domingo, 16 de agosto de 2009

LOS DE ADELANTE CORREN MUCHO


"Toda la tarde y noche pasaron patrullas, ¿las oíste?", me dice Paty. Sí, las oí. No sé qué sucedió, pero, o fue un desfile monumental o algún accidente.
En Puebla escuchaba el sonido de las sirenas, frecuentemente. Mi mamá, siempre que las escucha, reza y pide porque sea leve el suceso. "Pobre la gente", dice. Cuando ve la televisión y escucha alguna tragedia en alguna parte del mundo se conduele del dolor ajeno, "pobrecitos", dice.
Las sirenas de las patrullas van dejando algo como una niebla en todos los que las escuchan.
Tal vez el único lado amable es que a Paty le digo "Patrulla". En una ocasión, Paty debía enviar unos papeles a una maestra del colegio donde laboro. Le dije a la maestra: "Al rato pasará "la Patrulla" para traerle los documentos". Ella salió a la puerta de entrada y ahí se estuvo. Quince minutos después entró a mi oficina y me preguntó: "¿Es patrulla de la policía o de la cruz roja?".
Por fortuna, mi Patrulla no tiene sirena, no aúlla. Cuando se enoja, de vez en vez, pongo "oídos sordos" y logro evadir los sonidos estridentes y, al mismo tiempo, evito un posible accidente. Como recomienda Gabriel García Márquez no discuto y "echo p'alante".
Mi termómetro es el sonido de las sirenas. A medida que los sonidos crecen en mi pueblo nos convertimos en una ciudad más caótica.
Por fortuna, también sigo escuchando los sonidos de los pájaros (muchos, en la madrugada y al atardecer); los sonidos de los gallos a las cinco de la mañana; los grillos a la hora que me acuesto; el "canto" de un pavo real que vive a dos o tres casas de la mía. Todavía, de vez en vez, me siento en una banqueta del barrio de la Cruz Grande y escucho el silencio o el ladrido perdido de un perro o el canto de un cenzontle enjaulado o de una marimba enredada al viento.
Por fortuna, las sirenas siguen siendo la excepción.

sábado, 15 de agosto de 2009

NO CUESTA NADA Y AYUDA MUCHO

LOS QUE INSISTEN EN LEER EN BRAILLE


"Ya se enojó Dios", dice la tía Elena, siempre que se entera de alguna noticia ingrata, como un tifón que arrasa con un territorio o un temblor que mata a cientos de personas. "Dios no existe", replica su hijo Matías.
Me quedo callado. Quisiera decirles a ambos que están equivocados, porque Dios sí existe pero nunca se enoja.
Imagino que ellos imaginan a Dios como un señor adusto, con barba, sentado a la siniestra de Jesús (bueno, así lo imagina la tía Elena, porque Matías lo elimina de su imaginación).
Quisiera decirles que Dios está en todos lados, pero, sobre todo, está en la Imaginación. Ésta, más que el templo, es su casa natural. Por esto, Matías se da el lujo de borrarlo de su imaginación, porque la imaginación es mágica: permite aparecer y desaparecer objetos, mundos y universos.
Quisiera explicarle a Matías que la simple mención de "Dios no existe" acepta su existencia, pero él no me comprenderá porque se le hace más sencillo y puro creer en la omnipotencia del hombre que está junto a él.
Dios no existe porque no hay una sola prueba física que demuestre su existencia; es decir, Matías sólo cree en lo que puede ver, en lo que puede tocar. No se da cuenta que en la vida hay más cosas que "no existen" que las que sí.
Si alguien me provocara, elegiría ser Matías antes que mi tía Elena. Creo que la tía "se" ofende más. ¿Un Dios enojado? ¡Habrase visto mayor incongruencia! (por fortuna no caigo en provocaciones y creo en un Dios a la medida del universo).
Dios es esta energía que ahora mismo me circunda. Si algo define a la energía es su movimiento. Por esto hay el tifón y el tsunami y el temblor. El universo sería nada si no hubiese ese movimiento eterno; es decir, el universo no existiría si no fuera Dios. Pero Matías se empeña en negar la realidad a cada rato. Lo bueno es que el universo (éste y los que no podemos ver o intuir) sigue tan campante y no le hace roncha saber que la tía opina que se enoja (como si fuera chucho o como si fuera un niño travieso) o que no existe. ¡Pucha, qué atrevidos los dos! Por esto los quiero, quiero mucho a mi tía (que a veces se encabrona a imagen y semejanza de su idea de Dios) y quiero a mi primo Matías porque quiere valor negar lo evidente en aras de decir "Sólo soy yo".

