sábado, 21 de marzo de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO TODO MUNDO SE VA DE PINTA




Querida Mariana: una noche entrevisté al poeta Jorge Esquinca, en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez. Jorge es uno de los grandes poetas de Iberoamérica. Esa noche, en la calle, frente al edificio del Instituto Chiapaneco de Cultura (hoy Rectoría de la UNICACH), entre otras, le solté la pregunta: “Si fueras pez, ¿por quién te gustaría ser pescado?”. Jorge no dudó, abrió los brazos en señal de que no había elección: “Por Nastassja Kinski, definitivamente”, dijo. Yo, imitándolo, abrí los brazos en señal de que, en efecto, esa era la mejor elección.
Yo también recibí el deslumbre de Nastassja una mañana de 1979, en un cine de la Ciudad de México. Me había ido de pinta con un grupo de compañeros universitarios. En ese tiempo estudiaba en la Escuela de Arquitectura, de la Universidad del Valle de México.
¿Quién es Nastassja? ¿Por qué Jorge no dudó en nombrarla? No sé si vos has visto alguna película donde ella haya actuado. Yo la vi aquella mañana en una cinta que se llama “Cosi com sei” (en su traducción al español la podés encontrar como “Así como eres”). Nastassja actúa al lado del enormísimo Marcello Mastroianni.
Todo aquel que fue estudiante recuerda haberse ido de pinta. ¿Vos te has ido de pinta? ¡Claro que sí! Hay escuelas que tienen bardas altísimas para evitar la fuga de los alumnos, pero no faltan los atrevidos que encuentran el modo de saltarlas, como si fuesen experimentados habitantes de un penal. No recuerdo haber ido de pinta cuando estudié en la primaria ni en la secundaria. Mis pintas comenzaron cuando entré al bachillerato. Por fortuna, estudié en el edificio donde hoy está la Casa de la Cultura; un edificio sin bardas y con la puerta abierta de manera permanente. Hoy valoro mucho ese sistema educativo, en el que no había restricción. La prepa de Comitán nos mandaba la señal maravillosa de que éramos libres de entrar o no entrar. Con mis compas, en una o dos ocasiones nos fuimos de pinta. Tal vez una vez al billar de Nevelandia y otra, tal vez, al bar “El apolo”, que estaba a cuadra y media de la escuela. Y digo que sólo en dos o tres ocasiones, porque las demás veces que fuimos al billar o a sentarnos al parque o a tomar un refresco en el Café Intermezzo lo hicimos porque el maestro no había llegado y teníamos clase “libre” y en lugar de apoltronarnos en el patio o en el salón salíamos “como Pedro por su casa” y aprovechábamos esa hora. Ya dije que nosotros, preparatorianos afortunados, no sólo tuvimos el privilegio de estudiar en una escuela de puertas abiertas sino que también tuvimos la bendición de tener al parque central como nuestro patio de recreo. A veces me topo con Marirrós en alguna reunión de trabajo, nos citan a las diez y nosotros llegamos un minuto antes de la diez, ella me dice: “No aprendemos, Alex”. No, mi querida Marirrós, no entendemos que ahora las citas comienzan una hora después, cuando la cosa va bien. No aprendemos, porque nosotros estudiamos en una escuela donde ninguna puerta nos impedía salir o entrar, aprendimos a respetar el recinto aun sabiendo que éramos pájaros y podíamos volar a la hora que se nos pegara la gana.
Nastassja es hija del actor Klaus Kinski. En Comitán tenemos la costumbre de decir “el peor cuch se queda con la mejor mazorca”, cuando alguien medio fiero se hace novio de una muchacha bella; bueno, en el caso de Nastassja y Klaus algo similar podríamos decir, porque si hubiese un concurso del actor más fierito, el buen Klaus se llevaría el primer lugar o, ya con generosidad del jurado, el segundo lugar. Lo mismo sucedería con Nastassja si hubiese un concurso de la actriz juvenil más bella: Nastassja, si el jurado fuese medio estúpido, le concedería el segundo lugar, pero si el jurado fuese honesto se deslumbraría con la belleza de ella y le daría el primer lugar, con la misma velocidad que Jorge dijo que a él le gustaría ser pescado por ella. Esa noche imaginé a Jorge a mitad de la laguna, chapaleando al lado de bagres y de pirañas, y vi a Nastassja, sin caña de pescar; la vi meter sus manos en el agua y tener a todos los peces rendidos ante el brillo de su mirada. ¿Cómo un hombre tan feo engendró una mujer tan bella? Ah, es cuando se comprueba que el milagro, si bien no es cosa de todos los días, es una posibilidad cercana a quienes tienen fe. Porque Nastassja tiene tantos creyentes como si fuese la Virgen del Rosario. Ah, qué mujer más hoja de mirto, qué mujer tan bruja blanca para perder a los hombres de buena voluntad. Aquella mañana yo también caí rendido ante la belleza de esa chica alemana. La cinta fue filmada en 1978 y ella nació en 1961; es decir, tenía diecisiete años cuando se recostó en una cama y se desnudó y tomó la mano de Marcello y comenzó a darle pequeños besos como si su boca fuese una mariposa que diera saltitos y en cada saltito sembrara flores de luz. Marcello quedó iluminado e iluminados los miles y miles de espectadores que, con la respiración entrecortada, vimos cómo ella, con un simple movimiento de su cuerpo, levantaba el polvo de nuestro deseo y dejaba a éste expuesto como si fuese una madrugada o una playa dispuesta a amarrar al mar para siempre.
Durante los cuatro años que estudié en la Facultad de Ingeniería de la UNAM nunca falté. Todas las mañanas, de lunes a viernes, salí de la casa de doña Rome, con la bufanda enredada al cuello y caminé las calles que debía caminar hasta llegar a la Avenida Universidad para tomar el autobús; todas las mañanas miré desde la ventanilla cómo los departamentos se iluminaban y las mamás preparaban el desayuno del papá que debía salir para el trabajo y para los hijos que debían ir a la escuela. Sentí el olor de aquella ciudad, un olor que es como una bofetada dulce y agria para quienes madrugan. Nunca falté. Siempre llegué temprano y caminé por las islas y pasé frente a Arquitectura hasta llegar a Ingeniería. Nunca me fui de pinta de la escuela, pero sí de los salones. La mayoría de veces no entré a Electrónica y no lo hice porque a esa hora Juan José Arreola estaría en la Facultad de Filosofía y Letras o en el auditorio de Leyes exhibirían una película de Fellini, y, la mera verdad, yo catafixiaba, con una mano en la cintura, los circuitos electrónicos por la magia de la palabra de Arreola o la magia de la imagen de Fellini. A mí me encantó “estudiar” en la UNAM porque era como mi escuela preparatoria: una escuela de puertas abiertas. Así deberían ser todas las escuelas del mundo: ¡que entre quien quiera y salga quien quiera!; que el sentido de responsabilidad se vuelva una decisión personal y que cada quien asuma las consecuencias de sus actos (hablo, por supuesto, de niveles superiores. No imagino a niños de preescolar decidiendo por sí mismos).
Si todas las pintas tuvieran el mismo resultado que tuvo la pinta que hicimos los cuatro estudiantes de arquitectura, de la UVM, el mundo estaría de acuerdo en institucionalizar las pintas. Hoy, Nastassja Kinski es una mujer que tiene más de cincuenta años. Al ver una foto de ella se comprueba que no se ha hecho ninguna cirugía del rostro. Cuando la veo recuerdo el rostro lleno de grietas de Brigitte Bardot, otra actriz que fue bellísima en su juventud. Respeto esos modos de tomar la vida; así como respeto a quienes, como Jorge, recuerdan la imagen de un instante de luz. Alguno de los compañeros tuvo la idea de irnos de pinta e ir al cine a ver esa película, porque alguien le había dicho que una niña de diecisiete aparecía desnuda. (Hoy, está claro, el mundo protestaría porque una niña de diecisiete hiciera un desnudo total. Se sabe que los pederastas abundan.) Dijimos que sí, dejamos el edificio que está en la colonia San Rafael, nos subimos al carro de Humberto (una lancha enorme, de color azul que también nos sirvió para ir a las colonias más populares de la ciudad, cuando entrábamos a las fiestas y jugábamos a ser “Judiciales”. Dios mío, no nos atreveríamos a hacerlo en estos tiempos, pero en aquéllos lográbamos atención especial cuando el dueño de la fiesta se enteraba que nosotros…) y fuimos (no lo sabíamos) a recibir la bendición de la niña más hermosa y convertirnos, igual que el poeta, en eternos seguidores de su religión. Sí, igual que Jorge, miles y miles de espectadores en todo el mundo nos convertimos, dejamos de lado nuestra religión materna y, por decisión propia, nos hicimos seguidores de esa virgen que nos conducía al terreno espiritual por el mejor camino que existe en el mundo: el camino de la carne, de la piel de durazno.

