domingo, 5 de mayo de 2013



CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO CORTÁZAR LLEGÓ UN DÍA A COMITÁN

Querida Mariana: ¿quién es tu escritor favorito? A veces, cuando salgo a la calle, hago esta pregunta. Algunos responden, otros me quedan viendo como si fuese un bicho raro. Cuando sucede esto último pido perdón y corrijo: “perdón -digo- ¿cuál es tu equipo favorito?”, y entonces veo cómo se relajan y dicen Pumas o Chivas o Águilas o Xolos. Sí, así es el fútbol mexicano y así es la afición. A veces no falta la niña snob quien, con cara de niña hija de funcionario de Profeco a nivel federal, dice que su equipo son los “Raiders” y muerde sus uñas como lo hacen las niñas de Polanco. A veces no falta el muchacho de mundo que dice: “El Barsa” o el “Gatasaray”, aunque bien a bien no sepa de qué país es este último equipo.
En este ejercicio descubro que son infinitas las posibles respuestas a la primera pregunta; por el contrario, las respuestas a la segunda pregunta son limitadas. No hay más sopa en qué ahogarse: o le vas al Cruz Azul o (¡Dios mío, qué pena!) le vas a los Jaguares de Chiapas. De igual forma (disculpá que lo diga) las posibilidades de caminar por caminos novedosos son más amplias en el terreno del libro que en el terreno del balón. El fútbol poco ha variado desde su invención. ¿Los caminos de la literatura? Parece que son un poco más insólitos y sorprendentes.
Aunque debo reconocer que hay más pedantes entre los que son lectores que entre quienes son aficionados al fútbol. En los aficionados a la pelota hay más pasión. ¡A cada rato leo notas donde los fans del Puma se desgajaron la mandarina con los fans del Águila! Nunca, lo juro, he visto a un lector que se pelee con otro por algún escritor favorito (sería noticia de primera plana ver que un lector fan de Cortázar golpeara a un lector fan de Eraclio Zepeda). En literatura cada quien tiene a sus autores favoritos y es tolerante con el gusto de los demás. En el fútbol ¡la tolerancia queda noqueada por la pasión! Pero los aficionados al fútbol no son pedantes, bueno, no tanto como algunos lectores mamilas.
En Comitán conozco a un gran lector que es ¡un pedante! (¡Nombre, nombre, nombre!, dice mi conciencia jodona, a la cual le encanta amarrar navajas). Dicen los sabios que toda regla tiene su excepción, él es la excepción a la regla que dice que la lectura hace más sabios a los hombres y mujeres. La sabiduría tiene aparejada la humildad y este compa es soberbio. Pareciera que la lectura sólo le ha servido para lograr su objetivo: creerse un Dios, caminar como un Dios. Cuando miro cómo se comporta es cuando descreo de los beneficios de la lectura y quisiera ser fanático del fútbol e irle al Morelia o, ya de perdida, al Santos. Los fanáticos del fútbol tienen una vida más sencilla: esperan con ansia el domingo (día de partido), compran cuatro caguamas, una charola de botanas y se arrellanan en un sillón. Toda su emoción se desborda a la hora en que alguien como Negrete se tiende en el aire y, de chilena, mete el balón donde “las arañas tejen su red”. Se levantan, elevan los brazos y gritan ¡gol, gol, gol, gol! (algunos corren por todo el patio, se hincan, dan gracias a Dios). Es más simple la vida de un fan del fútbol. Y es más simple porque el fanatismo futbolero exige la compañía, al contrario del fanático de la lectura que es, por definición, solitario. No hay imagen más triste que ver a un compa fanático del fútbol sentado solo frente al televisor. ¡Como que le falta un complemento vital, se ve como una bolsa de “papas sin cátsup”! El estadio exige la multitud. ¡Ah, es tan bonito ver un estadio lleno de aficionados! ¡Es maravilloso escuchar a cientos o miles de aficionados corear un gol! Ese grito es como una grieta luminosa. De igual manera es maravilloso ver a un lector solitario inserto en el mundo fantástico de la lectura. Ese encuache es como un hilo de aire renovado. El lector no necesita más que un libro.
