jueves, 10 de agosto de 2017

CARTA A MARIANA, CON BARANDAL DE MADERA




Querida Mariana: Las tiendas de mi infancia tenían un barandal de madera. A mí me encantaba ir a las tienditas. Me fascinaba ver los estantes de madera, apolillados, llenos de mercancía. Recuerdo rollos de lazo, gaseositas (paradas como si fueran figuras del stand del tiro al blanco en la fiesta de Santo Domingo), ollas de barro, servilletas bordadas, frascos de cristal llenos de canicas (marmoleras y lecheras) y mil objetos más.
Me acodaba en el barandal y miraba todo lo que ahí había. Cuando iba con Sara (la sirvienta), ella no me dejaba que me recargara sobre el barandal. Tenía y no tenía razón. En apariencia el barandal se veía muy frágil, pero, en realidad, era muy resistente.
Sé que el barandal tenía un nombre. No recuerdo el nombre. Era, por supuesto, un nombre genérico.
Cuando iba a la tienda de doña Pila, tocaba la puerta de madera y decía: “Buenos días, doña Pila”. Esperaba. Tocaba de nuevo y volvía a gritar: “Doña Pila”. Le quitaba el saludo, porque ya había saludado y sabía que a doña Pila no le importaba el saludo ni lo demás, porque era medio sorda. Siempre estaba adentro de su casa, en el patio, regando las begonias y los helechos.
Me gustaba ir a la tienda de doña Pila, porque quien, a veces, salía a abrir era su nieta: La nena. La nena era una niña de mi edad, más o menos, siempre tenía un vestido lleno de manchas. Yo imaginaba que era muy atrabancada y se le caía el chorizo con huevo a la hora del desayuno y el café en la cena. Pero, a la nena ya le estaban creciendo los pechitos. Siempre que quitaba el barandalito, ella alzaba los brazos y yo veía, a través de su playera, manchada con mango y con mole, los limoncitos que comenzaban a crecer en el valle de su pecho. Ya Artemio me había dicho que le crecerían como a la Matilde, quien, cuando la veíamos bañarse, a través de un hueco que Artemio había abierto en medio de las tablas, mirábamos cómo se enjabonaba los pechos. Artemio, en voz baja, siempre decía: “Qué rica” y se relamía como gato goloso. Artemio juraba que la hija de la Matilde llegaría a tener las mismas tetas que su mamá y repetía: “Ricas”. Sí, yo le creía a Artemio, cuando la nena quitaba la reja de madera de la tienda de doña Pila yo veía sus limitas y me emocionaba y más me emocionaba cuando miraba que la nena sonreía, porque estaba segura que yo le veía esos volcancitos que estaban a punto de abrirse como una flor hermosa.
Yo pensaba que los pechitos de la nena eran como el barandal. Sara me prohibía que yo me acodara en el barandal, porque, decía, ¿no mirás que se puede quebrar? Estoy seguro que si Sara me cachara viendo los pechitos de la nena me prohibiría que yo extendiera la mano para tocarlos, porque parecían tan frágiles, como un durazno que, sin haber madurado lo suficiente, se cayera en el primer ventarrón. Pero yo sabía que el barandalito era resistente y sabía que los pechitos de la nena también eran duritos, porque ya había visto las mamas de su mamá y ellas eran bellas, duras, hermosas. A veces, Artemio me jalaba y, en voz baja, me decía que mirara, que mirara qué hacía la Matilde y yo ponía mis manos en las maderas y acercaba mi ojo en el hueco. Y miraba que la Matilde, a la hora de mojar sus tetas para quitarse el jabón, ponía sus manos debajo de ellas y las hacía hacia arriba, como si fueran balones. Sus pechos brincaban como cervatillos felices. Subía sus manos una y otra vez y sus pechos brincaban alegres. Y Artemio me hacía a un lado y él pegaba el ojo al hueco y, en voz baja, decía: “Qué ricas” y se emocionaba y yo me emocionaba. A veces, cuando estábamos sentados en la banqueta, leyendo revistas de Memín Pingüín, le decía a Artemio que las tetas de la Matilde eran bellas. Yo sabía que esto era como el botón que accionaba su lujuria, Artemio dejaba la revista sobre la banqueta, entrecerraba los ojos (estoy seguro que imaginaba los pechos de la mamá de la nena) y decía: “Sí, las tiene ricas”, y yo también entrecerraba los ojos. Me gustaba oír cómo decía las palabras, cómo le daba una entonación que las hacía sonar diferentes, como si a esas palabras les adosara un badajo y sonaran como campanas que despertaban nuestros deseos.
Pero, ahora debo confesar, que más que las mamas de la Matilde, me encantaba ver los renuevos de la nena. Yo los imaginaba como florecitas que estaban a punto de abrirse. E imaginaba que sus pechitos serían tan bellos y duros como los de su mamá y pedía a todos los santos que me permitieran verla desnuda, completa, porque ella, como todas las mujeres, también conservaba otro gran misterio. Misterio que nunca descubrimos al ver a Matilde, porque ella (andá a saber porqué, mi niña), siempre se bañaba con pantaleta. Cuando enjabonaba su misterio, metía la mano adentro de su calzón y cuando se quitaba el jabón se ponía debajo del chorro y, con ambas manos, retiraba la tela para que el chorro le cayera sobre el misterio. Artemio decía: “Mirá, mirá, ya le está dando de beber a su pescadito”.
Mientras yo gritaba: “Doña Pila”, pedía que quien llegara a abrir fuera la nena. Era feliz, tan feliz como a la hora que ella quitaba el barandal y yo me ponía frente al mostrador de madera (también apolillado) y comenzaba a elegir los dulces que compraría entre las mocas, los turuletes, el maíz de guineo, los chimbos, los higos, las tabletas de manía, los laurelitos y las obleas. Las obleas eran mis favoritas. Me encantaba abrirlas y meter mi lengua por en medio del turrón. Artemio hacía lo mismo y decía que así era el pescadito de la Matilde, que igual era el pescadito de la nena y yo entrecerraba los ojos y recordaba los pechitos de ella, traviesos ratoncitos que miraban mi contentura de gatito inocente.

Posdata: Ahora, vos lo sabés, las tiendas ya tienen rejas. La tienda de doña Pila ya no existe. La nena huyó, cuando tenía catorce años. Vino un ranchero y la enamoró y se la llevó al rancho. Nunca volví a verla. Sólo el ranchero descubrió el misterio completo.

miércoles, 9 de agosto de 2017

¿CÓMO TE GUSTA?




“¿Te gusta despacito?”, preguntó la chica. Yo pasaba por ahí, ella y su amigo estaban sentados en una banca, cerca del kiosco del parque central. Por lo regular soy una persona alejada de argüendes, pero cedo a la tentación cuando algo me mueve el morbo natural que acompaña a todos los seres humanos.
Me senté en la banca de al lado y traté de escuchar qué respondía el muchacho que tenía un tatuaje en el brazo y tenía un pie sobre el asiento de la banca.
Mis lectores ya encontraron cuál fue la respuesta de él. Fue ¡sí!, le gustaba despacito. En ese momento caí en la cuenta que la pregunta de la chica había sido de lo más ingenua, de lo más sencilla. Ella, ¡por supuesto!, se refería a la canción que está de moda: ¡Despacito!
Sí, confieso que pensé que la pregunta se refería a otra cosa y no a la canción. La muchacha bonita lo había preguntado con un tono sensual que me impulsó a otro territorio, casi casi la vi entrecerrar los ojos, parar la boquita y hacer la pregunta de manera pausada: ¿Te gusta des – pa – ci – to? Casi la vi reafirmar con la mano derecha la última palabra y darle énfasis a la pregunta al pasar su mano izquierda sobre su muslo.
Pero ¡no! La pregunta era sencilla, casi inocente. Su amigo, con una gran sonrisa, respondió de inmediato que sí y comenzó a tararear la canción, como para ratificar su respuesta.
Poncho, el otro día, sorprendido, pero con cara de botana, preguntó por qué tanta alharaca si la canción era viejísima y la tarareó: “Despacito, muy despacito, se fue metiendo en mi corazón”. La cantó imitando a Pedro Infante. Poncho tiene razón, lo de despacito es viejísimo. Por esto caí en la trampa que yo mismo me tendí. Y es que recordé los tiempos de la universidad, en la Ciudad de México, cuando estudiaba arquitectura; recordé el departamento de Xóchitl y las fiestas del sábado por la noche, cuando convocaba a sus amigas de Irapuato (ella era de allá) y bailábamos y bebíamos y escuchábamos canciones de Roberto Carlos y de José José, y Juan, después de las doce, sacaba un pastel de la cocina y lo colocaba en el centro de la mesa del comedor y todos se alebrestaban y aplaudían y dejaban de bailar y de tomar y comían del pastel y la música cambiaba, porque entonces todos bailaban al ritmo de los Rolling Stones. La primera vez que llegué a los festejos, Xóchitl me alertó, dijo que no comiera del pastel, porque Juan le ponía hierbitas que yo no acostumbraba. Desde entonces siempre desprecié el pastel, bebía ron y fumaba cigarrillos, mientras los amigos del grupo comenzaban a disfrutar los efectos de la marihuana del pastel.
Me encantaba verlos bailar, levantando los brazos y piernas como si estuvieran en cámara lenta; disfrutaba el instante (esperado) en que Roxana se acercaba, se recostaba a mi lado, sobre la alfombra verde, y, con voz arrastrada, me preguntaba: “¿Te gusta despacito?” y sus manos, siempre niñas obedientes, comenzaban a jugar sobre mi cuerpo.
Pero esos eran ¡los años ochenta! Están tan lejos. No sé qué juegan ahora los jóvenes que se reúnen en departamentos a celebrar la vida. Tal vez siguen fumando cigarros malboro, tal vez escuchan música de Café Tacuba o de Michel Bublé; tal vez preparan algunos cocteles con otras sustancias que los adultos ni imaginamos. Creo que siguen jugando los juegos que Roxana jugaba tan bien. En aquellos años, mientras las luces permanecían apagadas y el departamento sólo se iluminaba con las luces de la calle que pasaban por las ventanas, mientras los sonidos de ambulancias y de algún claxon reclamaba el avance del auto delantero, nosotros escuchábamos a los Rolling Stones y todos jugábamos juegos que daban respuesta a la pregunta que contiene más misterio: ¿Cómo te gusta? A Roxana le gustaba despacito, disfrutaba ese ritmo donde el movimiento del universo parecía hacer una pausa, porque (decía) la prisa nunca ha sido buena consejera.
Me dio pena descubrir que la chica preguntaba por la canción, pero luego me repuse, porque supe que su pregunta me había catapultado al recuerdo de mis años adolescentes y agradecí ese hilo. Ella no lo supo, pero su sonrisa me recordó el rostro de agua caliente de mi amiga Roxana.

