi mamacita vio que estaba emocionado con el regalo de mi papá, que ya quería estrenarla, así que nos detuvimos, oprimí el botón y ¡listo! El milagro de la imagen se había realizado, tenía capturado el espíritu del parque central, capturado ¡para siempre! Tiempo después llevé el rollo a revelar, con Don Polo Torres, en Joyería Tocris. El milagro tenía constancia, estaba en un pequeño papel, en blanco y negro. Sesenta años después ¡acá está! Nada de esto existe ya. Te he contado que el edificio que se ve era una biblioteca pública. No sé en cuántos pueblos del mundo existió una biblioteca tan a mano de lectores, tan en el centro del poblado, tan cerca del corazón. En la antigua Zapaluta existió una biblioteca, tal vez por esto, este pueblo sigue siendo un pueblo culto, un pueblo sosegado, un pueblo que (sobre todo en los últimos tiempos) crece en el progreso y en el desarrollo sin olvidar sus rasgos más íntimos. Una vez estrenada mi cámara, mi mamá y yo fuimos al templo. Mi mamá se hincó, yo me senté en una banca, ella rezó, yo me dediqué a ver todas las imágenes y a maravillarme con la altura de la nave. Ya no recuerdo qué más hicimos. No sé si entramos a alguna tienda a comprar caramelitos de miel, siempre ricos, conservando la tradición. Las dos mujeres que acá se ven llevan rebozos, de color oscuro. Las bancas (de cemento o de granito) tienen un lindo respaldo, no sé si era cómodo para la espalda de quien se sentaba, pero el diseño era muy coqueto, muy bello. Posdata: esta imagen es del año 1965, yo tenía ocho años de edad, estudiaba el segundo grado de primaria, en la escuela Fray Matías de Córdova, que viene resultando mi sexto tío abuelo. Preparo el árbol genealógico de mi mamá, para que mirés por dónde está la relación con el libertador de Chiapas y de Centroamérica. ¡Tzatz Comitán!

