sábado, 13 de diciembre de 2025

CARTA A MARIANA, CON EL PALACIO DE BELLAS ARTES

Querida Mariana: aparte de la Biblioteca Central Universitaria, de la UNAM, otro edificio que siempre me ha seducido es el llamado Palacio de Bellas Artes, que está en la CDMX, frente a la Librería Ghandi (esas son mis referencias afectuosas). Bellas Artes es un edificio prodigioso, fue construido en tiempo de Porfirio Díaz, su diseñador fue Adamo Boari. Todo México lo conoce, igual que yo lo conocía, por fuera. No soy exacto en lo que cuento; en realidad, cuando viví en la gran ciudad, en el lapso de 1974 a 1979, entré en algunas ocasiones, pero sólo en el vestíbulo, en los pasillos interiores de la planta alta, para disfrutar sus murales (ah, el de Rufino Tamayo me seduce) y pará de contar (bueno, con decir que ni siquiera conocí los sanitarios y sigo sin conocerlos). Como sabés, en diciembre de 2025 el equipo de Arenilla fue a la FIL de Guadalajara a presentar el número 49 de nuestra revista impresa y luego dimos un vueltón por la CDMX. El hotel donde nos hospedamos fue el City Express Alameda, que está muy cerca de Bellas Artes, así que Dora Patricia Espinosa y yo fuimos al palacio, a comprar boletos para ver la exposición pictórica de Lilia Carrillo, la primera esposa de Ricardo Guerra, el pichito de Rosario Castellanos; y luego (cosa no creída) para ir a la ópera “La leyenda de Rudel”, de Ricardo Castro (homónimo del comiteco fotógrafo de aves y pariente de Irma Serrano). Así que, por primera vez, estuve en una sala de exposiciones y luego, ¡oh, prodigio de Euterpe, en la sala! Como nada es perfecto en la vida, esa noche de ópera no se alcanzó a ver el telón de cristal, será para otra ocasión. Disfrutamos del espectáculo. Paty atestiguó el principio fundamental de arquitectura en estos recintos: la isóptica, porque tuvimos perfecta visibilidad del acto cultural. La historia cuenta que un poeta del siglo XII tiene una pareja cercana, pero se enamora (¡ay, Señor!) de una chica que es la condesa de Trípoli, así que emprende un viaje en barco para llegar hasta su orilla (la escena de los tripulantes del barco moviendo los remos es impresionante, muy bien hecha, acompañada con el coro monumental de todos los actores y actrices. Imaginá el movimiento armónico de los remos y los cantos). El viaje es intenso, escabroso. Al final, el poeta llega hasta los dominios de la condesa, pero mermado en su salud, desembarca, pero ya exánime, fallece en brazos de su amada platónica. La historia está un poco coja, digo yo, porque la muerte del poeta no me conmovió y vos sabés que lloro por cualquier cosa (lloré en la puesta de escena del Rey León, por ejemplo). A la hora del aplauso final, la audiencia fue generosa, porque no podíamos regatear la calidad de lo presentado por la orquesta y coro de Bellas Artes, así como de la actuación soberbia de los actores principales, el tenor y la soprano. ¡Excelente! Ah, fue una deliciosa puesta en escena, me permitió conocer esa maravillosa sala (cuando viajábamos en el Uber rumbo al aeropuerto para volver a Chiapas, me impactó el dato que dio el conductor: la Ciudad de México tiene 11 y medio millones de habitantes, pero todo el cinturón que la rodea aporta (pucha) más de ocho millones de personas, lo que hace que la gran ciudad tenga una población de casi veinte millones de habitantes. ¿Mirás lo que digo? ¿Oís lo que digo? ¡Veinte millones de habitantes! Esta ciudad es un monstruo, un monstruo violento, desordenado, pero hermoso, genial; monstruo que permite ver una serie de actos culturales maravillosos, porque la exposición de la obra pictórica de Lilia Carrillo también fue un impacto visual sorprendente. No sólo estuvimos ante la obra pictórica de Lilia Carrillo, también nos dimos una escapada para ir a la Fundación Cultural Banamex, que está en el andador Madero y gozamos la exposición de la fotógrafa Graciela Iturbide, que fue honrada con el Premio Princesa de Asturias de Las Artes 2025, en España. Lo dicho, la gran ciudad es una ventana llena de prodigios, uno mete la cabeza en cada rincón y encuentra sorpresas magistrales. La foto que anexo la tomé en uno de los salones de la planta alta del restaurante Sanborns. Mientras esperábamos que nos sirvieran los filetes de pescado a la plancha, me paré a curiosear en los muros y hallé esta fotografía donde aparece