lunes, 7 de agosto de 2017

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE APARECE EL CRONISTA DE VENUSTIANO CARRANZA





Quien está en primer plano, quien eleva la vista al cielo comiteco, es Jorge Eduardo Coello Avendaño, cronista de Venustiano Carranza, Chiapas. Los demás son marimbistas, excelentes ejecutantes de la marimba de aquel lugar. ¿El fondo? El fondo es un maravilloso mosaico de papel de china que fue la escenografía del encuentro de marimbas que se realizó en el parque central de Comitán el 4 de agosto, para conmemorar a Santo Domingo de Guzmán. ¿De veras es papel de china? Parece plástico, pero como decimos en Comitán: ¡Da el gatazo!
¿Y qué hace ahí, trepado en el templete, el cronista? ¡Ah, él siempre acude (desde hace cinco años, manifestó) a hacer la presentación de la marimba de su lugar de origen!
La marimba orquesta municipal de Venustiano Carranza estuvo en Comitán en el tradicional encuentro de marimbas y Jorge vino con los ejecutantes.
Este año, lo dijo, tenía un pesar, no obstante cumplió con su encomienda. ¿Por ello miraba hacia el cielo? Él, como persona sensible, sabe que un buen bálsamo es mirar la amplitud del cielo, entrecerrar tantito los ojos, para descubrir que el universo se concentra en ese instante. El universo infinito es inalcanzable, como inalcanzable es el tiempo del ser humano, pero si se apresa un instante, ese instante puede valer toda una eternidad.
Jorge Eduardo, ese día, bebió los cielos azules e infinitos de Comitán y aspiró el aroma de la juncia que adornaba el patio común donde hombres y mujeres bailaron con emoción las canciones que interpretó esa maravillosa marimba. Casi estoy seguro que su pesar fue atenuado por el cielo comiteco que, como si fuera un rayo sutil, bajó su mano y acarició su corazón.
Por ello, Jorge, esa tarde, en reciprocidad, soltó una gran lección. Dijo que los investigadores investigan de más. En los libros de la historia de la marimba se lee que los orígenes de tal instrumento están enredados en el continente africano, dicen que allá nació esta herramienta que sirve para aceitar el espíritu del ser humano. ¡Ah, qué ganas de enredar los hilos! ¡Qué vocación para torcer lo derecho! Ya, tranquilos, dijo Jorge: ¡La marimba nació en Chiapas y su cuna fue Bartolomé de Los Llanos! Lo dijo con tal convicción que nadie dijo algo en contra. Todo mundo aplaudió y cuando los ejecutantes de la marimba comenzaron a tocar, las personas ahí reunidas (cientos de personas) miraron que la música levantó su mano y acarició el cielo de Comitán.
¡Claro! Jorge tiene razón. Ya no le demos más vueltas al armonio, ya no le rasquemos de más al tolochoch, ya no soplemos inútilmente el trombón: ¡La marimba es chiapaneca!
Y si es cierto que nació en alguna región de África, ella vino joven a Chiapas, casi muchachita, hermosa, sensual, niña cachondísima, y decidió quedarse a vivir acá. Se naturalizó chiapaneca y ahora no la cambiamos por nada. Porque todo mundo de acá (y decenas de visitantes) reconocieron que si algo valió la pena en la feria de Comitán fue el tradicional encuentro de marimbas que, desde 2011, se celebra en el mero corazón del pueblo. ¡Ah, cómo lo disfruta la gente! Yo estaba sentado en las gradas del parque y vi cómo los comitecos sonreían, palmeaban, movían los pies, se paraban a bailar y, por ratitos, elevaban la vista y miraban el cielo azul, profundísimo. Ese cielo azul, que es bálsamo para el espíritu. ¿No vino Bronco? ¡No hay bronca! ¿Qué perdimos? ¡Nada! Al contrario, ganamos en buen gusto musical. Vino la marimba orquesta municipal de Venustiano Carranza y esto sí fue un disfrute verdadero.
Sí, Jorge tiene razón: la marimba ¡es chiapaneca! He escuchado marimbistas japoneses, estadounidenses, guatemaltecos y hasta un senegalés. Todos ¡ejecutantes brillantes! Pero el ritmo más contagioso, el más embelequero, es el sonido de la marimba chiapaneca.
Todos los 4 de agosto de cada año hay fiesta en el patio central del pueblo. Lo que del diario es espacio para que la gente camine apresurada para ir a misa, al trabajo, a la escuela, al banco o a la cita amorosa, el cuatro de agosto se convierte en el espacio para que las personas escuchen esos fantásticos sonidos y se paren a bailar.
No conozco África (y como dijera don Teofilito: ¡Ni lo conocerás!), pero estoy seguro que allá no hay un convivio así, donde la marimba preside el acto. Sólo en Chiapas se dan estas manifestaciones. ¿A poco en Sudáfrica existe un parque de la marimba, como sí lo hay en Tuxtla? No lo creo. Por eso digo que Jorge tiene razón, esa tarde nos la vino a decir sin ambages: La marimba es de Chiapas y yo le creo que la cuna estuvo en su pueblo natal: San Bartolomé de Los Llanos, porque, ¡ah!, qué bárbaros, cómo tocan de bonito sus paisanos.
Pero lo que a Jorge le hizo falta decir es que Comitán inventó el grito más sabroso y picante: ¡Cotz para los marimberos! Este grito de batalla sólo confirma el dicho de Jorge: En ningún lugar de África tienen tan sonora exclamación.
Ya no le demos vuelta a la cuerda. Cuando alguien pregunte de dónde es la marimba, sin dudarlo un solo instante, digamos: De Chiapas. Y quien no esté de acuerdo ¡que escuche la marimba de Venustiano Carranza o la de La Trinitaria! ¡Ah, qué maravilla!

