viernes, 14 de febrero de 2020

CARTA A MARIANA, PINTADA DE COLOR ROJO



Querida Mariana: Anexo una fotografía que tomé el diez de febrero de 2020, en el templo de San Caralampio. Te la comparto porque habla de la continuidad de una tradición. Si mirás bien, el color rojo domina la escena, tal vez esta atmósfera está dada por el plástico rojo del fondo y por la lona de Matías Castellanos (que mandó a hacer para promocionar su candidatura a la presidencia municipal de Comitán para el trienio 2012-2015. Recordá que Matías es priista de hueso colorado y el color dominante de su publicidad es el color rojo.) ¿Qué está haciendo esta lona en el atrio del templo de San Caralampio? Ah, bueno, dije que esta fotografía habla de tradición, habla de que los comitecos reciclan todo. Sin duda que esta lona estuvo colgada en alguna pared y cuando la elección terminó (Matías perdió ante Luis Ignacio Avendaño Bermúdez, que era del Verde), alguien la rescató y pensó que serviría para algo (he visto lonas que sirven para cubrir gallineros, por ejemplo). Acá, a Matías le fue bien y sirvió para delimitar el espacio donde dos mujeres sirvieron vasos de temperante a los fieles que acudieron a la Entrada de Flores del año 2020.
Dije que los comitecos reciclan y mantienen (hasta donde es posible) intactas sus tradiciones. Es tradición que los participantes de la Entrada de Flores, en honor a San Caralampio, que se realiza cada año, el diez de febrero, reciban, después que entraron al templo a agradecer al santo los favores recibidos, un vaso de temperante (que es una bebida sencilla, casi simple, que consiste en agua, azúcar y colorante, de color rojo, ¡por supuesto!)
Doña Flor de María, quien está bien firme, con su playera de color azul y su pantalón de color rojo (¡tenía que ser!) lleva once años entregando el temperante a los fieles, en forma voluntaria. Su hija, Sandra Guadalupe, quien se dedica a vender taquitos dorados, de lunes a viernes, la ayuda el diez de febrero, en la repartición del agua. Su mamá dice que cuando el Señor San Caralampio diga que ya no puede repartir los vasos, ahí estará su hija para tomar su lugar. El diez de febrero, doña Flor de María se encargaba de preparar la bebida y de llenar los vasos. Debajo de la mesa había cuatro o cinco tambos de plástico donde estaba la esencia. La labor de doña Flor consistió en colocar la esencia en dos tinas, agregarle agua y “menearlo con ganas”, para que la esencia se abriera como rosa en medio del agua. ¿Ya miraste la jarra de plástico que está al frente? Esa jarra la metía en la tina y con ella servía el agua de temperante en vasos de cristal. ¿Alcanzás a ver el vaso lleno que está detrás de la tina? En ese lugar, doña Flor tenía como veinte vasos ya preparados. Cuando algún fiel salía por la lateral del templo, ofrecía, con una sonrisa: “¿Gusta su agua?”. Algún despistado o asistente por primera vez preguntaba el costo, ella decía que era gratis. La persona se acercaba, se quitaba el sombrero y llevaba el vaso a su boca, y disfrutaba de esa agua casi simple, fresca, que es parte de la tradición. ¿Y cuál era el trabajo de Sandra Guadalupe? Recibir los vasos vacíos, meterlos en una cubeta llena de agua, enjuagar los vasos y regresarlos a su mamá para que los llenara de temperante, ayudada con la jarra de plástico. Y así durante todo el día. ¿Te parece antihigiénico esta costumbre? Antes de vasos desechables, el atol y el agua de temperante se servían en vasos de cristal, que se lavaban en la misma agua. Cuando nos llegó la higiene nos llegaron, también, los vasos desechables. Y ahora (así pensamos) no bebemos las babas de los otros, pero andamos contaminando todo el planeta. Cuando llegue el fin de la Tierra moriremos bien sanos.
A la hora que tomé la fotografía el contingente de fieles apenas salía del Chumis (el punto de reunión), por eso doña Flor y Sandra estaban tranquilas. Cuando el contingente llegó al templo, ¡manos les hicieron falta! Llegaron decenas de fieles que, sudados, cansados, pero felices, se acercaron a pedir “un su vaso de temperante.”
Posdata: Matías lleva el nombre de su abuelo Matías Castellanos, Matías es nieto de doña Milita Domínguez de Castellanos, hija de Belisario Domínguez, por lo tanto, es bisnieto del máximo héroe civil de este país, un gran liberal. Matías jamás imaginó que su imagen estaría protegiendo la labor modesta que realizan doña Flor y Sandra. Debe sentirse orgulloso, porque (insisto) he visto lonas que sirven para cubrir gallineros. Acá su lona sirvió para cubrir un espacio donde se dio, en forma sencilla, una tradición de muchos años.

jueves, 13 de febrero de 2020

ANTES DE QUE TODO SE ACOMODE (XVI)




El primer viaje que realicé fue a China (hablo, por supuesto, en forma imaginaria). Ese día fue día de mi cumpleaños. No recuerdo cuántos años cumplía. ¿Seis? ¿Siete? Una secretaria de mi papá (se llamaba Flor) me llevó un presente. Yo estaba en un corredor de la casa, tomaba un jugo de naranja, ella llegó, me cantó las mañanitas, me dio un abrazo y me entregó un paquete envuelto en papel de china (en color amarillo). Ella se retiró, cuando vi que entraba a la oficina de mi papá, yo rasgué el papel de china para ver qué me había regalado. ¡Soberbio! Eran cuatro revistas de monitos (cómics). Sólo recuerdo dos, una de ellas era un cómic de El Pato Donald y la otra relataba los viajes de Marco Polo. Por supuesto, yo no sabía quién era Marco Polo, y, por supuesto, fue la revista que menos me interesó. Leí las otras tres y, cuando se agotó el material, no me quedó más que leer la de los viajes de Marco Polo. Fue el deslumbre. Mi papá, con mucho orgullo, me había dicho que nuestra familia venía de Italia, y, en la revista, lo primero que hallé fue que Marco Polo era veneciano, de Italia. Al lado de su retrato estaba un dibujo que mostraba parte de esa ciudad rodeada de agua, con decenas de canales. Corrí hacia mi papá y le pregunté si de ahí venía el abuelo paterno, dijo que no, dijo que el abuelo había nacido en Italia, pero no en Venecia. Pero, ¿Venecia es de Italia? Sí, dijo mi papá, Venecia es parte de Italia. Entonces, como si hubiese recibido algún premio por aprovechamiento en la escuela, volví a sentarme en el piso del corredor y di vuelta a la página de la revista. Mi abuelo, sin ser de Venecia, pertenecía a esa misma tierra (casi agua), donde había nacido Marco Polo. Pensé que alguna mañana yo debía abordar un avión y viajar a Venecia. ¿Cómo aterrizaban los aviones ahí? ¿Acuatizaban?
Y digo que fue un deslumbre, porque esa mañana descubrí que el mundo era amplio. No importaba si la tierra era plana o redonda, eso era una discusión absurda. Lo que importaba es que el mundo era basto, que más allá de las calles de mi pueblo, del parque central, del templo de El Calvario, de mi escuela Fray Matías de Córdova, del canal de Jishil, lleno de agua fresca, había más mundo, y había un mundo que se llamaba China, lugar al que no había llegado ningún italiano antes de Marco Polo, quien, tal vez, fue tatarabuelo de alguien que fue amigo del tatarabuelo de mi abuelo. Las nacionalidades sirven para eso, para que los nacidos en una misma patria puedan coincidir en algún instante en algún lugar. Bueno, las nacionalidades también han servido para hacer guerras y para asesinar a millones de personas.
Recuerdo que la mayor impresión fue un dibujo con la muralla china. A vista de pájaro mostraba a esa serpiente de piedra moviéndose por en medio de altísimas montañas. Pensé que ningún visitante podía tener esa vista que yo tenía en las manos. Desde entonces pensé que los lectores teníamos grandes ventajas con respecto a los turistas que se cansan en los trayectos de ir de una plaza a un templo que está colocado en la cima de una montaña. He visto a muchos turistas sentarse a mitad de la escalinata que tiene cuatrocientos escalones, los he visto sacar un pañuelo, secarse el sudor; los he visto colorados de sus rostros, por el esfuerzo, los he visto llevarse la mano al pecho, porque el corazón está ladrando como perro a mitad de la noche. He visto a muchos turistas doblarse el pie al pisar sobre una piedra que resbala, los he visto correr de un lugar a otro en busca de un sanitario, porque tienen una urgencia física; los he visto abrir los brazos cuando están arriba de una cima y una cordillera se rinde ante sus pies; los he visto emocionarse ante el vuelo de patos migrantes; los he visto bailar en la playa, nadar en mares o lagunas o ríos; he visto cómo cierran los ojos cuando sienten la brisa al navegar por un río de la selva; los he visto abrazarse temerosos cuando escuchan el ruido ensordecedor de cien monos aulladores. Los he visto, satisfechos, disfrutar la vida, vivir la experiencia inenarrable del viaje. Los he visto hacerse polvo cuando se estrella el avión donde viajaban, molestarse al punto de ataque al corazón cuando les avisan que su reservación no estaba confirmada o cuando sus maletas terminan en el aeropuerto de Roma, cuando debían estar en Milán.
Yo soy un bobo. Desde entonces decidí viajar desde casa. Nunca, por fortuna, a la hora de viajar a Argentina o a Colombia o al Sahara o bogar por el río Ganges o en el Usumacinta, se me ha caído una teja sobre la cabeza o me he resbalado o me he ahogado o se ha incendiado el hotel donde estoy. Tomo un vaso de agua con limón (sin azúcar) y disfruto lo que han llamado las maravillas del mundo. Bueno, con decir que jamás algún perro ha levantado su pata y me ha orinado. No. En casa tenemos a la Pigosa y ella, como toda una dama, se agacha y orina. Los perros son más escandalosos, andan, por todos lados, levantando las patas y presumiendo sus miserias.
Sentado sobre el corredor de ladrillos, al lado de macetas con helechos y tomando un jugo de naranja, ese día de cumpleaños viajé a China con Marco Polo. El viaje transcurrió sin novedad por lamentar, al contrario, todo fue deslumbrante. Esa noche, después de la piñata, quebrada con los amigos, y los juegos en el sitio y la cena con patzitos y el reparto del pastel, vi que mi mamá estaba satisfecha y cansada, dejó caer su cuerpo en una silla de mimbre, en la sala, y respiró hondo. Me acerqué y le dije que esa mañana había viajado a China. Me vio y sonrió. ¿Qué tal?, preguntó, y mi cara se iluminó para responder, pero ya no dejó que las palabras brotaran, me dijo que ella, una vez, cuando estaba en su casa de Huixtla, había visto una postal de aquellos lugares (en Huixtla hay muchos chinos) y había pensado que algún día iría a conocer el oriente. La vi. Tenía un velo de niebla en sus ojos. No hubo necesidad de preguntar por qué no había realizado su deseo. Tampoco había necesidad de decirle que en mí no había nacido el deseo, porque lo había cumplido a cabalidad. Había viajado para conocer la Muralla China, sin necesidad de usar visera para protegerme del sol, sin necesidad de que me salieran ampollas en los pies.
Muchos años después un amigo viajó a China y, a su regreso, sentados en la Alameda, de la Ciudad de México, me contó las maravillas que había visto. Después que su asombro comenzó a menguar, le pregunté cuántas horas había invertido en el viaje por avión y cuánto dinero había invertido en cumplir su sueño. Me respondió, y, cuando vio mi cara de sorpresa, dijo que todo había valido la pena, que lo volvería a hacer. Había tanto por ver, dijo, reconoció que mucho quedó pendiente por conocer. Sí, dije yo (y recordé mi certeza infantil), comenté: El mundo es basto. Entonces me vio desde su altura orgullosa y preguntó sólo para humillarme: Y, vos, ¿nunca has ido a China? Alcé los hombros y dije que sí, que había viajado en varias ocasiones y sonreí. Esta sonrisa la interpretó como un alarde estúpido, de alguien que ni en sueños ha realizado tal proeza. Sonrió, me dio la mano y se despidió. Lo vi caminar con rumbo al Palacio de Bellas Artes, cuando él desapareció de mi vista, caminé con rumbo al metro, para ir a casa.

