jueves, 23 de julio de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN DICHO

Querida Mariana: la tía Hermila repetía este dicho: “Donde te metiste, un día fuiste”. Nosotros éramos niños, nos reíamos, la remedábamos, en cualquier instante del juego, alguien se paraba, hacía como que se limpiaba las manos con un mandil y decía: “donde te metiste, un día fuiste” y nos reíamos, a veces descubríamos que la tía Hermila fisgoneaba desde la ventana de la cocina y, muy seria, se limpiaba las manos con el mandil y desaparecía, pensábamos que regresaba a los oficios, a calentar los frijoles en la olla de barro o a echar las tortillas en el comal, para luego colocarlas en un tortillero con un trapito limpísimo. Todos crecimos, también ella, nosotros fuimos a estudiar la profesional en la Ciudad de México y ella se quedó en Comitán. Ahí fue creciendo, mientras nosotros lo hacíamos en la CDMX (antiguo Distrito Federal). Crecimos, pero nosotros lo hicimos para arriba (no tanto, pero sí dimos el estirón), en cambio, ella lo hizo para abajo. Quién sabe qué ley física hizo que su cuerpo se fuera encorvando y en lugar de crecer hacia el cielo lo hizo mirando para el suelo. En vacaciones regresábamos al pueblo, íbamos a visitar a la tía Hermila, ella, encorvadita, nos recibía con afecto, nos consentía, nos daba a beber el chocolate más exquisito que jamás probamos y hacía unas tortillas con frijol molido, doradas en el comal, también la cosa más rica del universo. Servía una salsa verde molcajeteada; delicias que en la gran ciudad era imposible degustar. Jalábamos una silla y la invitábamos a sentarse con nosotros, ella sonreía, se sentaba y viéndonos decía: “Donde te metiste, un día fuiste” y dejaba pasar unos segundos antes de preguntar algo de nuestras carreras, de nuestras aventuras en el DF. Ella escuchaba, luego volvía a pararse y nos preparaba más tortillas con frijol, la plática se desviaba por otras sendas y ella, desde el fogón, celebraba nuestras boberas, que Armando salpicaba con alguna mala palabra, pero en un tono tan pícaro y afectuoso que la tía disfrutaba nuestra plática de jóvenes sin rumbo fijo. Muy pocos chicos saben leer la brújula a esa edad, la mayoría tiene brújulas tatarateras, desguanzadas. En el DF recibimos la noticia, llegó Armando y apenas abrimos la puerta dijo: “Se murió”, hizo como que se limpiaba las manos con un mandil y todos supimos, todos a una voz dijimos: “Donde te metiste, un día fuiste”. Ahora que seguimos creciendo, pero ya mirando el suelo, la recordamos. Yo, con frecuencia, pienso en la frase que decía, que nos heredó. Pienso que nunca entendí bien el mensaje. Si todavía la recuerdo es por la rima, que es buen recurso nemotécnico. ¿Qué significa la dichosa frase, el dicho? Sigo sin entenderlo bien a bien. Como la frase está separada con una coma la analizo así: en dos partes. La primera dice, más o menos que, en un momento dado llegaste a un sitio (“donde te metiste”), la segunda parte es más confusa, porque el término “fuiste” es ambiguo, se puede interpretar como el acto de llegar, fuiste a tal lado; pero también puede entenderse como una conjugación del verbo “ser”: fuiste; entonces, llegaste a un lugar porque fuiste; o llegaste a un lugar y ahí ¡fuiste! No sé de dónde ella pepenó la frase, pero la repetía constantemente como un tesoro vocal, que no debía olvidarse. Ahora nosotros la seguimos recordando, recordamos la frase y con ella recordamos a la tía Hermila, el impacto de la palabra, ésta sigue plena, ha crecido en el aire, jamás se dobla, nunca se encorva, ¡al contrario! Repito la frase, el dicho. No hago como que me seco las manos con mandil, porque no la remedo, al contrario, repito las palabras como si fueran un mantra. Aún no consigo descifrar su significado en totalidad, pero la adopto en sus dos significados: estoy en este sitio porque yo me metí, porque fui (a veces son sitios innobles y causan problema, por el contrario, a veces son buenas elecciones y cuando son estos últimos lugares ¡crezco! ¡Soy!). Posdata: la tía usaba lentes para leer, siempre tenía puesto un mandil albo, a veces hacíamos apuestas: ¡a que nunca se lo quita! Dormía en un cuarto que tenía en el fondo del sitio, las dos recámaras que estaban en el patio central las destinaba para las visitas. ¡Tzatz Comitán!