domingo, 10 de mayo de 2015

DÍA DE LA MADRE


(Textillo dedicado a las dos pichitas más importantes de mi vida.)

Rosy, mi sobrina de siete años, le dio un ramo de doce rosas a su mamá. En cuanto mi prima Elena tuvo el ramo en su regazo, Rosy se paró de puntillas y, con el dedo pulgar y el índice, le quitó una de las rosas. “¿Me la regalas?”. La abuela Elvira dijo que el que da y quita con el diablo se desquita, pero mi prima no hizo mayor caso y le dijo que sí, por supuesto que sí, hijita. El tío Joaquín preguntó a quién entregaría esa rosa y Rosy dijo que a la abuela. Fue hasta el sillón donde estaba sentada la abuela Elvira, tomando un vaso de limonada, la abrazó, le dio la rosa y dijo: “Por ser mamá de mi mamá”. Todos los que estábamos en la sala aplaudimos y sonreímos. Rosy fue saltando hacia donde estaba mi prima, volvió a hacer lo mismo y preguntó: “¿Puedo tomar otra?”. El tío Joaquín, tosió, fue hasta el balcón y miró la calle. Todos vimos que hacía esfuerzos por no soltar la carcajada. “Sí, hijita, las que quieras”, dijo Elena y le entregó una rosa más. Rosy salió de la sala, se fue brincando, cantando una canción de Maroon 5: “Sugar, yes please”. Mi prima tomó un florero de la mesa de centro, sacó las flores secas que ahí estaban, pidió un poco de agua fresca y colocó las diez rosas restantes. Rosy regresó: “Sugar, yes please”, brincoteando, como pajarito bañándose en arena del camino. “¡Ya!”, dijo. Todos deseábamos preguntar. Mi prima se acercó y preguntó a quién le había entregado la flor: “A Tina, va a ser mamá”. Todos nos quedamos viendo. ¿Tina? Pero si Tina, la sirvienta, tiene apenas catorce años. “No, no puede ser”, dijo la abuela Elvira, pero Elena dijo que sí, que era cierto, Tina tiene tres meses de embarazo. “Pero, ¿cómo?, ¿quién?”, preguntó la abuela. El tío Joaquín tosió, tosió varias veces, en movimiento automático corrió la cortina. “¿Por qué cierras las cortinas?”, preguntó la abuela. El tío salió de la sala. Oímos cómo seguía tosiendo, mucho, ya en el patio. Todos nos quedamos viendo. Rosy regresó la armonía, preguntó: “¿Puedo tomar otras, mami?”. “Sí, hijita, claro, todas son tuyas”. Rosy volvió a brincotear, feliz: “Todo lo tuyo es mío, ¿verdad, mamita?”. “Claro, hijita”. Elena se sentó al lado de su mamá, la abrazó, ambas sonrieron. La abuela, en voz baja, insistió: “¿Es cierto lo de Tina?”. Mi prima asintió, le acarició las manos y le dijo que no se preocupara, ya Dios se encargaría de todo. Rosy tomó el haz de rosas, dijo que estaban mojadas, seco los tallos con un trapo y, como lo había estado haciendo toda la mañana, salió brincoteando. Oímos que abría la puerta de calle. La abuela le dijo a Elena que fuera a ver: “Ahora, ya no es como antes”, dijo y apuró a que fuera a ver a la niña. Yo caminé hasta el balcón, corrí las ventanas y desde ahí vi que mi sobrina detenía a doña Rosa, la vecina, que regresaba del súper, cargando dos bolsas llenas de jitomates, cebollas, cebollines, plátanos y una papaya roja. Doña Rosa dejó las bolsas sobre la banqueta y besó a mi sobrina. Luego le tocó a la mujer que, en la esquina, tenía puesto el anafre para asar los elotes. La mujer, con un soplador, echaba aire a las brasas para que sus cachetes se llenaran de achiote ardiente. Se sorprendió cuando la niña le extendió una rosa. No lo escuché, pero vi que mi sobrina abrió los labios y dijo: “Para usted, por ser día de la madre”. La mujer, dejó el soplador sobre la banqueta, al lado del costal lleno de elotes tiernos, y recibió la flor. No lo escuché, pero vi que abrió sus labios y dijo: “Gracias, niña, nunca alguien…”. Ya para esa hora, mi prima había tomado de la mano a su hijita y, juntas, brincoteaban sobre la banqueta y buscaban más mujeres para ofrecerles una rosa por el Día de la Madre. No lo escuché, pero vi cómo abrían sus bocas y, al dar pequeños saltitos, cantaban la de Maroon 5: “Sugar, yes, please”. Abandoné el balcón. Fui hasta la mesa de centro donde habían quedado las flores secas que antes estaban en el florero. Dudé. ¿Las volvía a colocar o las llevaba al basurero? Supe que mi sobrina es una niña sabia. Si las rosas hubieran quedado en el florero, mañana lunes ya estarían comenzando a marchitarse. En cambio, habían echado renuevos en las manos de Tina (que en noviembre tendrá su pichita, porque será niña), en las manos de doña Rosa, en el corazón viejo de la abuela y en los patios de las demás mujeres. La flor que no se siembra en el corazón se marchita en el agua de un florero. Los corazones deben brincotear siempre como gotas de lluvia sobre el patio y cantar una de Natalia Lafourcade o una de Maroon 5: “Sugar, yes, please…”

sábado, 9 de mayo de 2015

REGRESO AL RATO



¿Qué sucede con los que no están en casa? ¿Qué pasa con quienes están lejos, muy lejos de casa? Pienso en esas palomas que extraviaron el vuelo de su cielo. En esos hombres que, como Nacho Loco, van de un pueblo a otro sin reconocer el aroma de su querencia.
Rodolfo tenía la costumbre de decir “Qué lejos están de casa” cuando veía en Comitán un auto con placas de Baja California Norte o de Chihuahua.
Pienso en los choferes de tráileres que viajan por las noches, llevando mercancía de Veracruz al Distrito Federal. ¡Están lejos de casa! Mientras ellos trabajan, sus hijos se reúnen en la mesa, cenan y terminan de hacer la tarea que deberán entregar al otro día en la escuela. Me pregunto: ¿qué sentido tiene una vida así? Aunque sea una ausencia temporal, de dos o tres días, quienes están lejos de casa no cumplen con su destino de vida.
A veces no solo es una ausencia física, a veces es una ausencia dentro de la presencia. El tío Eugenio, quien ya está a punto de cumplir los noventa, es como un bulto en casa. Una tarde comenzó a perder la memoria. Rosario bromeó: “Ay, a mi abuelito ya le dio el alemán”. Y el alemán, como un buldócer, avanzó tronchando todos los recuerdos hasta dejar su mente como un territorio desguarnecido. Ahora, los de casa lo ignoran. Sólo a la hora de las comidas es que riegan su planta. De ahí en fuera, el tío está “lejos de casa”. ¿En dónde anda? ¿Quién puede decirlo?
A veces, a las cuatro de la madrugada, a la hora que escribo, oigo el ruido de los camiones que frenan con motor al bajar por el bulevar. ¿Quién sabe desde dónde vienen? ¿Quién sabe hacia dónde van? La única certeza es que están lejos de casa. A las diez de la noche hicieron una pausa, se estacionaron en el terreno descampado junto al restaurante con amplios ventanales y luces de neón, que atiende las veinticuatro horas. Ese restaurante está abierto todo el tiempo, todos los días del año, porque sabe que debe atender a decenas de automovilistas, pasajeros y choferes que están lejos de casa.
A veces pienso en quienes están lejos de casa y algo como una niebla pasa por mi corazón. No sé. Pienso en que los traileros, por ejemplo, van pepenando globos llenos de Alzheimer en cada kilómetro recorrido. Van olvidando lo que dejaron. Así sucede con los marineros. Mi abuela Esperanza repetía lo que muchos dicen: “Los marineros tienen un amor en cada puerto”. Ahora entiendo por qué es así: los marineros olvidan lo que dejan en casa. Es tan larga la ausencia que, de pronto, se reconocen en otros espejos.
¿Qué sucede con los que no están en casa? Sí sabemos qué pasa con los que se quedan. Extrañan mucho las ausencias. Cuando alguien de casa muere todos los que quedan ven la silla donde acostumbraba sentarse el difunto y sienten un ahogo como si el humo de un fogón interrumpiera el simple acto de respirar. Duelen las ausencias, duelen como si fuesen hoyos negros chupando toda la luz al derredor.
A veces, cuando voy a casa de tío Eugenio, lo veo como si fuese un barco en altamar. Su mirada está perdida en busca de un horizonte al que ya nunca llegará. ¿Qué piensa? Un amigo médico quiso explicarme el otro día el proceso de degradación de esa enfermedad. Nada entendí. No quise entender. Sé que quienes tienen Alzheimer son como esas palomas que extraviaron su vuelo, esas palomas a las que (como cuenta del Paso, en su novela “Palinuro de México”) les extirparon el cerebro y siguen volando eternamente y mueren de agotamiento. Así veo al tío, es un pajarito que aletea y aletea quién sabe por qué cielos, quién sabe para qué.
Igual que el tío, algo similar, en menor cantidad, sucede en las mentes y corazones de quienes están lejos de casa.
Por eso, yo procuro no viajar, no ir al Oxxo a comprar un refresco, no salir a la esquina a botar la basura. Me gusta estar en mi casa. Me da tanto miedo extraviarme y terminar como Nacho Loco yendo de un pueblo a otro sin reconocer mi horizonte. Me da tanto miedo el olvido, el olvido de los objetos que en casa me dan identidad y me recuerdan que soy de ese espacio.