Posdata: bastó ver el instante en que Marcello llega al jardín y se acerca a Nastassja y ésta levanta su rostro y, con un ligero movimiento de mano, hace para atrás su cabellera, para saber que estábamos irremisiblemente perdidos y hallados en su infinito misterio.

miércoles, 18 de marzo de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE APARECE UN LEÓN QUE ES COMO CUYO




Querida Mariana: el león no es como lo pintan. Antonio tampoco es como lo pintan. El león y Antonio son ¡como son! A veces, en cuentos infantiles el león aparece tan frágil como un gato que lleva días sin comer su ración de talguate. El león, en el zoológico, también aparece como una rata enorme, gigante, temerosa. Pero, imagino (sólo imagino) a un león a mitad de la selva y lo imagino como el rey. ¿Alguna vez has estado cerca de un león? El Gumersindo dice que él se pasó la adolescencia frente a leones y, según él, los dominó a todos. La prima Engracia se botaba de la risa cuando él nos decía eso y nosotros abríamos los ojos llenos de asombro. Ya luego nuestra admiración se convertía en burla cuando nos enterábamos que el Gumersindo fue un borracho y lo que tenía sobre la mesa, todos los días, a todas horas, eran esas famosas cervezas yucatecas, de color ámbar oscuro, cervezas “León”. Cuando la Engracia le quitaba a la historia el aura de misterio, el Gumer decía lo que dice todo el mundo: “el león no es como lo pintan” y reía a carcajadas, mientras levantaba la mano y pedía otra ronda de cervezas (ya para el tiempo en que conocimos a Gumer él tomaba cerveza Carta Blanca).
Esto sale por lo que me dijiste ayer, mientras leíamos el cuento de Anastasio Hernández, sentados en una banca del parque central. Leíamos tranquilos cuando Antonio apareció y se sentó a nuestro lado. Hicimos una pausa en la lectura y comentamos una línea donde el autor cuenta que el león de Hipólito (un león que tenía prisionero en una jaula en la parte posterior de su casa) se echó en la esquina de la jaula y comenzó a llorar. Vos dijiste que no creías esa línea, que el cuento carecía de verosimilitud porque los leones no lloran. Supe que lo dijiste por Antonio, que estaba sentado a nuestro lado. Dijiste que suspendiéramos la lectura, porque era una pérdida de tiempo continuar con una historia truculenta, pero sé que fue por Antonio, porque él se permitió una broma también, dijo que había visto llorar a varios leones cuando perdieron ante las águilas (te enojaste, porque cuando él te explicó que era un chistorete acerca de jugadores de equipos de fútbol mexicano dijiste que era una broma tonta). (Por eso, cuando Antonio se fue, me dijiste que no te gusta que más gente esté con nosotros cuando leemos.)
De verdad, ¿los leones no lloran? ¿Ni siquiera los leones de los cuentos? Sé que te molestó la intromisión. Parece, mi niña bonita, que también los Antonio no son como los pintan. Hay Antonio que es como cuicuil (el cuicuil es el animalito que jode a la ladilla); hay Antonio que es como un cuchillo de palo, que no corta, pero cómo jode. Abundan los Antonio en el mundo. A mí me apena mandar a jondear gatos a los metiditos. Pero, lo hago. Esa tarde, lo siento, no sé porqué no pinte la raya a la hora que Antonio se acercó, nos saludó y se sentó a nuestro lado. Usando su ejemplo futbolístico, siempre he insistido que, en un estadio, nadie se baja a mitad del partido a platicar con Chicharito. ¿Por qué, entonces, cualquier mortal llega e interrumpe un partido de lectura? Los metiditos ¿no se dan cuenta que ahí hay un encuentro entre el lector y el autor? ¿No se dan cuenta que el acto de lectura es un acto sagrado, casi casi como si estuviésemos en un ritual religioso?
El león no es como lo pintan. En Puebla conocí al Mil amores, un vidente que era muy visitado por políticos para que aquél les dijera si iban a ser diputados o senadores o gobernadores. Claro, el Mil amores también atendía a gente común. Le dicen así porque ha tenido muchas mujeres. Tiene su casa en Cholula. En una de las entradas de su casa mandó a construir una jaula y ahí encerró a un león. La gente que caminaba por la banqueta podía ver al animal enjaulado. Cuando lo conocí era un león talguatudo, como si fuese una marioneta y sus patas fuesen alambres forradas con peluche deslavado. Era una imagen muy triste. Tan Triste que días después un grupo de personas elevó una petición ante el gobierno para que el león fuese liberado. La petición fue exitosa y dos o tres semanas después, la prensa dio la noticia de que el león del Mil amores había sido trasladado a otra estancia, no tan miserable, no tan inhumana.
Con esto que te cuento, parece, mi niña, que el ser humano tampoco es como lo pintan. Hay seres humanos que son como loros sin plumas; hay otros que son como leones trasquilados; hay otros que son como cuervos vestidos de pavo real; y hay pavorreales que son simples guajolotes. Antonio, ¿qué clase de ser humano es?
La gente dice que el león no es como lo pintan. Esto es cierto en el plano de la realidad. Pero, en la literatura, en el mundo de la imaginación, el león sí es tal como aparece. Ese león del cuento que te disgustó se echó en una esquina de la jaula y lloró porque quería tener alas. ¡Todo esto es creíble! Si querés, mañana vamos al parque, nos sentamos en una banca y terminamos de leer el cuentito. Estoy seguro que te gustará. Tendré cuidado de ahuyentar a arañas que echan a perder una tarde de lectura; tendré cuidado de no permitir la intromisión de alimañas con nombres raros como Antonio o Caca.

lunes, 16 de marzo de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE SE VE UN CONDOMINIO




En 2014, la noticia apareció en los diarios principales y se proyectaron reportajes por televisión: en la ciudad se había inaugurado un nuevo complejo residencial, en la zona más exclusiva de la ciudad. El complejo consistía de seis torres, dos con cuatro bloques, una de tres y tres de dos. Cada una de las torres tenía apipuerto. El punto de aterrizaje estaba simbolizado con un círculo rojo, al que le daban mantenimiento todas las mañanas. Un equipo especializado de técnicos regaba suficiente azúcar de color rojo. De esta manera cuando alguna nave aterrizaba podía abastecerse del combustible suficiente para retornar al panal mayor.
El complejo residencial contaba con lo más sofisticado de los avances tecnológicos: sistemas de video vigilancia y celdillas solares que ayudaban a mantener la textura de la cera, el polen y la miel.
En cuanto la noticia se supo en todo el reino, muchas abejas obreras acudieron a las oficinas del Infonavit para solicitar créditos y adquirir los departamentos para consentir a las reinas y a algún zángano que nunca falta en las familias.
¿Qué sucedió y por qué dicho complejo fue atacado de manera brutal la noche del 12 de marzo de 2015? Las imágenes que la televisión exhibió en los noticiarios fueron brutales y devastadoras. Todo mundo desayunaba y se preparaba para ir a la escuela o al trabajo, cuando, todos los canales de televisión interrumpieron su programación normal y dieron paso a imágenes tremendas: las torres de “Hiper colmena” se quemaban y acusaban derrumbe. Las personas dejaron de hacer lo que hacían, se quedaron con el bocado del cereal en la boca o detuvieron de golpe sus autos sobre el bulevar y vieron en las pantallas cómo un grupo de abejas, en lugar de aterrizar sobre los apipuertos se dirigían contra las estructuras, chocaban, estallaban en mil fragmentos y provocaban incendios de proporciones volcánicas. Las autoridades, de inmediato, enviaron a aviones caza para delimitar el espacio y evitar que más avejas (se escribe con v porque son las que pertenecen al grupo de violentas) impactaran contra las torres. No obstante, el atentado fue tan bien planeado que el daño ya estaba hecho. A medida que pasaba el tiempo, las estructuras amenazaban con derrumbarse. Toda la ciudad estaba conmocionada. La reina mayor de la colmena gubernamental dio un mensaje brevísimo a todo el país. Con el rostro como de auto recién chocado se dirigió a la nación diciendo que eso era no un ataque a su país sino a todo el mundo libre, a las instituciones democráticas, por lo tanto, decretaba tres días de luto nacional e instruía a las abejas reales a iniciar una contraofensiva en contra de las fundamentalistas abejas africanas.
El día de hoy se sabe que tropas imperialistas han invadido territorios africanos donde están las principales minas de diamante. Algunos analistas políticos de Venezuela dan pruebas de que el ataque de las torres fue un auto atentado para justificar la invasión de países africanos.
La noticia más reciente es la del Departamento de Desarrollo Urbano donde se prohíbe la construcción de edificios que excedan la altura de un bloque.
El sueño más grande de la comuna fue cortado de tajo. Las grandes torres que eran símbolo de la riqueza del país más poderoso del mundo cayeron como caen los niños que apenas comienzan a caminar.