sábado, 5 de agosto de 2017

CARTA A MARIANA, CON NOBLEZA INCLUIDA




Querida Mariana: Vos y yo somos pueblo, como millones de personas. Pero hay un sector, mínimo, que pertenece a la nobleza.
En las artes hay también esas diferencias. Miles y miles de escritores no pasan de ser glorias locales. Muy pocos son los que alcanzan el privilegio de la fama mundial.
Ayer vi un video donde aparece la reina de la feria de Comitán de este año, una niña bonita que, gracias al protocolo de elección, pasó de ser pueblo a ser soberana. Sé que ella sabe que esto es pasajero, que, en realidad, su sangre roja no se convirtió en azul. No obstante, ella debe cumplir con las encomiendas que su cargo trae adosadas.
Nuestra reina de feria 2017, Gricely I, debe estar en los actos más relevantes del festejo. Repartió sonrisas y saludos desde su carro alegórico, el día del desfile; luego debió estar en el corte del listón oficial de inauguración de feria y también, ni modos, en el corte de listón de la exposición ganadera. Ella, generosa, sonriente, caminó al lado del secretario general de gobierno, del diputado local, del presidente municipal de Comitán, viendo las vacas y los toros que ahí se exhiben. Quien ha visitado esa zona sabe que el olor no es el más agradable. Pero, Gricely, chica espléndida, se prodiga con gusto y es tolerante. Tolerante, porque también estuvo al lado de los comediantes en la conferencia de prensa. Esto fue como si caminara por el fango de la exposición ganadera. Todo mundo sabe que los artistas (perdón, por los verdaderos artistas) que conforman el espectáculo llamado “Guerra de chistes” son lo más burdo que la televisión comercial ha parido en los últimos tiempos. Pero bueno, ellos, como dijeran los clásicos, ¡no tienen la culpa! ¡La culpa la tienen los que disfrutan su espectáculo de quinta categoría! Y cuando vi a Gricely al lado de estos chistosos sin chiste pensé en que las verdaderas reinas aparecen al lado de artistas sublimes. Los responsables de la feria deberían cuidar como una joya exquisita a nuestra reina, deberían seguir los protocolos que la nombran como la representante de nuestra ciudad.
Nuestra reina reparte su tiempo generosamente. Hace dos meses, Gricely disponía de su tiempo. Desde que entró al concurso de elección supo que su tiempo ya no le pertenecía, debió repartirlo en presentaciones a medios de comunicación, en ensayos, en sesiones fotográficas y demás responsabilidades a que se ven sometidas las participantes. Igual que sus demás compañeras soñó con ganar la corona, deseó convertirse en reina. Y supo que si, como sucedió, ella ganaba su tiempo debería destinarlo de manera abierta a cumplir con los múltiples compromisos. ¿Hay cuadrangular de básquetbol? Pues debe ir y apreciar los encuentros. Y así con cada uno de los actos del festejo supremo. Si a ella le gusta el pop tuvo la dicha de estar al lado de Carlos Macías y se tomó la foto con el cantante; pero no creo que haya sido muy satisfactorio estar al lado de Radamés en la conferencia de prensa que los supuestos comediantes ofrecieron antes de su participación en el escenario del teatro del pueblo. No lo creo. Tal vez me equivoque, pero no lo creo. Radamés se sentó a su lado, el tipo (con camiseta) colocó sus manos detrás de su cabeza y dejó expuestas sus axilas. Lo bueno es que nuestra reina ya había pasado por los pasillos donde estaban expuestos los toros y las vacas. Nuestra reina siempre fue tolerante, siempre se portó con gran dignidad. Supe que los tiempos han cambiado. Lejos quedó el año en que Charles Chaplin (él sí un verdadero comediante) fue nombrado Caballero del Imperio Británico por la Reina Isabel II de Inglaterra. ¿Cómo Gricely podía nombrar Caballero a Radamés si él es un patán? Gricely lo abrazó, lo trató bien. Ella (¡bendita!) supo que debía tratar con cortesía a los visitantes, sin importar que ellos fueran unos groseros que basan su humor en la pura leperada.
Y digo que su tiempo, durante este tiempo, no es ya su tiempo, porque se volvió famosa. Todo mundo de Comitán sabe que ella se convirtió en parte de la nobleza del protocolo de feria. De igual manera, los escritores que se ven tocados por la gloria del Premio Nobel dejan de ser ellos por un tiempo y aceptan ceder su espacio a presentaciones de libros, conferencias de prensa o conferencias magistrales en universidades de todo el mundo. Ellos, igual que nuestra reina, llegan a un restaurante y siempre se ven acosados por admiradores que les solicitan un autógrafo o tomarse una foto con ellos. Se convierten en figuras públicas que deben ser tolerantes con los otros, con los que, siendo pueblo, se sienten orgullosos de estar al lado de estos nobles caballeros y reinas sin par.
Cuando un escritor recibe el Nobel de Literatura su mundo se transforma. Deja de escribir, porque los compromisos sociales son imperativos. Vi fotos donde Mario Vargas Llosa después de recibir el premio debió asistir a recepciones con integrantes de la nobleza. Todas las revistas y televisoras del mundo lo asediaron para obtener la primicia de una entrevista. Debe ser maravilloso para la gente común toparse con alguien de la nobleza literaria. Cuentan que (también después de recibir el Nobel) Gabriel García Márquez entró a un restaurante en compañía de su esposa y cuando los comensales vieron que el famoso Gabo entraba todos comenzaron a aplaudir. ¡Ah, qué gloria tan disfrutable! El desasosiego llegó después cuando cada comensal quiso tomarse la foto con el autor o recibir el autógrafo. No lo dejaron comer a gusto. A veces, cuentan las crónicas de sociales, la admiradora no tiene un papel donde recibir la firma del famoso. No hay inconveniente, puede ser en la servilleta de papel o de tela o, ya en el último de los casos, en la playera o en el sostén. Ya imagino el sostén de la chica bonita colgado a mitad de la sala porque tiene el autógrafo de Juan Villoro.
¡Ah, la nobleza! No cualquiera. En Comitán hay miles y miles de muchachas bonitas, pero pocas son las que pasan a formar parte de la nobleza pueblerina, del ramillete de reinas que conforman el abanico de las ferias.
Yo, mi querida niña, no es por nada, pero de vez en vez paso a formar parte de la nobleza y me siento bien. Por eso, me gusta ir al mercado primero de mayo donde una muchacha bonita, empleada de uno de los merenderos que hay ahí, en cuanto me ve me dice: “¿Va’comer mi rey?”. ¿Mirás cómo me dice? ¡Mi rey! Ah, yo me siento más importante que Vargas Llosa a la hora que, en Estocolmo, recibió el Nobel de Literatura. Me siento a la altura del Rey de España.
Cuando la muchacha del mercado me dice “Mi rey” yo permanezco en las nubes como unas dos horas, no me bajo, no quiero bajarme. Si me topo con algún amigo sé que él nota que mi trato no es el de siempre. ¡Que me perdone mi amigo! No puedo tratarlo igual, porque yo soy de la nobleza y él es un simple plebeyo. Rocío dice que la muchacha del mercado trata así a todos. Yo no lo creo. No quiero creerlo, porque ella, sonriente, me ve a los ojos y se dirige a mí: “Mi rey”. ¡Soy su rey!
Pero la bobera no me tarda más de dos horas. Algo pasa en el mundo (la vida es maravillosa) que me baja de las nubes y me vuelve a colocar en el plano de la realidad donde no soy más que un peatón, un hombre de a pie, uno más entre los millones de plebeyos.
Las reinas europeas tienen tratos diferentes. He visto fotografías en la revista española “Quién”, donde la Reina de España toma té en jardines de palacios de ensueño, o acude a conciertos de música clásica, o va a exposiciones a museos y posa al lado de los artistas que participaron en alguna ópera.
A nuestras reinas locales no les queda más que ir a conciertos donde la Banda MS hace las delicias de la audiencia. Nunca están frente a un Goya o un Picasso; ni nunca tienen la oportunidad de educar sus sentidos con lo mejor de la ópera.
Una vez, ahora un ex presidente municipal, alcalde en ese momento me dijo que no pidiéramos cultura para la feria, para eso estaba ya el Festival Rosario Castellanos, remató diciendo: “Ahora en la feria habrá música para el pueblo”. Nada dije. ¿Qué iba a decirle? ¿Decirle que toda la música es cultura, pero que hay niveles culturales y las autoridades deberían procurar emplear los recursos públicos para elevar el nivel cultural de su pueblo?
Las personas consumen lo que se les da. Si les dan banda ¡banda consumen!, si les dan conciertos de música culta, poco a poco notarán la diferencia y su espíritu se volverá más exquisito. Los niños y jóvenes leen lo que se les da. Muchos consumen a Paulo Coelho porque eso es lo que encuentran en las manos adultas, pero muchos otros, poco a poco, van al encuentro de mejores escritores.

