domingo, 4 de enero de 2026

CARTA A MARIANA, CON HUECOS

Querida Mariana: el hombre me contó lo que le había sucedido y concluyó con la frase: “somos muy frágiles”. El hombre no descubrió el hilo negro. Los seres humanos (en general, los seres vivos) somos muy frágiles. La historia que me contó el hombre fue casi trágica, digo que casi, porque terminó contándola. Muchos ya no la cuentan. Su historia es muestra de esa fragilidad. Basta un titubeo de la naturaleza para que la supuesta seguridad se fracture. Hay fenómenos que están fuera de nuestro control, pero nos afectan. Ya mirás que este principio de año 2026 nos aventó sucesos desagradables, empezando con el temblor del día 2 de enero, que tuvo su epicentro en Guerrero; y concluyendo con la invasión gringa a Venezuela. Mi amigo Daladier, en un mensaje, manifestó que estaba preocupado e indignado por lo ocurrido en Venezuela, dijo: “nada justifica la intromisión de un país sobre otro”. Estos sucesos nos afectan, ponen en el dintel del porvenir la fragilidad del ser humano. El primer suceso fue provocado por la fuerza de la naturaleza, el segundo suceso fue provocado por la fuerza bruta del propio ser humano. En este principio de año también apareció un informe que indica que bajaron los homicidios dolosos, pero aumentaron las desapariciones, tema que hablé en una carta anterior, por el libro “Raíz que no desaparece”, de la escritora Alma Delia Murillo, que vuelvo a recomendarte. Estos temas están vinculados con esas grietas, con la fragilidad de la vida. Es algo que nos sobrepasa, que, en ocasiones, pasa por encima de nosotros, como si una piedra bajara en un alud y cancelara nuestros sueños. Siempre llama mi atención el término de “daños colaterales”. Se ha puesto de moda. Es una manera de explicar que algo que no era para vos te afecta. Los seres humanos siempre estamos expuestos a esas eventualidades: desde la teja que se desprende del techo hasta la bala perdida. En un instante cambia la vida, para bien o para mal. El hombre (con sesenta y dos años de edad) me contó lo que le pasó el treinta de diciembre. “Ya casi no la cuento”, me dijo. Estaba comiendo en su taller, sentado en una banca de madera, un grupo de amigos pasó por la calle y lo saludó, él, muy emocionado, levantó los dos brazos en señal de saludo, pero el movimiento fue tan intenso que provocó que una placa dental se le fuera hacia adentro (no me preguntés cómo pasó, ¡pasó!). Un minuto antes disfrutaba el pollo rostizado, con frijolitos, tortillas hechas a mano y una salsa molcajeteada, instantes después se puso de pie, en la asfixia total. Me contó que en la desesperación buscó un desarmador, dispuesto a enterrárselo en la garganta, para abrir un hueco y sacar el chunche atorado. Yo lo escuchaba con ojos de claraboya. ¿Y qué pasó? Mi hijo me abrazó por detrás y me aplastó fuerte, fuerte, dijo. No sé bien, querida mía, cómo fue el proceso de salvación, pero el hombre logró que el chunche saliera. Con un cepillo, me dijo. No sé. Tal vez no importa, lo que interesa es saber que estuvo cerca de la muerte. Somos frágiles. Vos y yo sabemos de historias bobas que modifican las vidas. Hay cosas que podemos controlar y otras que no. Las incontrolables suceden de pronto, sin que nos demos cuenta. El universo no se detiene, no hay mano que lo detenga. Tía Magnolia decía: “si tratás de detener el mundo te fracturarás la mano”. El hombre me platicó lo que le había sucedido. Temblé, temblé a la hora que dio su conclusión: “somos muy frágiles”. Así es. Si a esa certeza le agregás que la vida es apenas un instante verás que la fragilidad se une con la temporalidad. Apenas ayer eras una niña y ahora ya creciste; apenas ayer era un niño y ya tengo sesenta y ocho años. Te conté el otro día que a esta edad conocí algo que para todos los demás es algo obvio, consustancial: “toda la gente se muere”. Todos nos vamos a morir. Me di cuenta de esta certeza y sentí algo como desánimo, como si pensara que la vida nos concede (muchas gracias) un certificado de fragilidad, imposible de eludir. Tal vez en eso radica nuestra fragilidad, en la imposibilidad de una vida eterna. Hay sucesos que nos cambian la vida. A veces son fenómenos que nos tocan directo, pero en otras ocasiones son sucesos que provocan daños colaterales y nosotros nos vemos envueltos en esa nube tan incierta, tan boba, tan estúpida. Posdata: el mismo día que el hombre me contó lo que le sucedió el día 30 de diciembre de 2025, caminé hacia la oficina y escuché que un chico motociclista, con casco y un chaleco protector, decía a alguien, a través del teléfono: “si me descubren, si me atrapan, si pasa algo…”; así lo dijo, tranquilo, con la misma tranquilidad que yo caminaba. Pensé que ahí había otra historia. Claro, nunca sabré el principio ni el final. Pensé entonces si su historia personal pasará a dañar a otros. ¡Cuántas historias intercaladas en una mañana! ¡Uf! ¡Tzatz Comitán!