viernes, 14 de abril de 2017

DEFINICIÓN DE SEMANA




A Ricardo le disgustan los ciclos temporales, como semana, mes o año. Ricardo disfruta los ciclos numéricos, donde una secuencia puede ir del uno al infinito. De todos los ciclos temporales, la semana es el que se le hace más absurdo. Dice que el día tiene veinticuatro horas (¡veinticuatro!); un mes puede tener treinta y un días (¡treinta y uno!); y un año contiene doce meses (¡doce!); pero la semana no tiene más que siete días, ¡siete miserables días!
Ricardo dice que de esos siete, son pocos los que se salvan del hastío, del hartazgo. Él conoce a muchas amigas que odian los lunes. De ahí concluye que la semana es un ciclo perverso. ¿Cómo es posible que un día provoque un sentimiento de odio que se repite semana a semana? El domingo (supuestamente un día de descanso) se convierte en un martirio, porque es la antesala del lunes. Muchas personas, cientos, ¡miles!, no disfrutan la tarde del domingo porque comienzan a pensar en que el siguiente día ¡es lunes!
¿No hay algún día que se salve del fastidio, de la melancolía, de los rayos? ¡El viernes! Millones de personas han adoptado el dicho de “Gracias a Dios ¡es viernes!”, porque alude al fin de semana laboral y abre la puerta del ocio liberador. A Ricardo le da risa tal declaración, porque dice que el viernes es un día laboral como cualquiera; es decir, si quien dice tal frase es una secretaria, su viernes esperado se reduce, cuando mucho a cuatro horas; es decir, de ocho de la noche a las doce. Quien, con los brazos en alto, bailando por la oficina, grita: “¡Gracias a Dios es viernes!”, está celebrando apenas una sexta parte del día, día que, la mayor parte, debió trabajar como cualquier martes o miércoles. ¿Por qué agradecen que llegue el viernes, si sólo disfrutarán cuatro horas de dicho día? Ricardo dice que son como perritos que permanecen encerrados todo el día y sus amos los sacan a dar una vuelta para que busquen un árbol y orinen.
Margarita trabaja en una oficina. Ella es del club de odiadores del lunes y, faltaba más, también de odiadores del sábado, porque este día debe destinarlo a limpiar la casa y a lavar la ropa sucia, porque trabaja de lunes a viernes.
Y Ricardo remata diciendo que la carga es pesada, porque, gracias a la institución católica llamada iglesia, de las cincuenta y dos semanas del año, hay una que se llama Santa. ¿Y las otras cincuenta y un semanas qué son? Doña Flor decía que de sus dos hijos, uno era un santo y el otro un diablillo. Si de las cincuenta y dos semanas del año sólo una es santa, significa que las restantes ¿son semanas diabólicas?
¿Quién puede vivir en medio de un ciclo temporal donde el uno punto noventa dos porcentual de un año tiene rasgos de santidad y el noventa y ocho punto cero ocho es diabólico? Y esto es más confuso cuando vemos que, según el calendario litúrgico, la semana comienza el domingo y finaliza el sábado, mientras que, según el calendario civil, la semana comienza el lunes y termina el domingo.
La semana es caótica de origen. Ricardo dice que Javier le cae bien, porque una vez llegó a su oficina, le tocó en el cristal de la división y lo invitó a tomar unas cervezas. Ricardo salió y le dijo a Javier que cómo se atrevía a hacerle tal propuesta, no se había dado cuenta que era lunes, ¡lunes! ¿Qué?, dijo Javier, no somos albañiles, los albañiles sólo toman los sábados, porque es día de raya.
Esto, aparentemente intrascendente, da cuenta cómo el sistema capitalista diseña los modos de comportamiento. La oficinista debe laborar de lunes a viernes, el viernes por la noche debe ir al antro, el sábado lavar su ropa y limpiar la casa, y el domingo, conforme avanza la tarde, lamentar la llegada del lunes. Y así todas las semanas.
Tal vez por esto ahora la semana santa ya no es lo que doña Flor conmemoraba. Para doña Flor, la semana santa era una semana de “guardar”. Ahora la gente va a la playa y toma alcohol en exceso y va al antro y baila y hace cositas de cama, también en exceso. Tal vez es una manifestación de rebeldía, un poco como decir que si las semanas tienen un rostro de aburrición, pues que, cuando menos, todas sean semejantes; es decir, que no haya santas, sino que todas sean diabólicas, traviesas.

jueves, 13 de abril de 2017

DE PATRIMONIOS INMATERIALES




Un día, México despertó cono la noticia que la UNESCO declaraba a la cocina tradicional michoacana como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. ¡Ah, noticia maravillosa! ¡Patrimonio inmaterial! ¿Por qué el nombre? Ah, porque cuando los sabores, olores y colores de un platillo son presentados ante un hambriento comensal, veinte minutos después es un sencillo y maravilloso recuerdo. El plato, que estuvo de rechupete, queda limpísimo. Perdón que lo diga, pero lo maravilloso inmaterial es todo aquello que no es material.
La UNESCO no lo ha declarado, pero los amigos de pintores y escritores tienen catalogados a éstos como ¡patrimonio inmaterial! A ver, trato de explicarlo, los amigos de escritores y pintores reconocen que estos creadores realizan obras de arte, cuya riqueza está más allá de lo material, porque a la hora que uno de los artistas expone su obra, los amigos lo felicitan, lo admiran, pero no compran obra.
¿A qué escritor no le ha sucedido el hecho de que un amigo, cuando se entera de que aquél presentó una nueva novela, le dice: “Espero que me regalés un ejemplar”? ¡Regalado!
¿Qué dibujante no se ha visto en el entramado de escuchar “Está bien padre. Recordá que mi cumpleaños es el veinte de este mes.”?
Ante una obra tangible el amigo responde como si tal labor fuera algo inmaterial, algo intangible.
¡Bonita historia! Bonita historia para el otro, dramática para el creador.
Si el amigo es comerciante ¡todo es material, todo es tangible! Si el artista llega a comprar una silla, el amigo lo recibe con gran emoción, lo abraza, platica con él, ve que el ayudante cumpla la petición de la silla con comedimiento, ve que suban la silla a la camioneta y (a veces ocurre) cuando es hora de pasar a la caja, el amigo comerciante (con cara de satisfacción) toma la nota y hace un diez por ciento de descuento y dice: “Precio de amigo”. Va. ¡Qué generosidad! El amigo comerciante pondría cara de gallina que no le sale el huevo a la hora que el amigo artista dijera: “Espero que me regalés un ejemplar” o “Recordá que mi cumpleaños es el veinte”. ¡Se infarta! Se infarta, porque la silla es un patrimonio material, bien tangible.
La silla es un bien necesario. ¿Un cuadro? ¿Un libro? En las casas de ricos chiapanecos hay muchas que tienen cuadros “decorativos” en las paredes de las salas. No compran arte, compran objetos bonitos. Hay cuadros de paisajitos muy lindos, muy bellos, muy decorativos. Estos cuadros sí son bienes materiales, porque tienen un costo de dos o tres mil pesos. El artista no puede ofrecer su obra a tal precio, porque es una obra única, es una obra de arte. ¿De arte? ¿Quién considera al arte un bien necesario? Pocos, muy pocos. Hay algunos que colocan cuadros artísticos en la pared de la sala de su casa, lo hacen porque un amigo artista se los obsequió.
La cocina tradicional michoacana está considerada como patrimonio inmaterial de la humanidad. Los parachicos, de Chiapa de Corzo, de igual manera, son patrimonio inmaterial de la humanidad. La UNESCO, ¡nada más y nada menos!, los ha considerado como algo que es único en el mundo, algo que debe preservarse por la riqueza cultural que representan. Si tales bienes se perdieran, el mundo se quedaría un poco tuerto, su vista sería nublada. ¿Ganan más las cocineras? No, ellas ganan lo mismo. ¿Los parachicos ganan algo con esta declaración? ¡No!
Los artistas y escritores han sido declarados, por sus amigos, como patrimonio inmaterial de la humanidad (o si no de la humanidad, cuando menos del barrio o del pueblo). Son reconocidos por su talento, los homenajean, los admiran, algunos se vuelven hijos predilectos del pueblo, pero a la hora que los artistas ofrecen su obra, los admiradores reafirman su idea de que ellos (los escritores y pintores) son patrimonio intangible, porque los desaparecen.
Ah, pobres amigos, les toca remar contracorriente. Si se hubiesen dedicado a vender sillas, no habrían tenido mayores apremios económicos, pero como son patrimonio cultural intangible son cuidados y protegidos por los amigos, siempre y cuando no traten de vender su obra como si ésta fuese una silla. ¡Bonita historia!

