sábado, 10 de octubre de 2009

viernes, 9 de octubre de 2009

EL BURÓ COMO VENTANA DEL UNIVERSO



Nunca imaginé que lo diría: “Tengo, “sobre” la pantalla, dos libros pendientes de lectura”. Empleo la palabra “sobre” porque toda mi vida me acostumbré a decir: “Tengo dos libros sobre el buró”. Así fue para la humanidad desde que Gutenberg inventó esa maravilla llamada libro.
Desde que me convertí en lector empedernido, siempre tuve libros sobre el buró (aún los sigo teniendo, pero ahora ya no sólo ahí tengo libros pendientes). Hoy muchos libros están adentro de la computadora que tengo sobre una mesa de trabajo (que ya no la mesa de noche).
El otro día leí que Google cumplió once años. Pensé que esos once años también me correspondían porque, desde el inicio, he estado pegado a ese buscador. Cuando entro al Internet la página de Google es la que me recibe (sé que los Googlemaníacos somos millones). Ahora que lo escribo me “choca” confesar que la primera imagen que veo al levantarme todos los días son esas seis letras que no sé qué fregados significan. Ya se volvió un poco mi Sol, un poco mi amanecer, un poco mi ablución. ¡Qué pena!
Google ha resultado más efectivo que Sherlock Holmes. A través de él he hallado cientos de libros y muchos afectos desperdigados por todo el mundo.
Tengo dos de esos libros dentro de mis pendientes.
El otro día un afecto me dijo que estaba leyendo “La sombra del viento”, y otro afecto, más tarde, mencionó así como al azar el testimonio de Gabriel García Márquez: “Vivir para contarla”. Al llegar a mi casa prendí la computadora y “le pedí” a “Gugle” que buscara esos libros. Dos segundos después estaban en la pantalla.
Antes, cuando bajaba un libro era porque yo andaba encaramado sobre una escalera y tomaba el libro de la parte más alta del librero. Ahora, “bajo” un libro cuando doy Enter y lo guardo en la “memoria”.
¿Qué pasará el día que tenga un e-book en mis manos? El primer día pensaré que regresa mi vida de antes porque podré dejarlo sobre el buró, pero al día siguiente me apabullará la imposibilidad de pensar que adentro de esa tableta delgada están concentrados miles de libros.
Aún ahora, me abruma la idea de pensar en miles de libros sobre mi buró. Nunca imaginé que esto fuera posible. ¡Toda una biblioteca al lado de mi cama! Sé que soñaré que dialogan los personajes. Miles de personajes, como si fueran cucarachas (incluido el propio Gregorio Samsa), saldrán de esa caja. Ya imagino la alharaca y los bisbiseos que no me dejarán dormir. El Quijote peleando contra José Arcadio Buendía y contra Pedro Páramo, mientras Humbert persigue a Ana Karenina pensando que es Lolita.
¿Hacia dónde camina el futuro? Tal vez algún día nuestra mente pueda crear hologramas que contendrán cientos de bibliotecas. El conocimiento, entonces, estará al alcance de la mano. Ya no será necesario que los alumnos tengan que memorizar. El mundo será más sencillo y más estimulante. Todas las personas se dedicarán a poner en práctica el conocimiento.
Pero, ¿de veras el mundo puede ser más luminoso y esperanzador? ¿Qué haríamos si el conocimiento de la bomba atómica (por decir algo que para ese tiempo será obsoleto) estuviera a nuestro alcance?
Pero, bueno, como ahora no tengo más que el presente. Aprovecharé el día de hoy para leer uno de los libros que tengo en la pantalla de la computadora. Que Dios bendiga a los hombres que “suben” estos textos para que yo los “baje”.

jueves, 8 de octubre de 2009

PRESENTACIÓN DE LIBRO



¿Y si acudimos a la presentación "virtual" de un libro de poesía?
Imaginemos que estamos en una sala de la ciudad de San Cristóbal de Las Casas. No hay mucho frío. Por ahí está el Doctor Andrés Fábregas Puig (Rector de la Universidad Intercultural). En la mesa de honor está el Licenciado Ruiz Abreu; Paty Chandomí,autora del libro que se presenta; y las dos presentadoras: Valeria Valencia Salinas y Sandra de Los Santos.
Ahora, por favor, hagamos silencio porque el moderador presenta a Valeria Valencia, quien lee su texto. Shhh.
APUNTES DE UNA LECTORA AMIGA
Valeria Valencia

Antes de referirme a la obra, quiero referirme a la autora. Prevengo al público mi poca o nula objetividad puesto que es ella, Patricia, fruto consentido de mi huerto amistoso.