miércoles, 12 de febrero de 2020

CARTA A MARIANA, ANTES DEL CUERPO DE CRISTO




Querida Mariana: Acudo a misa en ocasiones muy especiales. El 5 de febrero fui al Santuario del Niñito Fundador, porque hubo una misa de agradecimiento por los setenta años de la fundación del Colegio Mariano N. Ruiz. ¡No podía faltar!
Cuando me preguntan digo que soy católico. Ya he dicho que mi papá me heredó dos religiones: la católica y la cinéfila. No he renunciado a alguna de ellas, porque sería tanto como renunciar a la heredad de mi padre. Seré católico y cinéfilo durante el resto de mi vida. ¡Claro! Ya no asisto al cine con la frecuencia que lo hice en mi niñez, tomado de la mano de mi papá, la vida nos impone cargas que impiden los gozos de la niñez y, además, él ya no está. “Confieso ante Dios, todopoderoso” que acudo menos a misa. Siendo honesto practico más la religión del cine que la otra, pero no desdigo de ella. Siendo honesto prefiero ir a la matiné que a la misa de domingo.
Fui a misa , como es mi modo, busqué un lugar donde no tuviera tanta interrupción, un lugar donde pudiera estar pendiente de todo lo que ahí sucedía. Reconozco que, así como me gusta el cine, me gusta ver los movimientos que las personas realizan en lugares especiales, en momentos especiales. Busqué y miré que en el coro nadie había, subí por una escalera, sosteniéndome del pasamanos metálico, jalé una banca y la acerqué lo más que pude al barandal, me acodé y desde ahí vi y escuché el acto. El sacerdote felicitó al colegio, a sus fundadores, a maestros, padres de familia y alumnos de la institución, pidió un aplauso y éste se dio de manera generosa, no faltó quien, sin gritarlo, dijo: “Que viva el colegio”, pero la solemnidad se impuso y nadie coreó este viva. Fue entonces que vi la mesa que estaba justo debajo del coro: una mesita modesta, con un tapete bordado, una botella de vino de consagrar y una cesta (de plástico) con hostias. Pensé que el vino y la hostia (tal como aprendí desde niño) eran la materia prima de lo que, después del acto de consagración, se convertirían en la sangre y el cuerpo de Cristo. Los incrédulos se burlan de tal milagro, pero los fieles católicos creen firmemente en tal mutación. El vino se convierte en la sangre de Cristo y la hostia es el cuerpo de Cristo. Quienes pasan a comulgar toman de la sangre de Cristo y comen del cuerpo de El Salvador. Va pues, cada quien con su creencia y su fe.
Pero, de igual manera pensé que cuando fui acólito, a todos los de mi gremio nos encantaba el momento previo a la consagración, cuando el vino no era más que vino y la hostia no era más que unos circulitos deliciosos de harina de trigo. Sin ponernos de acuerdo y ya con nuestros trajes de acólito un día determinamos que el otro “ensotanado” (el sacerdote) tomaría y comería la sangre y el cuerpo de Cristo, mientras nosotros (simples mortales) gozaríamos de tales delicias antes de que tales sustancias se transformaran, así pues, uno de nosotros se ponía en la puerta para avisarnos a la hora que el padre entrara a ponerse la sotana (teníamos un rol bien definido), mientras los demás sacábamos la botella del cancel y, como borrachitos callejeros, le dábamos sorbos a pico, y luego nos dábamos un atracón con las rueditas deliciosas, hmmm, dejábamos que se disolvieran en el lago de nuestra saliva. Cuando el vigilante silbaba, sabíamos que el cura estaba por entrar. Dejábamos todo como lo habíamos encontrado y saludábamos al padre inclinando la cabeza que, en varias ocasiones, sentíamos como que se desprendía de nuestro cuello. Estos ligeros entorpecimientos de nuestras mentes ocasionaron en más de dos ocasiones que se nos cerraran los ojos a mitad de la misa o que tocáramos a deshora la campana en el instante que el sacerdote decía: “Este es el cuerpo de Cristo”. Nosotros sonreíamos porque ese cuerpecito ya había sido nuestro, junto con su emboladora sangre.
Posdata: Valió la pena ser monaguillo. En varias ocasiones subí al campanario del templo de Santo Domingo. En el último tramo debíamos subir sobre una escalera altísima que, justo cuando llegábamos a la mitad, crujía como quejándose, como advirtiendo que en cualquier momento se podía quebrar a la mitad. Ahora, cuando recuerdo estos momentos aún siento vértigos. Ahora le temo a las alturas. En aquellos momentos me asomaba a los ventanillos de la torre y desde ahí, como si fuera un ave, veía los tejados de mi maravilloso Comitán y sentía el aleteo del viento sobre mi rostro que sonreía como jamás volvió a hacerlo. Ahora doy gracias a Dios que jamás se nos ocurrió beber y comer antes de subir al campanario. Ya lo dice el dicho: No se puede repicar y dar misa. Nosotros sólo bebíamos cuando estábamos en la nave de abajo y no en la nave de aire que se impulsaba desde la torre.