domingo, 15 de marzo de 2015

EL POSESIVO MI




En Comitán usamos con frecuencia el posesivo mi. Si vamos al Foquito decimos: “deme’sté un mi pan compuesto y un mi hueso”. Nos apropiamos del objeto antes de que sea nuestro. Óscar Bonifaz cuenta que pidió a un grupo de alumnos evitar el uso de ese posesivo ahora que iban a representar la obra teatral a otro estado. Estuvo muy atento a la hora que entraron al restaurante de aquella ciudad y les recordó: “No digan: demes’té una mi taza de café. Basta que pidan una taza de café. ¿Entendieron?”. Sí, dijeron los muchachos. Cuando el mesero se acercó, comenzaron a pedir de forma correcta, hasta que le tocó el turno a Rafa, quien, miró la carta, vio al mesero y, acordándose de la petición del maestro, muy propio dijo: “A mí, deme’sté una “lanesa””. Sí, le quitó el mi.
Tal vez por esa herencia, yo tengo el vicio de apropiarme de lo que está a mi alrededor. Sé que no sólo yo padezco tal mal. Mirtha Luz, la poeta, ya dijo: “Yo no soy de Comitán / Comitán es mío”. Ah, bonito asunto.
Mi mal se agrava porque, como soy hijo único, me acostumbré de niño a que me cumplieran mis caprichos. No acostumbro compartir las cosas, porque éstas son mías. En el rancho dicen que no se debe prestar la mujer, la pistola y el caballo. ¿Ven? Hay muchos que padecen el mal. No se prestan porque son propiedad exclusiva. Sé que ahora muchas feministas ya se están agarrando del chongo porque en el dicho ranchero hay una carga machista impresionante. Se toma a la mujer como un objeto del cual puede disponerse. Se pone a la mujer a la misma altura del caballo (de la yegua) y de la pistola. Ahora las oigo echando sus gritos a mitad del parque peleando su derecho a la libertad. Pero, no todo mundo piensa igual. Hay, también, muchísimas mujeres que tienen en mente el posesivo y dicen: “Él es mi hombre”, y no lo prestan.
Yo no tengo pistola ni caballo, pero cuando me refiero a la Paty, mi compañera de más de treinta años, digo: mi Paty, como para dejar claro que es ella y no otra. No presto libros. Si alguien, ya a punto del desborde, me pide prestado un libro de “mi” propiedad, no lo presto ¡se lo regalo! Porque sé que ese libro ya no regresará a mis manos. Aplico el otro dicho que se dice con frecuencia: “Quien presta un libro es un tonto y es más tonto el que lo regresa”. Qué dicho tan tonto. Se entendería que los lectores son gente decente y que respetarían la propiedad ajena, pero no es así. El que recibió el libro, casi con orgullo, muestra el libro de mi propiedad y dice que él no es tan tonto como para regresarlo.
Pareciera que en el párrafo anterior me contradigo. Al principio dije que no presto mis objetos, dije que tengo el mal de la posesión, y ahora digo que, en caso extremo, no presto pero sí regalo. Esto lo hago con mis objetos más queridos. Porque no tengo empacho en regalar un pantalón o una camisa. Estos son objetos secundarios en mi vida. Los libros son la esencia de mi existencia. Pero, en los últimos tiempos trato de aplicar cierta teoría del desapego. Porque la vida es tan fregona que devuelve todo. A punto de regresar a mi Comitán, después de vivir en Puebla durante 9 años, decidí que no podía pagar una mudanza para transportar el librerío, así que llamé a Fito y le dije que si quería los libros de mi biblioteca. Al otro día estaba ahí, acompañado de su Paty, para cargar todos “mis” libros en “su” camioneta. Cuando dije adiós a Fito, dije adiós, para siempre, a mis libros, y como La Llorona, grité: “¡Ay, mis libros!”. Me sequé una lágrima que apareció en mi cara y cuando mi Paty preguntó si estaba triste dije que sí, que me daba tristeza la partida de Fito. Me vio con cara de decir “mentiroso”. Cinco o seis meses después, ya laborando en la Universidad Mariano N. Ruiz, llegaron Socorrito Román y luego Roberto Ortiz Gutiérrez, quienes, en un acto de desprendimiento generoso, donaron gran parte de sus bibliotecas personales. ¡Pues nada! Que muchos de mis libros estaban ahí. ¡Regresaron! Volvieron con la misma tranquilidad que regresan los aguaceros cada año y con la misma abundancia con que sale el tzizim.
Ya soy un poquito desapegado, pero si puedo evitar en mi persona “ese acto generoso” de prestar (regalar) un libro de mi propiedad ¡lo evito! Adió jodido, llevo más de cincuenta y siete años consintiendo ese mi posesivo que me regaló la cultura comiteca. No lo puedo echar por la ventana así como así. No me gusta que jueguen con mis juguetes; no soporto ver que rayen mis cuadernos; no dejo que los otros, con cualquier pretexto, me quiten mi tiempo; me jodan mi vida.
Trato de aplicar en los otros lo que pido para mí: “no joder”. Procuro no joder a sus madres, porque no les hago su gusto de joder a la mía cuando así me lo ordenan.
Sí, lo confieso, poseo el mal del mi posesivo. Cuando entro a una sala cinematográfica de la plaza y no hay nadie más, sonrío, porque sé que esa película será exhibida especialmente para mí. Cuando, a la hora que apagan las luces, entra más gente cargando sus combos de palomitas y de refresco, hago un ligero mohín, pero ya no me enojo. Estoy aprendiendo a ser un tantito tolerante. ¡Le doy chance al mundo de meterse con “mi” mundo!

sábado, 14 de marzo de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO SE INVENTA UN JUEGO PARA ELIMINAR DISTANCIAS




Querida Mariana: en apariencia, las distancias no han variado. Teopisca está a 60 kilómetros de Comitán. Pero hubo un tiempo (antes de los años cincuenta del siglo pasado) en que el viaje debía hacerse a caballo y ello implicaba una jornada larga de viaje. ¿Cuánto tiempo tardaba el viajero en llegar a Teopisca? Ahora, ya existe la Carretera Internacional y el tiempo de viaje se ha reducido. Aunque el tío Armando, enojado, somata el puño sobre la mesa y dice que eso es mentira; dice que ahora lleva más tiempo llegar a Teopisca por los topes interminables y por los frecuentes bloqueos de maestros y de organizaciones.
¿Se han eliminado distancias? No, las distancias físicas siguen siendo las mismas, Teopisca está en el mismo lugar que estaba en 1950 y Comitán también, así que la distancia es la misma. Lo que ha cambiado es el tiempo que invertimos para llegar, porque ahora, en lugar de viajar a caballo viajamos en autos que alcanzan velocidades de cien kilómetros. París está tan lejos de Comitán como estaba el día que el doctor Belisario Domínguez partió, en barco, para estudiar allá. Pero, ahora, ¡ay, criatura!, para llegar a París ya no tarda uno semanas, basta treparse a un avión en el aeropuerto de la Ciudad de México para, después de un viaje placentero, viendo una película acompañada con una copa de champaña, llegar a la Ciudad Luz doce horas después.
Si bien de manera física es imposible modificar los 60 kilómetros de Teopisca a Comitán, las redes sociales, por ejemplo, permiten que esa distancia se acorte, se vuelva casi casi nada.
Cuando Rosaura se despidió de nosotros, en 1975, para ir a estudiar a Madrid, organizamos un guateque en su honor. Esa noche arreglamos la casa de Mario y ahí fumamos, platicamos, bebimos, bailamos y lloramos (no hicimos más porque la banda de ese tiempo era muy modosita). Como a las dos de la madrugada, Rosaura se despidió de cada uno de nosotros. Ahí lloramos. Ella se colgaba de cada uno de nosotros y parecía que iba, no a Madrid, sino al fin del mundo. ¿Cuándo regresarás?, le preguntábamos y ella decía que no antes de un año. Madrid estaba tan lejos y además el boleto de avión era muy caro. Todos salimos a la calle, la vimos subir al carro de su papá y la vimos desaparecer. Al día siguiente viajó a la ciudad de México y dos días después trepó al avión que la llevó a España. Nosotros, quince días después, dimos por terminado nuestro periodo de vacaciones y volvimos a la ciudad de México y nos reincorporamos a los estudios de la UNAM, universidad donde estudiábamos.
Mes y medio después, más o menos, recibí una carta de Rosaura. Le había dado mi domicilio del Distrito Federal. Estaba contenta, sorprendida por todo lo que estaba viviendo, hablaba maravillas de su carrera y de su universidad, contaba que había conocido un chavo con el que la llevaba bien, muy bien, y que, por el momento, no eran novios, pero ya él la había llevado a la casa de verano que tenían sus papás y la había presentado con ellos y éstos la habían tratado muy bien. Me contaba que la casa de verano de su amigo, Javier, estaba en un barrio que se llamaba Ventas y ella me contaba que jugaba con Javier a las ventas y a las compras (ya no me decía más, pero yo intuí que ella y él habían inventado un juego bonito y, por eso, Rosaura estaba fascinada con su amigo). Al final de la carta, después de frases llenas de sol, una nube gris apareció. Confesó que, por las noches, a la hora que se sentaba en la cama y se quitaba la ropa para ponerse el pijama, la nostalgia por Comitán aparecía, para intensificarla ponía en el aparato reproductor un casete de marimba, suspiraba y se echaba para atrás con los brazos detrás de la nuca. Al final me preguntaba cómo estaba, me decía que, por favor, le contara de mi universidad, de los amigos de la banda y de Comitán. En la posdata me pedía que le hiciera un favor muy especial, que cuando fuera a Comitán de vacaciones (las de navidad estaban a la vuelta de la esquina) le grabara sonidos de nuestra ciudad y que se la mandara a Madrid, que le dijera el costo del envío y que ella le diría a su mamá para que me diera el dinero. (Muchos años después recordaríamos cómo en la película “El cartero de Neruda” el cartero le envía una serie de sonidos al poeta que está lejos de Chile. Javier, Jorge y yo, mucho antes hicimos lo mismo para complacer a Rosaura.)
¿Qué me pedía Rosaura? Me pedía que le acercara a Comitán; me pedía que eliminara distancias. Ella estaba del otro lado del mar, pero sabía que si yo le enviaba sonidos de Comitán, ella -de forma imaginaria- podía tender un puente que eliminara esa distancia brutal que existía (y existe) entre Madrid y Comitán. Así que, cuando llegué a Comitán les dije a Javier y a Jorge que debíamos grabar sonidos. Memo me había vendido una grabadora de carrete que, si bien no era profesional, servía para el pedido de nuestra amiga. Jorge dijo que estaba bien, pero que debíamos hacer una relación de los sonidos más representativos, entonces, como tampoco se trataba de ser muy seriecitos, nos subimos a un taxi y fuimos a “La jungla”, una cantina que estaba rumbo al Club Campestre, caminamos por el piso de tierra recién humedecido, nos sentamos en la mesa del rincón y pedimos tres cervezas; mientras el mesero servía el pedido, junto con la botana que incluía unas tortaditas de frijol con queso, crema y salsa roja que eran una delicia, saqué una libreta y pluma y comenzamos a hacer la relación. No recuerdo bien, pero no creo que esa tarde hayamos comenzado a hacer las grabaciones, lo más seguro es que esa tarde pedimos una ronda más y otra y otra y luego pedimos una botella a consumo. Tal vez, lo más seguro, es que al día siguiente, con una cruda de Dios padre, tampoco hayamos grabado uno o dos sonidos, lo más seguro es que al otro mediodía, hayamos ido a la cantina de tío Tavo Penagos para tomar dos cervezas bien frías para mitigar la cruda. Entonces, debió ser al tercer o cuarto día de estar en Comitán cuando cumplimos con el encargo.
Rosaura dice que nunca recibió la caja con la cinta grabada; Javier jura que fuimos a casa de la mamá de Rosaura y pedimos dinero para hacer el envío por correo; Jorge dice que no recuerda que hayamos ido a la oficina de correo para hacer el envío, es más, pregunta si no recuerdo que, al final, la calidad de grabación era tan mala que decidimos no enviar la cinta. ¿Yo? Ya me conocés, los cables se me entrecruzan y no recuerdo el final de la misión. Sí recuerdo que fuimos a algunos lugares para grabar sonidos, que Jorge sostenía el micrófono (con una rodilla en el piso y con el brazo extendido) y que Javier daba vuelta a la perilla para dejarla en el espacio que decía “Record”. Recuerdo que nos sentíamos importantes, porque las personas que pasaban, invariablemente, veían qué hacíamos y no faltaba alguna que preguntaba qué hacíamos. Acá, de la historia debo creer la versión de Rosaura, si ella dice que jamás le llegó ¡eso es lo cierto!, pero Javier insiste en que sí hicimos el envío y que, tal vez, el paquete se extravió, como entonces solía acontecer. Hay tantas historias de envíos postales que nunca llegaron a sus destinatarios o llegaron muchísimos años después. Javier dice que tal vez sí llegó, pero como Rosaura, al cumplir el año, ya no aguantó más en España y regresó a Comitán, sin dar mucho detalle de tal determinación, ya no estaba en Madrid cuando el paquete llegó. ¿Quién sabe? Lo cierto es que sí hicimos una serie de grabaciones y que Rosaura nada recibió. Pero acá, lo importante, mi niña querida, es decir que Rosaura buscaba eliminar la distancia a través de sonidos reconocibles.
Recuerdo que una mañana, Jorge abrió el balcón de su casa y aventó pétalos de rosa. Grabamos ese sonido (tal vez inaudible), pero al final, Javier decía: “sonido de pétalos de rosa al caer sobre banqueta de la tercera calle sur poniente, con fondo de vendedor de paletas”, porque, precisamente a la hora que grabamos el sonido de los pétalos, apareció el vendedor con su carro de paletas. Este vendedor era muy simpático, porque tenía una voz como de agua que cae en un albañal y gritaba: “Paletas, paletas, paletas de vainilla, fresa, chocolate y rábano”. ¿Paletas de rábano? Ahora pienso que era su estrategia de mercadotecnia porque cuando alguien le pedía una de rábano, sólo para salir de la duda, él quitaba la tapa del carrito, la sostenía con la mano izquierda y con la cabeza casi adentro del carro buscaba. Segundos después emergía, como buzo a mitad de un arrecife, y decía: “Se me acaban de acabar”, y ofrecía de los sabores que le quedaban: fresa, vainilla y chocolate.
Otra mañana, Jorge colocó el micrófono sobre el tronco de un tenocté. Dijo que era para que Rosaura escuchara el corazón del árbol.