Hablaré primero de ella, porque al leer a Guanábana me recuerda inevitablemente los tiempos alocados y hermosos de la universidad, en donde resaltaba entre mis compañeros una cabellera ensortijada, pantalones rotos y camisas del Che Guevara. Era ella, “la Pati” quien dejaba escuchar su firme voz para dar controvertidas opiniones en el salón de clases y la que nos contagiaba con su sonora risa que intempestivamente soltaba.

Eran tiempos agitados. Aún resonaba con fuerza la dura lección que nos daba el grito zapatista, grito de rebeldía que Paty acogió con fuerza y cariño en su corazón. Ella, muy a su manera, lo dejó salir reuniendo en varias ocasiones a bandas de rock de todo el estado en solidaridad con los desplazados zapatistas. La entrada a los conciertos era un kilo de despensa.

Les cuento todo esto en primer lugar porque supongo algunos de ustedes desconocían esta faceta de la autora de Guanábana, y en segundo, porque siempre es bueno recordar de qué madera está hecho el árbol.

En este caso, se podrán dar cuenta es una madera firme y a la vez jugosa, tan rebelde como cachonda, tan tímida como atrevida, tal y como ella misma se define. Por ello, creo atinada la elección que hizo Paty al fijar en nuestras mentes a una fruta tropical como símbolo de su poesía. El parecido con su personalidad es muy grande.

Abrir Guanábana es como abrir el pensamiento y corazón de Paty. En él hace un trabajo reporteril de la cotidianidad mediante la poesía. Son cada uno de sus poemas el registro del gran hecho que significa ser mamá, pero también mujer, compañera, fruta deseada y que desea.

En ese andar tan suyo en su huerto personal, la poetisa no olvida sin embargo a los frutos cercanos, a los que ha conocido en su crecimiento como árbol y se duele, y se sangra, y llora el abandono y la muerte ajenas. A este dolor le agrega otra de las características de su personalidad: el humor, humor costeño, Tal y como lo manifiesta en

Dónde estabas
Ay dolor de semilla, que ni me quisiste,
aunque siento,
que tú sabes que somos uno del otro,
pero no me ves,
no te reconoces.

Lunes, martes y miércoles pasan sin amor,
ay pasado a qué hueles
cuando te descubro y me niegas,
y te descubro,
y no te da gusto.

Esperé 28 años para conocer el origen,
y el origen no se acuerda,
y si se acuerda ya se perdonó,
y si no se ha perdonado,
se hace pendejo.

Y así estoy, sin pasado,
dándole de comer a los días,
con el dolor de saber que no hay amor
en la leche tirada,
ay condón de mis reclamos, dónde jodido estabas.
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Son sus poemas instantáneas de la vida, breves como el tiempo terrenal, sencillos y profundos a la vez como su pensamiento. En ellos, lleva impregnado el amor al arraigo, a la patria chiapaneca, costeña o cintalapaneca da lo mismo, el amor por el terruño lo reparte por igual.

De las notas de mi alma

Voy a ir a Francia,
a robar al griego,
necesito que me cante.

Voy a ir a España
a robar al gitano,
necesito su melancolía.

De Cuba,
lo necesito todo,
sus boleros, su mar.

De aquí.
de aquí no me puedo ir;
qué putas voy a hacer sin marimba.

Hace no mucho todavía, quizá unos 9 o diez años, en el salón de clases una melena con rebeldes rastas me pasaba un papelito a rallas, arrugado, mientras el maestro hablaba sobre algún tema equis. Era un pequeño escrito, con letra apresurada, con alguno que otro tachón. Lo leí y de inmediato lo relacioné con una fotografía familiar que había visto en su casa. Ahora, lo leo impreso en papel cultural, empastado y con una bella portada al igual que muchos otros sentimientos y reflexiones que salieron así, de manera espontánea, en un salón de clases o sentada en la orilla de una banqueta o durante su transporte en colectivo, como la vi incontables ocasiones.

Hoy, leo Guanábana y sé que es fruto de muchos sabores y sinsabores de la vida de una mujer cargada de esperanzas, de sueños, valor, amor y sobre todo de sonrisa franca, corazón sincero y mucha arrechura.