martes, 11 de febrero de 2020

CARTA A MARIANA: AND THE OSCAR GOES TO




Querida Mariana: Como cada año, el 10 de febrero de 2020, Comitán celebró la tradicional Entrada de Flores, en honor a San Caralampio. El Colegio Mariano N. Ruiz, por los festejos de su septuagésimo aniversario, realizó un tiraje de 300 ejemplares del libro “Tojolabales, tzeltales y mayas. Breves apuntes sobre antropología, etnografía y lingüística”, de Carlos Basauri. En este libro, Basauri da su testimonio de lo que vivió en la entrada de flores del año de 1928. ¿Mirás? ¡1928!; es decir, hace casi cien años.
Nuestra Entrada de Flores ha sufrido transformaciones. Continúa la tradición, pero con agregados contemporáneos. Es lógico, todas las sociedades del mundo son entes vivos, se transforman. Nuestra ciudad no es la misma de 1928. Se ha transformado. Lo que es inalterable en el paso de los siglos es el carácter del comiteco. Por esto, nuestro máximo festejo tiene características especiales.
¿Qué vio Basauri? Copio un fragmento de su libro: “El día 10 de febrero desde la madrugada se reúnen todos los que van a tomar parte en las danzas, en la procesión, así como aquellos que son portadores de ofrendas, en el río grande que se encuentra a tres kilómetros de la ciudad de Comitán. Ahí se organizan en la forma siguiente: abren la marcha seis “diablos” y seis “muertes”, unos cincuenta pasos atrás de éstos, se colocan los bailadores, que son de ocho a doce parejas, siendo curioso advertir que aunque todos son hombres, la mitad se visten con prendas femeninas. Todos llevan máscaras de cartón. Detrás de éstos vienen los músicos cuyos instrumentos son dos tambores grandes y dos chicos, hechos generalmente de un tronco de árbol ahuecado, al que colocan un pergamino bien restirado, y tres o cuatro chirimías; siguen a los músicos cuatro individuos que cargan sobre sus hombros un “marco”, especie de angarillas, en el que traen gran cantidad de velas para el santo y por último, se agrega una enorme muchedumbre portadora de las ofrendas que consisten en flores, frutas, palmas, animales, velas y dinero (…) En las afueras del templo y en lo que se llama “La plaza de La Pila” se erigen multitud de barracas destinadas a expender alimentos, dulces, refrescos y principalmente bebidas alcohólicas, por lo que casi puede decirse que forma parte del ritual el hecho de ingerir algunas copas de “comiteco” a la salida del templo.”
¿Cómo lo mirás? En 1928 hubo “diablos”, “muertes”, bailadores (la mitad, hombres vestidos de mujeres), con máscaras de cartón, tamboreros y piteros, y una muchedumbre con ofrendas para el santo. En la plaza multitud de barracas que ofrecían comiteco. Sí, trago, como parte del ritual. Este año hice el recorrido dos veces, la primera bajé hasta Las Siete Esquinas y subí al parque central, donde vi que el presidente municipal bajó del templete que tradicionalmente se levanta frente al templo de Santo Domingo y se integró al primer contingente de fieles, los que vienen de comunidades rurales y llevan flores como ofrenda (este rasgo fue muy bien recibido por la comunidad.) Después bajé hasta El Cedro, hice el recorrido contrario al contingente de participantes, mientras ellos subían yo bajaba y miré lo que vieron todos los que se pararon en las banquetas o estaban en balcones o en pretiles o en azoteas. Vi un pueblo lleno de alegría, donde hubo danzantes. ¡Ah, burro!, cómo le metieron al baile, no sólo los participantes sino también los que estaban de espectadores; vi a “Los Intensos”, hombres vestidos de mujer, echando relajo a la doble potencia y miré a muchos echando su santo trago (ya no comiteco, sino cerveza, micheladas, charrito o güisqui).
Nada es casual en la vida. Los Intensos son los bailadores que menciona Basauri, los hombres vestidos de mujeres. Claro, más malcriados, más liberados, más protagonistas de este caótico siglo XXI.
Lo que vimos fue una manifestación cultural que tiene su origen en la tradición católica. ¿Por qué los bailadores de 1928 eran hombres vestidos de mujer? En Chiapa de Corzo, cada enero, cientos de hombres se visten de mujeres (son los chuntaes). Los chuntaes son la representación de las sirvientas de doña María de Angulo, quien, en agradecimiento por haber sanado a su hijo, mandó repartir maíz, frijol, verduras y dinero, entre los pobladores de Chiapa de Corzo. Los estudiosos podrán darnos una explicación acerca de esa característica: hombres vestidos de mujeres. ¿Acaso es porque en aquellos años las mujeres tenían prohibido participar en actos públicos? No lo sé. Pero en el 2020, vi muchachas bonitas, con blusas bien pegadas y jeans ajustados, bebiendo cerveza, bailando, gritando, riendo. Vivimos en 2020. La sociedad se transforma. ¿Hasta dónde? Nadie lo sabe.
Posdata: En 1928, los comitecos, en honor a San Caralampio bebían trago y muchos hombres se vestían de mujeres y bailaban. Los festejos populares logran el milagro de unir elementos diversos, en ocasiones: antagónicos.
Vi muchas comparsas. Fieles que durante meses preparan sus vestidos. Todo lo hacen con un gran fervor. Invierten mucho tiempo y dinero, y participan para agradecer favores recibidos de quien, aseguran, es un santo muy milagroso. Tan milagroso, que por ahí nos topamos con un participante vestido de El Jocker, quien recibió el Óscar a la mejor actuación. En 1928 esta imagen no podría hallarse ni en sueños, en el Comitán de 2020 ¡sí! Hubo comparsas de romanos, de grupos estudiantiles urbanos vestidos de tojolabales tocando el tambor y el pito, diablitos, parachicos, odaliscas, monstruos (llevando fotografías antiguas de San Caralampio), enmascarados, viejitos, disfrazados sobre zancos, la bella y la bestia, réplicas de personajes de televisión (como el Chapulín Colorado), disfrazados de viejos cargando ollas, tipos con la máscara de López Obrador, vendiendo boletos para la rifa del avión presidencial, moteros, luchadores, talibanes, pierrots, batman, caballerangos, y, por supuesto, El Jocker. La Entrada de Flores es un verdadero tachilgüil de personajes, que parecen salidos de una pesadilla y, también, de cuentos de hadas. Sí, el carácter del comiteco de este siglo XXI ahí está retratado. A veces varios se incomodan, es natural, a veces nos da temor vernos en el espejo.

lunes, 10 de febrero de 2020

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA




En el centro aparece un escritor (Ornán Gómez), sonríe, con sonrisa de orgullo, porque tiene en la mano derecha el libro “Mundo raro para el señor K”, libro de su autoría, que presentó esa tarde, en la Librería Lalilu (de Comitán), espacio donde, sin duda, escribió muchos de los textos que en el libro aparecen; porque Ornán (inquieto, lector apasionado, promotor incansable del fomento a la lectura) ha hecho de esta librería algo como su casa. Por eso, en esta fotografía aparece sentado debajo del dintel de un ventanal. Está sentado como en la frontera de la luz y de la sombra, porque el espacio de la librería está envuelto en una penumbra y el espacio del jardín está vestido de luz, pero (todo mundo lo sabe), conforme la noche llegue de puntillas, el espacio del jardín se tornará oscuro, en cambio, el espacio de la librería (Ornán lo sabe), siempre, a pesar de los pesares, dimana la luz de la palabra, luz que ha acompañado siempre a Ornán, desde los tiempos antiguos (bueno, ni tan antiguos –lo digo para que no se enoje-) en que su abuelo le leía fragmentos de la Biblia. ¡Pucha, qué manera de comenzar a caminar por el sendero de la literatura! Cuando muchos lectores comienzan con revistas de monitos (cómics), Ornán comenzó su trayectoria de lector con parábolas y misterios; tal vez por esto, su mirada (a pesar de que su rostro siempre sonríe) tiene un velo de arena de desierto. Acá muestra orgulloso su libro con la mano derecha, pero la mano izquierda trata de ocultarla en medio de la entrepierna, como si quisiera recordarse que lo que hace la mano derecha no debe saberlo la izquierda. Está sentado en un pretil que, de igual manera, divide el mundo (su mundo) en izquierda y derecha, en luz y sombra, en gloria y tragedia.
La tarde de presentación de su libro dijo que las cartas que le envía al señor K son como una especie de bitácora de lo que le sucede. Los lectores que, curiosos, se acercan a argüendear, a descubrir qué cosas Ornán cuenta al viejo, encuentran (a través de una narración precisa) el mundo de Ornán, sus alegrías, sus complejos, sus tristezas, sus momentos de gloria y los sinsabores. Ornán (perverso sin tapujos) casi se desnuda para mostrar su cuerpo (lleno de heridas) y su espíritu (plagado de llagas). Los lectores de la columna de Ornán descubren las piedras que carga, las nubes que, como cardumen de ovejas húmedas, lanza por todos los mares. Sus lectores tienen una gran cercanía con el autor, porque él los ha invitado a entrar a las recámaras y cocinas de sus casas y a los cuartos más oscuros de su alma. Sus lectores saben que Ornán tiene dos hijos (un niño y una niña); saben que siempre los lleva al parque, los invita a tomar un helado, les cuenta cuentos, muchos cuentos, se recuesta al lado de ellos y los ve cerrar los ojos y cuida sus sueños; sus lectores saben que Ornán se divorció y ahora no tiene cerca a sus hijos, los ve de vez en vez y cuando los ve duplica, triplica, su atención, su cariño, el hilo con que amarra su nostalgia revuelta con alegría. Pocas cosas se reserva para sí. Sería un exceso que, también, se despojara del taparrabo y quedara como Adán. Ornán sabe (y con él lo sabemos sus lectores) que una mañana, Dios corrió a Adán de El Paraíso, desde entonces, los seres humanos caminamos sobre ese pretil donde Ornán está sentado. Acá, en esta fotografía, Ornán sonríe, está a pocos minutos de hacer la presentación de su libro, acompañado de Gamaliel Sánchez, en los comentarios, y de José Luis Avendaño en la interpretación de la canción de José Alfredo: “Un mundo raro.” El título del libro es certero: “Mundo raro para el señor K.” El mundo de Ornán no es un mundo rectilíneo, tiene curvas, pendientes, pero también muchas cimas, cimas desde donde mira el rebaño de nubes y se piensa Moisés y trata de pepenar las tablas con los diez mandamientos del escritor. Ornán nació rebelde, travieso, a veces su cerebro da vueltas como veleta, a veces pierde el rumbo; este rumbo vuelve a hallarlo en la penumbra de la librería, a la hora que escribe, que lee; y, por supuesto, a la hora que toma de la mano a sus criaturitas y les muestra el lado luminoso de la luna. El lado oscuro de la luna se lo reserva para él.
Los que saben dicen que su nombre (bíblico, ¡faltaba más!) significa Noble Señor. Acá, en esta fotografía, nobilísimo mancebo, muestra su libro, el más reciente. Sonríe. Escritor satisfecho. A la hora que se pare entrará al territorio en penumbra, dejará la luz del jardín. Más tarde subirá a su auto y recorrerá las calles iluminadas por luz artificial. En ocasiones, la luz que nos alimenta no es natural. La obra literaria de Ornán está llena de luces y sombras, su vida ¡también! Así es la vida de todos. Por esto, él busca, a través de las cartas que le envía al señor K, mostrar que este mundo es un mundo raro… y si quieren saber de su pasado, es preciso creerle sus mentiras y decir que viene de allá, de un mundo…