Posdata: ¿Cómo se aligera el barullo de la distancia? ¿Abriendo puertas en el piso?

viernes, 13 de marzo de 2015

PARA CANTAR UNA CANCIÓN AL PUEBLO DONDE NACISTE




“¡Vengan, vengan!”, dice tío Chinto al muchachitaje. Todos los niños corren como si estuviesen en la hora de recreo o fueran a recibir un regalo. “Vengan, vengan”, dice el tío y todos corren a la orilla del río, por el lado donde está una banqueta de cemento, que como orla de vestido, sigue todo el cauce del río. Nadie sabe hasta dónde termina la banqueta, nadie sabe hasta dónde termina el río. Los más viejos, los que hace años corrieron también por la banqueta dicen que ésta no tiene fin, lo mismo dicen del río, pero algunos otros, más viejos, que ya casi no tienen muelas, ni tampoco hilos de memoria, de pronto, a la hora que abren los ojos, aseguran que el río termina en el mar, pero, eso sí, sostienen que la banqueta continúa. Hay incluso algunos que se atreven a decir que por eso Jesús caminó sobre el mar.
“¡Vengan, vengan!”, dice tío Chinto y el muchachiterío corre por la banqueta, con como bandadas de gaviotas. Los niños abren los brazos y corren detrás del tío, corren como si fuesen conejos o venados, lo hacen a saltitos; abren los brazos y se creen golondrinas, se creen aviones. Hacen ruido con sus bocas. Las lagartijas que descansan sus panzas sobre el cemento caliente por haber recibido el sol toda la mañana se alebrestan ante la ruidazón de la multitud y corren y se esconden detrás de las piedras. Las lagartijas más viejas ya están cansadas de este laberinto. Saben que también sus abuelos vivieron esta peregrinación atolondrada. A los humanos les da por correr a lo loco. Las lagartijas son más cautas, igual que a los garrobos les encanta asolearse, sin prisas ni amontonamientos. Pero, los niños ahí van detrás del tío que los jala, como el famoso flautista, y les dice ¡vengan, vengan!
Allá van los niños, son decenas y decenas, casi todos los que viven en el pueblo; ahí van corriendo sobre la banqueta, a la orilla del río. Siguen el flujo del agua. Se sabe que, igual que nadar contra corriente, correr en sentido contrario hace que el pensamiento se cambie. Los loquitos que andan en el pueblo se volvieron así porque una tarde, el bisabuelo de tío Chinto los llamó y les dijo que corrieran sobre la banqueta, pero como el bisabuelo ya era más viejo se olvidó y los hizo correr en sentido inverso. Ah, pobre pueblo. En la tarde medio mundo de criaturas estaba loco.
“¡Vengan, vengan!”, dice el tío y la chiquititada carrerea detrás de él. Hacen una bulla como si fuesen mil loros, como si fuesen mil chachalacas. Ah, con qué alegría avanzan. Lo hacen en el mismo sentido en que corre el agua, esa agua que no se sabe de dónde viene, de dónde nace y hacia dónde va. Todas las generaciones han caminado, corrido por esa banqueta de cemento, que algunos (tontos) se atreven a llamar malecón; todas las generaciones han visto el mismo río, a veces más caudaloso, a veces más tranquilo, pero el mismo río. Lo que no es lo mismo es el agua que corre, el grupo de niños que avanza como si fuesen gallinas y la abuela los llamara para comer. Todo es lo mismo: sólo cambia el agua y los niños.
¡Vengan, vengan!, y todos corren en el mismo sentido del río. ¿Hasta dónde llega la banqueta? ¿Hasta dónde el agua del río? ¿Hasta dónde llegarán los niños que corren sin descanso? Los viejos del pueblo los despiden desde la terminal del tren, saben que nunca volverán, porque si regresaran caminarían en sentido contrario al flujo regular y esto provocaría la locura en ellos.
Allá van los niños, detrás del tío. Corren, corren con gran alegría, como si se fuesen de pinta de la escuela. ¿Hasta dónde llegarán?

miércoles, 11 de marzo de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE CANTA EL CORAZÓN




