lunes, 9 de marzo de 2009

EL BOSQUE DE PLÁSTICO


Este hombre, ¿sabe lo que hace? ¿Sabe que en su espalda carga una carga etérea? Nunca un hombre cargó una carga tan liviana, tan hija del sueño. ¿Sabe este hombre que arrancó un trozo de viento? ¿Que el bosque se quedó sin el hálito que este hombre se empeña en sembrar sobre el cemento?
No creo que lo sepa. Este hombre sólo sabe que carga jaulas. Ignora que las aves presas cuentan historias.
Desde lejos observé al hombre. No hallé en él ni un ligero atisbo de asombro ante el cuento que un mirlo contaba. Tal vez de tanto oír ya no oye nada.
¿Este hombre sabe que sus aves ya no llevan alas? Le bastó colocar una trampa en medio de la selva para cancelar sus vuelos, su vocación de cielo.
Desde lejos vi al hombre. Caminaba con paso lento. A su paso la gente admiraba el canto de las aves presas. La gente es piadosa. La historia nos ha demostrado que así es la gente. Cuando, en la Francia de los Luises, veía un condenado mostraba compasión. Al caer la guillotina, la gente cerraba los ojos por un instante, a Dios pedía misericordia por el condenado, y luego abría los ojos y estallaba en júbilo, en vítores.
Este hombre no lo sabe. Tampoco lo sabe la mujer que se paró a comprar un canario.
¿Lo sé yo? ¿Yo que ahora mismo veo al cotorro en su jaula adentro de la casa? El guazú no vuela, todo el día baja al piso de la jaula, picotea, luego sube a los palos, mueve la cabeza y silba. ¿Qué reclama en la historia que a diario cuenta?
Este hombre no sabe que todas las historias cuentan historias de alas y cielos extraviados.
Los hombres, también, todos los días contamos historias de alas y cielos extraviados. Debe ser porque un día tuvimos alas y somos seres extraviados que olvidamos el vuelo.

