miércoles, 16 de septiembre de 2009
martes, 15 de septiembre de 2009
LOS PINGÜI-NOS Y LOS PINGÜI-SÍS

"Somos alrevesados", dice Paco. No sé si la palabra está en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, pero no hay duda de que los humanos somos alrevesados; es decir, tenemos propensión a hacer las cosas al revés.
En Comitán usamos el término frecuentemente. Reconocemos ser "alrevesados", como si insistiésemos en vivir en un mundo al revés; como si nuestro país fuera el país de las maravillas, donde, en lugar de festejar el cumpleaños, festejamos el Día del No Cumpleaños; como si en lugar de trabajar para vivir, viviéramos para trabajar; o -¡el colmo!- en lugar de amar nuestro trabajo lo maldijéramos.
Parece que ahora tenemos una propensión a celebrar el Día del No Trabajo. Aún cuando la recesión nos ahoga, mucha gente no tiene respeto por su trabajo; aún cuando mucha gente anda desempleada, quienes sí tienen la bendición de un empleo ¡no quieren trabajar!
Muchas personas "hicieron puente", desde la noche del viernes pasado. Descansaron sábado, domingo, lunes y martes. Regresarán el jueves al trabajo.
Otros harán lo contrario. Trabajaron ayer y lo hacen hoy, pero como el día de mañana es día de descanso obligatorio, "se tomarán" jueves, viernes, sábado y domingo.
Así somos los mexicanos. Al mal tiempo le ponemos buena cara y la recesión nos hace lo que el viento a Juárez. Nuestro país tiene enormes carencias, pero nosotros, como somos alrevesados, no hacemos nada para evitar que sigan creciendo.
¡Que viva México!
lunes, 14 de septiembre de 2009
CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO LOS PULPOS SIEMPRE CAEN EN LA TENTACIÓN

Querida Mariana, las computadoras conocen muy bien a los hombres, saben de nuestras debilidades.
¿Qué hacés cuando intentás eliminar un archivo? ¿Das un clic al lado derecho del ratón y luego pinchas en el apartado Eliminar?
Mi papá, cuando yo amenazaba con iniciar alguna aventura loca, me decía: “¿Ya lo pensaste bien?”. Ahora me doy cuenta que nunca hice tal cosa. Siempre respondí al impulso inicial. Por esto siempre me fue como me fue.
La computadora funciona con la misma lógica con que funcionaba la mente de mi papá. Cuando pincho el apartado Eliminar, ella me da una segunda oportunidad y me pregunta si de veras quiero eliminar ese archivo, si ya lo pensé bien. Las computadoras nos conocen. Los seres humanos respondemos a impulsos. No nos damos la oportunidad de reflexionar.
Nuestra vida tendría que ser como un juego de ajedrez. Deberíamos analizar las posibles respuestas a cada jugada realizada. Pero, los más optimistas están en contra de este comportamiento racional, dicen que actuar así resta emoción a la vida. ¡No dudes!, recomiendan los intrépidos, ¡aviéntate!
El problema es que la mayoría se avienta como “El Borras” (un popular actor de la televisión mexicana que tenía serios problemas por hacer las cosas de manera irreflexiva).
He comprobado que soy irreflexivo, porque, a veces, cuando la computadora me pregunta si de veras quiero eliminar un archivo, oprimo el botón Sí de manera automática. Por esto, porque la computadora me conoce muy bien, todavía me da una tercera oportunidad. Manda el archivo a una Papelera de Reciclaje. Sabe que algún día buscaré como loco el archivo y ella, generosa, me echará una mano. ¿Cuántas veces he buscado en ese “basurero”? No sé bien a bien, pero han sido muchas y he vuelto a respirar al hallar un documento que en el pasado consideré innecesario y en el presente se me va la vida en él. Muchos de los documentos que eliminé los he restaurado.
