miércoles, 26 de abril de 2017

MICHE




¡Está de moda! Beber micheladas es lo cool. Yo no entiendo esta moda. ¿Será porque ya no bebo cerveza? Hace años que no bebo cerveza, bebo agua, sólo agua. ¡Qué aburrido!, dicen mis compas. Cuando bebía cerveza me gustaba tomar Tecate. Cuando el mesero pasaba la cerveza (helada, como nalga de muerta, decía Mario), yo tomaba una servilleta, limpiaba la tapa del bote, lo destapaba y luego le echaba unas gotas de limón y un poco de sal. ¡Ese era el ritual! El primer trago de cerveza se mezclaba con ese poco de limón y sal, que también exigía el tequila que, en mis tiempos de bebedor, se bebía solo, sin esos agregados de refrescos de cola o de toronja que hoy son moda.
No entiendo lo de las micheladas. Antes predominaba el sabor de la cerveza, que los alemanes (me cuentan algunos amigos que ya conocieron aquel país) toman a temperatura ambiente, no la meten en refrigeradores o en hieleras. Los alemanes saben cómo debe ser el verdadero disfrute de esa bebida tradicional. En Alemania nada de nalgas de muerta. ¿Qué sabor puede tener ahora la cerveza si le añaden una serie de agregados súper condimentados?
Romeo me invitó el otro día a tomar una michelada. Le dije que sólo lo acompañaría, porque… (Bueno, ya todo mundo sabe). Nos sentamos en una mesa con tablero metálico y él pidió una michelada, de camarón. ¿De camarón?
Desde donde estábamos sentados vi que un señor, con un mandil rojo, colocó sobre la barra un vaso de plástico (¡de plástico!), grande, con boca generosa. Destapó una cerveza Indio y sirvió la mitad en el vaso, luego el hombre le echó un poco de salsa picante, magui, y dos o tres líquidos oscuros más; partió un limón y exprimió el jugo de las dos mitades, agregó sal, más salsa picante. A esa hora el vaso ya era un tachilgüil de sabores. Nada dije y si ahora lo digo es porque fue lo que pensé: era un vomitivo con hielo, porque el señor (siempre con sus manos que no sé si estaban limpias) le agregó dos cubos de hielo.
Romeo me contaba de su viaje a Veracruz, yo lo escuchaba, pero sin mucha atención, ponía más al hombre que, detrás de la barra, seguía emocionado preparando la michelada de camarón. Abrió un frasco de cristal y, con una cuchara (gracias a Dios), sirvió un poco de líquido (después el mesero me explicó era jugo de ostiones. ¿Jugo de ostiones?) y luego abrió una botella de clamato y le echó un chorro generoso.
A estas alturas pensé que todo cabe en un vasote sabiéndolo acomodar, porque, en seguida, el hombre del mandil rojo y bigote de morsa, con un cucharón removió todo el contenido para que los jugos y polvos se incorporaran.
¿Quién toma esa cerveza con tantos sabores mezclados? ¿En dónde queda el sabor de la cerveza? El barman le agregó dos rodajas de naranja, chile piquín y una montaña ligera de camarones. Los camarones eran como la cereza en el pastel salado. Más chile en polvo, más magui, más salsa de soya, más limón, más sal y otro chorro generoso de salsa. Al final tres pedazos de aguacate, un poco (pensé yo) como para que no faltara el detalle patriótico: el rojo de la salsa, el blanco de los camarones y el verde del aguacate.
A la hora que a Romeo le sirvieron la michelada rebosante de camarones y de mil menjurjes, yo, como si fuera clásico comercial de televisión, pregunté: “¿Y la cerveza, apá?”.
Yo no entiendo estas modas. Creo que en mis tiempos de adolescente, de bebedor de cerveza, los amigos y yo hubiésemos pedido una cerveza Tecate y un cóctel de camarones. Hubiésemos limpiado la superficie del bote, le habríamos agregado unas gotas de limón y un poco de sal. Hubiésemos abierto la bolsa de galletas saladitas y habríamos probado una cucharada del cóctel. Lo habríamos hecho así, porque si alguien hubiese servido la cerveza en un vaso gordo y hubiera volcado el cóctel de camarones en el vaso nos habríamos molestado mucho. ¿Quién iba a tomar ese revoltijo con sabor e imagen vomitivos?
Pero, ahora, así lo comprobé, la gente disfruta esos talchilgüiles. No entiendo estas modas que van contra el más elemental sentido del buen gusto culinario.