martes, 27 de enero de 2026

CARTA A MARIANA, CON DESAYUNITOS

Querida Mariana: la imagen es recurrente, la encuentro en varias partes de la ciudad, en varios momentos. ¿Ya viste con atención? Es una calle comiteca, es temprano, es un sábado, el movimiento es escaso. Acá se ve a una persona que cruza la calle y luego un grupo de personas sentadas ante la góndola de una camioneta, con la tapa abierta. La tapa sirve como mesa. Ellos desayunan, tal vez unos tamales o un pollito con tortillas calientes. Sin duda que los propietarios de la camioneta no son del pueblo, o llegaron para una diligencia personal o van de paso. Tal vez lo que desayunan es un itacate preparado en casa, llegó la hora del desayuno, se estacionaron y dispusieron la mesa. Tal vez, digo, pasaron a comprar unos tamales o un pollo rostizado y unas tortillas. La imagen es recurrente. La veo con frecuencia. Hay mucha gente en tránsito en todos los pueblos. No siempre hay paga para entrar a desayunar a una fonda o a un restaurante. No siempre hay tiempo. Acá se da el prodigio de la vida práctica. Sacar el itacate, bajar la tapa de la góndola, colocar una silla y un tambo boca abajo y prepararse a desayunar, en medio de la plática, de la convivencia. El otro día me tocó ver frente a la casa, donde hay una terminal de combis que van y vienen de San Cristóbal, a otro grupo de amigos o de familiares desayunar sobre la banqueta (desayuno banquetero). Se sentaron en el borde de la banqueta o se recargaron en la pared y comieron. Desde lejos los vi con platos y vasos desechables, con dos refrescos Jumbo y unos tamales. Sin duda que vos también has desayunado así. Uno busca una torta, un jugo y va al parque, se sienta en una banca y desayuna. He visto muchas películas y leído historias en libros donde se repite la escena, no importa que estés en París, Nueva York, la CDMX, Comitán o Tuxtla. A veces voy al mercado Primero de mayo, compro unos chinculguajes y un vaso de atol de granillo y me siento en una banca del parque, ahí desayuno. Nadie dice algo. No falta algún peatón que me ve, pero es algo natural. Sólo hay una mirada de costumbre, no de asombro, porque todo mundo ha hecho este ritual callejero, nómada. Me dio gusto ver la escena que te comparto. Pensé que todo iba bien, porque en muchas ocasiones veo la misma escena cerca de hospitales, estos grupos de personas también desayunan en la calle, porque adentro, en algún cuarto, tienen a un enfermo, están pendientes de su familiar y no les queda más que desayunar en la calle, los veo reír, platicar, mientras se preparan un taco con carnitas y salsa verde, pero algo en su corazón está apachurrado. Hace tiempo que no voy a la montaña donde, cumplido el recorrido, el grupo de amigos se sienta en piedras y saca el itacate con paquitos de frijol o de chorizo con huevo (o la gallina paseada). Con Fito íbamos de vez en vez a Tenam, hace años y en la cima él sacaba un pomo de cristal con huevos duros bañados en salsa verde, un prodigio gastronómico de Comitán. Eso fue hace años, cuando mis hijos estaban pequeños. Hoy la vida ya marcó otros senderos. Ahora, en ocasiones, desayuno en el parque central, en el parque de La Pila o en el parque de San Sebastián. Hay un aire misterioso y bonancible en este ritual. Siempre he dicho que no me gustan los espacios cerrados, por eso no me gusta ir a ese famoso restaurante donde preparan una riquísima lengua en pebre, porque me siento como en una celda; me encanta, al contrario, ir a restaurantes donde el aire y la mirada corren libres como papalotes, como el Mahi Mahi, como en el patio de Tío Javi, como en el 1813, como en el restaurante Bonampak. Sí, la riqueza de la gastronomía comiteca debe disfrutarse en un espacio al aire libre (claro, siempre y cuando no haga mucho viento o llueva). Posdata: mucha gente come a media calle, como esta familia. A veces, la vida exige adecuar espacios cuya vocación es otra. No siempre puede uno comer en casa (siempre lo prefiero) o en una fonda o restaurante. A veces es necesario sentarse en la banqueta para comer alguna torta. ¡Tzatz Comitán!