miércoles, 12 de abril de 2017

LAS GRANDES NOVELAS




¿Cómo se escribe una gran novela? Esto fue lo que mi alumna preguntó. Ella tenía entre sus manos un ejemplar de “Cien años de soledad”, de García Márquez. Sin duda ¡una gran novela! Quise decirle que le preguntara a un gran autor, pero luego pensé que mi experiencia de lector podía dar algún indicio.
¿Se necesita una gran historia para hacer una gran novela? ¡Definitivamente no! Grandes novelas cuentan historias comunes. ¿Entonces? Para escribir una gran novela no se necesita una gran historia, se necesita que el escritor haga de una historia simple ¡una gran historia!
Los que conocen los senderos de la literatura dicen que ya todo está dicho; es decir, no hay historias novedosas. Recordemos que todo viene de la tradición. Las historias de amor que se escriban en el futuro hablarán de lo mismo que han contado las grandes historias de amor que ya escribieron los autores del pasado.
Tal vez resulte algo bobo decir lo que diré: Para escribir una gran novela se necesita ¡un gran escritor!
¿Y cómo alguien se convierte en un gran escritor? Bueno (insisto), los que han estudiado el fenómeno dicen que es preciso, antes que cualquier otra cosa, que el escritor sea un gran lector, un lector apasionado. ¿Cómo ser un automovilista exitoso en los grandes circuitos del mundo si el piloto no conoce de autos, si no ama el automovilismo? Los grandes escritores son lectores apasionados.
Hay otra cosa que los estudiosos ponen de relevancia cuando hablan de los grandes escritores, son personas muy disciplinadas. No hay día de Dios que no escriban. ¡Eso de las musas es una gran mentira! Muchos justifican su inactividad aduciendo que esperan la llegada de la inspiración. La inspiración no llega, la inspiración es un hallazgo que se busca de manera permanente. Muchos repiten aquello que dijo Picasso: “Cuando llegue la inspiración que me encuentre trabajando”. Es un chistorete Picassiano. Nadie puede imaginar que la inspiración llega de afuera, la inspiración es algo interior y se encuentra en el proceso creativo; es decir, quien, terco, necio, está dale y dale a todas horas ¡hallará el numen inspirador!, semilla de todos los grandes árboles. La idea que Picasso nos legó es que, en el proceso creativo, no hay más secreto que trabajar de manera intensa, disciplinada.
¿Qué más? Reconocer que los genios, tipo Miguel Ángel, no se dan cada muerte de un obispo, ¡no!, los genios se dan muy de vez en vez en la historia de la humanidad, por lo que los demás deben ser humildes y reconocer que echarán a perder muchos bloques de mármol hasta obtener una escultura que, más o menos, sea una pieza valiosa. (Esto, por favor, traducirla al lenguaje literario.)
Umberto Eco, en su libro “Cómo se hace una tesis”, dice que la tesis es como el cuch: “Todo se aprovecha”. Los grandes escritores saben que en su oficio sucede lo mismo: “Todo el conocimiento humano es aprovechable”. Por eso, si ya los grandes dijeron que la encomienda es hacer global lo local, todo escritor tiene que pepenar, amorosamente, cada piedra que encuentre a su paso. Los escritores barceloneses escriben sobre Barcelona; los parisinos cuentan las historias de París; los escritores comitecos deben escribir acerca de Comitán. Cada escritor comiteco debe tener la mirada de turista para que pueda apropiarse de la esencia de este pueblo.
Mi alumna me dijo que le leyera un poquito de “Cien años de Soledad” y me extendió la novela. Yo la tomé, la abrí, con emoción, y comencé a leer: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo…”. Mi alumna me miraba directamente a los ojos, tenía una mirada tierna, como si yo fuera quien, al leerlas, pronunciara esas palabras por vez primera. Este prodigio sucede siempre con las grandes novelas.
Gabo, en esta novela, escribió de un pueblo de su tierra nativa, de historias prodigiosas que le contó su abuela.
¿Cómo se escribe una gran novela? Es muy sencillo: Basta hacer de cualquier historia ¡una gran historia!

martes, 11 de abril de 2017

NO MOLESTAR




Esta posición es frecuente. Un hombre se sienta en un banco o en una silla o en un pretil, enlaza las manos y mira, mira el valle, el mar, el bosque o la esquina de la calle. Esa mirada no busca algo en concreto, es un simple mirar, como si los ojos estuviesen de vacaciones y no tuvieran más oficio que mirar sin un rumbo fijo.
En esta fotografía se advierte que el sol ya está cerca del ocaso. La sombra es dominante y la figura del hombre pareciera mezclarse con esa sombra, hacerse una con ella.
La mirada va de un lado a otro. Es posible imaginar que, en un instante, el hombre vio hacia la banqueta de enfrente o hacia el lado donde el fotógrafo está parado. Tal vez, al hombre llamó su atención un ruido y miró hacia el punto de origen y vio a una señora saliendo de su casa, echando llave a su puerta y caminando, con una bolsa, rumbo a la compra del pan. Porque a esta hora, muchas mujeres están adentro de su casa. Ellas oran frente al oratorio, ven la telenovela de la tarde, escuchan el programa de boleros en la radio, limpian las hojas del rosal que tiene plaga, planchan las camisas del hijo que viajará al siguiente día; ellas se sientan en una poltrona en el corredor de su casa o se tumban en la hamaca y leen alguna revista o libro.
La mirada del que está adentro de la casa es diferente del que está en la calle o en la playa o en el bosque o en lo alto de una montaña. Las miradas interiores se topan con paredes, indefectiblemente; las miradas exteriores van más allá. En las ciudades (como es el caso de este hombre) las miradas juegan en distancias breves; pero, las miradas en una playa se extienden como si fuesen barcos o gaviotas. Todo mundo sabe que la mirada más libre, más juguetona, es la del que asciende a lo más alto de una montaña. ¿Imaginan lo que ve una mirada arriba del Everest en una mañana despejada? Esa es la única compensación del esfuerzo. ¿Para qué subir tan alto en medio de ventiscas, heladas y peligros de alud? Sólo para dar alas a la mirada; sólo para comprobar que quienes vuelan más alto evitan todas las posibles murallas.
Nadie podrá asegurar con qué fin, este hombre se sentó en esta gradita, que es la grada para entrar o salir de la casa pintada en amarillo bajo, con guardapolvo azul. No es el propietario de la casa, tal vez es vecino del barrio (en Comitán mucha gente lo conoce); tal vez caminaba por ahí y decidió (¿Por cansancio? ¿Por mero disfrute?) sentarse un rato y dejar que, en lugar de sus pies, fueran sus ojos los que caminaran sin descanso.
Las personas que no hacen lo que hace este hombre ¡están equivocados! Los hombres y mujeres que no se detienen y se sientan en un banquito y dejan que su mirada trepe a las frondas de los árboles o miren el vuelo de una parvada dibujando líneas en el cielo ¡están viviendo de manera equivocada! Los que, todo el día, caminan apresurados ¡están viviendo de manera errada!
El secreto de la vida (dicen los cartujos) es la contemplación.
El comiteco de la fotografía no sabe quiénes son los cartujos y le vale un soberano cacahuate no saberlo. Él, simplemente, una tarde prodigiosa, se sentó en la gradita y se puso a contemplar la vida, a ver declinar el día. Supo que el día, como él, ya estaba cansado del ajetreo y se disponía a descansar. ¡Que llegue la noche! La noche en que la mirada se cierra al rebumbio del día, al momento en que, los ojos también se ponen en actitud contemplativa.
Romeo siempre me advirtió que tuviera cuidado de aquellos individuos que se paran frente a las casas y se ponen a ver todos los movimientos. Me advirtió que podían ser malhechores vigilando los movimientos de sus potenciales víctimas.
Acá, el hombre de esta fotografía, no hace más que descansar, no hace otra cosa que dejar que el tiempo borde sus hilados.
Este hombre caminaba por la banqueta y decidió hacer una pausa en el camino. Halló una gradita donde sentarse y se sentó y dejó que su mirada se perdiera en la esquina, allá donde bajaban veloces los autos, donde los niños corrían para comprar un dulce en la tienda; allá donde la señora sacaba su mesa para ofrecer más tarde los panes compuestos y los taquitos dorados.
Él no lo sabe, nunca lo supo, pero, por un momento, perteneció a esa congregación de hombres y mujeres que se dedican a la contemplación.

