viernes, 2 de octubre de 2009

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO LAS CHICHARRAS TAMBIÉN SE QUEDAN MUDAS



Querida Mariana, ¿has oído cómo cantan las chicharras? Sí, dije “cantan”. Hago la aclaración porque en las escuelas las chicharras “suenan”, suenan a la hora del receso. Pero yo quiero hablarte de esos animales que en todas partes les llaman chicharras y en Comitán les llamamos “Tzizquirines” (Alguien me contó que los comitecos les llamamos de esta manera porque su canto suena así: “Tzizquirín, tzizquirín, tzizquirín”. Es una palabra onomatopéyica, qué maravilla).
Nunca he visto un animal de esos, pero sí los he escuchado. Antes de que comiencen las lluvias, los terrenos del pueblo se llenan de esos cantos, es tal su clamor que el sonido puede llegar a ser desesperante. Cientos y cientos de tzizquirines parecen aullar al Sol. Los comitecos dicen que ese animalito pide lluvia y muere cuando la lluvia llega. Qué animal tan raro, ¿no? Es como si invocara su muerte. El día que yo reencarne en chicharra no cumpliré mi vocación, me haré el mudo para que cuando la lluvia llegue y mis compas tzizquirines revienten yo sonría y valore la vida.
No conozco esos animales porque, de niño, nunca trepé a los árboles. Una vez llegó un grupo de amiguitos a mi casa y me invitó a ir a matar pajaritos. Cada uno de ellos llevaba una “tiradora” colgada del cuello. Mi papá me dio permiso y salí con ellos. Caminamos mucho, poco a poco nos alejamos del Centro (lugar donde estaba mi casa) y llegamos a la periferia del pueblo, donde ya no había casas y los terrenos apenas estaban delimitados por chaparros cercos de piedra que brincábamos. Los terrenos estaban llenos de magueyales y de árboles. Para mí ese era un mundo virgen. Cada cosa que miraba era un deslumbre. Mis compas, habituados a hacer esos recorridos, buscaban con afán los pájaros entre las ramas para matarlos.
En esas estábamos (ellos colocando las piedras en las “chapetas” de las “tiradoras” y yo mirando las mariposas) cuando comenzó un ruido ensordecedor. Yo me detuve, temeroso, pero uno de mis compas me dio un manotazo en la espalda y dijo: “¿Qué te pasa? Son tzizquirines”. Él en el fondo supo que yo nunca había oído ese sonido. Me explicó entonces lo de la lluvia y de que revientan cuando comienza a llover.
Cuando regresamos a la casa no quise comer y me metí a mi cuarto, ahí me tiré sobre la cama y pensé en el destino de los tzizquirines. No entendía por qué hacían lo que hacían. Mucho tiempo después comprendería que muchos hombres hacen lo mismo. Por esto siempre desconfío de los hombres que hacen mucha alharaca, son seres que invocan a las sombras eternas. Se me hacen tzizquirines que, en lugar de lluvia, invocan un ritual al miserable Dios del ruido. Ya se sabe, querida Mariana, que Dios está más que en el grito ¡en el vacío!
Hay animales que son más discretos. Por esto me gustan, más que los loros, las hormigas. Las hormigas, al contrario de los tzizquirines, son silenciosas. Las veo, día a día, cargar su prodigioso miligramo. Lo hacen como si caminaran en puntillas. Cuando un niño les hace la travesura de borrar su camino, ellas no gritan, se confunden tantito, pero luego vuelven a encontrar la senda. Las hormigas mueren en una inundación o bajo la suela de un zapato, pero siempre lo hacen de forma silenciosa. En cambio -qué horror- los tzizquirines cogen a cada rato el pandero y llaman nuestra atención para decirnos: “¡Miren, miren, estoy a punto de morir! ¡Miren!”. ¿Por qué lo gritan a los cuatro vientos? ¿Quieren que les demos un diploma por hacer el prodigio de hacer llover?
P.d. ¿Vos conocés a los tzizquirines, Mariana? ¿Vivís al lado de alguien que tiene espíritu de chicharra?