domingo, 8 de marzo de 2009

TAMBIÉN EN LOS SUELOS HAY CIELOS


"Anda, levanta la cara", decía mama Juana. Pero yo no le hacía caso. Si levantaba la cara, pensaba, no podía levantar todos los chunches tirados. Por caminar con la cara agachada hallaba monedas, botones y tornillos (los tornillos me encantaban porque con ellos construía robots. En mi tiempo de niño jugábamos a conquistar la luna. Claro era antes de que don Neil Armstrong pusiera un pie sobre la luna y dijera que eso era "un paso pequeño para el hombre pero un gran salto para la humanidad". Hoy creo que tampoco fue el gran salto para la humanidad. Hay algunos incrédulos que aseguran que eso del hombre en la luna fue un gran montaje teatral y que las fotos corresponden a un secreto set cinematográfico).
Me gustaba caminar con la cabeza gacha, buscando tesoros mínimos, con las manos adentro de las bolsas (la mama Juana también me obligaba a caminar con las manos afuera de las bolsas. Un día que resbalé entendí que su sugerencia era correcta).
Aún hoy, ya con cincuenta y dos años de edad, sigo caminando con la cabeza agachada. Me gusta mirar el cielo, pero también amo ver el suelo.
Me gusta seguir el camino de las hormiguitas, mirar el cielo a través de los charcos que brotan en cada aguacero. Me gusta mirar el pasto para imaginar el trabajo sin trabajo que hace al brotar.
Todo mundo bota todo sobre el piso.
De niño me encantaba entrar a las casas de mis amigos, sentarme muy formalito adentro de una sala con piso de madera, y buscar chunches extraviados debajo de las mesas o al lado de las patas de las sillas. Desde donde estaba sentado buscaba y buscaba mientras las mamás de mis amigos platicaban alguna historia o el chisme de la mañana. Me encantaba el instante en que hallaba algo (nunca falla, siempre hay objetos extraviados). Sonreía cuando me levantaba y cogía el chunche perdido. Levantaba la mano y lo mostraba por todo lo alto. Siempre había un comentario generoso: "Mira, Alejandro halló el botón de la chamarra de tu papá" o "¿De dónde es este resorte?". Entonces, el resorte se convertía en un objeto importante. Esto era lo que me gustaba de mi afición: regresarle al objeto su lugar preeminente en la vida. A veces el resorte era un chunche necesario para devolverle la vida a un radio, por ejemplo. El papá de mi amigo me palmeaba cariñosamente la espalda como dándome a entender que mi afición a andar con la cabeza gacha era algo que podía salvar el mundo momentáneamente.
Digo momentáneamente porque al otro día nadie se acordaba de mi hazaña. Pero yo nunca lo olvidaba. Cuando, por ejemplo, oía sonar la radio antes descompuesta sonreía satisfecho.
Todavía hoy camino con la cabeza gacha. En Comitán es necesario mirar por dónde camina uno. Las banquetas de laja son resbaladizas; a los comitecos les encanta aventar las cáscaras de plátano sobre las banquetas. Camino viendo hacia abajo porque hay sueños extraviados en todos los caminos.
No acostumbro levantar sueños que no me corresponden, ni tampoco puedo andar en la vida levantándolos para ver quién es el propietario (por lo regular, la gente olvida sus sueños). Lo que hago es hacerlos a un lado. Cuando encuentro un sueño extraviado, con ayuda de mi pie, lo empujo hasta la pared. Ahí queda, como si fuera una golondrina en su nido. Creo que esta imagen dice mucho de lo que pienso acerca de esos sueños: son polluelos que pueden crecer y volver a levantar el vuelo.
"Anda, levanta la cara", me decía mama Juana. Pero los niños tímidos no acostumbramos levantar la cara. No nos gusta mirar de frente. Estos gestos corresponden a los niños valientes, a los desenfadados. Hay niños que cuando nos atrevemos a decir: "Te quiero", a una muchacha bonita, lo hacemos mirando el suelo, llenos de carmín en las mejillas. Y lo hacemos así, no porque no podamos alzar la cara, lo hacemos porque andamos en busca de un charco para regalar un pedazo de cielo a nuestra amada.
Aún hoy, que soy un gran mirador de cielos, sigo caminando con la cabeza gacha. A veces pepeno monedas de un peso y tornillos. El otro día hallé uno de mis sueños extraviados. Ese sí lo levanté. Hoy me sirve para lustrar mis días cada mañana.