lunes, 10 de abril de 2017

LOS SITIOS MÁS AMADOS





Yazmín me dijo que la casa de Armín es generosa. Llamó mi atención el adjetivo. Cuando lo dijo, estábamos en la casa de ella, una casa comiteca construida en los años cincuenta del siglo pasado, con cuatro corredores abrazando su patio central, patio lleno de luz, de aire; patio que permite ver el cielo azulísimo del pueblo.
Llamó mi atención el adjetivo: generosa. Porque, así como conozco la casa de Yazmín, también conozco la casa de Armín, y la casa de Armín, digamos que no es como la de Yazmín, porque ni siquiera tiene patio central. La casa de Armín yo la definiría como modesta, porque cuando Armín me recibió en su casa, yo entré de inmediato a la sala y desde ahí vi el comedor, la cocina y un pasillo que conducía a los cuartos (imaginé). La sala, gracias al ventanal que da a la calle, tenía un poco de luz, pero el comedor estaba instalado más bien en la penumbra. Advertí que la cocina también estaba más o menos iluminada, gracias a otro ventanal que da a lo que imaginé era el sitio.
¡Claro!, dijo Yazmín, casi parándose del asiento. La generosidad de la casa de Armín está en el sitio (lo que en otros lugares llaman traspatio). Me dijo que su casa (herencia del papá) nunca tuvo sitio, o cuando menos, ella no recuerda haber jugado (como muchos niños de los años sesenta) en el traspatio. La casa que ella recuerda es la misma que habita. Y concluimos que era raro, porque, por lo regular, las casas de abolengo (esas maravillosas casas de rico, con cuatro corredores) tenían un sitio “generoso”, con plantas, flores y muchos árboles.
Pero no sólo las casas de abolengo poseían un sitio, ¡no!, las casas más modestas, las de las orilladas de Comitán, se caracterizaban por tener enormes sitios, donde la luz se columpiaba con emoción todas las mañanas. Los sitios de las casas comitecas restaban las diferencias sociales, ahí, los pobres eran más ricos que los ricos, porque sus sitios eran, como bien dice Yazmín, ¡más generosos! Los sitios comitecos eran tan generosos como la casa de Armín. Porque la casa de Armín, según cuenta Yazmín, tiene un sitio hermoso, un sitio que no tiene la casa de ella, que es casa de ricos.
Cuando Yazmín me explicó por qué decía que la casa de Armín era una casa generosa, entendí que lo mismo sucede con muchas personas: su generosidad no radica en el patio central de su cuerpo sino en aquello que está más adentro; es decir, ¡el espíritu!
Ramón (quien desde los años setenta fue a radicar a la Ciudad de México, primero por estudios universitarios, luego por cuestiones laborales y posteriormente por situaciones familiares, ya que allá conoció a su actual esposa, con quien procreó siete hijos, ¡siete! ¡Mero comiteco arrecho!), cuando le pregunté si era feliz allá, me dijo que vivía feliz en la Ciudad de México. “Sólo extraño una cosa”, me dijo. Yo me adelanté y le dije que era la comida. “No -dijo él-. Extraño el sitio de mi casa”, y me explicó que allá vive en un departamento, bonito, pero pequeño, reducido, casi asfixiante.
En Comitán, a pesar de las modificaciones urbanas, aún hay casas con sitios de manos abiertas. Sitios donde los papás cuelgan columpios de las ramas y los niños suben a los árboles a cortar jocotes, limas de pechito; donde las mamás (con un garabato) bajan los limones para el agua a la hora de la comida o para la cerveza Tecate del marido. Sitios donde las niñas juegan a la comidita, mientras buscan recetas en su celular. Aún, a pesar de los pesares, existen casas generosas como la casa de Armín.