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO CONTAMOS LO QUE A VECES NO CONTAMOS




Querida Mariana: un saludo frecuente en Comitán es “¿Qué contás?”. Esto nos viene de herencia. Desde los tiempos en que los abuelos se sentaban a la sombra de un árbol y contaban historias. La respuesta invariable es: “Nada. Lo que vos contés”. Nunca falta el mamila que, ante la pregunta ¿qué contás?, responde: “Uno, dos, tres…”
Los historiados dicen que contar fue uno de los primeros actos culturales que el hombre realizó. En cuanto adquirió la capacidad de habla ¡el hombre contó! Desde entonces, millones de historias se han contado.
Ahora releo “Palinuro de México”, una novela de Fernando del Paso. Entre otros senderos, este libro cuenta la historia de Palinuro y Estefanía. El pasado abril, Fernando del Paso cumplió ochenta años de vida. Todo México celebra el cumpleaños de este gran escritor. Yo lo celebro con la relectura de este maravilloso libro.
No sé si el maestro Beto Gómez, mi maestro del tercer grado de primaria, en la Matías de Córdova, fue un buen lector. Tal vez sí, porque recuerdo con emoción el instante en que sacaba un pequeño libro de la gaveta de su escritorio y nos leía fragmentos de la historia de Chiapas. Nunca he sido un fanático de la historia, pero me gustaba cómo el maestro Beto nos leía un libro que se llama “Los cuentos del abuelo”, de Ángel M. Corzo. Dicho libro narra la historia de Chiapas. Los hechos históricos están presentados de manera anecdótica. Tal vez estoy equivocado, pero recuerdo que el libro tenía una portada de color verde, era una portada sencilla, como sencillo su contenido. Alejado de la suntuosidad del académico, don Ángel escribió el libro con la pretensión de que fuesen pequeñas historias contadas bajo la sombra de un árbol. Tal vez por ello, en mi recuerdo veo al maestro Beto como un abuelo contando historias al grupo de muchachitos latosos de la Matías.
No todo mundo tiene la capacidad de contar historias, así como no todo mundo es un buen lector. Hay gente que tiene esa gracia. Apenas el pasado miércoles anduvo por el Auditorio Belisario Domínguez, el cuenta cuentos Mario Iván Martínez. Los niños y adultos que estuvieron presentes disfrutaron la capacidad histriónica de este actor. En nuestro pueblo también tenemos un gran cuenta cuentos, ya varios periodistas lo han señalado: el maestro Florio es un destacadísimo cuenta cuentos, porque posee el don de un registro impresionante de voces, llega incluso a imitar la voz de Pedro Infante. He sido testigo de la capacidad de Florio. Los niños están pendientes de todo lo que dice, de todo lo que hace. Florio es un árbol joven, pero ya apunta a ser una ceiba. Si él se decidiese a montar un espectáculo infantil a la manera de Mario Iván podría cautivar a audiencias de todo el mundo.
¡Contar, contar! ¡Ah, qué prodigio! Hay personas que, en las tardes, después de la chamba, sacan sus sillas a la mitad del patio de la casa, se sirven un café y disfrutan contar y escuchar historias. Mi oficio de escritor es un oficio de contador de historias, pero igual que Borges, disfruto más cuando escucho una historia bien contada a través de un libro. Por eso, ahora releo “Palinuro de México”, porque es una sorprendente historia. El otro día me enteré de algo que es como una paradoja brutal: Palinuro de ¡México! se editó por primera vez en ¡España! Los editores mexicanos creyeron que era una novela muy compleja y no vieron lo que sí era: ¡una gran historia! Los grandes escritores de todo el mundo han sido, de niños, ¡grandes escuchas de historias! García Márquez cuenta cómo su abuela le contaba historias. De grande, lo único que hizo Gabo fue pasar al papel esas historias deslumbrantes. Somos lo que nos cuentan los abuelos. Por ello, en Chiapas fue determinante oír las historias sacadas del libro “Los cuentos del abuelo”.
Disfruto cuando alguien me cuenta una historia. Disfruto cuando, alguna tarde de lluvia, mi mamá, mientras teje, me cuenta la historia de su vida en su natal Huixtla. Me cuenta de la Nana mía, de cómo ella jalaba una silla hasta llevarla bajo la sombra de un platanar, abría un libro y leía hasta que la luz de la tarde ya era un simple mushkac; me cuenta de una vez que se quedó a dormir en el cuarto de una tía y cómo ésta, a medianoche, se incorporó sobre su cama, se sentó, alzó el brazo derecho y, como si guiara un avión en un hangar, decía: “Adelante, caballero, adelante”. Mi mamá, joven, se espantó mucho, se puso las pantuflas y corrió hacia el cuarto de su mamá. Mi mamá me cuenta de cómo iba a la estación de trenes y jugaba en las vías.
Disfruto cuando estoy con los amigos y oigo las historias que cuentan. Algunas son recuerdos que tienen que ver con nuestras aventuras comunes; otras son historias que a ellos les han ocurrido. Me cuentan viajes a otros países y, mientras pedimos otra ronda de cervezas u otro plato de chicharrón de hebra, viajo con ellos.
Vos sabés que las historias que más disfruto son las que están en los libros. Los más grandes escritores del mundo las han escrito para que yo las conserve por siempre. Javier se queja porque no estoy más tiempo con él. Es difícil coincidir. Él, todas las mañanas va al Café Sanfer’s y cuenta y oye historias. Es un grupo de amigos que chismea bien sabroso. Por supuesto que yo no puedo hacer lo mismo que él hace. A la hora que Javier platica con amigos yo debo trabajar. A Javier lo veo poco. Él se queja y reclama. Por ello, porque es difícil dedicar tiempo especial a los amigos a la hora que debo laborar, amo los libros. Los libros están disponibles a cualquier hora y poseen el don de la tolerancia y de la discreción.
Todo mundo tiene cosas qué hacer. Yo mismo tengo muchas cosas qué hacer. Los libros parecieran pertenecer a otra dimensión: la dimensión de los siempre disponibles. Los escritores se fregaron años y años para escribirlos, pero cuando los libros ya están impresos ¡no hay instante del día en que no estén disponibles! Es una pena que Javier no ame los libros. No tendría mayor problema en conversar siempre con ellos.
Desde la primera vez que tuve contacto con un libro supe que ahí estaba mi vocación: oír historias, historias apasionantes, historias inteligentes, historias de todo el mundo. El libro es como un telescopio que permite ver otros planetas, que nos acerca el universo. Vos lo sabés, no he viajado más allá de Chacaljocom. Pero, gracias a los libros, he caminado muchas calles de Barcelona, de París (¡ah, París!) y de Florencia. He estado en ciudades de Sudáfrica, he entrado a casas de madera donde los ventiladores cuelgan del techo y las moscas andan por todas partes. He estado en calles de Buenos Aires y me he sentado al lado de muchachas bonitas que, con abanicos y polleras amplias, beben mate. He estado al lado de ellas, he aspirado el aroma de sus cuerpos sudorosos; he visto cómo abren sus piernas para que un poco de aire suavice el calor de más de treinta y ocho grados. Las he visto limpiar sus cuellos con paños de seda. He conocido las historias de todos ellos. Palinuro ahora cuenta cómo él y el Molkas caminan las calles del México de los años sesenta del siglo pasado; cuenta, también, cómo su prima Estefanía es juguetona y permite que él se hunda en el mar de su cuerpo, como si el agua más dulce fuera la que mana del árbol más cercano.
Me cuesta trabajo adentrarme en las historias de estos tiempos, las que suceden a mi alrededor y en mi entorno. Pareciera que mi mente insiste en que las imágenes tengan un color ocre o color sepia para que me digan algo. A veces camino el Comitán actual, el de las prisas, el de los bloqueos, el de las marchas, el de las pintas, el de los celulares y de los autos con computadora y me resulta imperante entrar a casas donde el tiempo se ha detenido. Adoro esas casas que han convertido en restaurantes y cafés. En medio de mesas, sillas, sombrillas y meseros, los patios centrales me dan un abrazo que huele al pueblo de mi infancia. Ahí están los corredores con ladrillos, con helechos, con pilares de madera; ahí están los cielos siempre luminosos. Ahí, ¡ah, qué bendición!, están las historias de las tías y de mi abuela materna.