Tío Cástulo dice que la ceiba es el árbol sagrado de los mayas. En Comitán tenemos varias ceibas emblemáticas. A veces, los niños se suben al arriate del parque de La pila o brincan el que está en San Sebastián y abrazan a la ceiba; a veces son tantos niños unidos que alcanzan a darle vuelta al tronco, y todo es como una cinta de luz, como un lazo protector. Pero, ceibas existen en otros lugares del mundo. Por esto, tal vez, como asegura tío Pancho, la ceiba no es el árbol más querido de este pueblo; el árbol más emblemático de Comitán, y único, es el tenocté. Antes, cuando el clima era como esas muchachas regulares que cada veintiocho días tienen su menstruación, el tenocté florecía en primavera y nada más. Ahora, el árbol se ha vuelto veleidoso y florea cuando se le pega su real gana y su real gana es florear a la hora menos pensada. Ahora, no es raro verlo florear en diciembre, en medio de la niebla. La famosa anécdota que refería que cuando floreaba el tenocté las muchachas bonitas preparaban su “maletía” para huir con el amado ha perdido su encanto. Ahora el tenocté florea sin orden y, de igual manera, las comitecas huyen con sus amados cualquier tarde sin previo aviso. Ya se descubrió, ¡qué pena!, que el tenocté no era el que provocaba la arrechura en las mujeres comitecas; parece que la calidez de nuestras muchachas es la misma que alimenta la entrepierna de todas las mujeres del mundo.
Lo que sí continúa vigente es la leyenda del corazón del tenocté. Acá, en esta fotografía, en medio de estos racimos de flores de tenocté, se observa el corazón del árbol. Entre tanto blanco, entre tanto azul, entre tanto café, el rojo brinca como brinca el ojo cuando encuentra un prodigio. ¡Acá está el prodigio!
Los dioses se reunieron para poblar el mundo. Hicieron un pase mágico y dotaron al mundo de gatos, perros, chivos, burros, toros, vacas, serpientes, cucarachas y demás alimañas; hicieron otro pase y llenaron el mundo de rosales y árboles de durazno, de jocote, de níspero y nantzerol. Al final, cuando pensaron que ya todo estaba dispuesto para la vida, hicieron el pase decisivo y llenaron el mundo de hombres y mujeres, muchachos y muchachas, pichitos y pichitas. Vieron su obra, dijeron que todo estaba bien, bebieron taberna y se recostaron en hamacas para descansar. Pero uno de ellos, a mitad de la noche, despertó asustado, se bajó de la hamaca y fue de cuarto en cuarto a despertar a sus compañeros. ¿Qué?, dijeron todos. Nos falta el corazón del árbol, dijo el dios asustado. ¿De qué hablas?, preguntaron los demás. Hablo del espíritu de las cosas, dijo el dios. Entonces todos los dioses se asomaron a la ventana mayor y, en efecto, vieron que las cosas del mundo carecían de corazón. Todos los objetos estaban sin vida. Bueno, bueno, dijo el dios más huevón (pero, también, el más poderoso), hizo un pase y dotó de corazón a todas las cosas del mundo, pero antes de que terminara de bajar el brazo, el dios asustado, lo detuvo en el aire. ¡No, no!, reclamó, el corazón no puede ser algo integrado, debe ser algo que esté fuera de la cosa, pero que le dé vida. Pero, como ya el dios huevón había iniciado el conjuro, el venado y el hombre y la mujer y el cenzontle tenían ya un corazón adentro de su cuerpo; y las piedras y las nubes se habían quedado sin corazón. El dios asustado, con el chisguete de poder que le quedaba, hizo un pase y logró que el tenocté tuviera un corazón fuera de su cuerpo, el corazón del tenocté tuvo alas y fue de color rojo, de color sangre, de color vida. Por esto, cuenta la leyenda, el tenocté puede renacer cada temporada. Cuando el corazón de un hombre o de un venado o de un pichito le da por dormir, el dueño muere para siempre (aun cuando suene como un pleonasmo); cuando el corazón del tenocté le da por dormir, el árbol no muere para siempre, renace a la hora que el corazón abre los ojos de nuevo. El corazón del tenocté revolotea por otras parcelas, duerme en otros parajes, y, cuando se acuerda de su querencia, regresa al árbol de nubes y hace que los renuevos se desperecen y alimenten la arrechura del mundo.
Por esto, en Comitán, así como San Caralampio es el santo más querido, por encima de Santo Domingo, el santo patrón; de igual manera, el tenocté es el árbol más querido, por encima de la ceiba, el árbol sagrado de esta región. Las muchachas bonitas preparaban su maletía cuando floreaba el tenocté, no por arrechura sino como ritual para decirle al mundo que el corazón del árbol tiene alas y cuando regresa aparece el milagro de la resurrección.
Por ahora, en todo el valle florean los tenoctés. Es que el corazón del árbol volvió. Acá en esta fotografía se ve.

lunes, 9 de marzo de 2015

ALGUNA TARDE



Los niños de todo el mundo somos traviesos. Cuando salimos de la escuela, todos en tropel después del toque de la campana, caminamos por las calles, con la mochila al hombro y a la señal de uno de nosotros, el que camina detrás del grupo, con las manos adentro de las bolsas del pantalón, saca una mano y toca el timbre de una casa, ¡se pega al timbre! Echamos a correr. Acezando llegamos a la esquina, doblamos y luego sacamos las caras, como búhos, detrás de la pared, para ver el momento en que la dueña de la casa abre y, molesta, descubre que, ¡otra vez!, nosotros, los niños traviesos, le hemos jugado una mala pasada. Entonces reímos. Ese es el chiste del juego, hacer que las mujeres que están adentro, lavando, haciendo la comida, lavando los trastos, planchando o en el baño, vayan a la puerta y mienten madres. A veces, con nuestros impermeables, nos ponemos de acuerdo, en tardes de lluvia, a salir y tocar timbres. Es cuando más nos divertimos, porque las dueñas de las casas se molestan de más, porque deben salir con paraguas y se mojan los zapatos y los pies. Nosotros tocamos en muchas casas antes de llegar a las nuestras, pero donde sí no nos hemos atrevido es a tocar el timbre de la casa de don Quién Con. Éste es un viejo pelón, con bigote como cepillo para bolear zapatos. Para caminar se apoya en un bastón que, también, le sirve para golpear a los niños que se atraviesan en su camino. Le tenemos miedo, porque en el parque siempre se para a mitad del kiosco y, con el bastón en alto, amenaza a los niños de ¡toda la ciudad! Si alguien se atreve a tocar su puerta lo buscará, hasta por debajo de las piedras (así lo dice), y le dará una tunda con el bastón que le dejará las nalgas como piel de puerco espín pero sin espinas. ¡Eso provoca miedo en todos los niños! Don Quién Con se pone rojo y parece que, de un momento a otro, se le romperán las venas de su cuello, que es grueso como un tronco de árbol viejo. Don Quién Con es un viejo solitario, sin familia, sin mascotas. Tal vez vive enojado por eso, por las carencias. Y no nos atrevemos a tocar el timbre de su casa y hacer la travesura porque tiene una cámara que, cuentan los adultos, graba todo lo que sucede en la calle. Así que, dice Coquín, cuando alguien de nosotros toque el timbre él verá quién es y no saldrá, así que la travesura no contará y, además, él irá hasta la casa del travieso y esperará que salga con su bicicleta y se irá contra el niño y lo molerá a golpes de bastón. Por eso no nos hemos atrevido. Bueno, hasta ayer lo habíamos considerado una hazaña imposible, porque, en la tarde, mientras nos poníamos los patines para patinar en la cancha que hay en el parque, Coquín (¿quién más?) lanzó un reto. Dijo que había visto en la televisión un programa donde un grupo de ladrones robaba un banco y varios de ellos, con pintura negra en aerosol, cancelaban las cámaras. “¡Lo hagamos así!”, dijo Coquín, emocionado. “¡Sí, sí!”, dijimos los demás, alzando los brazos, como si tuviésemos bastones, igual que don Quién Con.
¿Por qué le decimos así a don Quién Con? ¡Muy sencillo! Cuentan los adultos que antes, las casas no tenían timbre. La gente llegaba y tocaba la puerta. Adentro, don Quién Con gritaba: “¿Quién?”, y el que tocaba decía su nombre; acto seguido don Quién Con, preguntaba: “¿Con?”; es decir, el viejo pelochas pensaba que siempre quien tocaba debía ir acompañado con alguien y si alguien llegaba solo ¡no abría la puerta! Todo mundo de la ciudad le puso ese apodo de Quién Con.
Después de patinar durante toda la tarde, a la hora que tomábamos un refresco en la tienda de doña Efulvia, Coquín dijo que preparáramos el plan. La cámara de la casa está enfocada hacia la puerta, colocada en un alero. Llevaremos una escalera, Martín subirá, extenderá el brazo izquierdo y pintará el lente. Cuando ya Martín haga una seña, Coquín se prenderá al timbre. ¿Qué hará don Quién Con cuando oiga el bramido de la chicharra y nada vea en la pantalla? Mientras Julio pedía otro refresco de naranja, Martín dijo que sólo tenía dos posibilidades: azotar el bastón contra el suelo, ignorar el timbre y llamar por teléfono al técnico para que revise la cámara de seguridad o, picado por la curiosidad, caminar hacia la puerta y preguntar: ¿Quién? Si pasa lo primero perderemos la oportunidad de gozarlo y habremos fracasado, pero si sucede lo segundo, a la hora que don Quién Con pregunte ¿quién?, nosotros, a coro, gritaremos “¡Con!” y saldremos corriendo y cuando él abra la puerta ya no podrá reconocernos y seremos felices, correremos con los brazos en alto, recibiendo la bendición del aire.
Así, hoy, el peluquero y doña Sebastiana, a la hora de contar el pan que lleva en un canasto doña Arminda, vieron que el grupo de niños pasó cargando una escalera de metal y la colocaron justo detrás de la cámara de seguridad de la casa de don Quién Con; vieron a Martín trepar y, con un bote de pintura en spray, ennegrecer la lente. Y vieron lo que no tomamos en cuenta a la hora de revisar las posibilidades. El viejo pelochas estaba pendiente de la pantalla y cuando vio que ésta comenzaba a ponerse oscura supo que alguien (pensó que un ladrón) estaba cancelando la visión, así que tomó su bastón y, casi corriendo, fue a la puerta, la abrió y vio a Martín trepado en la escalera y a nosotros deteniéndola. Levantó su bastón y, como si fuese un samurái, lo blandió contra el grupo. Todos corrimos en diferentes direcciones. Sólo escuchamos el grito de “¡Me las pagarán, cabrones!”, y luego, para que comprobáramos que, en efecto, se la íbamos a pagar, gritó, como si fuese maestro pasando lista, cada uno de los nombres de quienes corríamos. Sólo Martín quedó atrapado arriba de la escalera. Lo dejamos olvidado. El viejo llegó hasta la escalera y, golpeando la escalera con el bastón y moviéndola de un lado a otro para hacer que Martín perdiera el equilibrio, gritaba como cuervo adentro de una pira. Creímos que Martín nunca nos perdonaría el haberlo abandonado, pero cinco minutos después, nos alcanzó en el parque, y riéndose como nunca nos contó qué sucedió. Cuando Martín vio que el viejo insistía contra la escalera no le quedó más que, como chango, colgarse de una viga y patear la escalera. Esto descontroló al viejo. Martín pensó que esa era su única oportunidad para escapar y se dejó caer, con tanta suerte, que cayó justo sobre los hombros del viejo pelochas. Cuando Martín vio que cabalgaba sobre el viejo dijo que tuvo un impulso irrenunciable y gritó: ¡Arre, arre!, y lo espoleó. El viejo, al sentir los puyazos en su costillar se hizo para abajo y con el peso de su carga cayó hincado sobre la banqueta. Al ver Martín que había quedado parado sobre el piso se bajó y corrió hacia donde sabía que nos habíamos reunido. Cuando lo contó nos hamaqueamos de risa, dijo que el viejo, en lugar de estar enojado, parecía contento a la hora que él le jaló de las orejas y gritó: “¡So, so, so!” para detener la carrera desbocada del caballo. Coquín se hizo para atrás y, como estaba sentado en un pretil, cayó sobre el arriate donde están sembrados unos rosales. Sin importar lo espinado que quedó, se revolcó de la risa. Cuando dejamos de reír, todos alzamos los brazos y cantamos victoria. Habíamos logrado superar la única misión que teníamos pendiente. Pero, luego, Martín dijo que el viejo nos había reconocido. No nos la acabaríamos. Coquín dijo que ojalá que el viejo se hubiese quebrado una costilla y que, ojalá, se muriera. Pero los demás dijimos que no. Entonces sentimos pena por el viejo, bigote de cepillo, y Martín dijo que fuéramos a ayudarlo y estuvimos de acuerdo, pero cuando llegamos a la esquina y doblamos vimos que ya mucha gente estaba alrededor de una ambulancia y dos camilleros subían al pobre viejo. La sirena se oyó, toda la gente se hizo a un lado y la ambulancia se fue a todo lo que daba. Corrimos detrás de la ambulancia, haciendo el mismo sonido con nuestras bocas. Como la clínica de salud está a dos cuadras llegamos justo a la hora que los camilleros bajaban la camilla y la ponían a mitad de la calle. Martín nos sorprendió pues comenzó a llorar a gritos, se acercó a los camilleros y dijo que era nieto del viejo. Nosotros nos cubrimos las bocas para no dejar paso libre a las carcajadas. Los camilleros le creyeron a Martín y permitieron que se acercara al viejo, los demás hicimos lo mismo. El viejo volvió la cabeza y nos vio. Su cara se transformó, hizo un mohín como de piedra, pero luego algo en él se hizo como paleta de fresa con bombones, sonrió y, en voz muy baja, se dirigió a Martín y dijo: “En cuanto yo salga de acá ¿volvemos a jugar a los caballitos?”. Martín dijo que sí, sí, y, tal vez por la emoción, siguió llorando y tomó la mano del viejo y dijo: Sí, sí, abuelito, sí. Los camilleros nos hicieron a un lado y metieron la camilla para que los médicos atendieran al viejo pelochas. Nosotros nos vimos sin decir algo. ¿El viejo había quedado contento con el juego de Martín? Parecía que así fue. Tomamos a Martín de uno de los brazos y dijimos que ya era hora de marchar, pero él nos detuvo y dijo que no, que él se quedaría ahí, hasta que “su abuelo” se recuperara. Coquín dijo que eso era una bobera, pero cuando vimos que Martín hablaba en serio respetamos su idea y supimos que, a partir de ese momento, todos veríamos de manera diferente al viejo y, tal vez, por respeto a Martín, dejaríamos de decirle don Quién Con; tal vez, también nosotros le diríamos abuelo y en lugar de jugar esos juegos bobos de tocar el timbre para molestar, iríamos en las tardes a platicar y acompañaríamos a Martín a jugar con él.
Los niños de todo el mundo somos traviesos. Algunos se dedican a molestar a las señoras tocando los timbres de sus casas y echándose a correr. Muy pocos son los niños que juegan a los caballitos con los viejos.