sábado, 8 de abril de 2017



CARTA A MARIANA, DONDE APARECE UN MUSEO INSÓLITO

Querida Mariana: A mí me gustan los museos. Incluso los museos más feos llaman mi atención. Si me preguntaras qué es un museo no sabría definirlo bien a bien. Si busco en cualquier diccionario hallo la siguiente definición: “Museo: Lugar en que se conservan y exponen colecciones…”, y la descripción de las colecciones puede ser interminable.
En nuestro pueblo, platicamos el otro día, tenemos ya varios museos y los comitecos esperamos que un día de éstos se inaugure el MUROC (Museo Rosario Castellanos).
A mí me atraen los museos porque, en la mayoría de ellos, hay objetos de tiempos pasados. Es difícil, muy difícil hallar museos que visualicen el futuro. En Comitán tenemos el Museo Arqueológico (ya su propio nombre desliza lo que ahí encontramos: vestigios arqueológicos de tiempos prehispánicos); tenemos la Casa Museo Dr. Belisario Domínguez (donde se muestra parte de la vida y obra de nuestro personaje que nació en 1863 y murió en 1913); asimismo tenemos un Museo de Arte (en cuyas paredes hallamos cuadros pintados en la segunda mitad del siglo XX); y tenemos el Museo de la Ciudad (que como advierte su nombre contiene elementos que dan idea de lo que es nuestro pueblo. Mínima muestra, porque es imposible colocar en pocas salas toda la grandeza de este pueblo). ¿Mirás? Parece algo obvio, pero debe decirse: nuestros museos muestran objetos de tiempos pasados. Y tal vez en ello radica la importancia y belleza de los museos. Digo esto porque Comitán (como la mayoría de pueblos del mundo) ha tenido grandes transformaciones a través del tiempo, pero en los museos se encuentran objetos que no sufren modificación alguna. Esto fue lo que enojó a gran parte de la ciudadanía cuando vio que el patio central de la Casa Museo Belisario Domínguez fue transformado, en lugar de respetar lo que por muchos años se había conservado como un espacio intemporal.
Al inicio de esta carta dije que hablaría de un museo insólito. En Estambul, ciudad que cualquier libro de historia señala que está en la zona limítrofe de Asia y Europa, existe un museo cuya existencia es difícil de creer. Y digo que es difícil imaginar la existencia de este museo porque está dedicado a personajes de ficción literaria.
Hay muchos museos arqueológicos como el que tenemos en Comitán. La riqueza arqueológica de México da para llenar cientos de museos. ¿Museos de arte? ¡Ay, por el amor de Dios! Hay miles en todo el mundo. La mayoría muestra pinturas y esculturas. ¿Museos de ciudad? ¡Cientos, cientos! ¿Museos dedicados a escritores y a personajes relevantes en la historia? ¡Miles, miles en el mundo! Pero, ¿cuántos museos existen que están dedicados a personajes de ficción?
El escritor turco Orhan Pamuk compró una casa en Estambul, una casa que estaba en muy malas condiciones, la acondicionó y la convirtió en un museo, un museo que cuenta (en ochenta y tres vitrinas) la síntesis de la novela que escribió y que se llama “El museo de la inocencia” y que está dividida en ochenta y tres capítulos. Cuando leí la novela encontré un pase para entrar al museo. Como leía una ficción pensé que era eso ¡ficción!, pero no. Los lectores que viajan a Estambul buscan el museo (que está en un barrio de callecitas angostas) y, en la entrada, presenta el pase que está en el libro, ahí, en la taquilla, una señorita toma un sello y sella la hoja, con lo cual se cumple dos rituales maravillosos: el guardia de entrada reconoce el pase para ingresar y el lector guarda, como si fuese un sello de pasaporte, el recuerdo de haber asistido al museo en donde se cuenta la síntesis de la novela. ¿Imaginaste alguna vez que existiera un museo dedicado a personajes literarios? ¿Imaginás que en ese museo hay una zapatilla de color amarillo que, se supone, perteneció a Füsun, que así se llama el personaje femenino principal?
¡A ver, a ver, dame cualquier nombre de personaje literario! ¿Cuál? ¡Sí, sí, Pedro Páramo, de la novela de Juan Rulfo es buen ejemplo! Ah, bueno, imagina entonces que en algún lugar de Jalisco abrieran un museo dedicado a él. Sería alucinante, ¿a poco no? Es alucinante pensar que los personajes literarios, en muchas ocasiones, tienen más presencia que los personajes reales. Una alumna se acercó un día a la banca en donde yo leía y me hizo una pregunta: “¿Existió El Quijote?”. ¿Qué responder? Yo dejé el libro que leía sobre la banca y, mientras veía a mi alumna para responder, tenía la mano sobre la portada del libro. Esto era así, porque pensaba que los personajes de esa novela que leía no eran reales, sin embargo, tenían un peso en mi memoria y en mi espíritu, que parecían muy reales, tan reales que habían estimulado mi imaginación, de tal forma que pocos de los que estaban en el parque lo lograban. Mi alumna estaba parada a un lado, pasé la novela al otro lado, y le dije que se sentara. Ella se sentó a mi lado, colocó sus manos sobre una de sus rodillas desnudas (llevaba una falda corta) y me sonrió. Sí, le dije, El Quijote, a pesar de ser un personaje inventado, existió, ¡existe! Y le dije que su pregunta era la prueba de ello, le dije que cuando alguien, en algún lugar del mundo, en cualquier momento, pregunta si existe Dios, ya se está respondiendo. Todo aquello que se nombra ¡existe! Antes de que Cervantes escribiera “El Quijote”, don Alonso Quijano ¡no existía!, pero un día después que un lector tomó el libro y leyó esa novela excepcional, El Quijote tuvo vida y una vida tan plena, tan rotunda, que siglos después ¡todo mundo habla de él! ¡Sí!, dije, El Quijote existió, ¡existe!, y existirá mientras exista la memoria humana. Vi iluminarse la carita de mi alumna. Supe que reconocía la existencia “real” de ese personaje inventado.
La memoria de los seres humanos es infiel. Olvidamos con regularidad. Tal vez por esto, los ciudadanos del mundo construyen museos, para preservar la memoria. Por eso, los comitecos odiaron a los encargados de transformar el patio y el traspatio de la Casa Museo del doctor Domínguez, porque ellos, en lugar de restaurar, remodelaron a su antojo, imprimieron su huella bruta en un lugar donde estaba impresa una huella colectiva e histórica. Los tipos inútiles dijeron que el patio central no correspondía a la época. ¡Por supuesto que no! El jardín lo adecuaron cuando fue inaugurada la casa (¿1985?) y fue cuidado por don Jaimito (el jardinero) durante buen tiempo, hasta que fue transformado. Es decir, querida mía, estamos hablando de casi treinta años, treinta años que se echaron a la basura.
Cuando entro a un museo entro porque ahí encuentro el tiempo detenido. Si en alguna vitrina hallo una fotografía de los años setenta, reconozco a las chicas que vi de adolescente y vuelvo a sentir una emoción indescriptible al verlas con minifalda. En Comitán hubo (¡que Dios las bendiga siempre!) chicas que usaban mini minifalda, con orgullo subían las escaleras del parque central y yo, desde una banca, con la emoción contenida, veía sus muslos y cuando pasaban frente a mí, yo, de reojo, veía su trasero, veía que la mini llegaba al límite donde sus nalgas dibujaban dos hermosas líneas cóncavas, casi casi como si fueran dos sonrisas en medio de sus culitos. Entro a los museos para hallar las huellas del pasado, porque, afuera, todo se ha modificado. Muchas fachadas de casas comitecas se perdieron. Un buen día llegó un arquitecto recién salido de la universidad y quiso implantar su huella y tiró fachadas antiguas (llenas de historia, comunitaria y personales) y levantó construcciones “novedosas”. El museo que era el pueblo se volvió un tachilgüil.
Por supuesto que El Quijote existió, ¡existe! En Guanajuato, México, existe un museo dedicado a él. Rocío me contó que se sorprendió al visitar las tres primeras salas, porque halló “anécdotas” del personaje. ¿Podés creerlo? Ahí se cuentan algunas de las aventuras que vivió el personaje, en forma real. ¿Por qué en Guanajuato? Ah, porque ahí, cada año, se celebra el Festival Cervantino, que es un señor festival que, durante el tiempo que dura, reúne una serie de actos culturales de gran relevancia de todo el mundo. ¡El Quijote sigue existiendo! Tan es así que tiene museos.
Pamuk, que es un escritor premiado con el Nobel de Literatura, hizo un prodigio: construyó un museo dedicado a los personajes por él creados. Ahora, todos los lectores que llegan a Estambul (lugar donde se desarrolla la novela) entran al museo y encuentran objetos que “usó” Füsun.
Estoy casi seguro que no existe una foto de Füsun. Creo que eso sí sería un error, porque cada lector tiene a “su” Füsun en la mente. Cada lector, con su imaginación, le otorga rasgos físicos.
Con El Quijote resulta lo contrario. Los grabados que hizo Doré son tan bellos y tan significativos que la imagen que él hizo de El Quijote para la edición ilustrada ha vencido el tiempo y ahora todo mundo reconoce la imagen de él como si don Alonso hubiese posado para el gran artista.

Posdata: ¿Cuántos personajes sueñan con tener un museo? ¡Muchos! Tengo amigos escritores que serían medianamente felices por tener un museo con su nombre, y digo medianamente, porque su ego no tiene llenadero, después desearían más. Pamuk no aspiró a tener un museo con su nombre, hizo un acto generoso: creó un museo para sus personajes y con ello inmortalizó a Füsun y al hacerlo también se inmortalizó él.
A veces alguien se me acerca, niña mía, y me pregunta: ¿Quién es Mariana? ¿Qué puedo decirle? Mariana sos vos, mi niña adorada. Un día, un muchacho se acercó y me preguntó: “¿Existe Mariana?”. ¿Qué decirle? ¡Nada, nada dije!, pero pensé: “Ah, bobito, si no existiera no la nombraras”.
¿Ya la leíste? “El museo de la inocencia”, de Pamuk, es ¡una gran novela!

