sábado, 29 de abril de 2017

CARTA A MARIANA, CON AROMA DE TALCO MENNEN




Querida Mariana: Todo mundo sabe que hay un talco para bebés que se llama Talco Mennen. El Pitirijas siempre bromeaba con ello. Cuando él y sus dos hermanas salían de casa para ir a comprar el pan, al regreso siempre hacía que ellas se escondieran detrás de los pilares y cuando la mamá preguntaba por ellas, El Pitirijas, sacaba del morral un frasco de talco y le decía: “Ahí mennen”. Y las dos niñas sacaban la cabeza detrás de los pilares. En los años noventa, un abogado de apellido Menen fue presidente de la república argentina, El Pitirijas, quien siempre ha sido un enamorado de ese país, en el altar que tiene en su cuarto, que está dedicado a aquel país, agregó un frasco de Mennen. Cuando algún despistado preguntaba por qué ese frasco de talco estaba al lado de fotografías y banderines, mi amigo explicaba la relación, lo hacía botándose de la risa. Algunos de esos despistados celebraban el ingenio de El Pitirijas y otros se quedaban helados, considerándolo una bobera. Mi amigo había colocado el frasco a mitad del altar y, como si fuera una niña jugando a vestir barbies, había puesto una banda presidencial a mitad del frasco.
Y digo esto, porque el otro día alguien me contó que un Día del Niño, un grupo de alumnos (alumnas sobre todo) de la escuela preparatoria, le hicieron una broma al maestro de química. Cuando él entró al salón, todos los muchachos comenzaron a cantarle las mañanitas: “Estas son las mañanitas que…” El maestro, sorprendido, sonrió y dejó su portafolio sobre el escritorio. Dejó que el canto terminara y, antes de que pudiera preguntar el motivo del festejo, los alumnos hicieron una fila para darle el abrazo. El maestro siguió sonriendo y aceptó esa muestra de afecto, pensando que era una travesura adolescente. Una de las alumnas le pidió que se agachara tantito y le colocó un gorrito de fiesta, de esos que se amarran con un hilo elástico. Cuando todo mundo pasó a abrazarlo, el maestro pudo preguntar, por fin, el motivo de la celebración. Pepe, quien era el presidente de la sociedad de alumnos de toda la escuela, se paró, movió las manos en señal de que los demás hicieran silencio y dijo: “Querido maestro, en nombre de todos mis compañeros le preparamos este festejo con mucho cariño. ¡Feliz día del niño!”. Una salva de aplausos apareció, junto con el grito de ¡mor-di-da, mor-di-da, mor-di-da! Rosy, con un pastel entre las manos, se acercó a la mesa y ahí lo dejó a la mitad, ensartó una velita que prendió con un cerillo. El total del grupo, algunos sobre las sillas, apoyados sobre la espalda de otros, seguían aplaudiendo y diciendo: “¡Mor-di-da, mor-di-da, mor-di-da!”. El maestro se apoyó en la mesa, sopló y apagó la vela. Abrió su boca y dio una mordida al pastel. Dos, de los más malcriados, intentaron empujar su cabeza para que se manchara con betún, pero una seña de Pepe hizo que se controlaran. El maestro se pasó la lengua por los labios para limpiarse el betún blanco. Rosy le extendió un cuchillo para que procediera a cortar el pastel, mientras dos de las muchachas pasaban los platos, vasos y cubiertos desechables.
Pareciera que hasta acá todo estaba dentro de lo normal. El mensaje del presidente de la sociedad de alumnos había parecido sincero. El Pitirijas siempre decía que no hay motivo de molestia en el hecho de que un grupo de adolescentes celebre el Día de la Madre a la maestra más a toda madre. Así que el maestro festejado en el Día del Niño se relajó, se sentó y aceptó su pedazo de pastel. Él no lo vio, pero a la hora que se sentó una nubecilla blanca se levantó por los extremos de su sentadera: una nube de talco. Sí, ya te diste cuenta, los muchachos habían llenado de talco el asiento. El pantalón negro terminó con una gran mancha blanca. Pero el talco no sólo sirvió para eso, también sirvió para que Rosy lo mezclara con la harina del pastel. El interior de la torta (como dicen los cubanos) era como un achigüal pastoso, sin sabor. Cuando el maestro probó el pastel sintió el sabor acre, como si comiera un puño de arena. Nada dijo, con trabajo tragó la cucharada que ya tenía en la boca. Los muchachos, todos, con su cuchara en la mano se entretenían en cortar pedazos pequeños, pero nadie hacía el intento de llevárselos a la boca, porque sabían que, además de talco, Rosy había integrado a la mezcla diez chiles habaneros y diez chiles siete caldos toreados. El maestro sintió la lumbre de picante regodearse por su boca y su rostro se puso todo rojo. Inés, que había reprobado el primer examen de química, hacía como que le costaba trabajo abrir la botella del refresco, que solicitaba el maestro, manoteando como si estuviera a mitad del mar. Algunos muchachos, sin poder resistir la risa, se empujaban y salían al corredor para tirarse sobre el piso, revolcándose al ritmo de sonoras carcajadas.