miércoles, 7 de octubre de 2009

COLABORACIÓN ESPECIAL PARA PALABRA ESCRITA


CONTAR LA VIDA

Una tarde apareció una foto. Yo buscaba un documento en el archivo “muerto” de mi casa y la foto brincó en medio de muchas más. La foto es de los años setentas. Ahí estamos Paco Gamboa, Rodolfo Castellanos y yo. Estamos en Avenida Cuauhtémoc, de la ciudad de México. Asumo que es día domingo, porque el Sol está vestido de fiesta, de fútbol en el Estadio Azteca, de paseo por Chapultepec o Xochimilco, de Cine Prado o de Museo de Arte Contemporáneo.
Para el lector, probablemente, la foto no dice nada. Es una simple foto donde aparecen tres jóvenes. Por esto debo abundar un poco más, para que el lector comprenda que esta foto dice más de lo que dice. La perspectiva cambia si digo que esta fotografía muestra a tres jóvenes comitecos que, un día, abandonaron su pueblo para ir a estudiar a la ciudad de México. Esto no tendría nada de raro, a menos que dijera que esos tres jóvenes, un día, regresaron a su pueblo y hoy viven ahí.
Por lo regular las historias de vida no son así. Muchos compas de mi generación se fueron a estudiar a otras ciudades (en los años setentas no existían tantas opciones de educación superior como ahora. Incluso en Las Margaritas existe ya una Universidad Intercultural). Muchos de esos compas setenteros se titularon y se quedaron a vivir en otros lugares. Compas de mi generación viven en otras ciudades: Tlaxcala, Puebla, Veracruz, ciudad de México y varios lugares más. Regresan a Comitán sólo en temporada de vacaciones. A veces sé de ellos, los veo aparecer en televisión o hablan de ellos en la radio o en la prensa; a veces, algún otro compa pasa el dato que fulano de tal fue a dar una conferencia al extranjero o perengano es dueño de una empresa donde gana mucho dinero; a veces sabemos que sutano, en forma más modesta, busca para la chuleta todos los días.
Por fortuna, ellos se sienten bien en los lugares donde residen y son exitosos en sus diversos campos profesionales. A veces, cuando platico con algunos de ellos, en corto aseguran que les gustaría regresar a este pueblo, pero, ¿qué regresan a hacer? Llevan viviendo fuera más de veinticinco años (¡toda una vida!). Formaron sus familias en otros cielos. Las esposas e hijos están acostumbrados a otro modo de ser. A estos compas, Comitán les resulta ya un mero referente nostálgico. Sus familiares están acostumbrados al movimiento continuo, por lo que la ciudad de Comitán se les antoja somnolienta.
¿Por qué, entonces, regresaron los tres jóvenes de la foto? Cuando a Rodolfo le mostré la foto él parodió a Gabriel García Márquez y dijo: “Vivir para contarla”.
El encuentro de la foto lo tomé como una bendición porque la mayoría de compas que salen de esta ciudad para ir a estudiar a otro lugar ¡están vivos! Muchos no regresan. Quienes lo hacen ¿por qué lo hacen?
Las fotos de generación muestran compas ya fallecidos, pero la mayoría, siempre, sigue vivita y coleando, muchos coleando, como peces, en otras aguas. Por esto las fotos antiguas son como un rayo de luz en el presente. La mayoría -dijera Gabo- ¡vive para contarla!
Por esto, cuando la foto brincó a mis manos ¡sonreí de más! Mi sonrisa fue a manera de agradecimiento a la vida, porque la foto nos muestra completos.
¿Por qué esos tres jóvenes de la foto regresaron a su pueblo? Sabemos bien que se desprendieron para ir a rodar el mundo, pero, ¿cuál fue el prodigio que provocó su regreso? ¿Qué encuentran en Comitán tres jóvenes que ya conocieron la magia de las ciudades grandes? ¿Qué encanto posee un modesto poblado ante el oropel de los grandes aparadores? ¿Qué futuro tiene un hombre que salió para conocer el mundo y apenas llegó a la orilla del mundo dio media vuelta sin atreverse a cruzar el mar?
Hace tiempo Óscar Bonifaz publicó un libro bello: “Semblanzas de mi pueblo”. Reunió una serie de fotos de principios del siglo XX y, a fines de los setentas, se ubicó en el mismo lugar para dar constancia de las transformaciones. La foto de esos tres jóvenes es una foto que juega el mismo juego. Hoy, bien podrían reunirse los tres, cuarenta años después, no para dar constancia de las transformaciones de su físico sino simplemente para invocar el prodigio del río de la vida. Ha corrido mucha agua debajo del puente, pero el agua de la vida ¡no los sacó del caudal!
A los tres los veo complacidos, agradecidos con la vida. Tal vez entendieron que el porvenir está en el corazón del hombre. Y el corazón del hombre está en el lugar donde enterró su “mushuc”.