martes, 6 de enero de 2026

CARTA A MARIANA, CON CANASTOS DE PLÁSTICO

Querida Mariana: esta es una manera de preservar la identidad. Vos sabés que en el Comitán de los años cincuenta del siglo XX fueron famosas las canasteras, las mujeres que venían de comunidades rurales y vendían lo que producían en sus terrenos, estas mujeres llevaban sus productos sobre la cabeza, sobre un yagual, en canastos tejidos con palma. Por eso el nombre de las canasteras. La escultura de Luis Aguilar, que está en el parque, tiene como uno de los personajes principales a una mujer que lleva un canasto en la cabeza. En el mercado de El Cedro, que fue construido en el periodo presidencial del presidente Fox, dejaron un espacio reservado para las Canasteras. La mayoría de personas (se cuela uno o dos hombres entre el total de mujeres) son originarias de Yalumá, que viajan diariamente desde esa hermosa comunidad cercana al pueblo (por eso se les dice que son Yalumaeras). Claro, como me dijo una de las mujeres que venden tortillas hechas a mano, pitaules, pepita molida (para hacer el riquísimo tzaquil), “ahora ya traemos todo en cubetas y en vasijas de plástico”. Claro, en las comunidades ya no cargan el agua de los pozos con ollas de barro, sino con ollas de plástico que están hechas en Guatemala. A mí me encanta ir a los mercados. Cada uno de ellos tiene su personalidad. Me gusta ir al mercado de El Cedro, porque permanece más o menos limpio (incluso en los sanitarios, que en el mercado Primero de mayo son un poco asquerosines). En el mercado de El Cedro hay un lugar especial para las canasteras, ah, es una gran fiesta caminar por ese pequeño espacio donde ofertan decenas de productos: chinculguajes, frijol de enredo, plantitas, huevos de rancho, doblador, maíz molido para comida de pollos, ocote, chayotes, limas, tostadas, cañas (para el ponche y para las piñatas decembrinas), limas, nopales, masa, pozol (blanco y negro), jocotes, albahaca, té de limón, naranja agria (pucha, no en todas partes se encuentra ya la naranja agria. Te conté que en la casa de mi papá y de mi mamá -cerca de la escuela Matías de Córdova- en uno de los dos sitios, mi papá mandó a construir una rotonda y en medio sembró un árbol de naranja agria, ah, con eso marinaban la carne, agarraba un sabor exquisito). Ninguna de las mujeres supo decirme qué significa Yalumá, pero una de ellas dijo que le quedaba de tarea y que le preguntara el siguiente domingo. Tal vez preguntará con uno de los mayores, que son quienes preservan la identidad, como se conservan las piedritas del río. Una niña atendía dos puestos, en compañía de una prima. La niña, de nombre Noeli, estudiante de primero de secundaria, corría de un puesto a otro. Me contó que uno de los puestos (el que ofrecía hierbitas) era el de su abuelita, por eso separaba el dinero de la venta, a cada rato le decía a su prima que esas monedas y billetes eran para la abuelita. Su abuela es una mujer que tiene noventa y cinco años, ya no va al mercado, pero está listita, camina bien, va a su terreno y corta la albahaca, el té de limón, el cilantro, el perejil, y la nieta se encarga (los domingos) de venderlos en el mercado. Noeli coloca todo en plásticos sobre el piso y se apura a atender a los clientes con una gran sonrisa. A ella le compré unas tostadas (a mí me gustan las tostadas con manteca, pero ahí no venden). Muchos escritores de la región, muchos artistas plásticos, han honrado a las canasteras (Rosario Castellanos las menciona en su narrativa). El presidente Fox las honró dedicando un sitio especial en el mercado de El Cedro. En el mercado Primero de mayo, las canasteras se colocan en los pasillos donde transita la gente. Ah, también están diseminadas en la banqueta exterior, donde venden calabacitas, fruta y cacahuates (pelados o con cáscara). Me gusta comer manías comitecas, son riquísimas. Acá Míster Mafer nos pela el cacahuate al derecho y al revés, sin provocarnos algún estrés. Posdata: algo extraviamos en el camino, en el andar del siglo XX al XXI. Digo que en el espacio de las canasteras ya no hay canastos, ahora son vasijas de plástico. Extraviamos la actividad del corte de la palma, del secado al aire libre, colgadas hacia abajo; asimismo, extraviamos la habilidad del trenzado, de la forma para hacer la vasijita, la que permitía a las canasteras llevar los tzolitos, el frijol, cueza, chayote, orquídeas. Se nos extravió el maravilloso cantadito de las canasteras que se paraban frente al portón (siempre abierto) y decían: “¿Va’sté a mercar chayotíos?” ¡Tzatz Comitán!

