miércoles, 14 de septiembre de 2011

PARA INVENTAR UNA NACIÓN




En un país sin nombre, a Arcadio se le ocurrió inventar una bandera. Pero ¿cómo tener una bandera, sin antes nombrar a la patria?, preguntó su mujer, que era una mujer práctica; de esas que temprano dan de comer a los cerdos y a las gallinas; de esas que saben cómo se quiebran los cascarones sobre el borde del sartén; de esas que, por las tardes, cosen los calcetines con un huevo de madera; de esas que por las noches cosen sus roturas con las caricias de sus esposos. Arcadio, desde su mecedora, con una cerveza en la mano izquierda y un libro de poesía en la mano derecha, dejó de mover su pie para detener el movimiento de su cuerpo: ¿A poco vos y yo no fuimos nosotros, antes de tener un nombre?, preguntó y luego dio un trago a la cerveza. Se limpió la boca con la manga de la camisa y vio a su mujer, como esperando que ella dijera algo. Pero la mujer no dijo algo, fue a la ventana y vio cómo las nubes se confundían con la ropa tendida, con la ropa blanca que, como banderas, ondeaban en el aire, revoloteaban en medio del viento y de la sonrisa asfixiante de la tarde.
Un día antes, Arcadio había revisado varios libros de historia y de geografía. Supo que todos los países del mundo tenían banderas. Todas las banderas, sin excepción, se distinguían por los colores empleados. Quienes las habían inventado jugaban con las formas geométricas. Como si fuese un decreto, todas las banderas se sujetaban al diseño rectangular. Arcadio pensó que su bandera podía distinguirse en su forma. ¿Podía -su mujer- costurar una bandera circular o informe, como si fuese un trapo tijereteado?
Había descubierto que todas las banderas contenían formas geométricas que funcionaban como símbolos. Había una, bien bonita, que tenía una media luna. Arcadio se rascó la cabeza y sonrió cuando vio que algunos países empleaban ejemplares de la fauna. Había una con un águila y otra con un quetzal. ¡Era tan elemental!, pensó. ¿Acaso los diseñadores de banderas no tenían imaginación como para inventar formas más sofisticadas? ¿Cómo se vería una bandera con un unicornio al centro? ¡No! Esto sí era un absurdo. Su país carecía de nombre, pero no era un país imaginario. ¿Qué caracterizaba a su patria? El territorio tenía cierta semejanza con Marte. Sus valles eran pedregosos y llenos de polvo, un poco al estilo de esa tierra lejana donde vivía su compadre Pedro Páramo. Pasaban años sin que cayera una sola gota de agua. ¿Podía colocar una piedra como símbolo? Su mujer sirvió el caldo de pescado con verduras, puso una servilleta de tela a la derecha y un vaso al frente. Arcadio fue al refrigerador y sacó una botella de cerveza, la destapó y fue a sentarse. Metió la cuchara en el caldo y la llevó a su boca. El caldo estaba caliente, demasiado caliente, tal como a él le gustaba. Sorbió. ¿Cómo se vería una piedra al centro de la bandera?, preguntó, sin ver a los ojos de ella. Miraba el cielo recortado de la ventana, el vapor del calor de las tres de la tarde; miraba cómo una mosca hacía equilibrio sobre el borde del vaso. Sí, dijo la mujer, se vería bien. Nuestro país está lleno de piedras. La mosca cayó sobre la espuma. La mujer tomó la servilleta, con cuadros rojos y blancos, y sacó la mosca con los dedos pulgar e índice. La tiró. El perro despertó, vio a la mosca y volvió a cerrar los ojos. ¿Cómo se vería una bandera circular?, preguntó Arcadio. Sí, dijo la mujer, una bandera circular está bien.
Arcadio retiró el plato vacío. Sólo había dejado el esqueleto de la mojarra. ¿De qué color sería el fondo de la bandera? Sí, dijo la mujer, ¡color caca, está bien! Arcadio se sorprendió porque no había hablado. Pero -pensó- la idea no es mala. ¡La bandera ya estaba lista! Ahora sólo faltaba buscarle un nombre a su patria.