Posdata: Entre la nobleza también hay niveles. Existen los nobles que se consumen en la banalidad de la “socialité” y los nobles de espíritu selecto.
Mario Vargas Llosa, durante el año posterior a la recepción del premio, no tuvo tiempo para escribir. Debió ir a decenas de convivios. Su vida cambió de tal manera que, supongo, en uno de esos convivios “convivió” de más con Isabel Preysler y rompió con su Patricia de muchos años y se hizo amante de la gran socialité de Europa.
Las vidas cambian para los verdaderos nobles. Los demás tienen que volver a sus vidas comunes y corrientes. Gricely, un día de éstos, volverá a su rutina. Su reinado es efímero, tarda un año, no más. Cuando estuvo como candidata pidió apoyo. Ahora que es reina ¡la apoyemos!

viernes, 4 de agosto de 2017

DEFINICIÓN DE VIP




Todo mundo sabe que es un anglicismo (Very Important People), por eso la emplean sintiéndose muy snobs. La pronuncian como si fueran personas muy importantes.
Se ha convertido (¡qué pena!) en un territorio de exclusión. En los espectáculos existen las zonas VIP para, obviamente, “gente muy importante”. Estas zonas, por supuesto, son exclusivas para gente bonita, de piel blanca y con dinero.
En Comitán se celebra, en agosto, la feria más importante del pueblo, la dedicada al santo patrono: Santo Domingo. En las instalaciones de la feria realizan masivos (así les llaman ahora a los conciertos). En dichos masivos hay segregaciones. La zona cercana al escenario es zona VIP; es decir, una zona exclusiva para quienes pagan el derecho y para los funcionarios del gobierno municipal y sus familiares. Es simpático constatar que el funcionario del ayuntamiento se convierte, por designios de estas democracias surrealistas, en gente muy importante y sus familiares, por gracia revolucionaria, ¡también!
Así pues, las personas de a pie, los del pueblo, los que con sus impuestos pagan los costos de dichos festejos tienen que conformarse con estar en “gayola”; es decir, en la zona más retirada. Son relegados. Es un fenómeno de discriminación evidente, ya que el acto se realiza en un festejo popular. Si fuese un festejo privado, los VIP tienen todo el derecho de reservarse el derecho de admisión y permitir el acceso sólo a la gente bonita de su condición, pero ¿en un festejo del pueblo?
Hubo un tiempo (hace muchos años) en que todos los comitecos fuimos especiales, sin exclusiones de especie alguna. En ese tiempo el concepto de VIP no se conocía por estas tierras, pero acá todo mundo era atendido como gente muy importante.
Un ejemplo de ello era el Cine Comitán. Bastaba pagar el boleto de entrada para ingresar a ese mundo de atenciones especiales. En el Cine Comitán existía la luneta y el anfiteatro (la famosísima gayola). Había una diferencia de costo, porque la luneta tenía butacas individuales, y en gayola los asientos eran tablas corridas. Pero, una vez adentro todo mundo era considerado VIP porque había servicio “a domicilio”. Muchachitos, diez minutos después de iniciada la función, caminaban por los pasillos ofreciendo refrescos, cargaban las botellas de Pepsi Cola (en ese tiempo la Pepsi aún no era “colotop” y ostentaba la Cola, como la Coca. Ahora es que ya la Pepsi perdió la cola. En Comitán “colotop” significa “sin cola”). De manera muy discreta, un espectador pedía un refresco, el muchachito, entonces, destapaba el refresco con un destapador metálico y depositaba el líquido en un vaso encerado desechable. Si el espectador ya tenía un poco de antojo (también en voz baja) pedía una orden de tacos y el muchachito volaba (es un decir) a la dulcería y regresaba con la orden de tacos servida sobre un pequeño pedazo de papel estraza. Todo mundo sabe que esos tacos eran los tacos dorados más sabrosos del mundo y de puntos intermedios. Eran simples tacos dorados de papa, con salsa roja y queso espolvoreado, pero tenían un sabor que no ha sido igualado jamás. (Muchos peatones pedían permiso al boletero para entrar al cine y comprar órdenes de tacos).
¡Ah, qué privilegio! Los espectadores no se perdían nada de la película, porque había un servicio especial que los atendía en sus asientos. ¿Zona VIP? ¡No! Todo mundo era atendido de manera exclusiva.
Juan me cuenta que en un cine de Tuxtla el servicio era semejante, sólo que allá (¡qué maravilla!) ofrecían cervezas, bien frías. ¿Ofrecían carraca, camarones secos en caldito de chile güero? Eso era servicio VIP, lo de ahora son zonas de exclusión, líneas absurdas que pintan los que se creen integrantes de una nobleza sin blasones ni educación. Como dice Polo Borrás: ¡Que con su pan se lo coman!

jueves, 3 de agosto de 2017

LOS QUE NO SON DE ACÁ




Un día llegan los que no son de acá. Llegan en tráileres. Bajan decenas de estructuras metálicas y plásticas. Los que no son de acá se convierten en propietarios temporales del parque central de Comitán, espacio común, propiedad de los comitecos. Se les ve trabajar con denuedo. Levantan gigantescas carpas. Los espacios comunes se convierten en espacios exclusivos. Los que no son de acá impiden que los comitecos caminen por la plaza. Advierten que es peligroso. Colocan cintas que delimitan los espacios donde trabajan. Los de acá ven a los que no son de acá con recelo. Algunos se preguntan: ¿Y ahora de qué se trata? Las carpas gigantescas sirven para colocar pistas de hielo, para hacer ferias del empleo, para colocar escenografías donde se muestran dinosaurios de tamaño descomunal.
Por eso, los que no son de acá ven a los de acá con cara de ¿Por qué no agradecen? ¿No ven que les hacemos favor de traerles diversión gratuita? ¿No entienden que sin nosotros no supieran lo que es patinar sobre hielo? Por favor, comitecos, ustedes ¿cuándo habían estado frente a la figura de un dinosaurio de tan monumental tamaño? Y siguen con su cara de Ustedes sólo conocen el tsizim. Y, orgullosos, continúan con su labor.
Y los de acá acuden a patinar sobre la pista de hielo; hacen fila (debajo del inclemente sol o de la pertinaz llovizna) para que los chiquitíos vean a los dinosaurios; llenan decenas de formularios para ver si logran una de las plazas que ofertan con salarios de miseria y responsabilidades de excelencia. Los de acá esperan con paciencia infinita que llegue el gobernante y haga entrega de una despensa. Un día, los que no son de acá recogen sus bártulos. Se suben a lo alto de las estructuras y desmontan las gigantescas carpas. El sosiego regresa. Algunos comentan que ojalá no vuelvan a colocar esas carpas en el corazón de la ciudad. Insisten en asegurar que existen otros espacios en donde colocar las pistas de hielo, los museos itinerantes, las ferias de empleo, las entregas de despensas. Exigen respeto por el espacio común. Es inútil, los que no son de acá vuelven y se posesionan temporalmente del parque.
Cuando se van los que no son de casa no se llevan todo, como se aprecia en esta fotografía. Levantan sus estructuras metálicas, sus cuerdas, sus cadenas, sus lonas y demás elementos. Pero algo dejan: clavos y tornillos que metieron en las lajas del parque. Ahí donde caminan a cada rato los que sí son de acá. Y los de acá, entonces, se tropiezan a cada rato por los clavos y tornillos que dejaron los que no son de acá. Porque los que no son de acá no entienden que este espacio es el espacio de todos y ahí caminan los ancianos que llegan al parque a escuchar la marimba, no entienden que en este espacio los bailarines y turistas bailan con la marimba de los jueves y domingos, no entienden que por ahí corren los niños con sus globos y las niñas con sus muñecas. Ellos no tienen la culpa. Esta casa no es de ellos, nada les dice. Ellos no tienen su corazón enredado en los aires de este pueblo.
Por eso dejan su tiradero de clavos que detienen el paso libre de un anciano, anciano cuyo pie choca con ese tornillo y que le provoca un dolor de cintura, una afectación de columna.
Los que no son de acá provocan que los de acá se lastimen. Y esto pareciera un contrasentido. Los que no son de acá llegan a la casa de los que acá y les tiran su basura. ¿En qué otro lugar del mundo se permite que un extraño deteriore el bien común de los habitantes de un lugar? Una mayoría de los de casa cuidan sus jardines, sus salas, sus sitios, pero, a veces, tal esfuerzo de conservación no es suficiente cuando los de afuera llegan, con su prepotencia de siglos, a dañar el bien común.
Ahí están los clavos y tornillos sin que autoridad alguna piense en los que caminan por ahí todos los días.
Estos clavos y tornillos son como huellas de los que no son de acá. Uno puede caminar por ahí y decir: “Por acá pasaron los bárbaros, los que no aman esta tierra, los que no son de acá”.
¿Y si no son los de afuera? ¿Y si son los de casa los que dejan sus desechos? Porque a veces (de manera muy frecuente) algunos de casa levantan sus tiendas de campaña y también clavan sobre las lajas para amarrar las cuerdas endebles. ¿Y si son de casa los inconscientes? ¿Los que, por ahora, viven en, y de, la casa del centro del pueblo? No creo que sean de casa, porque éstos sí saben que por ahí caminan sus madres, por ahí juegan sus nietos, por ahí flirtean y se enamoran sus hijas. Sería el colmo que los de casa dejaran esos campos minados que afectan los esqueletos de los pobres viejos que por ahí caminan y tropiezan con esos pequeños objetos tan dañinos, tan temerarios.
Rocío dice que no importa quién deja esos adminículos (así lo dice, ¡adminículos!, pucha qué palabra tan del medioevo). Rocío dice que el presidente municipal debería, hoy o mañana, mandar una brigada del palacio para que elimine esos obstáculos. ¡Es tan simple y sencilla la solución! Pero, bueno, eso es lo que Rocío dice, porque ella sí es de casa y ama este pueblo. Entonces, Ramiro le voltea el chirrión por el palito y le dice que por qué no ella, con sus amigos, hacen tal encomienda ciudadana. Pero Rocío se molesta, dice que el otro día, un grupo de jóvenes quiso pintar la ciclopista de la séptima y la autoridad llegó a impedirlo. Rocío dice que las autoridades ni pichan ni dejan pichar. ¡Uf!
Mientras tanto ahí siguen esos “adminículos” provocando accidentes a los de casa.