sábado, 8 de febrero de 2020

CARTA A MARIANA, CON CELEBRACIÓN




Querida Mariana: Vos sabés que mi vida está ligada en forma indisoluble al Colegio Mariano N. Ruiz. Estudié la primaria en la Fray Matías de Córdova (junto con mis compañeros de generación me tocó pasar del viejo edificio al nuevo, que fue inaugurado por el presidente Gustavo Díaz Ordaz), y luego pasé al colegio para estudiar la secundaria. Tuve el privilegio de recibir clases con el padre Carlos, el fundador del colegio. Otros maestros fueron, el maestro Güero, maestro Temo Torres, doctor Guillermo Robles (el primer novio comiteco de Rosario Castellanos), maestra María Antonieta González y hubo un rato que mi papá, Augusto Molinari, me dio dos o tres clases de Civismo, porque suplió la ausencia del titular. Así como lo digo no lo percibís a cabalidad, porque sos muy joven, pero quienes son mayores saben que estos nombres corresponden a maestros de lujo. El padre Carlos fue un lujo para mí. Primero lo tuve de maestro en la secundaria y luego, con el paso de los años, lo tuve como mi mentor cercano porque ante una ausencia temporal del maestro Jorge, quien fue director por más de treinta y tres años, me nombró director de la escuela (en ese tiempo, el colegio impartía los servicios de preescolar, primaria y secundaria). Estar cerca de un hombre que admiré muchísimo (lo sigo admirando) me provocó uno de los impactos más favorables en mi vida. Y digo que lo admiré mucho, porque sus clases de literatura fueron el empujón final para que yo supiera que mi afición lectora era el prodigio más impactante del mundo. Pero no sólo fue la literatura el puente de unión, ¡no!, también lo fue la música. He platicado en varias ocasiones como él mandaba a dos de los alumnos más aventajados (nunca lo fui) para que llevaran al salón el aparato tocadiscos. Sacaba de la funda un disco de Beethoven o de Mozart y, mientras colocaba el disco en la tornamesa, nos platicaba algunos datos biográficos del compositor y características de la obra que íbamos a escuchar. Has de entender que nosotros manteníamos un silencio absoluto, pero nos aguantábamos la risa, porque (nunca lo he entendido) cuando un grupo de jóvenes se ve sometido a un ambiente de silencio algo como un ratón jocoso se encarama en el hombro y quiere botarse de la risa (debe ser porque la naturaleza del joven es el jolgorio). Sabíamos que esa práctica exigía atención, que era un instante solemne. Dentro de mi bobera yo sabía que ese momento era importante, imaginaba que estábamos en una sala de conciertos y que presenciaríamos (escucharíamos) una de las más altas cumbres de la creación humana. Y digo esto, porque el padre (aficionadísimo a la música clásica), a la hora que colocaba la aguja sobre el disco que comenzaba a dar vueltas y a sonar, se paraba como si fuera el director de orquesta y levantaba los brazos, con los dedos índice y pulgar juntos y comenzaba a dirigir la orquesta. ¡Ah!, se creía un Von Karajan cualquiera.
En un Comitán de sol afectuoso, donde el viento corría discreto en el viejo parque de San Sebastián, el padre Carlos nos heredaba el gusto por la buena literatura y por la buena música. ¿Un hombre intachable? No, él también era un sencillo ser humano, con luces y sombras. Muchos comitecos lo quisieron, algunos (los menos) no lo podían ver ni en pintura, porque era soberbio. Sí, a veces olvidaba tantito su cuna humilde y abandonaba a los sencillos y se codeaba con los poderosos, pero era de estos últimos que lograba donativos que le servían para construir las grandes obras.
Perdón, mi niña, por hablar en primera persona de más en esta carta, pero sé que mi emoción es compartida por cientos de ex alumnos que, igual que yo, tuvieron el privilegio de abrevar en las aulas de nuestro amado colegio (sí, sí, hay dos o tres -tal vez más- que no conservan gratos recuerdos del colegio. La vida, en ocasiones, no pone a los seres humanos en el espacio correcto.) Por eso, hoy, abuso y digo que levanto un vaso de agua, limpia, transparente, para brindar por los setenta años del Colegio Mariano N. Ruiz. ¡Sí, mi niña, el colegio cumple setenta años de vida!
El 5 de febrero de 1950 cayó en domingo. El padre Carlos J. Mandujano García, párroco del templo de Santo Domingo, como todos los domingos celebró misa. Pero la de ese domingo tuvo la particularidad que fue el acto por medio del cual inauguró el ciclo escolar de la escuela que había abierto: el colegio Mariano N. Ruiz. ¿Mirás qué prodigio? En este México republicano, de educaciones laicas, un domingo de febrero de 1950, en Comitán, un sacerdote católico inauguró un curso escolar en un templo.
En medio de una celebración solemne los padres de familia y alumnos de la primera generación de educación primaria asistieron al nacimiento de esa institución. Es fácil imaginar a los padres de familia acompañando a sus hijos caminando por el pasillo central del templo. El padre Carlos preside la comitiva. Los niños caminan de la mano de sus papás, miran la enorme altura del cielo del templo, ven los travesaños que soportan el techo, se sienten orgullosos, al día siguiente asistirán, por primera vez, a su nueva escuela. El día lunes 6 de febrero de 1950 iniciaron las clases, en una casa del señor Tovar, que está frente al acceso del Pasaje Morales. Sí, en los territorios que habitó Rosario Castellanos, de niña y de adolescente, inició la labor educativa del Colegio Mariano N. Ruiz. No sé bien a bien (mentiría) si la casa que habitó Rosario fue la misma que años después sirvió para que los alumnos del colegio recibieran clases. Hay una coincidencia. La casa que habitó Rosario es propiedad de los herederos del señor Tovar. La casa está divida en dos ahora, pero ahí habita la familia Tovar Serrano.
En la actualidad, el Colegio Mariano N. Ruiz tiene tres locales propios: uno en San Sebastián, frente al Niñito Fundador, donde se imparte educación primaria (este edificio lo construyó el padre Carlos. Los albañiles trabajaron bajo la dirección de don Bruno Barrera); otro en la bajada que va del templo de San José al barrio de San Sebastián, donde se imparten servicios de lactantes, maternal y preescolar (este edificio fue construido por instrucciones de la Asociación Civil del colegio, agrupación que adquirió el terreno que fue propiedad de la familia del conocido comiteco Armando Alfonzo Alfonzo, autor del libro “Sólo para comitecos.”); y el tercero, que está ubicado en el barrio Los Sabinos, donde se imparte educación secundaria, bachillerato y educación universitaria (es la edificación más reciente.)
Como en cualquier institución educativa del mundo, sus directivos, personal administrativo, docentes, alumnos y padres de familia, han consolidado el prestigio de la, inicialmente, llamada escuela del padre. Cientos de alumnos han pasado por sus aulas, ahí han recibido los conocimientos humanistas y científicos y, sobre todo, la reafirmación de los valores.
Esta institución lleva el nombre de Mariano Nicolás Ruiz Suasnávar, porque el padre Carlos quiso honrar el nombre de quien fue su maestro. Don Mariano nació en San Cristóbal de Las Casas y llegó a Comitán, donde compartió la luz del conocimiento a través de la escuela que abrió y que se llamó “La Enseñanza.” El maestro Mariano murió en esta ciudad en 1945, sus restos reposan en el panteón municipal de Comitán. Cinco años después de su fallecimiento, el padre Carlos honró su memoria y rescató su nombre para la posteridad.
El pasado 5 de febrero de 2020 comenzaron los festejos por el cumpleaños número setenta del Colegio. A las nueve de la mañana, el maestro José Hugo Campos Guillén, rector de la universidad y representante legal de la asociación, inauguró el ciclo de pláticas que maestros de la institución compartirán con una audiencia de veinte alumnos (no más, no menos). Los maestros compartirán experiencias de vida. El maestro José Hugo compartió con veinte muchachos universitarios el testimonio de cómo la universidad del Colegio logró ser parte de la RENIESTS (única universidad comiteca que lo ha logrado.) ¿Qué es la RENIESTS? Es la Red Nacional de Instituciones de Educación Superior en Trabajo Social. Esta asociación permite a la universidad comiteca tener relaciones con las máximas instituciones del país, como la Escuela de Trabajo Social, de la Universidad Nacional Autónoma de México.
El mismo cinco de febrero, a las seis de la tarde, se presentó el libro: “Tojolabales, tzeltales y mayas. Breves apuntes sobre antropología, etnografía y lingüística.”, de Carlos Basauri. Una segunda edición sin afán de lucro, que se publica para difusión del conocimiento. Este libro es el informe que Basauri entrega (en 1931) del viaje que realizó la John Gedinns Gray Memorial Expedition, enviada por la Universidad de Tulane de Nueva Orleans, La., en 1928. En este libro, por ejemplo, está la descripción de la entrada de flores en honor a San Caralampio, realizada en ese lejano año de 1928. ¡Uf! Es un documento importantísimo. En esta expedición viene Franz Blom, el reconocido investigador que radicó en nuestro estado y a quien le fue conferido el Premio Chiapas. Franz, junto con doña Gertrudis, fundaron lo que hoy es conocido como el museo Na’Bolom, en la ciudad de San Cristóbal de Las Casas.
Posdata: Me llena de orgullo la celebración de estos setenta años del Colegio Mariano N. Ruiz. Estudié mi secundaria de 1968 a 1971 (mi generación cumplirá, en el 2021, cincuenta años de haber egresado); luego, en 1982 entré a trabajar como maestro de dibujo y desde entonces he impartido cátedra en bachillerato y en universidad. Actualmente me cabe el honor de ser director de difusión y extensión universitaria. Si Dios me permite vida, en 2022 cumpliré cuarenta años de trabajar ahí. Sí, mi vida ha estado ligada al colegio en forma indisoluble. Soy Marianito, con mucho orgullo, y tengo (perdón) a mi Marianita que, de igual manera, alimenta mi espíritu. Con el colegio inicié mi relación siendo joven y ha permanecido en mi vejez; con vos comencé de viejo y renuevo mi ánimo juvenil.