Posdata: Cuando alguien, en el parque central, me da la mano y me pregunta: “¿Qué contás?”, siempre estoy a punto de decirle que nos sentemos debajo de una sombra. Me gustaría tanto compartir las historias que leo, me gustaría tanto motivarlos a que también ellos abran el libro de Palinuro y beban esas historias fascinantes, la del general con ojo de vidrio, que una noche, llega medio bolo a su cuarto, se quita el ojo y lo pone en un vaso con agua. Me gustaría que supiera cómo al día siguiente, con una enorme cruda, el general se sienta al borde de la cama y toma el agua que está en el vaso sobre el buró. Tarde se da cuenta que, como huevo crudo, se tragó su propio ojo. Pero nada digo, porque tengo muchas cosas por hacer y no puedo, perdón, perder mi tiempo.

miércoles, 6 de mayo de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE UN ANIMAL HACE UNA PREGUNTA




Los elementos de la fotografía son sencillos: un animal, un cielo, pasto, tierra, árboles y piedras. El animal no mira la cámara, mira las piedras. Este acto es el que lo impele a preguntar ¿cómo el hombre construye este murete de piedras?
Todo lo demás está provisto por la naturaleza. El cielo está pasivo, lo mismo sucede con el pasto, la tierra y los árboles. Lo único que se mueve, que pareciera tener vida es el animal. Un estupendo cuento de mi infancia tenía como personaje a un pollito que corría de un lado a otro gritando que el cielo se caía, porque la hoja de un árbol había caído sobre su colita. Las hojas caen, los cielos no. A pesar de que mi tía Eugenia, cada que llueve, alarmada, como si fuese el pollito del cuento, va de un lado a otro de la casa gritando que el cielo se cae.
Nada se cae. Ni siquiera el murete de piedra. Es preciso que haya un movimiento telúrico o que un auto choque contra el muro o que muchachos maldosos lo pateen para que el murete se venga abajo. ¿Cómo -¡Dios mío!- se logra este equilibrio? En la primaria había un juego de canicas que se llamaba timbirimba. El juego consistía en armar algo como una pirámide con cinco canicas. La pericia de un niño lograba reunir cuatro canicas y coronar ese túmulo con una quinta. Era un juego sencillo. Desde una raya pintada en el piso otro niño levantaba el brazo, cerraba un ojo y apuntaba. Si lograba atinarle al montón y éste se fragmentaba en sus cinco piezas originales se embolsaba las cinco. De lo contrario, el dueño de la timbirimba (del changarro) se embolsaba la tiradora. Yo no jugaba, me concretaba a ver lo que sucedía. Me fascinaban esas construcciones fugaces, que se deshacían con la misma facilidad con que se armaban. Todo era como una lección de vida, todo era tan inconsistente.
Pero basta ir a la periferia de Comitán, ir a una comunidad rural, para encontrar estas timbirimbas hechas con piedras, que sirven para delimitar terrenos. ¿Cuál es el prodigio que emplea el constructor para que estas piedras encuentren un acomodo natural? ¿Cómo es posible que las piedras, sin argamasa alguna, puedan sostenerse en el aire y formar columnas? Uno camina al lado de estos muretes y se sorprende ante su verticalidad. Las piedras sólo están encaramadas. Es como si un niño hubiese jugado a hacer torres. No hay un solo gramo de pegamento. Todo está como dejado al azar, como si una mano más poderosa hubiese soltado las piedras de igual forma que una tarde, hace millones y millones de años soltó los planetas y las galaxias.
Los muretes de piedra son las construcciones más prodigiosas. Cuando alguien construye un arco (otro prodigio de la arquitectura) debe colocar, al centro, una dovela que se llama Clave. Acá, en los muretes, todas las piedras parecieran ser la clave, contener la clave, ¡el secreto!
Por ello, el animal ve las piedras y se pregunta en dónde está el misterio. El animal respeta su entorno, procura no recargarse sobre el murete, sabe que su cuerpo puede hacer que las piedras pierdan su encanto de aves y caigan al suelo.
Nada de lo que acá está pierde su esencia. El cielo permanece inmarcesible, eterno. Asimismo los árboles viejos, el piso que no se cansa de estar tirado sobre su propio cuerpo. De igual manera la cuerda que ata el animal al árbol no pierde su tamaño, su elongación siempre es la misma. Todo permanece inalterado. El viento corre por encima de ellos y no logra alterar sus perfiles. Todo está detenido, como si alguien jugara Encantados. Un encantamiento es lo que logra el constructor de estos muros que son exactos en su altura. Estos muretes de piedra delimitan los terrenos, pero no delimitan la vista. La mirada puede extenderse como una sábana limpia sobre una cama. Tienen la altura precisa, no pueden ir más allá porque no quieren ser cielo, una piedra más y caerían al suelo. Son una lección permanente de cómo andar en la vida sin perder el piso, sin llegar a las alturas que, se sabe, son propiedad de espíritus de material más noble y liviano que contradicen con la dureza de la piedra.

lunes, 4 de mayo de 2015

UNA, DOS, TRES, POR LOS PATIOS DE COMITÁN




¿Qué es mejor: encaramar los recuerdos o colocarlos en fila, como si fuesen soldaditos de plomo? Si uno encarama los recuerdos se puede formar torres. Por el contrario, si se colocan en fila se quedan al ras del piso. Los recuerdos como torres tocan las nubes y se colocan por encima de los árboles, se hablan de tú con los pájaros y, de vez en vez, sienten la fuerza del rayo y del trueno.
He vivido en tres diferentes casas en Comitán. Tres calles de Comitán me han visto salir y entrar por la puerta. Siempre al ras del suelo, pero, también siempre, con la vista en el cielo.
La primera calle fue la Central Poniente Benito Juárez (la casa que rentaba mi papá estaba a media cuadra del parque central, éste fue mi patio de recreo, en la infancia y luego en la prepa, porque la Escuela Preparatoria también estaba a media cuadra del parque); la segunda casa estuvo en la Tercera Calle Norte Poniente (a media cuadra de la escuela primaria Fray Matías de Córdova, escuela donde estudié, así que para llegar a la escuela salía cinco minutos antes de la hora y caminaba); y la tercera casa está en la Quinta Avenida Poniente Sur (avenida que lleva el nombre de Dolores Albores Albores, cronista eterna de Comitán).
Mi casa actual es la más pequeña en dimensiones. La primera casa que habité tenía cuatro corredores, un patio central, muchos, muchísimos cuartos y un sitio donde jugaba a los vaqueros y a los soldaditos de plomo; la segunda casa (la que construyó mi papá) era más grande que la primera: tenía tres corredores, una bodega enorme (donde se apilaban las cajas de refresco, que era el negocio de mi papá), menos cuartos, pero un sitio que era un deleite, porque no era el sitio descuidado, sino un sitio que era como un jardín francés, con arriates bien cuidados y los senderos pavimentados. Ahí, mi papá sembraba claveles (tal vez una de sus flores favoritas), pero también había un árbol de aguacate (de cuyas ramas colgaban ollas porque era escaso y no daba frutos); árboles de níspero, de guayaba, un tapesco con chayotes y flores, muchas flores.
Mi casa actual es pequeña. No tiene “sitio”. No hay árboles. Mi mamá improvisa un jardín breve en la cochera. Ahí florecen las orquídeas. No obstante, es una casa que también irradia luz. Aunque sea como por una pequeña claraboya, la luz del sol se filtra y alegra las mañanas. En las otras casas, las que habité de niño, de adolescente y los primeros años de adulto, el sol era como una pantera trepando a todos los árboles. Ah, qué generosos esos patios llenos de refulgencia. Cuando el aburrimiento asomaba en mi cuarto, me bastaba caminar por el corredor lleno de colas de quetzal y llegar al sitio para hallar un mundo. Muchos amigos me cuentan que ahí jugaban luchas, improvisaban circos, se colgaban de bejucos y jugaban escondidas con las primas con caritas de mojigatas.
Los recuerdos, como si fuesen cubos, pueden encaramarse hasta formar una torre alta o colocarse en fila india. Los recuerdos, a final de cuentas, también son materia de juego. Yo recuerdo con afecto las casas que habité porque ellas siguen habitándome. Soy esas casas. Esas casas con patios llenos de luminosidad.
Las dos primeras casas siempre estuvieron llenas de gente. En la primera llegaba medio Comitán a la Corresponsalía del Banco Nacional de México. En los años sesenta no había sucursales bancarias en el pueblo. Mi papá atendió al Corresponsalía. Mucha gente entraba y salía a la casa. Cambiaban cheques, hacían depósitos y transferencias. Yo veía cómo mi casa era como un mercado, como una plaza. Montado en un carro de pedales que el Viejito de la nochebuena me había dejado miraba a las personas, con maletines, vestidos de traje, saludando al entrar y despidiéndose al dejar el zaguán. En la segunda casa, siempre entró gente a comprar refrescos o a comprar triplay (otra de las actividades que mi papá realizó). Desde las siete de la mañana había el rumor de los motores de los camiones repartidores.
Ahora, la casa es sosegada. Nada vendo, por lo tanto, la gente nada compra. Ahora (ahora mismo) estoy “solo” en casa. Mi mamá y Paty han ido a un desayuno. Yo escribo. Y entrecomillo la palabra solo, porque ahora (ahora mismo) la Pigosa está a mis pies. No me abandona. Sabe que soy un niño desvalido y solo que necesita su compañía. Somos tan frágiles los seres humanos. En la jaula, el guazú anda de un lado para otro en su columpio y de vez en vez dice: “pichito, pichito, pichito”, como si fuese un trenecito subiendo por la subida de La Pila. El Misha no sé dónde está. Los gatos son también escasos. Debe estar en el cuarto de los trebejos. Ahí hay un ropero viejo que le sirve de resguardo. Se echa sobre una colcha y duerme. Sólo sale cuando escucha el rebumbio que se hace a la hora que mi mamá y mi Paty regresan. Entonces unta su cuerpo peludo en las piernas de Paty para pedirle sus croquetas.
Nunca estoy solo. Mis recuerdos (como si fuesen la Pigosa y el Misha) me acompañan. A cualquier hora se refriegan en mis piernas y en mi corazón. A veces los pongo en fila india, a veces (como ahora) los encaramo hasta formar una torre. Me gusta que nunca caen. Son como la Torre de Pisa, se hacen para un lado, como si el aire los inclinara, pero no se caen. Los recuerdos nunca caen. Nunca llegan al piso.
Hace rato salí al patio, que es cochera, y hallé un tzisim. Fue el primero de la temporada. Por eso cuando digo que estoy solo lo entrecomillo. Siempre hay presencias que me acompañan.