sábado, 7 de marzo de 2009

UNA TARDE CUALQUIERA


Quedarse en casa. Después de comer, ¡quedarse en casa! Quedarse como si el mundo no fuera más que esta burbuja transparente donde el sol es como un gato que juega en la azotea. Sentarse en la silla más cercana, la que protesta con un ligero chirrido pero no hace más aspaviento.
Cerrar los ojos y pensar que la palabra aspaviento es una palabra simpática pues une al objeto que provoca su misma esencia. Aspaviento, como decir inflaire, o Diosvida.
Quedarse en casa con la convicción de que afuera no hay nada. Tomar un libro o una revista, puede ser la revista "Proceso" que José Antonio te dio ayer, o puede ser el libro de Octavio Paz que Mariana te dio esta mañana. Dejar la revista sobre el mueble de madera que tienes a la derecha y decidir leer a Paz, para hallar a su homónima en esta tarde en que toda advertencia de guerra está lejos de esta parcela.
Quedarse en casa para levantarse, salir de la sala e ir al pasillo donde están las plantas. Coger la regadera y echar un poco de agua a esa enredadera que insiste en trepar sobre una pared que le hace el feo. Agacharse para ver cómo crece la mata de menta. Cortar una hoja de menta, olerla y luego comerla.
Quedarse en casa para sentir cómo la menta abre sus corolas adentro de tu boca, para sentir cómo se expande, como si fuera el sol y se desparramara sobre todos los valles de tu boca, de tu alma.
No salir para nada. Olvidarse de que la tarde está en la calle, de que ahí está la vida. Pensar que esta burbuja es todo. Sentir el frío, el aire casi helado que se cuela por arriba del techo y baja, como mariposa, a posarse sobre cada una de las hojas, sobre cada una de las ramas, sobre cada una de las flores que tienes sembradas en tus cielos.
Quedarse sólo para mirar cómo el gato baja del pretil y comienza a sobarse sobre tus piernas, una vez a la izquierda y luego el movimiento contrario. Saber que este ritual significa que quiere agua y tú debes tirar el agua del garrafón que le serviste en la mañana. Porque sabes que el pinche gato, dentro de casa, sólo toma agua limpia del garrafón, siempre y cuando vea que tú le sirves un agua nueva. Pero eso sí, cuando sale al patio se le terminan sus ínfulas de gato de angora y se convierte en un arrabalero pues se empina sobre un trasto donde está el agua hedionda y podrida que rebosa de una maceta donde está sembrada una orquidea. Quedarse sólo para ver esto, para saber que, a veces, más que en la calle, la vida está concentrada en este pequeño espacio donde Dios parece haber puesto su mejor empeño, toda su voluntad, sólo para que tú te sientas a tus anchas.
Quedarse sólo para volver a entrar, para dejar el patio, para sentarse de nuevo, cerrar los ojos y pensar en lo que acabas de escribir: "a tus anchas". Pensar que, de vez en vez, las anchas están afuera, acá adentro te sientes "a tus angostas" y te sientes bien y no hay poder humano que te haga salir. Porque ahora mismo suena el teléfono, contestas y dices que no, que otro día será, que hoy no. Cuelgas sin dar más explicaciones.
Quedarse en casa sólo para saber que quien marcó se equivocó de número. Tú no eres quien contestó. Tú sigues sentado, viendo al gato que acaba de entrar de nuevo, sube al mueble y araña el respaldo como si arara, como si intentara sembrar algún sueño que los perros no entienden.
Tú sigues sentado, lees a Octavio, ves un pedazo de alambre de amarre que sobresale en la parte alta de la pared y piensas: ¿Este pedazo lleno de herrumbre se quedó ahí desde que construyeron la casa?
Quedarse en casa sólo para pensar en ese pedazo de alambre. Imaginar que alguna araña, una tarde de éstas, decidió, igual que tú, quedarse en casa; decidió, igual que tú, no bordar su telaraña; decidió, igual que tú, trepar en ese alambre oxidado para jugar el eterno juego del equilibrista; decidió, igual que tú, pensar en quien te dio a Paz, la paz.
Quedarse en casa. Para levantarte, caminar catorce pasos y preparar tu cena.

viernes, 6 de marzo de 2009

POR SI LOS DINOSAURIOS


Me dijo que iba a revisar su bolso "por si las moscas". Buscaba las llaves para entrar a su casa.
¿Por si las moscas? ¿Por qué se dice así? ¿Qué tienen qué ver las moscas con aquéllo que no encuentra una solución?
Hoy, por si las moscas, digo que los ángeles existen; que todos los tiempos son buenos para cosechar gajos de luz; que París es un camino empedrado con rayos de sol; que la canela es un trozo de vida que se compra en cualquier mercado; que los libros también sirven como almohadas o como matamoscas.
Por si las moscas, el lector abre el libro a la mitad -justo a la mitad- y lo deja sobre sus manos como si éstas pidieran clemencia. El lector entrecierra los ojos (para que la mosca crea que el hombre duerme), y, justo cuando la mosca jodona comienza a hacer involuciones sobre el cielo del lector, éste prepara sus manos para cerrar de golpe el libro y atrapar a la impertinente.
Cuando la mosca vuela, el lector debe dar gracias a Dios.
No hay cosa más asquerosa que hallar una mosca destripada en medio de un libro. No hay cosa más triste.
Por si las moscas digo que los ángeles vuelan por los callejones, por los conventos, por los cuartos donde no hay más que un colchón sobre el suelo, por los ríos donde fluyen los ladridos de los perros. Los ángeles, y las moscas también, vuelan cerca de los libros.

GRANOS DE ARENA (10)


DE INTELECTUALES RAYOVAC
El destino de la veladora es trágico: a medida que da luz ¡desaparece! Lo mismo sucede con los verdaderos poetas. En cambio, los cachetones farsantes emplean luces de neón para hacernos creer que son flama.

