sábado, 6 de abril de 2013



CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO, A VECES, EL TIEMPO VA DE REVERSA

Querida Mariana: “de reversa, mami, de reversa”, dice la canción. En Comitán, cuando hay un guateque, las personas hacen una ronda en el patio, colocan las manos sobre los hombros del otro, del que está delante de ellos, y, como vagones de tren, avanzan al ritmo de la marimba y del chirchil. Bailan en círculo, en el patio de la casa, lleno de juncia y debajo de un manteado. Hay un instante supremo en que los bailarines se detienen y comienzan a bailar “de reversa”. Todos, sudorosos, alegres, risueños, se hacen para atrás. Este movimiento es de vértigo, la gente lo goza más. A veces alguien tropieza, cae y los demás aplauden y ríen. Hay más probabilidades de tropezar yendo hacia atrás que hacia adelante. Por esto, el tío Epigmenio repite esa famosa frase de: “Para atrás ¡sólo para tomar impulso!”.
A mí, hombre poco práctico, siempre me sorprende la reversa del automóvil. Me resulta prodigioso el movimiento que se hace a través de una simple palanca de velocidades para hacer que el auto marche en reversa. ¿Cómo es el mecanismo que hace que los engranes le den la vuelta completa al chunche que provoca el movimiento? Pasar de segunda a tercera no le veo complicación. Lo complicado es accionar el mecanismo de reversa. Mi sobrina Elizabeth me preguntó, el otro día, por qué no puede echarse reversa cuando el auto va en segunda o en tercera velocidades. Imaginé que ella desearía que el auto, en el momento que estuviera a punto de volar a un acantilado, echara reversa y caminara en sentido contrario, salvando el peligro de muerte. No supe qué decirle. Corroboré que echar reversa es más complejo. Es mucho más fácil, en la vida, meter segunda o tercera.
Hay un momento de la canción que la letra dice: “tú lo tiras pa’tras y lo tiras pa’lante”; es apenas un instante, apenas un cambio de movimiento de pies: para adelante y luego para atrás, de reversa. Esto confirma la maravillosa estructura del cuerpo humano. Sin complejos mecanismos, ni palancas de velocidades, el hombre puede echar reversa en un movimiento asombroso. El otro día, cuando subíamos por la calle de San Sebastián miré que hiciste un movimiento prodigioso. ¿Lo recordás? Íbamos a la mitad de la subida, como por donde está la casa del famoso Nuka, cuando, ya un poco agotada, acezante por el esfuerzo, te detuviste, apenas un segundo, como para tomar resuello, y, luego, en movimiento casi casi perfecto, diste la vuelta y quedaste viendo hacia el parque de San Sebastián. Fue como si estuvieses harta de subir. Tuviste a tus pies toda la subida de San Sebastián, todo el caserío. Yo también me detuve y disfruté ese movimiento lleno de luz. Te bastó detenerte y dar la vuelta ¡para cambiar todo tu panorama! En lugar de mirar una subida fastidiosa, viste una bajada agradable. Claro, no es lo mismo la subida que la bajada. Siempre es más grato bajar (sin albur, bestia alburera, sin albur, por favor). Pero, para disfrutar la vista que provee la cima del Everest es necesario subir, siempre subir. Imagino el ascenso a una montaña, imagino la dificultad en la subida, pero advierto el goce a la hora de estar hasta mero arriba y luego el disfrute que ofrece la bajada. Así te vi ese día, cansada a la hora del ascenso, pero luminosa a la hora que decidiste hacer un alto y voltear. Recordé una pieza musical que se llama: “La mirada de un hombre que vio el ángel”. Así estaba tu mirada, llena de luz. Y luego, con paso de cangrejo, caminaste hacia atrás, ¡subiendo! Alargaste el pie derecho y lo llevaste hacia atrás y luego el izquierdo y subiste “de reversa, mami, de reversa”, y como tenías el barrio de San Sebastián a tus pies, con sus casas con techo de teja, te sentiste pájaro y volar no te costó trabajo. Caminaste así diez o doce pasos, hasta que una entrada de coches te impidió seguir ese ascenso majestuoso. Te volviste y caminaste como “Dios manda”, de frente, teniendo cuidado en resbalar por las banquetas de laja. Todo volvió a la normalidad. Porque lo normal es que caminemos de frente, hacia adelante. Es extraño, pero así es, caminar de reversa sólo se acepta como un juego. Los críticos puntillosos como el tío Epigmenio recomiendan no echar reversa, pero vos no echabas reversa ¡subías caminando hacia atrás! Cuando llegamos a lo alto de la subida de San Sebastián miré tu carita, resplandecía, era como si estuviese llena de pétalos de margaritas. Supe que esos diez o doce pasos habían marcado la diferencia.
La gente “normal” no hace lo que vos hiciste. No he visto un hombre que camine hacia atrás en el parque. Cuando fui joven, aún era costumbre dar vueltas en el parque central, los domingos. Los hombres lo hacían por la “curva peraltada” y las mujeres en el “círculo interno”. Era mágico, porque esto permitía “los quemones”, que eran las miradas que los chavos dedicaban, desde su curva, a las niñas bonitas que caminaban en sentido contrario. Las miradas se cruzaban por un instante y ahí se procuraba decir ¡todo! Me gustás, me gustás mucho, quiero vivir por toda la eternidad a tu lado, eran las frases que sin decirlo traducían las miradas. Era mágico, pero tenía la careta aburrida de lo cotidiano. Nunca nos pusimos de acuerdo. Hubiese sido maravilloso, a la cuenta de ¡uno, dos, tres!, caminar hacia atrás, que todo hubiese sido como las rondas que se hacen en los guateques o como el instante bendito en que vos subiste caminando hacia atrás.