viernes, 7 de abril de 2017

DEFINICIÓN DE SALIR




Alba, en la materia de español, pedía a todos los santos que en el examen vinieran preguntas fáciles. Cuando Rocío (la Chío) preguntaba cuáles, según ella, eran preguntas fáciles, Alba decía que fueran preguntas del tipo: ¿Cuál es el antónimo de entrar? ¿Cuál es el antónimo de blanco? Por eso, todo el grupo recuerda que ella, a la pregunta de: ¿Cómo definirías al verbo entrar?, Alba dijo que era lo contrario de salir.
Pareciera que la definición de salir no tiene mayor problema, todo mundo sabe qué es salir (Alba dijera que es lo contrario de entrar).
Y sin embargo, Eliseo decía que definir el verbo salir tiene su complejidad. Eliseo decía que, el diccionario más elemental, traía una definición que, más o menos, decía: “Pasar de dentro hacia afuera”. Todo mundo sabe que eso es. Sale alguien que está adentro. Pero, Eliseo siempre usaba un ejemplo, un poco raro, decía que el hombre de la edad de piedra salió de la cueva para “entrar” al mundo de la modernidad. ¿Cómo? Sí, explicaba Eliseo, si ese hombre no hubiese salido de la cueva no habría entrado a la edad moderna. Todo mundo que escuchaba a Eliseo estaba de acuerdo con su dicho. Es comprensible entender que fue necesario que ese hombre abandonara su cueva para construir su hogar de madera, de cemento, de hormigón, de metal, de cristal. Pero, ¿qué tenía qué ver una cosa con otra? Eliseo decía que la definición clásica no explicaba este paso asombroso, paso que, según nuestro amigo, era más trascendente que aquel famoso “Un paso pequeño para el hombre, pero un gran salto para la humanidad” que dijo el primer hombre que caminó en la luna. De acá, Eliseo concluía que el hombre que sale, siempre “entra”.
De acuerdo con lo dicho por Eliseo, el hombre de la Edad de Piedra salió para entrar a la Edad de Bronce y Neil Armstrong salió de la cápsula lunar para entrar de lleno a la conquista del espacio.
Cuando Eliseo decía lo que decía yo “entraba” en una cápsula de confusión, de la cual me era muy difícil “salir”, porque mientras él no lo dijera yo tenía muy claro (como todo mundo) qué era salir y qué era entrar. Salía de mi casa, echaba llave y caminaba por la calle; cuando, en la noche, después de ir al cine y a cenar una torta de butifarra en la cenaduría Yuli, metía la llave, abría la puerta, ¡entraba a mi casa! Como si fuese un programa de Plaza Sésamo entendía perfectamente lo que era Salir y Entrar. Si iba a la calle ¡salía!, si abandonaba la calle ¡entraba! Todo muy sencillo. Sin embargo, cuando Eliseo explicaba su casi teoría, yo abandonaba mi certeza y no salía de mi confusión y entraba en un gran desasosiego, porque, entonces, pensaba que el salir de un espacio implicaba entrar a otro y viceversa y que lo único que hacía la diferencia entre entrar y salir era que un espacio estaba techado y el otro no, pero si leía la novela “Atlas descrito por el cielo”, de Goran Petrovic, donde los habitantes de la casa quitan el techo para hacer que el cielo de la casa sea azul, el azul del cielo, dejaba mis convicciones y retomaba la teoría Eliseana, porque la casa que habitan los personajes de Goran no tiene cubierta, es tan espaciosa como espaciosa la calle.
Ahora, en muchas ocasiones, salgo de casa y digo que entro al territorio del caos y cuando entro a mi casa digo que salgo de lo incierto. Y esto hace que ya no tenga tan claro qué es entrar y qué es salir.
Yo, igual que Alba, hubiese reprobado el examen. Si el maestro hubiera preguntado qué es salir, no habría sabido bien a bien qué contestar. Cuando entro al mundo de ficción de una novela, ¿de dónde salgo?

jueves, 6 de abril de 2017

CIGÜEÑAL




Pamuk dice que en Estambul, cada dos años pasan bandadas de cigüeñas. Ah, si esto lo hubiese sabido la tía Eugenia (quien murió hará cosa de veinte años o más) le habría dado gusto y pena, a la vez.
La tía Eugenia, todas las noches, sin falta, abría la ventana de su recámara y miraba el cielo, con la intención de ver alguna cigüeña. No era una idea romántica, al estilo de los que suben la vista para mirar la luna o una lluvia de estrellas, ¡no!, la tía atisbaba el cielo para descubrir, a mitad de la noche, una cigüeña, porque quería espantarla. La tía Eugenia se acodaba en el marco de madera de la ventana y ahí colocaba la escopeta que había sido de su esposo y con la cual éste había matado muchos venados y conejos y armadillos y palomas en las márgenes del río Grijalva, mucho antes de que a este río lo encajonaran y lo convirtieran en una presa hidroeléctrica.
La tía coincidía con el pensamiento de Dedo Torcido, personaje de la película “Memorias de Antonia”, quien siempre consideró que era un acto inhumano traer una criatura a la tierra. Con las condiciones de la sociedad actual, a Dedo Torcido se le hacía un crimen cada nuevo nacimiento. Esas criaturas recién nacidas, decía la tía, vendrían a sufrir penas, hambres, violencia y demás miserias humanas.
Como la tía pensaba que, en efecto, era la cigüeña quien traía todos los pichitos que nacían en Comitán, ella estaba segura que si, una noche, la cigüeña aparecía por el rumbo de Los Sabinos, que era el barrio donde estaba su casa, y ella soltaba un fogonazo con su escopeta, la cigüeña jamás volvería a aparecerse por este pueblo y con ello bajaría el índice de nacimientos. El ave, espantada, movería sus alas como si fuesen aspas de molino de viento y, en lugar de posarse en un framboyán de Los Sabinos, iría a refugiarse en un pino de La Trinitaria o en algún espino de por el rumbo de Chamic.
Ah, si la tía hubiese vivido en Estambul, se habría ido para atrás cada vez que viera una bandada de cigüeñas (más de cien, más de doscientas) volando por en medio de los minaretes. Seguro que ella, tartamudeando, con el brazo derecho indicando la línea blanca del vuelo, habría llamado a su hija Nelidé y, casi a gritos, habría dicho: “¡Mirá, mirá, un cigüeñal!”, porque ella no habría sabido bien a bien cómo llamar a una bandada de cigüeñas. Habría usado esa palabra que más bien pertenece al terreno de la mecánica, al terreno de su esposo que, durante más de cuarenta y dos años, se dedicó a componer los autos desvencijados de los habitantes del barrio.
Rocío, una vez, me dijo que uno de sus deseos era viajar a un país (africano) donde pudiera pararse en la orilla de un lago y ver cómo alzaban el vuelo cientos, ¡miles!, de flamencos. Decía que imaginaba la belleza de una nube naranja volando como un papalote gigante.
La tía Eugenia también se hubiera impactado al ver una nube blanquísima, con manchas negras, conformada por cientos de cigüeñas.
¿Por qué cada dos años, las cigüeñas (en parvada) sobrevuelan la ciudad de Estambul? No lo sé, pero esa migración debe ocurrir por las mismas causas que los patos canadienses sobrevuelan, en algún momento, las ciudades del norte de México.
Los fenómenos migratorios son frecuentes y cíclicos. En Michoacán (se sabe) hay épocas en que llegan millones de mariposas monarca.
La tía se murió y jamás logró ver una cigüeña sobre el cielo de Comitán. Sólo murciélagos pasaban a cagar las paredes de su casa. El tío, en vida, le reclamaba por qué no espantaba a los murciélagos y, en lugar de estar buscando las cigüeñas que nunca llegarían, debía soltarles un plomazo a esos ratones voladores.
Cada vez que alguna vecina llegaba con el chisme de que fulanita estaba embarazada, la tía se enojaba y lo lamentaba. Hacía sus cuentas y justo en la semana en que la criatura debía “llegar” al mundo, se colgaba un par de catalejos, abría su ventana y se pasaba noches enteras buscando por los cielos de Comitán. Cuando (indefectiblemente) la misma chismosa llegaba a advertirle que el hijito de la fulana había nacido y que era un niño sano, que había pesado tres kilos con seiscientos gramos al nacer, la tía aventaba la escopeta y decía: “¡Esos animales tienen un pico de tijera muy fuerte! Y son muy vivos, buscan rutas desconocidas, pero un día…”.
Pamuk (todo mundo lo sabe) es un escritor turco que obtuvo el Premio Nobel de Literatura. Escribe acerca del país que conoce. Los escritores comitecos no podrían escribir de bandadas de cigüeñas, los pájaros que por acá vuelan son zanates. Tal vez los escritores de aquí podrían escribir sobre nubes negras conformadas por miles de tsitzimes.