viernes, 14 de agosto de 2009

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO UN LIBRO ES COMO UN ÁRBOL



Querida Mariana: Juan Alonso Quijano dijo: “Tengo pelos en el pecho pero eso no significa que sea un mono; así como un árbol con hojas no necesariamente es un libro”. Rocío oyó esto último y subió a la biblioteca de su abuelo, quien fue un próspero comerciante comiteco, abrió un libro y descubrió que tenía hojas como los árboles. Rocío jaló una silla y se sentó al lado del balcón, vio el jardín, ¡se sintió maravillada con su descubrimiento! De las hojas de los árboles pendían gotas de rocío y las paredes de la biblioteca estaban tapizadas con estantes de madera de cedro que resguardaban cientos y cientos de libros perfectamente encuadernados. Cada libro era como un árbol, el conjunto de libros era como un bosque. Si en ese momento el sol hubiera aparecido entre los libros o hubiera comenzado a llover, Rocío lo habría tomado como la cosa más natural del mundo. ¿Qué no los bosques están llenos de alfileres de sol y de alcancías por donde pasa el viento?
En esta temporada, en Comitán, los árboles de ciprés se llenan de semillas. Los hombres se tercian una bolsa de yute en el pecho y suben a lo alto de los árboles y arrancan las semillas que serán, una vez sembradas, árboles enormes donde se refugiarán los gusanos, las arañas y los pájaros.
Por esto, Rocío siempre pregunta cuándo es la temporada en que las semillas brotan de los libros. ¿Con qué se riegan los librincillos para que crezcan y den sombra? ¿Cuál es la mejor tierra para sembrar libros?
¿Qué le dirías vos, Mariana, a Rocío? ¿Le contarías la historia de “El árbol y el libro” que aparece en la edición apócrifa del Nuevo Testamento?
“He aquí que Jesús madrugó. Cuando los apóstoles despertaron descubrieron su estera vacía. Salieron en grupo y se dividieron para ir en busca de su Maestro. Juan, el humilde, se dirigió hacia el desierto; Pedro, el orgulloso, caminó con rumbo al mar. Cuando ambos regresaron, dijeron: Encontré al Maestro. Pedro destapó una canasta de mimbre, tomó un pescado y lo colocó sobre la mesa; de inmediato el pescado se multiplicó y hubo cena abundante para todo el grupo. Juan abrió la mano sobre el centro de la mesa y depositó un puño de arena y la tolvanera fue tan intensa que duró cuarenta días con sus noches. Mateo sonrió y dijo: Hablan con falsedad, porque el Maestro estuvo todo el día acá entre nosotros, y señaló hacia el monte, hacia donde un olivo estaba sembrado. Ahí estaba el maestro, repasaba sus manos sobre el tronco, como si leyera un libro. Las mujeres prendieron las velas justo a la hora que El Justo entró. Nadie ha hablado con la verdad, dijo el señor. Todos los días de mi vida he estado en un solo lugar, y señaló el cielo, y levitó, y desapareció en medio de nubes de color marfil”.
Los hermeneutas de todos los tiempos han tratado de dilucidar qué significa la mención de “como si leyera un libro”. Sabemos que Jesús sabía escribir porque una tarde escribió sobre la arena, pero no sabemos si sabía leer, de lo único que podemos estar seguros es que sabía soñar. Y dicen los que saben, querida Mariana, que quienes sueñan saben leer. Si no leen libros leen nubes, leen patios o trenes o vías sin dirección.
No sé qué signifique esa frase, pero considero que es hermosa y una de las más bellas que jamás se han escrito: “Como si leyera un libro”, como si dijera ¡vida!, como si cantara fuerte, como si hallara agua en el desierto, como si un muerto se levantara y volviera a amanecer.
P.d. Tal vez con el agua de los sueños, tal vez con esa agua, los libros crecen. ¿Con qué agua te riegan a vos? Cada vez estás más grande, más bonita, cada vez.

jueves, 13 de agosto de 2009

INVITACIÓN - TERCER INFORME DEL DIRECTOR DEL CAMPUS VIII, CON SEDE EN COMITÁN - UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE CHIAPAS


EL ACTO SE EFECTUARÁ EL 14 DE AGOSTO, A LAS DOCE HORAS, EN LA SALA AUDIOVISUAL "C.P. FRANCISCO JAVIER TRUJILLO ALFONZO", DEL PROPIO CAMPUS.