Jorge Ponce Argumedo escribió un cuento muy bonito donde un cangrejo se rebela a caminar hacia atrás, después de mil intentos y mil peripecias, logra su objetivo: ¡caminar hacia adelante! Sus papás le organizan un gran guateque, donde asisten estrellas de mar, conchitas, tiburones sin aletas y dos o tres sirenas medio arrechas. Una orquesta de caracoles de mar ameniza. Todo es pura alegría hasta que los papás del cangrejo ven que su corazón está triste, como si fuese una red con mil huecos. ¿Por qué estás triste?, le preguntan y él contesta: Porque ya no soy yo. ¡Pucha -digo yo-, qué torcedura!
Vos, por fortuna, jugaste y no dejaste de ser vos. El chiste de la vida, dice Murakami, escritor japonés, es, después de entrar a “la otra Habitación”, volver a este lado de la habitación y cerrar la puerta. Lo dice en referencia al acto de creación. Los escritores necesitan entrar al inconsciente y una vez que han logrado escribir páginas prodigiosas deben volver a la vida real, hasta que, al otro día, les toque entrar de nuevo a “la otra Habitación”. El cangrejito del cuento de Ponce dejó de ser porque ya nunca volvió a su habitación.
Por esto, dicen los que saben, todo debe ser como un juego. Si caminamos hacia atrás no lo hagamos como una forma de vida, pero tampoco permitamos que la vida nos exija siempre caminar hacia adelante. De vez en vez, es bueno alterar el ritmo de lo cotidiano. Para los que tienen espíritu de cangrejo no les irá mal, de vez en cuando, caminar hacia adelante; y para los que tienen por costumbre caminar de frente sin detenerse, en pos de sus ideales y de sus obsesiones, no les iría mal, sólo como juego, dar dos o tres pasos hacia atrás. Es un juego vertiginoso. Es tan agradable poner el pie sin saber en dónde realmente se posa, como si tuviésemos una venda negra en los ojos y pudiéramos seguir viendo.
En la cafetería de la Universidad vi el otro día a una muchacha bonita tomar un refresco en envase plástico. Pagó en caja, entregó el vale y luego pidió un refresco con sabor de manzana. Todo normal. El prodigio apareció cuando, con su boca, abrió un hueco en el culo de la botella de plástico y lo tomó así; alzó tantito la cabeza y como si se colocara debajo de la teta de una vaca succionó el refresco de manzana. Fue una imagen realmente bella, como cuando una ola rompe sobre un acantilado. A veces es bueno vivir a contracorriente. A veces es bueno sentarse en la playa, frente al mar, para ver si, por un prodigio de la naturaleza, una sirena se cuela entre el salto de cien delfines.
¿Tus papás te han contado de Nacho Loco? Él caminaba todos los días por la carretera que va de Comitán a San Cristóbal. Ese era su cometido en la vida: caminar, un poco como vuelan las gaviotas que no tienen más oficio que ver el mar. ¿Qué pensaba Nacho? No lo sé. Ahora que te escribo esta carta pensé en él. El cuento de Óscar Bonifaz dice que Nacho enloqueció cuando regresó a su jacal y halló a su mujer en juegos de petate con un cabrón. Y pensé en él porque un día que mi papá y yo fuimos a San Cristóbal, mi papá me señaló a un hombre que caminaba por la carretera y me dijo que era Nacho. Lo vi con la chamarra al hombro y pensé (sólo fue producto de mi imaginación), que el hombre no avanzaba sino que retrocedía, dando pasos hacia atrás. Lo imaginé, niña de mil caminos; ahora sé que fue así porque quienes enloquecen lo hacen cuando, un día, quién sabe por qué, comienzan a detenerse a mitad del camino y se preguntan qué los mueve a caminar hacia adelante, como si adelante hubiese algo que valiera la pena.
Tal vez uno de los mayores anhelos del hombre es la reversa del tiempo. En la ficción hallamos ejemplos de hombres y mujeres que inventan la máquina del tiempo, una máquina que posibilita el viaje hacia el futuro o hacia el pasado. Muchos anhelan regresar, echar reversa. Tengo una amiga que, a cada rato, me dice que le gustaría regresar el tiempo para no cometer el equívoco que cometió. Pero esto, lo sabemos bien vos y yo, es un absurdo. La ley de la vida es como esos anuncios que están colgados en las misceláneas: “Salido el producto no se admite devolución”. A cada rato tomamos decisiones y éstas definen nuestro futuro y conforman el sustento de nuestro pasado inmodificable.

Posdata: entiendo lo que mi amiga quiere decir. Ella es muy joven. Cuando fui niño ¡caminé hacia adelante! Cuando fui joven todo fue como si caminara hacia atrás, metido en la confusión. Ahora, no sé, pero pido a Dios me conceda la gracia de caminar hacia adelante. Ya no estoy en edad de hacer experimentos, ya no estoy en edad de jugar más de la cuenta. Mis juegos tienen que ser sometidos a la mesura, y esto es una estupidez. Los juegos deben ser libres y los jugadores no deben temer al riesgo. Por esto, insisto, ahora trato de caminar hacia adelante, con mucha atención, para no pisar caca o para no resbalar. Las banquetas de la vida se parecen mucho a las banquetas de laja de Comitán, ¡son muy resbalosas! A estas alturas de mi vida ya no puedo andar de reversa, mami, de reversa; lo peor es que tampoco puedo meter tercera velocidad. Como los automóviles, modelo cincuenta y siete, transito en primera y, a cada tiempo, debo hacer una pausa para que no se caliente el motor.