miércoles, 2 de agosto de 2017

LOS QUE ESCRIBEN DÉCIMAS EN CUMPLEAÑOS




No vi el momento en que se acercó, pero cuando vine a ver el muchacho estaba frente a mí y me preguntaba: “¿Tú eres el que escribe las Arenillas, verdad?”. Estaba sentado en el parque, leía, mientras la gente caminaba por los pasillos interiores y los pájaros bajaban a picotear en el pasto de las jardineras. Alcé la mirada y lo vi. Era un muchacho con lentes azules, cabello casi al rape, pantalón de mezclilla y una playera negra con un estampado en blanco que decía: “I’m just here”. No sé hablar inglés, pero mis clases de primer nivel me ayudaron a traducir: “Sólo estoy aquí”.
Sí, estaba justo delante de mí y me preguntaba si yo era quien escribía las Arenillas. Sonreí. Dije que sí. Me dijo que le daba mucho gusto, tomó su celular y tomó una selfie donde él estaba en primer plano y yo (creo) aparecí detrás de él. “Mucho gusto”, repitió y levantó la mano en señal de despedida. Yo dije lo mismo, mucho gusto, y volví a mi lectura.
¿Volví a mi lectura? ¡No, mentira! Ya no pude seguir leyendo “Kanada”, de Juan Gómez Bárcena. Novelilla que no está mal, habla de un personaje que regresa a casa al final de la segunda guerra mundial, en 1945.
Y no pude continuar con la lectura, a pesar de que la tarde era linda y el cielo estaba azul y las campanas del templo de Santo Domingo anunciaban el primer repique para misa de seis, porque el muchacho del pantalón de mezclilla y camisa a cuadros me había metido el estilete. ¿Yo era el de las Arenillas? Sí, yo era. Lo que el muchacho había dicho parecía confirmar la teoría de Rocío quien dice que seré conocido siempre como el escritor de las Arenillas. Tal vez corro ese riesgo.
Muchos lectores me identifican como el escritor de esa columna periodística que aparece en el DIARIO DE COMITÁN – NOTICIAS A DIARIO, en CHIAPAS PARALELO, en MIRA QUIÉN COMITÁN y en las redes sociales.
Hace tiempo, no sé, quince años o tal vez un poco más fui al cumpleaños de un amigo. A la hora de los brindis leí una décima que había escrito especialmente para él. Como la décima era simpática fue recibida con entusiasmo y jolgorio. Un mes después recibí una llamada telefónica, era la esposa de otro amigo, me invitaba al cumpleaños de él. Al despedirse me dijo: “No olvidés escribirle su décima”. ¡Uf! Presentí que corría el riesgo de volverme el infaltable lector de décimas en los cumpleaños. Con la pena no acudí a la invitación. Lo hice para cortar de tajo con eso que pretendía convertirse en una insana costumbre.
La tarde de la pregunta del muchacho del pantalón de mezclilla, una pareja de muchachos bonitos se sentaron frente a mí y se abrazan y comían esquites, botados de la risa por las cositas que se secreteaban. Ella tenía una blusa que mostraba los hombros y el cuello, él tenía un tatuaje en el brazo izquierdo. Yo pensé (en juego de imaginación) que si Gabriel García Márquez se sentara en la banca de al lado, los muchachos dirían: “Mirá, ahí está Gabo, el escritor de Cien años de soledad”; y si en lugar de Gabo fuera José Emilio Pacheco, los muchachos lo señalarían discretamente y dirían: “Mirá, mirá, ahí está Pacheco, el autor de Las batallas del desierto”; es decir, nadie, ¡nadie!, los reconocería por sus columnas periodísticas. Nadie diría de Gabo: “Mirá, ahí está el escritor de La jirafa”; nadie diría de Pacheco: “Mirá quién está ahí: el escritor de Inventario”.
¡Qué paradójico y qué complejo el mundo de la escritura! Estoy seguro, cuando menos en el caso de Pacheco, que más lectores han leído sus columnas periodísticas que sus libros de poesía o sus libros de cuentos o sus novelas. Gabriel García Márquez se cuece aparte. Él vendió (sigue vendiendo) millones de libros en todo el mundo. Nuestro Pacheco jamás alcanzó tales cifras. Pacheco es milenario, Gabo ¡millonario!
Mi obra, igual que la de Pacheco, ha sido conocida, más por lectores de la columna que por mis libros. Por eso, el muchacho del piercing en la ceja izquierda, me preguntó si yo era el escritor de las Arenillas. ¿Sabe él que he escrito libros de cuentos y novelillas breves? Si ha sido un lector atento de mis columnas periodísticas tal vez sí se ha enterado, pero lo más seguro es que no ha leído alguna de ellas. ¿Por qué? No lo sé. Tal vez porque no están a la venta en las grandes cadenas comerciales. Mis novelillas no alcanzan a llegar a Gandhi o a El sótano. Apenas alcanzan vuelo para llegar a la librería Lalilu, de nuestro Comitán, librería bellísima, pero que no tiene el impacto de aquéllas. Comitán es un pueblo de cien mil habitantes, la Ciudad de México se estira hasta llegar a los veinte millones.
De mis novelillas apenas alcanzo a vender treinta o cuarenta ejemplares cada vez que hago una presentación. Sé que las Arenillas son leídas por muchos lectores cada día. Por eso (optimista) cuando hago la presentación de una de mis novelillas espero que las decenas de admiradores de las Arenillas se hagan presentes y compren ejemplares. Pero no es así. Sólo llegan pocos amigos y admiradores incondicionales.
Rocío dice que debo entender que en México así es el modo. Dice que leen las Arenillas porque son gratis y porque son ligeras (casi light, insiste). La novelilla exige otro tipo de lectura, otro tipo de acercamiento, y, además, cuesta paga. Y las personas no invierten en libros. Gastan en cosas que les satisface más: celulares, cigarros, trago, ropa y demás maravillas del mundo moderno.
¿Y entonces -pregunto- por qué millones de lectores en el mundo compran las novelas de Murakami? Y digo Murakami para no escribir el nombre de Gabriel García Márquez y que algún lector pueda interpretar que estoy colocando mi obra a la par del Nobel de Literatura.
Murakami no es un gran escritor, cómo, entonces, logra que sus admiradores se acerquen a él y le pregunten: ¿Tú eres el escritor de Tokio blues?
Sé que los libros de Murakami están a la venta en todas las librerías importantes del mundo. Yo estoy consciente de que nunca llegaré a tales canchas, pero sería genial que alguna tarde, se acercara una muchacha bonita (de esas que usan las blusas con escote que muestran los hombros) y me preguntara: ¿Vos sos el que escribió la de Yo también me llamo Vincent?
Ese día compraré una playera negra y me la pondré. El estampado dirá: “I’m just here”. Sólo loco aspiraría a tener millones de lectores, tampoco aspiro a los miles de lectores que Pacheco tiene. Mi gusto sería que una muchacha bonita se acercara y me identificara como el autor de la novelilla El día que Julio Cortázar llegó a Chiapas.
Pero Rocío insiste en molestarme. Dice que llegará la chica, me preguntará si yo escribí tal novelilla y cuando yo, orgulloso, diga que sí, ella me reclamará, dirá que la novela es malísima, porque uno de los personajes se parece a…