La vida no es tan generosa. A veces te cobra muy caro cada vez que te equivocás. Por el contrario, mi papá sí fue generoso conmigo. Cuando me equivocaba, el sonreía un poco triste y me decía: “Más se perdió en la guerra” y me concedía otra oportunidad. Al quinto o sexto intentos fallidos, él ya cambiaba la frase y decía: “Puro fracaso ‘tamos mirando” (frase que sacó de un chiste comiteco), pero volvía a sonreír y yo sabía que nuevamente me estaba brindando otra oportunidad.
“¿Ya lo pensaste bien?”. Ahora, ya mayor, y con mi padre difunto, veo que el hombre -por lo general- se comporta con la misma actitud irreflexiva con que yo me comporté de adolescente.
El Presidente de la República tuvo la ocurrencia de eliminar a la Secretaría de Turismo. ¿Quiere esto decir que la industria sin chimeneas no importa para el desarrollo económico del país? Parece que así lo ve la Presidencia de la República.
Dios mío, cuando la promoción turística debiera ser primordial como lo es en España, por ejemplo, en nuestro país nos damos el lujo de eliminar una Secretaría que debería ser eje fundamental del desarrollo. Ahora, dicen los que saben, la planeación turística pasará a formar parte de la Secretaría de Educación. ¿Es ésta, acaso, una jugada de mi paisana, la famosa Elba Esther Gordillo?
Parece que el Presidente de nuestra patria, actúa de manera irreflexiva. Por desgracia, la vida no concede segundas oportunidades. El hoyo cada vez se ve más grande.
¿Qué hacer, Marianita?
P.d. Hoy ya no decido. Un día decidí que me equivocaba muy seguido, así decidí que Dios decidiera por mí. Desde entonces, te lo juro, me va mucho mejor. Lo que llamo Dios también ha sido tan generoso como mi papá, me da muchas oportunidades, incluso algunas para enmendar el daño realizado y recomponer el camino.
domingo, 13 de septiembre de 2009
LA PALABRA SECRETA

"La Dichosa Palabra" es un programa televisivo del Canal 22. Pero, la dichosa palabra, es más; también es la palabra secreta.
Ayer, en la noche, vi "La Dichosa Palabra". Me gusta ver el programa, a pesar de que Boullosa (hermano de Carmen, mi afecto)es medio sobrado; a pesar de que la chica (más o menos atractiva físicamente) tiene un acento españolizado difícil de tragar. La presencia del poeta Eduardo Casar es compensatoria. Eduardo no tiene poses ni pretensiones "intelectuales". Su colaboración es inteligente y fresca (a pesar de que no es lechuga).
Pero, anoche, Eduardo mencionó la "dichosa palabra". Su mente jugaba cuando se topó con una de esas palabras llamadas "altisonantes o malas" y reculó de inmediato. No la mencionó. Los televidentes debimos "completar" el sentido, decir la "dichosa palabra" mentalmente. Claro, decir una "malcriadeza" en un canal de televisión no es sencillo.
Por supuesto, hablo de programas inteligentes. En un canal de Televisa (Telehit) existe un programa de chistes que atenta, no contra la moral ni el pudor, sino contra el mal gusto. Un grupo de estúpidos se dedica a contar chistes plagados de palabras altisonantes. Los supuestos comediantes son tan malos que emplean el recurso de las groserías para encubrir su estupidez. ¿Hay alguien que se ríe de sus estupideces? Parece que sí.
A mí no me afecta ninguna palabra. Considero que deben usarse todas las palabras contenidas en el Diccionario de la Lengua Española (y aún las que no están contenidas ahí).
Óscar Bonifaz dice que no existen sinónimos; es decir, cada palabra designa algo en especial. Así pues, a veces, un tipo es tan cabrón que debe decirse que ¡es un cabrón! No es válido emplear sucedáneos.
Sin embargo, todo tiene un contexto.
Anoche, Eduardo se contuvo porque estaba en una transmisión televisiva a nivel nacional. Y como aún existe ese segmento de palabras mal llamadas malas, quien tiene aún un poco de decencia las evita.
La dichosa palabra (la palabra secreta) está reservada para otros momentos y en otros espacios.