viernes, 7 de febrero de 2020

CARTA A MARIANA, CON UNA FRASE CERTERA




Querida Mariana: Hoy comparto una foto luminosa. Una estudiante de la escuela Fray Matías de Córdova participa en el acto donde se conmemora un aniversario más de la Promulgación de la Constitución Política Mexicana. Como en toda la patria, en Comitán se conmemoró esta fecha tan importante para nuestro calendario cívico.
La niña se llama Camila Guillén Roblero; no sólo ella participó, también Aldo Alexander López Ruiz leyó una semblanza histórica (ambos alumnos fueron diputados por un día en el Congreso Infantil.) ¡Ah! Qué orgullo al escuchar la voz de esos niños comitecos, al hablar de la Constitución de nuestra patria y de los derechos de los niños mexicanos. Los alumnos de la Matías vestían un uniforme donde el blanco y el verde son los colores dominantes: el blanco de la pureza y el verde de la esperanza. Luego de la participación destacada de estos niños, el maestro de ceremonias anunció la participación de quien daría el mensaje oficial, el presidente municipal pasó al podio y dijo un discurso conceptual, donde resaltó que, gracias a la lucha de valerosos mexicanos, en nuestro país gozamos de libertad de culto, de libertad de expresión y de la libre asociación. Lo dijo muy bien, ninguno de los asistentes podrá decir lo contrario. Todos los elegidos para hacer uso de la palabra esa mañana lo hicieron de manera muy digna.
Bueno, toda esta vuelta, para decir que me impresionó una frase de remate que, en su discurso, dijo el presidente: “Comitán es de todos.”
Sí, vos dirás que esto lo sabemos bien, pero yo he constatado que no es así. Por esto, pienso que la frase del licenciado Emmanuel es pertinente. A ver, nuestra ciudad (el municipio) se llama Comitán de Domínguez, sabemos que tal nombre honra a don Belisario, máximo héroe civil de nuestra patria, pero (lo digo en serio, porque así me lo dijeron), un amigo con apellido Domínguez me dijo un día: “¿Ya mirás? Comitán es ¡nuestro!” Sí, lo dijo un poco en broma, pero cuando vi sus ojos, con el brillo que tienen algunas joyas, supe que su orgullo iba más allá del mero chascarrillo. No, ya lo refrendó el presidente, Comitán es de todos. Me encantó escuchar que dijera eso, con esa convicción. Fue un recordatorio que, por ejemplo, en política, más allá de colores de partidos políticos, nuestro pueblo tiene el color natural de siempre. Comitán no es rojo, ni verde, ni morado, ¡no!, Comitán es de todos. ¡Qué frase tan certera, tan de poner todo en el lugar que le corresponde! Si todos los comitecos reconociéramos tal certeza, nuestro pueblo caminaría con paso más firme hacia el progreso. A veces titubeamos, lo hacemos porque, o pensamos que somos los únicos propietarios o nos sentimos excluidos. Estos extremos, el sentimiento de propiedad privada o el deslinde de responsabilidad no le hace bien al Todo que es de todos.
Comitán ¡es de todos!, dijo el presidente municipal esa mañana. ¿Todos los comitecos lo apreciamos así? Yo pregunto, sólo pregunto. Cuando un ciudadano entiende que el pueblo es de todos se sabe incluido y, a partir de ese instante, brotan dos sentimientos esenciales: el del amor por ese territorio y el compromiso para que dicho espacio sea más digno. Cuando voy a visitar a amigos a sus casas veo cómo las estancias están limpias, los jardines tienen flores y árboles de tenocté; me enseñan con orgullo fotos familiares y señalan a los abuelos y me cuentan cómo el abuelo era constructor de barriles para guardar comiteco y la abuela se dedicaba a elaborar gaznates que eran muy buscados por los vecinos del barrio. Veo el orgullo posado en su mirada.
Posdata: Sí, como dijo el presidente, Comitán es de todos, cada espacio de este pueblo nos pertenece y debemos velar por conservarlo como conservamos el hogar particular. Sí, me gustó esa frase de remate, fue como la confirmación de algo que puede generar reflexión. Que nadie se sienta excluido, que nadie deje tareas al otro. Comitán es de todos, por lo tanto, todos debemos velar porque el pueblo crezca de manera armoniosa. Conozco a muchos amigos comitecos que identifican perfectamente lo que esa mañana brincó como chapulín luminoso en los oídos de todos los que presenciamos el acto cívico donde conmemoramos la promulgación de la constitución; esos amigos aportan su esfuerzo para el bien común, porque este pueblo no tiene más color que el color natural de su gloria. Comitán ¡es de todos!