lunes, 5 de enero de 2026

CARTA A MARIANA, CON MONAGUILLOS Y MONAGUILLAS

Querida Mariana: le robé esta foto al padre Manuelito, el sacerdote del templo de Santo Domingo. El padre Manuelito es como de película, un padre bien movido, que está en su chamba. Su presencia en Comitán ha logrado imbuir de buen ánimo a la grey católica. Me encanta usar la palabra “grey”, porque es un término que casi casi sólo se emplea en cuestiones religiosas. Grey se refiere a rebaño, como rebaño es visto el grupo de personas que se acercan a la iglesia. En política también hay rebaños, pero jamás emplearían la palabra grey, los críticos usan la palabra manada. Acá, entonces, se ve una parte de esa grey, una parte que es como el kínder de la iglesia, porque los monaguillos y monaguillas son un primer eslabón. No es remoto que uno de estos compas llegue a ser en el futuro un sacerdote, como el padre Manuelito, quien es comiteco y sirve a la “grey” católica de su pueblo natal. Es una foto reciente, del año 2025 (o ¿ya fue del 2026?), no sé con precisión, pero es una fotografía de estos tiempos. Hay un dicho que dice: “no puede ocultar la cruz de su parroquia”, se emplea para decir que algo es muy obvio. Acá, estos chicos y chicas no pueden ocultar la cruz de su parroquia. Cuando vi la fotografía recordé que en mis tiempos de infancia (hablo de los años sesenta) también fui monaguillo, de este templo. Muchos amigos también lo fueron. La verdad es que yo no me acerqué, un día mi papá, que era católico, me llevó, me puso el traje de monaguillo (que no era negro y blanco, sino rojo con blanco) y ayudé al sacerdote a detener un platillo dorado que coloqué debajo de la barbilla de las personas que pasaban a comulgar, para que si caía la hostia no cayera al suelo. ¡Hostia!, diría un español. Fui parte de la grey católica, fui monaguillo. Fue una buena experiencia. Ya te conté que en algunas tardes trepaba al campanario para llamar a misa de seis. Ahora, camino por el parque, veo la torre y no creo que haya estado trepado en una escalera altísima, que se palanqueaba en el aire cada vez que subía un escalón, era como un puente colgante, pero en vertical, el vértigo completo. Tal vez Santo Domingo me infundía valor para trepar. No, la verdad es que era el grupo de acólitos que me impelía a subir y yo subía para que no me dijeran cobarde, para que no se burlaran de mí. El sudor de mis manos humedecía mi espíritu. En mis tiempos de monaguillo no había niñas. Ahora sí hay niñas. Qué bueno. Dije que nadie sabe si algún compa de los que acá están llegará a ser sacerdote en el futuro. Dije niño. No sé por dónde caminará la iglesia en los próximos años. ¿Qué tal que una niña de estas llega a ser la dirigente de la iglesia como ahora lo es el padre Manuelito? Si a los curas varones les decimos padre ¿le diremos madre a las curas femeninas? Puede ser que las monjas suban de rango, porque hasta ahora no han pasado de ser lo que son: parte de la grey, pero sin poder oficiar. Ah, sería un trancazo que un papa decidiera la paridad de género. ¿Imaginás a una mujer siendo papisa? Por ahí circula la leyenda de la papisa Juana. Andá a saber si es cierto. Detrás de este retablo existe un espacio donde estaban colocados los trajes de los monaguillos, en los años sesenta. Muchos niños formamos parte de ese grupo que tenía su encanto, porque vos sabés que la iglesia católica tiene una serie de protocolos muy interesantes. Recuerdo que en una ocasión me dieron un chunche maravilloso que llevaba en la parte inferior una canastilla donde iba el incienso, yo tomé el objeto de la parte superior y lo fui moviendo para que el humo blanco (¡habemus papa!) limpiara el aire con ese aroma que remite a la juncia, a los festones, a los cristos en templos silenciosos. Posdata: muchos de los monaguillos de ese tiempo íbamos por el argüende, no muy convencidos de la misión divina. Pienso que, incluso, muchos compas que ahora son agnósticos fueron acólitos en sus tiempos niños, porque la mayoría de la sociedad comiteca era católica y había una transmisión de fe de padres a hijos. Los niños son limpios de espíritu, no se cuestionan ideas filosóficas que corresponde a la edad adulta, cuando ya los muchachos creen más en el Che Guevara que en los ángeles. La foto es bellísima. Es testimonio de fe. Las bancas que están amontonadas en la parte derecha es testimonio también de este tiempo, cuando el techo del templo está siendo reparado. Las pinturas del retablo fueron retiradas para que no se mancharan. Ojalá vuelvan. Son obras del gran artista comiteco Javier Mandujano Solórzano, el famoso maestro Güero. ¡Tzatz Comitán!