EN MEMORIA DE LA MEMORIA

Hay una enfermedad que se llama Alzheimer. Qué ironía porque a pesar de que es un nombre que alude a la pérdida de la memoria no se nos olvida. Muchos juegan con el nombre, como si fuese un aro de esos que se avientan para ensartar en una botella. “Ya comienza a darme el alemán”, dicen y ríen. En mis tiempos de joven bromeábamos, cuando un compa olvidaba algo le decíamos: “Tomá tu sukrol”. El “sukrol” era una medicina, en pastillas, que -según rezaba el mensaje en la caja verde- ayudaba a la buena memoria. En ese tiempo el “sukrol” sólo se conseguía en Guatemala.
No juego con ese nombre. Me aterra la idea de que al mundo le diera Alzheimer y un día olvidáramos todo. Gabriel García Márquez dice, en “Cien Años de Soledad”, que un día apareció el mal en Macondo y los moradores tuvieron la necesidad de escribir en pedazos de papel los nombres de los objetos; luego debieron escribir también para qué servían.
Me aterra pensar que algún día Comitán comience a padecer esta enfermedad, que olvide los nombres de sus cosas más íntimas y el uso de cada una de ellas.
¿Alguien recuerda el prodigio de la entrada de velas y flores que parte del “Chumís” para celebrar a San Caralampio? ¿Alguien recuerda cómo eran las tallas de madera de San Caralampio? No sé. Parece que “El Alemán” ha comenzado a inundarnos, de poco a poco.
La entrada de velas y flores del año pasado fue un simple remedo de carnaval lleno de travestis y de malas copias de personajes de otras partes. Las imágenes de San Caralampio ahora son simples caricaturas de lo que fueron antes (he visto algunas imágenes de yeso donde las manos salen del pecho como si el santo no tuviera brazos. Es una imagen humillante y triste).
Dicen que no hay cura para tal enfermedad. Un día, el hombre comienza a perder los rasgos de su propia historia. Llega la hija, por ejemplo, y el viejo no la reconoce como tal. “Soy María, tu hija”, dice ella y el viejo la ve como quien mira un barco en el horizonte. Poco a poco la memoria se convierte en una nata difícil de eliminar. El hombre con tal padecimiento pierde los retazos de su historia. Llega el momento en que ¡ya no es! Pierde su pasado, su nombre, su identidad, su calidad de hombre. El árbol fuerte termina siendo una simple rama seca. La memoria se le fue, como agua, entre las manos. Tiene sed pero no sabe qué puede saciarla, no sabe qué es sed, ni sabe que el agua se llama agua y que ésta mitiga la sed. No sabe que el Sol se llama Sol y que calienta las madrugadas del hombre, porque ya no recuerda qué es la madrugada y qué el hombre.
Así Comitán, poco a poco, parece estar olvidando su memoria. En el intento de rescatar algo está apropiándose de otros rasgos culturales. Un día creerá que se llama de otra manera. Creerá que se llama Veracruz o Mazatlán cuando mire el remedo de carnaval el día de la entrada de velas y flores de San Caralampio. Creerá que el mar le corresponde y buscará una playa para desovar, pero los depredadores no dejarán que las crías vuelvan al agua.
Al paso que va, Comitán descubrirá que no se llama Veracruz y ya tampoco se llamará Comitán. Se quedará sin nombre y ya no hallará quién lo nombre.
No juego con esa palabra. Me aterra. ¿Cómo una simple palabra puede designar esa plaga que roba todos los nombres y objetos del hombre?

martes, 6 de octubre de 2009

BULTOS DE CINCUENTA KILOS


Los abuelos comitecos usaron la piedra. Pero no nos confundamos, lejos estuvieron de ser una parodia de Los Picapiedra. Nunca fueron picapedreros. Ellos encontraron el espíritu de la piedra. Porque, ya se sabe, un corazón de fuego late en el centro de cada piedra.
Los comitecos pavimentaron sus calles con piedra bola y forraron sus banquetas con lajas (rodajas de las enormes piedras).
Por esto, los hijos de esos abuelos crecieron en el espíritu de la dureza (no del corazón sino de la disciplina). Tomaron las esencias de la piedra y las volcaron en su espíritu. Comitán fue altiva como una montaña, fue nido para las aves en los más altos cielos.
Un día el cemento llegó. Los comitecos más recientes conocieron un polvo gris que debían mezclar con agua. Desecharon la piedra y se pensaron alquimistas. Construyeron laboratorios para hacer mezclas donde las varillas también fueron un material novedoso.
Hoy, el espíritu de piedra de los abuelos está a punto del derrumbe. Hoy, los comitecos de este siglo tienen "encementado" el espíritu. Por esto nos va como nos va.

lunes, 5 de octubre de 2009

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO UN GLOBO SIN AIRE ES UNA SIMPLE TRIPA