miércoles, 5 de abril de 2017

MUROS




Cuando Pau miró estas huellas se asombró. Alabó el ingenio, dijo que era una genialidad colocar estas suelas en el piso para indicar la entrada al negocio. Al ver la pluma dijo que era de un pato que calzaba tenis y sonrió, dijo que era un pato futbolista, un pato tenista.
Pero, luego, se puso triste. Mi Paty le preguntó qué le ocurría. El pato no pudo entrar, dijo. La cortina estaba cerrada. Siguiendo con el juego, dijo que había sido un recorrido infructuoso, venir de tan lejos, dijo, y hallar que la cortina está cerrada, que no hay entrada franca. Y dijo que, muchas veces, en la vida ocurren cosas similares. Ah, pensé, ya comenzará con sus rollos filosóficos y, como si fuera un personaje de Derbez, dije: ¿Por qué no será una niña normal?
¿De qué sirven unas huellas que te llevan a lugares con cortinas cerradas, con bardas altísimas, con cercas electrificadas, con muros?
Pau dijo que, si imaginábamos tantito, lo mismo debió ocurrir cuando construyeron el Muro de Berlín. Los expulsados dejaron sus huellas, los de Oriente sabían que siguiendo los pasos de sus familiares, que eran sus hijos o padres o abuelos, podían llegar hasta donde estaban ellos, pero no podían verse, tocarse, abrazarse, porque cuando llegaban al lugar donde faltaba tan poco, el muro les impedía cruzar.
Mi Paty preguntó entonces: ¿Y el vuelo? Claro, si eran patos podían volar. Bueno, la historia cuenta de algunos casos donde los berlineses lograron su intento y pasaron del otro lado. Pero, en el caso de la fotografía, al pato (imaginario, por supuesto, porque tal vez la pluma que acá se ve fue de una paloma que andaba revoloteando por ahí como lo hace cada mañana) de nada le valió llegar hasta el límite, porque en este caso de nada sirve el vuelo. Cuando los cielos están abiertos los que vuelan logran llegar hasta donde quieren, pero cuando los cielos están techados, el vuelo es una mera utopía. La reflexión de Pau tenía pilón: Los que vuelan deben romper los techos.
Pau dijo entonces que los propios hombres (todos) se imponen trabas. En los cielos abiertos todo mundo puede llegar hasta el límite y más allá.
Pau colocó su pie izquierdo (que llevaba calzado con unos zapatos de tela, de color verde y rosado fluorescentes) sobre la primera huella, levantó el pie derecho y lo colocó al lado de la huella que tenía la pluma. Dijo que esa “ingeniosidad” no era tan ingenua. El propietario del local trató de llamar la atención del caminante (lo logra, porque nosotros tres andábamos fascinados jugando con las suelas de esos zapatos viejos pegadas a la banqueta), pero si esto lo trasladábamos al plano de la situación política encontramos que muchas estrategias tienen el mismo truco: Los políticos nos marcan el camino que, al final, va a dar contra un gran muro. Todas las esperanzas de un país mejor chocan contra pared.
La ingeniosidad de este local de servicios es que lo que ofrecen tiene relación directa con las suelas. Pau dice que ahí venden productos para calzado. Luego dijo que no todas las profesiones permiten este tipo de “ingeniosidad”. ¿Qué ponés al frente de una carnicería? ¿Un montón de huesos pegados al piso? Los carniceros, si quieren una buena estrategia publicitaria, deben ser aún más ingeniosos. En el caso de las vinaterías sí es más sencillo. Pueden hacer uso de la misma estrategia y colocar algo relacionado con botellas en la entrada o en la propia banqueta. ¿Qué estrategia utilizan los políticos para llamar nuestra atención? ¿Qué pegan en la banqueta de nuestro camino?
Hay muchas estrategias que nos despluman, que nos impiden volar, que hacen que nuestro espíritu pato choque contra los muros.
Muchas veces seguimos estas huellas pegadas en el suelo. Los sabios recomiendan que, de preferencia, para ser libres, para ser auténticos, somos nosotros quienes debemos sembrar nuestras propias huellas, como decía el poeta: “Hacer camino al andar”.

martes, 4 de abril de 2017

EN LA CUERDA DEL VIENTO




Rosder es, ahora, un escritor muy leído, muy buscado, muy elogiado. Rosder fue un niño normal. Como todos los niños de cinco años iba al kínder. Le gustaba comer chocolates y, los domingos, después de misa, se sentaba con sus papás en el parque de San Sebastián a comer una paleta de chimbo. La única diferencia que Rosder tenía con respecto a los demás niños del pueblo era que él tenía un nombre no común. Los demás niños se llamaban José, Ramón, Alejandro, Israel o Alfonso; es decir, los demás tenían nombres comunes y corrientes. En el pueblo había muchos Alejandro y muchos Ramón, pero no había otro Rosder.
Bueno, Rosder también se distinguía por otra manía peculiar, creer que, en efecto, a las palabras se las llevaba el viento. Lo creyó desde una vez que escuchó decirlo a su tía, sentada en la poltrona de la sala, sopeando una rosquilla chuja en una taza de café chiapaneco. “Ah, no -había dicho la tía, con la boca llena y escupiendo pedazos mojados del pan-, que te firme un papel, acordate que las palabras se las lleva el viento”. A Rosder no le importaba cuál era el motivo de la charla, lo que sí le importó fue el dicho de que a las palabras se las lleva el viento. En cuanto lo oyó pensó hacia dónde iban las palabras, los miles y miles de palabras que la gente decía, porque él, en la casa, oía que la gente entraba y salía y platicaba mil cosas en la cocina, en la sala, en los lavaderos, en el patio; las personas aventaban cientos de palabras cada día. Entonces dejó de jugar con el carrito de madera y puso atención a lo que la tía decía, se concentró en los labios gruesos, como de sardina hinchada, y trató de captar el cuerpo de una palabra. Estuvo así, como si fuera un pescador, tratando de ver la colita de alguna para ver hacia dónde iba; estuvo como un astrónomo tratando de descubrir qué dirección tomaba la lluvia de estrellas, que formaban las palabras. Se desesperó al ver que no lograba identificar el vuelo de las palabras, se desesperó al grado de que se paró, se acercó a la tía, le jaló el suéter rojo y le pidió que hablara más despacio, más des – pa – cio. La tía rio, le acarició la cabeza y continuó con su plática en la misma intensidad. Rosder insistió, le jaló el brazo y le pidió que no hablara tan rápido, le dijo que sus palabras salían como aviones, él necesitaba que las palabras salieran como trenes cansados, como tortugas viejas. La tía volvió a reír, pero la mamá de Rosder sí perdió la sonrisa inicial y, al ritmo de jet supersónico, soltó una andanada de palabras que decían que dejara de molestar y que, ¡de inmediato!, saliera de la sala y fuera para su cuarto. Rosder tuvo que cumplir la orden, levantó su juguete y fue a su recámara. Cuando, en la noche, la mamá entró para avisarle que ya estaba lista la cena, Rosder se le acercó y preguntó, con cara de tiuca desorientada: “¿Adónde van a dar las palabras?”. ¿Las qué?, preguntó la mamá, desorientada. ¡Las palabras!, repitió Rosder, ¿adónde van? ¡Ay, qué pregunta, niño!, dijo la mamá y lo apuró a que fuera al comedor, porque el chocolate se estaba enfriando.
Nadie sabe bien a bien (salvo los nutriólogos) adónde va la grasa corporal cuando alguien pierde peso. Nadie sabe bien a bien adónde va el agua cuando un pozo se seca. De igual manera, Rosder comenzó a preguntarse a dónde iban las palabras una vez que eran emitidas. Si llegaban al oído del escucha ¿se perdían en esos laberintos? Y si esto era así, entonces, ¿en qué parte del cuerpo se instalaban? ¿Las palabras engordaban? ¡No ellas! La pregunta es si engordaban al ser que las escuchaba. Pensó entonces, a la hora que comía una rosquilla chuja, sopeada en una taza de chocolate, que las personas por eso hablaban mucho, porque como oían muchas palabras tenían que devolverlas. ¡Eso era! Las palabras se las llevaba el viento, las llevaba hasta el oído del escucha, que era como helipuerto donde aterrizaban todos los helicópteros verbales. Entonces, el día lunes, a la hora que entró al salón de clases y la maestra, con mandil de cuadros amarillos y rojos, dio a todos los niños una marqueta de plastilina azul y les dio indicaciones para que hicieran una flor y un tallo, Rosder se fijó en el movimiento de labios de ella y vio que las palabras que pronunciaba se repartían como en un abanico increíble, se extendían en el aire como si fueran pétalos y algunas iban a dar al oído de Dominica (una niña morena, con chapitas y trenzas que le llegaban hasta la mitad de la espalda), otras se posaban en las orejas de Damián (el niño descalzo y pantalones siempre limpios, pero zurcidos), y así, de la catarata de palabras emitidas, todas (¿quién sabe por qué designio?) elegían diversos helipuertos. Vio, ¡sintió!, que muchas de esas palabras llegaban hasta sus oídos y ahí, como si fuesen pajaritos, buscaban su nido.
Pero Rosder debía, por decirlo de alguna manera, reciclar esas palabras que habían empollado en sus oídos, así que, de inmediato, cuando la sirvienta pasó por él al kínder, a la hora de salida, comenzó a platicarle todo lo que había sucedido en el día, le contó del niño que hizo de la caca en la silla, de la niña que cayó en el corredor y se raspó las rodillas, de la maestra que no dejó de comer una torta todo el día y luego salía al patio para pedorrearse. La sirvienta estuvo contenta, porque Rosder, por lo regular era un niño callado. Al llegar a la casa, Rosder corrió a buscar a su mamá y cuando ella lo abrazó, el niño, como si fuera un disco volvió a contar todos los sucesos del día y luego fue al cuarto de la abuela, se sentó en el borde de la cama y contó todo de nuevo, a pesar de que la abuela estaba durmiendo. Y cuando, en la tarde, llegó el papá, Rosder se sentó a su lado y contó, contó. Luego, cuando la sirvienta sirvió el café, el niño se levantó, fue a su cuarto, sacó de la mochila un cuaderno y, de nuevo en la mesa del comedor, se puso a rayotear en los renglones. ¿Qué hacés?, preguntó la mamá, y cuando el niño dijo que escribía, ella sonrió y dijo que no, que él no sabía…, pero el papá colocó su mano sobre la de ella para que no terminara de decir lo que pensaba decir, que Rosder no sabía escribir. Y, desde entonces, Rosder no paró de contar lo que oía y veía, porque creía que las palabras llegaban a sus oídos y ahí empollaban y si no les daba vuelo terminarían por hacer ahí su hogar miles y miles y miles de palabras y el condominio iba a ser tan enorme que, en algún momento, rebasaría la capacidad de su cuerpo. Cuando aprendió a escribir siguió llenando cuadernos y luego escribió en máquinas mecánicas y luego en computadoras y luego publicó sus escritos en periódicos y revistas y luego los convirtió en libros.
Rosder es, ahora, un escritor muy buscado, muy leído, muy elogiado.
Rosder fue un niño como todos, pero tenía una singularidad: creía que, como había dicho la tía, a las palabras se las llevaba el viento.

