viernes, 25 de mayo de 2012

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO LA PALABRA BRINCA LA CUERDA




Querida Mariana: en Comitán, como en todos los pueblos del mundo, crecemos escuchando modismos y regionalismos. El otro día, el maestro David Castillo me dijo que nació en Tuxtla, lugar donde, según él, dicen: “Mirá, vos”. ¿Cómo lo emplean? Imagino que lo usan como los comitecos usamos el “¡Ah, pucha!”.
En el regionalismo tuxtleco el verbo mirar asume un significado novedoso, un tanto alejado del sentido de la vista. Es como la afirmación de un acto. Cuando A dice: “Y la Marvin Arriaga ya no será candidata al gobierno de Chiapas”, B, con cara de asombro, puede decir: “Mirá, vos”.
Mi mamá nació en Huixtla, cuando llegó a Comitán, en los años cincuenta, se asombraba cuando Sara, la sirvienta, le decía: “¡Qué piensa’sté!”. Mi mamá, ignorante de dicho regionalismo, se molestaba. Con una comadre comentaba: “qué le importa a ella qué pienso”. Fue necesaria la explicación de la tía Elenita para aplicarle el sentido exacto a lo sin sentido.
Yo, que nací en Comitán, crecí en el centro de esos términos y los uso en automático. “Qué pensás, fijate que el día de ayer…” decimos. El “qué pensás” no lo usamos para preguntar acerca del pensamiento del otro, sino como mera llamada de atención, un poco como si prendiéramos el foco ámbar preventivo; es como tocar el hombro al interlocutor.
La abuela hacía pan en la tarde. Los niños jugábamos en el patio, mientras ella metía las charolas brillantes de manteca con las “trenzas” que comíamos con café endulzado con panela. A veces, por veleidades del balón, una pelota quebraba la maceta del corredor y ya que estábamos en el corredor nos volvíamos ¡corredores! Como alma que tatema el fuego echábamos la carrera hacia los cuartos, mientras la abuela, enojada, nos amenazaba con su bastón y gritaba: “¡Ay’juela!”. Nosotros subíamos, nos escondíamos debajo de las camas, llevábamos nuestras manos al corazón en intento de que escondiera sus traqueteos, mientras oíamos los pasos de militar de la abuela recorriendo el pasillo. Dos horas después la abuela nos llamaba, nosotros sabíamos que el coraje se le había bajado y nosotros también bajábamos a la cocina y cenábamos los ricos panes que hacía. Su corazón, después de todo, era como la brasa del fogón donde reinventaba el pan. Sara olvidaba tomar el vaso de peltre con un trapo y se quemaba: “¡Ay’juela!”, gritaba y se llevaba el dedo a la boca y lo chupaba.
Crecimos con esa palabra. Ahora, querida mía, a mis cincuenta y cinco años (pucha, qué lento soy), descubro que eso significa: “¡Ay, hijo de la…!”. ¿Mirás? Algo que pareciera una interjección simpática e impoluta se convierte en rima terrible de impoluta. Miguel me cuenta que su abuela, en el Distrito Federal, cuando los nietos hacían una travesura en el patio de la vecindad, se asomaba en la ventana de su departamento y les gritaba: “¡Ay, hijos de las mil putas!”.
Dios mío, niña mía, ahora descubro que las mamás de nuestras mamás no eran unas lindas viejecitas. Bueno, digo yo, cuando menos las nuestras, las comitecas no eran tan directas. Parte del carácter del comiteco es el empleo de palabras sucedáneas, de esas que no suenan tan fuerte. En el Distrito Federal la gente es más directa, no emplea eufemismos. Al pan le llama pan y al vino le llama hijo de las mil putas.