viernes, 6 de febrero de 2015

HACE DIEZ (parte V)



Hace diez años escribí un libro que se llama “Crónica de un viaje a Comitán”. En ese tiempo vivía en Puebla. La edición fue de apenas 200 ejemplares. La edición está agotada. ¿Cómo fue mi mirada en ese tiempo? Hablé del viaje, de la ciudad y de los amigos. Todo mundo sabe que quien entra a la dinámica del viaje entra a otra dimensión del tiempo. La realidad del viajero posibilita ver el entorno de manera diferente, porque no hay la premura de la vida rutinaria. Paso copia de un capítulo de dicho librincillo. Es sólo para compartir, después de diez años.
MARIMBA ORQUESTA
En Comitán viví en el barrio de Guadalupe. La casa de mi suegro está a dos o tres cuadras del templo. Me bastaba caminar unos cuantos pasos para llegar a su parque y, desde ahí, ver el caserío que brota como ramo de orquídeas en la parte baja.
Como llegué a Comitán el día dos de diciembre me tocó parte del novenario a La Virgen. El primer día desperté por la cohetería y por un lejano sonido de marimba. Me senté en la cama y oí con atención. Fue como si dos amigos me saludaran desde una ventana. Cuando mi mamá regresó de misa platicó que la marimba era una galantería de la encargada. Pensé: “Ojalá que la encargada de mañana también la disponga”. Iría a escuchar marimba.
Al día siguiente desperté cuando cantó el gallo. Pero, por amor de Dios, ¡qué gallo más arrecho! ¡Eran las cuatro de la madrugada! (Conforme pasaron los días aprendí a no hacerle caso al de las cuatro y sí hacerle caso al gallo que, aunque cantaba en algún sitio más lejano, tenía la decencia de hacerlo a las seis. En la colonia de mi casa en Puebla no hay gallos. Nunca los he oído cantar). Cuando dieron las seis y media me bañé, me vestí y anudándome la bufanda azul salí de la casa.
Hay ciudades a las que les va bien cualquier hora. Dicen que París tiene un encanto especial a cualquier hora del día. Comitán no es así. ¿Qué encanto puede tener recorrer una solitaria calle del barrio de La Pilita Seca a las tres de la madrugada? Comitán, como si fuera un barco, levanta sus velas entre las seis y las siete de la mañana. Por algo Rosario Castellanos dijo que el viento es uno de los nueve guardianes de Balún Canán; por algo Jaime Sabines escribió ese poema tan bonito que se llama ¿Cómo puede decirse un amanecer en Comitán? A esa hora el viento juega chepe-loco, se encarama sobre los tejados y sobre los árboles. ¡Esa es la hora del espíritu de Comitán! Sentí el viento en mi cara, sentí cómo jugaba en mi nariz y entraba en mí ¡llenándome de vida!
Terminó la misa. La gente salió. No hubo cohetes (se los ahorró la encargada), pero sí marimba. Era una marimba orquesta. ¡Chin! ¿Qué no dicen los melómanos que la marimba sola es mejor? Fui al parque. Dejé en el atrio a las personas abrazándose, contando algún chisme de la noche anterior o, algunas de ellas, preguntándose si yo era el hijo de don Agustito o algún clon mal hecho. En el parque estaban cerrados los puestos de tiro al blanco, de canicas, de garnachas, de chocomillk y de hot-cakes con mermelada de fresa o con cajeta. También estaban cerradas las zacatecas, que son puestos en donde los comerciantes venden mil y un fascinantes chunches. Adentro de esas zacatecas salía un rumor de televisión, de radio, de aceite hirviendo en sartén, de cuerpo acomodándose sobre el catre. El encanto de las zacatecas es que nunca cesan de tener vida. Son como pequeños teatros que cuando abren sus cortinas dejan ver la maravilla que siempre está sucediendo en su interior.
Volví al atrio. Los fieles ya lo habían abandonado. Tuve la marimba orquesta sólo para mí. Debajo de una enrama adornada con juncia estaba la marimba y los ejecutantes. Me senté junto a la barda y vi y oí. Vi dos marimbas, una batería, un teclado, un bajo eléctrico, dos saxofones y una trompeta. Oí un popurrí como de éxitos de la Sonora Santanera. Todos los ejecutantes, sin excepción, movían los pies; los dos saxofonistas movían el saxo a la izquierda, daban dos pasitos, y luego lo inclinaban a la derecha. El de la trompeta –con camisa blanca bien ceñida al abdomen pronunciado, y ojos vivaces como de tiuca– infló los cachetes y se aventó un solo. Cerré los ojos. Con ojos cerrados vi una baranda de madera, una enredadera y un trompetista negro. Él también tenía cerrados los ojos, lleno de sudor el rostro y sus cachetes eran los de un pez globo. Pero no tocaba jazz o blues, ¡no!, tocaba esa que dice. “…vende caro tu amor…”. Cuando abrí los ojos el viento movió la juncia de la enrama y fue como si silbara por debajo de las notas del trompetista. Pensé que bien podía estar en un café de Nueva Orleáns, pero el chaparrito trompetista era comiteco y comitecos sus cachetotes de pozol. ¡Ustedes deben conocer ese trompetista!, es chaparrito, medio gordinflón y es más bien moreno. Deseché la idea tan sobada de que la marimba sola es mejor. Yo disfrutaba, ¡y de qué manera!, el sonido de esa marimba orquesta. ¡Un tarolazo por allá, un aplastada de teclado por acá y los dos pasitos hacia uno y otro lados mientras los saxos se inclinaban a la derecha o a la izquierda. ¡Benditos marimbaorquestadores! ¡Que Dios los bendiga! ¡Les dé más saxofones y trompetas mal hojalateados! ¡Los llene de maderas y metales! Y, sobre todo, ¡llene sus pulmones de aire, de viento!
¡Que los llene del espíritu de Comitán!