lunes, 3 de abril de 2017

CONGRUENCIA




Mi Paty y yo nos paramos a ver el remate de un edificio, pero Pau no veía lo que nosotros, ella miraba al otro lado de la calle. “¡Miren, miren!”, dijo. Volvimos la mirada y vimos el letrero: “Las gorditas del gordo”. Pau sonrió. Dijo que, a la hora de la comida, debíamos comer en ese negocio, dijo que, sin duda, el lugar era sensacional. ¿Por qué lo decía? Cuando nos sentamos en la banca del parque, y mientras comía un helado de pistache con fresa, dijo que la gordura del gordo era el mejor anuncio para las gordas que preparaba. Sí, dijo mi Paty, yo conozco un médico que es nutriólogo y que pesa más de ciento treinta kilos. ¿Quién puede confiar en sus métodos de adelgazamiento si él no lo aplica? Pau dijo que su amiga Hermila le contó que una vez llevó a su abuelo al Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias y en cuanto le dijeron que el doctor que buscaban era el médico que estaba en el jardín al lado de la buganvilia y vio que el famoso doctor estaba fumando pensó que no era el médico ideal para el caso de su abuelo.
Por eso dijo Pau que el gordo es el mejor promotor de sus gordas. Sería un contrasentido que el dueño de una carnicería fuera vegetariano o viceversa. No se vale que un amante de los animales tenga al salpicón de venado como su platillo favorito. La vida, para que sea honesta, exige congruencia. Lo ideal sería que el nutriólogo sea un hombre con peso adecuado; que la doctora que vende productos para eliminar el paño no tenga el cutis manchado; que el cantinero beba y sepa qué apapachos quiere el bolo; que al sacerdote católico no le brillen los ojos cuando aparezca una muchacha bonita con escote sugerente. La vida exige que el deportista no fume y que quien vende gorditas no sea flaco.
Mi Paty le preguntó a Pau cómo estaba su helado y ella, relamiéndose los labios, dijo que estaba “De relamido”. ¿De relamido? Sí, aseveró, y volvió a lamer el helado. En Comitán me encanta oír que algunas personas dicen “lambido”, en lugar de lamido. En Comitán no es extraño escuchar que alguien diga que “El gato está “lambiendo” el plato”, porque le encanta la lechita.
Así como muchos dicen que algún platillo está “De rechupete”, Pau dice que está “De relamido”. Lo cual (en ambos casos) significa que está exquisito.
Yo, una vez, escuché que una amiga, refiriéndose a un muchacho, dijo que estaba “De rechupete”, como si el chico fuese un postre. Mi amiga entornó los ojos, se relamió los labios, y dijo que se lo comería poco a poco, para que le durara mucho tiempo.
Cuando llegó la hora de comida, Pau casi nos obligó a ir a “Las gorditas del gordo”. Entramos y Pau pidió dos gordas para llevar. Ella, muy tolerante, no me obligó a sentarme ahí, porque sabe que soy vegetariano. Yo busqué y busqué al gordo, pero no lo hallé. Pau pagó y recibió la bolsa con las dos gordas. En cuanto salimos, lo primero que dijo es que, tal vez, el gordo tuvo algo que hacer y salió, porque quien la atendió fue una señorita que si bien no era delgada tampoco era una muchacha pasadita en kilos.
Nunca vimos al gordo, pero Pau dijo que las gordas estaban “de relamido”. Lo mismo pensé yo cuando probé la sopa de lentejas con piña, en el restaurante vegetariano. Pero también pensé en “Las gordas de Cirito”, que eran las gorditas que compraba a la hora del recreo, cuando estudié la secundaria en el Colegio Mariano N. Ruiz. Las madres de El Niñito Fundador (que habían llegado de Puebla) comenzaron a preparar las gordas, rellenas con papa y aderezadas con tiritas de lechuga y salsa verde. Los alumnos le decíamos “Las gordas de Cirito”, porque el sacristán del templo de San Sebastián era quien las servía. Ahora pienso que debimos nombrarlas como “Las gordas de las madres”, porque eran ellas quienes tenían “la receta secreta” y ellas, al contrario de Cirito, sí eran rollizas, como cantaritos de talavera.
Sí, recuerdo que las gordas de Cirito eran de rechupete, de relamido, de relambido.
Al terminar de comer, mi Paty preguntó qué haríamos y Pau sugirió que entráramos al cine a ver a los Power Rangers, dijimos que sí. Al salir, Pau dijo que había estado dos dos y yo pensé que hay películas que son como las gordas, que podrán estar de rechupete, pero engordan y provocan colesterol mental.

sábado, 1 de abril de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO UN SEGUNDO NUNCA SERÁ TERCERO




