lunes, 5 de diciembre de 2011

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO NO HAY QUE PEDIRLE PERAS AL ÁRBOL DE NAVIDAD


Querida Mariana: estuve a punto de ir a la Feria Internacional del Libro, en Guadalajara. A última hora, casi casi cuando estaba con un pie en el estribo del caballo, tuve que cancelar mi viaje.
Una vez, hace muchos años estuve en una Feria del Libro, en El Palacio de Minería. ¡Ah, vieras cómo disfruté esa experiencia! Fue como si ese espacio sagrado lo hubiesen convertido en un campo lleno de ruedas de la fortuna, de carritos chocones y de carpas donde estaba expuesta la Mujer Araña que se convirtió en tal por no respetar a sus padres. Y no estaba solo en esa aventura. Salvo algunos muchachos que sus maestros los habían llevado un poco a la fuerza, los demás visitantes tenían la cara alegre de los que tiran al blanco con rifles de mira chueca o comen un algodón de París.
¡No he vuelto a vivir esa experiencia! Acá en Comitán (lo sabés) estamos muy escasos de esos arguendes maravillosos. Cuando realizan el Festival Internacional Rosario Castellanos (que de internacional sólo tiene el nombre rimbombante) anuncian una Feria del Libro, que no es más que un montón de carpas, alrededor del parque central. ¡Eso, querida mía, no es una feria! (le hace falta la rueda de los caballitos, las canicas, la casa de los espejos y más, mucho más). Y es que en una verdadera feria del libro, los lectores se trepan a la rueda de los caballitos y miran cientos de libros de muchos países, no sólo los libros pertenecientes al Canon, también los libros escritos por autores marginales, de esos que, en muchas ocasiones, están más bien escritos que los de los nombres famosos. Acá en Comitán nos llegan siempre “los mesmos” (y lo peor ¡en ediciones piratas!).
En una feria del libro los lectores tienen la oportunidad de intercambiar opiniones con los autores, y aunque sé bien que el diálogo fecundo se da entre el libro y el lector, tiene su encanto estar cerca de Carlos Fuentes o de Mario Vargas Llosa, tomarse una foto con ellos y pedirles el autógrafo. ¿Por qué no? Si los aficionados al fútbol son felices cuando se ponen una playera de su equipo y se toman una foto con el “Chicharito”, por qué los aficionados a la literatura no van a ser medianamente felices cuando se ponen una playera que dice: “Leo, por lo tanto ¡el mundo existe!” y se toman una foto con el Gabriel García Márquez o con el Gabriel Hernández (acá en Chiapas). Miro en el “facebook” cómo la Chary Gumeta (que anda metida en mil ajos) se toma su foto bien chenta con el Eraclio Zepeda, por ejemplo. Así pues, ¿por qué no? ¡Pero no! En Comitán, lejos estamos de tener esa experiencia en la Feria del Libro, organizada por los Coneculteros. Esta feria, ¡qué pena!, es como ir al mercado y mirar cientos de cajas con tomates y chiles poblanos. Miramos las puras cajas, sin poder “tactear” la maravilla del color y del aroma de esas nubes. Así, ¿quién se puede enamorar del tomate?
Una tarde que tomaba café en el corredor de su casa, sentado bien sabroso en una poltrona, el tío Concho me dijo: “Fijate vos que yo bien pronto encontré que todo estaba en los libros”. ¿Por qué?, le pregunté: “Resulta que ahora vienen mis nietos a presumirme del Internet y del feisbuk y de no sé cuántas madrolas más, pero yo, desde cuando supe que todo esto iba a ser; mucho antes de que estos malvaviscos se tostaran en la fogata. Hace muchos años leí “Cien Años de Soledad” y oí que el viejo Melquiades dijo: “La ciencia ha eliminado las distancias. Dentro de poco, el hombre podrá ver lo que ocurre en cualquier lugar de la tierra, sin moverse de su casa”. ¿Ya lo miraste? Lo dijo ahí, en Macondo, cientos de años antes de que esta madrola del Internet apareciera. Por eso digo que todo está en los libros”.
Pues sí, tío Concho es sabio y su sabiduría la ha pepenado cuando camina por los libros. Por esto, todos los años, desde hace veinticinco, trepa al carro de su hijo Fernando y éste lo lleva a Guadalajara. Ahora, querida mía, estuve a punto de ir con él, pero…
Ahí será para la otra.