Por esto apreciamos tanto los instantes que pasamos con los cuates. Ahí nada está prohibido. El territorio de la cuatitud es un espacio de libertad.
Doy clases en el nivel de secundaria y en el nivel Universitario. Es obvio que "la dichosa palabra" no asoma nunca en el primer nivel y si asoma en el nivel universitario la pronuncio como si dijera amanecer, lluvia o árbol. Jamás la resalto. Ya, cada quien, que le dé la entonación que quiera en su corazón.
Acá mismo, en este espacio, procuro que mi lenguaje no sea "ofensivo". Una cosa es la libertad y otra el libertinaje.
No hay palabras malas, pero sí existe eso que se llama "la dichosa palabra" y que corresponde al territorio de lo secreto, de lo íntimo.
No debería ser así, ¡pero así es!
sábado, 12 de septiembre de 2009
SER O SÍ SER

Existe un libro interesante que se llama "¿En qué creen los que no creen?". Es un título acertado. Un afecto me dice que no es creyente. No le creo, porque mi lógica indica que si bien no cree en Dios ¡debe creer en algo! De lo contrario sería un "bulto"; es decir, un ser en estado de coma (o más bien: de punto y raya).
¿Y los que se dicen "apartidistas", en tratándose de cuestiones políticas, en qué creen?
Las convicciones ya no tienen la solidez de antaño. Los priístas de "hueso colorado" son pocos. Ahora abundan los "chaqueteros". El mismo fenómeno se repite en materia religiosa. Mi mamá, a veces, en voz baja me cuenta acerca de fenómenos "migratorios religiosos". Mientras teje me dice: "Fijate que fulanita de tal ya se cambió de religíón". Lo dice con cierto coraje, segura de que ella no caerá en las "garras" de los evangelistas, mormones y demás vainas místicas.
Mi mamá es "católica" de hueso colorado. Acepta las noticias de los curas pederastas y demás triquiñuelas terrenales de los representantes de Dios, pero le duele. Cada noticia mala la toca en su ser más íntimo. Ella cree en Dios y a Él se encomienda y con Él pone toda su voluntad. Admiro esa certeza. Mi mamá es mujer de convicciones, es mujer de una sola pieza.
Ahora los cambios están a la orden del día. La panista coquetea con el petista y el priísta se vuelve perredista. ¿En dónde quedaron las convicciones? ¿En dónde la fe hacia un ideario político?
Parece que en política sobresale la fe en el interés económico. Por esto, ahora los políticos no piensan en el bien común sino en el bien personal. ¿Y los "creyentes" en qué piensan cuando se cambian de religión? Tal vez los ateos son un poco como los apartidistas. No "creen" porque las opciones no satisfacen sus expectativas.
El mundo de la política es un cochinero, independientemente del partido que esté en el poder; el mundo espiritual también es un callejón oscuro, independientemente del Dios que nos presenten.
El apartidista cree en sí y, parece, el ateo hace lo mismo.
Saramago dice que, a pesar de que "no es creyente", se define como un buen hombre, porque procura no hacer el mal. Parece que los apartidistas también son de esta estirpe: no hacen el daño que sí hacen los partidarios.
Tal vez es hora de mirar hacia el mundo de los ateos y de los apartidistas. Parece ser que ellos son hombres de convicciones, no son chaqueteros.
¿En qué cree el que no cree? Cree en sí. Y esto, en el fondo, es creer en la energía universal que mueve al mundo; es ¡tener fe! Una fe inquebrantable. Parece entonces que los ateos y los apartidistas son buenos hombres, en el sentido que lo plantea el Premio Nobel de Literatura: ¡No hacen daño al prójimo!
viernes, 11 de septiembre de 2009
CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO EL RUIDO ES LA ANTESALA DEL SILENCIO

Querida Mariana, una cosa es cierta: si no hubiera ruido no apreciaríamos el silencio. ¿Imaginás a una mariposa que al volar hiciera el ruido de una ambulancia? O al contrario, ¿qué pensarías de un perro que no ladrara? Don Chema chifla en su taller mecánico porque así se acostumbró desde niño, cuando su papá le pedía a chiflidos una llave inglesa o una de media. No obstante, cada vez que don Chema chifla para pedirle a su chalán alguna llave, su mujer, doña Elisa, se asoma desde la ventana y, a gritos, le pide que no chifle tan fuerte porque los niños se van a despertar (los niños despiertan, no por los chiflidos, sino por los gritos de la vieja llena de tubos en la cabeza).