jueves, 6 de febrero de 2020

CARTA A MARIANA, DONDE SE HABLA ACERCA DE LA DEBILIDAD DE LA PALABRA




Querida Mariana: En el principio fue el Verbo, la palabra. La palabra nos da identidad, le da forma a nuestro pensamiento. La palabra ¡es poderosa!, puede ser, si es bien dicha, la palanca que mueve el mundo, pero, de igual manera, la palabra es frágil, débil, se presta a chantajes, a ser máscara de hipócritas.
A mí me fascina (a pesar de no ser fanático) el poder del deporte. ¡Ah!, qué capacidad de convocatoria. Vi, por televisión, diez minutos del Súper Bowl reciente. Vi lo que todos los espectadores vieron: un estadio lleno de fanáticos enardecidos, brincando, riendo, bebiendo, coreando las jugadas, haciendo rabietas cuando el equipo contrario lograba el primero y diez. En un encuentro de tenis individual son dos deportistas los que llenan de fanáticos el estadio y cuyo juego es presenciado por millones de televidentes en todo el mundo. Siempre me ha parecido genial (casi irreal) el hecho de que dos jugadores convoquen a tantos espectadores. ¿Cuál es la magia que posee el deporte? Algo similar ocurre con la música. He visto conciertos por televisión donde una cantante (con su grupo de músicos) mueve, como si fuera un mar seducido, a miles de espectadores en un auditorio. Todos disfrutan el espectáculo. No sucede lo mismo con la palabra. Por más que los expertos en lenguaje expliquen el poder de la palabra, en encuentros multitudinarios, la palabra llega a cansar. Me han platicado de sacerdotes que, expertos en oratoria, seducían a las multitudes de fieles en un templo a la hora del sermón, pero, la verdad es que nunca he sido testigo del milagro de la palabra. De vez en vez voy al templo y a la hora del sermón lo que veo es a una pareja que dormita, otra que se cuchichea y una más que critica el vestido de la muchacha bonita que está delante de ellos. La palabra exige una concentración de ciento por ciento. No sucede lo mismo con el deporte o con la música (salvo cuando ésta es música clásica y un simple estornudo crea una ruptura trágica). Cuentan que un poeta ruso (en tiempos Stalinistas) lograba reunir miles de escuchas en estadios y ofrecía recitales poéticos. No sé cómo sería la respuesta en términos de atención total. En México hay el ejemplo de un poeta (debe haber varios más, pero contaditos), nuestro paisano Sabines, que conmovió a la audiencia que llenó el Palacio de Bellas Artes (hay testimonios visuales donde se observa que el espacio fue insuficiente. Colocaron pantallas en la plaza para que los amantes de la poesía de Sabines no se perdieran el recital.) Imagino que, en ese instante, toda la audiencia logró compenetrarse al ciento por ciento con el poeta. Pero, lo cierto es que no todo mundo es Sabines. Cuando la palabra brota de una garganta como la del mencionado poeta chiapaneco ella se convierte en un faro de luz, pero cuando brota de poetas mediocres y pésimos lectores, por ejemplo, es una pastilla para convocar el sueño, el fastidio y el hartazgo. Es cuando la palabra se muestra frágil, como si fuera una muchacha vestida con hilachos, recostada al lado de basureros, donde brota la peste de cadáveres de perros.
En un partido de fútbol soccer, si un aficionado (por beber muchas cervezas) tiene necesidad de ir al sanitario, lo hace y, digamos, no se pierde de nada. Regresa al asiento, con otro vaso de cerveza en mano, y continúa con la secuencia del partido (lo mismo pasa con el básquetbol o con un partido de tenis o con una carrera de autos). Esto no sucede con una conferencia, por ejemplo. Si una persona se levanta pierde la continuidad del mensaje y tal vez la parte más importante. Este es el poder de la palabra. Parece estar destinada a seres privilegiados, a los dotados por la gracia divina del entendimiento y de la comprensión, porque el juego eterno de la palabra exige que el cerebro se active con el chip de la atención. Tal vez por esto, millones de personas prefieren presenciar un partido de golf a asistir a una conferencia dictada por un brillante conferenciante. El deporte, como la música, estimulan los primarios sentimientos del espíritu humano; por el contrario, la palabra es un anzuelo para activar la razón. En su poder radica su fragilidad.
Posdata: Tal vez, digo sólo que tal vez, en ello consiste el misterio indescifrable de la palabra: No discrimina a nadie por selección, es selectiva por vocación.

miércoles, 5 de febrero de 2020

CARTA A MARIANA, SIN PACK




Querida Mariana: Antes, los enamorados enviaban papelitos, ahora envían WhatsApp; las enamoradas, antes, enviaban fotografías tamaño infantil, con dedicatorias en la parte posterior: “Cuando en las noches veas la luna, acuérdate de mí.”, ahora envían pack. Todo ha cambiado. Ha cambiado tanto la vida, que ahora, los dichos viejos se reciclan y se adecuan a los tiempos. Ayer, de pura casualidad, escuché que un adolescente (tal vez estudiante de secundaria) le comentaba a un amigo que le había enviado un mensaje a la chica que le gusta. ¿Qué le mandó? Un dicho muy antiguo, pero con elementos de nuestra realidad: “Te quiero de acá a la luna, de ida y vuelta, con bloqueo en El Carmelito.” ¡Qué! Cuando lo oí sonreí. Y (viejo metiche) le pregunté por qué había agregado lo del bloqueo. ´Los dos muchachos rieron, y el enamorado dijo: “Ah, pues así sabe que la quiero mucho.” Seguí sin entender, entonces el otro muchacho considero que debía explicarme. Así me vería. “Es que así tarda más.” ¡Ah, ya! Entendí. Ahora no sólo es la distancia, sino también el tiempo, y este muchacho consideró que el bloqueo hace más tardado el trayecto de su amor.
Sonreí, pero luego me dio tiricia. Nuestra realidad es una bofetada brutal. Como siempre, los mexicanos hacemos chiste de la tragedia. Sin duda que era simpático el dicho del muchacho: “Te quiero de acá a la luna, de ida y vuelta, con bloqueo en El Carmelito.” Esto habla de cómo la ilegalidad ha hecho nido en nuestra tierra. No soy experto en Derecho, pero hasta donde sé, La Constitución establece que nadie, nadie, puede bloquear una vía de comunicación federal, porque nadie puede impedir a un ciudadano mexicano el libre tránsito; y, sin embargo, en nuestro vapuleado estado, los bloqueos son cosa de todos los días, a todas horas. Un grupo de manifestantes, inconformes, coloca piedras sobre la carretera y evita el libre tránsito de las personas con sus autos. La tía Elena siempre recuerda el instante que abordó una combi para ir a una cita médica programada, iba muy tranquila (bueno, ni tanto, porque dice que el chofer manejaba como si estuviera en la pista de Le Mans), cuando vio que el conductor se detuvo, ella, como es natural (en ella), puso sus manos sobre el respaldo de un asiento, alzó la cabeza como si fuera avestruz y vio una larga fila de autos. Pensó que había ocurrido un accidente, pero, dos segundos después, el pasajero realista experto (que nunca falta) alzó la voz y dijo: “Otra vez. Seguro que es un bloqueo.” Y sí, eso era, ¡un bloqueo! En ese momento, la tía no supo que jamás acudiría a su cita, pero el mismo experto le recomendó bajar y subir a otra combi en sentido contrario, para regresar a su casa. Pero, ¿por qué? Ni se enoje, le dijo el experto. Esto puede tardar muchas horas. En efecto, el rumor llegó hasta la combi, el grupo de inconformes estaba dando paso, pero cada hora, y sólo dejaban pasar veinte autos (por supuesto, con la consabida cooperación voluntaria.)
Por esto, al principio sonreí con el dicho del muchacho, porque su frase no contemplaba el encono, sino la tardanza, que en cuestiones de amor es como la entrada al Paraíso. Los enamorados siempre buscan la forma de estar juntos el mayor tiempo posible. Las chicas ponen como pretexto ir a hacer una tarea en grupo y aprovechan ir al parque para estar con el chico. El tiempo (ya nos lo dijo Einstein) es relativo y mucho más relativo en tiempo de enamoramiento. A los enamorados el tiempo se les hace agua, quieren apresarlo, pero es un pájaro muy escurridizo, vuela, vuela.
Por esto, el chico (qué ingenioso) le dijo a su chica: Te quiero de acá hasta la luna, de ida y vuelta, con bloqueo en El Carmelito. ¡Qué simpático!, pero, a la vez, qué cruel, qué triste. Un acto ilegal sirve para hacer una gracejada.
Posdata: ¿Y vos? ¿Qué tanto querés a tu muchacho? ¿Lo querés con ardor? ¿Con una flama alimentada con huachicol?