EL CIELO DE GUILLÉN COTA


Fui a la presentación fotográfica de César Guillén Cota. La invitación demandaba puntualidad y muchos acudimos puntualmente, aunque el acto comenzó treinta minutos después.
Los asistentes fuimos invitados a entrar a la sala del Teatro de la Ciudad. Ahí, la hija de César leyó un texto escrito por Óscar Bonifaz a propósito de la exposición, y leyó una breve ficha biográfica de su papá. Luego ocurrió la presentación de decenas de fotografías sobre la pantalla. Fotografías que César ha tomado durante muchas tardes.
La presentación duró treinta minutos. Treinta minutos que disfruté como niño extasiado.
Este acto motivó en mí varias reflexiones que acá comparto, como una manera pública de agradecer a César la invitación.
1.- La exposición llevó el título de "Los cielos de Guillén Cota". No acepto el título porque lo que vi sólo fue un cielo, un maravilloso cielo. La mirada de Guillén Cota es única porque el cielo es único; su mirada cambia a cada instante porque el cielo es igual de cambiante. La lección fue: todos tenemos un cielo, pero no todos lo sabemos cultivar. ¿Por qué nunca había apreciado "lo obvio"? César logró el prodigio de convocarnos, a los espectadores, a descubrir lo que está frente a nosotros desde siempre. Nos invitó a sentarnos en una silla (muy cómoda, por cierto), abrir la ventana y vivir mil y un instantes en apenas treinta minutos. Fue un acto mágico. Lo fue porque mientras afuera el ocaso ocurría, frente a nuestros ojos se sucedían mil prodigios, mil instantes ocurridos en apenas una fracción de tiempo. Lo que César logró ayer fue algo como un acto de magia porque trastocó las leyes físicas del tiempo. Durante quién sabe cuántas horas logró reunir un haz de imágenes que anoche nos aventó, apenas en un lapso, a mitad del espíritu.
2.- Confieso que esa serie de fotografías no habría resistido verla en "otro cielo"; es decir, si hubiera estado en Puebla, por ejemplo, algo como un cordón de nostalgia me hubiera asfixiado para siempre. Anoche me sentí muy bien, porque en cuanto terminamos de disfrutar las fotografías de ese cielo, no me quedé en el brindis porque me urgía salir para descubrir que arriba de mí estaba el cielo de César. Y cuando vi el mismo cielo agradecí a Dios por estar en el mismo lugar donde César camina con su cámara digital.
3.- Anoche descubrí, en medio de los espectadores, a una persona especial. Recuerdo que ella, cuando fue alumna del Colegio donde laboro, se acostaba a mitad del patio y miraba el cielo. En una ocasión, en que ella debía estar adentro del salón de clases en lugar de estar tumbada mirando el cielo, estuve a punto de llamar a su casa para "dar la queja" a su mamá, pero me detuve, porque luego pensé que ella, tal vez, en ese momento, aprendía más afuera que adentro del salón. Cuando una persona descubre los más altos cielos se descubre también a sí misma. Anoche la vi y me acordé y supe que César no hizo más que pasarnos al salón, abrir la ventana y decirnos: "Adelante, túmbese a mitad del patio y ¡vean el cielo, el centro de su corazón!".
Gracias, César. Lo disfruté.