domingo, 3 de mayo de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE ESTÁ EL GUGGENHEIM DE COMITÁN




Marcos es presuntuoso. Al regreso de su viaje a Estados Unidos me presumió su visita al Museo Guggenheim, de Nueva York. No lo hizo con humildad, lo hizo con soberbia, como si él estuviese parado sobre el Everest y yo estuviera fundido en un pozo húmedo. Quería que yo lo viera desde abajo, desde mi condición de comiteco que no ha pasado de Chacaljocom. Lo escuché.
¿Cómo decirle a Marcos que yo, sin salir de casa, estuve dos días antes en el Museo más hermoso del mundo? No lo hice. Lo escuché, comí cacahuates mientras él presumió los Picasso que vio. Otro mundo, me dijo, nada comparable con el arte de nuestro Comitán, tan mediocre, terminó. Yo abría los cacahuates, metía la cáscara en una bolsa de plástico y decía sí a todo lo que Marcos me contaba y comía los cacahuates. Los cacahuates de esta región son riquísimos. Claro, diría Marcos, en Nueva York él había comido otro manjar, un manjar de otro mundo.
Lo escuché. ¿Cómo decirle que yo había estado frente a obras únicas?
Ahora, que Marcos está en Europa; ahora que sé que un día de éstos, a su regreso, llegará a la Universidad donde trabajo y me presumirá lo que vio en el Guggenheim, de Barcelona, lo escucharé, como siempre, con atención y no le diré que yo, poquita cosa, estuve en el museo más hermoso del mundo. No lo haré, porque él es tan alabastro, tan mármol, que no tendrá la capacidad para acercarse a lo altísimo del arte.
El Guggenheim, de Comitán, está a pocos minutos del centro. Desde la sala principal del museo, al aire libre, se ve cómo el pueblo, a lo lejos, se desparrama en un alud de casas llenas de color. Este museo está al lado de un camino de terracería, un camino poca cosa (diría Marcos). Para llegar a él es preciso subir al auto o a la motocicleta o, de preferencia, a la bicicleta, en el centro de la ciudad. A pocos kilómetros, después de una curva peraltada, al lado de unos árboles llenos de flores luminosas, el muro principal del museo aparece. Es tan simple, tan poca cosa (diría él). Es como cualquier pared, construida con tabiques y con malla de gallinero, en su primer tramo; y con tabique en el tramo final. Esto le da una profusión de texturas maravillosas. En el primer tramo, el aire pasa de un lado a otro, así como la mirada juega con la profundidad; en el siguiente tramo, el muro impide que el aire y la vista vayan a otra parte, “obliga” al espectador a concentrarse en las formas que se recortan en el cielo. Nunca nadie sabrá quién es el artista que colocó, en cada “castillo”, las piedras que cuentan mil y una historias. Este Piccaso comiteco ha caminado todos los caminos y en cada uno de éstos ha pepenado las piedras que, como nubes, como manchas en las paredes, aluden a formas geométricas o sombras de animales, sombras hijas de la luz. Cada piedra tiene una forma especial y cada forma especial impulsa la imaginación del espectador. Y es el mejor museo del mundo porque, a diferencia de los demás (controlados con la luz artificial), éste juega con la luz del día, de la tarde y de la noche. He acudido muchas veces. En cada ocasión la luz me ha dado una lectura diferente. Una tarde, mientras estaba frente a la obra número doce (la colección contiene treinta y un piezas) cayó una ligera llovizna. Esos pétalos de agua le dieron una tonalidad diferente y hallé una forma inédita. Mi sobrina María ha disfrutado junto conmigo sus visitas al museo. A veces ella encuentra formas que yo no alcanzo a percibir; a veces, cuando las nubes están rosadas por la caída del sol, María encuentra diálogos increíbles entre las piezas del museo y las nubes que se extienden en el cielo que acaricia a nuestro Comitán.
Voy constantemente. Subo a mi auto, dejo el asfalto del centro de Comitán y circulo por donde los pájaros vuelan como si nadaran en un infinito mar de aire. Esos mismos pájaros también se solazan en las obras del museo. Por ello (Marcos no lo entendería) digo que es el mejor museo del mundo. Es un espacio pleno de libertad. En los museos de grandes ciudades los letreros de “No tocar” son como moscas o como cucarachas. Acá, en el Guggenheim, de Comitán, los espectadores pasan por el camino de polvo y miran cómo los pájaros se detienen sobre una de las obras, la picotean y, tal vez, le echan una cagadita. Nadie se enoja. Se sabe que la lluvia limpia todo, incluso el espíritu.
Nunca a Marcos le diré lo del museo de Comitán. No lo entendería. A veces creo que el vuelo de América a Europa lo llenará de polvo como lo hizo el viaje a Nueva York. Es un polvo tan denso, tan soberbio.

sábado, 2 de mayo de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO EL MEJOR DESPERTADOR ES UNA MANO



