viernes, 24 de julio de 2026

CARTA A MARIANA, CON TEJAS

Querida Mariana: soy privilegiado. En mi infancia viví en una casa con balcones. Vos sabés que el mundo se ve diferente desde un espacio superior. No sé qué tiene esa perspectiva, pero posee un misterio. Ayer vi una película donde aparece Sean Connery (el primer James Bond), el actor ya está maduro en esta cinta, representa a un escritor que, después de obtener la gloria por la primera y única novela que escribió, se recluye en un edificio, en el barrio del Bronx, en un departamento superior, desde ahí logra ver lo que sucede abajo y su afición es retratar a pájaros que vuelan por ahí. Todos los de abajo ven hacia arriba y detectan un ligero movimiento de cortinas, el escritor ve todo con una gran visión. Ahora, en la oficina (vos sabés que estamos en una planta alta) tenemos dos balcones, en la misma calle donde está la casa de mi infancia (ahora sólo existe la fachada, porque tiraron todo el interior y lo convirtieron en un estacionamiento). Ahora que te escribo puedo ver parte de dos fachadas de casas que están enfrente. Una de las casas está en la esquina, ahí hay un negocio muy reputado “Semillas San Isidro” y la belleza es que tiene un techo de dos aguas ¡con tejas! La otra casa tiene en el copete superior una celosía que le da una vista simpática, el techo ya está hecho un tachilgüil, tiene filas de láminas de asbesto (que están prohibidas en países desarrollados, porque, dicen, con el tiempo sueltan residuos que son cancerígenos) y remata en la cima con una hilera de tejas (sin duda que en sus buenos tiempos tuvo teja en lugar del asbesto). En esta casa están las oficinas del PRI municipal. Mi vista se detiene, como pajarito, en el techo de tejas, esto alimenta mi espíritu, porque los comitecos y comitecas estamos hechos de esto, por eso cuando escuchamos el nombre de Yalchivol nuestra alma brinca la cuerda, como niña alegre, porque en este barrio tradicional es donde hacen las tejas y los ladrillos que, desde siempre, han formado parte de las residencias de Comitán. Sí, niña querida, venimos del barro y unos son más barrio que otros. He vivido en el centro histórico, en mi infancia a media cuadra de mi parque, el central, y en mi adolescencia y vejez en el barrio de Guadalupe, en mi adolescencia en una casa enorme, en mi vejez en un huevito. Y digo que soy privilegiado, porque, a pesar de que mi casa de infancia tuvo patio central, corredores majestuosos y un sitio lleno de luz y de árboles, lo mismo que mi casa de adolescente, ambas casas tuvieron techo de lámina de asbesto, crecí escuchando el sonido de la lluvia como si manos divinas tocaran el bongó en forma de blues o de jazz sincopado. Ya te conté que, siendo adolescentes, mi amigo Memo llegaba a casa cuando amenazaba lluvia y se quedaba a dormir, porque le encantaba el sonido de las gotas brincando sobre el techo de zinc, su casa ya tenía losa. Mi casita de viejo tiene también lámina de zinc, más gruesa que la de infancia, pero la lluvia sigue bailando sin zapatos de ballet, una ligera lluvia suena como si corriera una recua de búfalos, todo se magnifica. Posdata: desde la oficina, desde el balcón, veo el techo de la casa de Semillas San Isidro, como si fuera un ejército en desfile, las tejas forman hileras bien alineadas, bien dispuestas, hay un acomodo que sólo los albañiles expertos reconocen, ahora cuento siete hileras y la octava tiene cemento, luego cuento otras siete y la octava tiene cemento. ¿Cómo se detienen las siete sin cemento? También tiene cemento la cúspide y la fila horizontal que está antes de la que anticipa el vacío. La lluvia suena diferente sobre los techos de teja, son pasos seductores, como si la lluvia fuese un alambrista que pisa la cuerda con cuidado. Mi mirada se ha llenado de techos de teja, mi oído siempre ha recibido los impactos de la lluvia sobre láminas de zinc. Ahora, desde la oficina, todos los días veo tejas, al fondo hay una palmera sembrada en otra casa, en la avenida, mi vista se regodea feliz con tal vista. Sería completamente feliz si pudiera usar la aplicación que elimina alambres, porque ahora Comitán (como muchas ciudades del mundo) padece la plaga de decenas de alambres. Sólo me conformo cuando veo esos tanatitos que, me cuentan, aparecen cuando algún pajarito caga al posarse en un alambre. ¿De verdad es así? Si esto es así, vale recordar la fábula del pollito y la vaca. El pollito iba a ser devorado por un águila, se escondió debajo de la vaca y ésta defecó sobre él. El águila se fue porque no encontró a su presa. Moraleja: no todo el que te caga es tu enemigo. En mi infancia los techos de teja eran más y no había tanto alambre, la vista volaba libre como pichón. ¡Tzatz Comitán!