EL BUSTO DE LA MUJER QUE NO ES


En todos los pueblos sucede lo mismo. Acá, en Comitán, cada barrio tiene su propia historia. El barrio de San Sebastián, por ejemplo, es el barrio que tiene el honor de ser cuna de la Independencia de Chiapas. La historia cuenta que, en el barrio, Fray Matías de Córdoba prendió la flama.
Otros nombres se deslizan en el acto histórico. No podía faltar la mención de una mujer que -en consonancia con la Independencia de México- también interviene de manera relevante; es decir, la Josefa Ortiz de Domínguez se llama en Comitán: Josefina García (este apellido es común en el barrio).
Las autoridades siempre están pendientes de ensalzar la figura de los héroes. Por esto, en el parque del barrio existe un busto de la heroína comiteca. Pero sucede que el rostro del busto no corresponde al rostro de doña Josefina, por una razón muy simple: no existe registro iconográfico de tal señora. La leyenda popular cuenta que el maestro Edgar Robledo consiguió la foto de una mujer de época y la dio al escultor.
Cada vez que las figuras políticas, en unión con "el pueblo", realizan un homenaje y presentan coronas de flores ante el busto de la heroína hacen un reconocimiento al nombre de Josefina García y al rostro de una mujer desconocida.
Lástima que ya tampoco es posible conocer el nombre de la mujer cuyo rostro vemos todas las mañanas en el parque de San Sebastián.
Paso muy seguido por ese parque. También llama mi atención otro suceso. En la fachada del templo existen dos placas que honran la memoria de doña Josefina. No sé si exista algún otro templo en el país donde se dé esa conjunción. No conozco ningún templo que tenga placas adosadas, cuyos objetivos sean resaltar hechos históricos civiles.

miércoles, 12 de agosto de 2009

LAS AZOTEAS DEL INFRAMUNDO



Aparecen con frecuencia en las caricaturas de Ahumada: “azoteas melancólicas”, las definió Arturo García.
Las de Ahumada son azoteas de una gran ciudad, pero, ¿cómo son las azoteas de los pueblos pequeños? En estos pueblos las azoteas casi están ausentes, porque no hay necesidad de subir para tender la ropa. Los tendederos se colocan a mitad del patio, ahí donde el viento corre a su antojo a ras de tierra. En las grandes ciudades, el amontonamiento de edificios hace necesario subir a las azoteas porque abajo no corre el viento. En los techos de los edificios altos, ahí donde colocan las “jaulas” para tender la ropa, el viento encuentra su pradera para correr a gusto. Por esto no fue raro que Paulo, mi sobrino, me dijera un día: “Tío, tío, subamos a volar papalotes”.
En Comitán, las personas mayores recuerdan los llanos “de por donde estaba el campo de aviación”. Ahí acostumbraban ir a volar papalotes, cuando eran niños. Cientos y cientos de metros cuadrados eran el terreno propicio para aventar los papalotes al cielo. Los niños corrían sin más límite que su propio cansancio. Cuando se agotaban, se acostaban en el pasto, colocaban sus brazos debajo de su cuello y miraban pasar las nubes por encima de ellos. Imaginaban que las nubes también eran papalotes y no faltaba el nostálgico e ingenuo que creyera que el niño dios jugaba esos papalotes. Y otro niño, más ingenuo, preguntaba dónde, en Comitán, se compraban esos hilos invisibles.
Paulo me jaló del brazo y subimos a la azotea del edificio de cinco pisos. Yo había llegado a la ciudad de México en un viaje de dos días. Mi afecto Adolfo Gómez Vives me había invitado a presentar su primer libro de poesía en la casa del poeta Ramón López Velarde, y mi primo Armando me dio posada en su departamento.
La azotea del edificio de Armando era una azotea común y corriente de una gran ciudad, una “azotea melancólica”. Todo estaba preparado en filas: en una estaba la serie de jaulas; en otra los lavaderos de cemento con sus llaves en forma de interrogación; y en una más el promontorio de tinacos negros rotoplas; todo envuelto en un globo lleno de humo. En las azoteas vecinas se repetían los escenarios: cables de luz, antenas torcidas, platos de señal satelital, lazos como tendederos de donde colgaban pantalones de mezclilla, camisas, camisetas con hoyos y pantaletas con telas desteñidas en la zona de la entrepierna. La melancolía era como un trapo sucio puesto a secar.
Mi sobrino se colocó en un extremo de la azotea y corrió dos o tres metros tratando de elevar el papalote, pero no lo logró porque no había viento y porque los tinacos eran un impedimento para correr de manera libre.
¿A qué juegan los niños de la ciudad de México? No pueden jugar a ser pájaros, ni papalotes. No alcanzan estos anhelos ni siquiera en sus sueños. Por esto, a veces, suben a las azoteas y juegan a que juegan, porque saben que no pueden jugar en realidad. No pueden hacer más. Por esto y por algunas otras nieblas, las azoteas de México son como mujeres limosneras en las puertas de los templos.
Paulo me preocupa, no quisiera que se contagiara de melancolía. Cuando venga a Comitán lo llevaré al campo y lo veré correr mucho, mucho, y lo veré elevar un papalote sobre estos inmensos cielos, sobre el centro de su corazón.