Querida Mariana: a veces pienso intrascendencias. Bueno, casi siempre. El otro día, como a las doce del día, entré al mercado primero de mayo y miré, en el zaguán de entrada, un puesto donde venden mil cosas: resorteras, calcetines, baterías doble A, pañuelos, y relojes despertadores. De esos chinos, color verde fluorescente, que son del tamaño de un ratoncito de casa (porque los ratones del mercado son tan grandes como tacuatzes de rancho, bien galanotes). Pensé, entonces, ¿cuándo fue la primera vez que el hombre usó un reloj despertador? Pensé en un Comitán lejano, en que no había relojes despertadores. Nuestros mayores se levantaban con auxilio de su reloj biológico o con la ayuda del canto de un gallo.
Ya te conté que durante el tiempo que viví en Puebla no escuché el quiririquí de un gallo. Acá, en la casa, sí oigo los cantos del gallo. Hay un despistado (le llamo el gallo jodón) que comienza a cantar con voz de tísico a las cuatro de la madrugada. A la hora que me levanto ya está el jodón dándole cuerda a su campanario. Otro, el más digno, canta a las cinco y media, una hora decente para levantarse. Imagino a éste trepado sobre un promontorio de cajas de madera, de esas que usan para entregar tomates, bien erguido, papaloteando sus alas, enderezando su pescuezo y lanzando sus notas al viento como si fuese un Pavarotti. Los gallos, benditos gallos, son los mejores despertadores del mundo.
No sé si la historia de un hombre pudiera sintetizarse a través de esas señales que nos indican que ya es hora de dejar la cama y ponerse en activo. ¿Mi primer despertador? Ah, el más hermoso del mundo: ¡mi mamá! La recuerdo entrando a mi cuarto, caminando casi en puntillas, y, amorosamente, poner su mano sobre mi cuerpo (por lo regular uno de mis hombros) y remecerme como si meciera una cuna. “Ya, ya, hijito, ya es hora de levantarse”. Recuerdo que yo me hacía para el otro lado, remolón. Apenas balbuceaba: “Otro ratito” y volvía a dormirme. Mi mamá, quien representaba el papel de despertador tolerante, salía de nuevo, porque había tenido la precaución de entrar diez minutos antes de la hora que debía levantarme. Luego, era como una segunda llamada escénica y desde la puerta, con una voz de cenzontle joven, a media voz, recordaba: “Ya, Alejandro, ya es hora de levantarse”. ¿Mirás, cómo el hijito de la primera vez se convertía en un Alejandro a secas? Yo nada decía, sólo volvía a dar una vuelta sobre la cama y regresaba a los brazos de Morfeo. ¡Ah, son tan sabrosos esos minutos robados al sueño! Mi papá decía que el diablo ponía un brasero debajo de las camas, para que los flojos siguiéramos durmiendo y completaba la sentencia diciendo que las horas perdidas los santos las lloraban. Pero, flojear es el deporte favorito de medio mundo. No por algo se dice que la pereza es la madre de todos los vicios. ¿Cuáles son los vicios que adopta el güevoncito que se queda botado en la cama? Ah, son varios. Lo dejo a tu imaginación. En fin, cinco minutos después de la segunda llamada, mi mamá entraba al cuarto, ya con paso de coronel de ejército en tiempo de batalla, y, como si se convirtiera en un cabo y tocara el clarín, desde la puerta anunciaba: “Ya, ya a levantarse”, luego caminaba hasta mi cama y ponía su mano sobre mis muslos y los comenzaba a mover como si amasara la masa del pan, cada vez con un movimiento más intenso. Yo decía: “Sí, ya, ya”, pero no abría los ojos. El movimiento se intensificaba. Yo comenzaba a enojarme, rezongaba. “Ya, ya voy”, y seguía con los ojos cerrados. Entonces, mi mamá hacía el movimiento estratégico y ganaba la batalla, de un solo tirón me quitaba las chamarras, yo, de manera instintiva, como si fuese combatiente en Waterloo, al sentir el frío de la mañana, me encogía y me ponía en posición fetal. El frío entraba en cada uno de mis poros y yo sentía cómo miles de hormigas se metían y colocaban pequeños gránulos de granizo. Abría mis ojos para buscar mis colchas, pero éstas ya las tenía abrazadas mi mamá. ¡Ahí perdía! Ya había abierto los ojos, ya entraba de lleno al día. Mi mamá, como general, no se movía de su lugar y volvía a decirme que ya debía levantarme. Entonces, con gran trabajo, me sentaba en la orilla de la cama, buscaba las pantuflas y, con ayuda de mi mamá, como si fuese un inválido, me levantaba. Y ahí terminaba el oficio de despertador que ejercía mi mamá y se cambiaba de camiseta porque debía servirme el desayuno mientras yo me vestía. (En esos días mi mamá me bañaba en las noches.)
¿Cuándo tuve mi primer reloj despertador? Mientras estudié en la primaria y en la secundaria mi mamá siguió ejerciendo el oficio de gallo, pero un día renunció, pensó que ya estaba lo suficientemente grande como para responsabilizarme acerca de tal acto y me dio un despertador. Era uno enorme (lo compró en la Línea). Tenía dos campanas en la parte superior y a la hora programada, algo como un martillo golpeaba ambas campanas. El martillo era como un péndulo que iba de un lado a otro golpeando inclemente las tarolas. El despertador no lo colocaba en mi buró sino en una silla a diez pasos de mi cama. Esto obligaba que para apagar el despertador, que no se cansaba de darle duro al campanario, debía pararme y extender el brazo. Esto lo hacía así porque la primera vez, acostumbrado a los mimos de mi mamá, pensé que cuando ella viera que no me había levantado llegaría a mi cuarto. Dejé el reloj nuevo en el buró, sonó y yo, con los ojos cerrados, di un manotazo para apagarlo y volví a dormirme (otros diez minutitos). Cuando desperté el sol ya estaba en lo alto. Fui al comedor a reclamarle a mi mamá. Ella nada dijo, sólo señaló mi desayuno. Tapado con un plato estaba lo que había preparado. Ya eran las diez de la mañana. Los frijoles refritos ya estaban fríos, de igual manera el huevo estrellado; asimismo las tortillas ya estaban duras y ni qué decir del café con leche. Sólo el pan (bendito pan) estaba delicioso. No me quedó más que comer ese guiso que sabía a papel mojado. Entendí la lección, ya mi mamá se había desentendido de su oficio de despertador y de ahí en adelante todo dependía de mí. Después de desayunar, me lavé la boca, tomé una libreta y corrí para ir a la escuela. Aún alcancé la última clase. Eran tiempos de la prepa. Esa noche dejé el despertador sobre la silla de madera, retiré ésta lo más que pude, para que, como ya dije, al día siguiente debiera levantarme para apagar el despertador.
Cuando fui a la Ciudad de México a estudiar la profesional, mi mamá metió en mi maleta un despertador más discreto, pero igual de efectivo. Era pequeño, era como una ostra. En la noche debía abrirlo para que su carátula quedara expuesta. En los números que marcaban las horas tenía rayas fluorescentes, así que en la noche yo podía ver qué hora era, aún en la oscuridad del cuarto, porque las manecillas también tenían una fluorescencia verde. ¡Ah, qué prodigio! El despertador funcionaba a la perfección. Todas las mañanas a las cinco y media me despertaba y yo, con un movimiento similar al que hacía mi mamá en la tercera llamada, aventaba las colchas para que las agujas frías del Distrito Federal hicieran la función de picotearme todo el cuerpo obligándome a levantar. Bueno, funcionaba muy bien, siempre y cuando yo no llegara a las doce a la casa, con una docena de cervezas encima, porque, en estos casos, me tiraba en la cama, a veces sin quitarme la ropa, dormía como cuch y olvidaba abrir la ostra y ésta no repiqueteaba adentro de su concha.
Siempre deseé un reloj despertador que fuera eléctrico, de esos que habían en la casa de mi tía Sonia, en la Ciudad de México, y que traían integrado un radio con a.m. y f.m. Una mañana mandé una carta a mi papá y, como si escribiera al Viejito de la Noche buena, pedí mi deseo. A los diez días recibí, puntualmente, un giro telegráfico que cambié por el dinero que mi papá me envió para comprar ese despertador deseado. El reloj marcaba la hora con números rojos y cambiaba cada minuto. Yo prendía el radio en el 590, Radio La Pantera, lo programaba para que se callara a las once de la noche y para que se prendiera a las cinco de la mañana. ¡Ah, qué prodigio! A veces, despertaba con el rugido de una pantera, a veces con una rola de los Rolling Stones. Un locutor decía: “Comunícate panterizadamente”. ¡Pucha!
Posdata: un día platiqué con Romeo acerca de este tema y él cerró los ojos y recordó los despertadores que había tenido en la vida. Sonrió cuando recordó un despertador inolvidable. Pidió dos cervezas más, colocó las manos sobre la mesa, como si se apoyara sobre la baranda de un trasatlántico y el aire de alta mar lo acariciara, y contó que su mejor despertador fue la muchacha bonita que durante un año lo acompañó en sus noches y madrugadas. Ella, puntual, a las cinco de la mañana, ponía su mano sobre cada parte del cuerpo de mi amigo. Ah, dijo, era una gallinita, pero fue el mejor gallo del mundo.