martes, 1 de agosto de 2017

LAS PURAS FALLAS




Así se llama este negocio comiteco donde lavan autos: “Las puras fallas”. El letrero, por supuesto, provoca risa, comentarios simpáticos. Es un letrero, digamos, honesto. La risa proviene de la creencia en parte de la personalidad del mexicano. ¡Así somos, qué le vamos a hacer! Entiendo que un lavado de autos en Inglaterra, nunca se llamaría así, porque la cultura inglesa está hecha de otra sustancia. Si alguien lleva su auto a este negocio y algo malo sucede ¡nada puede reclamar! Cualquier empleado podría decir: “Se lo advertimos. Acá ¡las puras fallas!”. ¡Ah!, nunca falla.
En un chiste de doña Lolita Albores aparece la frase: “Puro fracaso ‘tamos mirando”. Y esto también alude a nuestra idiosincrasia. Los mexicanos culpamos los fracasos a la mala suerte. En realidad, muchos de los fracasos y de las fallas se deben a que las empresas se hacen al “Ahí se va”.
Es una pena, pero, a fuerza de los comportamientos equivocados, nos hemos acostumbrado. En Chiapas, por ejemplo, los actos donde los invitados de honor son los gobernantes (desde el gobernador, hasta la modestísima regidora de un modesto ayuntamiento, pasando, por supuesto, por los presidentes municipales) nunca comienzan a la hora anunciada. Todo es parte de esa costumbre nefasta de “Las puras fallas”. Es tan perniciosa la mala costumbre que, incluso, los actos artísticos ya comienzan con media hora de retraso. Ya quisiera ver que en la ópera de París comenzaran media hora más tarde porque “Estamos esperando al señor presidente”.
En Comitán, muchas personas tienen suscripción a la televisión por cable. Esta empresa tiene, por lo regular, dos o tres canales sin sonido y, a veces, sin imagen. Mi mamá, por las tardes, ya después de haber cumplido con muchas tareas, se sienta a bordar y ve la televisión. Le encantaba ver los programas de concurso de Marco Antonio Regil. Digo que le encantaba porque Cablevisión, sin aviso previo y con alevosía comercial, eliminó el canal donde se transmitía dicho programa y colocó un canal con caricaturas. Esto último sería plausible si no hubiera sido producto de una catafixia alevosa. Igual que mi mamá (imagino) muchas personas de edad acostumbraban ver dicho canal. Cablevisión también podría llamarse “Las puras fallas”. A mí me gusta ver TvUNAM. Pues a cada rato, la gerencia de este sistema cambia dicho canal por Edusat, canal que (perdón) pareciera hecho para televidentes bobos. Basta ver las clases de inglés que son sosas, tontas. Muy lejos del espíritu que ahora (se supone) alienta el ideal del Nuevo Modelo Educativo.
Estoy seguro que en este instante, a muchos lectores les está brincando el nombre de una institución que no cumple con los servicios que ofrece. A cada rato hay denuncias y quejas por fallas en los vuelos programados por conocidas aerolíneas. ¿Quién no ha protestado por las fallas constantes en los servicios telefónicos o en el servicio del Internet? En este país (¡qué pena!) los usuarios estamos acostumbrados al mal trato por parte de empresas abusivas. Pareciera, ¡Dios mío!, el país de las puras fallas. Son tantas que los aciertos quedan ocultos.
El día que comenzó la feria en Comitán, un repartidor de Coca Cola estacionó el camión en la entrada de la cochera de mi casa. Sin duda que él y su compañero decidieron presenciar el desfile, fueron al bulevar y disfrutaron el acto, desde las doce del día a las tres de la tarde. Mientras tanto, su camión impidió que yo guardara mi auto. “Las puras fallas”. Llamé a la empresa, pedí que le hablaran a su empleado (que, en lugar de estar sentado en el camellón presenciando el desfile, debía estar laborando) y nunca me hicieron caso. Debí esperar que los dos empleados terminaran su ocio para que la entrada quedara libre. ¿Fue un caso excepcional? ¡No, no! He sido testigo, en muchas ocasiones, de cómo automovilistas inconscientes tapan las entradas a cocheras particulares.
Nada puede hacerse contra este tipo de actos abusivos. Cualquier automovilista se estaciona en áreas dedicadas a los discapacitados; cualquier automovilista tapa las entradas a cocheras; cualquier automovilista se estaciona en zona prohibida; se estaciona incluso subiéndose a la banqueta.
El otro día, una amiga me contó que su abuelo fue al consultorio de un dentista y éste le quitó una muela buena y le dejó la mala. ¿Fue el doctor puras fallas?
De igual manera, el otro día nos enteramos que en una carretera de creación reciente se hizo un socavón que sepultó un auto con personas adentro. ¿Fue la constructora puras fallas?
El nombre del auto lavado mueve a risa, pero es una triste fotografía del carácter del pueblo mexicano.

lunes, 31 de julio de 2017

CARTA A MARIANA, CON GASEOSA INCLUIDA




Querida Mariana: Anexo foto que Rogelio Guillén subió a las redes sociales. Alguien comentó que esa botella es un tesoro. En efecto, la botella es un tesoro para la historia local. ¿Por qué? Ah, te digo. Vos sos muy joven, vos ya sos de estos tiempos en que medio mundo consume la coca cola y demás refrescos embotellados de compañías transnacionales. Pero debo decirte que hubo un tiempo en que existieron fábricas modestas. En Comitán hubo la fábrica de refrescos “Soto”, que era propiedad de don Jorge Soto. Cuentan los mayores que fabricaban dos sabores: verdes y rojos (¿o naranjas?). ¿Cómo? Sí, nadie, hasta la fecha, puede decirme qué sabores eran. En Comitán los sabores se convertían en colores. Había personas a las que les gustaba la gaseosita roja y personas que preferían la gaseosita verde. Tal vez alguien pueda decir que el verde era sabor limón. ¿De verdad era así? Y el rojo podía ser sabor cereza (¿naranja?). No lo sé. Todo es mera especulación.
Los cronistas han descubierto muchos elementos de esta fábrica modesta, pero enorme. Comentan que, en lugar de camiones de reparto (como sucede en la actualidad), don Jorge empleaba burritos para el transporte de los refrescos. Sobre el lomo del burro se colocaba una carcasa doble hecha con madera que servía para transportar las gaseositas. Cada burrito era conducido por un empleado que surtía a los tendejones. Pero acá vemos un elemento fundamental que puede servir de reflexión: don Jorge mandaba a hacer las botellas especiales para su fábrica. Cualquiera pensaría que esto es lo que hacen todas las fábricas; es decir, la Coca Cola usa botellas especiales para vender sus productos. Es cierto, pero sucede que en el Comitán actual el ejemplo de don Jorge Soto se extravió. ¿Por qué digo esto? Porque en este pueblo hay muchas industrias que no alcanzan el vuelo porque no tienen la visión mercadotecnia que sí tuvo el señor Soto.
Digo que uno de los productos que son muy afamados y ricos en sabor son los picles y el chile en vinagre. ¿Cómo lo venden? En frascos reciclados. Todos los pomitos de pempenchile son de Mayonesa McCormick; todos los frascos donde venden el chile en vinagre son de Nescafé. ¡Cómo! ¡Así no se puede!
¿Has visto en las ferias las botellas donde venden la mistela tan sabrosa? No se sabe de dónde vienen esas botellas. No se sabe si están bien lavadas. Son totalmente antihigiénicas. ¿Quién te garantiza que tal botella no contuvo gasolina? La gente, en sus casas, emplea las botellas que ya sirvieron para guardar gasolina, thinner, acetona o veneno para las ratas. Yo camino por los puestos de las ferias y miro con deleite las bandejas con jocotes encurtidos, llenos de abejas, llenos de polvo y luego miro las botellitas con mistela y miro que esas botellas están sucias. Hay el famoso dicho que dice que “De la vista nace el amor”. ¿Quién puede enamorarse de ese producto tan mal presentado?
Don Jorge vendía sus gaseositas en sus botellas especiales que daban prestigio a su empresa. “Refrescos Soto. Comitán, Chis. Hecho en México”. ¿Mirás la categoría con que presentaba su producto? No necesitaba un gran camión repartidor. ¡No! Ofrecía su producto mediante burritos cargadores, lo que le daba un toque pintoresco a su empresa. (Tal vez algún animalista ahora proteste por el trato que se le daba al animal. Eso ya es otro asunto.)
En la carretera de Comitán a San Cristóbal, a la altura de Betania, hay puestos colocados a la orilla de la carretera. Ahí ofrecen chile en vinagre (con receta diferente a la tradicional de Comitán). Los frascos no tienen una etiqueta, pero, cuando menos, son frascos nuevos. Ahí, los automovilistas se detienen y adquieren esos productos que se ven mucho más higiénicos que los que ofrecen en los mercados de Comitán.
En algún momento Comitán extravió la senda de lo correcto. ¿No hay algún organismo gubernamental que pueda decirles a nuestros productores que si invierten en la presentación lograrán mejores ventas?
No se antoja comprar el riquísimo chile en vinagre en un pomo de mayonesa. Digo, por más bien lavado que esté el pomo algún residuo le queda de la sustancia anterior.
El ejemplo de don Jorge se nos extravió. Los comitecos dejaron de soñar en ser empresarios. Las empresas locales están en proceso de extinción y las empresas modestas artesanales presentan sus productos en forma antihigiénica.
Los cacahuates de la región son riquísimos, pero ¿quién compra una bolsita de cacahuates pelados, si mira que la vendedora los pela y luego sopla sobre su mano para limpiarlos de la cáscara? Digo, por más, dos gotitas de saliva llegan a esos cacahuates. ¿Acaso no hay formas más higiénicas para ofrecer el producto?
La empresa de don Jorge fue proverbial. Se correspondía al espíritu emprendedor de los comitecos. Algo perdimos en el camino. Por ello, cuando Rogelio Guillén subió esta foto, muchos dijeron que era un recuerdo excepcional. Sí, lo es. Es el recuerdo de una empresa comprometida con el sueño limpio de su fundador. ¡Que viva siempre la memoria de don Jorge Soto! ¡Que vivan sus gaseositas! ¡Sus refrescos Sotíos!