martes, 11 de agosto de 2009

LAS VENTAJAS


Ser hijo único tiene sus ventajas. Una es la posibilidad de jugar solo. La soledad es como una aliada, por lo tanto no espanta.
De niño, el domingo, despertaba, tiraba las colchas e iba a la caja de juguetes. Los encontraba como los había dejado. Sacaba los muñecos de plástico y los colocaba en dos frentes de batalla. Formaba en una hilera los soldados de color verde, uniformados, con un rifle entre las manos; en la otra hilera (a un metro del contingente verde) formaba el otro grupo con soldados de color gris.
Mi cuarto tenía duela de madera y los rayos del sol de la mañana se colaban a través de los ventanales de las puertas, resguardados por postigos durante la noche (siempre que mi mamá entraba al cuarto, abría los postigos y luego me despertaba: "Ya, flojo, ya, ya es hora de levantarse").
Jugaba. El juego consistía en vencer al ejército enemigo. Con ayuda de una canica lechera lograba mi propósito porque la canica era como la bala de un cañón inclemente.
Hincado detrás de la hilera verde apuntaba sobre los soldados enemigos y soltaba el disparo. La canica rodaba sobre la duela parejita, barnizada, y tumbaba un soldado o, ¡mala suerte!, pasaba por en medio. Corría rápido al otro lado y hacía lo mismo. Siempre fui muy honesto en mis juegos, pero cuando mi ejército verde mermaba, mi mano, por alguna extraña razón, comenzaba a temblar y hacía que el tiro fallara.
Así, mi ejército verde jamás perdió una batalla. ¡México era el padre de todos!
Cuando mi mamá llegaba con la taza de atole de granillo y una pieza de pan, el campo de batalla ya era un regadero de soldados. Mi mamá sonreía, tal vez pensaba que era muy temprano para que hubiera tanto muerto en un lugar tan apacible.
Los hijos únicos no tenemos problemas con la soledad. Estamos acostumbrados a pasar de un lado a otro de la vida para jugar. Todas las batallas las enfrentamos de la misma manera. En un juego de fútbol, por ejemplo, estamos acostumbrados a ser Brasil y México a la vez, y siempre, siempre, por alguna maravillosa razón, México sale vencedor. Por esto, cuando en la vida real, nos toca perder ¡no lo admitimos! Estamos acostumbrados a ganar, siempre ¡a ganar!

lunes, 10 de agosto de 2009

INVITACIÓN - EXPOSICIÓN FOTOGRÁFICA.