domingo, 4 de enero de 2026

CARTA A MARIANA, CON HUECOS

Querida Mariana: el hombre me contó lo que le había sucedido y concluyó con la frase: “somos muy frágiles”. El hombre no descubrió el hilo negro. Los seres humanos (en general, los seres vivos) somos muy frágiles. La historia que me contó el hombre fue casi trágica, digo que casi, porque terminó contándola. Muchos ya no la cuentan. Su historia es muestra de esa fragilidad. Basta un titubeo de la naturaleza para que la supuesta seguridad se fracture. Hay fenómenos que están fuera de nuestro control, pero nos afectan. Ya mirás que este principio de año 2026 nos aventó sucesos desagradables, empezando con el temblor del día 2 de enero, que tuvo su epicentro en Guerrero; y concluyendo con la invasión gringa a Venezuela. Mi amigo Daladier, en un mensaje, manifestó que estaba preocupado e indignado por lo ocurrido en Venezuela, dijo: “nada justifica la intromisión de un país sobre otro”. Estos sucesos nos afectan, ponen en el dintel del porvenir la fragilidad del ser humano. El primer suceso fue provocado por la fuerza de la naturaleza, el segundo suceso fue provocado por la fuerza bruta del propio ser humano. En este principio de año también apareció un informe que indica que bajaron los homicidios dolosos, pero aumentaron las desapariciones, tema que hablé en una carta anterior, por el libro “Raíz que no desaparece”, de la escritora Alma Delia Murillo, que vuelvo a recomendarte. Estos temas están vinculados con esas grietas, con la fragilidad de la vida. Es algo que nos sobrepasa, que, en ocasiones, pasa por encima de nosotros, como si una piedra bajara en un alud y cancelara nuestros sueños. Siempre llama mi atención el término de “daños colaterales”. Se ha puesto de moda. Es una manera de explicar que algo que no era para vos te afecta. Los seres humanos siempre estamos expuestos a esas eventualidades: desde la teja que se desprende del techo hasta la bala perdida. En un instante cambia la vida, para bien o para mal. El hombre (con sesenta y dos años de edad) me contó lo que le pasó el treinta de diciembre. “Ya casi no la cuento”, me dijo. Estaba comiendo en su taller, sentado en una banca de madera, un grupo de amigos pasó por la calle y lo saludó, él, muy emocionado, levantó los dos brazos en señal de saludo, pero el movimiento fue tan intenso que provocó que una placa dental se le fuera hacia adentro (no me preguntés cómo pasó, ¡pasó!). Un minuto antes disfrutaba el pollo rostizado, con frijolitos, tortillas hechas a mano y una salsa molcajeteada, instantes después se puso de pie, en la asfixia total. Me contó que en la desesperación buscó un desarmador, dispuesto a enterrárselo en la garganta, para abrir un hueco y sacar el chunche atorado. Yo lo escuchaba con ojos de claraboya. ¿Y qué pasó? Mi hijo me abrazó por detrás y me aplastó fuerte, fuerte, dijo. No sé bien, querida mía, cómo fue el proceso de salvación, pero el hombre logró que el chunche saliera. Con un cepillo, me dijo. No sé. Tal vez no importa, lo que interesa es saber que estuvo cerca de la muerte. Somos frágiles. Vos y yo sabemos de historias bobas que modifican las vidas. Hay cosas que podemos controlar y otras que no. Las incontrolables suceden de pronto, sin que nos demos cuenta. El universo no se detiene, no hay mano que lo detenga. Tía Magnolia decía: “si tratás de detener el mundo te fracturarás la mano”. El hombre me platicó lo que le había sucedido. Temblé, temblé a la hora que dio su conclusión: “somos muy frágiles”. Así es. Si a esa certeza le agregás que la vida es apenas un instante verás que la fragilidad se une con la temporalidad. Apenas ayer eras una niña y ahora ya creciste; apenas ayer era un niño y ya tengo sesenta y ocho años. Te conté el otro día que a esta edad conocí algo que para todos los demás es algo obvio, consustancial: “toda la gente se muere”. Todos nos vamos a morir. Me di cuenta de esta certeza y sentí algo como desánimo, como si pensara que la vida nos concede (muchas gracias) un certificado de fragilidad, imposible de eludir. Tal vez en eso radica nuestra fragilidad, en la imposibilidad de una vida eterna. Hay sucesos que nos cambian la vida. A veces son fenómenos que nos tocan directo, pero en otras ocasiones son sucesos que provocan daños colaterales y nosotros nos vemos envueltos en esa nube tan incierta, tan boba, tan estúpida. Posdata: el mismo día que el hombre me contó lo que le sucedió el día 30 de diciembre de 2025, caminé hacia la oficina y escuché que un chico motociclista, con casco y un chaleco protector, decía a alguien, a través del teléfono: “si me descubren, si me atrapan, si pasa algo…”; así lo dijo, tranquilo, con la misma tranquilidad que yo caminaba. Pensé que ahí había otra historia. Claro, nunca sabré el principio ni el final. Pensé entonces si su historia personal pasará a dañar a otros. ¡Cuántas historias intercaladas en una mañana! ¡Uf! ¡Tzatz Comitán!

