domingo, 5 de abril de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA A LA MITAD




Un lago ¡a la mitad! La mitad de una mojonera y la mitad de un hombre con cerveza Cabro en la mano derecha.
Una fotografía no es más que una fracción del mundo, no es más que un instante fragmentado.
Habrá que decir que el hombre sentado, con la cerveza en mano, nació en Comitán, una ciudad que, también, está partida a la mitad. En una mitad viven los que ahí nacieron y en la otra los que ahí llegaron. ¿Cómo llegan los que llegan? Con la misma facilidad con que el hombre que está sentado en la mojonera puso su nalga izquierda en territorio de Guatemala. Porque, para quienes nacieron en Comitán, y viajan constantemente a Guatemala no es noticia ni causa asombro que la línea divisoria está apenas señalada por mojones. Quien sabe nadar puede, tranquilamente, pasar de un lado a otro de esa línea donde están colocadas las boyas: una brazada puede estar en Guatemala y la otra en México. No hay tiburón ni charal que impida que una persona nade en el agua de ambos territorios. Tal vez la máxima lección sea esa: el agua de esa laguna no distingue territorios, fluye libre por ambas orillas, va de un lado a otro, como si fuese aire, porque el aire tampoco sabe de fronteras. Así pues, el hombre de esta fotografía se sintió agua, se creyó aire y puso una nalga en territorio chapín y dejó que la otra, la nalga derecha, continuase en territorio mexicano, para no perder la identidad. Hizo más, cerró los ojos, con la cerveza guatemalteca en su mano y cantó, en voz baja, el Cielito Lindo, como para sentirse parte de ese conglomerado que en el estadio de cualquier mundo toma cerveza y canta “qué lejos estoy del suelo donde he nacido”, aunque, como en este caso, sea una mera ficción, porque el pie derecho sí está en suelo mexicano. El lugar (todos los comitecos lo saben) se llama Gracias a Dios, y este pueblo es como una mojonera que delimita los territorios mexicanos y chapines. En el pueblo es más difícil saber en qué momento se está en el otro territorio. Llega un instante en que nadie sabe bien a bien por dónde camina. No hay nadie que impida (como sí sucede en la frontera Norte) un paso más allá de la frontera. No hay restricción alguna. Todos los viajeros son como agua, como aire, como pájaros, como gusanos. Es triste reconocer que sólo el hombre y la mujer tienen vedados sus pasos por territorios “ajenos”. ¿Quién determina por dónde debe caminar el hombre?
Resulta difícil pensar que las naciones también tienen restricciones ¡de vuelo! ¿Cómo alguien tiende una línea en el cielo para delimitar espacios? El hombre de esta fotografía, ese mediodía no tuvo intenciones de vuelo, dejó sus alas prendidas en la pared de su cuarto. Lo hizo así porque tenía intenciones de volver a casa por la tarde (y así lo hizo), pero llamó su atención la facilidad de llegar a una nación extranjera y pasar y caminar como Pedro por su casa. En menos de una hora (en automóvil, sin necesidad de vuelo) llegó a Gracias a Dios. Se sentó en esa mojonera que señala la división entre Guatemala y México, miró el cielo y vio cómo las nubes, igual que él, volaban de un lado a otro sin problema alguno. Las nubes eran libres, libres también era el viento, el agua y las hojas de los árboles. La libertad era uno más de los prodigios de ese mediodía. Por esto, el hombre cerró los ojos y en voz baja cantó: “…cantando se alegran, cielito lindo, los corazones…”. Y supo que todo era un canto, porque la voz, la palabra, también, igual que el colibrí, vuela libre por todos los cielos. Sólo el paso del hombre puede ser detenido, colocado en pausa. El pensamiento no conoce de mojoneras ni de cables tendidos por encima de una laguna. La palabra es como una nube que va de un lado para otro y llueve donde quiera, donde se arracima el bosque, donde la semilla apenas muestra, como gusano, su cabeza por encima de la tierra.
El hombre subió a su auto y viajó no más de una hora, lo hizo con la intención de llegar a Gracias a Dios y poner una nalga en territorio guatemalteco, lo hizo para sentarse en ese trono blanco que es como una silla majestuosa que posee el don de dividir el mundo en dos, a cualquier hora, en cualquier instante. Lo hizo para cerrar los ojos e imaginar que, a veces, dividir el mundo en dos no es más que un mero juego por donde los hombres y mujeres transitan libremente y juegan a brincar de uno a otro lado: “ahora estoy en mi país, ahora en otro; ahora regreso, ahora me voy”. Porque todo está a la mitad, a la mitad la ventana, a la mitad el corazón.

sábado, 4 de abril de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE SE HABLA DE MÉXICO




Querida Mariana: México es mi país y es el tuyo también. Como si no bastaran todas las coincidencias que nos unen ¡poseemos el mismo país! No es poca cosa. Tengo amigos cuyos afectos más íntimos son mujeres norteamericanas o españolas. Los comitecos vivimos cerca de la frontera de Guatemala, vamos de paseo a Atitlán, a la Antigua, o vamos de compras a La línea. No es raro, entonces, que algún comiteco se enamore de una patoja. Quien se enamora de una patoja (chapina, guatemalteca) adquiere una doble nacionalidad, porque el amor no es más que atar otra cuerda al nudo que ya poseemos. Por eso, cuando hay una coincidencia de patria hay una coincidencia de realidades y de sueños. Nosotros respiramos los mismos aires limpios y, de vez en vez, padecemos los mismos olores de albañal.
Me llegan Noticias del Imperio, querida Mariana. Esas noticias dicen que Fernando del Paso cumplió ochenta años. Los cumplió una mañana de Semana Santa. Y esta noticia hace que yo recuerde dos cosas: una, que te debo un libro, el libro de don Fernando que se llama “Palinuro de México”. Una tarde, en el corredor de tu casa, mientras tomábamos té de limón, te dije que esa novela es brillante. Y dos, también hace que yo recuerde mi infancia en temporada de la Semana Mayor, en Comitán.
Molcas es el sobrenombre que, en algún instante, elegí. El mejor amigo de Palinuro es el Molkas. Mis alumnos me han puesto mil apodos, pero ninguno ha logrado sobrevivir. Digo sobrevivir por encima del nombre. Sé que los apodos los callan. Ahora, mis alumnos universitarios (ellas, sobre todo) me dicen Moli, apócope de mi apellido. Muchos de mis ex alumnos sí me dicen ¡Molcas! Cuando voy por la calle y ellos caminan en la banqueta de enfrente o van conduciendo sus autos, gritan: ¡Molcas!, yo me paro, vuelvo la mirada, levanto la mano y los saludo. El Molcas lo retomé de la novela de Del Paso y de un cuento de Héctor Aguilar Camín (“Mañana lloraré”). No sé cuántas personas en el mundo eligen su sobrenombre, pero yo sí lo hice y ando en el mundo bulbuluqueando mi apodo por todos lados. Pensé que si debía tener un apodo, que fuera, cuando menos, algo como un homenaje a los libros, que tanta vida me han dado. Pero cuando alguien me dice otro apodo no me molesto, es como si alguien tocara un güiro sordo y discreto. Dos minutos después ya la melodía está en el fondo de un barranco. El otro día, un compa que trabaja en el ayuntamiento quiso ofenderme y me dijo “papa”, dizque así había escuchado que me decían de apodo. Yo sonreí y dije que no me decían así, que había escuchado mal, que a mí me lo dicen con tilde: papá, y lo repetí ¡papá! Se quedó mudo. Seguí caminando. A mí no me ofenden los apodos. Sé quién soy y cómo me llamo. Como dijera el clásico: buena lana gastó mi papá en el registro civil y en mi bautizo para nombrarme Alejandro Benito.
Hace años conocí, en la Ciudad de México, a una muchacha bonita que cuando le pregunté su nombre, me dijo: “Me llamo Grandet, con t al final”, y cuando lo dijo fue como si escupiera la te con una dignidad de reina. Ya luego, uno de sus amigos me confió: “La grande está medio tocada. El nombre lo robó de una novela francesa”. Investigué y di con la pista: era el apellido de Eugenia, título de la novela de Balzac: “Eugenia Grandet”. El amigo dijo que era una muchacha rara, a mí se me hizo genial; admiré que, a fuerza de su insistencia, supliera el común Guadalupe que llevaba de pila por el enormísimo Grandet. Hay gente que retoma nombres de personajes sublimes del cine o de la literatura. Lo hace sólo para sentirse parte de otro mundo. Sí, Mariana mía, reconozco que en mi intento de tener el sobrenombre de Molcas existe el deseo de mezclarme tantito en ese mundo donde los personajes permanecen inalterados.
Ochenta años cumplió don Fernando. Una de sus declaraciones fue que hubiese podido dar más en la vida, pero que está satisfecho con lo realizado. Ah, es que la vida es apenas un instante, no alcanza para hacer más. Pero don Fer ha dado mucho, mucho más que muchos. Basta leer ese prodigio de novela: “Palinuro de México”, para entender que hay hombres y mujeres que son como cielos. Inicialmente pareciera que construyen icebergs o montañas. ¿Quién se atreve a escalar el Everest sin piolet y cuerdas? Mas cuando, después de largas jornadas de camino al lado de precipicios, se llega a la cima, basta mirar el horizonte desde ahí para entender que esos hombres y mujeres han valido la pena. Los ochenta de don Fernando han sido un privilegio para la vista y para el espíritu. Su palabra no ha sido la cuerda que enreda cuellos sino la que ayuda a construir puentes.
Y al saber que don Fernando cumplía ochenta, recordé que te debo el libro y, como los cumplió en semana santa, recordé una tarde en que mis papás me llevaron al templo de Santo Domingo, para escuchar el Sermón de las Siete Palabras. El interior del templo era como una sucursal del infierno. Había tanta gente que el clima templado de afuera había sido convertido en un clima parecido al de Tonalá, pero sin el agua del mar. Apestaba a sudor revuelto con perfume barato y con cerveza, porque un borracho estaba a mi lado. Pensé que los comitecos eran fregones y hacían una representación muy real del momento en que crucificaron a Cristo, en medio del polvo, de la sangre y del hedor de los soldados romanos.
¿Siete palabras? Uf, don Fernando no se conformaría con tal economía de lenguaje. Don Fer es basto. La riqueza está en la selva de lianas que conforman su selva literaria. Ah, qué deslumbre de rebose, qué manera de vomitar luz.
Esa tarde, donde las mujeres vestían de luto y los hombres llevaban traje oscuro, en medio de ese sopor, el cura se aventó un sermón como de hora y media. Yo esperaba que, en efecto, el padre repitiera siete palabras, pero resultó que tampoco Jesús dijo ¡siete palabras! Son más. Aún no sé por qué la iglesia insiste en llamar al sermón el Sermón de las Siete Palabras, cuando son más, muchas más. Pero, bueno, querida Mariana, ya sabés cómo somos los humanos. Nos encanta complicar lo sencillo.
El momento que más me impresionó fue cuando el sacerdote dijo que explicaría “la quinta palabra”. El padre colocó sus manos sobre la tribuna y, como si fuese un actor del cine mexicano de la época de oro, dijo: “Tengo sed”. Yo quedé viendo a mi papá y miré que él, igual que yo, igual que todos los que estábamos en el templo: teníamos sed. (Creo que el más sediento era el bolo de mi lado, porque a esa hora, se hincó, apoyándose en el asiento de la banca, se medio persignó y salió trastabillando). Entendí que Jesús hablaba de una sed física porque un soldado romano, en lugar de darle agua, metió una esponja en vinagre, la ensartó en la punta de la lanza y alcanzó los labios del Señor, en uno de los actos más mierdas que registra la historia. Pensé que no era justo que le hicieran eso a Jesús, un hombre que había recomendado el amor al prójimo. Y ahí estaba ese prójimo cabrón haciendo más intensa su sed. Digo que supe que Cristo hablaba también de una sed espiritual, porque, años más tarde, el padre Carlos, una mañana en que platicábamos en su oficina, me explicó el concepto de sed. El padre dijo que Jesús hablaba de una sed más allá del agua, me dijo que los hombres más estériles son los que no tienen sed. El mundo, dijo el padre, es de los sedientos, de los que no están conformes con lo que tienen o con lo que son. Al final, el padre dijo que los hombres y mujeres deberíamos tener sed de acercarnos a Dios, de abrir norias en la tierra para alcanzar el agua del cielo. Y esa imagen me gustó, querida Mariana. Desde entonces, pienso lo mismo que el padre Carlos, miro por todas partes que los hombres y mujeres que tienen sed son los que logran las transformaciones personales y de la sociedad. El mundo alcanza mejores aires, gracias a hombres y mujeres que abren sus bocas y sus espíritus porque tienen sed de justicia, de aprender, de ser, de vivir.
Como si hubiese yo presagiado qué iba a decir muchos años después el Procurador de la República, jalé la tela del pantalón de mi papá y le dije: “ya me cansé”; entonces, mi papá, contra su costumbre, le dijo a mi mamá que saliéramos ya. El rito estaba por concluir. Nosotros estábamos chapeados por tanto bochorno. Pedimos permiso entre tanta gente y salimos a la luz de la tarde, al aire libre del centro de Comitán. En ese tiempo todavía se conservaba la manzana frente al atrio del templo. Caminamos por la banqueta, le dimos vuelta a la manzana y llegamos al parque. Ahí, mi papá me compró un globo y luego fuimos a la Lonchería July y compramos tres tortas de pierna que fuimos a cenar a la casa.
¿Siete palabras? No, a mí tampoco me alcanzan. Desde entonces he leído decenas de libros y he bebido cientos, miles de palabras. Sigo al pie de la letra lo que el padre Carlos me enseñó: ¡soy un hombre que tiene sed! Sed de leer, de acercarse al mundo de la literatura. Gracias a los libros conocí el prodigio de la palabra de Del Paso, quien, hace días, cumplió ochenta años.