Querida Mariana, cuando oigo la palabra Globalización pienso en la palabra globo, y cuando escucho globo pienso en una esfera. Pero ¡no! La Globalización no tiene forma de esfera, más bien es como un suelo plano.
Ahora, como si el mundo estuviera representado en un mapa antiguo griego, la tierra se ha vuelto plana. Para donde mirés todo lo hallarás plano, uniforme. Como si el mundo de las ideas fuera una planicie desértica sin dunas, sin entretenidas montañas. ¡Qué aburrido!
En Comitán, como en muchos lugares del mundo, ya llegó la Globalización. ¡Pucha, qué chentos nos sentimos! Ayer me encontré con la novedad que a dos cuadras del lugar donde vivo, en la mera esquina, están remodelando una casa donde inaugurarán un Súper de esos que abren las veinticuatro horas (Dios mío, ¿a poco hay gente comprando una Coca a las dos de la mañana? Digo Coca Cola, ya sé que de la otra coca sí hay consumidores a cualquier hora de la madrugada). El Súper está ubicado a media cuadra de la tienda de abarrotes de siempre, donde los vecinos, desde niños, han comprado el pan, la leche y los dulces.
Sé que para vos el impacto de la Globalización no es tan brutal como para mí. Vos, con la mano en la cintura, comés una hamburguesa, porque –digamos- naciste en tiempos donde la comida rápida es el pan nuestro de cada día. Pero, ¿podés imaginar lo que esta comida significa para quienes crecimos comiendo panes compuestos, chalupas, tostadas de tía Petra, cazueleja con temperante de tía Elenita?
Me da una especie de sarpullido cuando entro a Aurrerá. El otro día necesité una cajita de levadura para preparar pan integral. Por desgracia esa cajita no la venden en ningún otro lugar. Bendije a Aurrerá, pero no pude evitar ese escozor cuando el cajero -como si fuera un autómata- me dijo: “¿Encontró todo lo que buscaba? Tenemos recarga de veinte, treinta, cincuenta y cien”. Pobre empleado, lo que me preguntó y me ofreció lo hace con cientos y cientos de clientes, con el mismo tono que quiere ser afectuoso y correcto. Pobre hombre. Pobres clientes.
Nací en otro tiempo y me acostumbré a otro trato. Reconozco lo que me dijiste el otro día: ¡estos son mis tiempos, también! Por esto tomo lo que me corresponde, pero cuando puedo elegir ¡elijo!
Si por necesidad extrema debo entrar a ese Súper, lo haré, aunque me provoque cierto escozor. De lo contrario seguiré prefiriendo los Abarrotes Don Luis. Ahí en donde hay una silla pequeña donde los clientes se pueden sentar sin prisa; ahí en donde doña María Elena me ofreció la otra tarde un poquito de mistela que recién había preparado; ahí donde compré unos tamalitos de chipilín que ofrecí a mi mamá (quien, por cierto, me aseguró estaban muy sabrosos).
El Súper tiene estantes metálicos, todo está en un orden que huele a perfección y a limpio. La tienda de siempre tiene estantes de madera (ya medio apolillados) y tiene un cierto desorden ordenado. La dueña debe mover una caja para encontrar otra donde están los carretes de hilo y las agujas. Muchas veces no hay lo que quiero. A esto también me acostumbré y esto fue una gran lección de vida: ¡no siempre las cosas salen como queremos!
Querida Mariana, odio el orden. Crecí en medio de esas tiendas donde el acomodo no era cosa de uniformidad. Odio los movimientos robóticos. Crecí en medio de tenderos que me conocían, me llamaban por mi nombre y me preguntaban cómo estaban mis papás y, al salir, me decían que les diera sus saludos.
Hoy vivo en medio de la Globalización que, como una de las siete plagas, se está apoderando del mundo. No reniego de estos tiempos. Trato de adaptarme lo mejor posible. Hago uso de los avances tecnológicos y los disfruto, pero cuando puedo elegir, ¡elijo el instante que me recuerda que soy un ser humano! Prefiero mil veces el trato afectuoso de doña María Elena al trato frío de un Súper impecable con cristales limpísimos.
P.d. Y lo mismo me sucede con las librerías. Me gustan más las librerías de viejo, esas donde los libros están botados en el suelo; donde para hallar un título tenés que bucear en ese mar de papel; donde huele a humedad y a viejo. ¿Será que me estoy volviendo un viejo húmedo?