sábado, 29 de julio de 2017

CARTA A MARIANA, CON PUERTAS MARAVILLOSAS




Querida Mariana: Anexo una fotografía propiedad de Martha Aurora Avendaño Román. Ella es mi amiga, entre muchas virtudes que posee está la de ser especialista en audición y lenguaje, materias que estudió cuando realizó una maestría en Puebla. ¿Vos conocés a alguien que sea especialista en audición y lenguaje? Hablo en términos profesionales, porque sabemos que en Comitán existen los expertos empíricos en lenguaje y en audición, porque estos dos elementos son esenciales para ser un buen chismoso. Y en nuestro pueblo, vos lo sabés, abundan los “comunicólogos”, que no necesitaron pasar por aulas universitarias para convertirse en finísimos emisores de mensajes con agregados picarescos, chuscos y que, a veces, rayan en lo grosero.
¡No, no! Mi amiga es una profesional en las materias de audición y lenguaje. Ayuda a superar deficiencias del oído y del lenguaje. Porque hay personas que acusan problemas en la audición. Pero (ya lo dije) en Comitán hay muchas personas que hacen justicia al dicho que dice: “El sordo no oye, pero bien que compone”. ¡Ah!, en nuestro pueblo nos encanta agregarle la sal, la pimienta y el polvo de chile a todo comentario.
Acá no tenemos deficiencias ni de lenguaje, ni de audición. ¡Oímos de más! ¡Hablamos de más! He visto a algunas personas, en el café, casi estirar la oreja para oír lo que hablan otros en la mesa de al lado. Cuando hay un político sentado en un café, nunca falta el que le hace al periodista y corre a sentarse al lado para tratar de escuchar lo que el político le cuenta (en voz baja) a su interlocutor. El otro día hallé a Jorge Constantino en compañía de Beto Torres en el área al aire libre que tiene Italian Coffee. Los saludé y les dije que al otro día algún periódico iba a publicar una foto de ellos con el siguiente pie: “¿De qué estarían hablando?”. ¡Ah, pucha! Hablaban, sin duda, de cosas que sólo a ellos interesaba. ¿De qué hablan María y Jorge? ¿De qué hablan don Alfredo y doña Alfonsina? ¿De qué? De mil cosas. Cosas que no importan a nadie más, cuando menos en ese momento. Los comitecos oímos de más, hablamos de más y ¡miramos de más!
A veces miramos lo que no nos conviene, miramos lo que no nos importa. A veces, como dice Teofilito, pasamos de noche en pleno día. Y digo esto, niña mía, porque no vemos la sustancia, lo realmente importante.
Siempre llama mi atención la mirada del turista. Cuando vas de viaje vas dispuesta a pepenar todo lo que se pone frente a vos. En cambio, cuando estamos en nuestro pueblo, damos por hecho que ya lo hemos visto todo, porque acá vivimos, porque lo cotidiano siempre es un velo para hallar la novedad en lo de todos los días.
¿Ya miraste bien la foto que anexo? ¿Ya miraste los elementos que tiene? Son pocos, pero son muchos, ¿no? Mirala bien. ¿Qué contiene esta fotografía? ¿Qué cosa es? ¿Sabés que me dijo Aurora? ¡Es una puerta! ¡Una puertita! ¡Una puertita que le hizo su papá y que ella conserva con amor!
¿Ya mirás qué prodigio? Mi amiga le dijo una tarde a su papá que le encantaban las puertas comitecas. Esas puertas prodigiosas que no eran un simple par de hojas de madera, sino que eran un portento del arte.
A mí, igual que a Aurora, siempre me han llamado la atención las puertas. Me encanta cuando alguien, desde adentro de la casa, abre la puerta en forma total. Me fascina el movimiento que hace la persona que jala las dos hojas y abre sus brazos como si fuera un ave extendiendo sus alas. Es mágico el instante en que una puerta se abre y deja pasar el aire, la luz, la mirada.
A Aurora le seducen los elementos que tienen las puertas comitecas. Si mirás bien, niña querida, en esta fotografía están esos elementos. El prodigio de la puertita que fabricó el papá de Aurora es que funciona como ventanillo, porque si lo mirás bien está hecho a escala mínima. ¿Mirás la belleza? Es como una puerta de casa de Alicia en el País de Las Maravillas. ¿De qué tamaño es? No lo sé. No le pregunté a Aurora, ni lo haré. Ni pregunté qué madera es. No lo hice, no lo haré.
Y no lo haré, porque cuando vi la foto imaginé, de inmediato, que andaba perdido en un bosque y, de pronto, descubría esta puerta que, en forma mágica, podía (en caso de que lograra abrirla) conducirme al camino de regreso a casa.
Pero, ¿en dónde estaba la llave? A final de cuentas esto de la llave era, como dicen los pesados, peccata minuta. El problema central era, una vez abierta la puerta, ¿cómo pasar del otro lado? Porque, a leguas se ve, la puerta es pequeña, tan pequeña que Aurora le llama puertita. Como mi amiga lo dice, lo que su papá hizo fue un acto de amor. El papá (en cuanto la hija le dijo que le fascinaban las puertas comitecas) fue a su taller y se puso a trabajar la puertita, a construir el marco de madera, a pintarlo con pintura blanca, a clavar lo clavable, a colocar los remaches, a fijar las bisagras (a aceitarlas, para que las hojas abrieran bien y sin hacer esos chillidos odiosos que hacen las puertas con bisagras oxidadas), a buscar el lugar exacto para colocar la jaladera y ¡la aldaba!
A mí me encanta la palabra aldaba. Igual que la palabra almohada, tiene su origen en la lengua árabe. Cada vez que la pronunciamos invocamos un espíritu que está lejos, muy lejos de nuestras tierras, más lejos de Yalchivol, más lejos de Nicalococ. ¡Aldaba! ¡Ah, qué belleza! Como ahora los comitecos ya colocan en sus casas puertas posmodernas, las aldabas han desaparecido y la palabra aldaba ha dejado de enunciarse.
Nos hemos perdido en el bosque. Pocas personas, como Aurora, siguen cuidando la flama que nos da luz auténtica. Ahora, los comitecos estamos empecinados en ver hacia otros lados, nos queremos apantallar con otros modos de ser. Basta mirar lo que sucede cada año con la feria de agosto, que se supone dedicada a nuestro santo patrono: Santo Domingo. Sólo la celebración del cuatro de agosto, día en que hay una muestra sensacional de marimbas, en el parque central, salva nuestra identidad. Todo lo demás es una copia mala y corriente de festejos de otros lados. ¿Vendrá la banda MS? ¿Esto es para aplaudir? ¿No es esto algo como una puerta que no abre a nuestros patios comitecos? ¿No es como una puerta falsa, una puerta sintética, una puerta endeble?
¿Qué es lo que realmente fortalece nuestro espíritu y nuestra identidad comiteca? Si mirás bien la puertita de Aurora, hay como una idea de que al abrirla hallarás lo que el nombre de mi amiga presagia: ¡la aurora! Las puertas de hoy (¡qué pena!) abren a sitios llenos de penumbra, de oscuridades.
Estamos empecinados en oír de más, en hablar de más, en mirar de más. Hemos olvidado el espíritu de introspección; hemos dejado de lado la sustancia. Debemos oír de más, pero el sonido de nuestras campanas, el rumor de los pasos al amanecer, el festín de los pájaros a la hora que vuelan en parvada; debemos oír de más, pero el tradicional cantadito de nuestro voseo, los modismos que cuelgan como festones de juncia en nuestras paredes. Debemos hablar de más, pero acerca de las bondades y virtudes auténticas de nuestro pueblo. Y debemos mirar de más, pero mirar lo que nos rodea, lo que es nuestro. Debemos mirar las puertitas que construyeron nuestros papás, nuestros abuelos, los papás de nuestros abuelos y los abuelos de nuestros abuelos. Debemos mirar, antes que lo ajeno, lo que tenemos a la vuelta del corazón.
Aurora estudió un posgrado en audición y lenguaje. Ella sabe lo que significan estos sentidos: el sentido del oído y el sentido del gusto (en el que está enredada la lengua). ¿Mirás que es proverbial que ello se llame sentido? Por eso digo que no tiene sentido olvidarse de lo sentido. No, no es un juego de palabras. Esto va más allá, porque lo sentido es lo que se siente y no puede sentirse bien si nuestros sentidos están atrofiados. ¿En qué momento perdimos el sentido del buen gusto? ¿En qué momento caímos seducidos por lo extranjero?
Los jóvenes ya no pronuncian la palabra aldaba, con la profusión y riqueza que lo hacíamos anteriormente.