DE ANIMALES EN JAULAS A CIELO ABIERTO
Un chiapanaco es aquél que cuando supo que el jaguar es un animal en peligro de extinción fue al estadio “Manuel Reyna” y compró boletos en reventa como un aporte para una campaña en favor de dicho animal.

LOS ESPÍRITUS MÍNIMOS
Doña Enciclopedia estaba orgullosa hasta el día de ayer en que su hijo menor le provocó el mayor disgusto de su vida. Desde siempre trató de inculcar en sus hijos el gusto por la tradición familiar. Así logró que su hijo mayor viajara a Londres para convertirse en una traducción inglesa de “Pedro Páramo”, en pasta dura; y el hijo intermedio se volvió un incunable que permanece en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, al lado de una de las biblias impresas por Gutenberg. Pero, ¡ay, ay, jóvenes de estos tiempos!, el hijo menor se encaprichó y, desde ayer, insiste en ser un libro de bolsillo. Pero esto no es todo, insiste en ser una edición de bolsillo de “Juventud en éxtasis”, de Cuauhtémoc Sánchez.

Y LOS MÁXIMOS
Porque no todas las familias se hacen libros, otras los hacen. La familia Ace-v-Do-Remifasol anuncia que ya está listo el tomo uno de “Los Bolonautas”, del destacado periodista Arcadio Acevedo. Pedidos desde cualquier parte del mundo a: aarcadiom@yahoo.com.mx.

LA HISTORIA DEL HOMBRE QUE CONFUNDÍA LA PALABRA LUCHO CON LA PALABRA LECHO
Desde niño confundía dichas palabras. Cuando se casó con Lucha, Lecho la llevó de inmediato al lucho, pero halló que su mujer no era virgen y que, según confesó ella, había tenido más de treinta amantes. Lucha, desde que cumplió catorce años, confundió la palabra himeneo con Hi meneo.

DE LÍNEAS QUE NO TIENEN NADA QUE VER CON LAS LÍNEAS DE COCA
Un chiapanaco es quien al enterarse que Pacheco había estado en San Cristóbal, dijo: “No sé cómo los auténticos coletos permiten que haya tanto mariguano pacheco por sus calles”.

RECADO PARA DÁMARIS, EDITORA DE LA SECCIÓN CULTURA
En el Archivo Histórico de Comitán existe una colección de la sección de cultura de El Heraldo de Chiapas. En tomos perfectamente encuadernados están reunidas las hojas que día a día vos armás en colaboración del equipo. Esto es iniciativa de quien, hasta el jueves de la semana pasada, fungió como secretario municipal de este pueblo. Sé que a vos y a los miembros del equipo y a los jefes (los Ricardos) les dará gusto saber que en Comitán consideran que este esfuerzo es digno de archivarse para que los investigadores, alumnos y curiosos se acerquen a beber un poco de estas aguas. Creo que, aunque ya no ocupe el cargo de secretario municipal, a David Esponda hay que ponerle una nota aprobatoria en este renglón. ¿Te parece?

COLOFÓN
¿Qué piensan los ateos cuando se despiden y dicen A-diós?

jueves, 5 de marzo de 2009

¿Se necesita una escalera grande?