domingo, 8 de marzo de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE SE VE CÓMO CAMINA EL TIEMPO




Una expresión común es “¡Cómo pasa el tiempo!”. Se dice para expresar que el tiempo ¡vuela! Pero ¿es cierto eso? Acá, en esta fotografía, perdón, se ve que el tiempo no vuela, ni siquiera corre. El tiempo ¡camina lento, muy lento, a paso de tortuga! Claro, nunca se detiene, nunca hace una pausa. El tiempo no se agota, es infinito, pero no lleva prisa, camina con paso cansino.
Con respeto, se solicita al lector observe los elementos que esta fotografía contiene: una pared con manchas de humedad y huellas de algún cartel retirado; un grafiti; apenas una orilla de balcón; el poster que anuncia un acto infantil en el teatro; una puerta de madera con lunares de metal; y un hombre. ¿Y el tiempo? ¿En dónde está el tiempo? Es apenas una sombra, una sombra cansada, pero si el lector mira con atención verá que el señor, con gorra, chamarra de color negro, pantalón claro y botines color café, está concentrado en un chunche que detiene su mano izquierda. Ese chunche es un teléfono celular. ¿Qué tiene en la mano derecha? ¡Es una lupa minúscula! Apenas un dedal que amplifica. ¿Qué hace el hombre? Nos da una lección de vida: el tiempo camina lento. Por eso, el señor se inclina tantito, porque el tiempo no es como un huracán, es como una brisa suave, pero aire al fin levanta el polvo de la calle, seca la ropa tendida en la azotea y hace que los viejos inclinen tantito el cuerpo, como si fueran barcos a mitad del mar.
¿Quieren saber qué hace el hombre? Deja que pase el tiempo, el tiempo que dejó la huella húmeda en la pared; el que pintó de manchas la pared, el que pegó el cartel sobre la puerta. Porque (el lector estará de acuerdo) hubo un “tiempo” en que la puerta estaba recién barnizada; la pared impecable; el balcón abierto y completo. Hubo un tiempo en que la grada estaba lisa y pulida y que las losetas del portal brillaban con la luminosidad de lo nuevo.
Los elementos de esta fotografía (incluido el hombre) acusan desgaste. Es la presencia del tiempo que es como una gota de agua que, a base de constancia, taladra una piedra. El tiempo no vuela, ni siquiera corre. Sin que se advierta de manera ostensible, camina, camina con paso de tortuga, pero lo hace sin pausa. Por ello, los elementos de esta fotografía están húmedos, con moho. Hubo un tiempo en que el hombre de esta fotografía fue niño, fue joven. Y ahora, sin que él se hubiese dado cuenta bien a bien, ya está como árbol sin hojas.
Pero, ¿qué hace este hombre? Nos deja la lección de cómo pasa el tiempo. Con la mano izquierda detiene un teléfono celular y con la mano derecha detiene una lupa, que es como un dedal. Este dedal lo coloca frente a su ojo (muy cerca) y busca el número para oprimirlo. Así con cada número del número telefónico. Cuando, con trabajo, termina esa labor, entonces lleva el celular a su oreja y habla con su hijo, que quién sabe dónde vive. Bueno, bueno, dice. ¿Cómo estás?, pregunta.
Ah, el tiempo, qué cruel. Camina casi en puntillas pero jode como si fuese un instrumento de cámara de tortura. Todo lo jode, mancha la pared, carcome la grada, debilita el ojo, golpetea la columna vertebral. El tiempo hace que el ojo ya no mire bien y obliga al hombre a usar un chunche que amplifique su visión. Lo que en los jóvenes es como saltar la cuerda, en los viejos es pasar de una a otra orilla en un puente colgante. ¿Cuánto tiempo se lleva el hombre en buscar el número y en marcarlo? ¿Cuánto tiempo en pasar de una a otra orilla?
El tiempo camina con paso cansino. Casi no se advierte. Es como el paso de una nube que no se sabe bien a bien hacia dónde va, pero que camina de un lado a otro impulsada por el viento. El tiempo es como una gota de aire que, terca, impulsiva, sin descanso, perfora el espíritu del hombre y de las cosas del mundo y las llena de humedades y de ramas secas.

sábado, 7 de marzo de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE SE MENCIONA A ÓSCAR BONIFAZ (parte VII y última)



