viernes, 8 de octubre de 2010

LOS CULTOS MÁS INCULTOS

Era martes, cinco de la tarde, y Chiapas era en “El Cosmos lo que una flor al viento”. Estaba tranquilo en casa cuando recibí una llamada telefónica. Un funcionario de Coneculta-Chiapas me notificó lo siguiente: el Jurado del Premio Estatal de Poesía Enoch Cancino Casahonda 2010 había concedido una Mención Honorífica a la obra literaria que sometí a concurso. ¡Me dio gusto la noticia, por supuesto! Acto seguido el individuo me invitó a estar presente el día miércoles, a las cuatro de la tarde, en el auditorio del Centro Cultural Jaime Sabines, de Tuxtla; lugar donde -aseguró- me entregarían un diploma y un paquete de libros.
“Sé atento”, me dijo mi mamá. Ella me conoce y sabe que no me gusta abandonar mi pueblo. Yo estaba tranquilo en casa. “Si te están invitando, debes ir”, dijo mi mamá, con la corrección que siempre la acompaña. Pensé que mi mamá tenía razón: debía ser humilde y corresponder con mi presencia a la invitación del individuo atento.
El miércoles pedí permiso en el trabajo y fui a la Central a tomar el autobús, pero (¿fue presagio de lo que estaba por ocurrir?), la señorita de la taquilla me dijo que jamás me había asegurado por teléfono que la corrida de las doce y cuarto saldría a Tuxtla.
No me quedó más que caminar a la terminal de los autotransportes “La Angostura” y treparme en una suburban guajolotera. Eran las doce del día. A las tres de la tarde, después de haber tolerado más de mil baches y treinta y dos enfrenones súbitos, y con las costillas un tanto desacomodadas, oí que un pasajero decía: “y falta la parte más dura”. “Sí, contestó otro pasajero. Hay tanto hoyo que acá asaltan en la noche”. Me enteré que el autobús había tomado un camino alterno porque el paso por la Presa de La Angostura estaba limitado. Así fui a parar a Villa de Acala (ahora sigo viendo el mapa del estado para comprobar por dónde anduve). Llegué a Tuxtla justo a las cuatro de la tarde. El chofer me dijo que no me preocupara, “El Sabines” está a cuatro cuadras de la terminal de esos transportes. Caminé y a las cuatro con cinco entré al Centro Cultural. ¡Por fin! Entré con buen ánimo, a ser testigo del acto celebratorio donde se entregó el Premio Estatal de Poesía en homenaje a Enoch Cancino. Los de seguridad comprobaron que sólo llevaba una chamarra adentro de la mochila y me permitieron entrar al auditorio luminoso lleno de gente. Me presenté con el individuo atento que me había hablado un día antes y él instruyó a una edecán me acompañara al asiento (la muchacha bonita me pidió que no bajáramos tan de prisa porque tenía zapatillas nuevas y… la tomé del brazo y entonces yo fui el edecán que la ayudó a bajar). Otro individuo atento me preguntó qué hacía ahí, le dije y me asignó un asiento en la primera fila. Llegaron los miembros del Jurado, saludé a cada uno de ellos (tengo la suerte de ser su amigo) y me disponía a cruzar la pierna y soltar mi cuerpo en el asiento cuando el individuo atento se acercó y me dijo que no me correspondía estar en la primera fila (yo entendí, lo mío era una simple Mención Honorifica), me pasó a la segunda fila y me dijo (con la corrección que sin duda siempre lo caracteriza): “No se mencionará su nombre y no le entregarán el diploma”.
¿Qué? Entonces, a punto de perder la corrección que mi mamá me injertó, iba a decirle que yo estaba tranquilo en casa cuando él me invitó para asistir. A punto de decirle: ¿Para esto me hizo venir a Tuxtla, para faltarme el respeto en el patio de mi cara? Pero no podía portarme con la misma falta de respeto con que ellos (ahora sí ya no era sólo el individuo atento, sino la institución completa) me trataron.
Por esto ahora pienso que gané una Mención sin mención. El acto transcurrió conforme “lo planeado” por ellos. Yo caí en el juego de estos incultos promotores de la cultura. No lo tomé como una afrenta personal, sino como una prueba más de la soberbia con que Coneculta-Chiapas trata a los creadores, para ellos no somos más que una absurda pieza en el ajedrez de sus intereses y perversiones. ¡Pobres de aquellos que deben someterse a un trato indigno cuando solicitan algún apoyo justo para el fomento de sus creaciones!
Al término del acto, un afecto me invitó un café. Al lado de ella me reconforté con la vida. ¡Sólo eso faltaba, que los incultos coneculteros echaran a perder mi tarde!
A las siete trepé a un taxi, fui a la Terminal de la OCC y, a las siete y media, abordé el camión para regresar a mi pueblo. Llegué a las once con veinte a la casa. Tomé un vaso con avena y leche de soya. “¿Cómo te fue?”, me preguntaron en casa y respondí ¡mal!, me ignoraron. No entiendo para qué me invitaron si me iban a conceder ese trato grosero.
Pero, bueno, la vida continúa. Me metí a dormir, ya a las doce. Quince minutos después (¡cuarenta y cinco minutos para la una de la madrugada!) sonó el teléfono. Adormilado respondí. ¡Era el individuo atento de Coneculta-Chiapas! ¿Qué? ¡No puede ser -pensé- estoy metido en una pesadilla! “Lo esperamos mañana jueves, a las once de la mañana, para entregarle el diploma”.
¿Qué?
El jueves desperté a las seis de la mañana y pensé que todo había sido un mal sueño, pero a las seis y media, el individuo atento volvió a marcar el número de casa, para corroborar la atenta invitación. Me esperaban a las once de la mañana. Le dije que ¡por supuesto! no asistiría y el mal trato ya me lo habían dado. ¿No les había bastado con pisotear mi dignidad una vez? ¿Debía ir de nuevo a Tuxtla para postrarme ante sus majestades? No, digo, el precepto de Jesús de la otra mejilla no aplica cuando el de enfrente es un perverso.
Y hasta acá la historia. Ahora estoy tranquilo en casa y Enoch me recuerda que “Chiapas es célula infinita que sufre, llora y canta”. ¡Cantemos pues!