Posdata: Pude nacer en otra ciudad, en otro país. Por fortuna nací en Comitán y tengo a México como mi país. A veces pienso que las fronteras son una estupidez y sueño en que el mundo las borrara, pero mientras llega ese día, me siento orgulloso de esta patria y agradezco porque vos también seás de acá. Tenemos los mismos anhelos para nuestra patria; olemos los mismos hedores de albañal que, a veces, vuelan por encima del aire limpio que todos deseamos para este país. De acá, también, es don Fernando Del Paso, por eso mismo Palinuro no es de Francia ni de Sudáfrica, Palinuro, igual que el Molkas, ¡es de México!

viernes, 3 de abril de 2015

LÁMPARAS DE PROYECCIÓN




A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en mujeres que son como películas infantiles y mujeres que son como gavilanes a mitad del desierto.
La mujer película infantil tiene el encanto de las abuelitas que recuperan su juventud a la hora que son besadas por lobos feroces que tienen los ojos grandes para mirarlas mejor. Es la mujer ideal para hombres que sueñan con castillos y con dragones que vuelan para salvar reinos. La mujer película infantil carece de efectos especiales, de esos tan de moda donde, en un segundo, un héroe arrasa a un ejército de mil soldados. La mujer película infantil alienta el vuelo sencillo, con alas simples y brinda la esperanza de que sí es posible iluminar estadios con una simple lámpara de mano. Es una mujer prodigio, pero es una mujer que está en peligro de extinción. Es muy difícil hallar una de ellas en estos tiempos de cine tan vacío, tan de adultos.
Yo conocí a una mujer película infantil, la conocí hace años, cuando era un adolescente, en un cine donde exhibían películas XXX, en la Ciudad de México. Me sorprendió que una mujer tan de veinticuatro cuadros por segundo estuviera sentada en medio de una caterva de perversos que se toqueteaban sus partes íntimas, mientras en la pantalla aparecían escenas con mujeres jadeantes y hombres sudados con falos enormes. Pero luego entendí. Entendí que ella era una inocente que se solazaba con el entorno, con ese calor que la sala despedía, con ese aroma de comal donde las tortillas se inflaban como sapos a punto de reventar. Entendí que ella (mujer de veinticuatro cuadros por segundo) buscaba relacionar el oleaje de esas camas con el agua tranquila de Venecia donde las lanchas bogan al ritmo de un acordeón. Entendí que ella trataba de hallar la generosidad del acto de un hombre que da sin esperar nada a cambio (y vaya, ¡cómo daban esos hombres y cómo recibían esas mujeres!). Ella era pura y, como un ángel intocado, permanecía honesta y casta, a la hora que los demás se enlodaban en la perversión de la carne. Ella era el espíritu, la campana de oro que siempre convoca a los seres de luz.
La conocí y me enamoré de ella, porque (lo confieso) amo a las mujeres que son como un candelabro o como una puerta abierta. Ella era el aire, la luz, en medio de la alcantarilla y de la oscuridad del bosque encantado.
Pero, ¡oh, cruel destino!, una tarde, ella, la mujer película infantil, se extravió. Busqué y un cinéfilo de hueso colorado me dijo que era imposible hallarla, que ella había sido filmada en formato súper ocho y que ahora todas eran distribuidas en formato devedé.
Salí de la sala, dejé a los calenturientos aficionados al cine porno. Los dejé en su soledad, imaginando la posibilidad de acercarse a esas mujeres inalcanzables. Los dejé en la penumbra sólo iluminada por el reflejo de la pantalla. Salí, me subí el cuello de la chamarra, metí mis manos adentro de las bolsas y caminé por un callejón, apenas iluminado, en medio de una llovizna. Pensé que ahora las mujeres no sólo vienen empaquetadas en devedé o en formato blue ray, sino que, cada vez más, están impregnadas con aromas violentos, manchadas con rayones donde sus tetas y sus rajadas húmedas son lo principal.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en mujeres que son como una construcción hecha de nubes y mujeres que son como una flor de papel.

