sábado, 8 de diciembre de 2012


CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO UN ÁRBOL HACE UN BOSQUE

Querida Mariana: te cuento: “vení”, decía mi abuela Esperanza, y me llevaba debajo del árbol de durazno y me contaba de su vida en la finca de Huixtla. Cuando me lo contaba, la canción “Mi árbol y yo”, de Alberto Cortez, se oía a todas horas en los radios de Comitán.
Mi abuelo Enrique fue administrador de una finca, por los rumbos de Huixtla, de Acapetagua. En esa finca, me cuenta mi mamá, la bisabuela “Nana mía”, en las tardes calurosas, se sentaba debajo de unas matas de plátano y leía, leía mucho.
No sé vos, pero ahora que escribo esto me doy cuenta que mi vida ha estado ligada a los árboles. Tal vez esto sea una constante de todos los hombres. Uno de los árboles más famosos del mundo es el Árbol de la Noche Triste, donde, cuenta la historia, don Hernán Cortés se puso a batzear (batzear es una palabra bonita que usamos en Comitán y que significa llorar). Yo, gracias a Dios, sólo he tenido Árbol de la Mañana Alegre y Árbol de la Tarde Sosegada. Recuerdo con afecto el árbol de durazno. Mi abuela se sentaba en una silla tejida con plástico verde y estructura de fierro negro. Yo me sentaba en el suelo y me repegaba a sus piernas.
Ahora recuerdo los árboles de Los Lagos de Montebello. Cuando íbamos de paseo, en una camioneta Willis, color verde, buscábamos la sombrita de los árboles para entrarle con fe a los paquitos y al dulce de zapote negro que, con jugo de naranja, preparaba mi mamá. Siempre he estado cerca de árboles.
¿Te acordás cuando jugamos a decir cuál era el árbol más cercano a nuestro corazón? Como si tuviésemos naipes fuimos abriendo la memoria y desechando. Vos dijiste que un árbol muy cercano a tu memoria es aquél donde tu novio de prepa te besó. Ah, cuando lo dijiste me dio un retortijón en la panza y me puse colorado del coraje, pero nada mencioné, porque era parte del juego. Era, dijiste, uno de los árboles del Río Grande, el Árbol Quemado. Contaste que un rayo cayó sobre él y lo dejó chamuscado. Era viernes (¡chin, hasta el día exacto tiene registrado tu memoria!), era viernes el día del faje con tu novio, no el día que el rayó chamuscó al árbol. Habían ido con otra pareja, bajaron del auto y se separaron. Ustedes caminaron por la orilla del río y llegaron hasta el Árbol Quemado. Vos, no sé porqué, llevabas un vestido azul con florecitas amarillas (vos, que siempre usás pantalón de mezclilla). Estaban solos. Saber dónde estaban los otros dos. Pero, sin duda, hacían lo mismo que ustedes. Él, con su mano izquierda, te acarició el cuello y acomodó tu cabello, te besó cerca de tu oreja. ¡Ah, qué coraje! Él sabía, vaya que sabía, que vos sentís bonito cuando alguien besa tu cuello y juega con el lóbulo de tu oreja. Vos cerraste los ojos y dijiste que lo amabas. ¡Ah, qué coraje! Dejaste que sus manos jugaran con tu cintura. Estabas recargada contra el Árbol Quemado. Tus manos también jugaron con su cuerpo.
Yo, inocente, dije que uno de los árboles más cercanos a mi corazón fue el del sitio de la casa de la tía de Carlos Robles. Los niños íbamos a las sesiones de la ACJM (Asociación Católica de la Juventud Mexicana) en una casa de color amarillo que estaba casi enfrente donde ahora da servicio el restaurante La Casa Rosada. Nos sentábamos ante una mesa de madera, larga, tan larga como el corredor lleno de helechos. La tía, con un librito en la mano y un rosario, nos decía que Dios está en todas partes y yo, sin dudar, sabía que eso era cierto, porque al final de la sesión, cuando la tía nos daba una galleta como señal de que la sesión había terminado y podíamos ir en paz, los más cercanos a Carlos íbamos al sitio de la casa y nos columpiábamos en las ramas de dos enormes árboles. Los más intrépidos subían a la casa del árbol y jugaban a Tarzán. Pucha, yo los envidiaba y los admiraba porque tenían grandes aptitudes para treparse sin ninguna dificultad. Yo, que siempre he sido tutuldioso, aplaudía sus maromas, pensando que eran como changos; que eran como esos trapecistas que, de vez en vez, llegaban en los circos a Comitán.