Hubo un tiempo en que me gustó ir al fútbol, bueno, ¡dos tiempos! Uno fue cuando tenía catorce o quince años y el otro cuando estudiaba en la ciudad de México. Ahora casi no veo fútbol. Mis tiempos de lector han sido permanentes, desde que tenía catorce o quince años hasta la fecha. ¡Sí, lo confieso, soy un adicto a la lectura! Y en mi caso la lectura es una bendición progresiva, incurable e inmortal. En Comitán, de joven, caminaba hasta el estadio “Dr. Roberto Ortiz Solís”, pagaba mi entrada y, en medio del polvo, llegaba hasta la gradería. Ahí compraba una bolsa de papas fritas y esperaba, solo, que el encuentro iniciara (solo, pero al lado de decenas de aficionados, un poco como si dijera “juntos pero no revueltos”, y no por pedantería sino porque, lo sabés, niña puma, soy tímido y me resulta muy difícil acercarme a la gente). En esos tiempos los equipos más famosos de Comitán eran “El Internacional” (que patrocinaba el dueño del Hotel Internacional) y el “Maderas de Comitán”, junto con “Los electricistas”. El maderas estaba integrado por compas que trabajaban en “el aserradero” y el de Los electricistas conformado por compas que laboraban en la Compañía de Luz. ¿Mirás? Todo era más sencillo. Era tan sencillo que teníamos equipos con nombres sencillos, cercanos (el otro día miré un partido de fútbol en el campo de una ranchería y uno de los equipos se llamaba “Barcelona”, pucha, dije, ¡ya nos pegó de lleno la globalización!).
La primera vez que entré al Estadio Azteca quedé estupefacto, como cuando conocí el mar. Ese día jugaban Las chivas contra el América. ¡Un clásico! El estadio estaba lleno de banderas, de gritos, de cervezas, de brazos que se levantaban, de un murmullo que era como de un mar a mitad de una tormenta. Sí, el mar verdadero de Veracruz era muy cercano a este mar deslumbrante de fanáticos. Éstos se movían de un lado a otro y estaban en espera de la salida de los jugadores. Cuando los equipos salieron a la cancha todo fue como una explosión de emociones contenidas. ¡Dios mío, estaba en el templo supremo! Enrique levantó el brazo y pidió tres vasos de cerveza, vi cómo el hombre, con un destapador, abrió la cerveza y, con gran pericia, soltó el líquido en vasos encerados. Esta maravilla del estadio no tenía nada que ver con los aficionados que se sientan frente a un televisor, acá estaba la vida en pleno. Yo quería que ganaran Las chivas, Miguel y Enrique ¡le iban al América! Todo era contagioso. Ahí cada uno perdía su unicidad y se integraba a una masa informe pero deslumbrante. ¿Has visto cómo, a la hora que todos los que están en un templo rezan el padre nuestro, parecen un coro monumental? Lo mismo sentí cuando el primer gol cayó. Más de la mitad del Estadio Azteca se paró, levantó los brazos y gritó ¡gol! Algunos que estaban cerca de nosotros se abrazaron, vi en sus caras un deslumbre inédito, como si el doctor saliera y les dijera ¡fue niño! ¿Qué magia tiene el fútbol que propicia tal emoción? ¡Ni me preguntés! ¡No sé! ¡No lo entiendo! Yo estoy acostumbrado al sosiego que da la lectura. Los lectores no estallan con la misma intensidad con que sí lo hacen los cohetes futboleros. Los lectores sonríen, ríen, cierran los ojos y lloran, lloran mucho, pero lo hacen sin deslumbres, sin el resplandor de la campana de la basura o del fuego de artificio. Las emociones de los lectores se sueltan con la misma suavidad con que el marino suelta el amarre para que su barco se encamine a mar abierto.
A veces salgo a la calle y pregunto: ¿quién es tu escritor favorito? Una vez (creo que fue en el parque de San Sebastián) un muchacho, de pantalón de mezclilla y con el cabello largo, dijo ¡Galeano!, y antes de que otra cosa pasara, agregó, porque le gusta el fútbol. Muchos escritores (igual que los lectores de que hablé) se pasan de soberbios y vomitan cuando escuchan algo relacionado con el fútbol. En México pocos escritores gustan de este deporte, Villoro, por ejemplo.