miércoles, 1 de abril de 2015

DÍA DEL OLVIDO




Pasamos de noche. No registramos los actos más importantes de nuestra vida. No podemos celebrarlos como deberíamos. ¡Ah, si fuéramos como mi tía Alicia! El otro día fui a su casa, llena de esas flores que acá llaman cartuchos, casa llena de orquídeas. Los cartuchos florecen en el sitio, para que se alimenten, la tía mandó a construir pequeños canales donde fluye el agua en forma constante; las orquídeas las sembró sobre un muro de agua; de igual manera, el agua fluye permanentemente, en forma de goteo que cae de un tubo instalado en la parte superior. Esa mañana la hallé pepenando piedras, pequeñas, apenas guijarros. Cuando le pregunté por qué hacía eso, ella me dijo que había llegado en buen momento porque celebraría el Día de la Piedra. ¿A poco existe ese día?, pregunté y me llevé las manos a la cara para mostrar mi cara de exceso. ¡Lo que inventa el mundo!, agregué. Pero mi tía explicó que no sabe si tal día existe, pero ella lo celebra, porque, como letrero clásico de lista de efemérides, dijo que un mismo día del mes de marzo, pero del año 1938 levantó la primera piedra. ¡Por el amor de Dios!, dije y pregunté ¿cuántos años tenía en ese momento? La tía levantó una piedrita más y la metió en la canasta de mimbre que cargaba. Dijo: “Ay, hijo, yo nací en 1930, así que ya andaba yo en los ocho”. Y me sorprendí por esa memoria y abrí mis ojos como búho encantado al saber que alguien, en el mundo, celebraba el día que tuvo una piedra entre sus manos. Y entonces, mientras la veía levantar piedras como si cortara flores, pensé en que no llevamos un registro de los actos más importantes que suceden en nuestra vida. Porque, perdón, que nadie diga que sólo deberíamos recordar los días en que conocimos a nuestra pareja o el día en que nacimos. También (la tía nos lo demuestra) deberíamos recordar el día que por primera vez vimos el vuelo de una mariposa o la primera tarde en que nos paramos a mitad del patio y sentimos caer la lluvia. Porque, así lo entendí ese día, los actos más plenos son los que nos obsequia la naturaleza. Mi mamá cuenta que la primera vez que estuve frente al mar (no recuerdo dónde fue) quedé mudo, luego pronuncié un ¡oh! de asombro y caminé hacia el mar, como si caminara sobre un puente endeble. Me detuve cerca de donde el oleaje besaba la arena y volví a quedar petrificado. Tal vez sabía que difícilmente estaría frente a otro portento como ese. Pero, el acto de la tía me demostró que lo prodigioso no está en lo basto. Tal vez la esencia de la vida consiste no en deslumbrarnos ante esos efectos especiales que Dios tiene para apantallarnos (erupciones de volcán, tsunamis, atardeceres y culebras de viento), sino en hincarnos ante lo minúsculo, lo más sencillo. ¿Cuándo fue la primera vez que descubrí una gota de agua colgando de una telaraña? Por mi memoria pichancha no puedo celebrar alguno de estos actos, como sí celebra mi tía el Día de la Piedra. De hecho no logro recordar con exactitud el instante en que me hice amigo de mis amigos ni la hora ni el día del mes en que caminé por primera vez el camino hacia Tenam, zona arqueológica cercana a Comitán. Apenas recuerdo cómo, en compañía de Fito, de Campero y de mis hijos subíamos para tepalcatear (mucho antes de que el INAH se adueñara del espacio) y nos sentábamos en el piso húmedo, cansados, pero satisfechos, y desayunábamos “paquitos de frijol” y huevos duros en salsa verde que preparaba doña Angelina, la mamá de Fito. Sería bonito recordar la fecha del prodigio y, cada año, celebrar el Día de Tenam. Sería bonito recordar la hora y el día de una mañana en que descubrí, emocionado, cómo, desde la estructura más alta de Tenam, se escucha cómo ladran los perros y cómo la señora que lava ropa regaña a su hijo y le exige que deje de jugar tierra, desde la comunidad que queda a los pies de la montaña; esa comunidad que se llama Francisco Sarabia, nombre del legendario piloto que voló mil cielos. Oí con tal fidelidad como si yo estuviese al lado de ella y la viera, sudorosa, limpiarse la frente con su brazo para continuar doblada contra el lavadero de cemento. Sería bonito celebrar el “Día en que las palabras de una mujer de Francisco Sarabia subieron como culebras por la loma y llegaron hasta mis oídos”. Pero, ya lo dije, los hombres y mujeres estamos entretenidos en otros arguendes y tendemos a no fijarnos en lo esencial.

lunes, 30 de marzo de 2015

MAÑANITAS




Todo mundo lo dice: en el Facebook tenemos amigos que no conocemos. De pronto, alguien (quién sabe por qué motivo) envía una solicitud de amistad y quien recibe la solicitud ¡se deja querer! y acepta. Tal vez el solicitante lo hace porque tiene morbo por leer el muro del otro o para chantajearlo o para publicitar alguna de sus empresas o porque, en realidad, sí es amigo del dueño del muro y le da mucho gusto encontrarlo después de tantos años (mi amigo Eduardo, quien vive en el estado de Veracruz, me envió una solicitud de amistad y fue como amarrar más el hilo que ya andaba medio deshilado, después de tantos años de no vernos. El otro día recordó que llegaba a mi casa y comíamos lima con pico de gallo, bien picante). Yo, en mi muro, tengo un amigo que tiene una taquería y todas las noches sube etiquetas para promocionar sus tacos de cachete y lengua. Yo no como carne, pero espero que alguno de mis “amigos facebuqueros comitecos” vaya y pruebe esos tacos. Espero que los tacos sean higiénicos y sabrosos. En fin, tengo muchos “amigos”, pero no sé bien a bien quiénes son. ¿Por qué acepté sus solicitudes de amistad? Porque, ya lo he dicho, soy muy escaso y casi no tengo amigos, verdaderos. Me resulta muy difícil establecer una amistad en el mundo real. Pienso entonces que si alguien solicita mi amistad “sincera” es porque le gusta leer mis textillos y eso me alegra. Por lo regular, a mi muro no subo más que mis textos. Lo hago para compartir, para compartir con, cuando menos, dos mil posibles lectores. Entiendo que existen algunos amigos que no leen las Arenillas (mi compa Javier dice que no lee las Cartas a Mariana, porque ¡son muy extensas! ¡Ah, mi compa Javier, padece el síndrome de Jaimito, el cartero, quien no entregaba las cartas y seguía sentado en la silla “para evitar la fatiga”!). Y digo que no leen mis textos porque no es posible que un segundo después que subí la foto y el texto ya aparezca alguien dándole “me gusta”. Agradezco la deferencia, pero no creo que haya leído el texto y a mí me gustaría que le dieran “me gusta” por el texto y no por la fotografía. En mi caso, la fotografía es una mera ilustración. Yo ¡comparto textos! Soy escritor, ¡no fotógrafo! En fin, de todo hay en “el muro del Señor”, algunos llegan al muro para rayarlo, otros para abrir un hueco y mirar qué hay detrás; existen algunos más que quieren ser imitadores de los alemanes y pretenden tirar el muro, porque creen que tiene semejanzas con el de Berlín; hay otros “amigos” que “entran” a mi muro creyendo que es un laberinto y se olvidan de llevar su hilo de Ariadna. Y hay (muchos) que entran a mi muro para tratar de jalar a otros a sus muros.
En la mañana, cuando entro al Facebook por primera vez en el día, reviso la relación de cumpleañeros y, sin excepción, envío un abrazo a cada uno de ellos. ¿Por qué lo hago si ya dije que a algunos no los conozco personalmente? Lo hago porque, de niño, me gustaba ir a las bodas del templo de Santo Domingo. Me paraba al lado de la fachada del templo y esperaba a que los novios salieran. Cuando los amigos, familiares e invitados lanzaban puñitos de arroz, yo me agachaba a recoger algunos granos, como si fuese paloma, y también me unía al grupo de manifestantes y lanzaba el puñito de arroz a los recién casados. Lo hacía para unirme al jolgorio, como si fuese un simple chalequero del ritual de lanzamiento de arroz. Ahora, desde mi muro, hago lo mismo. A veces no sé quién es el cumpleañero, pero es un poco como unirme a la multitud de sus amigos y familiares que, sin duda, en casa le ponen una reja de papel de china, queman triques y cantan las mañanitas. Los imagino sentados ante la mesa, con mantel blanco, auxiliándose con un tenedor para abrir la hoja del tamal, humeante, aromático. Los imagino saboreando el chocolate caliente, espumoso, generoso en su aroma de cacao. Los imagino moviendo los pies, debajo de la mesa, al compás de la marimba. Es un poco como si fuese un chalequero virtual. Sé que no hago daño. A veces dudo al enviar mi abrazo, porque leo que “mi amigo o amiga” tiene más de setenta años. Dudo porque, a veces, la gente se muere. Pero, después del titubeo escribo mi felicitación a la que anexo el deseo de que siga vivo y reciba mi abrazo, para decirle que es bueno que siga vivo. Por algo, un día, me envió una solicitud de amistad. Esto es una bendición para mí. ¡Cómo no va a ser una bendición que alguien se fije en mí y diga que quiere ser mi amigo! ¿De veras? Pero si yo soy tan escaso, tan poco interesante. Gracias, gracias por pedirlo.
Por ello, lo menos que puedo hacer es aventar un puñito de confeti el día en que cumplen años. Si alguien hoy está, como se dice en Comitán “de manteles largos”, ahí va mi puño de arroz azul, de azul color cielo.