domingo, 4 de octubre de 2009

TECHO DE DOS AGUAS


La foto es conocida. Gabriel García Márquez tiene un libro sobre la cabeza. El libro es su novela: “Cien Años de Soledad”, en la primera edición, con la portada de Vicente Rojo. El escritor mira a la cámara fijamente, y con esto nos mira a cada uno de los “mirones”. Es el clásico juego del espejo: el fotógrafo ve al retratado y éste mira a la cámara y con ella el ojo del fotógrafo y con eso también ve al espectador, quien mira al modelo y se pone en el lugar de la cámara y del fotógrafo. Cuando veo la foto imagino que soy el artista que está frente al escritor y veo a éste como un hombre que se refugia debajo de un libro abierto que es como el techo de una casa, de su casa, de Aracataca, de Macondo, del mundo de las palabras que es la palabra que nombra el mundo. El hombre es el mundo y el libro es el hombre y el mundo, el mundo del hombre.
Me gusta la foto porque todo libro es como un techo que resguarda nuestro espíritu que es como nuestra casa.
Es como si de pronto todo estuviera a salvo. Es como si -por ósmosis- el libro lloviera sobre nosotros y comenzara por el lugar donde la lluvia es más placentera, por la cabeza.
El otro día un amigo fotógrafo me pidió hacer una serie de fotografías donde el libro era el tema principal. En una foto me senté sobre una pila de libros; en otra puse un libro entre mis pies desnudos; en una más abracé (hasta donde mis brazos lo permitieron) un bonche de libros. Cuando tuvimos que colocar los libros sobre mi cabeza, como si fuera el perro de Pavlov, de inmediato pensé en la foto de Gabo. Por supuesto que mi amigo y yo desechamos la idea de imitar ese techo que fue como el Monte Everest sobre la cabeza del famoso escritor. Mi amigo colgó el libro por encima de mi cabeza, a manera de mariposa, y yo abrí los brazos como si fuese un moderno Atlas y el mundo no fuera más que una etérea estructura de palabras.

sábado, 3 de octubre de 2009

EL CERRO DE LA SILLA


Ahora las sillas son ergonómicas. En todas las casas del mundo hay sillas. Cuando hay carencia, las piedras sirven para sentarse. Aunque, acá en Comitán, es costumbre decir: "Tomá tu silla y sentate en el suelo".
Cuando fui niño la sala de mi casa tenía un "ajuar" con sillas de rattán entretejido.
El otro día, Paco Caballero (este es su apellido) me dijo que nos sentáramos en el pasto, debajo de un árbol. Le expliqué que soy inútil y no sé "botarme" en el suelo. Si no hay sillas en un lugar me mantengo en pie.
Debo confesar que, hasta la fecha, aún no he hallado la silla que me acomodé. Todas me resultan incómodas. Ahora mismo estoy sentado en una silla de plástico (de esas que las compañías refresqueras y cerveceras dan en comodato a los restaurantes). Poco a poco, conforme escribo, me voy escurriendo y termino con la columna como puente colgante.
Para evitar lo anterior, el otro día cambié la silla de plástico por una de madera con el respaldo recto. Después de media hora me dolían la sentadera y la espalda.
No sé porqué pienso que las "chaparritas" son las mejores. Acá en Comitán existe un mueble que llamamos "butac" o "butaque" (claro, por derivación de butaca). Su forma es como de resbaladilla y el asiento casi pega con el suelo. Por lo regular está forrado con la piel de un animal (que bien puede ser piel de vaca o de venado). Nunca he poseído un mueble de estos, pero cuando voy a casa de un afecto y me siento en uno de ellos me siento bien (al sentarme me cuesta trabajo y al levantarme mucho más, pero el tiempo que estoy sentado me siento a gusto).
En la tienda de abarrotes cercana a mi casa tienen una sillita, tejida con rattán. Es una silla para el juego de los niños (algo así como para jugar comidita). Siempre que entro a la tienda me siento de inmediato ahí, ¡me siento tan bien!
No sé si después de media hora mi cuerpo protestara, porque nunca tardo más de cinco minutos.
Estoy convencido de que aún no hallo una silla a mi medida. Me gustaría tener una silla donde mi cuerpo casi levitara, donde la función de soñar despierto fuera como estar sobre una nube.
A mí que me disculpen los inventores de todos los tiempos, pero creo que han inventado mal muchos objetos.
Eso de tener que treparse a una silla o a una escalera para cambiar un foco se me hace un signo de ineptitud "inventora".
Así ahora extiendo mi reclamo porque la "ergonomía" no ha creado la silla perfecta; o bueno, cuando menos a mis sentaderas no ha llegado.
Las sillas son incómodas. ¡No se diga de los sillones! Estos terminan ensuciándose y aventando resortes por todos lados.
En la casa de un afecto hay un sillón que lo llaman el "Perverso" porque en la superficie plana del asiento tiene un resorte que crea algo como un pequeño volcán y que resulta molesto y ofensivo para las sentaderas vírgenes.
Me gustaría poseer una silla que no me poseyera; un sillón que se integrara a mi cuerpo de tal manera que fuera como la piel de mi piel (se supone que los asientos ergonómicos crean esta sensación).
Es difícil hallar una silla amable porque cuando a los inventores se les "prende el foco" tienen que subir a una escalera para cambiar el foco fundido de su azotea.
¿Cuánta gente se ha fracturado al cambiar un simple foco?