Nadie puede despertar con certezas. La vida es una tómbola, tómbola (dice la canción). Imagino que en esa tómbola hay preguntas. Cada hombre mete la mano en esa tómbola y saca papelitos con preguntas que no tienen respuestas.
¿Es Oaxaca el estado más miserable de la república? Las estadísticas dicen que es el estado con mayor grado de analfabetismo. Pero, ¿saben qué? No creo en esa estadística que menciona que Oaxaca es el estado con mayor retraso de México.
No lo creo porque hay muchos grupos de personas que trabajan día a día por superar eso que ahora es una realidad estúpida; es decir, es cierto que Oaxaca está sumido en un hoyo muy profundo, pero hay mucha gente que está "aventando" luces, como lianas, para que los oaxaqueños salgan del marasmo.
Tal vez mucho de esta luz se debe a Toledo, Toledito, Chapulín iluminado.
Acabo de recibir el programa de festejos del tercer aniversario del CASA (Centro de las Artes de San Agustín). Es un programa con talleres, recitales, conciertos, charlas, ciclos de cine y mucho más. Si algún lector de este cuaderno está interesado, creo que puede hallar información en este chunche. Estará gente de la talla de Efraín Bartolomé, y de la talla de Gabriel Orozco (uno de los artistas plásticos más influyentes del arte contemporáneo a nivel mundial).
¡Hay lianas de luz que se descuelgan sobre la oscuridad! Algún día, lo sé, lo sé, los oaxaqueños respirarán otros vientos.
Dentro de los talleres hay uno que me llama la atención: "Creación de blogs literarios".
Pienso que es indispensable este tipo de talleres. Lugares en donde se reflexione acerca de la posibilidad de abrir otras ventanas.
¿Tenemos algo de esto en Comitán, en Chiapas? No, no. Acá las autoridades de Coneculta Chiapas se han dedicado a armar festivales (al estilo del Rosario Castellanos) en donde no hay una auténtico proceso de formación artística. Los poderosos intelectuales se dedican única y exclusivamente a contratar a grandes artistas que vienen a interpretar sus talentos y pasan como pasan los cometas (me dicen que en este tipo de eventos es donde está el negocio. Los grandes contratos permiten desviar recursos a bolsillos particulares).
Una mejor manera de sembrar gajos de cultura es con la implementación de talleres, con la formación de públicos.
¿De qué sirve montar una regia exposición de pintura o presentar un ballet si antes no tenemos una formación estética que nos ayude a comprender lo que vemos?
Pero, bueno, los chiapanecos nos conformamos con subir la escalera chiquita que nos ponen nuestras autoridades. ¿Qué vemos desde ahí? ¿Qué horizonte alcanzamos a distinguir?

miércoles, 4 de marzo de 2009

DEL MUNDO DE ALLÁ




A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en palabras de cuento de Cortázar, y palabras de canción de Paquita la del Barrio.
Sería un desperdicio hablar acerca de la palabra Paca. ¿Merece alguna respuesta la pregunta: “Me estás oyendo, inútil”? Paca insultante, paca sin remedio; paca de heno, alimento de vacas.
La palabra Cortázar, por el contrario, merece un viento enredado en un globo azul. Su palabra tiene el aroma de un pan a las cuatro de la tarde en un patio cualquiera, donde los niños juegan, una pareja se toma de las manos y una señora teje, mientras al compás de la mecedora, escucha un disco de jazz.
La palabra Cortázar es como un viento elástico que trepa como papalote por los cielos de París y de Buenos Aires; se columpia como gota en los dinteles de las ventanas; juega traviesa y dibuja unos labios de mujer; se convierte en lenguaje secreto de amantes y crece como los hongos en medio de los pasamanos húmedos de París. Es un pasaje que une tiempos presentes y pasados para que el lector intuya el futuro y recorra autopistas congestionadas.
La palabra Cortázar es puente (un pont des arts), une los mundos de acá y de allá y es una barcaza color borravino en medio de la bruma del agua de un río de París.
Para palpar la palabra Cortázar basta abrir un libro suyo o partir un gajo de agua. La palabra subirá como un dedito de guante negro sobre otra mano enguantada que agarra un poste de vagón del metro de París. Porque la palabra dedito es como un fruto de luz.
Su palabra poesía fue una enredadera que nunca halló los pétalos del vuelo. En cambio, la palabra cuento tiene la humedad y la cadencia de la hierbabuena; la luz y el paso gato de un danzón o de un tango; huele a mate, a flor de pasadizo a las dos de la madrugada; huele a lluvia golpeando sobre las calles empedradas de la calle Maga, de la calle Rocamadour. Su palabra cuento cuenta la historia más bella jamás contada.
La mano que bendecía esa palabra murió hace veinticinco años. Sin embargo, como si fuera un huerto de menta, cada madrugada un lector baña de rocío esa palabra jitanjáfora que es un glíglico papel.
Parece imposible que una palabra alcance el ritmo de un tren sobre durmientes de agua; parece imposible que a una muchacha bonita se le agolpe el clémiso cada vez que su amado le relame las incopelusas. Pero como la palabra cuento de Cortázar es un dedito de guante negro ¡el prodigio es pan nuestro de cada día!
La palabra es un dedito, el dedito es travieso, juega como si fuera un gusano sobre un árbol de focos apagados.
Las lámparas aún están verdes y la niña tiene prohibido cortar esos frutos porque, si los come, puede enfermarse del estómago. La niña desespera. Quisiera que esas pomarrosas maduraran pronto, se llenaran de luz, para cortarlas, para partirlas en gajos y morderlas y mancharse la cara, las manos y la blusa con el jugo de esa luz ambarina, de esa claridad que está llena de palabras, de palabras que son como un pozo de luz.
La palabra es un dedito y ese dedo es la mano y esa mano es el huerto y ese huerto se llama palabra cuento, cuento Cortázar, corta al azar; invento que es reloj de mar.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: hombres que son como teatros vacíos, y hombres que son como el Estadio Manuel Reyna al tope.

