domingo, 28 de enero de 2018

DEL MEDALLERO OLÍMPICO




Digamos que el otro día hice algo medio bien, leí en voz alta ante una audiencia de más de cincuenta personas y no lo hice mal. Mi amigo Tony Guillén fue testigo y me hizo el siguiente elogio: “Si estuviera el padre Carlos habría dicho: No lo hizo tan mal este mi totozón”. Fue uno de los más grandes elogios que me han hecho. Tony fue mi compañero en la secundaria del Colegio Mariano N. Ruiz.
En efecto, el padre Carlos, cuando yo hacía algo de manera equivocada, sobre todo cuando pasaba al frente del salón y tatarateaba con la respuesta de qué había pasado en la Afrenta de Corpes, el padre decía: “¡Ah, no estudias, totozón!”
Totozón, pensaba, era una palabra que derivaba de tonto y huevón. Así que en muchas ocasiones escuché decir, en tono de enojo y de molestia: “Ah, el totozón de Molinari”.
Claro, no era el personaje exclusivo de tal puesta en escena. Muchos otros compas del salón también compartían conmigo tal honor. Pocos eran los que se salvaban: Los compas estudiosos que siempre obtenían diez en todas las materias.
Debo reconocer que siempre me sentí como integrante de la Selección Mexicana de Fútbol Soccer en Juegos Olímpicos, selección que nunca ha logrado encaramarse en el medallero olímpico. Y esto era así porque en la ceremonia de fin de cursos (que por lo regular se efectuaba en el Cine Comitán) nunca obtuve lo que hubiese sido algo glorioso: ¡Una medalla!
El acto casi final de la ceremonia era el de la entrega de medallas, medallas que el padre Carlos (director del Colegio Mariano N. Ruiz) encargaba a una compañía de la Ciudad de México. En una bandeja especial los maestros colocaban una serie de medallas que eran distribuidas, con toda la pompa necesaria, entre los mejores alumnos. Obtenían la medalla de honor (doradas, con su listón rojo o azul) los alumnos que habían demostrado una excelente conducta, quienes habían llegado puntualmente a todas las clases y quienes habían obtenido diez de promedio general. Obtener alguna medalla por mejor promedio o por buen comportamiento estaba descartado, pero, a veces, pensaba que, así, como de panzazo, podía aspirar a obtener la de puntualidad, pero nunca sucedió. Sentado en la butaca del cine, al lado de Ramiro, bromeábamos, pero ambos, en algún instante, nos poníamos serios imaginando que el maestro de ceremonias decía: “Y ahora solicitamos la presencia de Ramiro Suárez y de Alejandro Molinari, quienes se hicieron merecedores a la medalla de honor por…” ¿Por qué? Le buscábamos y por más intentos que hacíamos no existía algún motivo por el cual ser mencionados. En ese tiempo, y en todos, las instituciones educativas no entregaban medallas a los alumnos que se la pasaban distraídos, imaginando cosas. El maestro de ceremonias anunciaba que la medalla por mejor promedio la habían obtenido Marcolfo Guillén Flores y Carlos Conde Aguilar, y nuestros compañeros, vestidos con su uniforme de gala, caminaban satisfechos por el pasillo central del cine, subían por una escalinata de madera y llegaban ante la mesa de honor, lugar donde el padre Carlos tomaba una medalla y, con un ganchito, la prendía en el lado izquierdo del saco, momento en que todos los alumnos aplaudíamos como muestra de reconocimiento a la inteligencia y dedicación de Marcolfo y de Carlos. Todos los padres de familia también aplaudían generosamente, mientras se escuchaban fanfarrias en el escenario. Cuando salíamos a la calle, ya en el sol de la una y media de la tarde, sol que nos obligaba a entrecerrar tantito los ojos, Carlos, como si fuese un almirante, llevaba el pecho lleno de medallas. Íbamos al parque central a dar vueltas, y muchas personas, desde las bancas, veían a Carlos y hacían comentarios elogiosos.
¿Y los totozones? Los totozones sólo recibíamos reclamos y provocábamos enojos. ¿Qué sucedió en la Afrenta de Corpes? Afrenta era lo que el padre Carlos nos hacía al preguntarnos eso en pleno lunes. Otra cosa hubiese sido si preguntara: ¿Qué películas mexicanas vieron en la matiné del domingo? Entonces yo no habría sido totozón, porque daría con precisión los títulos y podría realizar una reseña de la película de “Tarzán y el niño de la jungla”.
Por eso, cuando Tony me felicitó la otra tarde, porque había hecho algo medio bien y dijo que el padre podía haber dicho: “No lo hizo tan mal este mi totozón”, sentí algo como un piquete en el pecho, y es que Tony, con sus palabras generosas, me otorgó una corcholata de latón que me puse en el pecho. ¡Claro que sí!
Egresamos de la educación secundaria hace más de cuarenta y ocho años. Cualquiera podría pensar que ya es demasiado tarde para reconocimientos, pero pienso en lo que dice la sentencia popular: “Nunca es tarde, cuando la dicha es buena”.
Ahora pienso que abandoné el grupo de integrantes de la Selección de Fútbol Soccer Olímpico y estoy en la relación de aquellos que están en el limbo y pueden, más temprano que tarde, abandonar de manera definitiva el club de los totozones, porque pertenecer a este club no representa honor alguno.
Por el momento, ya estudié y sé qué sucedió en la Afrenta de Corpes.