La canción de Cortez cuenta que él y su mamá plantaron el árbol que su papá llevó. Luego dice: “…fue a la sombra de mi árbol, una siesta de verano, donde perdí mi inocencia…”. ¡Pucha, qué prodigio! Vos no perdiste la inocencia en el Árbol Quemado, pero como tu novio se emocionó de más terminó manchando el pantalón y, de paso, manchando tantito tu vestido azul. ¿Qué dirías en tu casa cuando vieran la mancha? ¿Qué dirían sus compas a la hora que subieran al auto? ¡Fácil! Fueron al río, en medio de risas, se pusieron en cuclillas y se echaron bastante agua, lo refregaron y ¡listo! Cuando sus compas preguntaron, ustedes, con cara de inocentes, dijeron: “Es que jugamos a guerritas de agua”. Los papás se hacen de la vista gorda, pero los preparatorianos juegan, juegan el misterioso juego de aprehender el misterio. ¡Qué bonito! Bueno, ni tanto, cada vez que lo recuerdo siento en mi panza algo como un tapete de alfileres. Soy tan masoquista que, a veces, voy al Río Grande y busco el Árbol Quemado sólo para hacer más intenso ese placer doloroso de recibir punzadas en medio de la panza y del corazón. ¿Por qué lo hago? ¡Quién sabe! Tal vez algún día acuda a un sicólogo para que me dé razones de esa costumbre de treparme a la cruz a cada rato. Y es que la cruz es prima hermana del árbol. Te digo ¡mi vida está ligada al árbol!
No recuerdo haber sembrado algún árbol en compañía de mi mamá, pero sí lo hice al lado de mi papá. Hace varios años (más de veinticinco), una tarde de diciembre, fuimos a un terreno de su propiedad y sembramos unos pinos y unos eucaliptos. “Muchos años han pasado y por fin he regresado a mi terruño querido, y en el límite del patio ahí me estaba esperando como se espera a un amigo. Parecía sonreírme, como queriendo decirme Mira, estoy lleno de nidos, ese árbol que plantamos, hace como veinte años, cuando yo sólo era un niño”, dice la canción de Cortez. Los árboles que plantamos mi papá y yo, gracias a Dios, siguen creciendo. El terreno ya es de otra persona, pero, por coincidencias del azul del cielo, esos verdes “llenos de nidos” siguen creciendo. En diciembre me pongo una chamarra, camino y paso por ese terreno, elevo la vista y los veo con sus ramas principales apuntando hacia arriba, siempre hacia arriba y pienso que apuntan a lo más sublime.
Este recuerdo brota porque ahora en el parque central tenemos un árbol. El árbol más grande que jamás tuvimos. Nuestro Presidente Municipal, el Licenciado Luis Ignacio, plantó un árbol. Lo hizo para que los niños, jóvenes y adultos de este pueblo tengamos un referente. Lo hizo, sobre todo, para que los chiquitíos comitecos se empapen de luz en esta navidad. Dos o tres compas han protestado (los pocaspulgas de siempre, los eternos talamontes del alma), pero la mayoría (¡qué bueno!) ha recibido el árbol como se reciben las cosas buenas, con el corazón abierto. He visto a la gente tomarse la foto, pero, sobre todo, he visto a la gente acercarse, entrecerrar los ojos y ver cómo los ángeles que están trepados en el árbol parecen levitar. Sí, este árbol está “lleno de nidos” que cobijan ángeles. ¿Podemos tener un mejor augurio, una mejor señal para nuestros espíritus? No lo creo. El Licenciado Alex Albores, Director de Economía y Turismo, puso todo su entusiasmo para que este árbol llegara a Comitán. Hasta mero arriba del árbol ¡una estrella! La estrella, vos lo sabés, ha sido permanente guardián de nuestro pueblo. Dicen los que saben que Balún- Canán significa “Nueve estrellas”. Ahora, una de éstas corona el árbol. ¿Y las demás? Ah, las demás están en los corazones de los comitecos.
