lunes, 19 de enero de 2026

POR LA TARDE DE LA MEMORIA

Mamá tiene Alzheimer. Vinieron mis hermanos y eso dijeron. No supe qué decir. En cuanto se fueron quise salir de casa, pero antes investigué en el celular. “Alzheimer: enfermedad neurodegenerativa progresiva, la forma más común de demencia, que destruye lentamente la memoria y las habilidades de pensamiento, afectando la capacidad de realizar tareas diarias”. Salí. En el parque, Armando me explicó: “tu mamá irá perdiendo la memoria, no se acordará de nada”, luego agregó: “pero si vos no tenés hermanos”. Estúpido, sólo faltaba que dijera que no tengo mamá. Lo dejé. Seguí en el parque, pero me senté en el otro extremo, donde él no me viera. Pensé: “se olvidará de todo. Ojalá se olvidara de esta enfermedad”. Si el Alzheimer es una enfermedad que provoca el olvido, ¿no es posible -sólo como milagro- que se olvidara que tiene esa enfermedad y todo volviera a la normalidad? Parece que no. Ayer, antes de visitar a mamá, Rosa, mi hermana, salió apurada, me hizo a un lado en la escalera y dijo: “no olvidés que tiene Alzheimer”. La vi correr para alcanzar el autobús, la vi con el bolso al hombro yendo de un lado a otro. Pensé que era una imagen dramática de lo que sucedía en la cabecita de mamá. El orden mental desaparecía poco a poco. Entré a la casa, hallé a mi mamá en la sala, hincada frente al sofá, como buscando algo. Me sentí mal al pensar: “está buscando su memoria”. Me acerqué, me hinqué también, le di un beso en la frente, ella me vio y dijo: “Hola, hijo, ¿qué tal?”. Bien, dije, todo bien, vos ¿qué tal? Bien, dijo, todo bien. Como todo estaba bien me atreví a preguntarle qué hacía en el piso. “Estoy buscando mi arete, por acá debe estar”, y mostró el lóbulo de su oreja al que le faltaba la argolla que sí tenía en la otra oreja. Entonces, como si fuéramos niños, o más bien dicho, como si yo fuera un niño y ella me acompañara nos pusimos a buscar el arete perdido. “Arete, aretito, ¿en dónde estás?”, preguntaba yo en voz alta y ella, sonriente, maravillada, preguntaba: ¿En dónde? Así estuvimos varios minutos, metiendo las manos debajo del sofá, empujándolo tantito, hasta que mi mamá sacó la mano y dijo: “¡Acá está!”, y mostró la argolla. No quisimos pararnos, así nos quedamos, ella recargada contra el sofá y yo con las piernas entrecruzadas, como si fuera un lama. Ella contó que esas argollas son de oro, que se las regaló su madrina de bautizo, la tía Ernestina, “la que vino una vez y te trajo un carrito de cuerda, ¿recuerdas?, que vivía en Tonalá, allá tenía una casa de huéspedes. Te sorprendiste una vez que fuimos a verla, porque dijiste que esa casa era como la jaula de pájaros que tenía Doña Emerenciana, en el barrio de La Pila, acá en Comitán. Ah, qué fiesta de murmullos, de gritos, de carcajadas, de carreras, de regaños y de caricias. Sí, su casa era como un árbol lleno de pájaros”. Así nos encontró Rosa, quien regresó porque había olvidado no sé qué, ella había olvidado, así lo dijo. Corrió hacia la escalera, pero se regresó del primer escalón, nos vio y preguntó: ¿qué hacen? Nos reímos, ella también. “Locos”, dijo y subió corriendo, escuchamos que abría la puerta de su recámara y, debió marcar en su celular, porque le avisó a alguien: “Sí, acá está. Ya voy”. Bajó en tropel y antes de abrir la puerta nos dijo adiós con la mano. Mamá dijo: “Cuidate, no hagás burradas” y rio, todos reímos. No supe en qué momento de la enfermedad estaba, pero yo la vi bien toda la mañana que estuve con ella. Entramos a la cocina y le ayudé a preparar su comida: caldo de pollo con mollejitas, una ensalada de betabel con pedacitos de nuez y un arroz con leche, con harta canela, como postre. A las cinco me despedí, nos abrazamos, ella me pidió que le pusiera el arete, le dije que se veía muy guapa, ella cerró tantito los ojos y dijo que yo era un adorable mentiroso. Había olvidado que así me decía cuando yo era niño, a todo mundo me presentaba como su adorable mentiroso. Salí de su casa, fui al parque. Ahí estaba Armando, leyendo. Me senté en el otro extremo de la banca. Él siguió con su libro, metiendo la mano en una bolsa de papel, aventando granos a las palomas que lo circundaban. ¿Cómo sigue tu mamá?, preguntó. Acabo de verla, está bien, como si nada tuviera. Debe ser, dijo, tal vez nada tiene, tal vez tus hermanos se equivocaron y nada tiene. Lo quedé viendo. ¿Mis hermanos? Armando siempre es bromista, él sabe que yo no tengo hermanos.