lunes, 12 de marzo de 2012

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO EL TIEMPO ES UNA MAZORCA SIN GRANOS




Querida Mariana: en los años setenta, del siglo pasado, una tarde, Javier y yo entramos al cine y vimos “El topo”. Acostumbrados a ver películas de Capulina, de Tin Tan, de la Tigresa y del Santo ¡nos sorprendimos ante lo que miramos esa tarde!
Ayer, hurgando en la biblioteca de la escuela hallé el libro: “La danza de la realidad”, memorias de Alejandro Jodorowsky, el director de “El topo”. Chileno, nacido en 1929, Alejandro cuenta, en el primer capítulo, su niñez.
Aquella tarde en el Cine Comitán algo como un deslumbre cimbró mi espíritu. Fue como uno de esos rayos inocentes que iluminan el cielo a media noche, pero que, segundos después, te espantan al oír el retumbo que pasa por encima del techo.
De aquella película recuerdo, con gran nitidez, el principio. El topo (vestido completamente de negro), cabalga en medio de montañas de arena. El caballo avanza como grulla en terreno fangoso. El hombre, con sombrero negro, con paraguas negro, baja a un niño desnudo que cabalga junto a él (un niño de siete años) y le dice que entierre su primer juguete y el retrato de su madre. El niño abre un hueco, mete ambos objetos y les echa arena encima. El juguete queda totalmente enterrado, la fotografía de la madre queda parcialmente cubierta, es como un iceberg o como un trasatlántico que no se hunde por completo. Has de entender, niña mía, que, acostumbrados a ver principios donde cantaba Javier Solís o bailaba Tongolele o César Costa manejaba un auto de carreras, este principio de película ¡nos impactó!, casi tanto como si estuviésemos viendo los pechos de Isela Vega. ¿Qué quería decirnos Alejandro con esta imagen?
Ahora que volví a encontrarme con Jodorowsky advierto que muchas de las imágenes de sus películas (“El topo”, “Fando y Lis” y “La montaña sagrada”), las pepenó en su infancia y las desarrolló a través de su vida. Parece que los seres humanos dedicamos la vida a pulir las piedras que recogemos de niños. ¿Por qué entonces, en “El topo”, Alejandro nos avienta en la cara, así como una bofetada, que para crecer debemos enterrar nuestras primeras piedras, esas piedras tan bonitas que alguna tarde recogimos a la orilla de un río con agua cristalina?
¿Por qué El topo hace que el niño, junto con el primer juguete, entierre también el retrato de su madre? Tal vez el enigma se descubre conforme avanza la película, pero yo no recuerdo más. Esa primera imagen se quedó en mi mente para siempre y puso un velo transparente a las demás imágenes de la cinta. Vos sabés que mi memoria es muy endeble, tanto como esos puentes hechos con lazos y pedazos de madera podrida. Esa imagen sirvió para que, desde entonces, me preguntara a cada rato: para crecer ¿debo enterrar mis primeros juguetes?
Hoy sé, querida mía, que el mundo es el topo que nos fuerza a enterrar los carritos y los muñequitos para entrar en este absurdo mundo adulto.
Yo, siempre me rebelé a enterrar esos juguetes, porque decidí preservar los recuerdos de mi infancia, al lado de mi propia infancia. Hoy, coincido con el Libro de los Consejos que sugiere recuperar el niño que uno fue. Por esto sé que no fue tonto dejar intocados mis juguetes impecables. Es una estupidez enterrarlos de niño para desenterrarlos una vez que se está viejo.
¿Era necesario enterrar el retrato de la madre? ¿Es necesario, para crecer, cortar ese cordón umbilical? Esa secuencia, de no más de un minuto, me sacudió como si fuese un ventarrón que botara todas las hojas de mis ramas.
¿Quién era ese tipo que nos presentaba imágenes extraídas de pozos con agua tan pesada? Hoy leo sus memorias y comienzo a descubrir quién es Jodorowsky. La lectura de este libro vuelve a darme un sacudón tremendo. Alejandro, parece ser, está destinado a ser como un tsunami para remover el agua tranquila de mi conciencia. Lo acepto. Asumo el reto.