viernes, 2 de octubre de 2009

PARA MEJORAS DEL TEMPLO DE SAN CARALAMPIO

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO LAS CHICHARRAS TAMBIÉN SE QUEDAN MUDAS



Querida Mariana, ¿has oído cómo cantan las chicharras? Sí, dije “cantan”. Hago la aclaración porque en las escuelas las chicharras “suenan”, suenan a la hora del receso. Pero yo quiero hablarte de esos animales que en todas partes les llaman chicharras y en Comitán les llamamos “Tzizquirines” (Alguien me contó que los comitecos les llamamos de esta manera porque su canto suena así: “Tzizquirín, tzizquirín, tzizquirín”. Es una palabra onomatopéyica, qué maravilla).
Nunca he visto un animal de esos, pero sí los he escuchado. Antes de que comiencen las lluvias, los terrenos del pueblo se llenan de esos cantos, es tal su clamor que el sonido puede llegar a ser desesperante. Cientos y cientos de tzizquirines parecen aullar al Sol. Los comitecos dicen que ese animalito pide lluvia y muere cuando la lluvia llega. Qué animal tan raro, ¿no? Es como si invocara su muerte. El día que yo reencarne en chicharra no cumpliré mi vocación, me haré el mudo para que cuando la lluvia llegue y mis compas tzizquirines revienten yo sonría y valore la vida.
No conozco esos animales porque, de niño, nunca trepé a los árboles. Una vez llegó un grupo de amiguitos a mi casa y me invitó a ir a matar pajaritos. Cada uno de ellos llevaba una “tiradora” colgada del cuello. Mi papá me dio permiso y salí con ellos. Caminamos mucho, poco a poco nos alejamos del Centro (lugar donde estaba mi casa) y llegamos a la periferia del pueblo, donde ya no había casas y los terrenos apenas estaban delimitados por chaparros cercos de piedra que brincábamos. Los terrenos estaban llenos de magueyales y de árboles. Para mí ese era un mundo virgen. Cada cosa que miraba era un deslumbre. Mis compas, habituados a hacer esos recorridos, buscaban con afán los pájaros entre las ramas para matarlos.
En esas estábamos (ellos colocando las piedras en las “chapetas” de las “tiradoras” y yo mirando las mariposas) cuando comenzó un ruido ensordecedor. Yo me detuve, temeroso, pero uno de mis compas me dio un manotazo en la espalda y dijo: “¿Qué te pasa? Son tzizquirines”. Él en el fondo supo que yo nunca había oído ese sonido. Me explicó entonces lo de la lluvia y de que revientan cuando comienza a llover.
Cuando regresamos a la casa no quise comer y me metí a mi cuarto, ahí me tiré sobre la cama y pensé en el destino de los tzizquirines. No entendía por qué hacían lo que hacían. Mucho tiempo después comprendería que muchos hombres hacen lo mismo. Por esto siempre desconfío de los hombres que hacen mucha alharaca, son seres que invocan a las sombras eternas. Se me hacen tzizquirines que, en lugar de lluvia, invocan un ritual al miserable Dios del ruido. Ya se sabe, querida Mariana, que Dios está más que en el grito ¡en el vacío!
Hay animales que son más discretos. Por esto me gustan, más que los loros, las hormigas. Las hormigas, al contrario de los tzizquirines, son silenciosas. Las veo, día a día, cargar su prodigioso miligramo. Lo hacen como si caminaran en puntillas. Cuando un niño les hace la travesura de borrar su camino, ellas no gritan, se confunden tantito, pero luego vuelven a encontrar la senda. Las hormigas mueren en una inundación o bajo la suela de un zapato, pero siempre lo hacen de forma silenciosa. En cambio -qué horror- los tzizquirines cogen a cada rato el pandero y llaman nuestra atención para decirnos: “¡Miren, miren, estoy a punto de morir! ¡Miren!”. ¿Por qué lo gritan a los cuatro vientos? ¿Quieren que les demos un diploma por hacer el prodigio de hacer llover?
P.d. ¿Vos conocés a los tzizquirines, Mariana? ¿Vivís al lado de alguien que tiene espíritu de chicharra?

INVITACIÓN - FORO DE COMUNICACIÓN - PARTICIPA ARCADIO ACEVEDO, DESTACADO PERIODISTA.