Sí, querida mía, sé lo que estás pensando. Todo mundo lo piensa: ¿Se pasaron los muchachos en la travesura? Y es que eso no fue todo. Cuando el maestro salió al corredor en busca de un vaso con agua, para mitigar el picante, Pepe le tendió un vaso que contenía grandes cantidades de cloruro de sodio diluidas en mínima cantidad de H dos O. El maestro (el más ingenuo de los catedráticos) tomó el vaso y lo consumió en un santiamén. Acto seguido fue hacia uno de los arriates que estaba en el patio y vomitó todo lo que su estómago retenía.
El maestro terminó casi llorando de tantas arcadas. Los alumnos, mientras tanto, ya recuperados de los ataques convulsivos de risa, corrieron a desechar las evidencias. Uno de ellos sacó el pastel y lo cambió por otro (éste, de fresas con chocolate, comprado en una de las más exclusivas pastelerías de Comitán).
Al día siguiente, a la hora de la clase de redacción, mientras el maestro repetía un ejercicio para la utilización de la coma, el director de la prepa entró al salón. Los alumnos hicieron un silencio absoluto. El director, como si fuera un radar, dirigió su vista hacia todo el grupo y preguntó si había alguien que pudiera explicar lo sucedido. Pepe alzó la mano y se paró: “¿Se refiere usted a lo que le pasó ayer al químico?” El director, con los brazos cruzados, dijo que sí. “Pues no sabemos qué paso. Nosotros le preparamos un festejo adelantado del día del maestro, pero, tal vez él estaba indispuesto, porque terminó sacando todo”. Sí, dijeron todos, eso fue lo que pasó.
El maestro de redacción recibió una rebanada de pastel, de igual manera la maestra de inglés y la de ética. Con ello, los muchachos tuvieron testigos a su favor. ¡Quién sabe con qué se había enchilado el químico! Pepe dijo que cuando vio que el maestro se ponía rojo como caldera y movía las manos por la gran enchilada, él, recordando las sabias palabras del catedrático en el sentido que el cloruro de sodio servía para atenuar el picante, fue por un poco de sal para que el maestro se ayudara en su recuperación. Había diluido una pizca de sal en un poco de agua. Sí, dijeron todos, eso fue lo que pasó.
El director, molesto, ya no tanto por lo sucedido al químico, sino porque no lograba alcanzar una pista que enjuiciara a los abusivos, preguntó quién había manchado con gis el asiento del maestro. Ahí fue cuando El Pitirijas, respondiendo a un llamado natural, y haciéndose el gracioso, sacó el bote de talco de su mochila y, como si fuese una chica en comercial de televisión, dijo: “No fue gis, fue Mennen”.
Como esa declaración era, prácticamente, declararse culpable, el director le dijo a nuestro amigo que lo esperaba en la dirección y salió bufando, pero con una sonrisa que no podía disimular.
“¡Qué pendejo, sos!”, dijo Pepe, jaloneando al Pitirijas. ¿Por qué lo había hecho? No sabía qué decir, y cuando, después de un tiempo, abrió la boca, fue para decir que se le había salido, que pensó que estaba en casa, jugando al lado de sus hermanitas y de su mamá. Fue algo inconsciente. Pues sí, dijo Pepe, y ahora por tu inconsciencia estás a punto de ser expulsado y, como si fuese un escritor muy ingenioso, se aventó una frase luminosa: “Ahora, ¡a vos te van a hacer talco!”.

Posdata: El Pitirijas no fue expulsado. El químico, ya más tranquilo, perdonó la “travesura” de los muchachos. Al final él se asumió como el culpable de los sucesos, dijo que él debió ignorar el festejo y dar su clase en forma normal. Desde entonces, en el reglamento escolar se incorporó un artículo que prohíbe festejos dentro del aula.
Luego Inés bromeaba, decía que cuando nacieron los hijos de El Pitirijas (dos muchachos, Rubén y Alfonso) cuando vio que su mujer tomó el bote de talco Mennen, él se lo arrebató, lo quemó y le dio un montón de polvo de gis. En realidad, nuestro amigo odió el talco y para resguardar a sus pichitos de rozaduras siempre usó una crema protectora.
El altar a Argentina sigue en el cuarto de El Pitirijas. Lo único que ya no está es el frasco que representaba al presidente Menen. Ahí siguen las fotos de Maradona, de Messi, de Julio Cortázar, de Borges, de Carlos Gardel y de Aurora Bernárdez. En lugar de veladoras hay bombillas para tomar el mate. Cuando alguien le dice que esa raya de polvo blanco que está al lado de Maradona parece talco, él se lleva un dedo a la boca y dice que esa raya no es talco, no es talco.