sábado, 3 de enero de 2026

CARTA A MARIANA, CON COMITECADAS

Querida Mariana: ya sabés: 2026 es año de Jaime Sabines a nivel estado. En Comitán, el 2026 es, también, año de Armando Alfonzo Alfonzo. Acá celebraremos no sólo el centenario del nacimiento del poeta mayor de Chiapas, Jaime Sabines, también celebraremos a nuestro gran comiteco Armando Alfonzo Alfonzo, el autor de “Sólo para comitecos” y de “Comitán 1940”, entre otros libros. Ayer salí de casa y dije: “Voy al OXXO” y pensé en Armando Alfonzo Alfonzo, pensé cuánto ha cambiado nuestro Comitán, el de 1940 que él vivió y el de 1960 y 1970 que viví. Cerca de casa tengo dos OXXO, ¡dos! Pucha. Uno está a dos cuadras (pero debo cruzar el bulevar), el otro está a cinco cuadras, pero no cruzo el bulevar. Siempre prefiero ir a este último. Todavía no soy tan flojo, para preferir el más cercano. El OXXO al que voy está muy cerca del Hotel Los Lagos. Caminé e hice un ejercicio comparativo y terminé con el lugar común: “Cómo ha cambiado nuestro Comitán”. Es normal, pero cuando lo advertís en apenas tres cuadras el impacto es brutal. Tres cuadras son las que caminé al lado del bulevar, iniciando desde el banco BBVA. Para que me entendás (o tal vez para que yo lo entienda) haré una breve relación de cambios: - ¿El bulevar? Era la carretera panamericana, de voy y vengo, sin camellones ni banquetas, con pocas construcciones, era la orillada, del otro lado había grandes terrenos, magueyales, de donde sacaban el aguamiel para elaborar el trago llamado Comiteco. - Hablando de bebidas, en la esquina me topé con un teporocho, gorro en la cabeza y botella de “Charrito” en la bolsa de un saco descolorido, que le quedaba grande. ¿”Charrito”? Mis bolos de entonces bebían “Chucho con rabia”, que compraban en algunas tienditas clandestinas. - YUNGLA PIZZA, negocio que está en PLAZA BULEVAR. En mis tiempos no había más que pan compuesto y salvadillo con temperante. La primera pizzería que recuerdo fue la que abrió Luis Romeo Muñoz en la casa donde ahora está la FM. - SORIANA. Jamás de los jamases. Los grandes supermercados estaban en otras ciudades. Acá comprábamos en los primeros supermercados modestos: el de Doña Angelina, que estaba en la llamada Manzana de la Discordia, a media cuadra de la Prepa del Estado; y, ya en los años setenta, en el Súper de Don Agustín, papá de mi amigo Víctor González, que estuvo en un edificio de la química Ruth, donde ahora está una mensajería. - FARMACIAS SIMILARES. Ni éstas ni las del Ahorro, ni las de Guadalajara. Nosotros íbamos a la Farmacia de Cirito, de Cirito Mentol, le decíamos, porque el mentol era un medicamento conocido. Hay varias leyendas urbanas de la farmacia de Cirito. Te cuento que en esos años, en el edificio de la presidencia municipal, colocaban una tabla con el nombre de la farmacia que estaba de turno. Cuentan que una noche, a Cirito le tocó estar de guardia. Llegó un compa a comprar una medicina, Cirito sacó la mano para pedir la paga en una ventanilla que tenía la cortina y el individuo le atrapó el brazo, lo ató con una cadena y ésta la amarró a un poste cercano. Así, atrapado, estuvo Cirito durante un buen tiempo, hasta que un alma piadosa lo vio y fue por una segueta para cortar