sábado, 7 de marzo de 2009

UNA TARDE CUALQUIERA


Quedarse en casa. Después de comer, ¡quedarse en casa! Quedarse como si el mundo no fuera más que esta burbuja transparente donde el sol es como un gato que juega en la azotea. Sentarse en la silla más cercana, la que protesta con un ligero chirrido pero no hace más aspaviento.
Cerrar los ojos y pensar que la palabra aspaviento es una palabra simpática pues une al objeto que provoca su misma esencia. Aspaviento, como decir inflaire, o Diosvida.
Quedarse en casa con la convicción de que afuera no hay nada. Tomar un libro o una revista, puede ser la revista "Proceso" que José Antonio te dio ayer, o puede ser el libro de Octavio Paz que Mariana te dio esta mañana. Dejar la revista sobre el mueble de madera que tienes a la derecha y decidir leer a Paz, para hallar a su homónima en esta tarde en que toda advertencia de guerra está lejos de esta parcela.
Quedarse en casa para levantarse, salir de la sala e ir al pasillo donde están las plantas. Coger la regadera y echar un poco de agua a esa enredadera que insiste en trepar sobre una pared que le hace el feo. Agacharse para ver cómo crece la mata de menta. Cortar una hoja de menta, olerla y luego comerla.
Quedarse en casa para sentir cómo la menta abre sus corolas adentro de tu boca, para sentir cómo se expande, como si fuera el sol y se desparramara sobre todos los valles de tu boca, de tu alma.
No salir para nada. Olvidarse de que la tarde está en la calle, de que ahí está la vida. Pensar que esta burbuja es todo. Sentir el frío, el aire casi helado que se cuela por arriba del techo y baja, como mariposa, a posarse sobre cada una de las hojas, sobre cada una de las ramas, sobre cada una de las flores que tienes sembradas en tus cielos.
Quedarse sólo para mirar cómo el gato baja del pretil y comienza a sobarse sobre tus piernas, una vez a la izquierda y luego el movimiento contrario. Saber que este ritual significa que quiere agua y tú debes tirar el agua del garrafón que le serviste en la mañana. Porque sabes que el pinche gato, dentro de casa, sólo toma agua limpia del garrafón, siempre y cuando vea que tú le sirves un agua nueva. Pero eso sí, cuando sale al patio se le terminan sus ínfulas de gato de angora y se convierte en un arrabalero pues se empina sobre un trasto donde está el agua hedionda y podrida que rebosa de una maceta donde está sembrada una orquidea. Quedarse sólo para ver esto, para saber que, a veces, más que en la calle, la vida está concentrada en este pequeño espacio donde Dios parece haber puesto su mejor empeño, toda su voluntad, sólo para que tú te sientas a tus anchas.
Quedarse sólo para volver a entrar, para dejar el patio, para sentarse de nuevo, cerrar los ojos y pensar en lo que acabas de escribir: "a tus anchas". Pensar que, de vez en vez, las anchas están afuera, acá adentro te sientes "a tus angostas" y te sientes bien y no hay poder humano que te haga salir. Porque ahora mismo suena el teléfono, contestas y dices que no, que otro día será, que hoy no. Cuelgas sin dar más explicaciones.
Quedarse en casa sólo para saber que quien marcó se equivocó de número. Tú no eres quien contestó. Tú sigues sentado, viendo al gato que acaba de entrar de nuevo, sube al mueble y araña el respaldo como si arara, como si intentara sembrar algún sueño que los perros no entienden.
Tú sigues sentado, lees a Octavio, ves un pedazo de alambre de amarre que sobresale en la parte alta de la pared y piensas: ¿Este pedazo lleno de herrumbre se quedó ahí desde que construyeron la casa?
Quedarse en casa sólo para pensar en ese pedazo de alambre. Imaginar que alguna araña, una tarde de éstas, decidió, igual que tú, quedarse en casa; decidió, igual que tú, no bordar su telaraña; decidió, igual que tú, trepar en ese alambre oxidado para jugar el eterno juego del equilibrista; decidió, igual que tú, pensar en quien te dio a Paz, la paz.
Quedarse en casa. Para levantarte, caminar catorce pasos y preparar tu cena.