domingo, 29 de marzo de 2015

NERUDA TAMBIÉN ERUCTABA




Algunos dicen que Sabines, otros que Efraín Bartolomé. No, señores y señoras, caramelos y bolitas. El poeta más reconocido en Chiapas es Pablo Neruda. Así como todo mundo conoce eso de “Hombres necios que…”; de igual manera todo mundo ha escuchado, cuando menos una vez en su vida, esto de “Puedo escribir los versos más…”. De Efraín Bartolomé pocos pueden citar de memoria uno o dos versos; de Sabines la estadística aumenta, pero, no puede compararse con Neruda.
El otro día hice una relectura de la novelilla “El cartero de Neruda”, de Skármeta. Me gusta, es un texto limpio, sencillo e inteligente. Los diálogos son como piedritas que ruedan sobre una montaña de azúcar. No, miento, no ruedan, se deslizan; miento, no es de azúcar la montaña, es de agua, de agua dulce; ¡no!, es de agua de mar.
Esta relectura me llevó a leer dos o tres poemas de Neruda, sólo como para afianzarme más en el poste que sostiene esta luz de quinqué. Y resulta que me encontré con algo que me provocó regurgitaciones. Y los lectores saben que no hay peor náusea que la provocada por palabras que huelen a albañal, que son como bolas de caca.
Todo mundo sabe que Neruda se atrevió a hacer poemas del tema más resbaladizo del mundo: el amor. Un maestro de retórica recomendaba en clase que nadie se atreviera a hacer poemas de amor, porque la mayoría resulta de una cursilería nefasta. Pareciera que el maestro tenía razón. ¿De qué otra manera puede decirse Te quiero? Pocos son los poetas que salen indemnes. Pensé que Neruda era uno de ellos, pero cuando leí lo que leí, pensé que el gran Neruda no era más que un compa sentado en la misma mesa de Juan Gabriel.
Y es que a veces uno espera mucho de aquellos poetas que han merecido el Premio Nobel de Literatura. El amigo que está enamorado y se atreve a escribir un poema dedicado a su amada, puede perdonársele todo, máxime si saca el papel y lo lee ya en la quinta caguama. Pero, ¿qué esperar de un Nobel de Literatura? Uno espera las más altas nubes y los más profundos abismos.
Para no fallar hice lo que Carlos hacía. Carlos es un huixtleco con quien compartí departamento en la ciudad de México, durante el tiempo que estudiamos en la UNAM. Cuando había pachanga, a la hora que ya había corrido suficiente trago, Carlos se ponía de pie y decía que declamaría. Con una mano se apoyaba en la mesa y comenzaba a declamar ¡canciones! A veces, algún despistado abría los ojos de más, como preguntándose en dónde había escuchado tal poema, mientras Carlos se sublimaba con una voz que mucho se parecía a la del mejor declamador de América: “Afuera está lloviendo amor, aquí no sopla el viento, ven, dejemos que transcurra el tiempo, en el reloj marcan las seis…”, y así declamaba dos o tres canciones, hasta que los amigos de Carlos no aguantábamos la risa y le echábamos a perder el final de una canción interpretada por Vicente Fernández. Así que, para hacer la prueba de los versos de Neruda, declamé unas líneas de una canción de José José y luego algunos versos de Neruda. Y hallé lo que ya sabía: Neruda también eructaba de vez en vez.
Va letra de canción de Chepe Chepe: “Y cuando tengas pan de mi pan y sal de mi salero, te sentirás a gusto, amor, y me dirás te quiero”. Ahora va dos o tres versos del gran Neruda: “Si de pronto me olvidas, no me busques, que ya te habré olvidado”.
Otro gran maestro de retórica siempre recomendó: nunca confíen en nombres, confíen en lo que escuchan. Y acá uno advierte que el nombre no importa. Los versos de Neruda son versos planos, sosos, cursis, derramantes (aunque esta palabra no existe, son versos derramantes, y no porque los amantes se derramen, sino porque Neruda la derramó sobre el piso y no sobre la rama).
Neruda pudo escribir “los versos más tristes”, pero también escribió los versos más sosos y comunes. En fin, todo mundo derrapa y, de vez en vez, ¡la derrama!

sábado, 28 de marzo de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE APARECE JAMES BOND



Querida Mariana: la tía Ansiedad insistía en ir a ver a Bond. Se enteró por medio de la televisión que James Bond estaría en el Centro Histórico. Jaime (su hijo mayor) le dijo que no hablaban del Centro Histórico de Comitán sino del de la Ciudad de México. Pero ¡hacele entender! No dio vuelta. No entendió que la manifestación frente a palacio municipal era reclamo de una organización. “¡No, no! -dijo- D’echo que son los extras”.
Vos sabés que la tía Ansiedad tiene tres hijos: Jaime, Bonda y Martín. Pero, estoy seguro, no sabés porqué se llaman así. Muy fácil. La tía es fanática de James Bond. ¿Mirás? Jaime, por James; Bonda, por Bond; y Martín, por Martini, que es la bebida favorita del investigador inglés.
La tía cree, desde siempre, que no hay personas en el mundo más inteligentes que los ingleses, porque James es inglés.
Desde niña se aficionó a leer libros de Bond y a chutarse todas las películas. En su casa puso un timbre adentro de un zapato. Así que cuando llegás a su casa y querés tocar el timbre, debés tomar el zapato, levantar la suela y tocar el timbre. A mí me encanta platicar con ella. Me pasa a su sala, toca una campanilla y cuando aparece Rosita (la muchacha que le ayuda en el servicio), ella sube sus manos y palmea dos veces. Ello indica que es hora de servir el té. No importa que no sean las cinco de la tarde.
La tía tiene, en su oratorio, una imagen de la Virgen de La Misericordia, cuenta que se la regaló un chapín que venía a venderle perrajes. La imagen está en el centro del altar, la flanquean dos imágenes más: una, la Virgen de Juquila y otra, San Martín de Porres. El otro día, mientras estábamos tomando el té de las “once” de la mañana, me dijo que la acompañara. Fuimos primero a la cocina y le pidió a Rosita el trasto donde había puesto agua a hervir y la tomó con dos servilletas de tela gruesa. En el altar, en penumbra, apenas iluminado por dos veladoras, la tía colocó la olla con el agua sobre un mechero y esperó a que el agua llenara de vapor la estancia. Cuando salimos me explicó que la Virgen de La Misericordia toma un color rosado cuando habrá niebla en Comitán. La tía, sobre todo en invierno, le pide a la virgen que le haga el milagro de que aparezca la niebla para que nuestro pueblo parezca Londres.
¿Pero cómo? Nuestro Comitán tiene un clima templado, que es chentería de todos. La página del Facebook que se llama “Arriba el cotz” publicó el otro día algo que es inherente a nuestra idiosincrasia: “Si así está el calor aquí, ¿cómo estará en Tuxtla?”. Pobre la tía, quisiera que nuestro clima fuera como el de Londres, pero no es posible y ¡qué bueno!
Lástima que Bond no venga a Comitán, se sentiría a gusto. A diferencia de mi tía Ansiedad no he visto todas las películas de Bond, pero sí he visto algunas. Reconozco que el interés de mi tía le ha permitido adoptar algunas buenas costumbres. Por ejemplo, que siempre sirva té se me hace un logro. En Comitán la mayoría ofrece café, pero los invitados siempre completan: “pero con pan”. Esta costumbre provoca un cierto grado de obesidad en la población. El papá de Jorge salía a correr todas las tardes, se aventaba como dos o tres kilómetros, en trote. Se vestía con un traje hermético, se forraba el cuerpo con plástico para sudar más. Cuando volvía a la casa, todo sudado y con las mejillas chapeteadas, se sentaba en una poltrona y dos sirvientas le servían una taza de café, bien caliente; entonces todo mundo veía cómo él hacía un supremo esfuerzo para evitar decir lo que decía: “pero con pan”. Las cuatro piezas de pan que comía compensaban con creces los pocos gramos que bajaba con la carrera.
Otro logro de mi tía es ¡la puntualidad! Ah, cómo extrañamos a doña Lolita Albores, quien siempre propugnó porque fuésemos puntuales, porque los actos comenzaran a la hora que estaba señalada. El jueves asistí a un acto programado para las once que comenzó a las once y veinticinco. Fui tolerante y esperé. Lo hice porque deseaba escuchar a dos de los contadores de anécdotas de Comitán: Mónica Baca Castellanos y Raúl Espinosa Mijangos. En este caso valió la espera, porque el acto fue muy jocoso e ilustrativo. Raúl mencionó que cada vez que los jóvenes estudiantes (de la Universidad del Sureste en este caso) revitalizan el lenguaje comiteco nuestra cultura toma bocanadas de oxígeno. Pero ¿y la falta de puntualidad? Más tarde fui al bar 500 noches para presenciar la presentación de un libro de Alejandro Aldana. Ahí sí ya no fui tolerante, porque estaba anunciado para las seis y media de la tarde y comenzó mucho después. Vos sabés, mi niña bonita, que me acuesto temprano, así que calculé que ya no iba a permitirme llegar a tiempo, como dijera Topo Gigio, a “mi camita, a mi camita”. Mi tía Ansiedad se ha contagiado de la puntualidad inglesa y cumple con exquisitez en citas y compromisos.
El otro día me llamó en voz baja y me dijo: “Fijate que a veces pienso que en una vida pasada viví en aquel país”, y me quedó viendo esperando algún comentario. ¿Qué podía decirle? Como vio que hacía silencio, ella agregó: “¿No creés que pueda yo haber sido bisabuela de la reina?”, y volvió a verme en espera de mis palabras. Yo no supe qué decir y dije que a mí también Inglaterra me llamaba la atención. Entonces ella pareció olvidar sus reencarnaciones y me preguntó si yo, igual que ella, usaba papel bond para escribir. Reí, entendí la alusión a su personaje predilecto y recordé el chistorete que Andrés contaba en la primaria. Cuando el papá de Andrés le preguntó, enojado, porqué había sacado siete, él dijo: “Es que usted siempre me compra cuadernos con hojas de papel Bond, el agente 007”. Sé que es un chiste barato, de otros tiempos, pero la tía aún lo saca a relucir, de vez en vez.
¿Qué hilo me une a Inglaterra? ¿Los Beatles? ¿Shakespeare? Tal vez quien nos unió sin que lo quisiéramos o lo pidiéramos fue don Charles Darwin, cuando dijo que descendemos del mono, pues ni cómo hacernos tacuatz, ¡somos mono!
Uno de los hilos es, sin duda, don Carlos Dickens, famoso escritor. Mi papá me regaló un libro donde venía un “Cuento de navidad”, de Charles Dickens. Ah, desde entonces, siempre que es navidad lo releo, rápido, pasando las hojas a la velocidad del colibrí. Lo hago porque muchos dicen que me parezco al famoso personaje del Señor Scrooge, quien es un viejo que no soporta la navidad. Fue uno de los primeros cuentos que leí, de niño, y me emocionó el entorno de aquel espacio que tenía diferencias con el Comitán cotidiano donde yo vivía. Bastaba imaginar las ventanas llenas de escarcha, donde las personas que caminaban por la calle, en medio de la nieve, limpiaban el cristal para ver el interior de las casas, iluminadas con quinqués. En mi Comitán también había quinqué, pero sus ventanas jamás estaban con el vaho de la nieve. Acá la navidad era con clima afectuoso, como si siempre nos cubriera una colcha cálida.
Ya, en los últimos tiempos, mi contacto con Inglaterra fue a través de una novelilla bien bonita, escrita por Silvia Molina: “La mañana debe seguir gris”. Es una novela autobiográfica donde narra cómo conoció al poeta tabasqueño Carlos Becerra, quien andaba por Londres. La protagonista va a aquella ciudad para perfeccionar el inglés y conoce a Carlos. La pareja camina por los pasillos y salas de la Galería Nacional de Arte Británico, la famosísima TATE, y entran a la casa que habitó Charles Dickens. La novelilla cuenta cómo ellos se enamoran. Cuando Carlos se despide de ella para ir a Italia, la chica hace lo imposible para alcanzarlo. Pide dinero a su mamá (quien está en México), dice que es para el boleto de avión, para regresar a su país, pero, en realidad, ella piensa usar el dinero para ir tras el amado. Pero, ¡oh, Dios mío, qué tragedia!, en la embajada le informan que el famoso poeta tabasqueño falleció en un accidente automovilístico, en Brindisi, Italia. Uf. Cuando leí la novelilla, algo del clima londinense apareció en mi cara y, como si mis ojos fuesen las ventanas de las casas de allá, tuve que frotarlos para evitar la escarcha.
Sé que a la tía nadie la convencerá. Ella insistirá en ir a ver a Bond. Ella, de veras, cree que Bond estará en el Centro Histórico, filmando una película. Me gustaría hacerle su gusto. ¿Pero cómo hacer que la niebla aparezca en este territorio donde los días claros e iluminados son como el pan nuestro de cada día? (Chin, ya volví a poner el pan “sobre la mesa”).
Si un día, alguien me dijera que Julio Cortázar ha vuelto a la vida y estará en el Centro Histórico a mí me gustaría que alguien me llevara para que, aunque fuera de lejos, yo viera su carita de niño juguetón.