La Asociación de Redactores y Reporteros Prensa Chiapas AC (ARRPRECH) en coordinación con la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH)
Invitan al

Primer Foro de Comunicación y Libertad de Expresión

Se realizará este sábado 3 de octubre a partir de las 10 horas en Calle Diego de Mazariegos 19, en el centro de San Cristóbal

Son tres los ponentes:

10:00 Registro de asistentes

10:30 * El doctor Héctor A Guillén Bautista, abogado general de la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH)
Acceso a la Información Pública

11:30 Cofee Break

12:00 Arcadio Acevedo, caricaturista y columnista
La caricatura política: Cenicienta popular del periodismo

13:30 Lic. Víctor Ventura Vega, subdirector de Procesos zona altos de la PGJE
Delitos de prensa

17:00 Sesión de la ARRPRECH

Domingo

12:00 Toma de protesta de la nueva dirigencia estatal de ARRPRECH, encabezada por Sergio Melgar y comité directivo, por parte de Roberto Píñón Olivas, dirigente nacional de la Federación de Asociaciones de Periodistas de México AC (FAPERMEX)

Invitamos a todos los y las compañeros (as) reporteros (as), fotógrafos (as), editores (as) y demás periodistas en activo que nos acompañen a este foro académico.

Un abrazo
Sergio Melgar

jueves, 1 de octubre de 2009

INTENCIONES BLANCAS


Marcos fue con el carpintero y luego con el pintor. Ayer subió a una escalera y clavó el letrero en la parte superior de la puerta de entrada de su casa. Luego improvisó una pequeña sala con dos "butaques" forrados con piel de vaca y una pequeña mesa de centro. Colocó unas revistas viejas y esperó la llegada del primer cliente.
El primer hombre que entró a su "consultorio" fui yo, porque fui a comprar avena integral. Me encontré con la novedad de que ya no vende productos naturistas, a partir de la tarde de ayer es: "Doctor especialista en miradas".
Un poco como si fuera iridólogo se le ocurrió ofrecer sus servicios de "lectura de miradas". Su promocional reza: ¿TIENES PROBLEMAS PARA VER EN LOS OJOS DEL OTRO LAS INTENCIONES BUENAS Y MALAS? EL DOCTOR MARCOS OCEJEDA TE RESUELVE TUS PROBLEMAS. CINCUENTA PESOS LA CONSULTA. RESULTADOS GARANTIZADOS.
¿De dónde sacó esta idea? No pregunté porque se me hizo una falta de respeto. En cuanto me enteré que ya no vendía avena me despedí, pero él me detuvo tantito. Como había sido su primer visitante me ofreció un vaso con horchata. Yo recibí el vaso y me senté en uno de los butaques, ahí en medio del zaguán, comenzó a llover tantito, el patio de la casa se humedeció.
Él estaba en silencio y yo también. Pensaba en cómo le hará para ganar dinero; es decir, algo no encaja. Imaginé que yo era un cliente y quería "ver en los ojos del otro las intenciones buenas y malas". ¿Cómo le hace el "doctor" para ver al otro si sólo estoy yo? Así que no dudé, saqué mi cartera y puse un billete de cincuenta sobre la mesita y le dije a Marcos que, ya que estaba ahí, pues aprovecharía a consultar.
Marcos se paró,fue a otro cuarto y regresó con una bata blanca y con un pequeño aparato, como un monóculo de plástico. Se sentó frente a mí y colocó el aparato sobre mi ojo derecho, me dijo que cerrara el izquierdo. Luego de un minuto, más o menos, me dijo que ya estaba listo. Me entregó el aparato, que era como una moneda de diez pesos y, en voz baja, me dijo que cuando yo esté frente "al otro", así, como quien no quiere la cosa, dirija la lente a la cara de él (o de ella). "En seguida aparecerá sobre la lente el resultado". Hizo una prueba, llamó a su hermana Martha, ella salió de la cocina, limpiándose las manos con el delantal, atravesó el patio, corriendo porque la lluvia había arreciado, y entró al zaguán. Marcos le dijo que se quedara ahí en la entrada y me dijo que dirigiera el aparato hacia ella. Un poco riéndome (por dentro) puse mi mano sobre mi rodilla derecha y moví la lente hacia el rostro de Martha y en la lente, como si fuese una pantalla de celular, se iluminó una franja amarilla. Marcos le dijo a su hermana que se retirara. Mientras ella corría de nuevo, el "doctor" me dijo que la intención de su hermana era neutral. Cuando la lente se ponga blanca, la intención del otro es positiva; si se pone roja, ya se sabe.
Ahora tengo la lente acá, entre mis manos, y, sólo por mera diversión, la llevaré a mi trabajo y, sólo como mero juego, la probaré entre mis compañeros. Mañana les platico.
Caras vemos, intenciones no sabemos.