Me gusta el silencio de las mariposas cuando vuelan y se posan sobre los rosales que tiene mi mamá en el patio de la casa; aprecio el silencio de los gusanos que caminan orgullosos sobre las ramas; asimismo disfruto el silencio de los templos a las tres de la tarde. Pero, ¿sabés qué?, también disfruto el insoportable griterío de doña Elisa. Desde la casa oigo su chachalaquerío y pienso que es como un cenzontle con enfisema. ¿Te gustan los cenzontles?
A veces, en la madrugada, despierto de improviso. Algunos carros pasan a toda velocidad, chirriando llantas, por el bulevar. Mi corazón late como un fuelle. En cuanto sosiego, me siento en la cama y trato de “oír” el silencio. No es posible. No existe el silencio total. Éste se dará cuando el universo deje de existir. Por esto, Mariana, por esto, es que el ruido me da gusto, de vez en vez. Ese ajetreo de voces, de trastos metálicos golpeando sobre el piso; esa danza de maullidos y susurros a media noche, es la mejor señal de vida.
En la biblioteca pública hay letreros que solicitan Silencio, asimismo en los hospitales hay letreros que exigen cerrar el escape de los autos. Se entiende el pedido, los lectores necesitan concentración y los enfermos requieren calma y tranquilidad. Pero, a veces, pienso en algún travieso que, sólo por travesura, rechina las llantas de su auto frente al hospital e imagino la escena. El enfermo abre los ojos con espanto y se llena de temor, la enfermera le limpia la frente y le susurra: “Tranquilo, ya pasó, no es nada”. Y pienso que el enfermo, en medio de esa niebla asfixiante, sabe que el ruido fue como una bendición pues le recordó que sigue vivo.
En el panteón de Comitán hay una capilla que tiene encendido, noche y día, uno de esos aparatos electrónicos que simulan cantos de pajaritos. Como has de imaginar las opiniones están divididas entre quienes dicen que al pobre muerto ni muerto lo dejan descansar, y entre quienes sostienen que esa música alegra “el corazón” del difuntito. La mera verdad es que el difuntito es el único que no tiene vela en este entierro. Ese aparatito encendido todo el tiempo sólo es un recordatorio para los vivos, es una señal que dice: “Prohibido hacer silencio en vida. Prohibido hacer ruido en muerte”.
Cuando Estefanía medita, se sienta a mitad de la sala, une sus manos y dobla sus piernas con la agilidad de una contorsionista. Medio mundo de la casa camina en puntillas y ella lo debe agradecer. Pero detrás de esa cortina aparente, Estefanía sabe que el ruido del mundo sigue su curso. Nunca cesa el ruido del motociclista que reparte las tortillas, ni el del altoparlante del camión repartidor de agua; ni el de los aros metálicos contra el asfalto de los carros que reparten el gas; ni el ruido apabullante de su corazón.
No me molesta el vecino que, a las doce de la noche, clava en su pared; no me molesta el chavo que conduce su auto con la música de Kpaz de la Sierra, a todo volumen; no me molestan los gemidos de la muchacha bonita que, en la madrugada, juega con su pareja en el cuarto de a lado cuando llego a un hotel.
Un día el gato de la casa -el misha- tiró un tibor (que si bien no era de la dinastía Ming, tenía un cierto valor estimativo), mi mamá estuvo a punto de enojarse, pero luego entendió que si no tuviéramos el gato el tibor seguiría intacto, pero ¿no acaso el gato travieso nos da más vida que un simple bibelot? Me gusta el ruido, de vez en vez.