viernes, 1 de mayo de 2015

DE LIBROS Y DE OTROS CIELOS




Hablo del libro. De abrir un libro. De bajarlo de un estante y tomarlo entre las manos. Abrir es el acto más sublime. Dios abrió las manos e hizo el universo. Desde entonces, los humanos sabemos que la apertura es el instante más prodigioso. ¿Qué hay detrás de la puerta? ¿Qué hay detrás del telón del teatro? No lo sabemos hasta que alguien abre la puerta o el telón. Abrir una ventana es acercar imágenes al corazón. Cuando un viejo abre la ventana de su cuarto abre la posibilidad de untarse de aromas y de puestas de sol, de aire inmaculado; cuando una muchacha se tiende sobre una cama y se ofrece al amado, abre el pomo de las esencias.
Hablo del libro, de tomarlo entre las manos, de acercarlo al corazón o de llevarlo a las narices para oler su aroma de libro nuevo. Hablo de acudir a esos espacios en donde los libros son como racimos de uva, como árboles llenos de mangos. En cualquier bosque, las aves se posan sobre las ramas y construyen su nido, de la misma forma que, en cualquier biblioteca, los hombres y mujeres que desean alas se posan sobre los estantes para elegir entre la luz y la oscuridad.
Hablo del libro, de abrir un libro a mitad de la noche, para iluminar los caminos. Hablo de acercarse con emoción para oír la voz de los que ya no están. Hablo de abrir un hueco en el cielo, así como el universo abre los hoyos negros para chupar la luz circunvecina.
Los lectores saben que el libro es un laberinto, es un desierto, una promesa. Los lectores saben que no hay más tiempo que el tiempo concentrado entre líneas. Ah, qué bello atardecer cuando en la tarde, en el parque, unos niños se sientan en el piso, alrededor del abuelo y éste se pone sus lentes y abre un libro y les cuenta un cuento. Abrir es el acto más prodigioso del mundo: abrimos la boca para comer, para vivir, así como abrimos las ventanas de nuestra alma para beber los cielos.
Los lectores somos pájaros y los libros son el abracadabra que abre la puerta del misterio.
Hablo del libro, del libro que contiene en sus páginas la historia de Alicia en el país de las maravillas; hablo de Alicia, niña maravilla, que contiene el país de los libros; hablo del país de Alicia que es como un río de maravillas.
Hablo de que para despertar es necesario ¡abrir los ojos! Abrir el espíritu, como si fuese un baúl, como si fuese Troya y necesitáramos un caballito de mar para llegar al patio.
Hablo de los muchachos que leen versos en libros; hablo de esas tardes dóciles en que ellas, las amadas, escuchan atentas los versos de Sabines o de Neruda y abren su corazón como si extendieran sus alas. Porque las niñas bonitas que abren sus piernas antes ya abrieron el chal del deseo a través del prodigio de la palabra.
Abrir los ojos para descubrir el mundo, para advertir que en la piedra más pequeña también hay un corazón que espera el milagro de la resurrección. Hablo de los pájaros que pasan en bandada con rumbo a Los Lagos de Montebello; hablo de las orquídeas y de las lianas que se trenzan en los troncos como si su vocación fuese ser corales de aire, de viento.
Hablo del instante en que el papá lee un cuento a su niña. La niña que cierra los ojos para abrirse a los mundos de la imaginación y de los sueños.
Abrir las cortinas para que entre el sol; abrir las puertas de las jaulas para que los canarios vuelen libres; abrir las mentes para que no haya ataduras posibles. Hablo de la mesa donde los papás, los abuelos y los hijos se reúnen y abren una botella de vino para beberse la vida, para decir que la montaña también va a los pies de Mahoma.
Hablo del artista que pinta un cuadro para que el ojo se abra al deslumbre.
Abrir la boca para pronunciar una palabra, para nombrar un objeto, para bautizar a la amada. Abrir, como Moisés, los mares que, como tapacaminos, restringen nuestro paso. Abrir el libro para soñar, para amar, para vivir. Abrir, siempre abrir, porque abrir es el acto máximo que inicia en el instante supremo en que nuestra madre abre las piernas para que nazcamos al mundo que, abierto, nos está esperando.

miércoles, 29 de abril de 2015

EN LA LÍNEA DEL ABISMO



Buenas tardes:

Ornán Gómez, destacado promotor de la lectura y escritor, llegó a la oficina y me invitó a presentar su libro de relatos “Miedo en la sangre”. Acepté, agradecí su invitación y acá estoy, sin miedo en la sangre. Y estoy sin miedo en la sangre porque el entorno en que estamos ¡está lleno de luz! Siempre que se presenta un libro, en el universo hay como una ventana de esperanza. Pero no puedo mencionar esta palabra porque lo que menos existe en el universo de la literatura de Ornán es precisamente la esperanza. Esperanza, lo sabe todo mundo, es la posibilidad de que ocurra algo que pedimos. Y, estoy seguro, nadie de los que estamos acá pediríamos oscuridad o pantanos llenos de mierda. Tenemos esperanza por mejores mundos, por mejores caminos. Los relatos de Ornán están plagados de personajes sin esperanza, son personajes que permanecen al borde de los abismos, se saben sin alas, reconocen que caerán como fardos y que sus cabezas estallarán en el fondo al chocar contra enormes piedras. Los personajes de Ornán se mueven en submundos, donde está la muerte.
Y es que la muerte es un tema muy cercano a la cultura mexicana. La muerte nos seduce, nos jala todo aquello que está envuelto en el misterio de esa garita que está en el límite de la vida y de la muerte. El personaje mítico más reconocido en nuestro país, La llorona, viene de la muerte, del espanto de la muerte. Quienes la han visto, cuentan que, a medianoche, vaga por las calles desiertas y grita: “¡Ay, mis hijos!”. En las calles vacías y silenciosas su grito abre la flor de la noche. Todo mundo sabe que ese grito lo avienta, como pañuelo sucio, porque ella es la madre de la literatura. A final de cuentas, la literatura es una recreación de la vida, y la vida no está por encima de la muerte. Los clásicos nos dicen que la muerte también es una de las ramas del árbol de la vida. ¿Por qué grita la llorona? ¿Busca a sus hijos extraviados o sólo lamenta tener los hijos que tiene? ¿O, acaso, el vocativo no es un lamento sino un grito de orgullo por tener hijos? ¿Qué dirían las feministas de estos tiempos? Tal vez éstas exigirían que la leyenda se transforme y que la mujer grite: “¡Ay, mis hijos; ay, mis hijas!”. Esto, en el supuesto caso que la llorona no sólo varones haya tenido. Las feministas no sólo exigirían que se incluyera a las hembras, sino que, también, fueran en primer lugar: “¡Ay, mis hijas; ay, mis hijos!”. Son las mismas que insisten en dividir la literatura en literatura hecha por hombres y literatura hecha por mujeres, como si la palabra tuviese sexo.
La llorona es una mujer que debe su fama al periodo de la Colonia, pero viene de mucho atrás, viene de la época prehispánica. Se sabe que este siglo XXI es hijo de la tradición. Y la tradición literaria en México siempre ha sido seducida por la muerte. Los mexicanos, ya lo dijo Octavio Paz, se burlan de la muerte, tal vez como ningún otro pueblo del mundo. En ese juego irónico subyace un profundo horror. El cantante dice: “Si me han de matar mañana que me maten de una vez” y, como si todo México, fuera León, Guanajuato, gritamos que “la vida no vale nada”. Lo gritamos a manera de conjuro para exorcizar los demonios de la oscuridad. Basta decir que nuestro escritor más significativo escribió acerca de muertos que caminan por un pueblo llamado Comala. La muerte nos seduce. Ante esta seducción, Ornán Gómez, escritor que se seduce también ante la vida, nos presenta ahora un libro de relatos que coquetean con ese inframundo que, nos injertó, el Popol Vuh.
¿De qué escribe Ornán? Escribe de los hombres y mujeres que están en el borde del abismo. No distingue fronteras entre la vida y la muerte. Sus personajes pasan, como si no existieran líneas divisorias, de un territorio al otro. Los muertos conviven con los vivos en una alianza difícil de distinguir. Pero no sólo los muertos están presentes ni los vivos que, como dijera el poeta Fabio Morábito, también son carne para la muerte. Los relatos de Ornán nos muestran la cara oscura de la vida. Sus personajes son los que, ¡Dios mío!, habitan en el fango y en los albañales de la sociedad. Son seres sin esperanza. Por ello, tal vez, los espacios en donde los personajes se mueven son burdeles, cuartos húmedos, callejones sin salida. Por ello, tal vez, el lenguaje que aparece en este libro que hoy se presenta: “El miedo en la sangre”, es un lenguaje con piedras, con púas, cincelado con el filo del cuchillo.
En la página 25 está el relato que se llama “Espera, sigue jugando”, ahí, el personaje principal es una estudiante de secundaria cuyos pechos son “como torrecillas alzadas sobre un valle”. Ella es un canto a la vida, a la vida fresca, llena de aire enredado en los muslos de una niña que apenas se asoma al secreto del misterio. Pero esto que digo no es cierto, el personaje del relato es una niña, sí, estudiante de secundaria, pero que se entrega a su maestro por dinero y con la factura del chantaje en la mano. A su maestro le dice: “si yo contara que me violaste, seguro vas a la cárcel”. Hay un instante en que el maestro quiere penetrarla y ella dice que no, que siga jugando, abre las piernas y pide que le lama la vagina.
Los personajes de Ornán están alejados de la luz, son seres sin esperanza. Aún los más tiernos están contaminados con la podredumbre que flota en el aire. No puede ser de otra manera. Vivimos en un país contagiado por la violencia y ajeno a los valores más elementales; vivimos en un mundo que es como una manzana podrida.
Uno es el Ornán maestro que insiste en que los alumnos de todo Chiapas se acerquen a la lectura como signo de esperanza, como conjuro para un mejor porvenir; y otro es el Ornán escritor que nos refriega en la cara la crudeza de la vida.
No hay esperanza, todo es como un albañal, incluso la luz más limpia se llena de lodo a la hora que pasa por ese vitral que se llama vida. ¿Para qué leer el libro de Ornán? No lo sé, tal vez para tener un referente más inmediato y cercano, acaso para saber que el mundo es una cloaca y que ahí estamos metidos todos. Acaso para abrir otra ventana y vislumbrar la posibilidad de lo posible. No sé. Cuando menos yo ya leí el libro de Ornán y ahora comparto estas reflexiones. ¿Sirven de algo estas reflexiones? Yo no sé. Ya me voy. Me voy sin miedo en la sangre, porque al menos esta tarde, todo es como una flor que se abre a la luz, y esta luz, parece, no está contaminada con lodo.
Gracias.