Posdata: ¿Jugamos a que soy Bond, ¡James Bond!? ¿Llego a tu casa a las 007?

viernes, 27 de marzo de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE LA LUZ REPOSA EN EL PISO





Como si brotara de la laja ¡la juncia! La juncia que, por designio natural, está colgada de los árboles acá aparece tendida como alfombra para bendecir el suelo que pisan los pies de estos hombres y mujeres que, año con año, llegan puntuales a la cita. La fotografía fue tomada a las siete de la mañana con cincuenta y dos minutos, del día viernes veintisiete de marzo de dos mil quince. La mañana era limpia como cristal, fresca como agua de chilacayote, afectuosa como corazón de quetzal.
Como si brotara del piso ¡el aroma! El aroma de la palma y de la juncia. Las mujeres y hombres son como seres de copal. En medio de los aromas más naturales de la tierra tejen las palmas. Tejen cruces que serán usadas para la bendición del día domingo. Sentados, muy formalitos, al amparo de los arcos del Centro Cultural Rosario Castellanos, como si pasaran las cuentas de un rosario, entrecruzan las líneas de la palma. Tejen cruces, porque ese es su destino. Cualquiera podría imaginar que ellos estarían señalados para bordar otro tipo de formas, acaso nubes o pájaros. Pero no, el destino los marcó y ellos aceptan ese sino.
Como si brotara del fuego ¡la tierra! Porque ellos son herederos de los hombres primeros, de quienes, con sus manos, llenas de tierra, han modelado el fogón donde el hombre y la mujer calientan sus penas, miserias y anhelos. Esta mañana de viernes, ellos comenzaron una labor que es herencia de siglos. Vuelven a tejer los sueños de otros, de quienes (con regateo encima, ¡cabrones!) adquieren esas maravillas bordadas.
Como si brotara de la nada ¡el prodigio! Porque antes de que pasen por sus manos sabias, la palma no es más que un bonche de tiras. Cuando la palma comienza a desgajarse en rayos, aquélla comienza a tomar la forma de un haz de luz. Las manos dóciles y experimentadas van dando forma a las tiras y se convierten en trenzas que iluminan la frente del mundo. Ah, qué hermosas esas colas trenzadas, son como caireles en la cabellera del universo.
Como si brotara agua del templo ¡el camino de luz! Un camino de luz es lo que forman estas personas, estos hijos de la niebla. ¡Qué diferencia con la mierda que provocan los integrantes de organizaciones! Acá hay un tendal de mirtos, un revoltijo de aire que forma un viento de piedra.
Gladys Bonifaz dice que el Centro Cultural está bañado en piedra, bañados en nubes estas personas que, año con año, vienen a dejarnos un río de agua limpia.

miércoles, 25 de marzo de 2015

PALABRAS ABRACADABRANTES




La palabra accidente me provoca escozor. Al escucharla quedo, durante un segundo, en pausa. Cuando alguien comentó que Rosario Castellanos nació “de manera accidental” en la ciudad de México preví que dicha palabra era como una piedra a mitad del camino. Me causó desazón saber que los nacimientos ocurrían, también, de manera accidental. Pensé entonces en aquellas muchachas bonitas que, sin desearlo, quedan embarazadas una noche después de asistir al antro. Es un absurdo que el acto de amor termine en un “accidente”.
Mi mamá me recomienda que lleve en mi pantalón un frasco de pegamento para placas dentales, me dice que por si ocurre algún accidente; lo mismo escucho que la tía Romelia le dice a mi prima Rosaura y le da una toalla sanitaria. Pienso que estos sucesos no tienen mayor relevancia, pero la palabra está presente. En Comitán se cuenta del caso de un maestro que pasó al pódium y comenzó a leer un discurso y, a mitad de éste, se le cayó la placa (por esto mi mamá insiste); igual (¡qué pena!) he visto a muchachas bonitas que manchan el pantalón. Pero, bueno, estos “accidentes” no pasan de ruborizar a los que tienen la infortuna del suceso. Al final se quedan como meras anécdotas para que algún Molinari del mundo las ventile.
Pero, en la vida diaria y a lo largo de la historia, hay accidentes que sí transforman el rumbo de lo cotidiano. A veces, cuando escucho la palabra me cimbro al pensar que en el universo hay fenómenos que, tal vez, entran en la categoría de accidente. No sé si el famoso Big Bang fue uno de éstos. Quiero pensar que no. Los accidentes son sustancias que se salen de control.
Hoy en la mañana escuché que hubo un accidente aéreo, en los Alpes. Tal accidente provocó la muerte de más de ciento cincuenta personas. Es en estos casos cuando pierde relevancia el accidente de la placa o el del pantalón manchado de la muchacha.
¿Y si todo es un accidente? ¿Es un accidente nuestra existencia? El tío Eugenio, cuando está medio bolo, se pone de pie, levanta los brazos para que todos hagan silencio y cuando éste ya está instalado a mitad del patio, dice: “Vinimos a la vida para hacer grandes cosas”. Los amigos y compadres asienten y abren la boca ante tan profunda revelación filosófica, pero acto seguido el tío levanta el tarro de cerveza y bota de un tajo el pedestal de gloria: “Por eso ¡chúpenmela!, golosas”, y comienza a tentalear a las comadres que están cerca, quienes lo toman a broma, ríen y lo esquivan. En la mayoría de veces el tío cae como regla al tropezar con las sillas plegables. Por ello, en una ocasión, la tía Elena le reviró una rima que hizo que medio mundo se carcajeara. “¿Que te la chupe? ‘Caso soy tu perra, mejor, ¡borracho, chupa tierra!”.
A la hora que el tío cae al piso se produce el accidente. Hasta la fecha tal acto no ha pasado de moretones en los brazos y en la cara, pero una vez, en una reunión familiar, Martincito (nieto de tío Cándido) estaba sentado en una silla a la orilla de la mesa; para alcanzar el plato de sangrita, se subió a la silla y puso una pierna sobre la mesa, a la hora de extender el brazo, la pierna que tenía sobre la mesa resbaló y cayó al piso. Varios rieron, la mamá brincó a levantarlo, pero se dio cuenta que el niño tenía un hilo de sangre en la boca. El niño cayó sobre el filo de una banqueta. El guateque se convirtió en una tragicomedia, por la borrachera de algunos amigos y compadres que, en intento de ayudar, tiraron una de las ollas que estaba en el corredor. La comadre Eulogia resbaló con el frijol derramado, a la hora del resbalón abrió las piernas y muslos como si fuese un compás. Uno de los niños que estaba frente a ella gritó: “Mamá, mamá, ya se cayó mi tía y está mostrando su paloma”. Ella trató de cerrar las piernas, pero todo mundo vio que no llevaba ropa interior. Desde entonces, cuando hay un festejo, el tío Chinto rasga su guitarra y dice: “Con todo respeto, para mi comadre Eulogia, le dedico esta bonita canción…” y canta ¡Paloma negra!
Hay accidentes mínimos, pero hay otros que cambian el sentido de las vidas o del mundo. Algo se sale de control. Hay algo, como una mancha jabonosa, que hace que, de pronto, el rumbo cotidiano resbale y modifique todo. Por favor, no me pregunten qué pasó con Martincito.
Me causa escozor la simple mención de la palabra. No me gusta pronunciarla. En la medida de lo posible ¡la evito!

