martes, 5 de julio de 2011

COMENTARIO DEL MAESTRO ENRIQUE GARCÍA CUÉLLAR.


Modelo: Cielo Angélica Méndez Pinto.


Al entrar a las páginas de Conjuros, nos introducimos en un mundo fantástico sólo en apariencia, porque existe. Los seres humanos son apenas parte de un todo mayor al imaginado, donde los muros hablan, la luz llueve y las mujeres desnudas son espigas de trigo.

Hay verdades que ahogan, pero nos salva el ritmo de lo narrado, de lo atestiguado por los ojos del poeta, ojos de gato en la noche que nos revelan ese mundo paralelo.
Y la casa. Y la puerta casquivana. Y la vocación del patio y de las ventanas. Y la presencia eterna de los mayores, entes que siempre rondan en la memoria y, por lo mismo, en el presente eterno.

Todo lo aparentemente inanimado tiene vida propia, luz propia. Las cosas nos ven y sienten a veces compasión por nosotros y quizá nos aman. ¿Acaso no nos apegamos a las cosas como lo que son: seres de verdad, más allá de la carne y el hueso?

Molinari nos habla de su casa-templo en tono de letanía, y con ello, anima lo que parece inerte. Desde De Rerum Natura, se intuyó que la vida vibra desde el átomo más íntimo. Todo es vida, todo es tiempo, todo es infinito, por eso el abuelo sabio afirmaba que “Dios está en todo lugar”. Y en el principio fue el verbo… La palabra, por ello, es elevada a su trono mayor: el inicio y el final circular del ser y su entorno. El poeta se aferra a las palabras como la última (y única) tabla de salvación. ¿Lo salvará de sí mismo? La incógnita queda como conclusión.

Luego de leer Conjuros, todo nos vigila: la lluvia nos sonríe y los muros se convierten en centinelas, la silla de tres patas nos habla del extravío humano.

¿Quién se atreve a juzgarla?

La vida está en todo como nunca antes. Y en un descuido, alguna página arderá.

Enrique A. García Cuéllar
4 de julio de 2011