el candado. La otra anécdota cuenta que Cirito era muy visitado por los frecuentadores de Tía Mati y Tía Lola (los dos lupanares de esa época) para que les curara alguna enfermedad venérea contraída. Ya quisiera ver que ahora fueran a la Guadalajara o con el Doctor Simi. Ya veo al gordito manipulando pomadas y chunches similares. - GASOLINERA GRUMO. No. En mis tiempos recuerdo, sobre todo, a Don Ulises, con su gasolinera a tres cuadras del parque central. Por ahí se puede ver incluso el gran anuncio de Pemex, un anuncio que da constancia histórica de lo que cuento. Ahora esto es inconcebible, porque no hay gasolineras en el centro histórico, todas están fuera de esa zona. La mayoría está sobre el bulevar, en las orillas de las carreteras. - PELTRES JARAMILLO. Ah, cuántas vueltas da la vida. Ahora venden trastos de peltre, donde en aquellos años Don Roberto Pulido vendía refacciones para autos y para camiones. - LOGÍSTICA GRIJALVA. Me dio gusto hallar este letrero, pintado en la parte superior de un gran portón. Grijalva, sí, era la empresa (también de la familia Pulido) encargada de llevar y traer objetos de la gran Ciudad de México y de otras partes. Por ahí el escultor Luis Aguilar Castañeda cuenta algo acerca del traslado de una de sus piezas artísticas, historia que está relacionada con esta empresa. No sé si ya entré al terreno de la invención. A lo lejos recuerdo que los Transportes Grijalva intervinieron para que una obra en bronce llegara a Comitán. - Pasé por el SÚPER EL VECINO y recordé que ahí estaba la casa de la mamá y del papá de mi compa Memo Del Castillo. Al lado estaba el taller mecánico de su papá, Don Memo. Ahí inició la empresa de grúas que hoy es una empresa exitosa. Ya te conté que ahí llegábamos a jugar, que Memo nos recibía con una mesa donde había salvadillos y agua de temperante. No era gratis, si querías comer o beber algo debías sacar tu moneda. Lo mismo sucedía con una hermosa autopista eléctrica que tenía. Todos los juegos eran gratis, de compas, pero si querías jugar la autopista tenías que “caerte cadáver”. Mi compa Memo fue un hombre que nació para el negocio, lo traía en la sangre, en el alma. Claro, también fue generoso. Hace años mi tsurito ya no avanzó, quedé parado en una calle que está entre dos moteles (en el libramiento), le hablé a mi compa, de inmediato me envió una de sus grúas. Al día siguiente fui a la oficina para pedir que llevaran mi carrito al taller. “Ah, usted es el del motel”, dijo el chofer de la grúa. Sólo me reí. Mi compa no me cobró ninguno de los servicios. Posdata: el pueblo ha cambiado. Hoy, dicen, Comitán tiene una población superior a los ciento veinte mil habitantes. El Comitán de 1940, de 1950, era un pueblo pequeño, afectuoso. Hemos cambiado. Este fenómeno sucede en todo el mundo. ¿De verdad? No. Hay pueblos que han cambiado poco. Un valor que cada vez es más aquilatado es la identidad. Comitán, ¡qué pena!, ha perdido valores esenciales. Nadie puede impedir la transformación. El cambio, dicen los sabios, es lo único permanente. Lo que sí podemos hacer es resguardar los signos que nos otorgan identidad, que nos hacen ser auténticos, que evitan que seamos una mala copia de otras ciudades. ¡Tzatz Comitán!