el Palacio de Bellas Artes. No sé de qué año es, pero imagino que por los cincuenta del siglo pasado debió verse así. Ahora, en la periferia había una barda de metal que coloca el gobierno para evitar pintas en el edificio. Las pintas las hacen los manifestantes en las vallas metálicas. Varios de esos paneles tenían pintas alusivas al genocidio de Palestina, pidiendo, exigiendo, la paz. La Casa de los Azulejos también es otro edificio famoso. Al subir por la escalera para llegar a la segunda planta, en el acceso para los sanitarios, lo sabés, hay un imponente mural pintado por José Clemente Orozco que, en su parte inferior, dice: “Pintado por José Clemente Orozco, por orden de su gran admirador Francisco Sergio Iturbe”. Ah, genial. Don Pancho Sergio fue gran admirador de Orozco, tenía mucha paga y le pidió que pintara ese mural. Acá hay una maravillosa historia de mecenazgo, donde el dinero sirve para el fomento del arte. Don Pancho supo que su pase a la inmortalidad estaba en este acto, porque medio mundo encuentra su nombre en el mural del gran pintor mexicano. Otra grata sorpresa fue que Orozco pintó el mural en 1925. ¿Mirás? En este ya desfalleciente año cumplió su centenario, igual que nuestra pichita amada: Rosario Castellanos. Los expertos en autos sabrían decir de qué año es la foto, viendo los automóviles que ahí circulan. En ese año aún estaba abierta una calle frente a Bellas Artes. Ahora esa calle ya no existe, hay una hermosa explanada que permite caminar con tranquilidad. Posdata: por esa explanada caminamos Paty y yo para ir a la expo de Lilia Carrillo (vimos el retrato que la pintora hizo a Ricardo Guerra, en 1951, con eso comprobamos que Lilia y Ricardo en ese año ya estaban de manitas calientes, mientras Rosario todavía le enviaba cartas amorosas a su pichito adorado) y para asistir a la ópera (te cuento, pero no lo vayás a bulbuluquear, la función fue de ocho a diez de la noche. A las diez de la noche, tu amigo caminaba por la Alameda, de la Ciudad de México, yo, que siempre me duermo a las ocho. Uf. El mito cayó. Pero seguí la sugerencia de mi querido amigo Israel: no todos los días son domingo. Estos días de viaje fueron la feliz excepción). ¡Tzatz Comitán! Querida Mariana: aparte de la Biblioteca Central Universitaria, de la UNAM, otro edificio que siempre me ha seducido es el llamado Palacio de Bellas Artes, que está en la CDMX, frente a la Librería Ghandi (esas son mis referencias afectuosas). Bellas Artes es un edificio prodigioso, fue construido en tiempo de Porfirio Díaz, su diseñador fue Adamo Boari. Todo México lo conoce, igual que yo lo conocía, por fuera. No soy exacto en lo que cuento; en realidad, cuando viví en la gran ciudad, en el lapso de 1974 a 1979, entré en algunas ocasiones, pero sólo en el vestíbulo, en los pasillos interiores de la planta alta, para disfrutar sus murales (ah, el de Rufino Tamayo me seduce) y pará de contar (bueno, con decir que ni siquiera conocí los sanitarios y sigo sin conocerlos). Como sabés, en diciembre de 2025 el equipo de Arenilla fue a la FIL de Guadalajara a presentar el número 49 de nuestra revista impresa y luego dimos un vueltón por la CDMX. El hotel donde nos hospedamos fue el City Express Alameda, que está muy cerca de Bellas Artes, así que Dora Patricia Espinosa y yo fuimos al palacio, a comprar boletos para ver la exposición pictórica de Lilia Carrillo, la primera esposa de Ricardo Guerra, el pichito de Rosario Castellanos; y luego (cosa no creída) para ir a la ópera “La leyenda de Rudel”, de Ricardo Castro (homónimo del comiteco fotógrafo de aves y pariente de Irma Serrano). Así que, por primera vez, estuve en una sala de exposiciones y luego, ¡oh, prodigio de Euterpe, en la sala! Como nada es perfecto en la vida, esa noche de ópera no se alcanzó a ver el telón de cristal, será para otra ocasión. Disfrutamos del espectáculo. Paty atestiguó el principio fundamental de arquitectura en estos recintos: la isóptica, porque tuvimos perfecta visibilidad del acto cultural. La historia cuenta que un poeta del siglo XII tiene una pareja cercana, pero se enamora (¡ay, Señor!) de una chica que es la condesa de Trípoli, así que emprende un viaje en barco para llegar hasta su orilla (la escena de los tripulantes del barco moviendo los remos es impresionante, muy bien hecha, acompañada con el coro monumental