viernes, 14 de febrero de 2014

LA PALABRA CHIAPANECA CON GRIETAS Y HERIDAS (II DE III)



Les pregunto: ¿debe haber sangre para que un hecho sea violento? ¿Verdad que no? La sangre es signo de una violencia extrema. Basta que de una herida mane sangre para que nos alarmemos. Si el golpe no pasa de un moretón, nuestra alarma no pasa de un semáforo amarillo, preventivo. Pero si el golpe produce sangre, nuestra alarma, como si se contagiara del color de la sangre, se pone en rojo, en rojo intenso, en rojo temor. Hoy, nuestra vida cotidiana está pintada de rojo sangre. Por eso, los estudiosos de fenómenos sociológicos dicen que vivimos una etapa violentísima. Pero la violencia, entendido como aquel estado que rompe el estado natural de la cosa, ha estado presente en la vida del hombre desde su aparición sobre la tierra. En la Biblia ustedes han leído hechos de gran violencia. Recordemos uno muy conocido: el de Caín y Abel. Sabemos que Caín comenzó a sentir un gran odio por Abel, tal sentimiento fue tan grande que lo mató. Eso es lo que sabemos, pero ¿hemos reflexionado en la causa del odio? La biblia dice que ambos hermanos, de acuerdo con la costumbre de aquellos tiempos iniciales, ofrecían sacrificios a Dios. Un Dios que no andaba muy contento, debido a que ya había expulsado del Paraíso a sus papás porque tomaron el fruto prohibido del árbol del bien y del mal. La Biblia cuenta que Dios aceptaba con más agrado las ofrendas de Abel que las de Caín. No nos vamos a meter en berenjenales hermenéuticos, pero acá, sólo de un vistazo, apreciamos que el comportamiento de Dios, según lo explica la Biblia, violentó el derecho de ambos hermanos a ser considerados sin distingo y preferencias. Dios actuó como todo buen padre terrenal. Los padres de familia dicen que no, pero siempre, siempre, entre todos los hijos, hay unos más consentidos que otros. A veces la diferencia es brutal, a veces es sutil, pero siempre existe un modo de amar diferente.
La obra poética de Rosario Castellanos ¿está matizada con ocres violentos? Sí, sin duda. Toda la obra de todos los escritores está teñida de colores violentos, de sucesos que alteran el flujo normal de la naturaleza de las cosas, de los árboles, montañas, animales y de los seres humanos. Un buen escritor es aquel que está pendiente de esos estados alterados y lo nombra. ¿Han visto cómo, en Chicomuselo, los habitantes se oponen a que empresas transnacionales sigan violentando sus montañas en intento de saquear minerales? Los habitantes de Chicomuselo se oponen a que a sus montañas les inflijan heridas, grietas permanentes, porque cada herida que le hacen a una montaña nos la hacen también a nosotros en el alma.
Lean este verso de Rosario y digan si no está teñido de un recuerdo violento: “No me toques el brazo izquierdo. Duele / de tanta cicatriz.”
Debo decirles que este poema, que es breve, tiene apenas seis versos, se llama “Advertencia al que llega”. ¿Ven qué le advierte esta mujer al hombre que llega? Le dice, por favor, por favor, tú que ahora llegas a mi vida, no me toques el brazo izquierdo. ¡Duele de tanta cicatriz! Un poco como si invocara un rayito de luz, una nueva ventana en donde el acto violento no esté presente. ¿Por qué esta mujer tiene tanta cicatriz, tiene tanto dolor?
Leamos los siguientes versos del poema: “Dicen que fue un intento de suicidio / pero yo no quería más que dormir / profunda, largamente como duerme / la mujer que es feliz”. El poema es violentísimo porque nos da una imagen brutal de una mujer que está llena de cicatrices por el intento de suicidio, pero, a la vez, es un poema de una gran ternura. Siempre es así. La mamá no abraza a su hija hasta que la niña se da un porrazo a mitad del patio. Entonces, la mamá corre al pedido de auxilio, abraza a su hija, le revisa la carita y le pregunta qué le pasó, ¿te sientes bien, hijita de mi vida? Y la levanta del piso, la lleva al sofá de la sala y, con un poco de mertiolate, cura la pequeña herida que tiene la niña en el mentón. La violencia engendra la ternura, esto es así hasta que la violencia se convierte en un acto cotidiano y entonces la rutina y el conformismo hacen su aparición. Mi mamá, quien es una mujer que nació en 1930, aún mantiene la ternura en su corazón, cuando escucha la noticia de un acto violento en alguna parte del mundo o de acá en Comitán, me dice: “pobre gente”. Aún tiene pizcas de ternura en el patio de su corazón. En cambio, conozco mucha gente que ya desplazó la ternura y ahora cobija el conformismo. La violencia está tan cerca de nuestros actos cotidianos que ya no nos causa asombro.