lunes, 27 de abril de 2015

EL PODER DE LA PALABRA Y DEL PENSAMIENTO




Juan siempre está contento. Es pintor. Pintor de brocha gorda. Pone la escalera y sube por ella, con un bote de pintura blanca, y pinta la fachada de la casa de tío Chilo. Silba, mientras pasa y repasa la brocha sobre la pared, silba las canciones de Jorge Negrete, las de Pedro Infante. Hay momentos en que deja de silbar y canta y no canta mal: “Que lejos estoy del suelo donde he nacido”, canta. Y cuando lo hace mira hacia abajo, hacia donde está el piso. La gente que pasa a su lado, evitando pasar por debajo de la escalera, lo saluda y él responde el saludo con la brocha en alto.
Juan siempre está contento. Él dice que es feliz, cuenta que tiene una palabra que es como un conjuro para invocar la felicidad, la palabra es “Ravida”, antes de que alguien le pregunte, él explica que es como una palabra compuesta. El Ra es como un prefijo para palabras que empiezan con tal sílaba. Dice que él invoca sólo palabras luminosas: Radiante, Raíces, Ramito, Ramificación y Radionovela. Cuenta que cuando piensa en una de estas palabras y luego dice, en voz alta, la palabra Ravida, el universo (así lo cuenta) “limpia sus chacras” y hace que su vida sea radiante; tenga raíces sobre tierra buena; sea como un ramito de albahaca; se extienda con mil ramificaciones por cielos altos; y todo sea como una radionovela, de los años sesenta, donde el bien siempre triunfa sobre el mal. Por esto, Juan siempre silba, siempre canta, siempre saluda con su mano llena de pintura seca.
El maestro Julio no lo sabe, pero en un tiempo hizo lo mismo que Juan. El otro día, al salir del auditorio Belisario Domínguez, donde la Orquesta Esperanza Azteca ofreció un concierto, me topé con el maestro Julio, que caminaba con rumbo al bulevar, con su infaltable portafolios. Abrí la puerta del copiloto y lo invité a subir. Dijo “Ah, siempre lo he dicho, más vale tener dinero que amigos” y subió. Yo pensé que el dicho bien podría ser: “Más vale tener un montón de dinero y un resto de amigos”.
Julio tuvo a Jorge Melgar y a Raúl Garduño como sus grandes amigos de adolescencia. Ambos ya murieron. Le comenté a Julio que al maestro Jorge le gustaba echarse sus tragos, así como a Raúl, quien también le gustaban otras sustancias. Sí, dijo, y me contó, casi silbando, casi cantando, que él nunca tuvo el vicio del trago porque todas las mañanas llevaba el desayuno a un tío que perdió todo por causa del alcoholismo. Su mamá usaba a su hermano como modelo de lo que su hijo no debía hacer. Lo que sí hizo el maestro Julio fue fumar. Me contó algo que jamás había escuchado. Dijo que tuvo principios de asma, le costaba trabajo respirar. Cuando creció, imaginó que algunas protuberancias estaban encarnadas en sus pulmones y ellas impedían que su sistema respiratorio funcionara de manera adecuada. Un amigo que estudiaba en la Ciudad de México le contó que también había padecido algo como una alergia primaveral, pero que en el Distrito Federal tal alergia había cesado. El amigo bromeaba: “Chingué la alergia con tanto smog”; así que el maestro decidió que jodería a los pólipos de sus pulmones: “Las chingaré con humo, hasta que se asfixien”, y comenzó a fumar. Me contó que sólo fumó cigarros de la marca Raleigh. Cada vez que le daba un chupete al cigarro y le tomaba el tiro, imaginaba que los pólipos se llevaban las manos a sus gargantas y se asfixiaban. Resulta que a la vuelta de cierto tiempo, de quién sabe cuántas cajetillas de cigarros, la famosa asma se fue mucho a la fregada. El maestro sanó. Hasta la fecha. Ahora ya no fuma, porque el acto de fumar, ya se comprendió, era un tratamiento médico que él se recetó. ¡Muerta el asma, se acabó la fumada! Cuando me lo contó, casi silbando, sonriendo, pensé en Juan y vi que la marca de cigarros comenzaba con el maravilloso prefijo Ra. Tal vez, sin saberlo, el maestro Julio unió la sílaba con la palabra vida y el universo hizo el milagro. Tal vez los prodigios se vuelven milagros cuando alguien, en cualquier parte del mundo, a cualquier hora, pronuncia la palabra vida con otra Radiante palabra. Tal vez.

domingo, 26 de abril de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO HAY UN CIELO Y UN ÁRBOL EN UN CUADRO DE MANUEL SUASNÁVAR



Querida Mariana: las fotos de paisajes, en su mayoría, tienen dos elementos insustituibles: árboles y cielos. Acá te mando la fotografía de una pintura que tiene un árbol y un cielo. La pintura es de Manuel Suasnávar.
Vos sabés que me gustan los juegos donde una ventana muestra otra ventana. El juego de hoy va en tal sentido: una fotografía que muestra un cuadro donde está un árbol y un cielo. La fotografía es una ventana y la pintura es la otra.
¿Ya estás en el juego? Imaginá que estás en tu cama, durmiendo, con pijama (ese pijama que tiene ositos, que tanto me gusta) y el despertador suena. Despertás, como gatita estirás tus brazos y tus piernas, te sentás en el borde, te ponés las pantuflas y, todavía adormilada, vas al baño a hacer pis. Vos me has contando que no hacés ese movimiento automático que hacen las demás muchachas bonitas en que se bajan de un romplón el pantalón y el calzoncito; vos sos delicada, hacés todo como si fuese un ritual, por eso te quiero. Bajás la palanca de la taza y, aún con lagañas y sin despertar al ciento por ciento, entrás de nuevo a tu cuarto y abrís la ventana. Tenés los ojos cerrados y sentís el aire limpio, que huele a juncia fresca. Ya son las seis y cuarto de la mañana, ya el sol comienza a aparecer por encima de las montañas que rodean a nuestra ciudad. Abrís los ojos y mirás el paisaje que ahora te envío a través de esta fotografía. ¿Qué pensarías?
Las fotografías de paisajes tienen aves, cielos, nubes y árboles. Hace mucho tiempo, lo sabés, practiqué la fotografía, siempre me ha parecido un arte maravilloso. En los años ochenta, Quique hizo un viaje a Canadá y me compró una cámara de 35 mm., con un juego de lentes. Uno de los lentes era el llamado “Ojo de pescado”, lente que permite tomar fotografías con un ángulo de 180 grados. Fui feliz con esa cámara, casi casi tanto como cuando mi papá me regaló mi primera cámara, un día que con mi mamá fui a La Trinitaria. Esa mañana, mi mamá y yo esperábamos el camión para ir al templo de La Santísima Trinidad, en Zapaluta. Esperábamos el camión frente a donde ahora está el Centro Cultural Rosario Castellanos. No sé por qué ahí. Esperábamos, cuando mi papá asomó y me entregó una cajita con una funda de cuero, en color café. Me dijo que ya tenía rollo, me explicó que era una cámara fotográfica y me enseñó qué debía hacer para tomar fotos. Puse la cámara a la altura de mi pecho y vi, en el pequeño cuadro que tenía en la parte superior, la imagen que la cámara fotografiaría. ¡Ah, qué maravilla, en ese pequeño ojo cabía casi casi todo el universo! Abracé a mi papá y le di las gracias y quedé feliz con “mi juguete nuevo”. Ya imaginarás que en cuanto llegamos a Trinitaria, como si fuese un turista japonés, comencé a tomar fotos a todo lo que se asomaba. Desde entonces admiré esa práctica. Aún hoy, cuando tomar fotografías se ha vuelto algo tan común, me sorprendo ante ese prodigio. Ahora ya no acostumbro a ir de safari fotográfico como lo hice en los años ochenta. En ese tiempo tomaba mi cámara, la bolsa de cuero donde iban los lentes, un par de sándwiches, una cantimplora con limonada, subía al auto y estacionaba éste cerca del camino a Cash. En ese lugar caminaba por las veredas (es espléndido para tomas de la ciudad, porque ésta parece un lienzo con urticaria lleno de luz). Creo que ahora no podría hacer eso. Ya todo está alambrado, todo es como un territorio prohibido, todo comienza a llenarse de carpas de plástico con sembradíos de jitomate. Hoy, las fotografías no dan constancia de la belleza del árbol o del vuelo del pájaro o del nido, hoy, todo es una mera constancia de cómo el hombre se apodera de espacios, los transforma y los convierte en fábricas productoras de caca.
Por fortuna para mi espíritu, un día también aprendí que existía la pintura y que la pintura, al contrario de la fotografía, no era un don para replicar la naturaleza, sino para abrir otras ventanas. Varias veces he repetido lo que decía Abel Quezada, uno de los grandes caricaturistas de México y quien también se aventó a lo de la pintada: “la pintura es la libertad total”. Coincido con eso. En la pintura, encaramar un color sobre otro es posible, no sólo posible sino deseable. El pintor puede arrepentirse de algo y pintar encima (los técnicos usan la palabra pentimento) y ello no desmerece.
Imaginá a un fotógrafo frente a una pared de la Casa de la Cultura. ¿Qué tomas puede hacer? Puede retratar el muro como tal o agregarle algunos elementos que transformen la realidad, en cierta medida. Si alguien pega una serie de sombreros sobre la pared puede alterar la realidad y abrir otras posibilidades de lectura. Pero, ¿algún fotógrafo puede abrir un hueco en la pared para ver qué hay del otro lado? ¡No, eso sí no! Es decir, sí puede hacerlo, pero no debe hacerlo. Al otro día, el INAH va y lo demanda y puede pasar la noche en la cárcel. ¿Quién -Dios mío- se atreve a agredir un inmueble propiedad del pueblo? El fotógrafo llega hasta ahí, a jugar con luces, a agregar algunos elementos provisionales. No puede ir más allá. Tiene límites. Quienes son escritores o pintores no tienen más límite que su imaginación y ésta puede ser tan infinita como el universo. El escritor puede escribir acerca de esa pared y agregarle todo lo que quiera, lo mismo hace el pintor.
¿Mirás lo que el prodigio de Suasnávar nos obsequia? ¿Seguimos jugando? Nos quedamos que vos abrís la ventana de tu cuarto y ves, en lugar de la imagen cotidiana, un árbol suspendido en el cielo, como si fuese un ángel con las alas extendidas. Ves un coro de pájaros que sobrevuela la fronda, que hace el rebumbio de mil piedras en alud; ves cómo las raíces no son el sostén del árbol para que no pierda la vertical, sino que son como los pies del bailarín que se impulsa para entrar al escenario en un movimiento de ballet. El cielo es igual que el cielo que vemos todos los días; los pájaros son los mismos que, por las tardes, en parvada, buscan resguardo en los árboles del parque; las raíces son el mismo entramado que absorbe la savia cuando está enterrada; las nubes son las mismas sábanas que van de un lado a otro como si no supieran dónde es su hogar. Todos los elementos son los mismos de la realidad y ¡sin embargo! ¡Qué prodigio de imagen! ¿Quién duda del vuelo de Remedios la bella al ver este cuadro? ¿Quién duda del milagro de todos los días a la hora que un ángel pasa a nuestro lado? ¿Quién duda del hombre que, en el Tibet, levita todas las mañanas? ¿Quién duda del sueño del hombre para alcanzar el vuelo? Don Chico que vuela no alcanzó las alturas (como sí las alcanzó Remedios la Bella) porque no tomó en cuenta un elemento: antes de intentar el vuelo debió ver el cuadro de Manuel, para saber en dónde radica el instante en que la materia toma el vuelo grácil de lo inmaterial. El día que ocurra la resurrección, los árboles se alzarán con la misma ingravidez con que lo hace el árbol de Manuel, con la misma sonrisa con que hace un guiño. ¿Qué pensarías a la hora de abrir la ventana y toparte con este árbol espléndido?
No sé, tal vez pensarías lo mismo que pensó Erika cuando vimos el cuadro en el Museo Hermila Domínguez de Castellanos. Te cuento, la otra tarde llegaron Marco Antonio Orozco Zuarth, Juan Carlos Cal y Mayor y Manuel Suasnávar a Comitán, llegaron para inaugurar la exposición “La huella de la mirada”, acto que celebra los cincuenta años de Manuel, como pintor. Acudí a la inauguración. Como siempre lo hago, regresé al día siguiente para ver, ya con calma, la obra. La noche de inauguración es imposible, la gente quiere platicar, la gente pasa a tu lado con la copa de vino en la mano y no falta el que, con pose de crítico de Nueva York, expresa comentarios, en voz alta, frente a cada cuadro. El día siguiente permite un acercamiento verdadero y auténtico, sin poses; el día siguiente permite el diálogo entre la imagen y el espíritu del espectador. Pero al otro día no fui solo, Erika me acompañó. Cuando estuvimos frente a este cuadro (después de ver muchos más) mi sobrina se detuvo más tiempo y dijo: “Me gusta, tío, está sembrado en el cielo”. Yo quedé mudo, como ahora quedo.