Querida Mariana: ¿en qué nos quedamos? ¡Ah, ya! En una anécdota que me contó Bonifaz y que sintetiza (si es posible decir esto) su secreto para permanecer siempre joven. Ahí, sentados ante la pequeña mesa de madera de su cocina, adornada con un mantel de tela, me contó que una vez su hijo Alex, siendo estudiante universitario, le llamó por teléfono y, alarmado, le dijo que le sucedía un fenómeno extraño, mientras leía el libro de química, las palabras se desprendían de las hojas, flotaban, subían al techo, rompían el techo y ascendían más, pero de pronto, como si fuese una tormenta, las palabras caían en cascada y venían en alud contra él. Maestro Óscar lo escuchó con atención y cuando Alex terminó de contar, él le dijo que no se preocupara, que se mantuviera tranquilo, que dejara que las palabras se desprendieran de las hojas, se elevaran, rompieran el techo y que a la hora en que, en tropel, vinieran contra él les hiciera así, y el maestro abrió la mano izquierda e hizo un hueco, como de horqueta, entre el pulgar y el índice y en seguida, llevó el dedo índice de la derecha y lo somató varias veces en el hueco de la palma izquierda. Con esto quiso decir que los mandara a ¡la chingada! ¿De verdad ésta es la clave de Bonifaz para mantenerse en un estado de armonía permanente? Pareciera que sí, ¡no hacer caso a los problemas! Dejar que la vida fluya como río de agua limpia.
En el año 2010, la Universidad Mariano N. Ruiz y el Centro Cultural Rosario Castellanos le hicieron un homenaje por su cumpleaños ochenta y cinco. Del 6 al 10 de septiembre hubo una serie de actos celebratorios. ¡Cinco días dedicados a la vida y obra de este personaje comiteco! Al término del homenaje, en el corredor de la Casa de la Cultura (espacio creado por él) me acerqué, mientras hablaba con su hijo Alex, y le dije: “Nos vemos en los noventa”. Él sonrió y yo también. Bueno, ahora ya estamos cerca de su cumpleaños noventa. Una mañana de éstas lo encontré en el Pabellón Municipal, después de saludarnos le recordé el compromiso y, muy serio, me dijo: “No, no voy a estar en Comitán, tengo que ir a la ciudad de México, porque Alex…”, y salió sin despedirse. Sonreí porque me acordé de esa noche en que dijo que sería padrino de bautizo. ¡Por el amor de Dios! ¿Qué bautizo se realiza a las nueve de la noche?
De todos modos creo que será bueno celebrar los noventa años de nuestro autor literario. En sus ochenta y cinco hicimos un guateque.Tal vez será bueno hacer una revisión de su obra completa. Que los jóvenes se acerquen a leerlo y que los críticos hagan una crítica de cada uno de sus libros. A final de cuentas el mayor reconocimiento ya le fue entregado en diciembre del año pasado: ¡el Premio Chiapas! Este premio también tuvo un intenso recorrido. En el año 1987, la Biblioteca Rosario Castellanos impulsó su candidatura. Decenas de instituciones vieron con agrado tal propuesta y firmaron cartas de adhesión. Ese año, Federico Álvarez del Toro recibió el galardón. ¡Ni modos!, dijimos, ahí será para la otra. La otra fue el año pasado.
En el año 2005, iba manejando mi carro en un bulevar de la ciudad de Puebla. Iba a comprar papel a la papelería Lozano, cuando escuché por la radio que el gobierno de Chiapas había conferido la Medalla Rosario Castellanos a Bonifaz. Me detuve y sonreí. Desde Puebla celebré la noticia. Cuando regresé a la casa, a punto de llamar por teléfono al maestro para felicitarlo abrí una página de Internet y lamenté la noticia. La medalla le había sido conferida a Bonifaz, sí, pero a Bonifaz Nuño. Ya no me dio tanto gusto la noticia. Este 2014 sí disfruté la noticia, porque junto a mi maestro Heberto Morales Constantino, Óscar Bonifaz también recibió la distinción que le es otorgada a muy pocos chiapanecos.
¿Qué más, mi niña? Tengo mil bultos más de palabras. Muchas se quedan en el tintero. En su más reciente novela un personaje del siglo pasado dice que la mayor virtud es el silencio. Esto no es así. Mentira que calladitos nos vemos más bonitos. Es preciso hablar. He querido, en esta serie de cartas que te he enviado, hablar de Bonifaz, de mi relación con él, de cómo lo he visto y de cómo lo veo. Queda en el tintero el análisis de los últimos tiempos. Si Dios me lo permite esperaré la perspectiva que otorga el tiempo para poner su personalidad en el plano objetivo. En estas líneas que escribí y que tuvieron la pretensión de hacerte llegar mi visión acerca de este personaje está decantado mi cariño por él. Trato (siempre lo he hecho) de poner a mis semejantes en el plano real, sin olvidar que cada uno de ellos no es más que un simple hombre que cumple con su tiempo y con su circunstancia. De una cosa estoy seguro, mi cariño por él es inamovible.

Posdata: en el barrio de San Sebastián hay un restaurante que vende tamales de bola (César Robles me aseguró que eran los mejores tamales de bola de la región y ya Paty, que los probó, dice que, en efecto, son muy buenos). Dicho restaurante se llama “El tachilgüil”. En las paredes hay cuadros con la columna de Bonifaz que publicó en el Boletín Imaginarte, ese maravilloso medio impreso que es también un referente en la historia de Comitán y que se debió a la inteligencia y espíritu generoso de Lourdes de La Vega y Xavier González. En el mundo hay restaurantes que son como homenajes a los grandes escritores. Este restaurante comiteco es un homenaje a Bonifaz, un homenaje envuelto en hoja de tamal. Nunca he cenado en ese local, pero debe ser un privilegio sentir el aroma de los tamales recién sacados de esa nube vaporosa de la olla, mientras el comensal se divierte leyendo las anécdotas del maestro.
El Tachilgüil se hizo popular en el boletín. El maestro hizo un libro que fue un éxito editorial. La edición se agotó. ¿Qué contenía el Tachilgüil? Anécdotas y chistes. Anécdotas comitecas y chistes de todo el mundo que, al pasar por el tamiz de Bonifaz, adquirieron ciudadanía.
Copio un Tachilgüil para que mirés por dónde iba esta vaina. Este Tachilgüil se llama Comedimiento: “Don Julián, aquel viejito que vive en la ranchería El Ocotal Ojo de Agua, del municipio de La Trinitaria, vino aquí a Comitán a comprar sus cositas y, naturalmente, también compró su pachita de trago que se bebió hasta la última gota. Ya bolito pasó a la veterinaria y le gustó un pollito tierno que, naturalmente, se llevó para contentar a su mujer. Metió al animalito dentro de su camisa, subió al autobús, se sentó y se quedó bien dormido. El pollito aquel, medio asfixiado, buscó aire y se asomó por la bragueta semi abierta de don Julián. ¡Pi! Una señora, también de rancho, muy comedida, sacudiendo al viejito del hombro le dijo alarmada: Don Julián, don Julián, despiertesté; como que se le acaba de reventar un huevo”.
¿Otro? Ahí va uno que se llama La viuda cortés: “Pues fijesesté que mi comadre Enedina me pidió que yo la acompañara para unos asuntos que dejó pendientes su marido recién muerto. Llegué a su casa y antes de salir a la calle, mi comadre entró al baño a hacer pipí. Al salir me dijo: “¡Salud, compadrito!”. Luego yo también entré al baño para hacer pipí y al salir también le dije: “¡Salud, comadrita!”. “Bueno, compadrito, ya que nos dijimos salud, ¿por qué no chocamos los envases?”.
¿Mirás? Son como pildoritas cuya pretensión es provocar la risa. No va más allá. Por supuesto que contienen una buena dosis de picardía. El humor mexicano, el de pueblo, tiene vasos comunicantes con el albur y el doble sentido. El humor tiene que ver con la vida. Bonifaz comparte, a diestra y siniestra, ¡la vida! La ha compartido a través de sus obras y a través de su plática. La vida fluye más plena cuando uno está a su lado escuchando sus anécdotas.
He tenido el privilegio de gozar del aprecio de Bonifaz. Me ha obsequiado sus libros y, de manera invariable, en sus mensajes pone algo como esto: “A Alejandro, comiteco que como él quisiera que fueran todos”. ¡Dios nos libre! Sé que lo dice en buena onda, pero no imagino un pueblo uniforme. No imagino, tampoco, un pueblo lleno de cientos de Óscar Bonifaz. Él es único. Para que este pueblo, también, siga siendo único es preciso que cada comiteco conserve su autenticidad. Única sos vos, mi niña bonita, nunca nadie alguien como vos. Sólo yo tengo el privilegio de tu afecto más cercano. Muchos quisieran, pero no es así. Por esto, cuando alguien me pregunta por vos, le digo que por ahí andás, que andás pajareando por saber qué cielos.
¡Larga vida a Óscar Bonifaz! ¡Larga vida a todas sus ingeniosidades! Comitán es único por la calidad de su gente. El mundo entero vuelve la vista hacia este lado y sonríe al saber que hay un pueblo en la vida que ama la vida. ¡Cotz con Óscar Bonifaz!

viernes, 6 de marzo de 2015

LOS 88 DE GABO




Hoy, Gabriel García Márquez cumple 88 años. Cuando alguien ya está muerto ¿puede cumplir años de vida? El mundo festeja cumpleaños, incluso de los muertos. El año pasado, México celebró el centenario de Octavio Paz y de José Revueltas; el mundo celebró el centenario de Julio Cortázar. ¿Para qué se celebra un nacimiento cuando el festejado ya está ausente? En vida esto no ocurre. Sería un absurdo hacer un gran guateque sin la presencia del festejado. Por lo regular la casa se llena de juncia y aparece la marimba para gusto del cumpleañero. Desde temprano se pega una reja de papel de china en el cuarto del festejado, para que, al ritmo de Estas son las mañanitas que cantaba el Rey David, el celebrante salga y rompa ese papel translúcido en un acto simbólico de “salir a la vida”. ¿Cómo celebrar los ochenta y ocho de Gabo si ya Gabo no anda de parranda sino que anda bien petateado?
Hay una idea de compensar algunos agravios. En las casas, cuando es cumpleaños de alguien ya fallecido, las abuelas prenden veladoras frente al altar donde están las fotos de los abuelos ya idos. Las abuelas rezan, mientras pasan las cuentas de los rosarios entre sus dedos. Los hijos y los nietos cargan cubetas de plástico, escobetillas y compran atados de flores (nube y claveles rojos), acuden a los panteones y limpian las tumbas y echan agua a los floreros y los adornan con flores. Y, a veces, llevan mariachis o alguna marimba y, en medio de lágrimas, cantan las estrofas de hoy por ser día de tu santo te las cantamos aquí. Y el festejado ni se entera, porque ya anda bien muerto. Pero los vivos siguen celebrando la ausencia, porque algo se quedó pendiente. Siempre es así. Los vivos cargan algunas piedras y tratan de hacerlas polvo para que se integren al polvo infinito del difunto.
Porque, todo mundo lo sabe, pero no lo acepta, la vida es una y termina cuando el individuo lanza su última exhalación. Algo sucede en ese instante, el fuelle que funcionó sin pausa cada segundo suspende su labor y todo queda como una piedra, como un páramo. La muerte es tan tonta, tan cruel. Un segundo antes todo es vida (aunque sea un poco gris) y un instante después todo es la oscuridad infinita. Pucha, qué tramposa la muerte.
¿Para qué festejamos a los ausentes? ¿Qué cordel de luz nos hace falta amarrar al vacío? El año pasado, alguien se aventó la puntada maravillosa de exigir “Menos Paz y más Revueltas”, porque la derecha quemó más cohetes a la figura de Octavio Paz y fue menos generosa con la de José Revueltas. ¿Qué exigimos hoy, en los ochenta y ocho de Gabriel? Si fuese un reclamo literario diríamos: “Menos Putas tristes y más años de Soledad”, y digo esto porque parece increíble que un hombre que escribió ese prodigio de novela llamado “Cien años de soledad” también haya escrito ese bodrio llamado “Memoria de mis putas tristes”.
El propio Gabo contó que una vez soñó con su muerte y se dio cuenta que “morir es no estar nunca más con los amigos”. En efecto, ahora, que conmemoramos sus ochenta y ocho, Gabo ya está bien muerto y no está más con sus amigos. Pero y ¿sus amigos? ¿Acaso la muerte es también esto: estar siempre con los ausentes? Porque los vivos lo recuerdan, lo leen, lo festejan. No faltará algún lugar de Colombia, alguna escuela, donde los niños lean un fragmento de su obra y, al final, soplen mariposas amarillas de papel. Ojalá que la lectura sea un fragmento prodigioso (tuvo varios) y no vaya a ser una basura como la de la ya mencionada “Memoria de mis putas tristes”. ¿Cómo es posible que un Premio Nobel de Literatura haya escrito una novela tan mediocre, tan malita? Bueno, hoy, en sus ochenta y ocho celebramos el numen de sus mejores líneas y construimos una pira donde se consuman sus peores oraciones. En sus ochenta y ocho le colocamos una reja de papel de China a Gabo y cantamos De las estrellas del cielo tengo que bajarte dos, una para saludarte, otra para decirte adiós. Adiós, Gabo, adiós.