P.d. El vecino mentó madres, pero ¿vos qué sentiste cuando tu amado te llevó serenata el sábado 14 de febrero, a las dos de la madrugada?
jueves, 10 de septiembre de 2009
TESTIMONIOS DE VIDA

José Antonio Melgar Downing donó su colección de medios impresos. La donó al Centro Cultural Rosario Castellanos.
Lo hizo anoche, en medio de la música de una banda y del vino de honor; lo hizo en medio de un buen número de personas que acudieron a la invitación de la Fundación Colosio (los panistas se han dormido y aún no crean la Fundación Mouriño. Ya se sabe que este país funciona con la creación de mártires).
A José Antonio le pregunté si podía vislumbrar qué pasará con su donación dentro de diez años. Por fortuna, José Antonio está consciente de lo que puede suceder. Me dijo que ahora todo está en manos de las autoridades “culturales”.
Es bueno que los donantes no tengan demasiadas expectativas. Muchas donaciones terminan en cuartos húmedos y olvidados.
Ahora es posible digitalizar los medios impresos. Tal vez sea bueno que el Centro Cultural Rosario Castellanos (ahora que su directora, Angélica Altuzar Constantino, ha comenzado con mucho entusiasmo) considere la posibilidad de digitalizar el acervo donado.
Di una vuelta por la exposición y constaté el valor documental del acervo.
Incluso, hay que ir más allá. Digitalizar todo lo que no está incluido en la Colección de José Antonio. Parte importante de nuestra identidad está concentrada en esos papeles amarillentos que se resisten a morir. Sobreviven porque su fuerza se concentra en que son testimonios vivos del pasado.
Acto generoso. José Antonio comparte con el pueblo lo que el pueblo ha realizado.
miércoles, 9 de septiembre de 2009
EN LAS BUENAS Y EN LAS MALAS

El tío Alfonso tenía tantos amigos que parecía un talabartero reuniendo tornillos o clavos. El día que cumplió ochenta y cuatro años de edad, su casa se convirtió en una romería, por tantos amigos que llegaron a felicitarlo. Los festejos tardaron dos días, con sus correspondientes noches.
Los hombres amistosos poseen la cualidad de ser un poco coleccionistas. Hay gente que colecciona timbres postales (bueno, había); gente que colecciona cajitas pintadas (su colección siempre estará incompleta si no tiene una maravillosa cajita pintada por Molinari); o gente que colecciona amigos (de esta estirpe era tío Alfonso). Él decía que, como los tamales, tenía amigos de dulce, de chile y de manteca.
Por esto -y de acuerdo con la ley de probabilidades- cuando el tío falleció, dos de sus amigos fallecieron ese mismo día. Las tres familias dolientes acordaron incinerar los cuerpos a la vez. Si habían estado reunidos en vida que lo siguieran estando en muerte, adujeron.
Al término de la ceremonia los dolientes recibieron urnas laqueadas conteniendo la ceniza revuelta de los tres amigos. El tío Armando -hermano de tío Alfonso- hizo una mueca de asco y escupió al piso; en voz baja le dijo a su esposa que no permitiera esta falta de respeto con sus restos mortales. “A mí me entierras a la antigüita, y solo, ¿oíste? ¡Solo!”, dijo.
Ayer tía Filogonia, esposa de tío Alfonso, me mandó un recado con la sirvienta. Me bañé y, con puntualidad inglesa, estuve en su casa a las cinco de la tarde. Su sirvienta abrió, me condujo a la biblioteca y me dijo que “la señora” ya me recibiría (no sé de dónde mi tía saca esas muchachas. Son como sirvientes de alguna novela alemana burguesa del siglo XVIII).
“Ay, hijito -dijo en cuanto entró con el pañuelo limpiándose los mocos- parece que la regué”. Se sentó a mi lado y me contó, mientras la sirvienta servía el té, en tazas de finísima porcelana, acompañado con galletas de avena.