Posdata: Cuando vi la foto de Aurora pensé que esa puertita era la que podía sacarme del bosque perdido. ¿Cómo pasar por esa pequeña puerta que, en acto amoroso, le construyó su papá? Tenía que hacerme pequeño, no en sueños sino en aires de grandeza, en petulancias, en pretensiones sobradas. ¿Y la llave? ¡Ah, ese no es problema! La llave la poseemos todos los comitecos, nos la legaron nuestros ancestros.
Debemos mirar más, pero mirar las puertas antiguas de las tradicionales casas comitecas, para descubrir las aldabas, los llamadores, las chapas de llaves enormes, los chapetones, los remaches; para redescubrir nuestro espíritu auténtico.
Aurora ama las puertas antiguas. Sabe que cada vez que una de ellas se abre, se abren también los sentidos: el del oído, el del tacto, el de la vista, el del olfato y ¡el del buen gusto!

viernes, 28 de julio de 2017

DEFINICIÓN DE COLADO




Tal vez lo primero que aparece en la mente es el acto donde se coloca el techo de una casa. En Comitán, en los años sesenta, era común escuchar que “Fulano andaba colándose con sutana”; es decir, que fulano pretendía a sutana y andaba requiriendo sus afectos. ¿Por qué se decía tal cosa? Juan, quien desde pequeño fue muy travieso, decía que sutana estaba colada porque ya estaba a punto de “dar la cola”. Era una bobera sin sustento, una mera travesura del travieso de Juan.
Si revisamos un diccionario elemental hallamos que la definición de colada dice: “Acción y efecto de colar”. De ahí se colige que una mezcla ya está colada, pero también puede interpretarse que una persona se “coló” a un lugar determinado, porque una de las acepciones de colar es la de “pasar por un lugar estrecho”. De ahí que sea correcto decir que “fulano entró al concierto de colado”, porque se metió por un lugar no permitido.
Tal vez en Comitán se decía que los fulanos andaban de colada, porque estaban pasando de un estado de soltería a otro de compromiso sentimental.
En las mismas épocas, era común escuchar que una determinada fiesta familiar había estado llena de chalequeros, quienes eran los que se “colaban” de contrabando. El lugar común dicta que estos colados, dos horas después de entrar de manera subrepticia, ya se habían apoderado del festejo y se comportaban como invitados de honor, en el peor de los casos, o como dueños de la casa, en situación extrema. Se atrevían a pedir más bebidas y a ordenar a los marimberos qué canciones debían interpretar. Nunca faltaba el abusivo, con buena pinta, que sacaba a bailar a la quinceañera, quien aceptaba contra la voluntad de sus papás. Roxana dice que en Perú le llaman “Camarones” a los colados. Pues en Comitán, las fiestas de los años sesenta, eran como mares llenos de camarones que nunca se dormían, porque ni la corriente del trago los arrastraba. Y parece que el término tiene que ver con el agua, porque en España dicen: “Hacer la colada”, cuando se refieren a lavar la ropa.
Hoy el término ya está en desuso en Comitán. Es comprensible. Antes, el enamoramiento exigía una serie de protocolos hoy inexistentes. Los chavos de hoy son más prácticos. Antes, tomar de la mano a una chica era un tráfago, ahora, las manos se posan y entran a territorios que antes eran impensables.
Yo sigo empleando el término colado cuando veo que alguien anda con otro. Se me hace una palabra bonita, una palabra rítmica, que baila por sí sola, sin necesidad de invitarla. Imagino que hay personas coladas, como piñas, y que hay ciudades coladas, que tienen el sabor del trópico en la frente y en los muslos. No creo que una ciudad muy formalita acepte el término colada, porque la palabra suena como si alguien tocara una guitarra o sonara un güiro.
Lo colado, asimismo, da la idea de pasar por un tamiz, un poco como si los grumos quedaran fuera. Cuando pienso en ello, pienso en la vida, en la de todos los días. A final de cuentas lo que el maestro Artemio recomendaba era eso, siempre decía que eligiéramos bien a cada instante. ¿Por qué íbamos a leer lo que no nos dejaría algo bueno? “¡Lean a los clásicos!”, repetía a cada rato y nos mostraba, con la mano en alto, el libro que leía en ese momento, que era un libro ya ajado, con olor a viejo. Era “El Quijote”. Como dicen que hacía el papá del poeta Óscar Oliva, que leyó El Quijote muchas veces, el maestro Artemio no se cansaba de leer la obra de Cervantes. Decía que ahí estaba concentrada la vida. Ahora que lo pienso digo que tal vez la obra de Cervantes ha permanecido en el tiempo porque pasó por el cernidor, es una obra “colada”.
Tal vez la definición de colado, debería incluir el acto de eliminar la basura, de pasar la vida por un cernidor lleno de luz.

jueves, 27 de julio de 2017

A PUNTO DE MANDAR A LA BERGUA A LA GARCÍA




Hay escritores que sigo y persigo. Uno de ellos es Ana García Bergua. Como el García es muy común (perdón a todos los García) siempre que me refiero a Ana digo La Bergua, apellido menos común y medio alburero (perdón a todos los Bergua).
Lamento que las colaboraciones de La Bergua, en la Jornada Semanal, ahora sean quincenales. Hace tiempo, Ana publicaba cada domingo en el suplemento de La Jornada. Lo primero que hacía al leer el suplemento era buscar la columna periodística de Ana. Sus textos, breves, de una cuartilla, más o menos, siempre me han parecido ingeniosos y en ocasiones soberbios. Claro, como cualquier escritor, a veces le pega al nueve o se regodea en el ocho, pero jamás, la Bergua, pasa de panzazo.
Desde que leí la novela “La hija del sepulturero”, de Joyce Carol Oates, he perseguido sus libros (de cuentos y novelas). Digo que “La hija del sepulturero” es su “Cien años de soledad”, porque es la más brillante, pero leo con agrado sus demás novelas, las de ocho, y sus libros de cuentos de ocho punto seis que sube a nueve.
¿Qué pasa con la Bergua? Que no he hallado una novela o un libro de cuentos que esté a la altura de sus colaboraciones periodísticas. Su novela “La bomba de San José” recibió el reconocimiento de la crítica a tal grado que le fue otorgado el premio Sor Juana Inés de la Cruz. En un viaje que realicé a la Ciudad de México encontré la novelilla en la Librería El Sótano (que, según Quique, está más surtida que la Gandhi. Ambas están frente a La Alameda). Regresé al hotel (a media cuadra del Palacio de Bellas Artes) y abrí con emoción el libro. Tenía en mis manos a La Bergua, pero mi emoción se fue diluyendo conforme avanzaba en la lectura, hubo momentos en que deseaba mandarla a la Bergua. La novela no me pareció que respondiera al prestigio del premio ni a la admiración que le profeso a la autora.
Tiempo más tarde hallé en “El Sótano”, la sucursal que está en Puebla, su libro de cuentos “Edificio” y, a pesar de que su novelilla no me había seducido, corrí a comprarlo. De igual manera, al llegar al hotel (a una cuadra del zócalo poblano), emocionado comencé a leer sus cuentos y leí uno y luego el otro y uno más y no hallaba el texto de ocho punto ocho que subiera a nueve. Todos rayaban en la medianía. Algunos, incluso, caían en la franja del siete. ¡Dios mío! ¿En dónde estaba la Bergua que admiraba? (Esto leerlo sin albur, por favor.)
Decidí mandar a la Bergua a la Bergua. Total, pensé (como siempre pienso) ella puede vivir sin mí (seguir ganando premios) y yo puedo vivir sin ella (persiguiendo a otros, a otras). Pero, ¡ay, qué duro es el piquete de víbora! El lunes, caminando por los estantes de la Porrúa (acá en mi pueblo) hallé su novela más reciente: “Fuego 20”. Ya sabía que por ahí ronda un tema trágico: el incendio, en 1982, del edificio de la Cineteca Nacional, de la Ciudad de México; ya sabía que cuando ocurrió el incendio la Bergua se salvó por un pelito, porque laboraba ahí, pero, por alguna razón, no acudió ese día. Con esto (más mi admiración incluida, un poco menguada pero subsistente) bastó para que sacara mis billetitos y lo comprara.
Ya comencé a leerla, no he terminado, pero quise compartir que ahora estoy medio emocionado con su lectura. Sé que La Bergua no obtendrá el Nobel de Literatura, pero ahora encuentro una escritura sencilla, clara y llena de guiños fantásticos que están seduciéndome. Casi a mitad de la novelilla, sin proponérselo, Ana hace un homenaje a la obra de Ibargüengoitia, ya que describe un poblado y su cultura de una forma desparpajada, con ironía sutil, que, por momentos, hace recordar la literatura del gran Jorge. Ojalá que la novela siga en este tono o que (así lo deseo) vaya en ascenso y al final pueda decir que es una novela de ocho punto cinco que puede subir a nueve.
Estuve a punto de mandar a la Bergua a la García, pero mi corazón de pollo no lo permitió. Pienso ahora que fue bueno darle (darme) otra oportunidad. A los afectos literarios no hay que cortarlos de tajo.