lunes, 27 de diciembre de 2010

EL BAUTIZO DEL NIÑO DIOS


Con un abrazo para los profesores Norma Leticia Alfaro y
Sergio Jiménez Mena, por el nacimiento de su segunda hijita.


“Yo te acomodo en el vientre de las manos de Ella y te bendigo con su luz. En el nombre de la Madre, de la hija y del río que es como el Espíritu Santo. Amén”, dijo la vieja María y concluyó así su rezo. La luz se colaba tímida a través de un ventanillo empotrado en el muro de adobe. La mujer tomó un hisopo y humedeció la frente del niño que le habían llevado a bautizar. Los padrinos alzaron al niño y, a una señal del hombre de confianza de casa, los sirvientes que estaban en el atrio quemaron cohetes y los marimberos somataron la marimba como si ésta fuera la tierra a punto de parir.
En los pilares de la casa del recién bautizado, doña Chofi había colgado ensartas de nardos. El patio, recién lavado, olía a madrugada.
Como era tradición los padres del niño esperaron la llegada de los padrinos con el ahijado en brazos; los esperaron en la puerta de la casa que olía a albahaca fresca. Doña Luz, con sus ojos de cenzontle sorprendido y su cabello corto, vestía una blusa y falda blancas; como si el nombre fuera destino, estaba ¡iluminada! El Mayor Jaime Sabines vestía un traje color almendra quemada y, nervioso, se retorcía el bigote del color de la impaciencia.
Las mesas ya estaban dispuestas a mitad del patio, llenas de platos con chicharrón, frijoles refritos, moronga, camarón seco, totopos, tasajo, pico de gallo, queso, aceitunas y cacahuates. En los extremos y centro de las mesas estaban colocadas garrafas de dos litros de comiteco y cervezas de cuartito, bien frías.
A las cinco de la tarde la plática sonaba como una alegre parvada de zanates. El recién bautizado dormía en los brazos de su mamá Luz. Don Juan Osorio, que ya estaba a medios chiles, se acercó y vio al niño. “¿Qué pues, comadrita, no ya habían bautizado a Jaimito?”, preguntó como si dudara de su propio nombre. Doña Luz, entonces, explicó.
Esa mañana, Jaimito había sido encomendado a la palabra. La vieja María, igual que María Sabina, conocía el secreto del viento y de la hormiga. Cuando alguna persona del pueblo tenía un mal echado o quería injertar un árbol de luz en su espíritu visitaba a la vieja. Se sabe que el agua de la palabra es como el viento, ronda en cuevas donde la danta nunca se acerca.
Doña Luz explicó que la primera vez fue para imponerle un nombre, ¡para nombrarlo!; el segundo fue para imponerle el don de la palabra, ¡para que él nombrara! Y esto, don Juan, es ¡lo más importante!
Don Juan, en medio de su niebla, vio al niño, levantó su vaso y brindó. Jaimito, vestido con un traje azul, dormía y soñaba. Soñaba en una cuerda de viento; soñaba en que algún día sería como un horno, como un pozo, como un papalote, ¡como una brasa!
Cuando el sol se ocultó los invitados se despidieron. Algunos caminaron trastabillantes, como barcos en ríos caudalosos. El Mayor Sabines estiró las piernas sobre la silla y colocó sus manos detrás de su cuello. Doña Luz abrazó a su hijo, lo cubrió con el chal de colores brillantes y caminó hacia el corredor de la casa. La hamaca estaba suspendida en el hilo del viento, de igual manera que estaban suspendidos el rezo, el rumor del viento y la palabra. ¡Algún día esa semilla haría eclosión e incendiaría el río, la nube, el caballo, la puta y el estropajo llamado Tarumba!