domingo, 1 de marzo de 2015

HACE DIEZ (parte X)




Hace diez años escribí un libro que se llama “Crónica de un viaje a Comitán”. En ese tiempo vivía en Puebla. La edición fue de apenas 200 ejemplares. La edición está agotada. ¿Cómo fue mi mirada en ese tiempo? Hablé del viaje, de la ciudad y de los amigos. Todo mundo sabe que quien entra a la dinámica del viaje entra a otra dimensión del tiempo. La realidad del viajero posibilita ver el entorno de manera diferente, porque no hay la premura de la vida rutinaria. Paso copia de un capítulo de dicho librincillo. Es sólo para compartir, después de diez años.

PRESENTACIÓN
Estaba invitado para presentar el libro. Diez días antes del viaje, el destino me puso una piedrecilla en el camino. Hablé con el maestro Jorge y le dije que ya no iría. El destino hizo que la piedrecilla se convirtiera en una alfombra voladora. Ya se sabe, el destino es juguetón, es maravilloso. Claro, cuando llegué a Comitán ya me habían borrado de la lista. Yo entendí. El único que se rebeló un poco fue el texto que yo había preparado. Como lo tenía en la bolsa de la camisa sentí sus patadas en mi corazón. El texto pataleaba, hacía su berrinche. “¡A ver, a ver! –le dije– ¿has pensado cuántas botellas lanzadas al mar siguen naufragando?” Sí, mi texto lo entendía pero no lo comprendía y se arrugó conforme se fue humedeciendo. Yo lo saqué de la bolsa y le prometí que buscaría la forma de que no se quedara flotando para siempre; le prometí que buscaría la manera de que alguien pudiera enterarse de su contenido. Me oyó atentamente y al final vi que una mariposa se paró en su rostro. Ah, texto juguetón. Estaba feliz. Ahora sé que el destino de este texto no fue ser leído en un auditorio repleto de gente, su destino fue más humilde. Este texto fue escrito para ti –maravilloso Robinson Crusoe– que ahora te metes al mar y rescatas la botella. Ojalá encuentres una palabra, sólo una, que justifique el tierno berrinche de mi texto.

“¿Qué tienen en común la banca de un parque, una carta enviada a Comitán desde la ciudad de México y unos libros? Es difícil decirlo, pero, a veces, hay vasos comunicantes que existen, sin que haya una explicación racional del hecho.
La banca era una banca del parque de San Sebastián; era una loza de granito con respaldo de madera pintado en color verde.
La carta era una hoja manuscrita; y los libros, son dos.
Y, tal vez, el lazo que une a la banca del parque, a la carta y a los libros, es una palabra: la palabra es héroe, con todo lo que ésta significa.
Estaba yo sentado en la banca del parque leyendo una carta que me había enviado Adolfo Gómez Vives, cuando llegó Manolo Nucamendi. Guardé la carta y saludé a Manolo. Manolo se sentó y platicó conmigo, la plática dio las vueltas misteriosas que acostumbran dar todas las pláticas, así que no me sorprendió que en algún momento Manolo dijera: Para mí, Batman es mi superhéroe favorito, porque no necesita superpoderes para hacer el bien. Es el superhéroe más cercano al héroe de carne y hueso. Y yo pensé: ¡Qué coincidencia!, porque minutos antes había leído en la carta que Adolfo aseguraba que en este país había carencia de héroes y que cada hombre debía inventar el suyo.
¿Qué es un héroe? Yo crecí en un lugar llamado Comitán, en donde a la vuelta de una esquina me topaba con la casa donde vivió el máximo héroe civil de México: el doctor Belisario Domínguez; es decir, hubo un tiempo en que los actos heroicos no fueron cosa inusual; es decir, existe un pueblo –Comitán– en donde los héroes jugaban en sus patios.
Aquel día, cuando Manolo se despidió y lo vi subir la calle de San Sebastián, con rumbo a su casa, saqué de nuevo la carta y leí la despedida de Adolfo. Ambos tenían razón. Manolo me dejó la certeza de que este tiempo no necesita superhéroes, necesita, por el contrario, héroes más cercanos al hombre. Los superhéroes que vuelan o que pueden estirar sus brazos, como si estos fueran elásticos, no salvarán al mundo. Este mundo de carencias, de hambre, de intolerancias y de actos bestiales cometidos por humanos, si acaso tiene la esperanza de una posible salvación, tal esperanza está dada por hombres comunes que hacen a diario actos heroicos. Adolfo, por su parte, me dejó la certeza que la vida en sí es un acto heroico y que, ante la carencia absoluta de prohombres, es preciso acercarse a los más cercanos, a los que están al alcance de la mano y del corazón. Este mundo estará perdido el día en que un hombre busque y ya no encuentre un acto heroico que justifique el paso del hombre por la tierra.
Y acá es donde aparecen los dos libros. ¿Qué cosa sino héroe puede ser un hombre que dedicó su vida a tratar de salvar el mundo desde un apartado lugar del mundo? Mariano N. Ruiz tejió sus utopías con el hilo del sueño, con el ideal del héroe.
¿En qué momento se presenta un acto heroico? Se presenta en el instante en que el hombre deja de lado su propio yo y piensa en los demás. Y los demás puede ser una patria –ahí está como ejemplo Gandhi–, o puede ser la humanidad entera –y como ejemplo pongo a Albert Einstein–, o también, puede ser la redención de un solo hombre –y acá pongo como ejemplo a Jesús.
Mariano N. Ruiz tiene un poco, o un mucho, de Jesús, de Gandhi y de Einstein. Tiene un mucho de ese espíritu renacentista que hizo grande a Leonardo Da Vinci, y tiene un poco de ese hombre desconocido que se vuelve anacoreta para encontrar lo mejor de sí y darlo a la sociedad.
El héroe necesita esos dos elementos que, dicen los que saben, es preciso tener para que el mundo se entere del hecho realizado: estar en el momento y lugar adecuados. Mariano N. Ruiz –el sabio desconocido, el héroe desconocido– se adelantó al momento y estuvo en un lugar que, en ese entonces, era el lugar más desconocido. Sólo los que vivían en Comitán podían asegurar su existencia. Para el mundo de afuera, cuando alguien mencionaba Comitán tal vez sonaba como si dijera La Atlántida. De esto estaba consciente el Maestro Mariano N. Ruiz, por eso, a cada rato, enviaba mensajes adentro de botellas. ¿Será todavía tiempo para que el mundo rescate esas botellas? ¿Será todavía tiempo para saber de sus sueños? ¿Comitán, México, el mundo, estarán a tiempo de rescatar a ese náufrago heroico? Mariano N. Ruiz Lazos y Jorge Gordillo Mandujano han visualizado también que estos tiempos precisan de héroes más cercanos, más íntimos. El sobrino del sabio y el profesor Gordillo Mandujano también, a su modo, celebran actos heroicos, empeñan sus sueños en lo más trascendente que posee el hombre: EL DAR. Hoy entregan a la comunidad, su comunidad, dos libros; es decir, dos cajitas laqueadas que también contienen sueños, ya que el héroe no es más que un sueño vuelto realidad.
Yo imagino que una de estas tardes alguien llegará al parque de San Sebastián, se sentará en una banca, leerá alguna página de un libro de Mariano N. Ruiz y tomará una pluma y escribirá una carta. La carta la meterá adentro de una botella y la tirará al mar, porque tendrá la certeza de que alguien, en alguna parte del mundo, espera la noticia de que en Chiapas hay un lugar en donde la gente no tiene necesidad de inventar héroes. Ese alguien se enterará, entonces, de que un simple maestro de escuela se atrevió a botar muros inmutables, se atrevió a decir a toda voz que la Atracción Universal es el principio del universo, y lo gritó tan fuerte y con tal convicción que aún hoy, casi un siglo después que lo dijo, sigue sonando su voz, su palabra, su grito y su silencio. Ese silencio que también es su silencio, que también es su sueño, su pasión, su amor por Comitán. El sueño del héroe llamado Mariano N. Ruiz.”
¡Hasta acá! Ah, lector, si pudieras ver el texto. Asoman sus manos y cara por los bordes de la bolsa de mi camisa. Brinca de felicidad. Siento sus patadas en mi corazón.