martes, 4 de febrero de 2020

CARTA A MARIANA, CON SONRISAS QUE SE TOCAN




Querida Mariana: Hay sonrisas que se tocan, sonrisas que vuelan, que, como aves, abandonan el nido de los rostros y tocan los cielos. En esta foto que te comparto, hay algo de esto. ¿Sabés en dónde estoy? En un corredor del Centro Cultural El Carmen, de San Cristóbal de Las Casas. Esa mañana pasé a saludar al maestro Emilio Gómez Ozuna y él, generoso, me invitó a estar a su lado en esta fotografía. ¡Es mi privilegio! Los muchachos sonríen, el maestro, también, y sonríen los títeres, ¡qué bendición! ¡Qué ejército de muñecos de trapo! ¡Qué ejército de muchachos de carne, hueso y pedazo de pescuezo! ¡Qué ejército de promotores del arte!
Siempre que voy a San Cristóbal, para ahondar en el buen ánimo, doy una vueltita por el Centro Cultural, porque es un espacio lleno de vida. Me encantan esos espacios donde la vida es como una planta que nunca abandona la primavera. El espacio donde está el Centro Cultural, en San Cristóbal, es un espacio afectuoso. Basta que camine frente al Arco del Carmen, que me siente tantito en el parque, que me levante y me integre a la plaza (donde está un busto del maestro Mariano N. Ruiz) para que sienta un pinchazo de alegría, porque la plaza siempre está llena de muchachos (sentados en las gradas del teatro o platicando o tocando una guitarra y cantando o viendo un performance que dos chicas realizan en la explanada). ¡Qué feos los claustros donde el silencio es el único grito que se oye! ¡Qué bellos los claustros donde la vida es un pájaro que canta fuerte! El Centro Cultural del Carmen es un espacio donde, incluso, los muñecos de trapo toman vida, y ¡de qué manera!
Cada uno de estos muchachos, claro, con la dirección del maestro Gómez Ozuna, hizo su títere (mupet) y le puso su nombre. ¡Ah!, debe ser un momento mágico el instante en que un creador bautiza a su obra. Imagino que estos muchachos son como los papás de estos muñecos y, por esto, quieren lo mejor para ellos. Así, pues, estos muñecos no leen cualquier cosa. ¡No! Estos muñecos nacieron con el mejor augurio. ¿Sabés cómo se llama el grupo? Se llama Poetíteres y su misión en la vida (¡qué genialidad!) es ir a barrios de San Cristóbal de Las Casas para compartir poesía con la audiencia, en los parques, en hospitales y en las plazas. ¡Qué! ¿Poesía? Sí, los Poetíteres son lectores de poesía, comparten la palabra con otros. Cuando el maestro Gómez Ozuna me contó lo que contó, pensé, de inmediato, en el grupo de titiriteros Petul que, en el siglo XX, viajaba a las comunidades de Los Altos y transmitía campañas educativas y de salud a los indígenas. El trabajo de esos promotores (incluidos Rosario Castellanos y Carlos Jurado) fue decisivo. Ahora, este grupo de muchachos del siglo XXI hace una labor similar: realiza campañas de salud cultural.
Cuando entré al Centro Cultural hallé a este grupo de titiriteros. Cada uno llevaba entre brazos a su muñeco; cada uno sostenía, con la mano derecha, los palillos que mueven las manos de los títeres; cada uno manipulaba, con la mano izquierda, la boca que realiza el milagro de que un muñeco hable.
Este ejército de muchachos es un ejército de promotores culturales que siembra árboles altísimos. No sólo son titiriteros, muchos de ellos son músicos, pintores, escritores y, por supuesto, ¡lectores! Hay muchachos que, ¡sorprendente!, dominan cuatro lenguas. Me acerqué a un viejo muñeco, con barba, camisa a cuadros, narigón y ojos bien abiertos, y le pregunté cómo se llamaba. Alzó la cabeza, abrió su boca de fieltro y dijo: “Mol-J’ilol”. Mucho gusto, dije. Como vio que me quedé con mi cara de siempre; es decir, mi cara de despistado, aclaró (ya en español): “Significa El viejo sabio.” ¡Ah!, respiré tranquilo. Él habla tzotzil. Hay muchos que hablan chol y los demás español. ¡Qué ejército tan plurilingüístico! ¡Tan de sonrisas voladoras!
Posdata: Me encanta ir a lugares donde la vida se manifiesta, donde los muchachos de esta patria contribuyen a consolidar la identidad. Este ejército de promotores merece nuestro reconocimiento. En tiempos que la sabiduría escasea, un muchacho tzotzil comparte la poesía a través de un muñeco que se llama Viejo sabio.
¡Que vuelen las sonrisas por todos los cielos!

lunes, 3 de febrero de 2020

CARTA A MARIANA, CON AROMA A CHOCOLATE




Querida Mariana: Quien aparece en este cachito es José Ramón Castillo Pedrero. Muchos televidentes lo conocen, porque él es uno de los jueces del programa MasterChef. Yo no lo conocía, pero hace dos o tres tardes, Jesús Pedrero, director de cultura del Ayuntamiento de Comitán, me envió la imagen y comentó su orgullo porque José Ramón sea objeto de tal distinción (no cualquiera tiene el honor de aparecer en un cachito de la Lotería Nacional.)
En el Museo Rosario Castellanos existe una réplica del cachito de la Lotería Nacional, de cuando el sorteo fue dedicado a nuestra paisana. Violeta Pinto me contó la dificultad que entrañó tal gestión. Ella, más el actual director del IMSS, Zoé Robledo, y otros destacados personajes intervinieron para que tal distinción se lograra. Te cuento esto para que mirés que recibir tal honor no es sencillo. Ahora, en el sorteo del 14 de febrero del veinte veinte el personaje reconocido es el primo hermano de Jesús: José Ramón Castillo Pedrero.
El director de cultura me explicó que José Ramón es hijo del doctor Ramón Castillo Moya y de su tía Maluye Pedrero, hermana de su papá (mi amigo Humberto Pedrero), por lo que es nieto de doña Martitha Yáñez (quien fue reina de Comitán, ya que era una mujer bellísima) y de don Romeo Pedrero, ambos ya fallecidos. Asimismo, doña Martitha Castillo, quien vive en Comitán (tiene una tienda de ropa, en el barrio de San Sebastián), es tía abuela del chef, quien, como lo expresó en un mensaje: “(es) el primer Chef en recibir dicho honor.”
Como mirás, el MasterChef tiene sus raíces en este pueblo, aunque nació en la Ciudad de México. Ya entré a argüendear en el Internet, donde aparece mucha información acerca de su trayectoria, y revisé la relación de reconocimientos que José Ramón ha recibido.
No conozco al papá del chef, pero, por supuesto que sí conozco a su mamá: Maluye. Hace muchos años, muchos, inauguré una galería de arte (Galería Bonampak), en la casa de mis papás (a cuadra y media de la escuela Fray Matías de Córdova). Maluye (amante del arte) hizo favor de facilitarme una madona que ella pintó. El cuadro era de una factura preciosista, detallada y minuciosa. Saco esto a colación, porque tal vez da una idea de cómo el ambiente familiar influye para el crecimiento intelectual de los hijos.
En el Internet me enteré que José Ramón nació el 11 de septiembre de 1978 y tiene una trayectoria de gran relieve en la gastronomía nacional, con estudios en México, Francia y España. Tiene una firma de chocolates que se llama “Que Bo!”, que, de acuerdo con su página, ha sido “reconocida por la guía internacional Le Guide de Croqueurs de Chocolat, como una de las mejores chocolaterías del mundo, desde 2012, y hasta la fecha.” ¡Uf! Con razón, su primo hermano, Jesús Pedrero, me lo presumió. Ahora (¡qué bueno!), muchos comitecos están presumiendo también la liga que el Chef tiene con Comitán.
Por ahí veo una gran lección. Parece que José Ramón emplea cacao de esta tierra para hacer las delicadezas que ofrece al mundo. Mi sobrina Marta Zepeda, quien tiene su restaurante “Tierra y Cielo” y también es una de las mejores chefs del país, hace lo mismo: emplea materia prima local y con ella realiza platillos de excelencia. En literatura, esto se llama hacer universal ¡lo local! Los grandes autores literarios no han hecho más que “usar materia prima local” y lo han universalizado, gracias a su genio. Acá el genio de Martha (mi orgullo de tío) y el genio de José Ramón universalizan la gastronomía chiapaneca.
Posdata: Bueno, los comitecos, antes de comprar el cachito de la rifa del avión presidencial, compraremos, para conservarlo, un cachito donde aparece la imagen del hijo de Maluye Pedrero y de Ramón Castillo (claro, si sale premiado, pues lo cambiaremos y beberemos a salud del chef José Ramón.)