de todos los actores y actrices. Imaginá el movimiento armónico de los remos y los cantos). El viaje es intenso, escabroso. Al final, el poeta llega hasta los dominios de la condesa, pero mermado en su salud, desembarca, pero ya exánime, fallece en brazos de su amada platónica. La historia está un poco coja, digo yo, porque la muerte del poeta no me conmovió y vos sabés que lloro por cualquier cosa (lloré en la puesta de escena del Rey León, por ejemplo). A la hora del aplauso final, la audiencia fue generosa, porque no podíamos regatear la calidad de lo presentado por la orquesta y coro de Bellas Artes, así como de la actuación soberbia de los actores principales, el tenor y la soprano. ¡Excelente! Ah, fue una deliciosa puesta en escena, me permitió conocer esa maravillosa sala (cuando viajábamos en el Uber rumbo al aeropuerto para volver a Chiapas, me impactó el dato que dio el conductor: la Ciudad de México tiene 11 y medio millones de habitantes, pero todo el cinturón que la rodea aporta (pucha) más de ocho millones de personas, lo que hace que la gran ciudad tenga una población de casi veinte millones de habitantes. ¿Mirás lo que digo? ¿Oís lo que digo? ¡Veinte millones de habitantes! Esta ciudad es un monstruo, un monstruo violento, desordenado, pero hermoso, genial; monstruo que permite ver una serie de actos culturales maravillosos, porque la exposición de la obra pictórica de Lilia Carrillo también fue un impacto visual sorprendente. No sólo estuvimos ante la obra pictórica de Lilia Carrillo, también nos dimos una escapada para ir a la Fundación Cultural Banamex, que está en el andador Madero y gozamos la exposición de la fotógrafa Graciela Iturbide, que fue honrada con el Premio Princesa de Asturias de Las Artes 2025, en España. Lo dicho, la gran ciudad es una ventana llena de prodigios, uno mete la cabeza en cada rincón y encuentra sorpresas magistrales. La foto que anexo la tomé en uno de los salones de la planta alta del restaurante Sanborns. Mientras esperábamos que nos sirvieran los filetes de pescado a la plancha, me paré a curiosear en los muros y hallé esta fotografía donde aparece el Palacio de Bellas Artes. No sé de qué año es, pero imagino que por los cincuenta del siglo pasado debió verse así. Ahora, en la periferia había una barda de metal que coloca el gobierno para evitar pintas en el edificio. Las pintas las hacen los manifestantes en las vallas metálicas. Varios de esos paneles tenían pintas alusivas al genocidio de Palestina, pidiendo, exigiendo, la paz. La Casa de los Azulejos también es otro edificio famoso. Al subir por la escalera para llegar a la segunda planta, en el acceso para los sanitarios, lo sabés, hay un imponente mural pintado por José Clemente Orozco que, en su parte inferior, dice: “Pintado por José Clemente Orozco, por orden de su gran admirador Francisco Sergio Iturbe”. Ah, genial. Don Pancho Sergio fue gran admirador de Orozco, tenía mucha paga y le pidió que pintara ese mural. Acá hay una maravillosa historia de mecenazgo, donde el dinero sirve para el fomento del arte. Don Pancho supo que su pase a la inmortalidad estaba en este acto, porque medio mundo encuentra su nombre en el mural del gran pintor mexicano. Otra grata sorpresa fue que Orozco pintó el mural en 1925. ¿Mirás? En este ya desfalleciente año cumplió su centenario, igual que nuestra pichita amada: Rosario Castellanos. Los expertos en autos sabrían decir de qué año es la foto, viendo los automóviles que ahí circulan. En ese año aún estaba abierta una calle frente a Bellas Artes. Ahora esa calle ya no existe, hay una hermosa explanada que permite caminar con tranquilidad. Posdata: por esa explanada caminamos Paty y yo para ir a la expo de Lilia Carrillo (vimos el retrato que la pintora hizo a Ricardo Guerra, en 1951, con eso comprobamos que Lilia y Ricardo en ese año ya estaban de manitas calientes, mientras Rosario todavía le enviaba cartas amorosas a su pichito adorado) y para asistir a la ópera (te cuento, pero no lo vayás a bulbuluquear, la función fue de ocho a diez de la noche. A las diez de la noche, tu amigo caminaba por la Alameda, de la Ciudad de México, yo, que siempre me duermo a las ocho. Uf. El mito cayó. Pero seguí la sugerencia de mi querido amigo Israel: no todos los días son domingo. Estos días de viaje fueron la feliz excepción). ¡Tzatz Comitán!