INVENTARIO PARA INICIO DE SEMANA



Ella estaba a punto de nacer. Subió a la cima y, poniendo la mano como visera, vislumbró el horizonte en medio del líquido amniótico.
De acuerdo con el catálogo, el nacimiento traía incluidos tormentas; osos; pájaros en el aire; madrugadas; bostezos; noches estrelladas; lluvias; tsunamis; perros como mascotas; rezos; ramos de margaritas y tulipanes; terremotos; quebraduras de pierna; clases de piano y de ballet; películas y palomitas de horno de microondas; dolores lumbares; amoríos; fajes en los asientos traseros de los autos; visitas a moteles; dos o tres felatios y cuatro o cinco cunnilingus que le darían cuatro o cinco muchachos inexpertos.
Lo que el catálogo no decía es que ella, en el transcurso de su vida, debía ir adquiriendo objetos para llenar su casa. Porque si bien la casa viene incluida en el plan de vida (sólo los muy anacoretas deciden vivir adentro de cuevas hoy en día), los objetos que la hacen una verdadera casa son responsabilidad de quien la habita.
Esta tarea fue la primera incertidumbre que ella tuvo antes de nacer. ¿Con qué objetos se llena una casa? Ahí se dio cuenta que esto de vivir no era cosa sencilla, sino algo más bien complejo y absurdo. ¿Para qué arrumbar objetos si el catálogo decía que vivir era llegar sin nada e irse sin nada?
No tenía ningún gemelo al alcance que le proporcionara una lista. Parecía que tal tarea no tenía recetarios. La intuición apenas dejaba ver, entrelíneas, que los objetos de la casa debían corresponder a su personalidad y a su carácter. Pero, qué podía ella saber de personalidades si su árbol genealógico apenas era una trilla visible que, se supone, iría descifrando conforme creciera.
Decidió entonces apelar a su Inconsciente Colectivo. Con los ojos cerrados (como los tenía desde el momento que fue cigoto) hurgó en esas profundidades descubiertas por un tal Carl Gustav Jung.
Así se enteró que debía adquirir los siguientes objetos: un paraguas y un bote forrado con tela para conservar el paraguas en tiempo de secas y que debe permanecer justo al lado derecho de la puerta de entrada; un impermeable y un perchero para colgar el impermeable; un cuaderno y una pluma; un love seat y un sillón individual para recibir a las visitas; un juego de té y una caja de sobres de té de manzanilla; una cama king size y una hamaca para los parientes que llegan de improviso (descubrió que nacía sola, pero, en esencia no estaba tan sola). Tenía ocho tíos, dos abuelos, y una madre soltera; además contaba con veintidós primos (cuatro de los cuales pertenecían a una banda de robacoches y dos eran polleros; además de una primita que le daba vuelo a la hilacha con cuanto muchacho se le ponía enfrente. De acá dedujo que su familia era una de tantas).
Conforme escribió la lista necesitó más y más hojas. Porque además debía poseer un servilletero; una vajilla; ocho vasos de cristal y dos de metal; tres cepillos de dientes; toallas sanitarias; pomada para magulladuras; condones; un consolador; y botellas de alcohol (tanto etílico para uso sanitario como disfrazado en botellas con nombres simpáticos: güisqui, ron, brandy o posh).
“Uf”, exclamó, eso de vivir era una joda. Pero ya no era tiempo de echar marcha atrás. Los pujidos de su mamá con las piernas abiertas le indicaban que estaba a punto de iniciar la aventura más grande del universo. Guardó la relación de objetos y se dijo que la continuaría en cuanto la vida le diera un tiempito. Pensó que ahora estaría muy ocupada en atender a los amigos y familiares de su mamá.
“Chin”, en ese momento dijo su primer exabrupto y tuvo su primer arrobo religioso pues a la vez invocó la misericordia de Dios al pensar que no tardaban en llegar la putita de su prima y los pinches polleros y robacoches.
Bueno, se dijo, ni soy la primera ni seré la última y asomó su cabecita para ver el mundo por primera vez.

domingo, 9 de agosto de 2009

COMO HOPALONG O COMO EL SANTO


Era el tiempo de las torceduras inocentes. Éramos niños. Las cajas de cerillos y las simples corcholatas eran carros, y un palo de escoba era un caballo. Y nosotros, ¡qué maravilla!, éramos todo lo que no éramos. Un día éramos Santo, el enmascarado de Plata, y al día siguiente nos convertíamos en Hopalong Cassidy. Así, el patio de la casa se convertía en el territorio donde peleábamos contra las Momias de Guanajuato o contra apaches que no sabíamos qué nos habían hecho para odiarlos y perseguirlos con tanta saña (era común, a la hora de amarrarlos al poste, recordarles aquello de "a quien hierro mata, a hierro muere", que tampoco sabíamos, bien a bien, dónde se nos había pegado el famoso dicho).
¡Éramos todo lo que no éramos! Tal vez porque éramos lo que no somos ahora.
Poseíamos la magia, sin saberlo. Era el tiempo en que, en nuestras manos, todo podía convertirse en lo que no era.
Un pequeño montón de tierra era Territorio Apache; y cuatro hormigas que se resistían a seguirnos el juego eran los leones que manteníamos encerrados en una pequeña caja transparente.
Era el tiempo en que el tiempo se movía lento. Éramos niños y Comitán era el lugar mágico en donde todo lo imposible ¡era posible! Era un mundo mágico, un lugar donde las momias y los apaches eran los únicos malos y siempre, siempre, acababan pagando sus fechorías.
El mundo estaba libre de peligros. y no es por nada, pero éramos nosotros, niños sencillos, quienes siempre, siempre, salvábamos al mundo.