viernes, 2 de enero de 2026

CARTA A MARIANA, CON PIEDRITAS

Querida Mariana: un día crecí. Escuché que la gente recomendaba “tirar piedras”, no cargarlas. Un día crecí. Dejé de jugar con piedritas, porque los mayores recomendaban usar las piedras para hacer cimientos, para hacer bardas y puentes. Decían que no era bueno cargar piedras. Crecí y olvidé las piedritas. Las simples piedritas que me acompañaron en la infancia. En el sitio de la casa las piedritas eran mis amigas, las compañeras que cancelaban la soledad. Pienso que los niños comitecos nacimos con el don de jugar con las piedritas, heredamos el don. En mi infancia había muchos terrenos que eran delimitados con muretes de piedra, así de este alto, sí, chaparritos. Las piedras estaban colocadas una encima de otra, sin argamasa. No se caían. Eran las grandes vencedoras de esa ley que hace que todo caiga para el suelo. Los niños de mi tiempo, hablo de los años sesenta, del siglo XX, jugábamos a hacer muretes con piedritas. Los muretes servían para protegernos de los ataques de los piratas que llegaban hasta nuestras costas. Los piratas, con pata de palo, loro en el hombro y cimitarra en el cinto, se enfurecían cuando se topaban con las grandes murallas que levantábamos en los sitios de las casas. Mario tenía un ardid cuando llegaba a jugar al sitio de la casa, cuando los piratas bajaban a tierra, él quitaba las piedritas que habían servido para hacer la represa donde estaba el agua que simulaba el mar y los barcos, como si fueran carretas, quedaban amarradas al lodo. Puedo decir que casi todas las tardes, una vez hecha la tarea, tomaba una taza de chocolate con un pastelito de manjar y luego iba al sitio, que estaba a pocos pasos del comedor. La disposición de la casa parecía darle aliento a la vida, comía y luego iba a jugar. ¿Había algo más importante? No. La vida se centraba en eso, el juego. En el sitio de mi casa de infancia había conejos, árboles, un aljibe cerrado, arena y piedritas. Nunca me pregunté cómo habían llegado allí. ¿Alguien había dispuesto esas piedritas para que fueran mis acompañantes? Así como ahora me acompañan los libros, que me basta estirar la mano para coger uno de ellos, así las piedritas estaban al alcance de mi mano. Cuando me inscribí en la carrera de ingeniería electrónica en la UNAM pensé que sería pan comido, porque yo era experto en circuitos. Hacía unos bellísimos. Ahí circulaban a alta velocidad los carritos de plástico, incluso, en el trayecto le ponía obstáculos, así que los autos daban saltos espectaculares. Crecí y dejé las piedritas de lado, las dejé donde estaban. Por ejemplo, ahora vivo en una casa modesta que no tiene sitio (muchas casas actuales ya no tienen sitio), todo es como una plancha de cemento. Ya no hay piedritas. Cuando vamos al campo, mi Paty, como si buscara monedas en el piso, busca piedritas para pintarlas. Ella sigue siendo como una niña, sabe que los seres humanos nos quedamos cojos y mancos del espíritu sin piedritas. Crecí y alguien me dijo que las únicas piedras que valen son las piedras preciosas y, en voz alta, dio una relación de ellas. Tuve que entender que las piedritas de mi infancia no entraban en la categoría de piedras preciosas, no eran más que piedras simples, piedras plebeyas. Quise rebelarme, decir que esas piedritas eran bellísimas, como diría don Abelardo: preciosísimas, pero nadie me hizo caso. Todos ya habíamos crecido, ellos más que yo, porque yo insistía en sentirme niño. Te he contado que tengo la costumbre de contar los años de mi edad en decimales, así que no tengo sesenta y ocho años de edad como establece mi acta de nacimiento, ¡no!, yo tengo 6.8, soy un pichito, más o menos de la edad cuando jugaba en el sitio de mi casa de infancia, que sí tenía un sitio generoso, lleno de árboles, conejos, tierra, arena y muchas piedritas. Posdata: he visto fotografías de movimientos estudiantiles donde levantan barricadas, así como nosotros levantábamos fortalezas para detener el avance de los piratas; asimismo he visto que levantan piedras, no para jugar, sino como arma de defensa, veo a los chicos (con pañuelos en la boca y nariz) aventando piedras para golpear a policías, granaderos, para quebrar los cristales de las patrullas. Olvidaron el juego. Crecieron y abandonaron el sitio, un lugar que era la placidez total, un espacio que era como el abrazo de mi papá, como el abrazo de mi mamá. Crecí y dejé olvidadas las piedritas. Quise hacerle caso a los mayores que recomendaban tirar las piedras, no cargarlas. ¡Tzatz Comitán!