Posdata: Pasé mi brazo por encima de la espalda de Erika y la abracé, casi como si abrazara el árbol de Manuel. ¿Mirás qué prodigio? Erika dice que este árbol no vuela, no levita, no es como el aire, este árbol está sembrado ¡en el cielo! Es hijo de la altura, conversa con los pájaros y con las nubes, está sembrado en las nubes, su savia es la misma que alimenta las nubes a la hora que llueven. Tal vez por esto, a veces, cuando en Comitán llueve muy fuerte, en la casa caen hojas a pesar de que mi jardín sólo tiene rosales, tiucas, chinchibules y orquídeas. ¡Ya entendí! ¡Llueven hojas, hojas frescas, del árbol de Manuel!

GRIETA EN LA MEMORIA



Torcuato olvidó cerrar la puerta de su casa. Fue el primer síntoma de su enfermedad irreversible. Al principio, Roselia dijo que era normal el olvido en una persona de cincuenta y dos años. Por fortuna, ese día, don Chema, el vecino, vio la puerta abierta y llamó a Roselia. Pero el olvido de Torcuato no era tan simple, fue la primera manifestación de que su mente había comenzado a perderse en los vericuetos donde los actos cotidianos pierden su esencia. La puerta abierta fue el primero de una larga cadena de sucesos que, poco a poco, se incrementó. Un día después, Torcuato se puso los zapatos, pero no hizo lo mismo con los calcetines. Los sobrinos se burlaron, en ronda cuchichearon y se taparon las bocas para evitar la risa. “El tío es la pura onda”, dijo Martha a la hora que vio al tío sentarse y cruzar el pie en la sala. Algo extraño sucedía en la mente de Torcuato, parecía que tenía conciencia del segundo paso pero olvidaba el primero. Esto fue muy evidente cuando prendió el motor del carro, puso reversa y tiró el portón. ¡Lo tiró! Los que estaban en casa oyeron el rebumbio como si la tierra diera un remesón y temblara, se asomaron a la ventana que da a la cochera y vieron que el tío metió primera, fue hacia adelante y luego metió reversa e insistió contra el portón que cedió ante el impacto brutal. Fue como si la mente de Torcuato sólo registrara el deseo de sacar el auto. Ese día le tocaba ir a Wal-Mart para comprar papel higiénico, pasta de dientes, polvo para pegar la placa de su boca y un kilo de manzanas Golden. Cuando volvió dejó sobre la mesa todo lo que contenía la relación de compras. Cuando Roselia le preguntó por qué había tumbado el portón, Torcuato fue a la puerta y le dijo a Marian que sería bueno que cerraran el portón porque algún perro podía colarse y regresó a la sala donde tomó una revista de la mesa de centro y se puso a leer.
Torcuato olvidó cerrar la puerta de su casa. Fue el primer síntoma de su olvido. Poco a poco los olvidos se intensificaron. Siempre era como el segundo paso. Abría la llave de la regadera y se bañaba, sin quitarse la ropa; se limpiaba el culo sin haber defecado; se levantaba de la cama sin haber dormido.
Roselia, quien al principio había dicho que no era de cuidado, se preocupó, cuando vio que Torcuato se sentó ante la mesa del comedor y comió una paloma sin haberla cocinado. Roselia pensó que debía hacer algo para evitar la degeneración de Torcuato. Pero, ¿qué hacer? Como habían vaticinado los médicos, podría llegar el momento en que Torcuato se olvidara de vivir y tomara el camino del siguiente paso: la muerte. ¿Cuál es el siguiente paso de la respiración?, preguntó Roselia. Martha dijo que el ciclo completo era inspirar y expirar, el tío Torcuato podría insistir en expirar, simplemente.
El 26 de abril de 2015, a las siete de la mañana, Torcuato despertó. Ya había olvidado el año que vivía y despertó en el 2020, se bañó (con la ropa puesta), tomó el auto y salió (ya Martha había mandado a colocar un dispositivo automático que abría el portón eléctrico a la hora que alguien cruzaba la puerta de la casa hacia la cochera), tomó la carretera (recién terminada) que conduce de Comitán a Las Margaritas) y fue hacia esta ciudad, pero no volvió a casa, sino hasta las cuatro con treinta y dos minutos de la tarde del 26 de abril de 2020. Cuando entró a la casa (tumbando el portón) preguntó por Roselia, y Martha, a punto de reclamarle: ¿por qué los había abandonado?, vio en sus ojos que él no recordaba la muerte de su esposa. Torcuato se sentó en el sillón de la sala y durmió con los ojos abiertos, cuando despertó cerró los ojos y caminó. Su enfermedad avanzaba día a día. Ya había olvidado abrir los ojos para vivir; ya había olvidado cerrarlos para dormir.