martes, 24 de marzo de 2015

85




Mi mamá cumplió ochenta y cinco años de vida. Yo tengo 57 años de conocerla. Cincuenta y siete en que ella ha sido mi casa. Cada vez que mi cielo se oscurece y la gente canta aquello de “Parece que va a llover, el cielo se está nublando” corro y me protejo bajo su techo. Ella ha sido mi casa, el techo de mi casa, es como el cielo.
Veo su carita y la veo sin arrugas. Su carita es como una tierra sin grietas. Todas las mañanas se sienta en su cama, abre un bote y, como si fuese una madre amorosa, unta en su rostro una crema que ella prepara. Sus comadres le preguntan por qué no tiene arrugas y le piden la receta secreta, casi casi como si ella poseyera el secreto de cómo hacer “la macharnuda”, que es una bebida alcohólica que sólo preparan por estos lugares.
El otro día, a la hora de la comida me contó de su bisabuela. Mi mamá come con mucha dignidad, como si fuese un pajarito o un pollito. No le gustan los platos copeteados de comida; cuando la veo la imagino en el Maxim’s, de París, degustando uno de los famosos platillos que contienen una porción breve a mitad del plato. ¡Ah, ni cómo comparar con los restaurantes generosos de Comitán que llenan los platos! Ella come despacio, toma breves sorbos de agua. Llama mi atención su comportamiento ante los programas televisivos de gastronomía. Ya sabe el horario en que trasmiten los programas de comidas. Se sienta, toma una libreta (ya gastada en sus hojas y en su portada) y escribe los ingredientes de la receta (lo hace con una letra manuscrita un poco garrapateada, un poco como la huella de la carrera de una gallina atolondrada. Es herencia materna, mi abuela Esperanza también escribía jeroglíficos hermosos). Termina el programa, cierra la libreta y va a la cocina a pelar las papas para ponerlas a cocer. Nunca he visto que haga una receta de esas que copia con tanta emoción por las mañanas. Tal vez de ahí heredé la afición de conservar muchas libretas, porque ella tiene varias que contienen recetas de todo el mundo.
Decía que la otra tarde me contó de su bisabuela materna. Descubrí que tengo contacto con mi pueblo, desde antes de nacer, porque la bisabuela se casó con un comiteco de apellido Alfaro. El bisabuelo era un vendedor de aguardiente comiteco, llegaba con su patache de mulas a la costa. Ya dije, alguna vez, que mi papá nació en San Cristóbal y mi mamá en Huixtla, siempre le digo que soy amigo de su paisano, el poeta Roberto López Moreno. Ella sonríe y me dice que no sabe quién es, entonces yo tomo un libro de Roberto y le leo un fragmento de uno de sus poemas y ella dice: “suena como si una nube bajara del cerro”, y entonces soy yo quien sonríe. Su bisabuela (mi tatarabuela) murió a la edad de 120 años. ¿De veras?, pregunto. Sí, dice mi mamá y cuenta que el doctor dijo que su corazón se cansaría y una mañana ella cerraría los ojos. ¡Así sucedió! Mi tatarabuela tenía dos comportamientos inusuales para alguien de su edad: caminaba mucho y leía más. Tal vez de ahí recibí la herencia del gusto por la lectura. ¡Que Dios bendiga el recuerdo de mi tatarabuela! Su bisabuela caminaba dentro de casa y le gustaba salir a la calle, pero por su edad, le impedían esto último, así que aprovechaba cuando llegaban visitas a la casa. De pronto ella ya no estaba. Salía a la calle y caminaba con una escudilla debajo del brazo, una escudilla de barro. La gente de Huixtla ya la conocía, le abría la puerta de su casa y la invitaba a pasar. Ella se quejaba de su hija, decía que era una ingrata, que no le daba de comer, así que extendía la escudilla para que le regalaran algo de comida. La gente de Huixtla, generosa, le daba un poco de guisado. Por la tarde, esa misma gente generosa llegaba hasta la casa y dejaba a la bisabuela. Entonces, ella llamaba a los bisnietos (una parte de ellos, porque la otra la consideraba como “rica”), los encerraba en su cuarto y les daba de comer. Mi mamá dice que la mayoría de sus primos estaba siempre con dolor de panza, porque comían dos veces al día. Una vez hecho esto, ella jalaba una silla y se sentaba en el corredor de la casa, abría un libro y leía, leía, leía hasta que ya la luz del sol se agotaba. Metía la silla, llegaba a la cocina y pedía su café. Ahí contaba las historias que leía. Tal vez de ahí me viene el gusto por las historias. Tal vez.
Mi mamá acaba de cumplir sus ochenta y cinco. Sé que ella es un río. Cuando hay sequía, ella se extiende como acordeón y riega las tierras agrietadas. La carita de mi mamá no tiene arrugas. Todas las mañanas se unta, amorosamente, su crema mágica. Yo la conozco desde hace cincuenta y siete años. Todos estos años ha sido el ave que llega al nido y me da de comer en el pico. A veces quiero preguntarle si ya será tiempo de que me eche a volar (mi papá me enseñó a hacerlo), pero, como los jóvenes dicen, me doy cuenta de que ahí estoy tan contento, de que esa vida es tan sosegada, tan llena de la mano divina, que me olvido del vuelo y sigo a su lado. Mi mamá es mi casa y el techo de mi casa. Tal vez por esto soy escaso y no me gusta la calle. Prefiero, siempre, toda la vida, estar en casa. Doy gracias a Dios por ello, por hacer que el techo de mi casa no tenga filtraciones ni grietas, y cuando llueve, con truenos y rayos, ella es mi refugio eterno.