Antenoche, la tía prendió una veladora y rezó un rosario por el alma de su difunto esposo. Dice que iba por el cuarto misterio cuando la puerta de la biblioteca se abrió y una ráfaga de aire helado le recorrió toda la espalda. Dejó el rosario sobre la mesa del altar y fue a cerrar la puerta, pero la misma serpiente fría la detuvo al recorrer su espalda de nuevo. Una voz, que parecía provenir de un pozo muy profundo, retumbó en todo el oratorio: “Onia, ¡no tengo piernas!”.
“¿Mirás, hijito? Sólo él me decía Onia. Ay, Dios, la regué”. Me acerqué y la abracé, le dije que no se preocupara. Me vio como si yo fuera el espíritu santo y, con el pañuelo, resignada, se secó las lágrimas y los mocos. “Tengo un amigo -le dije- que es ingeniero experto en separación de residuos, mediante un “Análisis Cromatográfico” determinará cuáles son los gránulos correspondientes a la entidad corpórea de tío Alfonso y los separará”.
Lo dije así porque tenía que dar rasgos de verosimilitud. Los lenguajes crípticos ayudan mucho cuando de impresionar se trata. La tía, en efecto, me creyó, fue por la urna y me la entregó.
A ella le dije que mi tío debía tener completas sus cenizas para que volviera “a caminar”, así que llamó por teléfono a las dos viudas cómplices, quienes de inmediato llevaron las otras urnas. “Ay -dijo una de ellas- Pancracio no se me ha aparecido, debe ser que también le falta algo. Capaz que sus ojos están en las cenizas del compadre Alfonso”.
Hoy en la mañana regresé las urnas. Mi tía abrió las manos y los ojos de manera generosa cuando le entregué la suya. Me preguntó cuánto debía por el servicio, le dije que nada, mi amigo, el ingeniero en cromatografía, también era amigo de tío Alfonso –seguí con la mentira- y no había cobrado un solo centavo. “Ya mirás que mi tío tenía amigos de todas las edades”, dije. “Sí -respondió ella, motivada- él decía que tenía amigos de dulce, de chile y de manteca”.
Debo acá aclarar que cuando tuve entre mis manos las tres urnas vacié las cenizas en una bolsa negra, de esas que sirven para guardar basura (claro, antes pedí perdón a los tres amigos) y llené las urnas con ceniza del fogón de la panadería de doña María. Más tarde fui hasta un lugar que en Comitán llamamos El Cenicero. Subí a un montículo y, al amparo de una luna llena brillantísima, abrí la bolsa negra y regué el contenido. Si murieron juntos que juntos vuelen, pensé.
Cuando regresé a casa recordé que el tío Armando es sabio pues insiste en la teoría aquella de: “Juntos, pero no revueltos”, como debe ser.
martes, 8 de septiembre de 2009
HORMIGA O MERCADER

¿Crees en la reencarnación?, me dijo. Se paró y fue hasta el balcón. La calle estaba concurrida, llena de estudiantes, de carros, de ruidos y de niños acompañados por sus mamás.
Se quedó en el balcón viendo el ajetreo del día. Era un día común y corriente en una ciudad llamada Comitán.
Antes me había dicho que él fue un vikingo en una vida pasada, y luego fue un príncipe en un país europeo. Esto fue lo que le dijo una vidente en la ciudad de San Cristóbal de Las Casas.
Me preguntó si alguna vez alguien me había "leído" mi pasado. Le contesté que no. Una vez, una mujer, en Xalapa, me leyó la mano, pero no me dijo nada de mis vidas pasadas.
En todo caso, si me diera la curiosidad, no me interesaría conocer qué fui en vidas pasadas sino en dónde viví en vidas pasadas.
Sin necesidad de pitonisas intuyo que viví en este pueblo, en algún tiempo pasado.
Estoy seguro que nunca fui un príncipe de palacio europeo; casi puedo apostar que tampoco fui esquimal o un famoso pirata.
¿Que si creo en la reencarnación? No sé, no puedo negar la posibilidad. Una vez mi papá preguntó si era real la posibilidad de la reencarnación. No supe qué decir. Él ya estaba enfermo y tal vez meditaba en la frontera más allá de la muerte.
