sábado, 10 de enero de 2026

CARTA A MARIANA, DONDE SE DICE QUE LA VIDA ES JUEGO O, MÁS BIEN, QUE EL JUEGO ES VIDA

Querida Mariana: vos y yo somos juguetones. No podríamos ser amigos si no fuera así. Yo, lo sabés, contabilizo mi edad con decimales, digo que tengo 6.8 años de edad, aunque los adultos, los otros, insisten en decir que me hago tacuatz, que algún temor poseo al no decir mi edad precisa: sesenta y ocho años de edad. Si no fuera un ser de 6.8 no haría lo que hago, sería solemne (como muchos de mi generación), no sería juguetón, no encontraría motivo de juego en todo lo que me presenta la vida. No soy irresponsable, ni “dejado”, ¡no!, tomo la vida en serio, con la seriedad que un niño toma el instante en que juega. ¿Has visto con qué seriedad adopta un niño cualquier juego? A veces veo a una niña, sentada en el suelo, frente a una silla de madera, donde está una muñeca y algunos trapos; veo que la niña juega a darle de comer a la muñeca. Esa niña reprende a la pichita, le abre la boca y le dice que debe comer, que esa manzana está muy rica, “con esto crecerás muy fuerte”. Para cualquier espectador esto no es más que un juego, pero no sólo un juego, es toda una experiencia de vida, todo un mundo, donde la niña le otorga vida a la muñeca, porque la muñeca le responde. En el juego, la niña pregunta cosas y la muñeca le contesta, le responde con una voz semejante a la de la niña, como si ésta fuera una ventrílocua. ¡No! Mucho más. Sabemos que el ventrílocuo imita la voz de un muñeco, le da la voz, mientras la otra la hace hablar; acá, la niña no imita nada, hace que la pichita hable, que acepte lo que la niña dice o que haga berrinches, porque ya no quiere comer más verdura, ya llegó la hora del postre y quiere un dulce. Igual que la niña con su muñeca, mi vida es un juego permanente. Pienso que los sociólogos que han estudiado el fenómeno del juego han determinado que los niños son felices precisamente porque eliminan la cara de tedio y de fastidio que tiene la vida con su máscara de todos los días. Conforme los seres humanos crecen comienzan a dejar de lado el juego. Un momento importante y trágico es cuando los papás deciden que el hijo debe ir a la escuela (debe prepararse para la vida). El niño deja de ser un jugador de tiempo completo; es decir, deja de vivir para entrar a un embudo escabroso, porque, aseguran los papás, la vida no es un juego. ¡Qué estúpida idea! Boba, pero la realidad no es un juego. ¿Entonces qué es? ¿Es que acaso hay algo más importante que el juego? El juego debería ser en esencia la médula vital, porque el juego aporta muchos elementos que dan energía y la energía, todo mundo lo sabe, es la madre de todas las batallas de la vida. Yo agradezco ser una persona de 6.8 (bueno, en realidad ya estoy andando en 6.9). Todo en la vida llama mi atención, soy curioso, todo me divierte, jamás me aburro. Uno de mis secretos (que descubrí en el andar) es la lectura. Ahora, ¡ah, qué bendición!, no sólo leo libros impresos, también leo libros digitales. Hubo un tiempo que no salía de casa sin libro, todo mundo me vio cargando un libro debajo del sobaco o (Dios mío) trabado en el cinturón en la espalda. En ese tiempo estuvo de moda el anuncio de una tarjeta de crédito que decía: “No salga sin ella”. Bueno, yo no tenía tarjeta de crédito, pero no salía sin ella (ella, era la lectura). Ahora, no siempre llevo un libro impreso en las manos, pero sí llevo el celular en la bolsa, como todo el mundo. En mi celular bajé la aplicación del Kindle (lector de libros digitales), así que en cualquier lugar donde debo hacer fila o esperar por alguna razón, prendo el celular, abro el Kindle y leo. Ah, qué tiempos tan maravillosos son estos tiempos. Algunos amigos me dicen que el celular también integra juegos, como juego de cartas o de enigmas. Sí, digo, nunca he necesitado de esos juegos, porque uno de mis juegos favoritos, desde hace más de sesenta años, ha sido la lectura, no la cambio por nada. Me gusta la cara de juego que presenta la vida, se trata de encontrarle el lado donde no está la cara de tragedia, la de la seriedad solemne, la que impone el trabajo aburrido, el agotador, el demandante, el que cambia la tranquilidad por el vértigo. Soy juguetón, pero digo que soy un niño responsable, sé el juego que debo jugar en la vida, me gusta hacerlo, despierto todos los días a las cuatro de la madrugada y empiezo el juego del día, que suspendo a las siete y media de la noche, hora en que, como Topo Gigio, me voy a la camita (bueno, salvo excepciones como la noche donde Dora Patricia Espinosa y yo fuimos al Palacio de Bellas Artes, en la CDMX, para presenciar ópera). Me gusta la vida que llevo, alejada de las grandes mesas, de los grandes escenarios, de los potentes reflectores. Me encanta andar por la orilla, sin el peligro de que caiga al vacío. Ando por la orilla, pero con los pies bien plantados en el suelo, jamás camino por rutas donde hay piedras, donde hay alambradas. Me gusta jugar en los llanitos, donde no hay lagunas. Cuando estoy en un espacio donde hay lagunas, ríos o mares, los veo a distancia. Sé (a pesar de que tengo 6.8) cuál es lo que una escritora argentina llamó “Distancia de rescate”. Esta distancia es la que permite a los papás proteger a sus críos ante una eventualidad. Los papás siempre deben estar atentos de que sus criaturas están en esa distancia, que es algo como la distancia donde la mano puede coger al niño antes que suceda una desgracia. Así mido mi distancia, no sólo ante un lugar con agua, donde puedo ahogarme, sino en general en todo ambiente, por eso no voy a lugares muy concurridos, no me gustan las manifestaciones. ¿Feria de San Sebastián en Chiapa de Corzo? Dios no lo permita. ¿Entrada de flores de San Caralampio? De lejitos, de lejitos, sólo para registrar el acto y ¡media vuelta! Los niños (insisto) deben tener presente la “Distancia de rescate”. Posdata: los niños son traviesos, pero sus travesuras no le tuercen el brazo al mundo. Me encanta saber que tengo amigos que son como yo, Marco Antonio Besares e Israel Gómez también contabilizan sus edades colocando el punto en medio. Este punto es como la línea (qué juego geométrico tan de Harvard) que hace la gran diferencia entre una apestada vida en frac o una deliciosa vida en mangas de camisa, tal como lo hacía mi amado padre. Yo no tengo sesenta y ocho años de edad, como insisten muchas personas en etiquetarme, yo tengo seis punto ocho. Suena más bonito, más de árbol de jocote, más de reja de papel de china, más de papalote, más de burbuja de aire. ¡Tzatz Comitán!