lunes, 23 de marzo de 2015

EL LEÓN QUE QUERÍA VOLAR




Un día, en la plaza del pueblo, el vocero real leyó un edicto: a partir de ese instante, deberían ser proscritos los animales en actos circenses. Los dueños de los circos se alarmaron y no tuvieron más opción que llevar a sus animales al bosque y abandonarlos a la buena de Dios, del Dios de los animales, claro. Ellos no supieron qué hacer. Acostumbrados, como canarios en jaula, al cautiverio se sintieron extraños en la libertad. ¿Cómo un animal que está acostumbrado a que le sirvan, todos los días, un kilo de carne a la hora de la comida, desarrolla su sentido para la caza? Los animales se echaron debajo de los árboles o adentro de las cuevas y enflaquecieron a tal grado que las jirafas fueron confundidas con ramas secas de árbol y los leones parecían gatos de esos que, por las noches, van de tejado en tejado iluminados por la luna.
Un león, que había hecho la delicia de los niños y de los adultos que asistían al circo, cuando él brincaba a través de un aro con fuego, caminó, con paso de tortuga, hacia la primera casa que encontró en medio del bosque. Llevaba un bolso colgado, un bolso que su domador le había regalado. Un bolso de piel de jaguar (un jaguar que había muerto a la hora que resbaló de un trapecio). Un búho, con bufanda, lentes y un libro entre las alas, abrió la puerta y preguntó:
-¿Qué quieres, buen león? Acá no consumimos carne.
-Perdón, me siento muy mal, mire cómo estoy.
-Sí -asintió el búho y alargó una de sus alas y tocó la melena-, pareces un trapeador sucio.
El búho, que es un animal sabio, se condolió del animal maltrecho, lo pasó a su casa, le sirvió un poco de leche y, cuando llegó la hora de dormir, lo asiló en un gallinero que estaba vacío, en el sitio de la casa. Ahí, el león aprendió a comer la misma comida que el búho servía a las gallinas todas las mañanas. Poco a poco le agarró el gusto al maíz y volvió a tener la fuerza y virilidad que tanta fama le dio en el circo. El búho, que ya se dijo es un animal sabio, mandó a construir una jaula con barrotes de acero, porque advirtió que el león adquiría una fortaleza que se alejaba mucho de la condición esmirriada de gallinas y gallos. “Humm -pensó el búho- un día de éstos el león puede hacerse un estofado con todas mis gallinas. Eso sería desastroso”. Pero el león, contra todos los pronósticos, disfrutaba sus tres comidas de maíz molido. A tal grado que una mañana, con la alegría de los gallos, en lugar de rugir le salió un grito aflautado que sonó como quiquiriquí. Cuando el búho le llevó el desayuno y las gallinas y gallos se amontonaron, el león se acercó a los barrotes de su jaula, sacó una mano y con su garra, en movimiento parecido al arado, jaló un par de granos.
-¿Por qué estás triste? -preguntó el búho, mientras seguía regando el maíz en medio del círculo de plumas.
-Quiero volar, quiero tener alas -dijo el león-. Siempre he estado solo, encerrado en jaulas. Veo cómo las gallinas y los gallos vuelan.
-¡Las gallinas no vuelan! ¡Yo sí vuelo!
-Sí, sí -dijo el león-, pero yo me conformo con ser gallina, bueno, con poder volar poco, así como las gallinas vuelan del piso al palo donde duermen. ¿Imaginas que yo pudiera volar como tú lo haces? No, no, eso ya es un exceso. Ayúdame, tú que eres sabio. ¡Dame un par de alas!
-Hmmmm, no sé. Es complicado, altera las leyes de la naturaleza. Nuestros dioses no te mandaron alas, pero, en compensación, ¡te hicieron el rey de la selva!
El búho ya no pudo detenerse, hundió la cara entre sus plumas y llamó a las gallinas y aunque ya no tenía más granos, metió el ala en el cuenco e hizo como que les seguía regando maíz.
-Ja, bonito rey. Mírame.
Y el búho lo vio. Su mirada tenía la misma tristeza de la planta que se seca por falta de agua; la misma soledad que tiene el callejón a mitad de la noche.
-¡Dame un par de alas! -pidió de nuevo. Metió la mano en el bolso que siempre cargaba en su pecho y sacó una fotografía.
-¡Mira! Ella es mi bisabuela -dijo y extendió la foto.
El búho tomó la foto. Mostraba el desierto y a mitad de éste: la escultura de una esfinge. Una hermosa escultura con rostro y busto de mujer, cuerpo de león y alas de pájaro.
-Ya entiendo -dijo el búho-. Tienes el pretexto perfecto.
-No es un pretexto. Mi bisabuela tuvo alas. Alas perfectas, casi tan perfectas como las tuyas. Yo no te pido tal maravilla. Basta que yo tenga alas para volar del piso al palo donde duerma.
El búho prometió que haría lo posible por conceder el sueño alado del león. Dejó el trasto vacío sobre una repisa y voló hacia su laboratorio. Durante dos noches, el león enjaulado escuchó golpes de martillo, siseos de taladros y ladridos de oboes (esto último porque el búho puso música de Beethoven). Dos días después, el búho salió al patio y, desde el porche de la casa, dijo:
-Mira, león, mira.
El león se desperezó y caminó con paso veloz, agarró los barrotes y vio un par de alas soberbias.
-¡Qué belleza! ¿Son para mí?
-Sí, para que cumplas tus sueños.
El león quiso gruñir de felicidad, pero (ya se dijo) le salió una seguidoña de quiquiriquís, como de gallina clueca.
El búho le pasó el par de alas por en medio de los barrotes y el león la tomó como si recibiera el don más preciado que animal alguno hubiese recibido en toda la historia de la animalidad. Con cuidado pasó una mano por en medio del arnés, luego hizo lo mismo con la otra mano y con sus garras, ya un tanto desgastadas, cerró los broches. Las gallinas y gallos rodearon la jaula y emitieron un ¡oh! de emoción al ver el porte de esas alas que parecían iluminar todo el patio. El león paseó (ahora sí que como león enjaulado, pero con una mirada inspirada) por el breve espacio que apestaba a león. Caminó como si estuviese a mitad de la jungla. Las gallinas cloquearon y batieron sus alas, esmirriadas en comparación con las del león.
-¡Vuela! -gritó una gallina, una zarada que siempre cacaraqueaba cada puesta de huevo.
-¡Sí, vuela! -dijo un gallo que tenía enormes espolones.
-Sí, que vuele -dijeron todos a coro. Y batieron sus alas y despertaron a los micos de noche y a los changos y éstos, desde lo más alto de los árboles, brincaron sobre las ramas y gritaron como si fueran chachalacas-. ¡Sí, que vuele! Y el león abrió las alas como si fuese un pavo real, dio unos brincos para emprender el vuelo, pero una de las alas se le trabó en los barrotes.
-No, no -dijo un gallo- ahí adentro no puede volar el león.
-Puej no -dijo un peje que estaba en un estanque-. Ejo ej una bobera.
-Sí, sí -dijo un pollo, que apenas comenzaba a emplumar-. Sáquenlo de la jaula.
-No, eso no es posible -dijo el búho que, ya se dijo muchas veces en este cuento, era un animal sabio. Llamó por aparte a todos los animales del gallinero y dijo: El león debe estar en la jaula. En su naturaleza está la fiereza y puede atacarnos.
-Adió, jodido -dijo el peje, recostado en el estanque-. ¿No ven que ya éjte je acojtumbró a comer maijito? ¿Por qué no hajemos una encuejta para ver ji jacamos al león para que vuele? ¿Imaginan el ejpectáculo de ejte león volando por todoj loj cieloj de ejte reino?
El búho puso cara de fastidio. Sabía que la democracia no es buena consejera en medio de un círculo de ignorancia.
-¡Sí, sí, votemos por el sí o por el no! -dijo el gallo con espolones. Todas las gallinas ponedoras estuvieron de acuerdo e inflaron sus cuerpos como si fueran guajolotes.
El resultado fue una votación a favor de que abrieran la puerta para que el león pudiese volar. De nada sirvió la aclaración del búho sabio:
-Pero, ¿quién puede asegurar que el león volará? El león me pidió alas y yo le otorgué un par de alas preciosas, pero de eso a que vuele ¡hay una gran distancia!
Pero ya todo el gallinero iba hacia la reja y abría la puerta de la jaula. El león titubeó, jamás había estado libre. Caminó con recelo. Todos los animales hicieron un silencio tan profundo como si las piedras rezaran. El león salió y abrió sus alas. Un ¡ah! de expectación se posó sobre el piso después de salir de los picos y las trompas de todos los animales. El búho se sintió orgulloso. El par de alas era hermoso.
-¿Puedo volar? -preguntó el león con timidez, como si fuese un niño pidiendo permiso para no levantarse temprano.
-¡Que vuele, que vuele! -gritaron todos los changos, brincando sobre el piso.
El león abrió sus manos y las sacudió como si limpiara una mesa con un trapo. Las alas hicieron viento y éste una polvareda y ésta mandó a los pollos contra la cerca, casi como si fuesen hojas secas en medio de un huracán. Las gallinas volaron contra los árboles. Gritaron que el león dejara de batir las alas, pero el sonido también fue aventado contra las rocas y no hubo eco, porque el eco fue apenas otra brizna que quedó segada. El león, feliz, batía y batía las alas y brincó como si fuese un ratoncito. Se preparaba para el vuelo. El búho voló antes y se escondió en el hueco de su árbol.
-¡Oh, qué hice! ¡Dios de los bosques, perdóname!
La tolvanera ya era como un alud de piedras de viento. El caos se había apoderado del patio. Al gallo con espolones no le quedó más que arriesgarse. Se amarró un paliacate y avanzó por en medio de la tormenta de arena. Llegó hasta donde el león insistía en aletear como colibrí. El gallo se subió a una de las alas del león y, yendo de acá para allá, le gritó al león, quien pensó que ya estaba volando y confundió al gallo con ¡un águila! Así que le dio más fuerte al aleteo pues pensó que era increíble que en su primer vuelo volara por encima de las aves más fuertes. Imaginó que su bisabuela se sentiría orgulloso de él. El aleteo fue tan intenso y tan fuerte que el gallo ¡sí salió volando! y fue a dar al techo de la casa, donde quedó como un fardo maltratado.
-¡Ay, ay! -se quejó el gallo.
Las gallinas y demás gallos oyeron el lamento y, como no sabían dónde estaba, la más ponedora dijo:
-Se los dije, el león está comiendo a nuestro amigo.
Al oír eso, la comunidad de animales se alebrestó más y todos corrieron hasta el árbol donde estaba el búho.
-Búho, ¿qué hacemos? -preguntó la zarada, mientras, con una de sus alas hacía una casita para proteger a sus pollitos.
-Se los dije -dijo el búho-. Ahora ya no hay nada qué hacer. Al león le regresó su naturaleza carnívora y nos hará polvo.
-No, no, no, no queremos morir -piaron los pollitos y lloraron.
Mientras tanto, el león, a pesar de su emoción y de su fortaleza, comenzó a agotarse. En medio de la nube de polvo, el león pensó que debía dejar de aletear tantito porque, sin duda, ya estaba muy alto y debía dejar ese banco de nubes para ver en dónde iba a aterrizar de nuevo. “Uf, pensó, mis amigos gallos, gallinas, chachalacas, changos, micos y el búho estarán muy orgullosos de mí”. El león dejó de aletear y con ello la nube de polvo se diluyó. Cuando el león vio hacia abajo se dio cuenta de que seguía en el suelo y se lamentó:
-Oh, mi dios. No alcancé a despegar.
En el piso se veía una serie de huellas que marcaban, a la perfección, la trilla que había dejado el león en su intento de vuelo.
El búho voló hacia el techo, donde estaba el gallo maltrecho.
-¡Ay, ay, mis plumitas! ¡Ay, ay, mis patitas! -se quejaba el gallo.
El búho vio que el gallo no había sufrido mayor daño, porque había caído sobre el techo de láminas de cartón y eso había amortiguado el golpe.
El león se sentó sobre la tierra y vio sus alas llenas de polvo. La perfección de las alas había cesado y ahora eran como un par de camisas arrugadas. Buscó a los animales pero no los halló. Aguzó el oído y oyó un lamento como si alguien se quejara en un cuarto de hospital.
-Ay, ay, mis plumitas.
-¿Quién se queja? -preguntó.
-Ay, ay, mis patitas.
-¿Quién habla?
El búho dejó al gallo y se posó sobre la rama del árbol de jocote, a cuya sombra estaba el león, en posición de loto, jugando con la arena. El león lo vio y, con tristeza, le reclamó:
-Me diste las alas, pero no puedo volar.
-Eso no está en tu naturaleza. Entiende que eres un león.
-Sí, pero tú viste la fotografía.
-Claro, claro. Pero a tu bisabuela los dioses le concedieron las alas y al hacerlo también le dieron la capacidad del vuelo.
Cuando los demás animales vieron que el búho charlaba tranquilamente con el león comenzaron a salir de sus escondites. Los pollos y gallinas sacaron las cabezas por debajo de una tarima de madera; los changos asomaron y se colgaron de las ramas. El búho abrió las alas y los alertó:
-¡No, no, no se acerquen! El león está fuera de su jaula.
-¿Y eso qué? –preguntó el león, mientras tiraba, con enojo, un puño de arena sobre el piso.
-Ya te lo dije: la capacidad de vuelo no está en tu naturaleza, pero sí lo está el hecho de que te gusta comer carne.
-¿Carne? ¡Qué tontería! Tiene meses que no como más que maíz. Todos ustedes son mis amigos.
-Sí, pero debes entender que la naturaleza no falla. Nosotros somos herbívoros y tú ¡carnívoro! Está en ti. Esa es tu verdadera herencia.
-No, no. Yo estoy encantado con el maíz y encantado con ser amigo de ustedes. Mi naturaleza diría que debería estar ahora al lado de pumas, de panteras y de tigres.
A medida que el búho y el león platicaban, los demás animales se habían ido acercando más y más hasta estar ya casi al lado del león con sus alas maltrechas. El búho volvió a pedirles que se alejaran. Les dijo que era una tentación para el león el hecho de tenerlos cerca, al alcance de sus garras.
-No, no, no se vayan -suplicó el león.
Pero, las mamás cargaron a sus pollos y los llevaron detrás de los árboles, algo en su corazón las alertaba. Cuando el león vio la actitud de todos, comenzó a sentir cierto escozor en su corazón, como si de pronto descubriera que nunca había tenido amigos en la vida, con excepción del domador que, en una ocasión le obsequió el bolso hecho con piel de jaguar. Se sentó de nuevo y le dijo al búho:
-Tal vez tengas razón. El único que me quiso fue el domador y éste fue tragado de dos tarascadas por un primo mío, una noche en que el domador le dio dos latigazos de más. El domador tenía la cabeza dentro de las fauces de mi primo y éste aprovechó. Tal vez tengas razón, pensé que tú eras mi amigo y mira cómo me pagas. Me diste asilo, me hiciste un par de hermosas alas, pero ahora deseas regresarme al encierro, donde apenas puedo moverme, donde me pudriré en vida. Tal vez tengas razón. Ahora mismo debería usar un truco contigo para hacerte bajar y devorarte a la hora que te tenga a mi alcance, pero no lo hago porque tú eres un sabio y conoces todas las fábulas del mundo, además, te diré: no me gusta la carne con plumas. Así que, por eso no tienen de qué preocuparse.
-Nos preocupamos. La fiereza es parte de tu naturaleza.
-Claro, está en mi naturaleza ser el rey -y diciendo esto, como si fuese un toro de lidia, rascó la tierra. Se puso en pie y, después de mucho tiempo, ¡rugió! Lo hizo con tal potencia que, de nuevo, levantó una tolvanera que movió todas las hojas de los árboles. Quienes hubiesen presenciado tal rugido habrían dicho que las hojas se movieron por temor, por temor de caer en las fauces del león. El búho voló a lo alto del techo, y abrigó al gallo que seguía quejándose, pero ahora ya con una voz casi inaudible.
-No sé porqué permití que abrieran la puerta de la jaula. Mira lo que hemos propiciado.
Y ambos animales vieron hacia abajo, donde el león, de pie, con las manos hacia adelante y el cuerpo tenso, olisqueaba y se mantenía en posición de ataque.
Las gallinas y gallos echaron a correr, moviendo las alas a todo lo que daba. Los monos, desde la altura, se movían con cautela y sin hacer ruido alguno. Parecía que, en lugar de caminar sobre las ramas, levitaran. Eran unas sombras deslizándose silenciosamente. El león vio el árbol más pequeño, el que estaba junto al techo, calculó que tenía siete metros de alto y pensó: “¡Lo alcanzaré! Soy el rey de la selva, soy bisnieto de la leona con alas más famosa de la humanidad. ¡Lo alcanzaré!”. Y diciendo y haciendo. Se impulsó y se paró en sus dos patas, así permaneció durante varios segundos, como un enorme oso, como la bestia más sanguinaria, casi casi como un hombre bajo el efecto de algún enervante, volvió a rugir y se aventó contra el piso para impulsarse con sus patas traseras e ir hacia el árbol de las lagartijas y los changos. “¡Lo alcanzaré!”, gritó y luego con un potente rugido se aventó, alcanzó el tronco y, como si fuese una ardilla, trepó uno, dos, tres, cuatro metros. Le bastó un salto para caer sobre el techo que se cimbró, la estructura de madera se pandeó y las láminas de cartón se abrieron a la mitad, una de sus manos cayó en un hueco, logró el equilibrio sobre una viga y la otra mano, la que le quedó libre, la extendió con tal largueza que cualquiera hubiese pensado que era de elástico, el búho apenas tuvo tiempo para reaccionar, se hizo a un lado, pero el pobre gallo, herido como estaba, no tuvo tiempo de hacer más. El león lo atrapó con su garra y al cerrarla, el gallo torció el pico, como si hubiese sido gallo de pelea y su contrincante le hubiera dado un navajazo de muerte. El búho se hizo más hacia atrás, voló, se sostuvo tantito en el aire, como si fuese un gavilancillo. Vio cómo el león, antes de que la viga se rindiera ante el peso, logró engullir de una sola tarascada al gallo. La estructura se venció y el techo cayó junto con el león. Antes de caer como fardo al piso, el león alcanzó a deglutir, por completo, al pobre gallo.
El estruendo obligó a todos los animales a huir. Las mamás tomaron a sus pollitos entre sus alas y corrieron a todo lo que daba.
A la mañana siguiente, el patio de la casa era como un campo de batalla, con escombros del techo y árboles rasguñados y cercas tiradas. Parecía que había pasado la marabunta. Del búho sólo se le veía un ojo en el hueco del árbol, veía el desconcierto y se culpaba por los sucesos.
El león volvió a la jaula, entró con paso cansino y se echó sobre el rincón de la esquina. Ahí se quedó, revisando sus garras dobladas por el golpazo. A cada rato eructaba. Lo había dicho: no le gustaba la carne con plumas. Poco a poco se quitó el arnés y dejó las plumas en el piso. Volvía a ser un león común y corriente.
El éxodo de animales es interminable. Se alejan de su casa. Los gallos van en la retaguardia, de vez en vez miran hacia atrás para comprobar que el león no los sigue. Los pollos pían, tienen hambre y sed. Las gallinas cuchichean entre ellas y los changos brincan como si lo hicieran en un camino de brasas. Todos lamentan el instante en que abrieron la jaula para que el león saliera. No saben hasta dónde llegarán, lo único que les importa es alejarse de ese lugar.
Ahora, los pocos habitantes que pasan por el lugar, aseguran que la puerta de la jaula sigue abierta, que el león tiene la mirada perdida y que, como si fuese la llorona; grita, con un grito como de grillo afónico: “Ay, mis alas, ay, mis alas”. Alguna tarde de éstas, se echará por completo sobre la tierra, posará su cabeza en el piso lleno de polvo, cerrará los ojos y se dejará morir.