martes, 3 de marzo de 2009

David Lachapelle


Dicen que es un fotógrafo norteamericano que nació en el año 1969. Dicen que es uno de los mejores fotógrafos del mundo. Dicen que ha retratado, por ejemplo, a Angelina Jolie. Dicen que es uno de los fotógrafos surrealistas más irreverentes.
Hasta el día de hoy yo no sabía nada de él. Sucede que ahora hay una exposición de sus fotografías, en San Ildelfonso, de la ciudad de México.
Las dos ramas me interesan: el surrealismo y la fotografía. Tal vez por esto, hoy en la mañana di con Lachapelle en este chunche.
¿Es un irreverente? Sí, es un fotógrafo que no respeta las imágenes cliché. Tiene una fotografía donde están Jesús y sus doce apóstoles en una imagen que no tiene ninguna relación con la imagen bíblica que pintó Da Vinci, por ejemplo.
Sin embargo, su irreverencia puede quedar atrás si uno aprecia el plano estético. Por las pocas fotografías que logré ver, por encima de esa sensualidad tan despojada de misterio hay una luz que da una nueva mirada a los objetos.
Hay una composición donde el sueño parece poner un pie en la realidad.
La imagen de Jesús con sus apóstoles, por ejemplo, retoma una imagen conocida. Cuando nosotros la vemos no podemos sustraernos a la idea de que es una imagen que se mofa de la imagen de Jesús. No obstante, la plasticidad de la imagen también puede hacernos reflexionar en algo que es absurdo y sin embargo probable en el territorio del sueño. Si Jesús viviera en estos tiempos, seguro que se reuniría con los tipos que están en la fotografía. Acá es donde el arte entra a otra dimensión.
Vale la pena ver la fotografía de Angelina (una de las artistas más sensuales de estos tiempos); vale la pena ver la fotografía de la cantante Madonna (en realidad es una fotografía bellísima que juega con esos caminos de luz intensos de las madonnas del renacimiento).
En fin, yo agradezco al mundo siempre que hallo una mirada novedosa. Sin duda que la mirada de Lachapelle es una ventana estética agradable.