sábado, 1 de febrero de 2020

CARTA A MARIANA, CON AROMAS DE LA JUNGLA




Querida Mariana: No soy chango, pero muchas tardes de mi adolescencia las pasé en La Jungla. ¡Ah!, con qué pericia me descolgaba de las lianas. Claro, eso era al principio, cuando apenas había tomado la primera cerveza, porque, después de la botella (de Presidente) ya mis ojos no alcanzaban a distinguir las lianas y las ramas y terminaba como esos Perezosos, con los brazos sueltos en el vacío. Ya estaba bolo, ya la plática de mis amigos la escuchaba como ruido de chachalacas y caminaba en forma taimada, como si fuera un caimán.
Sí, La Jungla fue una cantina que frecuenté con los amigos. A veces me excedí en la bebida. Esos días no fue gozoso, pero cuando el exceso no llegó, el instante de camaradería con los amigos fue de plena alegría. Tan fue así, que el otro día, cuando me topé con mi amigo Carlitos Rojas y me dijo que La Jungla estaba de nuevo en Comitán, fui de inmediato a reconocer esos territorios. Fui, porque (igual que mis amigos) recuerdo con nostalgia gastronómica los instantes en que nos sentábamos ante una mesa y don Óscar Carrión (así, con i) nos ponía la botella y nos llenaba la mesa con botana. De toda la botana, recuerdo con emoción redoblada, como si fuese uno de los mejores recuerdos (lo mismo sucede con mis amigos) dos guisos especialísimos: los bocoles y las papas. No hay secreto, son guisos sencillos, pero, así como recuerdo las tostadas que preparaba tía Petra, en el barrio de San Sebastián (que no eran más que tostadas doradas en el comal, con una repasada de frijol molido, un puñito de queso y rociado con caldito de chile jalapeño, de lata grande), así mi corazón se lame cuando aparecen las imágenes de los bocoles y de las papas. Las papas eran unas rodajas gordas, generosas, como cinturita de muchacha pasadita de kilos, pasadas por el aceite. Y los bocoles no eran más que unas tortitas (tortaditas) hechas con frijol, con una consistencia especial, también pasadas por el aceite, que las servían acompañadas con crema, queso y salsa. ¡Dios mío! Cuando mirábamos ese manjar en la mesa, nuestros jugos gástricos se volvían cataratas demandando satisfacción y nosotros, muy obedientes, nos servíamos una papota y un bocol en el plato y le damos gusto al gusto.
Un día (no sé bien cuándo) La Jungla desapareció, de la misma forma que dicen que está desapareciendo la Selva. Don Óscar (quién sabe por qué) vendió la casa que había construido (que llegó a tener veinte habitaciones, ¡veinte!) y fue a poner su negocio a Pujiltic, lugar donde hace veinte años, más o menos, se despidió del mundo. Los hijos se quedaron con el negocio (que allá se llamó Los Arcos) e incrementaron la oferta gastronómica, sin dejar de preparar los famosos bocoles y las generosas papotas.
Pero ahora, digo, gracias a Carlitos Rojas, volví a toparme con un recuerdo de hace más o menos cuarenta y cinco años. ¡Uf! De inmediato pensé decirles a mis amigos el hallazgo y convocarlos a una reunión. Después de cuarenta y cinco años, ¡regresemos a La Jungla!, es la propuesta. Cuando se lo conté a Memo, me dijo que no sabía la existencia de este renacimiento, me contó que (hace muchos años) encontró a don Óscar en Pujiltic y entró a comer unos bocoles, acompañados, por supuesto, con una cerveza.
Dicen por ahí que uno no debe regresar a los lugares donde fue feliz, pero otros (miles, millones de personas) hurgan en el pasado y regresan a esos lugares, porque, aunque saben que ya nada es igual, hallan pequeñas piedritas que sirven para apuntalar los cimientos de la nostalgia. Así que, ahora, estoy dispuesto a volver, a convocar a los amigos de siempre (Javier, Quique, Jorge, Memo, Roge, Armando y Pedro) para sentarnos ante la mesa y permitir que Francisco, el hijo de don Óscar, nos llene la mesa con botanas. Como no tiene permiso para venta de alcohol, bajaremos las botanas con agua de horchata o agua de Jamaica. Total, digo que el trago en cualquier parte, pero la botana selecta sólo en lugares especiales. Cuando viví en Puebla, recordaba con mucho afecto los guisos especiales de las cantinas especiales: la carnita en salsa verde, de Tono Gallos; el chile al pastor, de la Casa Rosada (Casa Blanca, en algún momento); los bocoles, de La Jungla; las costillas, de El Camechín; y las carnes frías, de Cancún. Como si fuera el famoso Ricardo III decía: “Cambio mi reino por un chilito al pastor y unos bocoles.” Pero tal ruego se perdía en la cima nevada del Popocatépetl y en las faldas de la Malinche. Pero, cuando volví a Comitán hallé el chilito al pastor y las costillitas y las carnes frías, aunque, como ya mi dieta era muy estricta, me senté en una silla plegadiza, crucé los brazos sobre el filo de la mesa y miré esas delicias, las miré, las miré y las disfruté. Me llené con solo verlos, me sacié (Javier me dijo que era yo muy bobo, que eso era como mirar a las muchachas bonitas sin acariciarlas. Javier no sabía que yo había leído ese prodigio de novela llamado “La casa de las bellas durmientes”, de Kawabata. La casa de las bellas durmientes es un burdel donde hay chicas vírgenes recostadas en camastros (ellas permanecen narcotizadas), donde los clientes entran con la prohibición de tocarlas. La maravilla del acto se concentra en la posibilidad de observar esos cuerpos desnudos, de admirarlos, de tenerlos al alcance de la vista y del deseo, pero no de las manos. El erotismo se manifiesta en su máxima expresión. Bueno, eso fue lo que hice aquella tarde de mi regreso a Comitán, eso es lo que hago: Acudo a la casa de los bellos manjares, y los paladeo con mi mirada. He alcanzado tal práctica que me gusta ver programas de cocina en televisión, aunque sé que jamás probaré físicamente tales platillos.)
La Jungla, inicialmente no se llamó así. El local de don Óscar estaba en la calle que va al Club Campestre, a cuadra y media de donde está la Cruz Roja. El local era muy modesto, con piso de tierra y con un cerco de madera, que permitía (y eso era lo que a mí me encantaba) que pasara el aire y nuestras miradas se posaran en las ramas de los árboles que ahí estaban y que fue lo que le valió el nombre de La Jungla, que se lo pusieron los clientes que iban con rumbo al Club y cuando estaban cruditos pasaban a calmar la brasa de sus estómagos con un caldito y una cerveza (los calditos eran los tradicionales consomés de camarón con jaiba, de mollejitas o de pancita). Al inicio, don Óscar bautizó a su local con el nombre de “Cueva de tío Ticho”, pero ya dije que los clientes pasaban y, al ver la arboleda y escuchar la bulla de loros y un mico que tenía el propietario le decían que ese lugar era como La Jungla, así que, como la voz del pueblo es la voz de Dios, el lugar fue rebautizado con este nombre y así fue conocido durante el tiempo que estuvo abierto en Comitán, y ahora ha renacido, porque los hijos de don Óscar tienen el restaurante “La Jungla tío Ticho”, que es una mezcla de los dos nombres que acá tuvo. Don Paco Carrión asegura que la botana tiene la misma sazón de siempre: “Mi esposa, Esperanza, se apegó mucho a mi mamá y le aprendió todo el secreto.”
Don Paco, hombre de buen trato, platicador, asegura que mis amigos no se arrepentirán de visitarlo. Dice que nos preparará los bocoles como los probamos en los años setenta. Yo pienso que así será. Volveremos a un lugar donde fuimos felices y nuestros rostros volverán a sonreír y nuestras panzas identificarán un sabor extraviado y estarán contentas.
Yo activaré el reproductor de música del celular para que escuchemos la música que don Óscar nos ponía en La Jungla: Fernando Valadez. Luis Alcaraz o Los Bribones.
No sé si hablo de más, pero mi emoción es incontenible. ¿Imaginás lo que significa hallar, después de cuarenta y cinco años, el lugar donde fuiste feliz?
Ahora, ya no están en la calle que va al Club Campestre, ahora están en un terreno que está a media cuadra de la estación de radio EXA-FM, con rumbo al bulevar. Bajás tantito y donde termina la bajada ahí está el restaurante. Como antes sigue siendo un lugar con piso de tierra y con un murete hecho con tablas de madera. Esto permite, como entonces, el paso libre de aire. Lo que este siglo XXI me quedó a deber es la arboleda generosa de entonces, y el rebumbio amable de los loros y el jugueteo del mico (ahora, no está permitido tener estos animales en cautiverio).
Me gusta estar en lugares donde la plática fluye con la misma libertad con que fluye el aire y la vista. Me disgusta estar en lugares cerrados. He sostenido que, si estoy encerrado en casa, porque debo escribir todos mis textos, cuando salgo a convivir un rato con los amigos me gusta hacerlo en lugares abiertos. Ahora que no llueve, que el sol se desparrama generoso, se me antojó regresar a La Jungla. Sé que igual que yo, igual que mis amigos, muchos más comitecos que disfrutaron la botana de esa cantina de los años setenta, buscarán su refugio y regresarán al lugar donde fueron felices. Espero que el reencuentro sea luminoso, que la realidad responda a la expectativa. Don Paco asegura que así será y menciona los platillos que ahora sirve: carne tártara en cascaritas de chicharrón, guacamole, quesillo, chorizo, carne deshebrada, tortillas con asiento, cebollas de rabo, costillas y, por supuesto, papotas y bocoles. Además, dice que prepara una mojarra al vapor que está de rechupete.
Posdata: Don Óscar fue mecánico (en Comitán, como era sobrino de doña Chelo Delfín, fue mecánico de la Cristóbal Colón). ¿Cómo, entonces, se volvió cantinero? Su hijo comentó que su papá, antes de ser mecánico, entró a trabajar en un barco, en Veracruz, y ahí aprendió a cocinar. ¿Mirás? Sin duda que muchos marinos, a mitad del mar, una vez cumplida la faena, se sentaron en el comedor del barco y esperaron que don Óscar, como cosa especial, les sirviera unos bocoles. Ya mirás que el frijol, en alta mar, evita el escorbuto. ¡Salud!
Don Óscar murió en Pujiltic, pero trajeron sus restos a Comitán, para que los enterraran acá. ¡Viva la vida!