Por aquello de las dudas, siempre que un ser vivo, por alguna razón se acerca a mí, lo trato con respeto. No vaya a ser cierto eso de la reencarnación.
¿Qué fui en una vida pasada? No lo sé. La única certeza que poseo es que viví en este mismo pueblo, por esto ahora es como si volviera a casa y me siento tan a gusto en estos cielos comitecos.
Se retiró del balcón y me vio. A mí me gustaría reencarnar en águila, me dijo. Se sentó en la mecedora, se cubrió con una manta. Hacía frío. Afuera la tarde continuaba con su ajetreo diario: bocinazos, pasos apresurados y gritos. Adentro él y yo meditábamos acerca de qué personalidad habíamos tenido hace muchos muchos años.
¿Alguna vez fuimos hormigas? me preguntó. No supe qué responder.
lunes, 7 de septiembre de 2009
SEGUNDA CARTA ABIERTA AL SENADOR MANUEL VELASCO COELLO.
Respetado Senador, ¿a Usted le gusta la canción mexicana? En tal caso recordará aquella canción de Felipe Valdés que dice, más o menos así: “Hace un año que yo tuve una ilusión, hace un año que hoy se cumple en este día”. Dicha canción la popularizó Antonio Aguilar, papá del ahora famoso Pepe Aguilar.
En realidad no quiero hablarle de canciones ni de Los Aguilar, si saqué esos versos a colación es porque “Hace un año” le escribí una Carta Abierta en este mismo espacio. En dicha carta formulé la petición para que Usted, como representante de Chiapas en el Senado, gestionara acciones para dignificar la Casa Museo Dr. Belisario Domínguez.
La casa donde nació Belisario Domínguez, por desgracia, está lejos de ser el espacio digno para honrar la memoria del ilustre héroe. El tiempo ha hecho estragos a dicha casa y tiene muchas deficiencias. Cuando escribí aquella carta los empleados de la Casa Museo me enseñaron documentos históricos que estaban deteriorándose por la acción de una plaga, asimismo varias salas carecían de luz porque las lámparas estaban fundidas.
Por fortuna, un grupo de comitecos bien nacidos se enteró del contenido de la Carta Abierta y gestionó la fumigación de las vitrinas y la reposición de las lámparas.
Pero, tal hecho no fue suficiente. Si Usted se da una vuelta por la Casa Museo constatará que muchas puertas de madera están a punto de derrumbe (las puertas de los balcones están deterioradas por la acción de la polilla).
Don Jesús Reyes Heroles dijo que “La forma es fondo”. Apena entonces que los visitantes de esa Casa (incluidos muchos jóvenes estudiantes) observen una imagen de deterioro cuando debía ser todo lo contrario.
Hoy, de nuevo, insisto en mi petición: Encabece un movimiento de dignificación de la Casa Museo Dr. Belisario Domínguez.
Sé que Usted no padece el Síndrome Fox para decir: “Y yo ¿por qué?”.
Así como insisto en mi respetuoso pedido, varios amigos insisten en decirme que esta carta jamás obtendrá respuesta positiva. Pero ya dije que soy necio y, además, confío en que Usted hará algo al respecto. Tal vez la botella lanzada al agua no llegó a sus manos la vez anterior y aún sigue flotando en mar abierto.
Hoy vuelvo a lanzar el mensaje, confiado en que ahora sí llegue a sus manos. Lo hago en nombre de los chiapanecos bien nacidos; lo hago en nombre de los mexicanos tan necesitados en estos tiempos de un rostro limpio que nos otorgue identidad; lo hago en nombre de la patria, de esta patria por la que luchó Belisario Domínguez y ofrendó su vida.
Cada vez que escucho a un político mencionar a Belisario Domínguez como ejemplo de valor civil, algo se retuerce en mi corazón al recordar el abandono en que está el recinto donde “brilla” su memoria.