jueves, 1 de enero de 2026

CARTA A MARIANA, A MANERA DE DIARIO

Querida Mariana: en la tarde del 31 fui a Soriana. Encontré a mucha gente. En los pasillos ponían objetos en los carritos. Se preparaban para la última cena del año. ¡La última cena! En un carrito vi dos pollos rostizados, metidos como en cápsulas, y dos botellas de tequila. Pronto debe haber oferta de botellas de comiteco en estas empresas. ¿Sólo esto?, me preguntó la cajera. Sí, dije, sólo estos jitomates. Tal vez pensó que mi cena estaría magra. A la hora de siempre me puse el pijama y leí. En estos tiempos leo una novela de la Murillo (“Raíz que no desaparece”). La Murillo es buena narradora. “La cabeza de mi padre”, también obra de ella es muy buena. La que ahora leo no queda rezagada. Está muy bien narrada. Es un tema escabroso, algo que es el pan nuestro de cada día, ¡qué pena!, el tema de los desaparecidos en este país. Según las estadísticas, en México hay más de ciento veinte mil desaparecidos, y como si fuera el Melate, más lo que se acumule en la presente semana. A las ocho de la noche dejé el libro y dormí. Desperté a las doce. No tuve necesidad de ver el reloj, supe que eran las doce porque el cielo comiteco se llenó de humo y ruido porque en muchísimas casas la gente salió a la calle o a los patios o a los jardines y quemó cuetes para celebrar la llegada del año nuevo. Mi amiga Malena ha iniciado una campaña que exige el control de estas manifestaciones atentatorias. La quema de triques, de cuetes, ofende a los animalitos y a personas mayores o a gente que tiene enfermedades delicadas. Desperté a las doce porque el cielo comiteco era como una olla exprés. La parte más alta de Comitán está en el Mirador, mi casa está en un nivel más abajo, luego está la parte más baja: el Cedro, San Sebastián, Yalchivol. Donde está mi casa se extiende el valle, casi pude ver (desde mi cama, con los ojos cerrados) la capa de niebla que se extendió por todo Comitán. En la somnolencia calculé que la quemazón tardaría cinco minutos, más o menos. Poco a poco, el sosiego regresó a mi casa. A la mía, digo, porque sé que en la mayoría de casas siguió el jolgorio. Por fortuna, en casa el silencio fue diferente al que hubo en casas donde atendían a enfermos, en los hospitales o sanatorios. ¿Cómo controlar esta quemazón? La mayoría de ciudadanos “celebra” así la llegada del año nuevo. Volví a dormir. Desperté a las tres de la mañana, en la madrugada del primer día del año, recé y luego regresé a la lectura del libro de la Murillo. Dios mío, cuántos desaparecidos en este país. Volví a dormir. Abrí los ojos a las cuatro y media, a esa hora hice mi taichí. A propósito, hablando de desaparecidos, ayer me enteré que ya desapareció el programa que veía en la tele a la hora de hacer mi taichí de viejito: MTv. Este canal televisivo, especializado en música, desapareció. Acá se sabe la causa. Los tiempos han cambiado, los gustos de los amantes de la música no son los mismos del siglo pasado. Los chunches tecnológicos de esta época han modificado las costumbres. Hice mi taichí y luego entré a bañarme. Busqué un podcast en YouTube. Hallé una clase que impartió Sara Uribe (gran conocedora de la vida y obra de Rosario Castellanos). Lo escuché. Ahora mismo, cuando escribo esto, sigo oyéndola. Habla de una ruta de la temática feminista que inició con la tesis de maestría de filosofía. En diciembre del año pasado (2025) Dora Patricia Espinosa y yo fuimos a dejar a la Uribe una serie de ejemplares de Arenilla con artículos de Rosario Castellanos. Ella no tiene oficina en CU, pero dejamos el juego con una secretaria. La secretaria nos dijo que Sara llegaría en la tarde, porque harían una reunión de fin de año. Esperamos que la maestra Uribe haya recibido este obsequio que, en nombre de Comitán, le llevamos. Posdata: desapareció el año 2025, el año donde murió la mamá de Francisco Domínguez, la mamá de Jorge Domínguez (“Casquitos”), la mamá del escritor Jorge F. Hernández, mi mamá. Año de desapariciones. En la novela de Murillo nos enteramos que hay más de ciento veinte mil desaparecidos en el país. No existe la certeza de que estas personas hayan muerto, son clasificados como desaparecidos. Francisco, los dos Jorge y yo tenemos un lugar para llevar flores a nuestras madres desaparecidas, desaparecidas para siempre. Los papás y mamás de los desaparecidos siguen buscando, las mamás sobre todo. Es penoso escuchar que, si no estuvieran vivos, cuando menos quieren tener los cuerpos para sepultarlos, para cremarlos, para tener un lugar donde llevarles flores. Que el 2026 sea un año benigno. ¡Tzatz Comitán!