lunes, 2 de marzo de 2009

BUENOS DÍAS, PARÍS


BUENOS DÍAS, PARÍS

Que me perdonen las mujeres, pero yo no celebro este mes su día internacional. Que me perdonen los patriotas y los masones pero yo no celebraré ni la expropiación petrolera ni el cumpleaños de don Benito Juárez. Ante esto podrán llamarme apátrida, pero no lo soy, no lo soy porque cada día me levanto con la convicción de contribuir con algo positivo para mi patria. Los masones y los patriotas no tienen la culpa, pero existen verdaderos apátridas que han convertido a PEMEX en un basurero y han denigrado la cita máxima de Juárez: “El respeto al derecho ajeno es la paz”.
De manera más modesta celebraré el día seis a mi compadre Javier Aguilar, pero este suceso les resulta intrascendente a los patriotas, a los apátridas y a todas las mujeres que tienen por costumbre celebrar el no cumpleaños.
Pero lo que celebro desde hoy, y en todo lo alto, y comparto con los lectores de El Heraldo de Chiapas, es la feria del libro de París.
De paso, que me perdonen quienes sostienen que la Feria del libro de Frankfurt es la feria más importante del mundo. ¿Quién sostiene que el pasillo donde se escucha hablar alemán es una nube más delicada que un pasillo donde se derrama la cachondería del francés?
Desde hace mucho tiempo mi brújula tiene un punto cardinal que señala a París. Apenas hace dos días un afecto me obsequió un llavero con la torre Eiffel (es auténtico, me aseguró).
Celebro la feria del libro de París, la celebro porque México es el país invitado de honor, la celebro porque Fabio Morábito y Carmen Boullosa estarán enredados en esa burbuja transparente que ilumina el sol de Montmartre, el agua del Sena y el viento de Balzac.
Los patriotas no lo hacen pero debieran celebrar esta feria con la misma intensidad con que celebran esos veneros escriturados por el diablo, según Velarde; o al hombre que, según Pellicer, dio “a los árboles una nueva raíz”. Debieran hacerlo porque de allá, de ese suelo en donde está el bosque de Víctor Hugo proviene la semilla de la libertad; debieran hacerlo porque es falso aquello de que los niños vienen de París, pero sí es cierto que de allá vienen los algodones rosas que, los domingos, comen todos los niños en las plazas de nuestro país.
Bendigo los dedos de luz que colocaron la réplica del sueño más alto en el bolso de mi pantalón.
A través de la prensa y del internet me enteraré de los pormenores de esta celebración en la tierra de Sartre, el llamado filósofo de la libertad.
Celebraré a París porque no me hace falta estar allá para soñar con los cuadros de Seurat.
¿Por qué Julio Cortázar ya nunca regresó a Argentina? Tal vez porque él halló su verano en el otoño de París.
Que me perdonen los renuevos de los árboles de Comitán, pero no celebraré la primavera. Este dos mil nueve celebro el invierno de la feria del libro de París. Lo celebro con la certeza de que esa semilla sembrada en el hielo puede fructificar. Ya Juan Rulfo nos enseñó que también en la piedra y en la arena florecen los mejores cantos.
No es visible, pero Chiapas, también, desde la lejanía, puede, un día, recoger esos frutos que hijos de esta patria irán a sembrar a París.
Que me perdone don Jaime Sabines pero no celebraré su cumpleaños número ochenta y tres. Ante esto podrán llamarme apátrida, pero no lo soy.
Este mes celebro el cordel de viento de Francoise Sagan. Pero no digo como ella: “Buenos días, tristeza”; al contrario, baño mi cara con agua de viento y digo: “buenos días, París”.

¿Qué hace el hombre cada vez que corta el gajo de una planta? ¿De un rosal, por ejemplo? ¿De ese arbolito llamado espino?
Los espinos, a pesar de su apariencia, son generosos. Mi tía Sonia me enseñó que sus puntas sirven como pinceles para delinear ojos o cualquier línea delgada en una tela. Mi tía y yo, y muchos más que se dedican al oficio, conservamos esas espinas. Las guardamos en los estuches donde están los pinceles y los tubos de pintura al óleo y el aceite de linaza.
Las espinas del rosal no sirven para tal propósito. Son muy cortas y siempre dan la impresión de que les faltara maduración. Las espinas del espino son duras y largas, delgadas. Sé que el própósito de estas espinas es otro, pero algunos hombres las usamos como pinceles.
En apariencia la espina del rosal no tiene ningún uso práctico. Hace muchos años mi tía Sonia me enseñó un plato con un rosal (ella pinta porcelana con pintura de oro). Ahí hallé las espinas en su inmadurez eterna.
¿Qué hace el hombre cada vez que corta el gajo de una planta? ¿Qué hace cuando corta el gajo de un espíritu? Porque, es conocimiento general, los hombres también llevamos espinas. Ayer miré a un hombre que tenía espinas como de espino. Caminaba de prisa. Tal vez huía de aquellos hombres que son artistas y que acostumbran cortar las espinas de los espinos para usarlas como pinceles. Mariana es como un rosal, si me acerco a ella me pincha con sus espinas breves, tiernas, quebradizas.