A pesar de que el fútbol es un deporte de equipo, tal vez debería preguntar ¿quién es tu jugador favorito? Tal vez entonces hallara una respuesta más cercana a la del escritor favorito. Yo, sin ser un fanático del deporte, sí tengo algunos referentes personales. No puedo dejar de admirar a Pelé, por ejemplo (Pelé fue una estrella del fútbol brasileño). Una vez, en el Cine Comitán, exhibieron una película con la vida de ese maravilloso jugador. Recuerdo una escena donde él y sus compas, con los pies descalzos, hicieron una pelota con pedazos de tela y jugaron en un callejón barnizado con el sofocante sol brasileiro. Años después, Pelé jugaba en los mejores estadios y sorprendía a medio mundo con su drible y con su emoción para jugar. Este hombre, sin duda, fue inspiración de muchos niños que, en los sesenta, desearon ser como él.

Posdata: el otro día me miré al espejo y me hice la pregunta: ¿quién es tu escritor favorito? Mi respuesta fue inmediata (vos lo sabés): Cortázar. La literatura de Julito se me hace prodigiosa. Me seduce su manera de jugar con el papel. Hay hombres que hacen pelotas con pedazos de trapo; hay otros que hacen cielos con pedazos de papel. Me gustan los juegos de estos últimos hombres. Mientras Pelé hacía prodigios con sus pies, Cortázar hace prodigios con sus manos. Siempre he preferido los oficios que demandan la complicidad de las manos. Respeto todas las actividades que hacen los hombres honestos, pero más que el maratonista reconozco la luz del ceramista. Si un futbolista mete la mano no sucede una tragedia, a lo más que llega es a recibir una tarjeta amarilla o, si es necio y reincide, una roja; pero si un escritor escribe con los pies da una torcedura brutal al universo.
El otro día entré al Café-Bar Quinientas noches y hallé a Cortázar. Juro que es la primera vez que veo una foto de él en Comitán. Me dio gusto. Sé que alguien colocó ese retrato en una esquina del Café. Pero cuando lo vi imaginé que él había llegado y, en juego de cronopio, había trepado a esa esquina para hacerme un guiño. Porque, la mera verdad, en ese espacio pudo estar cualquier otro escritor: Saramago, Fuentes, Paz o Pamuk. Pero no. El destino hizo la travesura suprema y colocó a Cortázar. Imagino que él sigue buscando a La Maga, por esto, tal vez, está en Comitán.
Llamó mi atención la presencia de él en un bar. Cualquiera hubiera apostado encontrarlo en una pared de la biblioteca pública o del Centro Cultural Rosario Castellanos o de la Dirección de Cultura del Ayuntamiento de Comitán. Pero ¡no! Los escritores son universales y bien pueden encontrarse en cualquier espacio. Acá, tal vez, mientras un grupo de muchachas bonitas toma un daiquirí o un Martini seco, una de ellas mira hacia donde está una lámpara y descubre la carita de Julito. Tal vez entonces una sonrisa asoma a su rostro y se ilumina como si fuese agua del Sena o línea del Pont des Arts. Y entonces el prodigio se realiza, porque esa agua se funde con el aire de Comitán y esto es una mezcla inédita y fabulosa. ¿Cortázar en Comitán? Sí, anda por acá, en la tierra de Rosario Castellanos, en la tierra donde, igual que en Argentina, también se habla de vos.
La mañana que entré al café y lo vi, pensé en un tren y en el vagón donde está el restaurante. Vi a Julio (juro que lo vi) al lado de Carlos Fuentes y de Gabriel García Márquez, los vi tomando cerveza y escuchando cómo Julito contaba una historia de vampiros. Afuera vi la noche y las montañas pasando veloces por la ventana. Supe que Cortázar vino a Comitán para tocar dos o tres corazones comitecos. Es buena su presencia. Tenemos por delante ¡más de quinientas noches!