El árbol es primo hermano del libro: tiene hojas y da vida. El árbol es el padre de nuestra esperanza: porque siempre apunta hacia el cielo. El árbol es el río que siempre va a dar al mar de nuestros sueños. La oración del agradecido dice: “Árbol, hermano mío, deja que mi raíz sea la fronda de mis deseos”. No hay, niña verde, niña hoja, mano más afectuosa que el árbol. Los enamorados tasajean el tronco sólo para grabar un corazón; los niños cuelgan los lazos para columpiarse en ellos; los amantes se recargan sobre los árboles viejos y ahí esconden las caricias pendientes, las que siempre están por cumplirse. Los árboles están sin estar. La mayoría de las veces no nos damos cuenta que son nuestros prójimos más próximos. A veces, los seres humanos somos como chuchos y sólo nos damos cuenta del árbol a la hora que levantamos la pata y orinamos.
Algo de Cosimo tenemos en nuestro espíritu. ¿Te acordás de Cosimo? Es el personaje maravilloso de una novela de Italo Calvino que decide, adolescente, trepar a un árbol y no bajar jamás. Una tarde brinca del balcón de su casa a un árbol y ahí queda a vivir para siempre. Brinca de un árbol a otro a otro y a otro. Uno espera que un día brinque de la fronda de un árbol a una nube. Las nubes están tan cerca cuando estamos en las alturas. Carlos Robles y los demás compas de infancia siempre estuvieron cerca de las nubes, les bastaba alzar la mano para sentir la barba de ellas. Yo, siempre niño tutuldioso, los miraba desde el suelo. Ahora, ya viejo, aún sigo parado a mitad del patio, al lado de las hormigas. Veo cómo la mayoría de mis compañeros continúa en el juego. Como Tarzanes se impulsan a través del tiempo y pasan de una fronda a otra, felices, emocionados. Tienen tan cerca las nubes. Yo, yo no soy más que un pepenador de piedritas. En el suelo no hay nubes. Cuando los pájaros bajan sólo lo hacen para levantar gusanitos que sirven como alimento para sus crías que están en los nidos, en las frondas de los árboles, cerca del cielo.

Posdata: Héctor Cortés Mandujano, escritor chiapaneco, cuenta que cuando fue funcionario dibujaba arbolitos mientras transcurrían “las aburridas reuniones de trabajo”. Siempre dibujaba árboles. Una sicóloga le dijo que el árbol era una representación paterna por lo que su manía significaba que extrañaba a su padre. ¿De veras? No, no. La onda es más simple: Héctor ¡ama los árboles! Ahora yo también confieso que amo a los árboles. Extraño a mi papá, por supuesto, pero siempre que camino por fuera del terreno donde sembramos más de diez y miro cómo se alzan orondos y se mueven al ritmo del viento pienso que algo de él está ahí y algo de mí también se mueve. Entonces sé que, en mi breve dimensión y a mi estilo, también soy un árbol y soy primo hermano del libro: tengo hojas y doy vida. Hinco mis raíces en el cielo y, a pesar de que soy un tutuldioso, miro hacia arriba, siempre hacia arriba, hacia donde está tu corazón, hacia donde están tus deseos, mi niña bonita, mi eucalipto.
Los papás se hacen de la vista gorda. No quisieran saber que sus hijos, cuando están enamorados, juegan el infinito juego del misterio y juegan con sus cositas. Yo, ahuehuete de más de mil años, sé que así es y los veo con ternura. Sólo pido a Dios que los bendiga y los cuide y que haga que sus territorios estén llenos de árboles y de oxígeno.