Querida Mariana: Un comentarista de fútbol soccer dice que el último minuto del partido también tiene ¡sesenta segundos! Con lo cual da a entender que, como dice otro comentarista: El partido se acaba ¡hasta que se acaba!, lo que significa que el gol de empate o de gane puede “caer” un segundo antes de que el árbitro pite el final.
Esto que pareciera intrascendente es de gran relevancia, nos explica que en nuestra medición de tiempo, no hay instante más definitorio que ¡el segundo!
Los seres humanos estamos condicionados, desde la escuela, a procurar ser los primeros. En una película mexicana alguien pregunta quién fue el primer terrícola que caminó en la luna. Un alumno levanta la mano y dice: “Neil Armstrong”; luego el maestro pregunta quién fue el segundo hombre que pisó la luna. Nadie dice algo. El maestro, entonces, dice lo que dice todo mundo: Sólo nos acordamos de los primeros y no de los segundos.
No siempre es así. Hay ocasiones relevantes en que no solo los primeros son los importantes sino los últimos. En la olimpiada del 68, que se efectuó en nuestro país, sucedió algo maravilloso. Los aficionados recuerdan que, en la prueba de maratón, Mamo Wolde ganó el primer lugar. Pero, asimismo, todo mundo recuerda al último lugar de la competencia, el maratonista de Tanzania, Akhwari. Sí, niña, el último lugar, porque su historia es una historia que hizo llorar a la tercera parte de los aficionados que esperaron la llegada de este corredor. El tal Akhawari se lesionó en algún momento de la competencia, pero jamás se rindió, rengueando, arrastrando un pie, continuó. A pesar de que sabía que todos ya habían llegado a la meta, él no se rindió. Esta historia me gusta, porque deja de lado la batalla cruel del primer lugar a la que nos aleccionan desde la educación primaria. Los compas que siempre sacan 7 u 8 jamás aparecen en el cuadro de honor. La escuela es una competencia feroz, donde los aplicaditos, los que siempre obtienen diez, son los que se llevan los reconocimientos, los que (se supone) terminarán siendo los mejores hombres y mujeres en las industrias. Pero la vida es maravillosa y no respeta tales medidas. La naturaleza (sabia por excelencia) no hace distingo alguno. La naturaleza reconoce todas las diferencias. Tan bella la más apantallante orquídea como la más modesta margarita. La naturaleza nos enseña que cada elemento del universo tiene características únicas.
El padre Carlos siempre dijo que cada ser humano es único. ¿Podés imaginar ese prodigio? En toda la historia del universo (digo del universo, no sólo del mundo) no ha habido una muchacha bonita como vos, ni la habrá. La única Mariana, hilo de agua fresca, ¡sos vos! Y ahora sí, como dijera el cantautor cubano Silvio Rodríguez, bendigo que en medio de “tantos siglos, tantos mundos, tanto espacio” vos y yo hemos coincidido. Y hemos coincidido en la más modesta línea donde nadie busca ser número uno.
Mi papá siempre me decía que no importaba que yo fuera bolero, pero que debía ser el mejor bolero. Esto que, en principio, parecía alentar la competencia, lo que hacía es recordarme que la esencia de la vida es el Ser.
Akhawari fue el último en llegar al estadio, el último en cruzar la meta, pero miles de aficionados lo esperaron para ovacionarlo, porque él no se traicionó. Durante muchos años se preparó para ese día, se preparó para cruzar la meta. ¡Lo logró!
Todo esto sale porque a veces pienso en nuestro pueblo. A veces escucho (sí, todavía sigo oyendo la monserga) que San Cristóbal nos gana en tal o cual situación. Acá (¿lo ves?) hay una carga simbólica de competencia. Hay comitecos que, en lugar de privilegiar las bondades de nuestro pueblo, coloca a Comitán en una competencia que, se sabe de antemano, perderá. Perderá porque las fortalezas de San Cristóbal son otras. ¿Qué necesidad de andar comparando ambos pueblos, cuando ambos pueblos tienen riquezas únicas y auténticas que no admiten comparación?
En mercadotecnia se emplea el término de posicionamiento; es decir, el lugar que ocupa una determinada marca comercial en la mente del consumidor. La venta de nuestro pueblo tendría que ponderar sus virtudes (que son muchas y de gran valor). He visto que muchos paisanos ponderan el templo de San José, dicen que es un templo neogótico (quién sabe qué significa esto). Si a alguien se le ocurriera comparar a San José, de Comitán, con el templo de Santo Domingo, en San Cristóbal, nuestro templo quedaría en segundo plano. Pero, de igual manera, si el templo de Santo Domingo se compara con el templo de Santa María, en Tonantzintla, la mera verdad es que el chiapaneco queda en segundo plano. Pero, asimismo, si el de Tonantzintla se compara con la Capilla Sixtina. ¡Ah! Sé que estás pensando que ya es mucha bobera lo que digo. ¿Verdad que sí? Pues esto es lo que ocurre con la competencia. La carrera por obtener el primer lugar es desgastante e inútil.
Pareciera que lo importante en la vida es reconocer las capacidades únicas que poseemos e incrementarlas en beneficio personal y de la sociedad. Si esto lo llevamos a los pueblos vemos que cada pueblo del mundo tiene sus propias características que debe preservar. El fomento de las tradiciones no puede ser una moneda para vender al turista, el fomento debe ser para el enriquecimiento cultural del pueblo. La cultura no se hace para atraer turismo, se realiza como un acto cotidiano que enriquece el espíritu de quienes viven en un determinado espacio. Y acá es donde las competencias se resquebrajan por sí mismas. ¿Qué es más sabroso: el agua de temperante, de Comitán, o la cervecita dulce, de San Cristóbal? Es una bobera tratar de asignar valores a esencias diversas y únicas. La vida no puede ser una competencia deportiva permanente.
Hay muchos hombres y mujeres que fueron niños de diez en el colegio que, en la vida, el diez se les ha escapado y, por el contrario, compas que fueron de media tabla, que presentaron exámenes extraordinarios son, ahora, exitosos en sus actividades. Es decir, en la vida real, la calificación de diez del colegio no tiene gran relevancia. De ahí pues que la competencia escolar suena como una irreverente tontería. Los expertos en educación sostienen que el cometido de la educación debe ser que el educando potencialice sus capacidades; es decir, ¡que sea! Que sea sin necesidad de compararse con otros, porque en la comparación está la desventaja.
Comitán es un pueblo único (único en el mundo, único en el universo). Igual que vos, jamás ha existido un pueblo similar, ni existe, ni existirá. ¿Entonces qué debemos hacer para que nuestra ciudad no pierda esa riqueza? Preservar lo nuestro, sentirnos orgullosos de nuestro modo de ser. Comitán es fruto de la siembra buena que han hecho miles y miles de comitecos que nos han precedido.
¿Quién se acuerda del segundo? Parece que nadie. Todo mundo se acuerda del primero. Esto es así porque vivimos en una sociedad que nos impulsa a la competencia permanente. Esta competencia nos despoja de nuestro ser, nos resta nuestro potencial. El que compite (ya lo dijeron los sabios) siempre está comparándose con otro.
En Comitán debemos cambiar paradigmas, debemos valorar el segundo; es decir, esa partícula mínima del tiempo que es la que otorga la medida de nuestro paso por la vida. Comitán (decimos) es una ciudad hecha a través de los siglos. Esta medida todo lo vuelve magno, lo engrandece. En realidad, los pueblos están formados por millones de segundos, porque un segundo es lo que define la vida. ¿Has pensado cómo los cambios más relevantes de la vida se dan de un segundo a otro? Un segundo (no más) fue el conecte del espermatozoide de tu papá con el óvulo de tu mamá; un segundo fue el momento en que vos saliste del vientre de tu madre; un segundo es la vida; un segundo es la muerte. No más. Todo está hecho por segundos.

Posdata: En mercadotecnia, cuando alguien ya se posicionó del primer lugar, es desgastante competir contra él. En la mente de millones y millones de consumidores aparece la imagen de Coca Cola, primerísimo lugar en ventas de refrescos. ¿Quién compite contra este monstruo comercial? ¡Nadie! Quien lo intenta, intenta una hazaña inalcanzable. ¿Qué hacer entonces? Publicitar los productos privilegiando las bondades que no contiene aquél. La Coca (todo mundo lo sabe) es un refresco que daña el organismo. Si alguien vende un producto cuyo consumo sea sano, todas las personas que deseen consumir productos naturales que beneficien su organismo (cada vez son más, gracias a Dios) lo colocarán, sin mayor problema, en el primer lugar en sus mentes.
¿Quién es la muchacha comiteca más bonita? ¡Todas! Cada comiteca debe valorarse así y cada pareja debe apreciarlo de esa manera. Si no es así, el ser no es. ¿Quién es el mejor músico? Todos los músicos deben considerarse así y, segundo a segundo, abonar para que tal hazaña siga siendo.
Antes se empleaba mucho el término asegundar. Este término significaba que era el último llamado para misa. Asegundar es repetir un acto. En Comitán debemos asegundar, hacer que cada segundo sea una reiteración del primero. Nuestro sueño es que Comitán sea, solamente eso, que siga siendo lo que fue y debe ser: El pueblo más hermoso del universo.