Tengo confianza en que si es necesario escribir una tercera Carta Abierta será para notificar a los chiapanecos que “la Representación Estatal cumplió con su deber”.
Un abrazo respetuoso.
domingo, 6 de septiembre de 2009
La espera salta donde menos se le liebre

Abrí este chunche y me enteré: ¡México goleó a Costa Rica!; es decir, los televisos estuvieron en plan de videntes: México ganó a toda Costa.
Debo confesar que, como medio México, me contagio seguido del virus Aachefútbol. De una o de otra manera estoy pendiente de los resultados de la Selección Mexicana.
Cuando jugó México contra Estados Unidos (que fue una tarde) me sucedió algo especial.
Por la mañana de ese día, me habló Caro. Ella necesitaba un maestro de lengua indígena, ¿conocía yo a alguien?
Justo a la hora que iba a comenzar el partido, Caro me dijo que estaba en la tienda con sus papás; así que llamé a su tienda y le pregunté si no había inconveniente en que pasara por ella para ir en busca del maestro que domina el tojolabal. Me dijo que no, así que Paty y yo trepamos al carro y fuimos por Caro.
Estuvimos de un lado para otro, preguntando con vecinos nos dieran referencia de la casa (para no hacer el cuento largo, diré que jamás dimos con el bendito maestro).
Durante el regreso puse la radio y, lógico, escuchamos un segundo la transmisión del partido. Lo apagué. Comentamos algo acerca del fútbol.
Ahí me enteré: Caro estaba lamentando la salida. Le dio pena decirme que no podía salir.
Ya luego nos confió que durante más de quince días o no sé cuántos (el tiempo que Televisa nos ensarta la promoción previa), estuvo esperando con ansia el partido y cuando estaba a punto de sentarse a presenciarlo, el Molinari le habla y le echa a perder el encanto.
Entonces fui yo quien se apenó. Caro es una niña excelente, muy estudiosa y responsable. Nunca hubiera imaginado que fuera fanática del fútbol; es decir, no me sorprendió su afición sino su pasión por dicho deporte.
Luis Felipe es mi afecto muy cercano, por eso sé que cuando hay partido de fútbol no debo llamarle a su casa y menos, mucho menos, ir a verlo. Simple y sencillamente no me responde ni me recibe. El fútbol es su religión y yo soy muy respetuoso. Ahora sé que Caro también es de ese rebaño sagrado. ¿Cuántos millones más en el país?
Esperaba, se los juro, que hoy en la mañana me enterara de la derrota de México y no es así. ¡México goleó a Costa Rica!
¿Nos vamos al Mundial? Parece que sí ¡Nos vamos al Mundial! Dios mío ¡la que nos espera!
sábado, 5 de septiembre de 2009
Diálogo de confesionario

- Ave María Purísima.
- Sin pecado concebida.
- ¿Hace cuánto tiempo no te confiesas?
- Hace como mil años, padre.
- Dime tus pecados.
- En realidad no tengo pecados. Sólo quiero hacerle una consulta: Sin pretender ser la Virgen María ni mujer impoluta, ¿es posible concebir por obra del Espíritu Santo?
- No, hija. No es posible. Esa es una gracia divina reservada para la madre de Dios.
- ¿O sea que, desde entonces, ninguna mujer puede aspirar a ese don?
- No, el misterio de...
- Déjelo así. Ya entendí. Me queda el recurso de la inseminación artificial, ¿no?
- Bueno, es...
- Déjelo. Ya comprendí. Gracias por despejar mi duda.
- Bueno, en realidad...
- Ya, ya, no se preocupe. ¿Puedo ir con Dios?
- Sí, hija, Dios está contigo.
- ¿No me va imponer ninguna penitencia, ¿verdad?
- No, en realidad no, pero no estaría de más que rezaras un Padre Nuestro para que nuestra Madre María te ilumine por siempre.
- Sí, lo haré, aunque no creo que ella me pase el tip de cómo le hizo para que el Espíritu...
- ...
- Ya, no se mortifique, ya me voy. Gracias, padre. Buenas tardes.
- ...
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