lunes, 30 de marzo de 2015

MAÑANITAS




Todo mundo lo dice: en el Facebook tenemos amigos que no conocemos. De pronto, alguien (quién sabe por qué motivo) envía una solicitud de amistad y quien recibe la solicitud ¡se deja querer! y acepta. Tal vez el solicitante lo hace porque tiene morbo por leer el muro del otro o para chantajearlo o para publicitar alguna de sus empresas o porque, en realidad, sí es amigo del dueño del muro y le da mucho gusto encontrarlo después de tantos años (mi amigo Eduardo, quien vive en el estado de Veracruz, me envió una solicitud de amistad y fue como amarrar más el hilo que ya andaba medio deshilado, después de tantos años de no vernos. El otro día recordó que llegaba a mi casa y comíamos lima con pico de gallo, bien picante). Yo, en mi muro, tengo un amigo que tiene una taquería y todas las noches sube etiquetas para promocionar sus tacos de cachete y lengua. Yo no como carne, pero espero que alguno de mis “amigos facebuqueros comitecos” vaya y pruebe esos tacos. Espero que los tacos sean higiénicos y sabrosos. En fin, tengo muchos “amigos”, pero no sé bien a bien quiénes son. ¿Por qué acepté sus solicitudes de amistad? Porque, ya lo he dicho, soy muy escaso y casi no tengo amigos, verdaderos. Me resulta muy difícil establecer una amistad en el mundo real. Pienso entonces que si alguien solicita mi amistad “sincera” es porque le gusta leer mis textillos y eso me alegra. Por lo regular, a mi muro no subo más que mis textos. Lo hago para compartir, para compartir con, cuando menos, dos mil posibles lectores. Entiendo que existen algunos amigos que no leen las Arenillas (mi compa Javier dice que no lee las Cartas a Mariana, porque ¡son muy extensas! ¡Ah, mi compa Javier, padece el síndrome de Jaimito, el cartero, quien no entregaba las cartas y seguía sentado en la silla “para evitar la fatiga”!). Y digo que no leen mis textos porque no es posible que un segundo después que subí la foto y el texto ya aparezca alguien dándole “me gusta”. Agradezco la deferencia, pero no creo que haya leído el texto y a mí me gustaría que le dieran “me gusta” por el texto y no por la fotografía. En mi caso, la fotografía es una mera ilustración. Yo ¡comparto textos! Soy escritor, ¡no fotógrafo! En fin, de todo hay en “el muro del Señor”, algunos llegan al muro para rayarlo, otros para abrir un hueco y mirar qué hay detrás; existen algunos más que quieren ser imitadores de los alemanes y pretenden tirar el muro, porque creen que tiene semejanzas con el de Berlín; hay otros “amigos” que “entran” a mi muro creyendo que es un laberinto y se olvidan de llevar su hilo de Ariadna. Y hay (muchos) que entran a mi muro para tratar de jalar a otros a sus muros.
En la mañana, cuando entro al Facebook por primera vez en el día, reviso la relación de cumpleañeros y, sin excepción, envío un abrazo a cada uno de ellos. ¿Por qué lo hago si ya dije que a algunos no los conozco personalmente? Lo hago porque, de niño, me gustaba ir a las bodas del templo de Santo Domingo. Me paraba al lado de la fachada del templo y esperaba a que los novios salieran. Cuando los amigos, familiares e invitados lanzaban puñitos de arroz, yo me agachaba a recoger algunos granos, como si fuese paloma, y también me unía al grupo de manifestantes y lanzaba el puñito de arroz a los recién casados. Lo hacía para unirme al jolgorio, como si fuese un simple chalequero del ritual de lanzamiento de arroz. Ahora, desde mi muro, hago lo mismo. A veces no sé quién es el cumpleañero, pero es un poco como unirme a la multitud de sus amigos y familiares que, sin duda, en casa le ponen una reja de papel de china, queman triques y cantan las mañanitas. Los imagino sentados ante la mesa, con mantel blanco, auxiliándose con un tenedor para abrir la hoja del tamal, humeante, aromático. Los imagino saboreando el chocolate caliente, espumoso, generoso en su aroma de cacao. Los imagino moviendo los pies, debajo de la mesa, al compás de la marimba. Es un poco como si fuese un chalequero virtual. Sé que no hago daño. A veces dudo al enviar mi abrazo, porque leo que “mi amigo o amiga” tiene más de setenta años. Dudo porque, a veces, la gente se muere. Pero, después del titubeo escribo mi felicitación a la que anexo el deseo de que siga vivo y reciba mi abrazo, para decirle que es bueno que siga vivo. Por algo, un día, me envió una solicitud de amistad. Esto es una bendición para mí. ¡Cómo no va a ser una bendición que alguien se fije en mí y diga que quiere ser mi amigo! ¿De veras? Pero si yo soy tan escaso, tan poco interesante. Gracias, gracias por pedirlo.
Por ello, lo menos que puedo hacer es aventar un puñito de confeti el día en que cumplen años. Si alguien hoy está, como se dice en Comitán “de manteles largos”, ahí va mi puño de arroz azul, de azul color cielo.