domingo, 22 de marzo de 2015

UN CANDIDATO QUE NO ALCANZA LA ESTATURA




El escritor Murakami es candidato para el Nobel de Literatura. En los últimos tiempos siempre aparece como posible elegido. El japonés vende millones de libros en todo el mundo. ¿De veras es tan bueno? Los conocedores de su obra dicen que al principio era un autor de culto. Un autor de culto es un compa que sólo es seguido por una serie de incondicionales. Estos seguidores son tan apasionados que organizan veladas literarias donde leen fragmentos, al amparo de la luz de teas, en bosques o en casas deshabitadas. Convierten al acto de lectura en todo un ritual. De autor de culto (sólo para minorías) se convirtió en un fenómeno de masas. Ahora, cada uno de sus libros es esperado con gran expectación por millones de lectores.
Los que saben de cinematografía cuentan que las películas de Santo, el enmascarado de plata, se volvieron películas de culto. Las películas del Santo son tan simples en su escenografía y en sus guiones que los puristas las abominan, pero hay miles de cinéfilos en el mundo que ¡las adoran! Es un fenómeno contrario al de Murakami; el Santo primero fue un prodigio para multitudes (todo mundo recuerda el griterío de los espectadores en el cine: ¡Santo, Santo, Santo!, y ahora es un ídolo sólo para iniciados).
Nadie podría decir cuál es la riqueza que provoca el portento del cine del Santo. ¿Acaso es un portento el que los vampiros, por ejemplo, sean muñecos forrados con peluche y se vean los hilos de donde cuelgan? Uno podría preguntarse: ¿cuál es la riqueza de la literatura de Murakami? Daré una opinión muy personal. En primer lugar diré que me daría mucha pena (por la literatura) enterarme una mañana, por medio de la prensa o del Internet, que, en efecto, al buen Haruki Murakami le fue concedido el Premio Nobel de Literatura. Me dará pena por la literatura. El otro día, Pepe llevó un libro de Harold Bloom, un gran crítico literario. Entré al Internet para saber un poco más de Harold y me topé con una declaración donde dice que, con frecuencia, muchos lectores le escriben diciendo que ahora sólo leen basura, hablando de la literatura que se hace en estos tiempos. Esta declaración no puede generalizarse. Yo digo que la literatura actual tiene dos o tres buenos escritores pero dentro de éstos no está (perdón) Murakami.
¿Han leído los cuentos de Haruki? El libro más reciente: “Hombres sin mujeres” no satisface al lector acostumbrado a leer los cuentos de los grandes escritores. Este libro es un libro de variaciones sobre un mismo tema, lo cual no es malo; lo que sí es malo es la viga que no alcanza a dar la nota suprema. Murakami queda debiendo a quienes son lectores exigentes, a quienes saben que la literatura no es una mera armazón plástica. Me gustó su novela: “Kafka en la orilla”, donde se presenta como un escritor con capacidad para fabular más allá de lo evidente y de lo simple. Pero me queda debiendo mucho como narrador de cuentos. El cuento no es lo suyo, pareciera que todo está a punto del desborde y que como si fuese agua necesita el río de la novela para poder abrir ventanas.
Si un día Murakami obtiene el máximo galardón literario el mundo editorial estará dando razón a todos los lectores que le escriben a Bloom: los tiempos contemporáneos estarán jodidos.
Ya Mario Vargas Llosa nos alertó acerca de estos tiempos donde la cultura es un mero espectáculo. Cada vez tenemos más propuestas light; todo se banaliza; todo se hace más digerible, para evitar esfuerzos intelectuales.
Ya, también, los grandes críticos nos han advertido de esa campaña perversa donde todo está encaminado a que las personas ya no piensen, no razonen.
He leído tres cuentos que están contenidos en el libro “Hombres sin mujeres”; antes leí (hablando de cuentos) “Sauce ciego, mujer dormida” y la impresión que tengo es que Murakami no logra la circularidad que exige el cuento, no hay la suficiente contención; es decir, la suficiente habilidad literaria para bordar un texto inolvidable.
Los lectores sabemos que el Nobel está rodeado de intereses alejados del arte, basta mencionar la mercadotecnia para entender por dónde van las decisiones. Es comprensible. El orden del mundo capitalista obedece a grandes dictados. Pero uno pensaría que estos dos mundos no necesariamente tendrían que estar en polos opuestos.
Si se tratara de elegir elegiría a Joyce Carol Oates, mil veces por encima de Murakami. En fin, no soy nadie para tratar de colgar estrellas en el árbol. A veces, lo sabemos, hay gente que tala árboles y siembra postes plásticos para simular que hay un bosque. Los editores de Haruki han sembrado mil árboles que parecieran no ser naturales; es decir, no producen oxígeno.