domingo, 1 de marzo de 2009

HACE AÑOS





Hace años me dijo: "¡Mira, mira, son árboles de conejitos!". De esto tiene muchos años, era una niña apenas. Hoy ella estudia un doctorado en la Universidad y sus ojos miran otros cielos.
Pero los cielos de Comitán siguen enmarcándonse con estos árboles que, en esta temporada, se llenan de algodón, como si fuesen cunas para conejitos blancos.
Estos árboles tienen el nombre de Tenocté. ¿Qué significa esta palabra? No lo sé, pero debe estar relacionada con la espuma intocada, con la rama que Dios muerde todas las madrugadas.
El tenocté Florece justo antes de la primavera.
Su aparición nos recuerda la luz de la vida.
Los comitecos viejos cuentan que antes había un dicho relacionado con la lubricidad de la época de calor. Cuentan que cuando el tenocté comenzaba a florear las muchachas bonitas preparaban "su maletía" para huirse con el novio.
Este árbol nos recuerda que los hombres estamos hechos de carne y espíritu.
Con la carne damos gusto al regusto y con el espíritu comemos estos algodones inmaculados.
Hace apenas un año, en esta temporada, estaba en Puebla. Allá mis cielos tenían el color morado de las jacarandas.
Hoy, después de más de nueve años, mis ojos volvieron a llenarse de algodón.
Hace años, sorprendida, maravillada, me dijo: "¡Mira, mira, son árboles de conejitos!". Hoy volví a recordarla así, llena de vida, con la inocencia de sus trece años.
Vio a estos árboles como si sus flores fueran frutos, como si sus frutos fueran mascotas, como si el corazón del cielo fuera un sencillo altar para bendecir la tierra.
¡Tenocté! Un aceite para untar el alma; una palabra para acomodar la madrugada.

PORQUE HAY HOMBRES QUE PIENSAN QUE TODOS LOS DÍAS SON DÍAS DE GUARDAR


Mariana dice que soy un inocente. Lo dice con tono de maestra que reprende a un niño estúpido.
Yo creía, hasta ayer, que los moteles se llenaban los fines de semana, cuando la gente no tiene trabajo y puede disfrutar la compañía de la persona amada. "Ay, qué inocente, eres -dijo Marianita- ¿qué no ves que los fines de semana los jefes están con sus mujeres?".
Sí, después de todo, parece que soy un inocente. Nunca imaginé que el mundo fuera tal como Mariana lo planteó, pero ¡así es! La ecuación es simple: de lunes a viernes hay actividad en todas las oficinas y escuelas, por lo tanto hay actividad motelera.
Según la estadística de este cuaderno de apuntes, de lunes a viernes hay una actividad más o menos regular (de treinta a cuarenta lectores). Los sábados y domingos la entrada decrece.
No quise preguntar a Mariana a qué se debe este fenómeno. Yo pensaba, se los juro, que mis lectores tenían más tiempo para entrar a este chunche los fines de semana, pero parece que mi blog entra en la misma categoría de los moteles. De lunes a viernes entran mis lectores a leer estos apuntes (¿esto es como una relación en lo oscurito?).
Soy un inocente. Amo los fines de semana, los domingos (como hoy) se me hacen días maravillosos en que puedo leer, pintar, caminar y respirar a voluntad. Yo pensaba (hasta ayer en que Mariana me hizo notar lo contrario) que la gente amaba los domingos. "No seas tontito, los jefes padecen los domingos al lado de sus esposas, no miran la hora que llegue el lunes para estar con sus secretarias".
Pucha, qué fuerte suenan las palabras de mi afecto, pero, bueno, ella sabe más que yo de la vida, sin duda, sin duda.